Empédocles /// Friedrich Hölderlin

Buscas, buscas la vida, surge y reluce un fuego

desde honduras telúricas, hacia ti; y tú te arrojas,

con ansia estremecida,

allá abajo, a las llamas, en el Etna.

 

Así disolvió en vino sus perlas la orgullosa

reina, sin importarle; ¡ojalá nunca hubieras

ofrendado, oh poeta, tu riqueza

en el hirviente cáliz!

 

Pero eres para mí sagrado, cual la fuerza

de la Tierra absorbiéndote, ¡oh víctima atrevida!

Si no me retuviera el amor, seguiría

al héroe, hasta el abismo.

 

[Das Leben suchst du, suchst, und es quillt und glänzt/Ein göttlich Feuer tief aus der Erde dir,/Und du un schauderndem Verlangen/Wirfst dich hinab, in des Aetna Flammen./So schmelzt’ im Weine Perlen der Übermut/Der Königin; und mochte sie doch! hättst du/Nur deinen Reichtum nicht, o Dichter,/Hin in den gäreden Kelch geopfert!/Doch heilig bist du mir, wie der Erde Macht,/Die dich hinwegnahm, kühner Getöteter!/Und folgen möcht ich in die Tiefe,/Hielte die Liebe mich nicht, dem Helden.]

 

Cit. Friedrich Hölderlin, Antología poética (trad. Federico Bermúdez-Cañete), Madrid, Cátedra, 2006, p. 127.

Holderlin 1970

Sello con la efigie de Hölderlin (Alemania, ca.1970) / Fuente: Deposit Photos

Dies Irae /// Leonid Andréiev

ca.1910

Leonid Andréiev (ca.1910)

«Si yo recogiese por el mundo entero todas las buenas palabras que usan los hombres, todas sus tiernas y sonoras canciones, y las lanzase al aire alegre; si yo recogiese todas las sonrisas de los niños, las risas de las mujeres no ofendidas aún por nadie, las caricias de las ancianas madres de cabellos blancos, los apretones de manos de los amigos, y con todo ello hiciese una corona inmarcesible para una hermosa cabeza; si yo recorriese todo el haz de la tierra y recogiese cuantas flores hay en los bosques, en los campos, en las praderas, en los jardines de los ricos, en las profundidades de las aguas, en el fondo azul de los mares; si yo recogiese cuantas piedras preciosas brillan en las hendiduras de los montes, en la oscuridad de las minas profundas, en las coronas de los soberanos y en las orejas de las grandes damas, y con todas hiciese una montaña fulgurante; si yo recogiese todas las llamas que arden en el universo, todas las luces, todos los rayos, todos los brillos, todas las auroras, y con todo ello hiciese rutilar los mundos en un grandioso incendio, ni aun así podría glorificar tu nombre como se merece, ¡oh, libertad!»*

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(*) Leonid Andréiev, Dies Irae (trad. Nicolás Tasin), Madrid, Eneida, pp. 15-16.

Luigi Pirandello /// Interpretación(es)

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Luigi Pirandello en una fotografía de 1934, el mismo año en que ganó el premio Nobel / Fuente: Bald Mountain Literature

«Ahora ya todos nos hemos ido acomodando poco a poco al nuevo concepto de nuestra pequeñez infinita, acostumbrándonos a considerarnos poco menos que si no pintáramos nada en el Universo, con todos nuestros flamantes descubrimientos e invenciones; ¿y qué valor quiere usted que tengan las noticias, no digo ya de nuestras particulares miserias, sino hasta de las públicas calamidades? Historias de gusanillos son ahora las nuestras.»

«Y solemos olvidarnos con gusto de que somos átomos infinitesimales para tirarnos los trastos a la cabeza por un palmo de tierra o lamentarnos de cosas que, si verdaderamente estuviésemos penetrados de lo que somos, deberían parecernos menudencias incalculables.»

 

Luigi Pirandello, El difunto Matías Pascal, 1904.

Las ventanas /// Charles Baudelaire

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Emile Deroy, Retrato de Charles Baudelaire (1844), Musée des châteaux de Versailles et de Trianon, París.

El que desde afuera mira por una ventana abierta, nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrador, que una ventana iluminada por una vela. Lo que se puede ver al sol, siempre es menos interesante que lo que pasa detrás de un vidrio. En aquel agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, padece la vida.

Mas allá de las olas de los tejados, veo una mujer, madura y arrugada ya, pobre, inclinada siempre sobre algo, sin salir nunca. Con su rostro, con su vestido, con su gesto, con casi nada, he reconstruido la historia de aquella mujer, o, mejor, su leyenda, y a veces me la cuento a mí mismo llorando.

Si hubiera sido un pobre viejo, yo hubiese reconstruido la suya con la misma facilidad.

Y me acuesto, orgulloso de haber vivido y padecido en seres distintos de mí.

