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La Historia contra la Tecnología /// R. Bianchi Bandinelli (1970)

El título de este librito (Introducción a la Arqueología Clásica como Historia del Arte Antiguo) está totalmente superado. La historia del arte, en efecto, ya no interesa los estudiosos de las nuevas generaciones, a quienes originalmente se dirigía este texto. Un texto que, hace más de veinte años, había sido muy bien acogido por los estudiantes que seguían mis cursos universitarios. Me consta que hoy, en alguna parte de Europa, ha habido explícitas peticiones de los jóvenes de abolir toda enseñanza histórico-artística. Esta petición se hace en nombre de la sociología y en nombre de una investigación encaminada puramente a la técnica y a la clasificación.

Sin embargo, este librito ve la luz hoy. Es preciso, por tanto, decir cómo y por qué.

En los últimos veinticinco años se han publicado (en Italia y fuera de ella) diversos textos que introducen al estudio de la arqueología. A pesar de ello, el editor Laterza, tan meritorio en la cultura italiana, me pidió incluir en su Biblioteca Universal esta Introducción mía. Aunque durante muchos años no he dejado de encontrarme en ciertas dificultades económicas, siempre me negué a percibir derechos sobre los «apuntes», por considerarlos un pésimo instrumento didáctico y a menudo un degradante medio de presión y explotación en perjuicio de los estudiantes, posibilitado por un ordenamiento universitario decrépito y autoritario al cual me sustraje en cuanto pude (1964). No obstante, permitía que algún adjunto o estudiante, a cambio de una modesta compensación por parte de las empresas editoras, publicara los apuntes tomados durante las clases o las grabaciones de éstas efectuadas con magnetofón. De tal modo, los estudiantes tenían, con poco dispendio, una guía para el estudio, que tendrían que completar y desarrollar con lecturas propias. (El que después tales fascículos de apuntes hayan sido editados en bibliografías de otros investigadores como publicaciones mías, es un hecho del que debería quejarme, porque, dado el modo en el cual fueron redactados, no me sentía capaz de responsabilizarme como su autor.)

Uno de estos fascículos, titulado «Nociones de historia de la arqueología y de historiografía del arte antiguo», había sido redactado durante el primer año de enseñanza en mi segundo período florentino (con excepcional benevolencia, mis colegas florentinos me habían llamado, desde Cagliari, a la cátedra que había sido mía antes de mi temporal paso por la Dirección General de Antigüedades y Bellas Artes), pero dichos apuntes no habían sido puntualmente revisados por mí, aunque en un ejemplar de este fascículo hubiera hecho luego añadidos a medida que iba reanudando estas conversaciones introductorias. El editor, al proponerme la publicación, me pidió que revisara el texto en su aspecto formal. Al disponerme a dicha revisión, y aunque quería conservar una forma didáctica elemental, advertí que no podía limitarme a la forma, y que a menudo era preciso replantearse de nuevo la sustancia, pues los estudios arqueológicos habían dado en los últimos años un giro radical. Muchas afirmaciones contenidas en aquellos «apuntes», que habían sido expresadas espontáneamente en presente de indicativo, debían ser corregidas transponiendo las formas verbales al pretérito imperfecto. También había que modificar el título, para limitarlo y para especificar que en este librito no se introduce al lector a la arqueología como se entiende hoy, con todos sus medios de investigación y sus técnicas de búsqueda sobre el terreno, ni, sobre todo, en la integridad del planteamiento científico tal y como se ha ido precisando en los últimos años. Aquí se da sólo alguna aclaración histórica a esa parte de la investigación que en algunos países se define como «arqueología winckelmaniana», esto es, la arqueología entendida como historia del arte griego y romano. El problema histórico-artístico, que hace cuarenta años se había intentado sustraer a la filología y definir mejor en sus métodos, se nos presenta hoy como un tema colateral de la arqueología, mientras que antaño parecía el más importante, casi su objetivo. La tarea de la arqueología se ha precisado y ampliado hoy al proponerse la reconstrucción integral de la historia de una edad y de un lugar sobre la base de elementos materiales, que hay que cotejar, cuando existen, con las tradiciones escritas, y que hay que analizar en sí mismos. El campo de la arqueología, restringido en tiempos al área de las civilizaciones grecorromanas, abierto después a las civilizaciones prehelénicas, se ha extendido hoy de modo particular al área anatolia, donde los descubrimientos realizados han ampliado en algunos milenios la protohistórica del área mediterránea, transfiriéndose a ésta y a Mesopotomia el mayor interés de esta ciencia.

