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La Historia contra la Tecnología /// R. Bianchi Bandinelli (1970)

El título de este librito (Introducción a la Arqueología Clásica como Historia del Arte Antiguo) está totalmente superado. La historia del arte, en efecto, ya no interesa los estudiosos de las nuevas generaciones, a quienes originalmente se dirigía este texto. Un texto que, hace más de veinte años, había sido muy bien acogido por los estudiantes que seguían mis cursos universitarios. Me consta que hoy, en alguna parte de Europa, ha habido explícitas peticiones de los jóvenes de abolir toda enseñanza histórico-artística. Esta petición se hace en nombre de la sociología y en nombre de una investigación encaminada puramente a la técnica y a la clasificación.

Sin embargo, este librito ve la luz hoy. Es preciso, por tanto, decir cómo y por qué.

En los últimos veinticinco años se han publicado (en Italia y fuera de ella) diversos textos que introducen al estudio de la arqueología. A pesar de ello, el editor Laterza, tan meritorio en la cultura italiana, me pidió incluir en su Biblioteca Universal esta Introducción mía. Aunque durante muchos años no he dejado de encontrarme en ciertas dificultades económicas, siempre me negué a percibir derechos sobre los «apuntes», por considerarlos un pésimo instrumento didáctico y a menudo un degradante medio de presión y explotación en perjuicio de los estudiantes, posibilitado por un ordenamiento universitario decrépito y autoritario al cual me sustraje en cuanto pude (1964). No obstante, permitía que algún adjunto o estudiante, a cambio de una modesta compensación por parte de las empresas editoras, publicara los apuntes tomados durante las clases o las grabaciones de éstas efectuadas con magnetofón. De tal modo, los estudiantes tenían, con poco dispendio, una guía para el estudio, que tendrían que completar y desarrollar con lecturas propias. (El que después tales fascículos de apuntes hayan sido editados en bibliografías de otros investigadores como publicaciones mías, es un hecho del que debería quejarme, porque, dado el modo en el cual fueron redactados, no me sentía capaz de responsabilizarme como su autor.)

Uno de estos fascículos, titulado «Nociones de historia de la arqueología y de historiografía del arte antiguo», había sido redactado durante el primer año de enseñanza en mi segundo período florentino (con excepcional benevolencia, mis colegas florentinos me habían llamado, desde Cagliari, a la cátedra que había sido mía antes de mi temporal paso por la Dirección General de Antigüedades y Bellas Artes), pero dichos apuntes no habían sido puntualmente revisados por mí, aunque en un ejemplar de este fascículo hubiera hecho luego añadidos a medida que iba reanudando estas conversaciones introductorias. El editor, al proponerme la publicación, me pidió que revisara el texto en su aspecto formal. Al disponerme a dicha revisión, y aunque quería conservar una forma didáctica elemental, advertí que no podía limitarme a la forma, y que a menudo era preciso replantearse de nuevo la sustancia, pues los estudios arqueológicos habían dado en los últimos años un giro radical. Muchas afirmaciones contenidas en aquellos «apuntes», que habían sido expresadas espontáneamente en presente de indicativo, debían ser corregidas transponiendo las formas verbales al pretérito imperfecto. También había que modificar el título, para limitarlo y para especificar que en este librito no se introduce al lector a la arqueología como se entiende hoy, con todos sus medios de investigación y sus técnicas de búsqueda sobre el terreno, ni, sobre todo, en la integridad del planteamiento científico tal y como se ha ido precisando en los últimos años. Aquí se da sólo alguna aclaración histórica a esa parte de la investigación que en algunos países se define como «arqueología winckelmaniana», esto es, la arqueología entendida como historia del arte griego y romano. El problema histórico-artístico, que hace cuarenta años se había intentado sustraer a la filología y definir mejor en sus métodos, se nos presenta hoy como un tema colateral de la arqueología, mientras que antaño parecía el más importante, casi su objetivo. La tarea de la arqueología se ha precisado y ampliado hoy al proponerse la reconstrucción integral de la historia de una edad y de un lugar sobre la base de elementos materiales, que hay que cotejar, cuando existen, con las tradiciones escritas, y que hay que analizar en sí mismos. El campo de la arqueología, restringido en tiempos al área de las civilizaciones grecorromanas, abierto después a las civilizaciones prehelénicas, se ha extendido hoy de modo particular al área anatolia, donde los descubrimientos realizados han ampliado en algunos milenios la protohistórica del área mediterránea, transfiriéndose a ésta y a Mesopotomia el mayor interés de esta ciencia.

La arqueología clásica era una rama de la «Ciencia de la Antigüedad», la Altertumswissenschaft, formada en el siglo XIX en las universidades alemanas y que tuvo, en su tiempo, un valor cultural (y político) de no escaso relieve. Su valor cultural estribaba esencialmente en la tendencia a constituir una ciencia unitaria, síntesis de cuanto se refiriese a la Antigüedad clásica; su signo político fue (a menudo inconscientemente) conservador o incluso francamente reaccionario. Fue un «humanismo» restringido que recogía no las posiciones progresivas del primer Quattrocento, sino las conformistas de los humanistas tardíos italianos y europeos. Hoy, la Altertumswissenschaft sobrevive aquí y allá como estéril juego de problemas filológicos, pero la inevitable especialización ha roto la unidad que acaso era su único valor. Hoy la investigación arqueológica, unida a la etnología, se extiende a cualquier edad y a cualquier lugar. La Antigüedad clásica no es sino uno de sus temas, y su intención es exclusivamente histórica. Hay quien habla, en este sentido, de un nuevo y más amplio humanismo, universal, que se está formando hoy. No sé si se puede afirmar tal cosa, pero es indudable que resulta necesario tomar de nuevo conciencia de los valores de la cultura histórica frente a los peligros que puede representar —más aún, que representa— un predominio de las ciencias tecnológicas. Por eso se publica hoy, a pesar de todo, este librito.

No quiero resignarme a considerar concluida y sobrepasada aquella civilización en la cual el pensar históricamente era el criterio más elevado del comportamiento humano, porque en un predominio del mundo que tuviese como modelo la técnica veo un enorme peligro para la libertad racional del pensamiento humano y de la humana acción. El mundo construido sobre el modelo de una civilización predominantemente técnica, que no necesita ser historizado, está regido, en realidad, por fuerzas políticas que gobiernan la técnica. En él, bajo formas diversas (que pueden adoptar aspectos sociológicos, psicoanalíticos, estructuralistas), recobran un espacio mitos metafísicos: aquella metafísica que al pensamiento histórico tanto le había costado expulsar de la investigación. Sólo el pensamiento histórico se ha opuesto al pasado y puede oponerse en el futuro a los designios de dominio absoluto de los políticos, y el hecho de que la «contestación» juvenil hay surgido internacionalmente de los grupos de estudio de las ciencias humanas e históricas es señal de una percepción de esto, aunque no sea muy clara. Y es preciso tomar conciencia de ello.

Ahora bien, ha de reafirmarse claramente que, pese a su especialísima naturaleza, orientada a entender un hecho científicamente no delimitable como es el arte, la historia del arte es una ciencia histórica.

Los historiadores del arte de la Antigüedad representan hoy, sin duda, una fauna en vías de extinción, a pesar de que casi todos los arqueólogos clásicos se ocupan de materiales que tienen forma artística; pero estudiar un objeto artístico para extraer de él un dato cronológico o histórico no es hacer historia del arte. Ni puedo dejar de considerar lamentable tal circunstancia, porque en realidad apenas se había empezado a alcanzar una comprensión crítica y efectivamente histórica del arte del área helénica y de la época romana, y el verdadero problema sigue estando aún por afrontar y desarrollar. En lo que a las civilizaciones artísticas del Antiguo Oriente atañe, apenas ha concluido la fase de clasificación.