Acaso me digáis: «¿Estás seguro de que tal leyenda sea la verdadera?». ¿Qué importa lo que pueda ser la realidad colocada fuera de mí si me ayudó a vivir, a sentir que soy y lo que soy?

Ch. Baudelaire, Pequeños poemas en prosa. Los paraísos artificiales, Madrid, Cátedra, 2005.

El tres de septiembre /// Giovanni Papini

El tres de septiembre salí de casa. Frente a ella se asomaban campos, viñedos, árboles, tierras secas y manchones de hierba. Las vides cargadas de racimos violáceos se apoyaban en los álamos inclinándose voluptuosamente, igual que las mujeres con el pecho henchido de juventud cuando se apoyan en el hombre fuerte que aman. El cielo estaba poblado de viento que hacía reír a las hojas con lentas sacudidas, de monstruos grises e informes que se arrastraban lentamente sobre el azul, de montañas blancas que se desmoronaban, de perfume a tierra mojada y a maíz amontonado en la era.

Me dirigí hacia el pequeño río que amo, a pesar del lento discurrir de sus aguas fangosas, atravesando el zumbido de las avispas negras y amarillas en vuelo. Caminando por la orilla con la brisa en la cara y pisando las mariposas blancas inmóviles sobre la tierra, sumidas en el sopor del parto, alcancé el vado. La barca me esperaba y en un instante me encontré en la otra orilla.

¿Por qué prefiero la otra orilla? ¿Quizás porque hay más árboles y la hierba es más alta? Nada de esto. Amo los lugares desnudos, donde el sol puede deambular todo el día como un vagabundo. Quizás amo la otra orilla porque es la otra, porque no es aquella a la que tengo que regresar todas las noches para dormir y soñar diez horas seguidas.

También el tres de septiembre me senté sobre la hierba en la otra orilla del río y cuando un pescador se me acercó, ató su red y se dispuso a engañar una vez más a los ágiles peces de acero, pensé que podía comenzar mi tarea. Me levanté para acercarme a aquel hombre. No tenía nada en mi mano. Llevaba un libro en el bolsillo pero no me apetecía nada leer. El pescador no me miró. Era un joven bajo, con el rostro quemado y una boca enorme. No parecía inteligente pero no tenía derecho a pedirle también que lo fuera.

Cuando estuve junto a él me senté de nuevo. Él también se sentó y echó la red al agua. Comenzaba la espera ansiosa y somnolienta del hombre que se dispone a matar. Todo estaba tranquilo: sólo las desagradables moscas temerosas del temporal revoloteaban alrededor de nosotros sin descanso.

¿Para qué seguir esperando? Sin volverme hacia el pescador le dirigí la pregunta sencilla e inesperada que tantas veces después tuve que repetir:

—¿Por qué hace esto?

El joven se volvió y me miró con la expresión que yo había imaginado antes de hablarle. Me dirigió una mirada de estupor y compasión y no respondió. Naturalmente, tuve que repetir la pregunta. Lo último que necesitaba en aquel momento era silencio.

Entonces el joven sonrió con su boca ancha y respondió:

—Para coger peces.

—¿Y por qué quiere coger peces?

—Para venderlos.

—¿Y qué hace con el dinero que gana vendiéndolos?

—Compro el pan, el vino, el aceite, la ropa, los zapatos y todo lo demás.

—¿Y por qué compra todas esas cosas?

El joven se quedó entonces un poco atónito. Empezaba a divertirse pero encontraba difícil la última pregunta. Una ve más tuve que repetirla mirándolo fijamente. Se volvió como escuchando el silencio. Tal vez empezaba a temerme pero respondió en voz baja:

—Para vivir.

—¿Pero por qué quiere vivir? —repliqué sin piedad.

La sorpresa, el miedo y la alegría del pescador crecieron entonces desmesuradamente. Él creía saber quién era yo, pero a pesar de que me consideraba poco peligroso, no sabía muy bien cómo iba a acabar aquello. Yo no tenía ningún motivo para interrumpir el coloquio. Era necesario que todo se cumpliese como había sido planeado. Por eso repetí con obstinación la pregunta y miré seriamente al acusado.

El joven trató de sonreír con desprecio y dijo:

—Vivo porque he nacido.

—¿Pero cuáles son ahora tus objetivos en la vida?

—¿Qué objetivos? ¿Qué entiende por objetivos?

—Quiero decir: ¿qué es para usted lo más importante en la vida?

—Ya entiendo. Mi objetivo es éste: pescar.

Me quedé en silencio y pasados unos minutos me levanté. Era inútil continuar la conversación. Habíamos vuelto al inicio. La ingenuidad de aquel simple había cerrado la cadena.

