Italia (4 dic 2016) /// Un referéndum para confundirlos a todos

A Carlo le cuesta afirmar que «las cosas no están bien como están». Me lo dice mientras arranca los flejes de un fardo de periódicos. Son las siete de la mañana y mira al cielo con los brazos en jarra, sofocado por el esfuerzo, agotado por dentro. Si uno quiere medir el pulso político de la actualidad en Italia ha de acudir al kiosco, a la cafetería, al banco de la placita. Son auténticos epicentros de la alegría y el malestar de la gente, del bienestar y el desagrado, cuyo margen de error, muy lejos del Quirinal, Montecitorio o el Palacio Chigi, es mínimo, casi una anécdota.

Por la manera en la que habla, Carlo no se siente excesivamente cómodo en su país. Tiene 49 años y no aspira más que a mantener su kiosquito, modesto tal vez, pero engalanado por la hermosa rutina diaria, el contacto estrecho con la gente y el encanto de lo puro humano. Sin embargo las cosas no funcionan. No le gusta lo que ve. «¿Qué tenemos que perder? ¡Las cosas ya son desastrosas!». Se refiere al referendo constitucional que ha propuesto el gobierno de Matteo Renzi, una reforma que no todo el mundo conoce con precisión y por la que cerca de cincuenta millones de personas están llamadas a votar este domingo.

Una hora más tarde, ochenta metros en línea recta, detrás del mostrador de una cafetería que regenta, Andrea opina lo contrario. Me sirve un espresso, menciono el nombre del primer ministro y su cara me devuelve una mueca de condescendencia. No soporta «el circo de ese señor». Mientras me lo explica gesticula, se estremece, alza la voz incluso: «¡Yo no quiero que las cosas vayan peor de lo que están!». Si Carlo confía en el SÍ, Andrea se decide rotundamente por el NO. «No queremos una reforma que permita a ese señor acampar como quiera en su propio gobierno».

Uno de los argumentos más frecuentes entre los partidarios del NO es que la propuesta de Renzi diseña un esqueleto institucional hecho a su medida. Los medios internacionales, al contrario de lo que podría esperarse, no sólo no ofrecen claridad sino que además fomentan la confusión. Desde que el Financial Times puso el grito en el cielo el pasado domingo, la voz hegemónica de los Estates se ha propagado como el fuego en una cabaña de chamizo. Conclusión: la opinión pública internacional cree que el SÍ es una alternativa capaz de llevar adelante a un gobierno con las rodillas dobladas.

La reforma de la Constitución

En la modificación de la Carta Magna italiana se especifica la intervención sobre 46 artículos de la misma y una serie de medidas estructurales, entre las que se encuentran: abolir el CNEL (Consiglio Nazionale dell’Economia e del Lavoro), un órgano consultivo que cuesta al Gobierno 20 millones de euros al año y donde 64 expertos tienen el cometido de aprobar leyes; disminuir el poder del Senado en favor de la Cámara de Diputados, y para ello reducir drásticamente el número de senadores: de 315 a 100, pasando a estar compuesto por representantes regionales y alcaldes (más 5 elegidos por el Presidente de la República por un período de siete o diez años, dependiendo de la fuente) que no percibirían sueldo ni disfrutarían del privilegio de una condición vitalicia; y por último crear un sistema de iniciativa legislativa popular donde, para derogar o presentar propuestas de ley, son necesarias 150.000 firmas, frente a las 50.000 actuales, con la particularidad de que esta vez sí serían vinculantes, es decir, ineludibles. Con todo, el objetivo es acabar con el sistema bicameral paritario, trasladar mayor responsabilidad a la Cámara y recentralizar el Ejecutivo.

Lo que podría parecer una operación redonda es, en realidad, una reforma criticable desde varios puntos de vista. La recentralización haría que la supervisión de infraestructuras, la protección civil o las cuestiones energéticas no fueran ya competencia de las regiones, sino del Gobierno central. Esto hace que la gente se cuestione la capacidad real de sus representantes en el Quirinal. Otro punto delicado es la cláusula de supremacía, que, entre otras cosas, permitiría la hipotética disolución de las provincias en cualquier momento.

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Un hombre otea la Signoria frente al ‘Biancone’ de Ammannati / Foto: Mario S. Arsenal

La cosa es tan contradictoria que en el mismo seno del partido de Matteo Renzi, el Partido Democrático (PD), hay quien se ha separado de la manada en dirección contraria. Es el caso de Massimo D’Alema, por ejemplo. Aún así, parece que la dislocación es una constante en las dos posturas. El SÍ no goza de unanimidad en bloque, pero el NO es equiparable al Arca de Noé. Por una extraña fuerza de atracción, los polos opuestos se han unido. En ese saco están Beppe Grillo (M5S), Silvio Berlusconi (Forza Italia), Matteo Salvini (Lega Nord) o Mario Monti, es decir, izquierda populista, centro-derecha, ultraderecha y tecnocracia.

Lo que hace desconfiar de este batiburrillo impreciso de posturas que misteriosamente coinciden aunque por definición sean contrarias, es que, por un lado, el M5S ha sido muy habilidoso al haber sabido aprovechar el tiempo que ha transcurrido desde que el SÍ parecía una realidad en Italia (Renzi lo anunció a finales de 2015) hasta hoy, donde los sondeos dicen lo contrario, poniendo en marcha una campaña agresiva de desprestigio contra el primer ministro; y por otro, el hecho de que Forza Italia ha dado su apoyo al SÍ hasta que Sergio Mattarella (contrario al candidato propuesto por Berlusconi) salió elegido Presidente de la República. Aún así, es justo pensar que el SÍ representa la opción económica más sostenible frente a la campaña del NO. Tal vez, eso sí, en detrimento de otras tantas necesidades humanas por las que se inventó la política. Tal vez.

