Una opening de cine – El gran Lebowski /// Joel y Ethan Coen (1998)

Quiero hablarles de un tipo que vivía allá,
en el oeste…, un tipo llamado Jeff Lebowski.
Al menos ese fue el nombre que le dieron sus
amororos padres, pero nunca supo muy bien
qué hacer con él. Este Lebowski se hacía llamar…
El Nota. Así, el Nota. En mi pueblo nadie se pondría
semejante nombre. Había muchas cosas de el Nota
que no tenían mucho sentido para mí, y lo mismo
de la ciudad de Los Ángeles (esa no es precisamente
la impresión que me dio, pero reconozco que hay
buena gente por allí).
Mentiría si dijera que he estado en Londres,
nunca he estado en Francia, y no he visto ninguna
reina en paños menores, como dijo aquel…,
pero les diré algo: después de conocer Los Ángeles,
esta historia que me dispongo a relatar… Creo que
he visto algo más asombroso que cualquier cosa que
hayan podido ver en uno de esos lugares. Y además
en mi idioma. Así que puedo morir con una sonrisa
sin tener la sensación de que el Señor me la ha jugado.
Bien, pues esta historia que les voy a contar
tuvo lugar a comienzos de los noventa;
 eran los días de nuestro conflicto con Sadam
y los iraquíes. Lo menciono sólo porque
a veces hay un hombre -no diré un héroe,
porque, ¿qué es un héroe-, pero a veces hay un hombre,
y aquí me estoy refiriendo al Nota…, a veces
hay un hombre que es… el hombre de ese momento y ese lugar:
¡está en su sitio! Y ese es el Nota, en Los Ángeles.
Y aunque sea un auténtico vago (y el Nota
ciertamente lo era), seguramente el hombre más vago
del condado de Los Ángeles, lo cual le convierte
en favorito para el título de Hombre
Más Vago del Mundo. Pero, a veces, hay un hombre…
A veces hay un hombre… ¡Vaya!
He perdido el hilo, pero, ¡qué demonios!
Ya lo he presentado bastante.

El último Rafael /// Museo del Prado (2012)

A poco más de una semana de que se trasladara al Louvre, la exposición del Museo del Prado El último Rafael presenta la necesidad de una revisión. Este tiempo nos ha permitido valorar la muestra en toda su complejidad, uniendo las actividades paralelas y complementarias que se han organizado al hilo de la misma.

El primer punto a tener en cuenta es por tanto el título y el arco cronológico tratado. El último período del pintor se presenta así como una suerte de sucesión escalonada de su producción tardía con los añadidos de sus más nombrados discípulos, sobresaliendo como es lógico el rol del joven Giulio Romano dentro del obrador del maestro. A este efecto, quizás no se le ha dado el cauce más acertado a la exposición y es aquí donde manifiesta su primera carencia. Si no disponemos para esta etapa de obras firmadas y las conjeturas se suceden caprichosamente entre un anodino y habitual “y taller”, la cuestión deriva en que prácticamente toda la producción dudosa de Rafael (la no firmada o no contrastada documentalmente con contratos o testimonios directos-indirectos) puede unirse al elenco de obras de la exposición sin que ello presente problema alguno. Esto supone un error. Los comisarios, Paul Joannides y Tom Henry, nos advirtieron de este contratiempo, pero no nos parece suficiente.

 

Nos queda la sensación de que existen demasiadas suposiciones y pocas certezas. La distribución y organización del recorrido estaban bien planteadas, pero discutible, desde el formato grande al tamaño medio y saltando entre géneros para terminar con un espacio dedicado a Giulio Romano y la retratística. Sin embargo, seguía faltándonos algo más. Y es que la trayectoria grandilocuente de este ser único que fue Rafael, parangonable como ha querido la crítica especializada con Mozart por su precocidad y espíritu presto y siempre feliz, se ha visto imposible de tratar de manera monofocal. Dicho de otro modo, nos parece insuficiente abordar su trayectoria única y exclusivamente desde su perspectiva pictórica. Rafael gozó de la concesión de diversos cargos de máxima responsabilidad, entre ellos la decoración de las Estancias de Julio II, pero también se encargó de la fábrica de San Pedro, o como la condición de veedor de las ruinas romanas, cargos por otra parte muchísimo más ambiciosos e importantes. Es por ello que la muestra debía haber intentado dar una panorámica, si bien no a través de la obra expuesta (cosa obvia por otra parte), sí a través de un discurso en la publicación del catálogo para ofrecer al gran público una visión mucho más ilustrada de esta figura tan especial por tantos motivos dentro de la historia del arte occidental.