La arqueología clásica era una rama de la «Ciencia de la Antigüedad», la Altertumswissenschaft, formada en el siglo XIX en las universidades alemanas y que tuvo, en su tiempo, un valor cultural (y político) de no escaso relieve. Su valor cultural estribaba esencialmente en la tendencia a constituir una ciencia unitaria, síntesis de cuanto se refiriese a la Antigüedad clásica; su signo político fue (a menudo inconscientemente) conservador o incluso francamente reaccionario. Fue un «humanismo» restringido que recogía no las posiciones progresivas del primer Quattrocento, sino las conformistas de los humanistas tardíos italianos y europeos. Hoy, la Altertumswissenschaft sobrevive aquí y allá como estéril juego de problemas filológicos, pero la inevitable especialización ha roto la unidad que acaso era su único valor. Hoy la investigación arqueológica, unida a la etnología, se extiende a cualquier edad y a cualquier lugar. La Antigüedad clásica no es sino uno de sus temas, y su intención es exclusivamente histórica. Hay quien habla, en este sentido, de un nuevo y más amplio humanismo, universal, que se está formando hoy. No sé si se puede afirmar tal cosa, pero es indudable que resulta necesario tomar de nuevo conciencia de los valores de la cultura histórica frente a los peligros que puede representar —más aún, que representa— un predominio de las ciencias tecnológicas. Por eso se publica hoy, a pesar de todo, este librito.

No quiero resignarme a considerar concluida y sobrepasada aquella civilización en la cual el pensar históricamente era el criterio más elevado del comportamiento humano, porque en un predominio del mundo que tuviese como modelo la técnica veo un enorme peligro para la libertad racional del pensamiento humano y de la humana acción. El mundo construido sobre el modelo de una civilización predominantemente técnica, que no necesita ser historizado, está regido, en realidad, por fuerzas políticas que gobiernan la técnica. En él, bajo formas diversas (que pueden adoptar aspectos sociológicos, psicoanalíticos, estructuralistas), recobran un espacio mitos metafísicos: aquella metafísica que al pensamiento histórico tanto le había costado expulsar de la investigación. Sólo el pensamiento histórico se ha opuesto al pasado y puede oponerse en el futuro a los designios de dominio absoluto de los políticos, y el hecho de que la «contestación» juvenil hay surgido internacionalmente de los grupos de estudio de las ciencias humanas e históricas es señal de una percepción de esto, aunque no sea muy clara. Y es preciso tomar conciencia de ello.

Ahora bien, ha de reafirmarse claramente que, pese a su especialísima naturaleza, orientada a entender un hecho científicamente no delimitable como es el arte, la historia del arte es una ciencia histórica.

Los historiadores del arte de la Antigüedad representan hoy, sin duda, una fauna en vías de extinción, a pesar de que casi todos los arqueólogos clásicos se ocupan de materiales que tienen forma artística; pero estudiar un objeto artístico para extraer de él un dato cronológico o histórico no es hacer historia del arte. Ni puedo dejar de considerar lamentable tal circunstancia, porque en realidad apenas se había empezado a alcanzar una comprensión crítica y efectivamente histórica del arte del área helénica y de la época romana, y el verdadero problema sigue estando aún por afrontar y desarrollar. En lo que a las civilizaciones artísticas del Antiguo Oriente atañe, apenas ha concluido la fase de clasificación.

No sé, por ello, si pensar que esta Introducción pueda servir de prólogo a una futura renovación del interés por los problemas histórico-artísticos como problemas autónomos e intrínsecos a la esencia misma del arte, o si habrá de considerarse más bien como epílogo de una fase ya cerrada de los estudios de la Antigüedad clásica.

Júzguenlo quienes quieran hacer uso de ella. A los historiadores del arte medieval, moderno y contemporáneo, a los críticos, a menudo doctores sutiles, expertos en refinadas distracciones y en alta matemática, quisiera recordarles que, si por azar llegase esto a sus manos, la argumentación aquí desarrollada se dirige a los arqueólogos.

Cit. Ranuccio Bianchi-Bandinelli, Introducción a la arqueología, trad. Esther Benítez, Akal, 1992, pp. 9-13.

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Los héroes /// Thomas Carlyle (1841)