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Piazza della Signoria momentos antes de comenzar el discurso / Foto: Mario S. Arsenal

Mientras tanto, Matteo Renzi quiso volver a su tierra para cerrar la campaña referendaria. Congregadas en la Signoria no había menos de 2.000 almas pasando frío y soplándose las manos. Claro que el premier decidió obsequiar el sacrificio con vino brûlé y canapés de porchetta. Un detalle, ministro. Encárguese de felicitar a su jefe de campaña. Por lo demás, para mi sorpresa, muchos jóvenes con ánimo apasionado agitando banderas tricolores y gritando «SÌ» con desmesura. El entusiasmo fue palpable. Y tras más de veinte minutos desde las nueve de la noche, apareció el gran hombre. «Buonasera a tutti!», fueron sus primeras palabras. La gente enloquecía, cien, doscientas banderas ondeando, la Signoria parecía que se caía. Mientras, de fondo, el Heroes de Bowie, el Don’t stop me now de Queen y alguna tonadilla moderna y alegre de Coldplay para dar la impresión de que la política es un estado de ánimo y no una responsabilidad.

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Panorámica de la Signoria / Foto: Mario S. Arsenal

El discurso

Se podrán decir muchas cosas sobre Matteo Renzi, pero una es cierta: es un grandísimo orador. Combina a la perfección la cadencia cómica de Roberto Benigni y la sobriedad de Walter Veltroni. Es un maestro de ceremonias extraordinario. Esta vez además contaba con el calor de su pueblo, del que ya fue alcalde (2009-2014). La empatía, por así decir, no era un obstáculo. Sin embargo, no se mostró todo lo preciso que requería la ocasión. No explicó la propuesta, no aclaró la confusión y no aportó ninguna luz; entretuvo a la gente, se limitó a señalar lo que habían dicho otros, lo que habían hecho los demás, y elevó su postura sutilmente hasta la emoción. Nada más. Probablemente de los 15.000-25.000 votos indecisos dependa el resultado, pero no estoy yo muy seguro de que nadie indeciso se fuera a casa convencido del SÍ.

Además se aferró al cliché cultural de la ciudad para ganarse el favor de la gente, la torre de Arnolfo, oh qué obra maestra, la Logia, oh cuánta belleza, la cultura y los valores de la cultura, oh qué grandes somos. Así y todo, no se arredró cuando a mitad del speech se le ocurrió tirar de oportunismo y decir que Florencia la habían creado las mujeres: Caterina, Maria, la electora palatina. Ellas entendieron rápidamente que Florencia pertenecía a la gente y lucharon por su patrimonio. Renzi sólo tuvo que coger un sombrero, hacer un poco de humo, y plas: el beneplácito de las mujeres al bolsillo. No habló de la situación actual del país, del 11% de paro, del descontento, de la desconfianza, pero señaló que Europa, en estos momentos más que nunca, es un caos. Me recordó un poco al «Así son las cosas y así se las hemos contado», un parte informativo de una eficacia sin par. Llegó incluso a perder la cabeza cuando dijo que Italia entera se convertiría en líder de Europa si salía el SÍ. Tal vez él seguiría siendo el líder de Italia, que no es lo mismo. La emoción contenida tiene siempre algún inconveniente, ya saben. Como el que terminase el discurso con unos versos de Lorenzo el Magnífico, que intuyo conocían, no sé, unas treinta o cuarenta personas (de dos mil, se entiende).

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Matteo Renzi / Foto: Mario S. Arsenal

¿Qué sucederá después del referéndum?

De vaticinios está la prensa llena, así que es absurdo dar rienda suelta a la imaginación. Por lo pronto, el resultado se reduce grosso modo a dos valoraciones. La opción económica del SÍ, que daría estabilidad a las entidades bancarias en riesgo, recuperaría la confianza de los grandes mercados internacionales y retomaría la ampliación de capital (aplazada ahora hasta 2017) de algunos importantes inversores externos. Y la postura escéptica de que para ahorrar dinero al Estado no es necesario modificar la Carta Magna, dado que es una operación engañosa para abonar un terreno favorable a quienes la propugnan. Aquí se ha producido una opinión de consenso entre los expertos, pues estas últimas semanas voces autorizadas han manifestado una postura crítica frente a la reforma y, sin embargo, ven necesario el SÍ. La oposición ha aprovechado ese bache para lanzar amenazas de todo tipo y azuzar el miedo entre la gente. Y también en dirección inversa. La idea de que Beppe Grillo, de vencer el NO, convocaría inmediatamente un referendo de permanencia en la Unión Europea, forma parte de una campaña de rencillas personales que más se parece a la serie Casablanca que a una campaña de gobierno.

Ahora queda ver qué opina la sociedad italiana. Esta  noche lo sabremos. Personalmente, sólo confío en que acierten.

Eso es todo.

Enlaces de interés

Discurso completo de Matteo Renzi: http://bit.ly/2gUSfJW

Entrevista a Tomaso Montanari (Left): http://bit.ly/2h1JFMq

Artículo de Alessandro Gianetti (Gli Stati Generali): http://bit.ly/2g79GrX

Artículo de Federico González de Buján (ABC): http://bit.ly/2fYUFFa

Artículo de Valentina Romei (Financial Times): http://bit.ly/2h6XUiO

Artículo de Daniele Grasso (El Confidencial): http://bit.ly/2h6YPzY

Sobre el referéndum (Valigia Blu): http://bit.ly/2fmVis0

Las ventanas /// Charles Baudelaire

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Emile Deroy, Retrato de Charles Baudelaire (1844), Musée des châteaux de Versailles et de Trianon, París.

El que desde afuera mira por una ventana abierta, nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrador, que una ventana iluminada por una vela. Lo que se puede ver al sol, siempre es menos interesante que lo que pasa detrás de un vidrio. En aquel agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, padece la vida.