Me alejé irritado y caminé por la orilla pisoteando las flores raquíticas y lánguidas hierbas. A través del follaje llegaban gritos rabiosos de niños. En un determinado punto el seto espeso quedaba interrumpido por una cancela de madera. La empujé y entré en el campo adentrándome cabizbajo por un sendero mullido. Había divisado a la izquierda a un campesino que cavaba y me dirigí resuelto hacia él. Me había visto con recelo bajo el ala sucia de su sombrero de paja. Se acercaba la vendimia y todos se habían levantado en armas contra los ladrones de uvas. El silencio de la tarde se oía interrumpido bruscamente por disparos secos lanzados contra los desconocidos. Pero yo no buscaba uvas: quería algo más amargo y embriagador.

Cuando llegué junto a él, lo miré. A sus pies, la tierra húmeda y arenosa había sido removida con calma y se preparaba para otros regalos. Pero no me fijé en esto porque la tierra abierta me conmovía como un dolor. Tenía que hacer por segunda vez mi pregunta:

—¿Por qué hace esto?

El campesino me miró con sus ojos negros todavía más recelosos y respondió:

—Para que nazca el grano.

—¿Y por qué quiere que nazca el grano?

—Para hacer el pan.

—¿Y por qué necesita el pan?

—Para ir tirando.

—¿Pero por qué quiere vivir?

Ante esta pregunta el hombre bajó la cabeza y retomó pacientemente su trabajo. El pie desnudo se apoyó de nuevo sobre el hierro quebrando la tierra, que se volvió más oscura y fresca de repente. Repetí varias veces la pregunta pero sólo conseguí miradas atravesadas por respuesta.

El viento ensordecedor seguía riendo alrededor de mi cabeza. Me quité el sombrero, miré el cielo y tendí el oído hacia el sonido lamentoso de la sirena de una fábrica. Tuve que retomar el sendero y salir del campo.

¡Qué bella me pareció el agua! Caminé un poco más por la orilla buscando con los ojos al tercer acusado. Los sauces, alineados en cuatro filas, me acompañaban lentamente y trataban de repetirme lo que decía el viento. Había un prado cerca y en el prado una niña vestida de rojo estaba inclinada recogiendo las últimas flores del verano.

Mi único deseo era encontrar a un ser, grande o pequeño, que supiese hablar. ¿Qué me importaba lo demás? Era una niña pequeña, rubia y tal vez torpe. Me bastaba que no fuese muda y que no huyese. La llamé desde lejos como se llama a los perros. La niña levantó la cara de las flores, me miró sonriente y dio unos pasos hacia mí. En cuanto estuve a su lado le hice también a ella la inevitable pregunta:

—¿Por qué haces esto?

La niña no se hizo de rogar y respondió enseguida:

—Para hacerle un ramo a la Virgen.

—¿Y por qué quieres hacerle un ramo a la Virgen?

—Para que se acuerde de mí.

—¿Pero por qué quieres que se acuerde de ti?

—Para que, cuando me muera, me reserve un sitio cerca de ella en el paraíso.

Era suficiente lo que me había dicho. Sólo tenía que traducir por mi cuenta las sencillas respuestas de la niña y conseguiría la respuesta a mi pregunta. ¿Por qué actuaba así la niña vestida de rojo? Para alcanzar el paraíso. Vivía, por tanto, preparándose para la muerte. Esta sí era una respuesta, ¿pero es la única? No estaba seguro, pero era una respuesta que no habían sabido darme aquellos dos hombres agachados haciendo su labor.

Los olvidé en cuanto hube destrozado con mi paso apresurado los tréboles y la acedera del prado. Me sentí menos triste caminando por la orilla y hasta incluso empecé a cantar. La niña me seguía, sujetando con las dos manos el babi rebosante de flores amarillas y violetas. Pero cuando me volví para saludarla y recibir el viento en plena cara vi que no sólo ella me seguía. A lo lejos, medio escondidos entre los sauces, venían hablando entre ellos los dos primeros acusados: el pescador y el campesino.

¿Cómo se habían encontrado? ¿Por qué me habían seguido? No lo supe pero me di cuenta de que yo había sido capaz de atraerlos y ponerlos en marcha. Estaba seguro, aunque me encontraba lejos, de que hablaban de mí y pensaban en mí. ¿Quizás a causa de la niña? No había por qué tenerles miedo. Me detuve y los esperé cantando en voz baja. La niña siguió por su camino y me adelantó; los dos hombres me alcanzaron. Sus rostros se habían endurecido: la enorme boca del joven reía con sarcasmo y los ojos negros del viejo centelleaban bajo el sombrero.

En cuanto estuvieron cerca se me echaron encima, maltratándome con palabras ofensivas y manos implacables. Ellos eran dos, enfurecidos y robustos, y yo sólo uno, tranquilo y débil. Con pocas sacudidas se apoderaron de mi cuerpo, blasfemaron y gritaron, eufóricos al desahogar lo que hasta entonces habían reprimido. Con pasos rápidos descendieron la orilla herbosa hasta el pedregal. Tuve tiempo de distinguir las crías de rana grises que saltaban entre las piedras húmedas de las pequeñas pozas. Los dos hombres me columpiaron un poco como si fuese un cadáver y me lanzaron al agua, riendo como borrachos.