Esta obra consagró la fama europea de Carlyle. Se trata de seis conferencias que abundan en puntos de vista originalísimos; unas veces asombran por un diseño vigoroso, otras con un cuadro completo, rico en contrastes de claroscuro, o bien con aquellas destemplanzas y ocurrencias suyas que confunden y marean. No hay cuestión que no aborde en este libro: la religión, la política, la literatura, palancas que mueven las grandes fuerzas sociales. El héroe legendario (Odín) es analizado por él con extraordinaria sagacidad, en lo que se real pudo tener a través de las nieblas de la tradición y de las brumas de Dinamarca; en el profeta (Mahoma), describe con intuición maravillosa la influencia ejercida por aquel hijo semibárbaro del desierto entre las tribus fanáticas y sensuales de Arabia; en el poeta (Dante y Shakespeare), estudia con profunda sensibilidad y raro acierto la personalidad del escritor florentino y, con cierta exageración nacionalista, la del inmortal dramaturgo inglés; en el sacerdote (Lutero y Knox), palpita el drama religioso de la Edad Media, en que Europa sacudió sus ligaduras mortales al grito del fraile alemán; en el escritor (Johnson, Rousseau, Burns), observa las tres personalidades distintas en que se encarna el héroe literario, la del mantenedor de lo caduco, el vidente del porvenir y el idealista; en el rey (Cromwell y Napoleón), se esfuerza en justificar la política solapada y la ambición tiránica del protector de Inglaterra, ambición y política que él considera desde un punto de vista especial, juzgándolas nobles manifestaciones de un espíritu a quien la Historia acusó de hipócrita, y en cambio critica con frases despectivas el desenfrenado apetito de gloria y el endiosamiento de un «pigmeo», Napoleón Bonaparte.

Foto: Robert Scott Tait, 1854

Dos grandes ideas resaltan, sin embargo, de este estudio: la sociedad está sujeta a eterna metamorfosis; los héroes son los agentes de esta transformación, cambio o transfiguración, que el ser social, cuerpo y alma, experimenta en el curso del tiempo. Carlyle define tres civilizaciones sucesivas e históricas, dejando aparte, en las profundidades de los siglos, la bruma de la prehistoria. Esas tres grandes civilizaciones de la Europa histórica las designa con los nombres de la Antigüedad y Paganismo, Cristianismo y Edad Media, y Tiempos Modernos, tres épocas que contienen dos transiciones; asistimos a la segunda, la cual forzosamente habrá de ser muy larga, teniendo en cuenta el millar de años que necesitó la disolución lenta del mundo pagano para dar paso a la elaboración, lenta también, del cristianismo. Es cierto que los grandes descubrimientos modernos nos comunican a los fenómenos sociales aceleraciones que desconoció la Antigüedad. Así, esos cambios perpetuos no los juzga Carlyle estériles metamorfosis, ni recesión ni decadencia, sino fases grandiosas de una ascensión que irresistiblemente prosigue a través de nuestros dolores y de nuestros placeres, de nuestras dudas y de nuestras esperanzas.

Retrato de Carlyle, por Sir John Everett Millais, 1877 — Londres, National Portrait Gallery

Con respecto al estilo de Carlyle, raramente se ha manifestado, como en este libro, la verdad que expresó Buffon: el estilo es el hombre mismo. El estilo de Carlyle es él; le retrata de pies a cabeza. Sus ideas, sus entusiasmos y paradojas no podían expresarse en otro estilo. No hay en él la menor contradicción entre fondo y forma, entre alma y expresión. Sus párrafos desiguales, entrecortados por paréntesis y digresiones, con sus ritmos entusiásticos, con sus frases amplias y agitadas, o rápidas y seguras; con el retorno, repetidísimo, de unas pocas ideas centrales, de unas mismas frases o palabras, refleja su carácter sombrío, atormentado, contradictorio y a menudo obsesivo. Sus juegos de puntuación, la abundancia de palabras que empiezan con mayúscula, sus frecuentes subrayados tienen por objeto llamar la atención sobre los temas principales hacia los cuales, como centro de atracción, todas las ideas, todas las frases y todas las palabras se polarizan. Esto ha sido interpretado como defectos, como su Carlyle no supiese escribir y pulir su estilo, o como si buscase la manera de sorprender y mixtificar a sus lectores. El pensamiento mismo de Carlyle es, desde luego, más musical que discursivo; siente, más que ve, fulguraciones de intuiciones grandiosas, inexpresables en palabras. Porque el significado corriente de las palabras no le basta; el hirviente sentido de lo que él quiere expresar no cabe en ellas; se desborda, se vierte en ellas como un metal deslumbrante, en ebullición, del cristal que lo contiene.

Cit., Thomas Carlyle, Los héroes, trad. Pedro Umbert, Madrid, Sarpe, 1985, pp. 7-9.

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Sergio Givone /// Interpretación(es)