Mas allá de las olas de los tejados, veo una mujer, madura y arrugada ya, pobre, inclinada siempre sobre algo, sin salir nunca. Con su rostro, con su vestido, con su gesto, con casi nada, he reconstruido la historia de aquella mujer, o, mejor, su leyenda, y a veces me la cuento a mí mismo llorando.

Si hubiera sido un pobre viejo, yo hubiese reconstruido la suya con la misma facilidad.

Y me acuesto, orgulloso de haber vivido y padecido en seres distintos de mí.

Acaso me digáis: «¿Estás seguro de que tal leyenda sea la verdadera?». ¿Qué importa lo que pueda ser la realidad colocada fuera de mí si me ayudó a vivir, a sentir que soy y lo que soy?

Ch. Baudelaire, Pequeños poemas en prosa. Los paraísos artificiales, Madrid, Cátedra, 2005.

El tres de septiembre /// Giovanni Papini

El tres de septiembre salí de casa. Frente a ella se asomaban campos, viñedos, árboles, tierras secas y manchones de hierba. Las vides cargadas de racimos violáceos se apoyaban en los álamos inclinándose voluptuosamente, igual que las mujeres con el pecho henchido de juventud cuando se apoyan en el hombre fuerte que aman. El cielo estaba poblado de viento que hacía reír a las hojas con lentas sacudidas, de monstruos grises e informes que se arrastraban lentamente sobre el azul, de montañas blancas que se desmoronaban, de perfume a tierra mojada y a maíz amontonado en la era.

Me dirigí hacia el pequeño río que amo, a pesar del lento discurrir de sus aguas fangosas, atravesando el zumbido de las avispas negras y amarillas en vuelo. Caminando por la orilla con la brisa en la cara y pisando las mariposas blancas inmóviles sobre la tierra, sumidas en el sopor del parto, alcancé el vado. La barca me esperaba y en un instante me encontré en la otra orilla.

¿Por qué prefiero la otra orilla? ¿Quizás porque hay más árboles y la hierba es más alta? Nada de esto. Amo los lugares desnudos, donde el sol puede deambular todo el día como un vagabundo. Quizás amo la otra orilla porque es la otra, porque no es aquella a la que tengo que regresar todas las noches para dormir y soñar diez horas seguidas.

También el tres de septiembre me senté sobre la hierba en la otra orilla del río y cuando un pescador se me acercó, ató su red y se dispuso a engañar una vez más a los ágiles peces de acero, pensé que podía comenzar mi tarea. Me levanté para acercarme a aquel hombre. No tenía nada en mi mano. Llevaba un libro en el bolsillo pero no me apetecía nada leer. El pescador no me miró. Era un joven bajo, con el rostro quemado y una boca enorme. No parecía inteligente pero no tenía derecho a pedirle también que lo fuera.

Cuando estuve junto a él me senté de nuevo. Él también se sentó y echó la red al agua. Comenzaba la espera ansiosa y somnolienta del hombre que se dispone a matar. Todo estaba tranquilo: sólo las desagradables moscas temerosas del temporal revoloteaban alrededor de nosotros sin descanso.

¿Para qué seguir esperando? Sin volverme hacia el pescador le dirigí la pregunta sencilla e inesperada que tantas veces después tuve que repetir:

—¿Por qué hace esto?

El joven se volvió y me miró con la expresión que yo había imaginado antes de hablarle. Me dirigió una mirada de estupor y compasión y no respondió. Naturalmente, tuve que repetir la pregunta. Lo último que necesitaba en aquel momento era silencio.

Entonces el joven sonrió con su boca ancha y respondió:

—Para coger peces.

—¿Y por qué quiere coger peces?

—Para venderlos.

—¿Y qué hace con el dinero que gana vendiéndolos?

—Compro el pan, el vino, el aceite, la ropa, los zapatos y todo lo demás.

—¿Y por qué compra todas esas cosas?

El joven se quedó entonces un poco atónito. Empezaba a divertirse pero encontraba difícil la última pregunta. Una ve más tuve que repetirla mirándolo fijamente. Se volvió como escuchando el silencio. Tal vez empezaba a temerme pero respondió en voz baja:

—Para vivir.

—¿Pero por qué quiere vivir? —repliqué sin piedad.

La sorpresa, el miedo y la alegría del pescador crecieron entonces desmesuradamente. Él creía saber quién era yo, pero a pesar de que me consideraba poco peligroso, no sabía muy bien cómo iba a acabar aquello. Yo no tenía ningún motivo para interrumpir el coloquio. Era necesario que todo se cumpliese como había sido planeado. Por eso repetí con obstinación la pregunta y miré seriamente al acusado.

El joven trató de sonreír con desprecio y dijo:

—Vivo porque he nacido.

—¿Pero cuáles son ahora tus objetivos en la vida?

—¿Qué objetivos? ¿Qué entiende por objetivos?

—Quiero decir: ¿qué es para usted lo más importante en la vida?

—Ya entiendo. Mi objetivo es éste: pescar.

Me quedé en silencio y pasados unos minutos me levanté. Era inútil continuar la conversación. Habíamos vuelto al inicio. La ingenuidad de aquel simple había cerrado la cadena.

Me alejé irritado y caminé por la orilla pisoteando las flores raquíticas y lánguidas hierbas. A través del follaje llegaban gritos rabiosos de niños. En un determinado punto el seto espeso quedaba interrumpido por una cancela de madera. La empujé y entré en el campo adentrándome cabizbajo por un sendero mullido. Había divisado a la izquierda a un campesino que cavaba y me dirigí resuelto hacia él. Me había visto con recelo bajo el ala sucia de su sombrero de paja. Se acercaba la vendimia y todos se habían levantado en armas contra los ladrones de uvas. El silencio de la tarde se oía interrumpido bruscamente por disparos secos lanzados contra los desconocidos. Pero yo no buscaba uvas: quería algo más amargo y embriagador.