No sé, por ello, si pensar que esta Introducción pueda servir de prólogo a una futura renovación del interés por los problemas histórico-artísticos como problemas autónomos e intrínsecos a la esencia misma del arte, o si habrá de considerarse más bien como epílogo de una fase ya cerrada de los estudios de la Antigüedad clásica.

Júzguenlo quienes quieran hacer uso de ella. A los historiadores del arte medieval, moderno y contemporáneo, a los críticos, a menudo doctores sutiles, expertos en refinadas distracciones y en alta matemática, quisiera recordarles que, si por azar llegase esto a sus manos, la argumentación aquí desarrollada se dirige a los arqueólogos.

Cit. Ranuccio Bianchi-Bandinelli, Introducción a la arqueología, trad. Esther Benítez, Akal, 1992, pp. 9-13.

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«Muerte de Narciso» /// José Lezama Lima (1937)

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo

envolviendo los labios que pasaban

entre labios y vuelos desligados.

La mano o el labio o el pájaro nevaban.

Era el círculo en nieve que se abría.

Mano era sin sangre la seda que borraba

la perfección que muere de rodillas

y en su celo se esconde y se divierte.

—

Vertical desde el mármol no miraba

la frente que se abría en loto húmedo.

En chillido sin fin se abría la floresta

al airado redoble en flecha y muerte.

—

¿No se apresura tal vez su fría mirada

sobre la garza real y el frío tan débil

del poniente, grito que ayuda la fuga

del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

—

Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.

El espejo se olvida del sonido y de la noche

y su puerta al cambiante pontífice entreabre.

Máscara y río, grifo de los sueños.

Frío muerto y cabellera desterrada al aire

que la crea, del aire que le miente son

de vida arrastrada a la nube y a la abierta

boca negada en sangre que se mueve.

—

Ascendiendo en el pecho sólo blanda,

olvidada por un aliento que olvida y desentraña.

Olvidado papel, fresco agujero al corazón

saltante se apresura y la sonrisa al caracol.

La mano que por el aire líneas impulsaba,

seca, sonrisas caminando por la nieve.

Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol

enterrando firme oído en la seda del estanque.

—

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,

aguardan la señal de una mustia hoja de oro,

alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.

Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.

Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas

islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.

El río en la suma de sus ojos anunciaba

lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo

convertía.

—

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,

arco y castillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.

Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.

Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso

desdoblado:

los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono

cejijunto.

Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira

por espaldas que nunca me preguntan, en veneno

que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

—

Como se derrama la ausencia en la flecha que aísla

y como la fresa respira hilando su cristal,

así el otoño en que su labio muere, así el granizo

en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,

que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago

le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.

La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa

extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.

—

Fronda leve vierte la ascensión que asume.

¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,

que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?

¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?

Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,

los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la

doncella.

Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,

forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona

sumergida.

—

Triste recorre —curva ceñida en ceniciento airón—

el espacio que manos desalojan, timbre ausente

y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.

Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas

batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.

Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.

Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso

atlas.

Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago

en sus venas.

—

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.

Orientales castillos cuelan agua de luna.

Los más dormidos son los que más se apresuran,

se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre

frentes y garfios.

Estirado mármol como un río que recurvado o aprisiona

los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.

Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una

paloma

y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de

noche.

—

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.

Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.

Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.

Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube

que es espejo.

Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas

en su cárcel sin sed se destacan los brazos,

no preguntan mortales en estrías de abejas y en secretos

confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la

frente.

—

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran

al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan

los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.

Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a

su sonido

en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos

soterrados.

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.

Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el

invierno

tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.

—

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,

despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,

guiados por la paloma que sin ojos chilla,

que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.

Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre

ardido

el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo

apuntalado.

Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica

destilan o más firmes recurran a la mudez primera ya sin

cielo.

—

La nieve que en los sistros no penetra, arguye

en hojas, recta destroza vidrio en el oído,

nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,

huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques

rosados.

Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,

donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado

cabecea.

Mas esforzado pino, ya columna de humo tan aguado

que canario es su aguja y surtidor en viento desrizado.

—

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado

son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.

Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan

perfiles,

labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus

caderas.

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de

palomas

ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.

Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,

espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no

ofreciendo.

—

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio

convertido.

La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,

abre un olvido en las islas, espada y pestañas vienen

a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca

impura.

Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,

esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden

al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal

salada,

busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

—

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.

Si se siente en su borde o en su frente el centurión pulsa en

su costado.

Si declama penetran en la mirada y se fruncen las letras en el

sueño.

Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,

que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto del

silencio.

Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas

lloviznadas.

Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el

costado.

Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó

sin alas.

—————

José Lezama Lima, Poesía completa, edición de César López,

Madrid, Sexto Piso, 2016, pp. 11-18.

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Un dios llamado Zorba /// Nikos Kazantzakis (1946)

En muchas ocasiones sentí el deseo de escribir sobre la vida y las andanzas de Alexis Zorba, un viejo operario al que quise mucho.

Los viajes y los sueños han sido los mayores benefactores de mi vida; los seres humanos, vivos y muertos, me han ayudado poco en mi lucha. Sin embargo, si quisiera elegir entre las personas que han dejado las huellas más hondas en mi alma, tal vez destacaría a tres o cuatro: Homero, Bergson, Nietzsche y Zorba.

El primero fue para mí el ojo sereno y fulgurante —como el disco del sol— que todo lo ilumina con un brillo redentor; Bergson me alivió de las insondables angustias filosóficas que atormentaron mi primera juventud; Nietzsche me enriqueció con otras angustias y me enseñó a transmutar la desdicha, la amargura y la incertidumbre en orgullo; y Zorba me enseñó a amar la vida y a no temer la muerte.

Si hoy tuviera que elegir en el mundo entero un guía espiritual, un gurú como lo llaman los indios, un anciano como lo llaman los monjes del Monte Athos, seguro que elegiría a Zorba.

Porque él tenía lo que un escritorzuelo necesita para salvarse: la mirada primigenia que, de un flechazo, atrapa su preso al vuelo; el instinto creativo, cada mañana renovado, de mirarlo siempre todo como si fuese la primera vez, devolviendo la virginidad a los elementos eternos —viento, mar, fuego, mujer, pan— de nuestra vida cotidiana. Poseía la firmeza en la mano, la frescura del corazón, la audacia de burlarse de su propia alma, como si dentro de sí tuviera una fuerza superior a ella. Y, finalmente, su risa salvaje y cristalina brotaba de un pozo profundo, más hondo que las entrañas del hombre; estallaba en los momentos cruciales y era capaz de derribar, y derribaba, todas las barreras —moral, religión, patria— que ha erigido el hombre desdichado y miedoso, para transitar si muchos daños por su mísera vida.

Cuando comparo el sustento que durante tantos años me dieron los libros y los maestros para saciar un alma famélica y qué mente leonina me ofreció Zorba por alimento, en apenas unos meses, me cuesta reprimir la rabia y la tristeza. Una casualidad echó a perder mi vida; me encontré con este «anciano» ya muy tarde y ya era irrelevante lo que en mí aún podía ser salvado. El gran viraje, el cambio total de horizonte, «la transmutación por el fuego» y la «renovación» no se dieron. Ya era demasiado tarde. Y así Zorba, en vez de ser para mí un modelo de vida elevado y formativo, decayó y acabó siendo —¡ay!— un argumento literario para emborronar un montón de hojas de papel.

Este triste privilegio, el de transformar la vida en arte, resulta desastroso para muchas almas carnívoras. Porque así, al encontrar escape, la pasión vehemente huye del pecho y el alma se alivia, ya no se consume, no siente la necesidad de luchar cuerpo a cuerpo, participando directamente en la vida y en la acción, sino que se complace al ver cómo su ímpetu se desvanece, formando volutas de humo en el aire.