Sergio Givone (Buronzo, 1944) / Fuente: Lettera43.it

Sergio Givone (Buronzo, 1944) / Fuente: Lettera43.it

«Más productivo parece el modo de plantearse el problema de la verdad de la obra de arte en el clima cultural levemente antifundacionalista de la Escuela de Costanza y, en particular, de su máximo exponente, Hans Robert Jauss. Tanto Jauss como Heidegger o Gadamer buscan el declive del valor de verdad de la experiencia estética en el romanticismo, que, haciendo culminar un proceso que, por otra parte, se estaba incubando desde hacía tiempo en la cultura estética europea, privilegia el arte como poiesis, es decir, como producción genial que se sustrae a todo tipo de vínculo con la historia y la tradición. A esta visión del arte corresponde, como hemos visto, una desvalorización de la fruición estética que, basándose en la subjetivización del gusto característica de las estéticas de los siglos XIX y XX, convierte cualquier plausible pretensión de validez en un juicio puramente subjetivo. La subjetivización del juicio está acompañada en las estéticas de impostación hegeliana que implícita o explícitamente continúan viendo en la obra la manifestación sensible de la idea, de una desvalorización no sólo gnoseológica, sino también ética del placer estético: disfrutar de una obra significa, tanto para Hegel como para Adorno, no detenerse en sus aspectos sensibles y que más se pueden consumar desde un punto de vista hedonista, privado por sí mismo de validez; de tal forma que el valor de la verdad de la obra en la época de la muerte del arte hay que buscarlo en la negatividad, en el retraerse de la obra ante la fruición sensible, es decir, en último término, en su negación como arte para dejar que se vislumbre la idea o la utopía que no puede realizarse en lo real.

»Se trata, por tanto, de sustraer lo estético al estatuto de negatividad al que le ha destinado la idea del arte como conocimiento sensible o como mímesis de lo muerto. El primer paso en esta dirección está permitido por la rehabilitación de la categoría de aisthesis como fruición estética. El goce estético no representa sólo un momento caduco o subjetivo, sino que constituye en último término la justificación más obligatoria de la estética, la explicitación de la promesse de bonheur que va unida a la obra: «El placer estético se distingue del mero placer sensual -como se ha atestiguado unánimemente por toda teoría estética desde Kant acerca del placer desinteresado- en virtud de la «distancia entre el yo y el objeto», o distancia estética. A diferencia de la actitud teorética, que presupone distancia, en el placer estético tiene lugar la liberación del sujeto receptor de las cadenas de la praxis cotidiana, a través de lo imaginario. En el proceso originario de la experiencia estética, lo imaginario no constituye todavía un objeto, sino -como ha mostrado Sartre- un acto de representación de la conciencia imaginativa debe negar la objetividad dad para poder producir, según los símbolos estéticos pertenezcan a un texto verbal, visual o musical, una forma integrada por palabras, imágenes o sonidos. El placer estético, en el que la conciencia imaginativa se desvincula de las costumbres y de los intereses, permite al hombre, prisionero en su actividad cotidiana, liberarse para otras experiencias». (*)

»[…] Recuperando en parte la concepción gadameriana de la actualidad de lo bello, Jauss señala indirectamente el carácter de negatividad implícito en el discurso de Derrida sobre la escritura (aunque, en rigor, esta negatividad es inmanente a toda tematización de la diferencia ontológica, y en alguna medida se puede ya vislumbrar en la dialéctica entre mundo y tierra del Origen de la obra de arte de Heidegger); el arte como huella de la diferencia ontológica estaría en relación con el silencio de la obra en la teoría estética de Adorno: el interés de la obra no es tanto la comunicación, cuanto negarse a comunicar (interés que es, en Derrida, el del lenguaje en general).

Sergio Givone en 2010 / Fuente: Tuttoscorre.org

Sergio Givone en 2010 / Fuente: Tuttoscorre.org

»Paul de Man (1919-1983) y Harol Bloom -y, con ellos, todos los teóricos de la literatura reunidos bajo el nombre de Yale Critics en el marco de un gran interés por la reflexión de Derrida en la cultura contemporánea- desarrollan las implicaciones antifundacionalistas conectadas a un discurso hermenéutico-deconstructivo, y las aplican temáticamente a los estudios literarios. Lo que desaparece es, ante todo, la noción de metalenguaje crítico, es decir, la noción de un lenguaje transparente capaz de comprender la literatura y lo estético-expresivo en general, mejor de lo que se pueden comprender ellos mismos: la «deconstrucción» de un texto literario no es tanto el resultado de una actividad metódico-crítica, cuanto el desarrollo de las características ambiguas y autorreflexivas del mensaje estético en cuanto tal: «La escritura poética es el tipo de deconstrucción más avanzada y refinada; puede diferir de la escritura crítica en la economía de sus articulaciones, pero no en el género de ellas» (**). La tarea de la crítica -una vez que ha desaparecido la fe en el papel heurístico de un metalenguaje metodológicamente utilizado- es entonces situarse en una actitud de escucha del lenguaje poético (que posee un peculiar y, a decir verdad, aurático valor de verdad). «La crítica retórica, la fenomenológica, la estructuralista, reducen todo a imágenes, a ideas, a elementos dados, a fonemas. La crítica moral y otros tipos de crítica filosófica o psicológica reducen todo a conceptos contrapuestos. Nosotros reducimos una poesía […] a otra poesía» (***).