Cuando llegué junto a él, lo miré. A sus pies, la tierra húmeda y arenosa había sido removida con calma y se preparaba para otros regalos. Pero no me fijé en esto porque la tierra abierta me conmovía como un dolor. Tenía que hacer por segunda vez mi pregunta:

—¿Por qué hace esto?

El campesino me miró con sus ojos negros todavía más recelosos y respondió:

—Para que nazca el grano.

—¿Y por qué quiere que nazca el grano?

—Para hacer el pan.

—¿Y por qué necesita el pan?

—Para ir tirando.

—¿Pero por qué quiere vivir?

Ante esta pregunta el hombre bajó la cabeza y retomó pacientemente su trabajo. El pie desnudo se apoyó de nuevo sobre el hierro quebrando la tierra, que se volvió más oscura y fresca de repente. Repetí varias veces la pregunta pero sólo conseguí miradas atravesadas por respuesta.

El viento ensordecedor seguía riendo alrededor de mi cabeza. Me quité el sombrero, miré el cielo y tendí el oído hacia el sonido lamentoso de la sirena de una fábrica. Tuve que retomar el sendero y salir del campo.

¡Qué bella me pareció el agua! Caminé un poco más por la orilla buscando con los ojos al tercer acusado. Los sauces, alineados en cuatro filas, me acompañaban lentamente y trataban de repetirme lo que decía el viento. Había un prado cerca y en el prado una niña vestida de rojo estaba inclinada recogiendo las últimas flores del verano.

Mi único deseo era encontrar a un ser, grande o pequeño, que supiese hablar. ¿Qué me importaba lo demás? Era una niña pequeña, rubia y tal vez torpe. Me bastaba que no fuese muda y que no huyese. La llamé desde lejos como se llama a los perros. La niña levantó la cara de las flores, me miró sonriente y dio unos pasos hacia mí. En cuanto estuve a su lado le hice también a ella la inevitable pregunta:

—¿Por qué haces esto?

La niña no se hizo de rogar y respondió enseguida:

—Para hacerle un ramo a la Virgen.

—¿Y por qué quieres hacerle un ramo a la Virgen?

—Para que se acuerde de mí.

—¿Pero por qué quieres que se acuerde de ti?

—Para que, cuando me muera, me reserve un sitio cerca de ella en el paraíso.

Era suficiente lo que me había dicho. Sólo tenía que traducir por mi cuenta las sencillas respuestas de la niña y conseguiría la respuesta a mi pregunta. ¿Por qué actuaba así la niña vestida de rojo? Para alcanzar el paraíso. Vivía, por tanto, preparándose para la muerte. Esta sí era una respuesta, ¿pero es la única? No estaba seguro, pero era una respuesta que no habían sabido darme aquellos dos hombres agachados haciendo su labor.

Los olvidé en cuanto hube destrozado con mi paso apresurado los tréboles y la acedera del prado. Me sentí menos triste caminando por la orilla y hasta incluso empecé a cantar. La niña me seguía, sujetando con las dos manos el babi rebosante de flores amarillas y violetas. Pero cuando me volví para saludarla y recibir el viento en plena cara vi que no sólo ella me seguía. A lo lejos, medio escondidos entre los sauces, venían hablando entre ellos los dos primeros acusados: el pescador y el campesino.

¿Cómo se habían encontrado? ¿Por qué me habían seguido? No lo supe pero me di cuenta de que yo había sido capaz de atraerlos y ponerlos en marcha. Estaba seguro, aunque me encontraba lejos, de que hablaban de mí y pensaban en mí. ¿Quizás a causa de la niña? No había por qué tenerles miedo. Me detuve y los esperé cantando en voz baja. La niña siguió por su camino y me adelantó; los dos hombres me alcanzaron. Sus rostros se habían endurecido: la enorme boca del joven reía con sarcasmo y los ojos negros del viejo centelleaban bajo el sombrero.

En cuanto estuvieron cerca se me echaron encima, maltratándome con palabras ofensivas y manos implacables. Ellos eran dos, enfurecidos y robustos, y yo sólo uno, tranquilo y débil. Con pocas sacudidas se apoderaron de mi cuerpo, blasfemaron y gritaron, eufóricos al desahogar lo que hasta entonces habían reprimido. Con pasos rápidos descendieron la orilla herbosa hasta el pedregal. Tuve tiempo de distinguir las crías de rana grises que saltaban entre las piedras húmedas de las pequeñas pozas. Los dos hombres me columpiaron un poco como si fuese un cadáver y me lanzaron al agua, riendo como borrachos.

Mientras mi cuerpo se sumergía en el fondo cenagoso del río pude escuchar el golpe seco y lejano de un disparo de fusil. El cauce estaba bajo: las lluvias de septiembre no habían logrado todavía lavar los racimos de uva y henchir los ríos. Pude levantarme y tomar de nuevo el camino del vado con los huesos doloridos y el traje empapado de fango.

Los dos primeros acusados huían corriendo, la niña se había alejado y el viento soplaba aún más fuerte, irritado ante la pereza de las nubes grises y blancas. Para mí nada había terminado, nada había cambiado para el mundo.

—Mañana —dije sonriendo— es cuatro de septiembre.

 

Cit. Giovanni Papini, Palabras y sangre (trad. Paloma Alonso Alberti)

Madrid, Rey Lear, 2010 (1912), pp. 19-24.

La creación /// Dino Buzzati

El Todopoderoso había construido ya el universo, disponiendo con fantasiosa irregularidad las estrellas, las galaxias, los planetas, las estrellas fugaces, y estaba contemplando con cierta complacencia el espectáculo, cuando uno de sus innumerables proyectistas, el encargado de llevar a cabo la  gran idea se acercó a él con gran premura.