Y no sólo se complace sino que se siente orgullosa; piensa que está llevando a cabo una obra sublime, que transforma el instante efímero e irremplazable —el único que en el tiempo infinito tiene carne y sangre— en presunta eternidad. Y así fue como Zorba, todo él carne y huesos, en mis manos se redujo a tinta y papel. Sin quererlo, y es más, queriendo lo contrario, el mito de Zorba había comenzado a cristalizar dentro de mí desde hacía tiempo.

En mi interior se puso en marcha la transmutación alquímica; al principio era un estridor musical, una voluptuosidad febril y un malestar, como si hubiera entrado en el flujo de mi sangre un cuerpo extraño y el organismo luchara para domarlo y anularlo, asimilándolo. Y alrededor de ese núcleo comenzaron a correr las palabras, a rodearlo y a nutrirlo como a un embrión. Se afinaban los recuerdos borrosos, emergían las alegrías y las amarguras reprimidas, ascendía la vida hacia un aire más ligero, y Zorba se transformaba en una fábula.

Todavía no sabía qué forma dar a esa fábula de Zorba: romance, canción, intrincado cuento fantástico de Las mil y una noches, o transcribir de modo árido y seco las charlas que mantuve con él en la costa de Creta donde vivimos, excavando convencidos de que encontraríamos lignito. Ambos sabíamos bien que esta meta práctica no era más que una coartada a los ojos del mundo; no veíamos la hora en que se pusiera el sol y terminaran su faena los obreros para acomodarnos los dos en la arena, comer nuestra apetitosa comida campesina, beber el vino brusco de Creta y ponernos a conversar.

La mayor parte de las veces, yo callaba: ¿qué le puede decir un «intelectual» a un titán? Lo escuchaba hablarme de su pueblo en el monte Olimpo, de las nieves, los lobos, los komitadjis [guerrilleros nacionalistas búlgaros que luchaban por la unión de Bulgaria, Serbia y Grecia al final del Imperio otomano], Santa Sofía, del lignito, la gratuidad, las mujeres, Dios, la patria, la muerte…, y de pronto, cuando no podía más y las palabras ya no le alcanzaban, se levantaba de un salto y, sobre los panzudos guijarros de la playa, comenzaba a bailar.

Entrado en años, con el torso erguido, delgaducho, con la cabeza echada ligeramente hacia atrás, los ojos pequeños como los de un pájaro, bailaba y gritaba y batía en el mar las grandes plantas de sus pies, salpicándose el rostro.

Si hubiese hecho caso a su voz —no a su voz, a su grito— mi vida habría valido la pena; habría vivido con sangre y carne y huesos lo que ahora medito como alucinado, llevándolo con tinta al papel.

Pero no me atreví. Veía a Zorba bailar, relinchando en mitad de la noche y vociferándome que me sacara también de encima el cómodo caparazón de la sensatez y la rutina, y que me embarcara con él en sus grandes viajes, pero yo permanecí inmóvil, tiritando.

Muchas veces me he avergonzado de mi vida, porque me he dado cuenta de que mi alma no osaba acometer lo que la suprema locura —la esencia de la vida— me pedía que hiciera; pero nunca me avergoncé de mi alma tanto como frente a Zorba.

Zorba, interpretado por Anthony Quinn, en la película de M. Cacoyannis (1964) / Museo Kazantzakis, Heraklión

Una mañana, al amanecer, nos separamos; yo tomé de nuevo rumbo al extranjero, incurablemente atacado por el mal fáustico de aprender; él emprendió camino al norte y acabó en Serbia, en una montaña cerca de Skopie, donde excavó un rico filón de granulada, enredó a varios ricachones, compró herramientas, reclutó obreros y de nuevo comenzó a abrir túneles en la tierra. Hizo saltar rocas, construyó caminos, abrió canalizaciones de agua, se edificó una casa, se casó —viejo todavía recio— con una bella viuda alegre, Liuba, y tuvo un hijo con ella.

Un día, en Berlín, recibí un telegrama: «Di con bellísima piedra verde, ven cuanto antes. Zorba».

Era la época de la gran hambruna en Alemania. El marco se había devaluado tanto que para hacer un pequeño pago transportabas los millones en un hatillo; y cuando ibas a un restorán y comías, tenías que desanudar tu pañuelo, repleto de billetes, y vaciarlo sobre la mesa para pagar; y llegaron días en los que se necesitaban diez billones para una estampilla.

Hambre, frío, chaquetas raídas, zapatos agujereados, las rojas mejillas alemanas ahora estaban amarillas. Con el viento de otoño, las personas se caían en la calle, como hojas. A los pequeños les daban un trocito de goma para que lo masticaran, se entretuvieran, no lloraran. La policía patrullaba los puentes del río, para evitar que por la noche se arrojaran las madres con sus pequeños, para ahogarse, para salvarse.

Invierno, nevaba. En el cuarto de al lado, un profesor alemán, sinólogo, para calentarse cogía el largo pincel y, al modo complicado del Lejano Oriente, intentaba copiar alguna vieja canción china o alguna sentencia de Confucio. La punta del pincel, el codo levantado en el aire y el corazón del sabio debían dibujar un triángulo.

—Al cabo de pocos minutos —me decía satisfecho— el sudor mana de mis axilas y así me caliento.

En esos crudos días recibí el telegrama de Zorba. Al principio me enfadé. Millones de seres humanos están humillados, postrados, a falta de un trozo de pan para reconfortar su alma y sus huesos, ¡y te llega un telegrama pidiéndote que emprendas un viaje de mil millas para ver una bella piedra verde! ¡Al diablo con la belleza, dije, que no tiene corazón ni le importa el dolor humano!

Pero de pronto me estremecí; el enfado había amainado y sentí con horror que ese grito inhumano de Zorba respondía a otro grito inhumano dentro de mí. Salvaje, un ave rapaz desplegaba sus alas en mi interior para ir.

Pero no fui; de nuevo no me atreví. No cogí el tren, no seguí el grito divino y bestial que salía de mi interior, no acometí ninguna acción audazmente descabellada. Seguí a voz parca, fría, humana de la sensatez. Y tomé la pluma y escribí a Zorba, explicándole…

Y él me respondió:

«Eres, y me disculparás, patrón, un chupatintas. Podrías haber visto tú también, infeliz, por una vez en tu vida, una bella piedra verde y no has querido. Te lo juro por Dios, alguna vez cuando he estado sin trabajo pensaba, y para mis adentros me decía: «¿Hay o no hay infierno?». Pero ayer, al recibir tu carta, me dije: «¡Seguro que debe haber Infierno para algunos chupatintas!»»

Yiorgis Zorbas, el auténtico Zorba en el que se inspiró Kazantzakis para el personaje de su novela, en una foto de 1918 / Museo Kazantzakis, Heraklión

Los recuerdos se pusieron en movimiento, empujándose unos a otros, con prisa. Llegó el momento de poner orden. De empezar con la vida y las andanzas de Zorba desde el principio. Hasta los sucesos más insignificantes relacionados con él resplandecen en este instante en mi mente: claros, ágiles y preciosos, como peces multicolores en un diáfano mar de verano. Nada suyo ha muerto dentro de mí, lo que Zorba tocó, parece haberse vuelto inmortal, y sin embargo, cierto desasosiego repentino me perturba en estos días: hace dos años que no recibo carta de él, ha de tener ya setenta y tantos años, puede que esté en peligro. Seguro que está en peligro. No puedo explicar de otro modo la súbita necesidad que se apoderó de mí de recopilar todo lo que tiene que ver con él, de recordar todo lo que me dijo y lo que hicimos, y de inmovilizarlo en el papel, para que no se desvanezca. Como si quisiera conjurar la muerte, su muerte. No es un libro lo que escribo, me temo, sino unas exequias.