»Es característico de esta crítica la disminución de la diferencia entre literatura y crítica literaria, de tal modo que la crítica, una vez que ha abandonado la idea de metalenguaje, es asimilada a la literatura, y la pérdida del prestigio científico se compensa con el aumento del valor creativo. Este discurso comporta más redicalmente una asimilación entre literatura y filosofía, que, por un lado, se remite a la revalorización del valor de verdad de la obra de arte llevado a cabo por la hermenéutica y, por otro, se aleja de ella de un modo casi antitético. Si la perspectiva hermenéutica, alegando un peculiar poder veritativo del arte, disminuye las diferencias entre literatura y filosofía, aquí asistimos a una completa homologación; pero, y esto es el rasgo más sobresaliente, no es tanto que el arte sea verdadero en sentido filosófico, cuanto que la filosofía es asimilada a la literatura, que, ciertamente, posee una verdad, pero de forma aurática y retórica. El modo de verdad de la filosofía asimilada a la literatura recuerda el topos de la inspiración divina de los poetas. La reivindicación del valor de verdad del arte y la disminución de la diferencia entre literatura, crítica y filosofía pueden, por tanto, convivir sin contradicciones con una perspectiva epistemológica de tipo fundacionalista, por la que no pueden plantearse con seriedad pretensiones de verdad ni en el campo literario, ni en el científico, ni en el filosófico.»

 

Sergio Givone, Historia de la estética, Madrid, Tecnos, 2009, pp. 208-212.

 

– H. R. Jauss, Apologia dell’esperienza estetica, Turín, Einaudi, 1985, pp. 10-11. (*)

– P. de Man, Allegories of Reading, New Haven, Yale University Press, 1979, p. 17. (**)

– H. Bloom, L’angoscia dell’influenza, Milán, Feltrinelli, 1983, p. 98. (***)

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Primo Levi /// Interpretación(es)

Primo Levi (Turín, 1919 - 1987) / Foto: Topham Picturepoint

Primo Levi (Turín, 1919 – 1987) / Topham Picturepoint

«La estrategia, por lo que parece, es siempre la misma. El año pasado alguien descubrió a un profesorzuelo incauto, muy ambicioso y un poco extravagante, y le encomendó una noble misión: demostrar que las cámaras de gas de Auschwitz nunca existieron o, mejor, que sí, que las había, pero que sólo servían para matar piojos; que toda la imponente documentación sobre el genocidio nazi, papeles y objetos, memorias y museos, es obra de falsificadores; que, por consiguiente, todos los testimonios acusatorios son mentiras. La argumentación del profesorzuelo era singular: se ha afirmado que había cámaras de gas en Oranienburg y en Dachau; no las había, luego no las hubo en ninguna parte, y la masacre es una invención de los judíos.

Leemos hoy que un jubilado de Hamburgo, de setenta y seis años de edad, al que alguien, evidentemente, ha alentado, se ha tomado la molestia de iniciar un proceso contra los editores del diario de Anna Frank, poniendo en duda su autenticidad, porque algunos fragmentos del célebre cuaderno hallado en el alojamiento clandestino resulta que fueron escritos con un bolígrafo y, por tanto, añadidos después, porque el bolígrafo no existía en 1944. La estrategia, como decía, es la misma: encontrar una grieta, meter un espeque y sopalancar; nunca se sabe, incluso podría derrumbarse el edificio, aunque sea muy firme. Ahora bien, es perfectamente posible que se hicieran algunos añadidos al diario: se trata de una práctica editorial corriente, aunque filológicamente no sea correcta. Quien los realiza tiene en mente, por ejemplo, esclarecer un nexo, colmar una laguna, precisar el trasfondo histórico de un episodio. En verdad es censurable que los añadidos no se indiquen, como mínimo porque ello abre las puertas a operaciones como la del jubilado de Hamburgo.

Es una operación que causa asco. El diario de Anna Frank ha conmovido al mundo entero porque demuestra en sí mismo su propia autenticidad. No existe falsificador capaz de crear a partir de la nada un libro como éste; debería ser a un tiempo historiador de las costumbres, atentísimo a los menores detalles de la vida cotidiana en un lugar y una época poco conocidos; psicólogo experto en la reconstrucción de estados de ánimo en el límite de lo imaginable; y un poeta con el ánimo candoroso y voluble de una muchacha de catorce años.

Para sostener que estas páginas han sido fabricadas, se precisan un gran cerrilidad y mucha mal fe, pero incluso si los expertos de la Corte de Apelación de Hamburgo hubiesen declarado que el diario era falso de arriba abajo, la verdad histórica no cambiaría. Anna no regresaría con vida, ni volverían a salir con ella los millones de inocentes que el nazismo quiso matar. Quizá no es un azar que este miserable asunto, que nos trae a la memoria la imagen de la paja y la viga del evangelio, se haya suscitado solamente después de la muerte del padre de Anna (también ex-preso), con quien me crucé en Auschwitz pocos minutos después de la liberación: estaba buscando a sus dos hijas desaparecidas.

