La navidad puede cavar tu tumba

Todo el mundo sabe o lleva impreso en su memoria RAM que la Navidad es ese momento propicio en el que familia, amigos y allegados se arrejuntan en torno a una chimenea y comen y beben mientras cantan el Kumbayá. Es ese tiempo de alegría y tristeza sin límites. Es una oda a la desmesura humana. Es, por así decir, el lapso en el que todos cometemos los excesos más inconfesables. A unos les alienta el sentido familiar, otros repudian su hipocresía. Pero todos llevan razón. Todos dicen la verdad. Sin embargo mientras se descorcha una botella de cava en Madrid, una tragedia acontece en Nueva Delhi; simultáneamente a cuando alguien sonríe al recibir un obsequio inesperado, un atentado está llevándose la vida de algunos inocentes reunidos en un lugar equivocado. La Navidad es un perverso compendio de acciones humanas sin razón ni sentido que fomenta la fraternidad y al mismo tiempo alimenta su repulsa de la felicidad. Todos no podemos tener lo mismo. Todos no podemos disfrutar de presentes ni de esa ceremonia astringente que algunos tenemos por cena. Por eso algo me dice que deberíamos ser cautos y no maldecir el año que nos ha tocado vivir, no vaya a ser el Destino quien nos propine un sopapo desproporcionado y que lo que acabemos comiéndonos sean nuestras palabras.

El caso es que yo no venía a hablar de esto. La injusticia es un hecho y yo no tengo el poder de cambiarlo. Quería hablarles de lo sobrevaloradas que tenemos estas fechas por la cantidad de amigos que perdemos o con los que solemos enemistarnos. Sí, como lo oyes, estimado lector. Intentaré explicarme.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Ya saltó la notificación. O debería decir las notificaciones. El teléfono no para desde hace días, pero especialmente hoy se convierte en algo pesadísimo. Es Nochebuena, víspera del día de San Nicolás que algunos se empeñan en convertir en un fenómeno importado llamándolo Santa Claus o cosas por el estilo, y las muestras de cariño afloran a medida que se destapa el champagne. Todo tipo de manifestaciones virtuales se llevan a cabo en estas fechas, todos lo sabéis, quién soy yo para descubrir nada, pero hay algo que pasa desapercibido. Por la mañana cuelgas una foto tradicional con la escena de una Natividad sacada de algún portal de internet, la subes a Facebook y ¡error! Olvidaste etiquetar a aquel amigo que te prestó su hombro para que lloraras desconsoladamente cuando cesó la relación con tu ex. Ahora es este amigo quien alimenta la rabia mientras tú sonríes bobamente frente al monitor. Un lapsus.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

