«Filosofar en femenino» /// Umberto Eco (2003)

La antigua afirmación filosófica según la cual el hombre es capaz de pensar el infinito mientras que la mujer da sentido al infinito, se puede leer de muchas maneras; por ejemplo, puesto que el hombre no sabe hacer hijos, se consuela con las paradojas de Zenón. Ahora bien, basándose en afirmaciones de este tipo se ha difundido la idea de que la historia (por lo menos hasta el siglo XX) nos ha dado a conocer a grandes poetisas y a narradoras superlativas, así como a científicas de varias disciplinas, pero no a mujeres filósofas ni a mujeres matemáticas.

Durante mucho tiempo la convicción de que las mujeres no tenían aptitudes para la pintura, a no ser por las habituales Rosalba Carriera o Artemisia Gentileschi, se ha basado en distorsiones de este tipo. Es natural que, mientras la pintura consistía en frescos de iglesias, subirse a un andamio con faldas no era algo decente, ni tampoco un oficio de mujer dirigir un taller con treinta aprendices; pero en cuanto se pudo hacer pintura de caballete aparecieron las mujeres pintoras. Es algo así como decir que los judíos han sido grandes en muchas artes pero no en pintura, hasta que apareció Chagall. Es verdad que la cultura judía era eminentemente auditiva y no visual, y que no debía representarse a la divinidad mediante imágenes, pero hay una producción visual de indudable interés en muchos manuscritos hebreos. El problema es que en los siglos en que las artes figurativas estaban en manos de la Iglesia era difícil que un judío se sintiera alentado a pintar vírgenes y crucifixiones; sería como asombrarse de que ningún judío haya llegado a ser Papa.

Las crónica de la Universidad de Bolonia citan a profesoras como Bettisia Gozzadini y Novella d’Andrea, tan bellas que tenían que dar clases detrás de un velo para no turbar a los estudiantes, pero no enseñaban filosofía. En los manuales de filosofía no encontramos a mujeres que enseñaran dialéctica o teología. Eloísa, brillantísima e infeliz alumna de Abelardo, tuvo que conformarse con convertirse en abadesa.

Sin embargo, tampoco hay que tomarse a la ligera el problema de las abadesas, y a ello le ha dedicado muchas páginas una mujer filósofa de nuestro tiempo como Maria Teresa Fumagalli. Una abadesa era una autoridad espiritual, organizativa y política, además de desempeñar funciones intelectuales importantes en la sociedad medieval. Un buen manual de filósofa tiene que incluir entre los protagonistas de la historia del pensamiento a grandes místicas como Catalina de Siena, por no hablar de Hildegarda de Bingen, que con sus visiones metafísicas y sus perspectivas sobre el infinito sigue siendo un hueso duro de roer todavía hoy en día.

La objeción de que la mística no es filosofía no es sostenible, porque las historias de la filosofía reservan espacio a grandes místicos como Seuse, Tauler o Eckhart. Y decir que gran parte de la mística femenina se centraba más en el cuerpo que en las ideas abstractas sería como decir que de los manuales de filosofía debe desaparecer, por ejemplo, Merleau-Ponty.

Las feministas eligieron hace ya tiempo como heroína a Hipatia, que, en la Alejandría del siglo V, era maestra de filosofía platónica y de matemáticas avanzadas. Hipatia se ha convertido en un símbolo, pero por desgracia de sus obras solo ha quedado la leyenda, porque se perdieron como se perdió también ella, hecha literalmente pedazos por una turba de cristianos exacerbados, soliviantados según algunos historiadores por aquel Cirilo de Alejandría al que se le hizo santo, aunque no por eso. Ahora bien, ¿Hipatia era la única?

Umberto Eco

Umberto Eco / Pinterest

Hace menos de un mes se publicó en Francia un librito, Histoire des femmes philosophes. Si nos preguntamos quién es el autor, Gilles Ménage, descubrimos que vivía en el siglo XVII, era un latinista preceptor de madame de Sévigné y de madame de Lafayette y su libro, que apareció en 1690, se titulaba Historia mulierum philosopharum. Conque Hipatia no era la única: aunque esté dedicado sobre todo a la edad clásica, el libro de Ménage nos presenta una serie de figuras apasionantes: Diótima la socrática, Arete de Cirene, Nicarete de Megara, Hiparquía la cínica, Teodora la peripatética, Leoncia la epicúrea, Temistoclea la pitagórica. Hojeando los textos antiguos y las obras de los padres de la Iglesia, Ménage encontró citadas a sesenta y cinco filósofas, si bien su concepto de la filosofía era bastante amplio. Si tenemos en cuenta que en la sociedad griega la mujer estaba confinada entre las cuatro paredes del hogar, que los filósofos preferían entretenerse con mozalbetes antes que con buenas mozas, y que para disfrutar de notoriedad pública la mujer tenía que ser cortesana, se entiende el esfuerzo que tuvieron que hacer aquellas pensadoras para poder afirmarse. Por otra parte, a Aspasia se la recuerda como cortesana, aunque de calidad, olvidando que era experta en retórica y filosofía y que (Plutarco fue testigo) Sócrates la frecuentaba con interés.