Leer hoy acerca de esta empresa supone un doble motivo de alarma, después de que alguien no haya vacilado en extinguir otras vidas inconscientes e inocentes en Bolonia primero y después en Mónaco y París. La medida es otra, al menos de momento, pero el estilo y los objetivos son siempre los mismos, como idéntica es la ideología monstruosa que el mundo no ha sabido ni querido erradicar.»

Este artículo fue publicado en el diario La Stampa el 7 de octubre de 1980 con el título: ‘Con Anna Frank ha hablado la historia’. Cito por la edición de Primo Levi: Vivir para contar. Escribir tras Auschwitz, Madrid, Diario Público, 2011 (tomado de la edición de Alpha Decay, 2009), pp. 95-97.

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Heinrich Wölfflin /// Interpretación(es)

«No es feliz la comparación que llama al arte espejo de la vida, y cualquier estudio que considere a la historia del arte como historia de la expresión corre el peligro de ser completa e irremediablemente universal. Se puede argüir a favor de lo sustantivo lo que se quiera, pero ha de tenerse en cuenta que el organismo de expresión no fue siempre el mismo. El arte, a través del tiempo, trae a representación, naturalmente, asuntos muy diversos; pero esto no es lo que determina el cambio de su apariencia: el lenguaje mismo varía en su gramática y sintaxis. No es sólo que se hable de distinta manera en distintos sitios -esto se concederá fácilmente-, sino que el habla tiene su evolución propia, y la facultad individual más poderosa no ha podido sacarle en una época determinada más que una determinada forma de expresión, y para eso no muy por encima de las posibilidades comunes. También podría contestarse a esto, sin duda alguna, que es natural y que los medios de expresión van obteniéndose paulatinamente. Bien; pero no es eso lo que nosotros queremos decir: contando con medios de expresión completamente desarrollados, cambia, sin embargo, el arte. Dicho de otro modo: el contenido, la sustancia del mundo, no cristaliza para la visión en una forma perennemente igual. O, para volver a la primera imagen: la visión no es precisamente un espejo, idéntico siempre, sino una forma vital de comprensión, que tiene su historia propia y ha pasado por muchos grados evolutivos.

Heinrich Wölfflin retratado por Marianne Breslauer en 1934

Heinrich Wölfflin retratado por Marianne Breslauer en 1934

»Este cambio de forma de la visión se ha descrito aquí mediante el contraste del tipo clásico y el tipo barroco. No pretendíamos analizar el arte de los siglos XV y XVII, éste es mucho más rico y exuberante, sino sólo el esquema, las posibilidades de ver y dar forma, dentro de las cuales se mantuvo y tuvo que mantenerse el arte acá y allá. Para dar ejemplos no tuvimos otro remedio, naturalmente, que ir sacando obras de arte sueltas; pero todo lo que se dijo de Rafael y Tiziano, como de Rembrandt y Velázquez, fue con el objeto exclusivo de iluminar la trayectoria general, en modo alguno para poner a luz el valor especial de los ejemplares elegidos. Para ello se hubiera necesitado decir más y más exactamente. Pero, por otra parte, es inevitable el referirse precisamente a lo más importante; la dirección, en resumen, ha de verse con más claridad que en otras en las obras culminantes, como verdaderos índices que son el camino.

»Otra cuestión es decidir hasta qué punto puede hablarse con razón, en general, de dos tipos distintos. Todo es evolución, y quien considere la Historia como tránsito infinito es difícil que los encuentre. Mas para nosotros es un mandamiento del instinto de conservación intelectual ordenar según un par de puntos o metas la infinidad del acaecer.

Heinrich Wölfflin en los años 20 / Rudolf Dührkoop

Heinrich Wölfflin en los años 20 / Rudolf Dührkoop

»Todo el proceso del cambio de representación ha sido sometido en su latitud a cinco dobles conceptos. Se los puede llamar categorías de la visión, sin riesgo de confundirlas con las categorías kantianas. Aunque tienen una tendencia manifiestamente igual, no son deducidas de un mismo principio. (Para un modo de pensar kantiano resultarían sencillamente apresuradas.) Es posible que pudiesen presentar otras categorías más -no se han puesto a mi alcance-, y las dadas aquí no están unidas de modo que sea imposible pensar parcialmente en otra combinación. Desde luego, se condicionan unas a otras hasta cierto punto, y, si no se toma al pie de la letra la expresión, se puede decir de ellas que son cinco distintas visiones de una misma cosa. Lo lineal plástico se relaciona con los estratos espaciales compactos del estilo plano, del mismo modo que lo tectónico-cerrado evidencia una afinidad natural con la autonomía de los elementos orgánicos y de la claridad absoluta. Por otra parte, la claridad formal incompleta y la impresión de unidad con elementos sueltos desvalorados se unirán de por sí con lo atectónico-fluyente, y cabrán, mejor que en parte alguna, dentro de una concepción pictórico-impresionista. Y si parece que el estilo de profundidad no se incluye necesariamente en la familia, se puede argüir en contra que sus tensiones de prespectiva están constituidas exclusivamente sobre efectos ópticos, que tienen significado para la vista, pero no para el sentido plástico.