Se trataba del espíritu Odnom, uno de los más inteligentes y vivaces de la nouvelle vague de los ángeles (pero no vayan a pensar que tenía alas y llevaba túnica blanca; pues -estas son sólo un invento de los pintores antiguos, que las consideraban muy prácticas desde el punto de vista decorativo).

—¿Deseas algo?—le preguntó el Creador, con benevolencia.

—Sí, Señor—respondió el espíritu arquitecto—. Antes de que des por finalizada esta admirable obra tuya y le des la bendición, quisiera mostrarte un pequeño proyecto en el que hemos trabajado un grupo de jóvenes. Un asunto de segunda categoría, un trabajillo de nada en comparación con todo el resto, una minucia, pero a nosotros nos parece interesante. —Y de una carpeta que llevaba consigo sacó un folio en el que aparecía dibujada una especie de esfera.

—Déjame ver—dijo el Todopoderoso, que, aunque por supuesto estaba ya al tanto de todo, fingía no saber nada del proyecto y simulaba interés con el fin de que sus mejores arquitectos se sintieran satisfechos. El dibujo era muy detallado y llevaba anotadas todas las medidas pertinentes.

—¿Qué es esto?—dijo el Gran Hacedor continuando con su diplomático fingimiento—. Parece un planeta más de los miles y miles que ya hemos construido. ¿Es realmente necesario hacer otro, y además de un tamaño tan modesto?

—En efecto, se trata de un pequeño planeta—confirmó el ángel arquitecto—, pero, a diferencia de los otros miles ya existentes, éste presenta unas características muy especiales.

Le explicó cómo habían pensado hacerlo girar alrededor de una estrella a una distancia tal que pudiera recibir su calor, pero no demasiado; enumeró los materiales presupuestados, sus cantidades respectivas y su precio de coste. ¿Y todo, para qué? Según las premisas, en aquel minúsculo globo se produciría un fenómeno sumamente curioso e interesante: la vida.


Sobra decir que el Creador no necesitaba más explicaciones. Era mucho más astuto que todos los ángeles arquitectos, ángeles capataces y ángeles albañiles juntos. Sonrió. La idea de aquella bolita suspendida en la inmensidad del espacio con tantos seres naciendo, creciendo, fructificando, multiplicándose y muriendo en ella le parecía bastante ocurrente. Y seguro que lo era, porque si bien el proyecto lo habían elaborado el espíritu Odnom y sus socios, al fin y al cabo también provenía de Él, origen primero de todas las cosas.

En vista de la buena acogida, el ángel arquitecto se armó de valor y lanzó un agudo silbido, al que acudieron, rapidísimos, miles, ¡qué digo miles!, cientos de miles, e incluso tal vez millones de otros espíritus.

Al ver aquello, el Creador al principio se asustó: mientras se tratara de un único peticionario, no había problema, pero si cada uno de los espíritus debía someterle un proyecto particular con las explicaciones correspondientes, aquello se prolongaría durante siglos. Debido  a su extraordinaria bondad, se dispuso, no obstante, a soportar la prueba. Los pelmazos son una plaga eterna. Se limitó, pues, a soltar un largo suspiro.

Odnom le tranquilizó. Toda aquella gente sólo eran dibujantes. El comité ejecutivo del nuevo planeta les había encargado proyectar las innumerables especies de seres vivos, vegetales y animales, necesarias para conseguir un buen resultado. Odnom y compañía no habían perdido el tiempo. No era un vago proyecto general, sino que lo habían previsto todo, hasta los más mínimos detalles. Tampoco había que descartar que, con el fruto de tanta diligencia, en su fuero interno pensaran poner al Sumo Regidor frente al hecho consumado.

Lo que parecía que iba a ser un extenuante peregrinaje de postulantes se convirtió, pues, para el Creador, en una agradable y brillante velada. No sólo se complació en examinar, si no todos, al menos la mayoría de los dibujos de plantas y animales, sino que participó de buena gana en las discusiones que surgían a menudo entre los artífices.

Lógicamente, cada diseñador estaba ansioso por ver aprobado y quizá ensalzado su propio trabajo. La disparidad de temperamentos era sintomática. Como en cualquier otra parte del universo, estaba el inmenso grupo de los humildes que habían trabajado duro para crear la base, llamémosla así, de la naturaleza viviente; proyectistas, por lo general, de imaginación limitada pero técnica escrupulosa, que había dibujado uno a uno los microorganismos, los musgos, los líquenes, los insectos comunes y corrientes, los seres, en suma, menos espectaculares. Y luego estaban los genios, los jactanciosos, deseosos de brillar e impresionar, razón por la cual habían concebido las más extrañas, complicadas, fantásticas y a veces disparatadas criaturas. De hecho, algunas de ellas tuvieron que ser rechazadas, como fue el caso de ciertos dragones con más de diez cabezas.

Los dibujos estaban hechos sobre un papel de lujo, a color y a tamaño natural, lo que situaba en condiciones de evidente inferioridad a los proyectistas de los organismos más pequeños. Los autores de bacterias, virus y similares pasaban casi inadvertidos, a pesar de su innegable mérito. Presentaban unos trocitos de papel del tamaño de un sello de correos con unos signos microscópicos que el ojo humano nunca hubiera podido percibir (pero el suyo sí). Estaba, entre otros, el inventor de los tardígrados, que se paseaba con un minúsculo cuaderno de bocetos del tamaño de los ojos de un insecto, pretendiendo que los demás apreciaran la gracia de esos futuros animalillos, cuyo perfil era vagamente parecido al de los oseznos, pero nadie le hacía caso. Por suerte, el Todopoderoso, al que no se le escapaba nada, le hizo un guiño que fue equiparable a un entusiasta apretón de manos, lo que le animó enormemente.