He hojeado por lo menos tres enciclopedias filosóficas de hoy en día y de estos nombres (salvo Hipatia) no he encontrado ni rastro. No es que no existieran mujeres que filosofaban. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, quizás tras haberse apropiado de sus ideas.

 

Cit. Umberto Eco, De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera, trad. Helena Lozano y Maria Pons, Barcelona, Penguin Random House, 2016, pp. 205-208.

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«Simplificar la escritura desapareciendo» /// Ingmar Bergman (1968)

«Involucrado. En contacto permanente con estas tres personas que yo me imagino y que se mueven por mi conciencia. No me dejan, me visitan sin cesar en esta soledad. Para librarme de ellos más que nada he escrito unas escenas posibles, el drama que es posible que interpretemos juntos. Yo no soy escritor. Soy ignorante de las leyes en las que se basa un drama. He escrito para llenar mi soledad con algo vivo. Soy consciente de que esto no será un relato de Elis y Eva Vergerus ni de Anna Froman. Resultará un relato de mí mismo. Ellos visten mi ropa, piensas mis pensamientos, viven mi vida, sueñan mis sueños. Todo el tiempo vuelven hacia mí esos rostros impenetrables, esos ojos extraños, esos cuerpos inaccesibles. Sólo aquí y ahora consigo el contacto con ellos. Aquí y ahora en esta soledad y este silencio. De nada sirve. Tal vez pueda aplacar una añoranza o apagar una sed o liberarme de un sueño. Aspiro a simplificar la escritura desapareciendo. En lo sucesivo, me llamaré lisa y llanamente Andreas. No sé por qué he elegido el mismo nombre que el marido muerto de Anna; pero al final ha resultado así. A partir de ahora yo soy Yo, sin nombre, inexistente, siempre presente, ingente, sublime, todopoderoso. Esas cuatro criaturas: Andreas, Anna, Elis, Eva, se mueven en mi escenario mínimo que es este lugar aislado. Esta isla que en mis sueños se llama Tánatos.»

 

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Ingmar Bergman, por Irving Penn (1964) / The Red List

 

Cit. Ingmar Bergman, Cuaderno de trabajo (1955-1974), trad. Carmen Montes, Madrid, Nórdica, 2018, pp. 278-279. El fragmento corresponde a la fecha del 16 de julio, dos días después de su cumpleaños, hace hoy exactamente 50 años.

Por el hombre /// Acacia Uceta (1967)

Voy a cantar al hombre,
al hombre sólo.
Tapaos los oídos con cera los cobardes,
volved la espalda los indiferentes:
no callaré por eso.
No podría callar aunque me echaseis
un puñado de rosas a los ojos.
Imposible es hallar cumbre o crepúsculo
que arrasar no quisiera
por levantar del polvo a un desvalido.
Apagaría todos los luceros
por devolver a un ciego la mirada,
a un triste la esperanza,
o simplemente
por llevar un minuto de alegría
al ser más humillado de la tierra.
Sólo el hombre me importa,
sólo el hombre:
su vacío infinito,
su valentía y su temor trenzados,
su alma interrogante
azotada de siempre por la duda,
atada a una cadena de preguntas
sin posible respuesta;
su postura intermedia
entre la Nada y Dios
y su impotencia
para negar el pecho a la tristeza.
Tan sólo por el hombre,
por nosotros, hermanos, los pensantes,
los desvelados y los oprimidos,
seguiré golpeando y golpeando
en la hermética puerta clausurada;
seguiré suplicando
desde todas las voces ignoradas,
desde todos los nombres conocidos,
por los que han de venir y los que fueron,
por los niños enfermos,
por los soldados muertos,
por los muertos en el comienzo mismo de la vida,
por los triunfantes y los ajusticiados
de todas las prisiones de la tierra,
por el hombre de siempre
con su destino oscuro
abierto a los confines
lo mismo que una cruz irrevocable,
por su infancia marchita,
ensuciada por todos
sin compasión alguna a su pureza;
por su alocada juventud vencida
a golpes de renuncia y de fracaso,
por su vejez de plomo
vertiendo como alero
su mínimo caudal en el vacío…
Por esta sucesión interminable
de pasos vacilantes monte arriba,
por esta des de altura
de la que siempre fuimos rechazados,
por esta sumisión agradecida
hasta el límite mismo de la muerte,
yo vuelvo a alzar mi ruego
y vuelvo a alzar mi canto
en millones de voces repetido.
Y hablo otra vez del hombre,
de nosotros, hermanos,
en un plural abierto
sin frontera de tiempo ni de raza.
Y ahora que el ademán es aún pujante
sobre esta tierra dura que me aguarda
y bajo estas estrellas que me ignoran,
me descubro la herida,
la herida mía y nuestra,
tan vieja y tan dolida como el mundo,
a ver si la ve Dios, a ver si existe
una gota de gracia que la cure.

 

Frente a un muro de cal abrasadora, 1967.

Cit. Acacia Uceta, Poesía completa, Ediciones Vitruvio, 2014.