»Se puede hacer la prueba: entre nuestras fehacientes repreducciones apenas habrá una que no se pueda utilizar como ejemplo también para cualquiera de los otros puntos de vista.»

 

Heinrich Wölfflin, Conceptos fundamentales de la Historia del Arte, Espasa, Madrid, 2009 (1915), pp. 417-419.

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Lionello Venturi /// Interpretación(es)

venturi-foto1«La creatividad de formas y colores constituye el único diapasón para juzgar el arte, pero la creatividad humana no es un hecho aislado ni aislable de la vida humana. La pintura, como es sabido, es una profesión, y para convertirse en arte, debe ir más allá de los límites de la profesión y comprometer la entera vida del artista. De ahí las exigencias morales y religiosas de la obra de arte, que no residen tanto en la pretensión de que la obra de arte enseñe moral o religión (en cuyo caso sería retórica, y no arte), como en la necesidad de que la actitud del artista para con su propia creatividad esté preñada de seriedad moral y el anhelo de infinitud y de universalidad. Esto es lo que Ruskin ha enseñado, y su lección no puede olvidarse.

»Cuando se dice que la obra de arte trasciende a la época en que ha sido creada, se pretende decir que la creatividad implícita en ella pertenece al hombre sin distinción de tiempo o lugar, a cualquier hombre que siente o imagina. La imaginación, por consiguiente, no se agota en el acto creativo, adhiriéndose o rebelándose, en la vida de la época en que ha sido realizada. De modo que no es posible distinguir, desde un punto de vista crítico, la creatividad de un artista, sin conocer completamente sus condicionantes históricos. Y a este conocimiento contribuye ya sea el método de formular las ideas típicas de la humanidad, como las que Hegel imaginó, ya sea el de la historia de la cultura, del tipo desarrollado por Burckhardt y Dvorák.

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»La historia crítica del arte se diferencia de la historia del arte tradicional por el mayor énfasis que asigna a su función crítica, y por la preminencia que otorga a la actividad crítica. El centro de atención lo constituye la personalidad del artista que se diferencia de la personalidad del hombre en general porque es vista en el momento en que la imaginación creativa del hombre se plasma en las formas y en los colores. Los rayos que convergen desde las actividades intelectuales, morales, religiosas, sociales, y de todas las actividades humanas que conforman la historia, sirven para explicar la naturaleza de aquel centro, empero son válidos única y exclusivamente en función de dicho centro. De modoque el principio esencial de la historia crítica del arte puede ser formulado de la manera siguiente: la historia del arte es tarea de la crítica de arte.

»Y si alguna vez el conocimiento del desarrollo histórico de la crítica de arte indujese a alguien a aceptar el citado principio, el libro que aquí concluye habría alcanzado su objetivo.»

 

Lionello Venturi, Historia de la crítica de arte, Random, Barcelona, 2004 (1964), pp. 376-377.

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Michel de Montaigne /// Interpretación(es)

Retrato de Montaigne, por Daniel Dumonstier (Fuente: Wikipedia)

Retrato de Montaigne, por Daniel Dumonstier (Fuente: Wikipedia)

«Encuentro por experiencia que hay mucha distancia entre los impulsos y arrebatos del alma, y el hábito resuelto y constante; y observo que nada hay que podamos, hasta el extremo incluso de rebasar a la misma divinidad, dice alguno, porque volverse impasible por sí mismo supera a serlo por condición original, y hasta el el extremo de poder unir a la flaqueza humana una resolución y confianza propias de Dios. Pero es a intervalos. Y en las vidas de los héroes del pasado, hay a veces rasgos milagrosos y que parecen sobrepasar con mucho nuestras fuerzas naturales, pero son, en verdad, rasgos; y es difícil de creer que el alma pueda teñirse e impregnarse de estas condiciones tan elevadas, de suerte que se vuelvan habituales y como naturales para ella. Hasta a nosotros, meros abortones de hombres, nos ocurre que a veces elevamos el alma, incitada por los razonamientos o los ejemplos ajenos, mucho más allá de lo que le es común. Pero se trata de una especie de pasión, que la empuja y mueve, y que la arrebata en cierto modo fuera de sí. Porque, una vez rebasado el torbellino, vemos que, sin pensarlo, se distiende y relaja por sí misma, si no hasta el último grado, al menos hasta dejar de ser aquélla; de suerte que entonces, por cualquier motivo, por un pájaro perdido o un vaso roto, nos dejamos alterar poco más o menos como alguien del vulgo. Salvo el orden, la moderación y la constancia, considero que un hombre muy deficiente y débil en conjunto puede hacer cualquier cosa.»