Mientras mi cuerpo se sumergía en el fondo cenagoso del río pude escuchar el golpe seco y lejano de un disparo de fusil. El cauce estaba bajo: las lluvias de septiembre no habían logrado todavía lavar los racimos de uva y henchir los ríos. Pude levantarme y tomar de nuevo el camino del vado con los huesos doloridos y el traje empapado de fango.

Los dos primeros acusados huían corriendo, la niña se había alejado y el viento soplaba aún más fuerte, irritado ante la pereza de las nubes grises y blancas. Para mí nada había terminado, nada había cambiado para el mundo.

—Mañana —dije sonriendo— es cuatro de septiembre.

 

Cit. Giovanni Papini, Palabras y sangre (trad. Paloma Alonso Alberti)

Madrid, Rey Lear, 2010 (1912), pp. 19-24.

La creación /// Dino Buzzati

El Todopoderoso había construido ya el universo, disponiendo con fantasiosa irregularidad las estrellas, las galaxias, los planetas, las estrellas fugaces, y estaba contemplando con cierta complacencia el espectáculo, cuando uno de sus innumerables proyectistas, el encargado de llevar a cabo la  gran idea se acercó a él con gran premura.

Se trataba del espíritu Odnom, uno de los más inteligentes y vivaces de la nouvelle vague de los ángeles (pero no vayan a pensar que tenía alas y llevaba túnica blanca; pues -estas son sólo un invento de los pintores antiguos, que las consideraban muy prácticas desde el punto de vista decorativo).

—¿Deseas algo?—le preguntó el Creador, con benevolencia.

—Sí, Señor—respondió el espíritu arquitecto—. Antes de que des por finalizada esta admirable obra tuya y le des la bendición, quisiera mostrarte un pequeño proyecto en el que hemos trabajado un grupo de jóvenes. Un asunto de segunda categoría, un trabajillo de nada en comparación con todo el resto, una minucia, pero a nosotros nos parece interesante. —Y de una carpeta que llevaba consigo sacó un folio en el que aparecía dibujada una especie de esfera.

—Déjame ver—dijo el Todopoderoso, que, aunque por supuesto estaba ya al tanto de todo, fingía no saber nada del proyecto y simulaba interés con el fin de que sus mejores arquitectos se sintieran satisfechos. El dibujo era muy detallado y llevaba anotadas todas las medidas pertinentes.

—¿Qué es esto?—dijo el Gran Hacedor continuando con su diplomático fingimiento—. Parece un planeta más de los miles y miles que ya hemos construido. ¿Es realmente necesario hacer otro, y además de un tamaño tan modesto?

—En efecto, se trata de un pequeño planeta—confirmó el ángel arquitecto—, pero, a diferencia de los otros miles ya existentes, éste presenta unas características muy especiales.

Le explicó cómo habían pensado hacerlo girar alrededor de una estrella a una distancia tal que pudiera recibir su calor, pero no demasiado; enumeró los materiales presupuestados, sus cantidades respectivas y su precio de coste. ¿Y todo, para qué? Según las premisas, en aquel minúsculo globo se produciría un fenómeno sumamente curioso e interesante: la vida.


Sobra decir que el Creador no necesitaba más explicaciones. Era mucho más astuto que todos los ángeles arquitectos, ángeles capataces y ángeles albañiles juntos. Sonrió. La idea de aquella bolita suspendida en la inmensidad del espacio con tantos seres naciendo, creciendo, fructificando, multiplicándose y muriendo en ella le parecía bastante ocurrente. Y seguro que lo era, porque si bien el proyecto lo habían elaborado el espíritu Odnom y sus socios, al fin y al cabo también provenía de Él, origen primero de todas las cosas.

En vista de la buena acogida, el ángel arquitecto se armó de valor y lanzó un agudo silbido, al que acudieron, rapidísimos, miles, ¡qué digo miles!, cientos de miles, e incluso tal vez millones de otros espíritus.

Al ver aquello, el Creador al principio se asustó: mientras se tratara de un único peticionario, no había problema, pero si cada uno de los espíritus debía someterle un proyecto particular con las explicaciones correspondientes, aquello se prolongaría durante siglos. Debido  a su extraordinaria bondad, se dispuso, no obstante, a soportar la prueba. Los pelmazos son una plaga eterna. Se limitó, pues, a soltar un largo suspiro.