“¡Muchas gracias! Que pases unas felices fiestas también. ¡Besos!”. Ha contestado un contacto a una foto que has decidido subir a Instagram. Pero hay un problema. La aplicación soporta las menciones en número de 20, por lo que tuviste que confiar en tu memoria y echar mano del talento emocional. Evidentemente etiquestaste a tus mejores amigos, a aquellos que estuvieron contigo en los últimos meses, con los que hiciste gamberradas o pasaste frío esperando al primer autobús que te llevara a tu casa después de una agitada velada nocturna, con los que reíste hasta el delirio o te desahogaste hasta advertirte ridículo. Dada la ajenidad de algunas redes sociales, muchos de esos contactos ni siquiera los conoces y otros tantos los has olvidado. Todos no somos iguales, y a Dios gracias. Pero el olvido da pie a sugestiones de todo tipo. Sabemos, lo hemos vivido, que siempre existe ese perfil que revisa agazapado todas tus publicaciones, que te sigue con atención y no deja escapar una para tener al tanto tus contenidos. En ocasiones te ofrece guiños virtuales como la difusión de tus contenidos propios y hasta se lanza a contestarte en la última entrada de tu blog. Pero, de nuevo, ¡error! Esta vez ha sido la restricción tiránica de internet, pero caiste de nuevo en el olvido y ya no hay vuelta atrás. No vas a repetir la fotografía ni la felicitación, queda un poco raro, no te lo puedes permitir, tienes una reputación y eso no es así. Así lo piensas al menos durante 20 segundos. De la misma manera, ese usuario leal y fidedigno adopta una postura de cordialidad basada en el silencio, que es peor que aquel que manifiesta su enfado públicamente, ya que aquel recolecta remoridimientos y éste siembra carantoñas. El caso es que, a estas alturas, ya te has ganado el alejamiento parcial de un seguidor y, lo que es peor todavía, la falta de interés en lo que dices.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Ahora es Twitter. Maldito teléfono que no para de sonar para notificarme quién ha marcado el favorito de un favorito. De verdad, uno llega a pensar que esta red se ha convertido por momentos en un ensayo frustrado de las teorías que Christopher Nolan no pudo poner en práctica en Inception. La constricción de un medio de comunicación como este reduce notablemente la riqueza de nuestra expresión, que se ve impelida a ser certera, justa y acotada, una ecuación alejada, se mire por donde se mire, del ideal comunicativo. No obstante, gusta, y mucho. Así que seguimos acatando la ley seca de los 140 caracteres sin rechistar. Es lo que hay, nos repetimos.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Dicho esto, ya no me importa qué notificaciones estén apareciendo en mi teléfono, podría hacerse una composición sinfónica con la cantidad de tonos y avisos que tiene. Es extraordinario el abanico sonoro del que cualquiera puede gozar hoy día. Muchas veces me pregunto qué hubieran hecho Bach, Bethoveen, Mozart, Liszt, Schubert o Satie con esta tecnología. Y mientras me pregunto esta bobada sin respuesta sigo pensando, aunque no lo quiera, en esos amigos que he dejado por el camino, en los afectos olvidados, en el cariño no correspondido, en el desdén sin recatos o en la desfachatez de tal gesto. Eso pensarán los damnificados. Y de todo ello se extrae, querido lector, que la modernidad (facies virtualis) no es asunto baladí. El uso de dipositivos digitales y medios recreativos conlleva una responsabilidad no escrita de la que somos administradores. La mala administración de la información, así como de las acciones o emociones, implica un desequilibrio mudo que acrecienta una errónea sensación de maldad.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Ahora bien, y hete aquí la pregunta del millón, al fin y al cabo era el motivo por el que decidí escribir este texto, ¿en qué grado las redes sociales y los mass media condicionan nuestra manera de interactuar? Todos sabemos que esta influencia es decisiva, pero la pregunta era retórica: ¿definen los usos nuestro comportamiento?, ¿son fidedignas las redes sociales para delimitar la personalidad?, ¿en qué medida un perfil, un usuario, una cuenta, una marca representa a un ser humano?, ¿puede soportar la virtualidad tanta carga de realidad?

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

La mesa está servida.

Anuncios

Historia menor de Grecia /// Pedro Olalla (Acantilado)

El libro que tengo el placer de presentarles es una rara avis de la historiografía, un texto que parece compuesto con la honda espontaneidad de un niño leído, a vuelapluma, sin mucho ornamento pero con mucha profusión de detalles sencillos y profundos a la vez. Es algo así como un vademécum de la otra historia, esa historia que queda en anécdota y sin embargo nos habla de una cantidad ingente de cultura de la que no se da cuenta en los tradicionales centones historiográficos. Seduce, intriga, estimula, y por qué no decirlo, sabe a poco puesto que pensamos que toda historia debería incluir esa otra parte de verdad que la Humanidad y el Tiempo nos ha cubierto sutilmente.