Hubo un fuerte altercado entre el proyectista del camello y el autor del proyecto del dromedario, pues cada uno de ellos pretendía haber sido el primero en tener la idea de la joroba, como si se tratara de un genial hallazgo. Tanto el camello como el dromedario dejaron a los presentes más bien fríos; en general, fueron considerados de pésimo gusto. Fuera como fuese, pasaron el examen, aunque por los pelos.

La propuesta de los dinosaurios provocó una auténtica andanada de objeciones. Una aguerrida cuadrilla de espíritus ambiciosos realizó un desfile, llevando en unos enormes caballetes los gigantescos dibujos de aquellas poderosas criaturas. La exhibición, indiscutiblemente, produjo cierta sensación. Aún así, los formidables animales eran muy exagerados. Pese a su gran estatura y corpulencia, no era probable que duraran mucho tiempo. Para no amargar a los excelentes artistas, que habían puesto en ello todo su empeño, el Rey de la creación concedió, sin embargo, el exequátur.

Una sonora carcajada general acogió el dibujo del elefante. La longitud de su nariz parecía realmente excesiva, incluso grotesca. El inventor objetó que no se trataba de una nariz sino de un órgano muy especial, para el que proponía el nombre de trompa. El vocablo gustó, hubo algunos aplausos aislados y el Todopoderoso sonrió. También el elefante pasó el examen.

La ballena, en cambio, tuvo un éxito inmediato e irresistible. Seis espíritus voladores sostenían el desmesurado tablero con el retrato del monstruo. A todos les resultó muy simpática y recibió una cálida ovación.


Pero ¿cómo recordar todos los episodios del interminable desfile? Entre los momentos cumbres de la velada podemos citar el de algunas grandes mariposas de vivos colores, la serpiente boa, la secuoya, el arqueopteris, el pavo real, el perro, la rosa y la pulga, personajes estos últimos a los que, de forma unánime, se les vaticinó un largo y brillante porvenir.

Mientras tanto, entre la multitud de espíritus que, ávidos de alabanzas, rodeaban al Todopoderoso, había uno que se le acercaba una y otra vez con un rollo de papel debajo del brazo; pelma, muy pelma. Es verdad que tenía una cara muy inteligente, pero era tan petulante… Abriéndose paso a codazos, había tratado de situarse en primera fila y de llamar la atención del Señor al menos en veinte ocasiones. Su altivez resultaba molesta a sus colegas, que le menospreciaban y le empujaban hacia atrás.

Pero él no se daba por vencido así como así. Erre que erre, consiguió finalmente llegar a los pies del Creador y, antes de que sus compañeros pudieran impedírselo, desplegó el rollo de papel, ofreciendo a la divina mirada el fruto de su ingenio. Eran los dibujos de un animal con un aspecto francamente desagradable, repelente, que sin embargo impresionaba por lo diferente que era de todo lo que se había visto hasta entonces. Por una parte estaba presentado el macho y, por otra, la hembra. COmo muchos otros animales, tenía cuatro extremidades, pero, a juzgar por los dibujos, sólo utilizaba dos para caminar. Algunos mechones de pelo aquí y allá, sobre todo en la cabeza, como una crin; los dos miembros superiores le colgaban a los lados de una forma ridícula. Su cara se asemejaba a la de los simios, que habían pasado con éxito el examen. Su figura no era ágil, armónica y compacta como la de los pájaros, los peces o los coleópteros, sino desgarbada, torpe y en cierto modo inacabada, como si el diseñador se hubiera desanimado y cansado en el momento más inoportuno.

El Todopoderoso echó una ojeada a los dibujos.

—No se puede decir que sea bonito—observó, suavizando con un tono amable la dureza de la sentencia—, pero quizá tenga alguna utilidad especial.

—Sí, Señor—confirmó el pelmazo—. Se trata, modestia aparte, de una invención formidable. Éste es el hombre y ésta, la mujer. Independientemente del aspecto físico, que es discutible, lo admito, he tratado de hacerlos, de alguna manera, perdona mi osadía, a tu imagen y semejanza, oh, Excelso. Será el único ser dotado de razón en toda la creación, el único que podrá darse cuenta de tu existencia, el único que te sabrá adorar. En tu honor erigirá templos grandiosos y librará guerras sangrientas.

—¡Ay, ay, ay! ¿Quieres decir que será un intelectual?—dijo el Todopoderoso—. Hazme caso, hijo mío. Mantente alejado de los intelectuales. Por fortuna, hasta ahora el universo está libre de ellos. Y quiera el cielo que continúe así hasta el fin de los tiempos. No niego, muchacho, que tu invención es ingeniosa. Pero ¿sabes decirme cuál sería el posible resultado? Quizá ese ser esté dotado de cualidades excepcionales, pero, a juzgar por su aspecto, me da la impresión de que sería fuente de una enorme cantidad de problemas. En una palabra, me complace tu arrojo. Es más, me encantaría concederte una medalla. Pero no me parece prudente aceptar tu proyecto. En cuanto se le diera un poco de cuerda, este tipo sería capaz, antes o después, de provocar una gran desgracia. No, no, olvidémoslo.

Y le despidió con un gesto paternal.

El inventor del hombre se fue con la cara muy larga, en medio de las sonrisitas de sus colegas. Quien tan alto apunta… Entonces se acercó al proyectista de los tetraónidos.


 

Fue una jornada memorable y feliz, como todos los grandes momentos llenos de esperanza, de espera de las cosas bellas que seguramente llegarán pero todavía no existen; como todos los momentos inaugurales. La Tierra estaba a punto de nacer con sus maravillas buenas y crueles, sus dichas y afanes, el amor y la muerte. La escolopendra, la encina, la tenia, el águila, el icneumón, la gacela, el rododendro. ¡El león!