Odnom le tranquilizó. Toda aquella gente sólo eran dibujantes. El comité ejecutivo del nuevo planeta les había encargado proyectar las innumerables especies de seres vivos, vegetales y animales, necesarias para conseguir un buen resultado. Odnom y compañía no habían perdido el tiempo. No era un vago proyecto general, sino que lo habían previsto todo, hasta los más mínimos detalles. Tampoco había que descartar que, con el fruto de tanta diligencia, en su fuero interno pensaran poner al Sumo Regidor frente al hecho consumado.

Lo que parecía que iba a ser un extenuante peregrinaje de postulantes se convirtió, pues, para el Creador, en una agradable y brillante velada. No sólo se complació en examinar, si no todos, al menos la mayoría de los dibujos de plantas y animales, sino que participó de buena gana en las discusiones que surgían a menudo entre los artífices.

Lógicamente, cada diseñador estaba ansioso por ver aprobado y quizá ensalzado su propio trabajo. La disparidad de temperamentos era sintomática. Como en cualquier otra parte del universo, estaba el inmenso grupo de los humildes que habían trabajado duro para crear la base, llamémosla así, de la naturaleza viviente; proyectistas, por lo general, de imaginación limitada pero técnica escrupulosa, que había dibujado uno a uno los microorganismos, los musgos, los líquenes, los insectos comunes y corrientes, los seres, en suma, menos espectaculares. Y luego estaban los genios, los jactanciosos, deseosos de brillar e impresionar, razón por la cual habían concebido las más extrañas, complicadas, fantásticas y a veces disparatadas criaturas. De hecho, algunas de ellas tuvieron que ser rechazadas, como fue el caso de ciertos dragones con más de diez cabezas.

Los dibujos estaban hechos sobre un papel de lujo, a color y a tamaño natural, lo que situaba en condiciones de evidente inferioridad a los proyectistas de los organismos más pequeños. Los autores de bacterias, virus y similares pasaban casi inadvertidos, a pesar de su innegable mérito. Presentaban unos trocitos de papel del tamaño de un sello de correos con unos signos microscópicos que el ojo humano nunca hubiera podido percibir (pero el suyo sí). Estaba, entre otros, el inventor de los tardígrados, que se paseaba con un minúsculo cuaderno de bocetos del tamaño de los ojos de un insecto, pretendiendo que los demás apreciaran la gracia de esos futuros animalillos, cuyo perfil era vagamente parecido al de los oseznos, pero nadie le hacía caso. Por suerte, el Todopoderoso, al que no se le escapaba nada, le hizo un guiño que fue equiparable a un entusiasta apretón de manos, lo que le animó enormemente.

Hubo un fuerte altercado entre el proyectista del camello y el autor del proyecto del dromedario, pues cada uno de ellos pretendía haber sido el primero en tener la idea de la joroba, como si se tratara de un genial hallazgo. Tanto el camello como el dromedario dejaron a los presentes más bien fríos; en general, fueron considerados de pésimo gusto. Fuera como fuese, pasaron el examen, aunque por los pelos.

La propuesta de los dinosaurios provocó una auténtica andanada de objeciones. Una aguerrida cuadrilla de espíritus ambiciosos realizó un desfile, llevando en unos enormes caballetes los gigantescos dibujos de aquellas poderosas criaturas. La exhibición, indiscutiblemente, produjo cierta sensación. Aún así, los formidables animales eran muy exagerados. Pese a su gran estatura y corpulencia, no era probable que duraran mucho tiempo. Para no amargar a los excelentes artistas, que habían puesto en ello todo su empeño, el Rey de la creación concedió, sin embargo, el exequátur.

Una sonora carcajada general acogió el dibujo del elefante. La longitud de su nariz parecía realmente excesiva, incluso grotesca. El inventor objetó que no se trataba de una nariz sino de un órgano muy especial, para el que proponía el nombre de trompa. El vocablo gustó, hubo algunos aplausos aislados y el Todopoderoso sonrió. También el elefante pasó el examen.

La ballena, en cambio, tuvo un éxito inmediato e irresistible. Seis espíritus voladores sostenían el desmesurado tablero con el retrato del monstruo. A todos les resultó muy simpática y recibió una cálida ovación.


Pero ¿cómo recordar todos los episodios del interminable desfile? Entre los momentos cumbres de la velada podemos citar el de algunas grandes mariposas de vivos colores, la serpiente boa, la secuoya, el arqueopteris, el pavo real, el perro, la rosa y la pulga, personajes estos últimos a los que, de forma unánime, se les vaticinó un largo y brillante porvenir.

Mientras tanto, entre la multitud de espíritus que, ávidos de alabanzas, rodeaban al Todopoderoso, había uno que se le acercaba una y otra vez con un rollo de papel debajo del brazo; pelma, muy pelma. Es verdad que tenía una cara muy inteligente, pero era tan petulante… Abriéndose paso a codazos, había tratado de situarse en primera fila y de llamar la atención del Señor al menos en veinte ocasiones. Su altivez resultaba molesta a sus colegas, que le menospreciaban y le empujaban hacia atrás.