 

Michel de Montaigne, Los ensayos, Acantilado, 2009, pp. 1057-1058.

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Arthur Koestler /// Interpretación(es)

Arthur Koestler, retratado por Ida Kar en 1959 (National Portrait Gallery, Londres)

Arthur Koestler, retratado en 1959 por Ida Kar / National Portrait Gallery (Londres)

«Los simios, sumamente civilizados, se balanceaban con elegancia entre las ramas; el neandertal era basto y estaba atado a la tierra. Los simios, satisfechos y juguetones, pasaban la vida sumidos en sofisticados entretenimientos o cazando pulgas con contemplación filosófica; el neandertal se movía oscuramente dando pisotadas por el mundo, repartiendo porrazos aquí y allá. Los simios lo miraban divertidos desde las copas de los árboles y le tiraban nueces. A veces el terror los sobrecogía: mientras que ellos comían frutas y plantas tiernas con delicado refinamiento, el neandertal devoraba carne cruda y mataba a otros animales y a sus semejantes. El neandertal cortaba árboles que siempre habían estado en pie, movía rocas de los lugares que el tiempo había consagrado para ellas y transgredía todas las leyes y tradiciones de la selva. Era basto y cruel, y no tenía dignidad animal: desde el punto de vista de los sumamente civilizados simios, no era más que un paso atrás en la historia.»

Arthur Koestler, Darkness at Noon, Londres, Vintage, 2005, pp. 183-184.

[trad. cast. El cero y el infinito, Barcelona, De Bolsillo, 2011].

Cit. John Gray, El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos, Madrid, Sexto Piso, p. 11.

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Guy Debord /// Interpretación(es)

Guy Debord, La sociedad del espectáculo (edición inglesa)

Guy Debord, La sociedad del espectáculo (edición inglesa).

«La lucha entre tradición e innovación, que es el principio interno de desarrollo de la cultura en las sociedades históricas, sólo puede continuar merced a la permanente victoria de la innovación. Sin embargo, la innovación cultural depende únicamente del movimiento histórico total que, al cobrar conciencia de su totalidad, tiende a superar sus propios presupuestos culturales y se orienta hacia la supresión de toda superación.»

Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-Textos, 2012 (1967), pp. 152.

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Una opening de cine – El gran Lebowski /// Joel y Ethan Coen (1998)

Quiero hablarles de un tipo que vivía allá,
en el oeste…, un tipo llamado Jeff Lebowski.
Al menos ese fue el nombre que le dieron sus
amororos padres, pero nunca supo muy bien
qué hacer con él. Este Lebowski se hacía llamar…
El Nota. Así, el Nota. En mi pueblo nadie se pondría
semejante nombre. Había muchas cosas de el Nota
que no tenían mucho sentido para mí, y lo mismo
de la ciudad de Los Ángeles (esa no es precisamente
la impresión que me dio, pero reconozco que hay
buena gente por allí).
Mentiría si dijera que he estado en Londres,
nunca he estado en Francia, y no he visto ninguna
reina en paños menores, como dijo aquel…,
pero les diré algo: después de conocer Los Ángeles,
esta historia que me dispongo a relatar… Creo que
he visto algo más asombroso que cualquier cosa que
hayan podido ver en uno de esos lugares. Y además
en mi idioma. Así que puedo morir con una sonrisa
sin tener la sensación de que el Señor me la ha jugado.
Bien, pues esta historia que les voy a contar
tuvo lugar a comienzos de los noventa;
 eran los días de nuestro conflicto con Sadam
y los iraquíes. Lo menciono sólo porque
a veces hay un hombre -no diré un héroe,
porque, ¿qué es un héroe-, pero a veces hay un hombre,
y aquí me estoy refiriendo al Nota…, a veces
hay un hombre que es… el hombre de ese momento y ese lugar:
¡está en su sitio! Y ese es el Nota, en Los Ángeles.
Y aunque sea un auténtico vago (y el Nota
ciertamente lo era), seguramente el hombre más vago
del condado de Los Ángeles, lo cual le convierte
en favorito para el título de Hombre
Más Vago del Mundo. Pero, a veces, hay un hombre…
A veces hay un hombre… ¡Vaya!
He perdido el hilo, pero, ¡qué demonios!
Ya lo he presentado bastante.