Tiene, ahora lo veo, todas las características de las exequias. La bandeja engalanada de kólivas [masa de trigo que se ofrece n los funerales] copiosamente espolvoreadas de azúcar y, con canela y almendras, el nombre escrito encima: Alexis Zorba. Veo el nombre y, de golpe, el mar azul añil de Creta se agita y se zarandea en mi mente. Palabras, risas, danzas, borracheras, inquietudes, reposadas conversaciones al atardecer, los redondísimos ojos que, tiernos y desdeñosos, se clavaban sobre mí, como si a cada instante me dieran la bienvenida, como si a cada instante me dijeran adiós, para siempre.

Y al igual que cuando vemos la bandeja fúnebre decorada profusamente, otros recuerdos se arraciman como ristras de murciélagos en la gruta del corazón, así, sin yo quererlo, desde el primer momento se confundió con la sombra de Zorba otra sombra querida, y detrás de ella, inesperadamente, otra más: la de una mujer venida a menos, muy pintarrajeada, muy besuqueada, a la que Zorba y yo habíamos conocido en una playa de Creta, en el mar de Libia…

Sin duda el corazón de un hombre en una fosa cerrada, llena de sangre y, cuando se abre, corren a beber y a revivir las inconsolables sombras sedientas que sin cesar se amontonan a nuestro alrededor y entenebrecen el aire. Corren a beber la sangre de nuestro corazón, porque saben que otra resurrección no existe. Y delante de todas corre hoy Zorba con sus grandes zancadas y aparta a las otras sombras, porque sabe que las exequias, hoy, son para él.

Kazantzakis traduciendo al griego con un diccionario de francés (1931) / Museo Benaki, Atenas

Démosle pues nuestra sangre para que reviva. Hagamos cuanto podamos para que viva un poco más ese extraordinario comilón, borrachín, buscavidas, mujeriego y trotamundos. El alma más grande, el cuerpo más dotado, el grito más libre que yo haya conocido en mi vida.

Cit. Zorba el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba), trad. Selma Ancira, Barcelona, Acantilado, 2015, pp. 7-13.

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Los héroes /// Thomas Carlyle (1841)

Esta obra consagró la fama europea de Carlyle. Se trata de seis conferencias que abundan en puntos de vista originalísimos; unas veces asombran por un diseño vigoroso, otras con un cuadro completo, rico en contrastes de claroscuro, o bien con aquellas destemplanzas y ocurrencias suyas que confunden y marean. No hay cuestión que no aborde en este libro: la religión, la política, la literatura, palancas que mueven las grandes fuerzas sociales. El héroe legendario (Odín) es analizado por él con extraordinaria sagacidad, en lo que se real pudo tener a través de las nieblas de la tradición y de las brumas de Dinamarca; en el profeta (Mahoma), describe con intuición maravillosa la influencia ejercida por aquel hijo semibárbaro del desierto entre las tribus fanáticas y sensuales de Arabia; en el poeta (Dante y Shakespeare), estudia con profunda sensibilidad y raro acierto la personalidad del escritor florentino y, con cierta exageración nacionalista, la del inmortal dramaturgo inglés; en el sacerdote (Lutero y Knox), palpita el drama religioso de la Edad Media, en que Europa sacudió sus ligaduras mortales al grito del fraile alemán; en el escritor (Johnson, Rousseau, Burns), observa las tres personalidades distintas en que se encarna el héroe literario, la del mantenedor de lo caduco, el vidente del porvenir y el idealista; en el rey (Cromwell y Napoleón), se esfuerza en justificar la política solapada y la ambición tiránica del protector de Inglaterra, ambición y política que él considera desde un punto de vista especial, juzgándolas nobles manifestaciones de un espíritu a quien la Historia acusó de hipócrita, y en cambio critica con frases despectivas el desenfrenado apetito de gloria y el endiosamiento de un «pigmeo», Napoleón Bonaparte.

Foto: Robert Scott Tait, 1854

Dos grandes ideas resaltan, sin embargo, de este estudio: la sociedad está sujeta a eterna metamorfosis; los héroes son los agentes de esta transformación, cambio o transfiguración, que el ser social, cuerpo y alma, experimenta en el curso del tiempo. Carlyle define tres civilizaciones sucesivas e históricas, dejando aparte, en las profundidades de los siglos, la bruma de la prehistoria. Esas tres grandes civilizaciones de la Europa histórica las designa con los nombres de la Antigüedad y Paganismo, Cristianismo y Edad Media, y Tiempos Modernos, tres épocas que contienen dos transiciones; asistimos a la segunda, la cual forzosamente habrá de ser muy larga, teniendo en cuenta el millar de años que necesitó la disolución lenta del mundo pagano para dar paso a la elaboración, lenta también, del cristianismo. Es cierto que los grandes descubrimientos modernos nos comunican a los fenómenos sociales aceleraciones que desconoció la Antigüedad. Así, esos cambios perpetuos no los juzga Carlyle estériles metamorfosis, ni recesión ni decadencia, sino fases grandiosas de una ascensión que irresistiblemente prosigue a través de nuestros dolores y de nuestros placeres, de nuestras dudas y de nuestras esperanzas.

Retrato de Carlyle, por Sir John Everett Millais, 1877 — Londres, National Portrait Gallery

Con respecto al estilo de Carlyle, raramente se ha manifestado, como en este libro, la verdad que expresó Buffon: el estilo es el hombre mismo. El estilo de Carlyle es él; le retrata de pies a cabeza. Sus ideas, sus entusiasmos y paradojas no podían expresarse en otro estilo. No hay en él la menor contradicción entre fondo y forma, entre alma y expresión. Sus párrafos desiguales, entrecortados por paréntesis y digresiones, con sus ritmos entusiásticos, con sus frases amplias y agitadas, o rápidas y seguras; con el retorno, repetidísimo, de unas pocas ideas centrales, de unas mismas frases o palabras, refleja su carácter sombrío, atormentado, contradictorio y a menudo obsesivo. Sus juegos de puntuación, la abundancia de palabras que empiezan con mayúscula, sus frecuentes subrayados tienen por objeto llamar la atención sobre los temas principales hacia los cuales, como centro de atracción, todas las ideas, todas las frases y todas las palabras se polarizan. Esto ha sido interpretado como defectos, como su Carlyle no supiese escribir y pulir su estilo, o como si buscase la manera de sorprender y mixtificar a sus lectores. El pensamiento mismo de Carlyle es, desde luego, más musical que discursivo; siente, más que ve, fulguraciones de intuiciones grandiosas, inexpresables en palabras. Porque el significado corriente de las palabras no le basta; el hirviente sentido de lo que él quiere expresar no cabe en ellas; se desborda, se vierte en ellas como un metal deslumbrante, en ebullición, del cristal que lo contiene.

Cit., Thomas Carlyle, Los héroes, trad. Pedro Umbert, Madrid, Sarpe, 1985, pp. 7-9.

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«Poesías en Casarsa» (2022) /// CITTÀ PASOLINI

El 14 de julio de 1942 Pasolini publica en la Librería Anticuaria Mario Landi de Bolonia la colección Poesie a Casarsa. Ochenta años después, en el año en que se celebra el centenario del nacimiento del poeta, esta obra ha sido traducida al español por primera vez y publicada por la editora Somos Libros. Hablamos de ello con Mario Colleoni, autor de la traducción:

– En primer lugar, ¿cuál ha sido su experiencia al acercarse así a la obra poética pasoliniana?