Pero él no se daba por vencido así como así. Erre que erre, consiguió finalmente llegar a los pies del Creador y, antes de que sus compañeros pudieran impedírselo, desplegó el rollo de papel, ofreciendo a la divina mirada el fruto de su ingenio. Eran los dibujos de un animal con un aspecto francamente desagradable, repelente, que sin embargo impresionaba por lo diferente que era de todo lo que se había visto hasta entonces. Por una parte estaba presentado el macho y, por otra, la hembra. COmo muchos otros animales, tenía cuatro extremidades, pero, a juzgar por los dibujos, sólo utilizaba dos para caminar. Algunos mechones de pelo aquí y allá, sobre todo en la cabeza, como una crin; los dos miembros superiores le colgaban a los lados de una forma ridícula. Su cara se asemejaba a la de los simios, que habían pasado con éxito el examen. Su figura no era ágil, armónica y compacta como la de los pájaros, los peces o los coleópteros, sino desgarbada, torpe y en cierto modo inacabada, como si el diseñador se hubiera desanimado y cansado en el momento más inoportuno.

El Todopoderoso echó una ojeada a los dibujos.

—No se puede decir que sea bonito—observó, suavizando con un tono amable la dureza de la sentencia—, pero quizá tenga alguna utilidad especial.

—Sí, Señor—confirmó el pelmazo—. Se trata, modestia aparte, de una invención formidable. Éste es el hombre y ésta, la mujer. Independientemente del aspecto físico, que es discutible, lo admito, he tratado de hacerlos, de alguna manera, perdona mi osadía, a tu imagen y semejanza, oh, Excelso. Será el único ser dotado de razón en toda la creación, el único que podrá darse cuenta de tu existencia, el único que te sabrá adorar. En tu honor erigirá templos grandiosos y librará guerras sangrientas.

—¡Ay, ay, ay! ¿Quieres decir que será un intelectual?—dijo el Todopoderoso—. Hazme caso, hijo mío. Mantente alejado de los intelectuales. Por fortuna, hasta ahora el universo está libre de ellos. Y quiera el cielo que continúe así hasta el fin de los tiempos. No niego, muchacho, que tu invención es ingeniosa. Pero ¿sabes decirme cuál sería el posible resultado? Quizá ese ser esté dotado de cualidades excepcionales, pero, a juzgar por su aspecto, me da la impresión de que sería fuente de una enorme cantidad de problemas. En una palabra, me complace tu arrojo. Es más, me encantaría concederte una medalla. Pero no me parece prudente aceptar tu proyecto. En cuanto se le diera un poco de cuerda, este tipo sería capaz, antes o después, de provocar una gran desgracia. No, no, olvidémoslo.

Y le despidió con un gesto paternal.

El inventor del hombre se fue con la cara muy larga, en medio de las sonrisitas de sus colegas. Quien tan alto apunta… Entonces se acercó al proyectista de los tetraónidos.


 

Fue una jornada memorable y feliz, como todos los grandes momentos llenos de esperanza, de espera de las cosas bellas que seguramente llegarán pero todavía no existen; como todos los momentos inaugurales. La Tierra estaba a punto de nacer con sus maravillas buenas y crueles, sus dichas y afanes, el amor y la muerte. La escolopendra, la encina, la tenia, el águila, el icneumón, la gacela, el rododendro. ¡El león!

El inoportuno seguía yendo y viniendo incansable con su carpeta. Y miraba una y otra vez hacia arriba, buscando en los ojos del Maestro un atisbo de arrepentimiento. Otros, sin embargo, eran los temas preferidos de éste: halcones y paramecios, armadillos y tumbergias, estafilococos, ciclópidos e iguanodontes.

Hasta que llegó un momento en el que la Tierra estuvo llena de criaturas adorables y odiosas, dulces y salvajes, horrendas, insignificantes y bellísimas. Un murmullo de fermentos, pálpitos, gemidos, aullidos y cantos estaba a punto de nacer en los bosques y los mares. Anochecía. Una vez obtenido el visto bueno supremo, los dibujantes, satisfechos, se habían ido cada uno por su lado. Cansado, el Altísimo se quedó solo en la inmensidad, que comenzaba a poblarse de estrellas.

Ya estaba a punto de quedarse plácidamente dormido cuando sintió que alguien le tiraba con suavidad del manto. Abrió los ojos, miró hacia abajo y vio que el inoportuno volvía a la carga: había sacado de nuevo su dibujo y le miraba implorante. ¡El hombre! Qué idea tan descabellada, qué peligroso capricho. Pero en el fondo, qué juego tan fascinante, qué terrible tentación. Después de todo, quizá valiera la pena. Además, en época de creación, era legítimo ser optimista.

—Trae acá—dijo el Todopoderoso, asiendo el fatal proyecto. Y estampó su firma.