El inoportuno seguía yendo y viniendo incansable con su carpeta. Y miraba una y otra vez hacia arriba, buscando en los ojos del Maestro un atisbo de arrepentimiento. Otros, sin embargo, eran los temas preferidos de éste: halcones y paramecios, armadillos y tumbergias, estafilococos, ciclópidos e iguanodontes.

Hasta que llegó un momento en el que la Tierra estuvo llena de criaturas adorables y odiosas, dulces y salvajes, horrendas, insignificantes y bellísimas. Un murmullo de fermentos, pálpitos, gemidos, aullidos y cantos estaba a punto de nacer en los bosques y los mares. Anochecía. Una vez obtenido el visto bueno supremo, los dibujantes, satisfechos, se habían ido cada uno por su lado. Cansado, el Altísimo se quedó solo en la inmensidad, que comenzaba a poblarse de estrellas.

Ya estaba a punto de quedarse plácidamente dormido cuando sintió que alguien le tiraba con suavidad del manto. Abrió los ojos, miró hacia abajo y vio que el inoportuno volvía a la carga: había sacado de nuevo su dibujo y le miraba implorante. ¡El hombre! Qué idea tan descabellada, qué peligroso capricho. Pero en el fondo, qué juego tan fascinante, qué terrible tentación. Después de todo, quizá valiera la pena. Además, en época de creación, era legítimo ser optimista.

—Trae acá—dijo el Todopoderoso, asiendo el fatal proyecto. Y estampó su firma.

Cit. Dino Buzzati, El colombre, Barcelona, Acantilado, 2009, pp. 15-22.

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Dino Buzzati, “El colombre”, ilustración (acrílico sobre tela), 1969.

El reverso de la moneda

Lo que ahora voy a contarles no versa, aunque lo parezca, sobre un problema alarmante que se sufre en el primer mundo, ni tan siquiera sobre las incomodidades que me ha reportado a mí personalmente; se trata más bien de una historia de seres humanos que se repite día tras día y que por lo general acaba sumiéndonos a todos en una profunda desconfianza hacia la burocracia actual. Procedo.

Martes. Suena el timbre de mi casa: «¡Cartero de Correos!». Quien tiene simpatía por los libros, o quien en parte se gana la vida con ellos (no de ellos), sabe que en esa exclamación se esconde la esperanza de un encuentro excitante. ¡Un libro! Como el cartero no me avisa, juego con la idea de que lo dejará asomando en el buzón. Por la tarde salgo a hacer unos recados y a la vuelta intercepto un sobre en el buzón. En efecto, contiene un libro, si es que uno puede llamar libro a un centenar de páginas retorcidas como una culebra a punto de morir. En cuanto al sobre en el que viene, toda descripción sería en vano. Automáticamente acudo a la oficina de Correos más cercana. Allí expongo el caso, entro decidido a firmar un armisticio y dejo clara mi intención de no querer castigar a nadie ni querer actuar con brazo ejecutor. La mujer que me atiende lo consulta, entra en las dependencias y sale disculpándose por la improcedencia de la entrega. A pesar y sin embargo: «Es mejor que vengas por la mañana, que es cuando están todos los repartidores y podrán decirte algo más. Ahora mismo no hay nadie que pueda ayudarte». Su buena educación no satisface mi reclamación (todavía sin hoja de reclamaciones); no obstante, me contengo y guardo la calma. Todo es cuestión de paciencia.

libros

Fuente: Curiosidatos

Hoy miércoles, a primera hora, he acudido de nuevo. No eran las ganas de venganza ni el remordimiento de la burla lo que me ha llevado hasta allí, sino la intención de hablar con alguien para exponer mi caso y rogarle que de ahora en adelante se abstuvieran de tomarse la justicia por su mano. Es de recibo que los profesionales de Correos tengan un mínimo de consideración al respecto. El reglamento dice que un repartidor no está obligado a subir paquetes a la puerta de un particular, como también que a falta de espacio en el buzón, aquel ha de dejar el aviso para que el paquete sea recogido en la oficina correspondiente.

Con las mismas me han abierto la puerta de personal. Jamás había estado en un lugar parecido. Una docena de trabajadores y trabajadoras poniendo a punto mil paquetes, cartas certificadas, pequeños electrodomésticos forrados en plástico de burbuja, nichos en los que no entraba ni un folio. Parecía que les faltaban manos. Un ritmo verdaderamente frenético para ser apenas las ocho de la mañana. Me reciben y expongo el caso con el paquete destruido en la mano. Trasladan el aviso a un superior y espero. A los pocos minutos sale una mujer, y desde la poca distancia que nos separa, noto en su rostro un gesto de consternación. Tácitamente expongo por tercera vez mi caso, libro en mano, es decir, culebra a punto de morir en mano. La mujer se excusa y se pierde entre el nido de repartidores. Al cabo de unos segundos vuelve a salir, viene con los labios apretados, un claro movimiento de impotencia. Me mira y se explica con voz temblorosa. «Lo siento mucho, esto es inadmisible, lo único que puedo decirte es que no se volverá a repetir. Tampoco está el coordinador de los repartidores de tu zona, así que no he podido hablarlo directamente. Te pido disculpas en su nombre». Mi decepción es manifiesta, pero doy las gracias y me marcho.