Abordar un libro como Poesie a Casarsa parecía algo aparentemente sencillo, pero al final resultó ser, como sucede con casi toda la obra de Pasolini, un regalo envenenado. Ha sido un desafío porque detrás de las palabras hay un sentido lírico muy profundo de las imágenes. Yo ya tenía el convencimiento, pero traducir este libro ha sido la prueba más rotunda de que lo más complejo que hay en esta vida asume siempre una forma conmovedoramente sencilla.

– En segundo lugar, ¿por qué cree que el primer libro de poemas de Pasolini ha sido olvidado por los traductores españoles hasta ahora?

Por una razón muy sencilla: el mercado lo ha usado como moneda de cambio, ha explotado los episodios más escandalosos de su vida, ha exprimido su enfrentamiento con el PCI, con el Vaticano, las sospechas sexuales, los procesos judiciales, el morbo de su asesinato, etc. Pero nadie lo ha llamado por su nombre, es decir, nadie ha querido (o necesitado) dar a conocer quién era y, por tanto, ni ha sido escuchado, ni leído ni estudiado. Que Poesie a Casarsa no haya sido traducido en España hasta ahora, ochenta años después, es sólo el reflejo de cómo nuestro mundo puede convertir un verdadero ejemplo en un mero souvenir.

– La obra es inmediatamente localizada y reseñada por Gianfranco Contini, que consagra al Pasolini poeta, destacando en particularmente el uso del dialecto, un friulano que inventa su propia koinè poética, nacida de la necesidad de escribir una lengua que hasta entonces sólo era hablada. ¿Cómo aborda un español la traducción de una lengua como el friulano de Poesías en Casarsa?

Desde el respeto, la admiración y el amor hacia una persona en la que había una idea del mundo más humana y más compasiva de lo que ha sido nunca. Para mí Pasolini es un ejemplo, aunque también una condena. Hay que tener precaución en el modo en el que uno lo aborda, porque si te acercas mucho puede arruinarte la vida. A mí, personalmente, esta forma de enfrentarme a él me ha costado un precio, pero por ello he aprendido algo importantísimo: por las heridas uno comprende el valor de las cosas. Abordarlo desde el dialecto, que yo desconocía, me ha hecho comprender su visión del mundo, y me ha ayudado a comprenderme a mí mismo y a las personas que amo.

– Pasolini afirmó que el fascismo no toleraba el dialecto. De hecho, en Primo piano, donde fue entrevistado por Carlo di Carlo (1968), Pasolini dice que Poesie a Casarsa representa un primer signo de oposición al poder fascista y el consiguiente intento de valorizar el dialecto, en una sociedad que se opone al uso de las lenguas bárbaras como propias de las masas rurales y en la que la izquierda también prefiere el uso de la lengua italiana. ¿Piensa usted que esta actitud de Pasolini tiene conexión con otras obras suyas, por ejemplo con los ensayos o el cine?

Con los ensayos no tanto, o no directamente, porque estaba constreñido a servirse del italiano para hacer entender al resto de la sociedad la pertinencia (y las razones) de conservar el dialecto, pero con el cine había una relación directa (y en parte también poética) en la que no dejó de insistir. Il Decameron (1970), por poner un ejemplo, se rueda completamente en dialecto napolitano.

– En 1954 Pasolini retoma esta obra y añade otras secciones tan relevantes como El Testament Coràn (1947-52). Hablamos de la colección La nuova gioventù donde se destacan dos momentos de la poética friulana del autor. ¿Ha encontrado muchas diferencias entre los componentes de los años cuarenta y los de los años cincuenta?

Sí, hay diferencias sustanciales en ciertas imágenes, y algunas las hago notar en la edición para que el lector sea consciente de ellas, pero los cambios son esencialmente de carácter prosódico, él mismo lo dice, y se ve con claridad sobre todo en el uso de los acentos, las diptongaciones y, en general, en la puntuación de todo el libro.

– La nuova gioventù, última colección de los poemas friulanos de Pasolini, sale en Einaudi el 17 de mayo de 1975. El volumen, que tiene en la portada una foto juvenil de Pasolini, está compuesto por tres secciones. La segunda recoge treinta y siete textos que reescriben en negativo la poesía friulana de la juventud, incluso con coloridas remodelaciones orientadas al sentido de la pérdida y el duelo. ¿Qué importancia tienen estos poemas para entender al Pasolini de los años setenta y director de Salò?

Si La nuova gioventù es un libro fundamental para comprender la deriva existencial del poeta en sus últimos años, Poesie a Casarsa es la clave de bóveda sin la cual no puede comprenderse ni su vida ni su obra. Esa imagen de Casarsa será la que el poeta proyectará en el subproletariado romano, en las heroínas de sus películas; incluso en en los conflictos de todos los relatos subyace esa categoría estética que se dio en llamar «cinema di poesia», que también proviene de esa visión idealizada (pero real) de Casarsa. Es decir, hablamos de un libro —Poesie a Casarsa— que asentó por primera vez la voz de un muchacho que con veinte años quería nacer a la palabra, a la poesía, construir una mitología, inmortalizar la verdad de la vida en el campo, y que después extenderá a toda su obra. Por eso es sumamente importante.

– Muchos han afirmado que la obra de Pasolini tiene algo de intraducible, de típicamente italiano que en la operación de la traducción pierde parte de su esencia y de su fuerza. ¿Qué opina?

Toda traducción es una violación de lo virginal, de lo desnudo, de lo original. Sin embargo, para esta edición he procurado que el yo del traductor no apareciese; me he fustigado para que la vanidad no hiciera acto de presencia, y de esto he sido consciente cuando he vuelto a leer diversas traducciones de otros libros. Yo también soy un oxímoron en tantos aspectos de la vida, y ser consciente de esta embarazosa exhibición de la que hacen gala tantos traductores, que no pierden la oportunidad de dejar su impronta narcisista, me ha servido tal vez para ser más consciente de que, siendo la traducción una violación inevitable, mi yo debía y tenía que doblegarse a la voz del poeta, costase lo que costase. Esta era mi única forma de rendir culto a un poeta al que amo: respetar su voz y mostrársela al público. Por otra parte, cada vez que un traductor habla de musicalidad, el Niño Jesús llora desconsolado en el regazo de su madre.

– ¿Cuál sería el consejo que le daría a la persona que por primera vez se enfrenta a Poesías en Casarsa?

Es tan difícil que parece utópico, pero le diría que procurase extirpar de su imaginación los estereotipos que se han vertido sobre el poeta, todos esos tópicos que la prensa, los medios e indocumentados de todo pelaje han extendido a lo largo de cincuenta largos años, y que se enfrentase a Poesie a Casarsa como el que escucha con atención a un muchacho que, amando el mundo, decidió regalarnos sus llagas y sus promesas.

Entrevista en italiano en Città Pasolini

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Dios no habita en la ciudad de nadie /// Mario Colleoni (Revista Ajoblanco)

Un intelectual de la talla de George Steiner llegó a decir un día, tomándolo prestado de Dostoievski, que la crítica literaria no era más que el fruto de una carencia afectiva, el signo de una precaria falta de amor que los críticos sufren en su relación con el mundo. Tengo que rehacer este párrafo porque ese sabio nonagenario ya no está entre nosotros. Regentaba una atalaya en Cambridge y la crítica de la literatura le dio probablemente las mayores alegrías de la vida, pero como yo no soy tal y tampoco quiero contradecir a los apóstoles, esto, que presumía de ser una reseña, en cierto modo lo será, pero también me ofrece la oportunidad de sacudirme, de una vez por todas, esa zozobra costrosa de la corrección política que, desde tiempo inmemorial, tanto daño lleva haciendo a los libros y a la cultura. Que este texto sirva como un homenaje sincero a la enseñanza y el ejemplo que un día nos regaló ese gran humanista.