Sorprende que no se trate de una historia más de las muchas que podemos encontrar en cualquier librería que se precie. Inevitable no pensar en aquella inmortal “Historia de los griegos” de Indro Montanelli como una suerte de punto de partida para llevar a cabo esta formidable empresa, con la peculiaridad de que Montanelli sólo cubrió la Edad Antigua y Pedro Olalla hace un recorrido a través de veintiocho siglos llegando a mediados del XX. En definitiva, ha compuesto para nosotros un libro que probablemente no se recomiende en los seminarios de filología clásica o historia antigua (debido a la precocidad de su aparición, claro está), pero que ya unos pocos guardaremos como imprescindible a la hora de olfatear la cultura helénica. Sorprende también, en este sentido, la seriedad con la que Olalla ha abordado la cuestión, ofreciéndonos en cada uno de los capítulos oportunas referencias bibliográficas, justas y precisas con las que poder profundizar y continuar indagando si la cuestión así nos lo exige.

Lo más jugoso de todo resulta ser el carácter marcadamente humanista que Pedro Olalla ha querido adoptar. Frente a las grandes narraciones excelsas, nos muestra esas coyunturas, circunstancias, sucesos secundarios, a veces incluso marginales, que nos regalan a la vista lo que a veces las imágenes no pueden: el comportamiento de la cultura.

Es este uno de esos experimentos humanos que quedarán para la posteridad de quienes aman la cultura mediterránea y se pregunten sobre ella. De dónde viene, dónde nació, cómo era y cómo eran, por qué esto y por qué lo otro… Una auténtica maravilla que no me canso de recomendarles si encuentran el momento propicio para escarbar en aquellos hombres que, hoy, nos sirven de faro y reflejo de nuestra propia existencia.

https://i0.wp.com/www.culturamas.es/wp-content/uploads/2012/11/Historia-menor-de-Grecia.jpg

Pedro Olalla, Historia menor de Grecia. Una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos.
Barcelona, Acantilado, 2012, 384 pp., 24 euros.
ISBN 9788415277729

Artículo publicado en la revista Culturamas (06.XI.2012)

Una opening de cine – El gran Lebowski /// Joel y Ethan Coen (1998)

Quiero hablarles de un tipo que vivía allá,
en el oeste…, un tipo llamado Jeff Lebowski.
Al menos ese fue el nombre que le dieron sus
amororos padres, pero nunca supo muy bien
qué hacer con él. Este Lebowski se hacía llamar…
El Nota. Así, el Nota. En mi pueblo nadie se pondría
semejante nombre. Había muchas cosas de el Nota
que no tenían mucho sentido para mí, y lo mismo
de la ciudad de Los Ángeles (esa no es precisamente
la impresión que me dio, pero reconozco que hay
buena gente por allí).
Mentiría si dijera que he estado en Londres,
nunca he estado en Francia, y no he visto ninguna
reina en paños menores, como dijo aquel…,
pero les diré algo: después de conocer Los Ángeles,
esta historia que me dispongo a relatar… Creo que
he visto algo más asombroso que cualquier cosa que
hayan podido ver en uno de esos lugares. Y además
en mi idioma. Así que puedo morir con una sonrisa
sin tener la sensación de que el Señor me la ha jugado.
Bien, pues esta historia que les voy a contar
tuvo lugar a comienzos de los noventa;
 eran los días de nuestro conflicto con Sadam
y los iraquíes. Lo menciono sólo porque
a veces hay un hombre -no diré un héroe,
porque, ¿qué es un héroe-, pero a veces hay un hombre,
y aquí me estoy refiriendo al Nota…, a veces
hay un hombre que es… el hombre de ese momento y ese lugar:
¡está en su sitio! Y ese es el Nota, en Los Ángeles.
Y aunque sea un auténtico vago (y el Nota
ciertamente lo era), seguramente el hombre más vago
del condado de Los Ángeles, lo cual le convierte
en favorito para el título de Hombre
Más Vago del Mundo. Pero, a veces, hay un hombre…
A veces hay un hombre… ¡Vaya!
He perdido el hilo, pero, ¡qué demonios!
Ya lo he presentado bastante.