Cit. Dino Buzzati, El colombre, Barcelona, Acantilado, 2009, pp. 15-22.

Colombre_montaje

Dino Buzzati, “El colombre”, ilustración (acrílico sobre tela), 1969.

Rafael Sanzio /// Alexandre Dumas

Uffizi

Galleria degli Uffizi (Florencia) / Fuente: Hotel Alba Palace

«Si recorréis Italia y pasáis por la hermosa Florencia, si visitáis la espléndida Galería de los Oficios [Uffizi], entrad en la sala de pintores, y allí, sobre el retrato de Perugino, debajo del de Miguel Ángel, buscad una cabeza de suaves contornos, de largos cabellos negros, grandes ojos llenos de melancolía, tez pálida, cuello delgado y gracioso como el tallo de un lirio; después, cuando lo hayáis reconocido siguiendo nuestras indicaciones, postraos de rodillas, quienquiera que vos seáis, siempre que seáis artista; estáis ante el pintor de nombre de ángel y angélico talento, ante el divino Rafael; pues el azar se ha divertido a veces en armonizar los nombres con sus individuos, y la naturaleza se ha complacido a veces en identificar el genio del alma con los rasgos del rostro.

»Ved a ese viejo que desciende solitario y sombrío las gradas de San Pedro, sin un amigo que lo sostenga, sin un discípulo que lo acompañe: es el ejecutor de las venganzas celestes, el arcángel Miguel. Ved a ese joven que sube al Vaticano, rodeado de un séquito de cardenales y de un ejército de discípulos: es el ángel de la misericordia infinita, Rafael. Si se encontraran, escuchadles:

—¡Acompañado como un rey! —dice Miguel Ángel.

—¡Solo como el verdugo! —responde Rafael.

»Ya que hemos referido la vida de luchas y agitaciones que sufrió el autor del Juicio Final, referiremos la vida de felicidades y triunfos por la cual se ha dejado llevar el autor de la Transfiguración.

»El viernes santo del año de gracia de 1483, en la misma hora en que Cristo había dado un último suspiro, nació un niño, hijo de Giovanni Sanzio, recibiendo el nombre de Rafael. Este Giovanni Sanzio era de una vieja familia, de la familia de los Santi. Algunos sabios ociosos se han divertido en dar prueba de esta interesante verdad, como si tuviera importancia el saber de quién desciende Giovanni Sanzio, cuando se sabe que Rafael descendía de él.

»No se sabe nada de la infancia de Rafael; se ignora qué educación recibió. Las cartas del pintor de Urbino, que han llegado hasta nosotros, están escritas casi todas en dialecto materno. Por otra parte, Giovanni Sanzio no había tenido la intención, como Leonardo Buonarroti [padre de Miguel Ángel], de hacer de su hijo un podestà, sino que había decidido desde el principio que el joven Rafael sería pintor. Por ello, en lugar de ponerle unos libros bajo el brazo, le puso un pincel en la mano. Siendo muy niño aún, el joven Rafael copiaba por tanto los cuadros de su padre, que era un pobre maestro; en sus ratos perdidos estudiaba la naturaleza, que es una rica y gran maestra.

perugino

Perugino, Cristo entregando las llaves a San Pedro, 1480-1482, Capilla Sixtina, Vaticano. / Fuente: Web Gallery of Art

»Había alcanzado la edad de catorce años cuando un buen día su padre se dio cuenta de que ya no tenía nada que enseñarle. En esa época, el maestro con reputación era Pietro di Cristoforo Vanucci, llamado el Perugino. Juan partió con su hijo para Perugia, y, a sus instancias, tuvo la felicidad de verle entrar en el taller de aquel a quien se consideraba con razón el primer maestro de su tiempo.

»[…] Jamás inspiración alguna había sido tan certera. Si había un maestro que conviniera a Rafael, era el Perugino; si había un discípulo que conviniera al Perugino, era Rafael. Nombre de ángel y casto talento, todo ello crecía a la sombra de esta bella escuela de Umbría, cuyo centro es la tumba de San Francisco de Asís. Fue allí donde el joven discípulo estudió esas dulces cabezas de la Virgen, cuyo óvalo perfeccionó, pero cuya idealidad jamás superó, y esas majestuosas cabezas de anciano que se han conservado como modelos de expresión. En cuanto al grado a que había llegado el arte en esa época, si se quiere tener una idea de él, se puede echar una ojeada a las escuelas contemporáneas que fundara Leonardo da Vinci en Milán, Giovanni Bellini en Venecia, [Francesco] Francia en Bolonia, y Domenico Ghirlandaio en Florencia.