41cNQdYc5LL._BO1,204,203,200_Hay que advertir que lo que hoy se presenta por primera vez en España como La ciudad de Dios (Altamarea, 2019) corresponde a un libro que Pier Paolo Pasolini nunca llegó a publicar en vida y al que Walter Siti, el eminente editor que diseñó su opera omnia para Mondadori, intituló Storie della città di Dio (Einaudi, 1995). Se trata de una compilación de artículos, generalmente periodísticos, apuntes de rodaje o primeros bocetos narrativos, en los que, siempre a trompicones, huyendo del Véneto por un ambiente asfixiante y teñida su vida con la deshonra de una acusación pública por corrupción de menores, actos obscenos y alteración de las costumbres, Pasolini fue publicando aquí y allá tras su llegada a Roma en 1950. Son textos de pura supervivencia, de hambre, de penuria, marcados por la carencia y ensombrecidos por el apremio de la ambición literaria o la persuasión desesperada por el renombre artístico. El pájaro negro de la angustia sobrevuela en ellos a fuerza de tener que vivir por la fuerza, movido únicamente por la voluntad que se sobrepone a las dificultades, que no eran pocas para un forastero recién llegado del Friuli. Traslucen a la perfección, incluso en su forma literaria a veces cuestionable, el compromiso que Pier Paolo tenía hacia el mundo. Son, en este sentido, un espejo fiel de su mirada y de su aproximación hacia el espectáculo de la vida romana en aquella década caracterizada por las transformaciones sociales y el giro modernizador de una realidad hasta entonces desconocida.

pasoliniNo obstante, Pasolini sabía escoger sus escenarios con precisión. De cada cuadro escénico toma sólo unos pocos detalles, y cuando teje una historia, se encarga de dilatar los que le interesan y de omitir los que considera superfluos. Es ahí cuando Pasolini se aleja del periodismo y se convierte a la literatura, cuando inventa una narración para conducir al lector a un lugar determinado y de una determinada manera. Lo consigue, es cierto, aunque a veces de forma almidonada, angulosa, sin apenas dinamismo, de forma pétrea y ruda, como si sosteniendo una gubia con la izquierda y un martillo con la derecha, estuviera tallando un bloque de piedra con sus manos. Su prosa no puede equipararse en ningún sentido a esa aguja afilada que fue su poesía, en la que sí consiguió, a medio camino entre lo lírico y la noticia, entre lo civil y lo sagrado, un portentoso equilibrio que aún hoy hace tambalear los cimientos de cualquier ideología. No hay que ir muy lejos para encontrar un buen ejemplo en el libro. El cuento que abre el volumen, “Muchacho y Trastevere”, no sólo es una escena costumbrista en la que se narra una postal amable y simpática de la Roma de posguerra a través de un muchacho aparentemente inocente, sino un pretexto para hablar de la malicia, la picardía y el atrevimiento de burlar lo impuesto a los que un malandrín que vende castañas al final del Ponte Garibaldi, empujado por la necesidad, está sujeto casi por nacimiento. Ese tierno vitellone probablemente fuera un compendio de rasgos comunes que Pasolini pudo detectar en muchos jóvenes del Trastevere y no un personaje individualizado con nombre y apellidos. Pasolini lo utiliza para contar una historia en la que subyace otra realidad más inminente, más crucial, más trascendente. Sin entrar en el lastrado debate aristotélico sobre verdad o verosimilitud, Pasolini tergiversa una historia y, de ese modo, logra hacérnosla real, y lo hace como él quiere: escupiendo en la cara de una burguesía de la que él no formaba parte todavía. Dicho con las mismas palabras con las que Goffredo Fofi se refiría a Federico Fellini, Pasolini «no mentía aunque mintiera». Lo vemos con frecuencia a lo largo de todo el libro, desde “La bebida” a “Castañas y crisantemos”, desde “El (re)quesón” al último “La otra cara de Roma”. En su conjunto, el volumen está compuesto por dos grandes grupos diferenciados: “Cuentos romanos” y “Crónicas romanas”. El primero corresponde al Pasolini que literaturiza la vida; el segundo, al Pasolini convertido en un reportero-sociólogo, más próximo al periodista que se limita a registrar un hecho que al escritor que compone una historia para narrarla. Sin embargo, detrás de ambos estilos se esconde la misma persona, y en el libro se palpa con facilidad, pues Pasolini nunca deja de traspasar sus propias limitaciones, su propia disciplina, su estilo propio, aun sabiendo que en ocasiones no debe o no es aconsejable hacerlo para no desorientar al lector. No le importa, cuenta con ello. Sabe muy bien que eso es lo que le distingue del resto de escritores y del común de los periodistas: que siendo uno no es el otro, y que nunca siendo el otro llegará a ser el uno. En esta peculiar ambigüedad descansa una de las más elevadas virtudes de su obra.

En cambio, más allá del autor con ínfulas literarias o del sociólogo con ánimo de corresponsal, se esconde otro Pasolini mucho más sugestivo, el que a mí más me interesa, que es el que rehúye del arte y de toda forma retórica (y que sin embargo acaba llegando al arte casi sin pretenderlo), el que quiere asir la vida siendo él la vida misma, el que se encarama al quicio de un abismo únicamente con un pie en el suelo y sin manos. Ese Pasolini no es ya un artista, sino un malabarista del alma que, en su ingenua credulidad, ha fantaseado en algún momento con cambiar el mundo. Todo lo que tienen de especial estos textos se lo debemos a esa enigmática capacidad que tenía para hilvanar como nadie el hilo inflamable de la poesía y el bidón de dinamita líquida que es la realidad que subyace en las profundidades del alma humana. A la postre, este libro nos habla de algo sencillo y crucial: que el apetito —hambre física, hambre espiritual, hambre tanática, hambre erótica, hambre vital— es la primera puerta en el camino hacia la verdad. Aunque hoy, cuando resulta extraño que algo se haga sin perseguir la pueril aprobación de los demás (o esa absurda autocomplacencia de carácter onanístico y virtual), algo así nos quede tan lejos.

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Queda la parte fenoménica de la zozobra intelectual. A comienzos de diciembre del año pasado el libro fue presentado en Madrid, en esa librería magnífica llamada Sin Tarima. Al acto acudieron los editores de Altamarea; Lorenzo Bartoli, profesor de filología italiana de la Universidad Autónoma de Madrid y prologuista del libro; Carlos Gumpert, el traductor; y Luisgé Martín, aunque éste aún no se sabe muy bien en virtud de qué circunstancia. Yo venía paseando desde Cascorro y, aunque esto sea intrascendente, sufrí un grosero brote de tristeza al comprobar cómo la zona que conecta los barrios de La Latina y Lavapiés había sido despojada de muchos de los atributos que (no tan antaño) le eran propios. Quizás mi mirada esté monopolizada por un pesimismo terco que se niega a ceder ante la complacencia de una comodidad banal (eso que tanto vende hoy y con lo que tantísimos bonitos locales se abren día a día) o quizás esté enfermo, es posible, pero por un momento observé a mi alrededor y vi que todo cuanto yo recordaba de niño había desaparecido. El golpe más difícil de encajar fue ver desalojado el legendario local de Unión Bolsera Madrileña con un cartel que decía: «SE ALQUILA». Al lado, cientos de anuncios de la inmobiliaria Remax y una placa que indicaba el lugar donde había vivido uno de los protagonistas en la salvaguarda del patrimonio artístico del Museo del Prado durante el estallido de la Guerra Civil, Timoteo Pérez Rubio, un hombre de aguerridas convicciones culturales, de espíritu intachable y de una valía que ya me son extrañas. Esta congoja inesperada, este mazazo de realidad, fue el preludio mismo de la presentación del libro, y casi salí peor de la librería de lo que entré.