Asimismo, la exposición ha tenido un nivel de visitantes verdaderamente encomiable, pasando de los 250.000. Y, a pesar de esta incidencia, aparentemente contradictoria pero no tanto, había cuadros que paradójicamente nos resultaron sucios, como el poderoso San Miguel o la armónica Sagrada Familia de Francisco I. Durante unos meses el Prado se convirtió en reclamo directo de primera mano para cualquiera, empujando al visitante y al que no lo es a acercarse a contemplar esas obras tan maravillosas como paradigmáticas. No nos hartaríamos nunca de ver esa pintura de humo del Retrato de Baldassare Castiglione, cuya esencia ni el propio Rubens, en el primer tercio del XVII, supo captar; o el inefable y sensual Bindo Altoviti con su elocuencia y bello gesto. Ahora el Louvre acoge el próximo itinerario de obras y sus números, resulta probable, volverán a batir récords. Nuestra pinacoteca en cambio, panteón de los grandes maestros, se ha engalanado con sus mejores sedas para ofrecer un recorrido sesgado y atractivo, pero carente de la perspectiva debida. Sin embargo, tengámoslo en cuenta, a tenor de lo que hayamos dicho en esta ocasión: vertebrar una exposición de un personaje de tal envergadura siempre presupone la máxima dificultad. Esta vez nos ha quedado claro. Es casi imposible.

 

 

Artículo publicado en la revista Culturamas: “La atracción de Rafael” (02.X.2012)

LA INTERMITENCIA DE LA HISTORIA

Joseph Pérez, La leyenda negra
Madrid, Ed. Gadir, 2012, 312 pp., 15 euros.
ISBN 9788496974975

 

 

La intermitencia de la historia

Por Mario S. Arsenal

 

 
Corren tiempos difíciles para hacer lecturas aún más pesimistas de lo que ya son hoy día. Aún así, suele suceder que nos topamos con diversas circunstancias medidas que nos advierten de la benevolencia de la actualidad, incluso de una cierta bondad encubierta que esconde toda mala maniobra que el hombre lleva a cabo. Para salvarse de las interpretaciones erróneas y alejadas de toda la objetividad que reclama para sí la historia basta el ejemplo de la editorial Gadir, que presenta en esta ocasión, tres años después de su primera aparición, la reedición de la celebérrima obra del historiador e hispanista francés Joseph Pérez, La leyenda negra, un recorrido por la historia de una España pasada pero presente, o mejor dicho, si se quiere, la lectura de una España afortunadamente ya acontecida. Historia pura. Pero es preciso matizar. No es fácil determinar una interpretación idónea de dicho acontecer, es más, la opinión generalizada aboga por que no existe como tal; sin embargo, con una palabra dinámica pero plomiza, agradable pero seria, muy seria, Joseph Pérez nos sumerge magistralmente, no sin haber generado acaloradas discusiones entre algún sector del hispanismo, en esta polémica diatriba intelectual cultivada por los rivales directos de la España Imperial en el marco de poderes de la diplomacia europea del siglo XVI.
 