»Al cabo de dos o tres años de estudios con el Perugino, si no había sobrepasado al maestro, al menos había alcanzado tal perfección en su propia manera que era difícil distinguir, en un cuadro realizado conjuntamente por ambos, cuáles eran las partes ejecutadas por el Perugino y cuáles por Rafael. Ahora bien, ¿qué edad tenía el joven Sanzio cuando su genio ya se fundía así con el talento de su maestro? ¡Diecisiete o dieciocho años apenas!


 

»Era 1503 cuando Leonardo da Vinci y Miguel Ángel hacían los famosos cartones [para el Palazzo della Signoria de Florencia]. Por ello Rafael, careciendo de protectores, demasiado joven para recurrir a la intriga, casi desconocido aún o conocido solamente como discípulo del Perugino o como segundo del Pinturicchio, no dejó huella alguna de su paso [por Florencia]. Sin embargo, había visto lo suficiente para desear volver; le había parecido digno de sí este campo de lucha. Sentía prisa por escribir su nombre en medio de los nombres célebres que hacían de Florencia, en esta época, la reina de las artes. Retornó, pues, a su patria, permaneciendo casi un año, y luego volvió siendo portador de una carta de la duquesa de Urbino para ese buen gonfaloniero perpetuo, Pietro Soderini, que Maquiavelo, su secretario, inmortalizó mediante un epigrama. La carta estaba concebida en estos términos:

Magnífico y muy alto señor, al tiempo que muy respetable padre:

Quien os entregará esta carta es Rafael, pintor de Urbino, el cual, teniendo buenas disposiciones en su arte, ha decidido pasar algún tiempo en Florencia con el fin de estudiar; y como su padre, muy excelente persona, me está muy vinculado, y su hijo es un cortés y gentil muchacho, a quien estimo de todo corazón, y a quien me gustaría ver triunfar, lo recomiendo a vuestra señoría tan cálidamente como pueda, rogándole que en mi nombre le preste toda ocasión ayuda y favor, asegurando a vuestra señoría que estimaré como a mí prestados todos los servicios con que le favorezca, y que se los agradeceré en el alma a vuestra señoría, a la cual yo mismo me recomiendo.

Joanna Feltria da Ruvere

Ducissa sorae, et urbis praefectissima.

Urbini, prima octobris 1504

»¡Afortunado Rafael, quien penetra en el mundo bajo los auspicios de una mujer!


 

»[…] La fortuna de Rafael era inmensa. Ya en 1514, es decir, seis años antes [de su muerte], escribía a su tía, que, además de los bienes personales que tenía en Roma, que ascendían a unos tres mil ducados de oro, gozaba de cincuenta escudos anuales de oro en calidad de arquitecto de la corte de Roma, más una pensión de trescientos ducados que le pasaba Su Santidad. Todo esto sin contar los precios casi insensatos a que vendió en vida sus cuadros, que solo reyes y príncipes podían comprar. Con todo esto, siendo siempre bueno y humilde, siguió siendo el pobre Sanzio, hijo de un pobre pintor de Urbino; y escribía a su tío, a quien consideraba su segundo padre:

Si bien, como veis, soy rico y os honro a vos y a todos nuestros parientes, así como a nuestra patria, en medio de esta riqueza inesperada os llevo siempre en mi corazón, y cuando os oigo nombrar, me parece oír el nombre de mi padre.

Transfiguration_Raphael

Rafael, Transfiguración, 1518-1520, Museos Vaticanos, Vaticano.

»Hecho el testamento, Rafael murió a la edad de treinta y siete años, el siete de abril de 1520 [viernes santo], legando su alma a Dios y su nombre a la posteridad. Es imposible hacerse una idea del efecto que produjo en Roma esta muerte prematura […] Perdiéndole, todos creyeron perder un amigo, y cuando cerró los ojos —dice un contemporáneo— la Pintura se creyó ciega (E quando gli occhi chiuse, ella quasi cieca rimase).

»Según costumbre de la época, Rafael fue expuesto debajo del cuadro de la Transfiguración, en algunas partes inacabado. Roma entera acudió a saludar muerto al semidiós a quien tantas veces había adorado vivo. Cuando se anunció esta muerte a León X, el Papa permaneció abatido y como paralizado de estupor; después meneó la cabeza, como para decir que perdía el más bello diamante de su tiara, y abundantes lágrimas corrieron por su mejillas.

»Conforme a los deseos de Rafael, su cuerpo fue llevado al Panteón y depositado en la capilla que había dotado. El Papa hizo grabar [a Pietro Bembo] sobre su tumba este doble epitafio [en cuyo último fragmento podemos leer]:

ILLE HIC EST RAPHAEL, TIMVIT QVO SOSPITE VINCI

RERVM MAGNA PARENS, ET MORIENTE MORI.

[He aquí Rafael, por quien la Naturaleza, madre de todas las cosas,

temió ser vencida y morir con su muerte.

Alexandre Dumas, Tres maestros: Miguel Ángel, Tiziano, Rafael, Madrid, Gadir, 2013, pp. 179-227.