1*EPwMZfz95JUle5F5eyKeVwFue tal la inocencia consabida, la cantidad de cuestiones inofensivas que se trataron, el afán por prolongar y extender el mito del artista (neutralizándolo en exceso; matándolo, en realidad), la ausencia total por comprender algo mínimamente valioso, algo mínimamente vigente de la obra de Pasolini, que creo que Pasolini, de haber asistido, se hubiera reído de los tres hasta acabar llorando. No así de los editores de Altamarea, que conste en acta, porque ellos son personas valientes capaces de publicar libros (no diré necesarios, pero sí importantísimos) como éste, pero que en este caso, me cuesta decirlo, erraron con la puesta en escena. No es mi intención aquí hacer amigos ni rozar la espalda de nadie que pueda procurarme beneficios, soy ajeno a ese negocio, así que van a permitirme que diga lo que verdaderamente pienso. Tengo la impresión de que, en este país, no se sabe muy bien cómo, cada cual se preocupa sólo de llegar a algún sitio, largar cuatro patochadas comunes, darse un baño de notoriedad y salir por la puerta de la misma forma en la que ha entrado. Es lamentable, es ridículo y es asombroso que nadie llame a las cosas por su nombre y que, además, se haga mercado con ello. Por resumir un poco la diatriba, Luisgé Martín se limitó a recordar aquellos días (le faltó decir gloriosos) en que consiguió traer a Ninetto Davoli a Madrid, ¡Ninetto Davoli!, ese risueño bufón que aún hoy representa la vergüenza de la amistad y del amor que un día un hombre lleno de coraje le regaló y a los que él, por vileza, por necedad o por ignorancia, o por la suma de todas, no ha sabido corresponder jamás, callando y callando, viviendo del valor y de la prestigiosa imagen de los demás. Después de rememorar tamaña hazaña, el que fuera director del Festival Eñe en 2018, se quedó mudo. Por otro lado, Lorenzo Bartoli, por el que siento una cierta admiración como profesor de literatura (sería injusto que yo despachara su carrera profesional por la presentación de un libro), no hizo más que dar cuatro pinceladas sobre Roma y leer unos versos de Il pianto della scavatrice, el momento más hermoso de toda la tarde. Y Carlos Gumpert, que no firma precisamente el mejor de sus trabajos aunque el libro no se vea mermado por ello, acotó su intervención (muy inteligente, por otra parte) enumerando los males que sufren los traductores en el mundo, plañendo por las esquinas de la comodidad. En definitiva, se hizo gala de un ombliguismo tan llamativo como la ausencia del autor del libro, que no era ninguno de los tres. Ninguno de los tres pudo hablar con propiedad de la obra de Pasolini porque ninguno de ellos proviene de donde vino el artista. Se apropiaron de su vida como si supieran de qué estaban hablando, al mismo tiempo que prologuista y traductor celebraban su longeva amistad, de cuando recogían a los críos en el Liceo (italiano). De los males de la burguesía hablamos otro día, pero aun así me sigo preguntando: ¿dónde queda el Pasolini vivo, el que todavía late en la realidad que vivimos, el Pasolini que arde en las manos y en la boca cuando uno repasa una y otra vez sus textos, sus poemas, su vida? ¿Dónde? Todo parece indicar que en un lugar invisible donde todos siguen sacando tajada de algo que no les pertenece. He aquí el origen de la farsa, pero no en un sentido noble y teatral, sino en la alambicada y sibilina perversión de los más grandes valores culturales; valores que se han llevado la vida de muchas personas valientes; valores que no son sólo hermosura y declamación melodramática para un auditorio; valores que ya no parecen existir ni en personas aparentemente autorizadas. Todo me parece una vacía pantomima llena de sonrisas enlatadas y confeti de papel, mientras al otro lado de la puerta la verdad se muere y, con ella, nosotros mismos.

Scène

‘Porcile’ (Pasolini, 1969)

Regreso por la calle Atocha cabizbajo, sumido en un líquido mórbido a medio camino entre la rabia, la impotencia y el suicidio. Con ganas de gritarle al mundo y, a la vez, exhausto porque sé que es inútil. Es la derrota, desnuda y rotunda, sin circunloquios. Después pienso en ese sórdido mecanismo al que hoy damos el nombre de cultura y me pregunto si el problema no estará en la otra acera, en los que escuchan, en los que reciben, en los que compran esta idea monumentalmente falsa, en nosotros, que parece que nos hemos sacudido de golpe y porrazo la responsabilidad que contrajimos como seres humanos al nacer. Debemos seguir leyendo libros, de eso no cabe duda, y también desatendiendo la voz de los filisteos, hoy más que nunca. Y entonces compruebo, como si de un puñetazo se tratara, que la vigencia de este libro, y del autor mismo, puede condensarse en el final de “Ocaso de una posguerra”, cuando Pasolini escribe: «No se trata de que los hombres sean definitivamente malvados o idiotas: simplemente están sordos». Háblenme ahora, si pueden, de esa ciudad donde Dios reside, porque yo no la siento palpitar por ningún sitio.

Texto publicado parcialmente en la Revista Ajoblanco con el título: «Dos historias de supervivencia y psicodelia para el confinamiento» (7 de mayo de 2020).

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La filial del Infierno en la tierra /// Joseph Roth (1934)

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Joseph Roth / Archivo Breitenbach

Desde hace diecisiete meses estamos acostumbrados a que en Alemania se derrame más sangre que la tinta que utilizan los periódicos para informar al respecto. Probablemente el jefe supremo de la tinta alemana, el ministro Goebbels, tiene más cadáveres sobre su conciencia —si la tuviera— que periodistas sumisos dispuestos a silenciar todos esos muertos. Porque es sabido que la prensa alemana ya no se dedica a publicar lo que ocurre, sino a ocultarlo; ni se limita a difundir mentiras, sino que también las inventa; ni a engañar al mundo —los miserables restos del mundo que todavía tiene una opinión propia—, sino también a imponerle noticias falsas con una ingenuidad apabullante. Nunca, desde que en esta tierra empezó a derramarse sangre, ha existido un asesino que haya lavado sus manos manchadas de sangre en tal cantidad de tinta. Nunca, desde que en este mundo se miente, ha tenido un mentiroso tantos altavoces a su disposición. Nunca, desde que en este mundo se perpetró la primera traición, se han visto tantas disputas entre traidores. Y, por desgracia, nunca como hoy la parte del mundo que no se ha hundido aún en las tinieblas de la dictadura se ha visto tan cegada por el infernal resplandor de las mentiras, ni tan ensordecida y abrumada por el ruido de las mismas. Desde hace siglos estamos acostumbrados a que las mentiras circulen con sigilo. Sin embargo, el monumental invento de las dictaduras modernas es haber creado las mentiras atronadoras, partiendo del acertado supuesto psicológico de que los individuos darán crédito a los gritos cuando duden del discurso. Por más que la mentira tenga, según dicen, patas muy cortas, desde la aparición del Tercer Reich, ha recorrido un buen trecho. Ya no le pisa los talones a la verdad, sino que corre delante de ella. Si algún mérito hay que reconocerle a Goebbels es haber logrado que la verdad oficial cojee igual que él. Ha prestado su deforme horma a la verdad alemana oficial. Que el primer ministro alemán de propaganda cojee no es un accidente, sino una broma intencionada de la historia.