Todo comenzó cuando el príncipe Guillermo, adalid del protestantismo y primogénito de la Casa de Orange, puso precio a la cabeza de Felipe II en el contexto de las fatídicas guerras de religión. Aquel era el príncipe protestante de Flandes y este el rey católico de España, el mayor imperio jamás reunido desde tiempos inmemoriales. Guillermo de Orange urdió como era evidente la trama necesaria para combatir a su rival. De tal modo puso en circulación los rumores del supuesto asesinato del príncipe don Carlos, el recurso por parte de Felipe II de la Inquisición para acallar a la oposición y, de entre lo más sonado, la terrible y temible figura del duque de Alba, de la que hoy desgraciadamente se conservan no pocos vestigios. “Casi todos los historiadores coinciden en subrayar que las acusaciones que contiene la Leyenda Negra son falsas, de mala fe y exageradas”, nos dice Pérez. Naturalmente, y dadas las dimensiones de tal disputa, perviven ciertos prejuicios, tales como la importancia e influencia de la propia Inquisición en nuestra historia, la intolerancia religiosa que deriva de ella o la poca disposición de los españoles para las actividades económicas, muestras fidedignas de la ignorancia imperante que existe todavía.
 Uno de los propósitos que tiene esta obra es el de desmontar algunos tópicos y sobreconsideraciones que se tuvieron de la España de la Edad Moderna durante largo tiempo. A este efecto, es curioso que el dato nos revele que justamente en España se llevó a cabo, al menos en tiempos de Felipe II, el menor número de ejecuciones por parte del Santo Oficio. También el criterio desmedido por diversos acontecimientos de la época, como por ejemplo el decreto francés de expulsión de los protestantes firmado por Luis XIV, a finales del XVII, y que supuso un hecho paralelo perfectamente equiparable a las dramáticas expulsiones de judíos y moriscos en la península. Esta obra es una aproximación en clave erudita a la dislocación de la publicidad negativa que de España y “lo español” se tuvo, pero no solamente eso, sino que además se adentra en aspectos tan controvertidos como su influjo o reflujo en la España franquista llegando incluso a tocar de pasada (siempre a modo de epílogo) esa entelequia iniciada por Larra en el XIX de las “dos Españas”.
 La causa de estas ideas no podía tener su origen sino en la reacción contra la superioridad española del XVI, o, como se ha querido también parangonar con el caso de EEUU a nivel continental, en el miedo a que España, según lo que se creía, albergara el afán de dominar toda Europa. Se admira lo español en casi todas sus facetas y acepciones: su inmensa lengua, las artes, la literatura, las ideas religiosas, la moda en el vestir, etcétera, pero se produce un cierto sentimiento de rechazo que tiene sus raíces en el recelo suscitado por su arrogancia, su buena conciencia: su conducta imperialista. Quizás no haya tanta distancia entre esa actitud de rancio abolengo y la opinión pública que se tiene sobre Estados Unidos. Cosas de la historia. El caso es que, tras los Tratados de Westfalia de 1648, España pierde la otrora sobria hegemonía y sobreviene la incertidumbre del derrumbe y el abismo europeo.
 Se tocan también aspectos harto interesantes como por ejemplo el paradigma de la Reforma como hecho decisivo para el reverdecer de la política, el progreso y la cultura. España, al igual que Portugal, Italia y parte de Francia, al haber rechazado no sin enjundia ni cierto fanatismo la irrupción necesaria de la Reforma, estuvo condenada de esa manera a la intolerancia, al oscurantismo y al subdesarrollo. Dicho en otras palabras, España se conjuró a sí misma al ostracismo intelectual. También se aborda el tema, manido y machacón en diversos contextos, de la figura del duque de Alba y su presencia en todo este maremágnum idiosincrásico. El tercer duque de la Casa de Alba, a pesar de sus buenas relaciones y notables intereses culturales (recordemos que había tenido como preceptor nada más y nada menos que a Juan Boscán; era amigo personal, entre otros, del mismísimo Garcilaso; y hablaba con soltura el francés y el italiano), pasó a la historia como el coco, un bárbaro desprovisto de humanidad y sediento de sangre. Por último se revisan algunas cuestiones históricas de gran peso ideológico como son las revueltas de los comuneros en Castilla y el flaco favor que Franco nos hizo a ojos del mundo. En la primera, el autor se decanta positivamente por dicha revolución avant la lettre; el problema de los comuneros hunde su legitimidad en el recelo que sintieron en 1520 cuando Carlos V se convirtió en Emperador del Sacro Imperio en detrimento de su condición establecida como Rey de Castilla. En ese momento los comuneros supieron que tendrían que defender, ya no la causa española, sino otra causa ajena y bien distinta: la opción política de la Casa de Austria. Por otra parte, y ya en otro contexto, estuvo la decisión de Franco de adoptar una actitud y un ceremonial que evocaba las costumbres de los Reyes Católicos. Eso, unido a su concepción de que España era diferente, con la subsiguiente maniobra de Manuel Fraga en la década de los sesenta de apostillar el “Spain is different”, no contribuyó en modo alguno a que la Leyenda Negra desalojara las estancias españolas de la opinión internacional. Joseph Pérez se enfrenta a estos y muchos más conflictos en diferentes episodios, a destacar el inicio de los Reyes Católicos como posible línea de imposta de la gran España, la contienda a nivel internacional de los distintos bandos respecto de España o la sugerente lectura que hace de cómo distintos grupos políticos, ora progresistas ora conservadores, mantuvieron distintas posturas hacia lo que aparentemente les fue del todo extraño.
 Siguiendo la línea de acción que comenzaran en el XIX el funcionario maurista Julián Juderías (1877-1918), el escritor y diplomático Juan Valera (1824-1905) o el historiador Rafael Altamira (1866-1951), Joseph Pérez pertenece a esa saga de historiadores que, también como sir John Elliot, creen que los fenómenos de la España de la Edad Moderna no fueron tan desiguales ni tan específicos como se pensaba. Así, traza una lectura de la historia con tiento firme y sagaz, erudita pero sin caer en lo tedioso, necesaria para todo aquel que desee aproximarse a este momento tan especial de la historia de España, y, salvando las pequeñas fricciones con la comunidad académica de hispanistas (sobre todo franceses), muy recomendable incluso para el profano en materia de historia.

 

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Artículo publicado en la revista Culturamas (24.V.2012)