De camino a casa, con la culebra retorcida en la mano, pienso en los oscuros mecanismos sobre los que está asentado nuestro mundo. Sólo es un ejemplo, pero un ejemplo que a mí me sirve para escenificar cientos de situaciones en las que, antes o después, todos nos hemos visto envueltos. Tal vez una actitud naíf como la mía: pretender hablar con alguien para explicarle, de humano a humano, que la gente a veces tiene deslices en su trabajo y que no pasa nada, pero que uno no querría que se repitieran; tal vez esta actitud, digo, es algo ciertamente naíf. Así como tal vez la versión grosera, esto es, presentarse en Correos con la voz de Atila, encaramarse al mostrador con hambre de venganza, amenazar con rellenar una hoja de reclamaciones o intrigar para saber quién ha sido el causante de tal agravio y actuar en consecuencia, sea posiblemente la más efectiva.

Sin más rodeos. ¿En qué mundo vivimos que no podemos reclamar un trato justo a través de la palabra y sí con el castigo, la amenaza o el remordimiento? ¿Ese es el mundo en el que queremos vivir? Porque es el que hemos construido.

«Per ritornar là» /// Miguel Ángel Buonarroti

«Para regresar allí de donde vino,

llega el alma a tu cuerpo

como un ángel de piedad tan lleno

que al intelecto sana y al mundo honra.

 

Ése sol me arde y me rapta,

y no sólo tu hermoso rostro por fuera:

que el amor no tiene esperanza en las cosas que fallecen

si en él la virtud regenta.

 

Lo mismo ocurre con lo alto y lo nuevo,

donde la naturaleza imprime su sello y

se empareja desde el cielo;

 

ni Dios se muestra, por su gracia, de otro modo

más que en un velo mortal y hermoso;

y lo amo a él, al sol, porque en él se refleja.»

 

Mujer de luto (1493-1497, col. privada)

Estudio de una mujer de luto, 1493-1497, Colección privada

 

[Per ritornar là donde venne fora,/l’inmmortal forma al tuo carcer terreno/venne com’angel di pietà sì pieno,/che sana ogn’intelleto e’l mondo onora./Questo sol m’arde e questo m’innamora,/non pur di fuora il tuo volto sereno:/c’amor non già di cosa che vien meno/tien ferma speme, in cuo virtù dimora./Né altro avvien di cose altere e nuove/in cui si preme la natura, e’l cielo/è c’a’ lor parti largo s’apparecchia;/né Dio, suo grazia, mi si mostra altrove/più che ‘n alcun leggiadro e mortal velo;/e quel sol amo perch’in lui si specchia.]

Imre Kertész, por Adan Kovacsis*

Hoy 31 de marzo de 2016, a las cuatro de la madrugada, falleció Imre Kertész, premio Nobel de Literatura 2002. Resulta imposible plasmar en pocas palabras todo el significado de la obra de este autor, uno de los más grandes de las letras húngaras del siglo XX y del actual. Como también es imposible describir en pocas líneas lo que ha significado como persona, como escritor y pensador, para su traductor al español. Los últimos años de Imre Kertész fueron de enorme dificultad, la enfermedad de parkinson había hecho mella en su cuerpo, en su mente, en su alma, aunque él se aferraba a la vida y, en particular, a lo que había sido el contenido esencial de su vida, la literatura. En enero todavía estaba trabajando con su colaborador Zoltán Hafner en la recopilación de sus apuntes de los años noventa.

imageLa obra de Kertész es esencial para comprender al ser humano del siglo XX y del actual. Cuando se publicó Sin destino en 1975, la novela pasó inadvertida. Inadvertida precisamente por la radicalidad de su visión, porque era intolerable, se alejaba de las grandes palabras, describía la expropiación del destino propio del individuo, su conversión en destino de masas, «el despojamiento de la sustancia más humana del hombre» en los campos de exterminio en particular y en el totalitarismo en general. En el célebre final de la novela, el protagonista, el adolescente judío Gyuri Köves, regresa a Budapest tras su paso por los campos y se topa con la incomprensión: su lenguaje no es el mismo, sus sentimientos no son los mismos, sus sensaciones no son las mismas que los de la gente que se ha quedado. Los tópicos con los que lo reciben no tienen nada que ver con su experiencia. Y él insiste en que sus palabras reflejen la experiencia. Lo mismo hará también Kertész en sus libros. Esa es la perspectiva existencial, iluminadora y aterradora de su obra. En Fiasco, el narrador se define como «un miembro modestamente aplicado, de comportamiento no siempre intachable, de la tácita conspiración urdida contra mi vida».

Nuestra época, la del ser humano funcional y sustituible, la de la sociedad de masas y del Estado moderno, lleva implícita la posibilidad del totalitarismo y, por tanto, de Auschwitz. Y aquí se encuentra otro de los puntos que hacen de la obra de Kertész algo singular: la consideración del significado del Holocausto como mito universal y como cultura. En Diario de la galera escribe: «Auschwitz, y lo que forma parte de ello (¿y qué no forma parte de ello hoy en día?), es el trauma más grande del hombre europeo desde la cruz…». En los años noventa se percibía en sus escritos y ensayos cierta confianza en el influjo catártico de la experiencia del Holocausto, cierta confianza en Europa e incluso en que su país, Hungría, se acercara a las democracias de corte occidental. Confiaba en el mito de Auschwitz como eje ético para crear una nueva cultura europea y universal. No obstante, al mismo tiempo constataba que el fondo nada había ocurrido de verdad, seriamente, que hiciera imposible otro Holocausto en el futuro.

En estos días, Acantilado publicará en español el hasta ahora último libro de Imre Kertész. Se titula La última posada. Es el libro de su vejez. Su intención era escribir una obra sobre la senectud, una novela inspirada en los cuadros postreros de William Turner o en los últimos cuartetos de Beethoven. La última posada plasma ese intento, el esfuerzo, las dudas y también el fracaso. Se lo impidió, entre otras cosas, la enfermedad que fue creciendo, el parkinson que se le diagnosticó hace más de quince años.

ADAN KOVACSIS

(*) Nota publicada originalmente por la editorial Acantilado.