Sin embargo, pocos periodistas extranjeros han advertido de esta sofisticada ocurrencia por parte de la historia mundial. Sería un error suponer que los periodistas de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, etcétera, no han sucumbido a los oradores mentirosos y vociferantes de Alemania. También los periodistas son hijos de su tiempo. Es una ilusión creer que el mundo tiene una idea exacta del Tercer Reich. El reportero, que ha jurado atenerse a los hechos, se inclina reverente ante los hechos consumados como ante un ídolo, esos hechos consumados que reconocen incluso políticos y gobernantes, monarcas y sabios, filósofos, profesores y artistas. Hace sólo diez años, un asesinato, sin importar dónde o quién lo cometiera, se habría considerado un horror para el mundo. Desde los tiempos de Caín, la sangre inocente, que clama al cielo, ha encontrado también eco en la tierra. Incluso el asesinato de Matteotti —¡no hace tanto tiempo!— horrorizó a los vivos. Pero desde que Alemania, con sus altavoces, sofoca el clamor de la sangre, éste sólo se oye en el cielo, mientras que en la tierra se ha convertido en noticia habitual en los periódicos. Asesinaron a Schleicher y a su joven mujer. Asesinaron a Ernst Röhm y a muchos otros. Muchos de ellos eran también asesinos. Pero no fue un castigo justo, sino injusto, el que recibieron. Asesinos más listos y hábiles asesinaron a asesinos menos listos y más torpes. En el Tercer Reich no sólo Caín mata a Abel: también hay un Supercaín que mata al simple Caín. Es el único país en el mundo en el que no sólo hay asesinos, sino además asesinos elevados a la enésima potencia.

roth-joseph-enY, como ya he dicho, la sangre derramada clama al cielo, donde no están los reporteros, simples seres mortales. No, los periodistas se encuentran en las conferencias de prensa de Goebbels. Aturdidos por los altavoces, asombrados por la velocidad con que, de pronto, en contra de todas las leyes naturales, una verdad cojeante empieza a correr y las piernas cortas de la mentira se alargan tanto que, a paso ligero, dejan atrás a la verdad, los periodistas del mundo entero informan sólo de lo que les cuentan en Alemania y muy poco de lo que ocurre en Alemania. Ningún reportero está a la altura de un país donde, por primera vez desde la creación del mundo, se producen anomalías no sólo físicas sino también metafísicas: monstruosos engendros infernales, lisiados que corren, incendiarios que se queman a sí mismos, fratricidas, diablos que se muerden la cola. Es el séptimo círculo del Infierno, cuya filial en la tierra se conoce con el nombre de Tercer Reich.

Pariser Tageblatt, 6 julio 1934

 

Cit. Joseph Roth, Años de hotel. Postales de la Europa de entreguerras, trad. Miguel Sáenz, Barcelona, Acantilado, 2020, pp. 272-274.

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El establo /// Giovanni Papini (1921)

Jesús nació en un establo.

Un establo, un auténtico establo, no es el portal simpático y agradable que los pintores cristianos dispusieron para el hijo de David, avergonzados casi de que su Dios hubiese yacido en la miseria y la porquería. No es tampoco el pesebre en escayola que la fantasía confiteril de los imagineros ha ideado en los tiempos modernos; el establo limpio y bonito, de lindos colores, con el pesebre aseadito y repulido, el borriquillo en éxtasis y el buey contrito, los ángeles encima del tejado con el festón que ondea al viento, las figuritas de los reyes con sus mantos y las de los pastores con sus capuchas, de hinojos a uno y otro lado del cobertizo. Todo eso puede ser un sueño para novicios, un lujo para párrocos, un juguete para niños pequeños, la «hostería profetizada» de Alessandro Manzoni, pero no es en verdad el establo en el que nació Jesús.

Un establo, un auténtico establo, es una casa de las bestias, es la cárcel de las bestias que trabajan para el hombre. El viejo y pobre establo de los países antiguos, de los países pobres, del país de Jesús, no es el pórtico de columnas y capiteles, ni la caballeriza científica de los ricos de hoy en día, ni el belén elegante de la Nochebuena. El establo no es otra cosa que cuatro paredes toscas, un empedrado mugriento y un techo de vigas y de lajas. El verdadero establo es lóbrego, sucio, maloliente; lo único limpio es él es el pesebre, donde el amo dispone el heno y los piensos.

Los graderíos de primavera, frescos en los amaneceres serenos, ondulantes al viento, soleados, húmedos, olorosos, fueron segados; cortadas con la hoz de las hierbas verdes, las finas hojas altas; amputadas junto con las bellas flores abiertas: blancas, encarnadas, amarillas, azules. Todo se mustió, se secó, tomó el color pálido y único del heno. Los bueyes jóvenes acarrearon hasta la casa los muertos despojos de mayo y junio.

Ahora aquellas hierbas y aquellas flores, aquellas hierbas desecadas, aquellas flores que siguen siendo aromáticas, están allí, dentro del pesebre, para saciar el hambre de los esclavos del hombre. Los animales abocan despacio con sus abultados labios negros, más tarde vuelve a la luz el prado florido, sobre el forraje que les sirve de cama, transformado en estiércol húmedo.

Ese es el verdadero establo en que Jesús fue parido. El primer aposento del único puro entre todos los nacidos de mujer fue el lugar más asqueroso del mundo. El Hijo del Hombre, que había de ser devorado por las bestias que se llaman hombres, tuvo como primera cuna el pesebre en que los animales desmenuzan las flores milagrosas de la primavera.

No nació Jesús de casualidad en un establo. ¿No es acaso el mundo un establo inmenso en el que los hombres engullen y estercolan? ¿No transforman acaso, por arte de una alquimia infernal, las cosas más bellas, más puras y divinas en excrementos? Y a continuación se tumban a sus anchas sobre los montones de estiércol y dicen que están «gozando la vida».

Una noche, sobre esa pocilga pasajera que es la tierra, en la que ni con todos los embellecimientos y perfumes se logra ocultar el fiemo, apareció Jesús, parido por una Virgen sin mancha, armado sólo de su inocencia.

Los primeros en adorarlo fueron los animales, y no los hombres.

Buscaba Él entre los hombres a los simples, y entre los simples a los niños; más simples aún que los niños, más mansos, lo acogieron los animales domésticos. Es asno y el buey, aunque humildes, aunque siervos de otros seres más débiles y feroces que ellos, habían visto a las muchedumbres postradas de hinojos ante ellos. El pueblo de Jesús, el pueblo santo —al que Jehová había libertado de la servidumbre de Egipto—, el pueblo al que el pastor había dejado solo en el desierto para subir a conversar con el Eterno, había obligado a Aarón a que le fabricase un buey de oro para adorarlo.

El asno estaba consagrado, en Grecia, a Ares, a Dionisos y a Apolo Hiperbóreo. La burra de Balaam había salvado con sus palabras al profeta, demostrando ser más sabia que el sabio; Ocos, rey de Persia, colocó un asno en el templo de Fta e hizo que lo adorasen.

Pocos años antes de que Cristo naciese, Octaviano, que había de ser su señor, se cruzó cuando iba a reunirse con su flota, la víspera de la batalla de Azzio, con un burrero que marchaba con su burro. La bestia se llamaba Nicón el Victorioso, y el emperador hizo levantar en el templo un asno de bronce como recordatorio de la victoria.

Reyes y pueblos habíanse inclinado hasta entonces con reverencia ante los bueyes y los asnos. Eran los reyes de la tierra, eran los pueblos que sentían predilección por la materia. Pero Jesús no nacía para reinar sobre la tierra, ni para amar la materia. Con Él se acabarán la adoración a la bestia, a la flaqueza de Aarón y la superstición de Augusto. Las bestias de Jerusalén lo matarán, pero las de Belén le dan por ahora calor con su resuello. Cuando llegue Jesús para la última Pascua a la ciudad de la muerte, lo hará cabalgando en un asno. Pero Él es mayor profeta que Balaam, ha venido a salvar a todos los hombres y no sólo a los hebreos, y no se apartará de su camino, aunque todos los mulos de Jerusalén lo acometan con sus rebuznos.

 

Giovanni Papini, Historia de Cristo, en Obras completas, tomo IV, Madrid, Aguilar, 1968, pp. 29-31.