REPENSAR EL PÍXEL. DESPUÉS DEL CINE

Ángel Quintana, Después del cine. Imagen y realidad en la era digital.
Barcelona, Acantilado, 212 p., 20 euros.
ISBN 9788415277484

Repensar el píxel después del cine

Por Mario S. Arsenal

 
Está claro que la imagen y el concepto derivado de la misma siempre han constituido un objeto complejo y delicado de reflexión, bien por sus inextricables implicaciones filosóficas o estéticas, bien por sus rasgos artísticos inherentes. Repensar acerca de la imagen y sus asociaciones valdría una generosa tesis universitaria o una vida entera por lo infinito de su definición en un terreno como el que nos ocupa, el de la modernidad más feroz y carente de compasión por el silencio o las pausas propias del pensamiento convencional. A través de cinco apartados, capítulos o epígrafes Ángel Quintana desgrana este concepto en un maravilloso ensayo (el que publica ahora la editorial Acantilado con el título de Después del cine. Imagen y realidad en la era digital) y consigue dinamizarlo por distintas corrientes de pensamiento y logrando adentrarnos de lleno en una problemática más que interesante. Entre sus páginas puede saborearse una escritura que soportaría cualquier análisis, al mismo tiempo que abre la mirada del espectador, no sólo la de los que frecuentan los museos, sino la del consumidor de cine, acercándole (acercándonos) a planteamientos aparentemente inasibles. Así trabaja desde hace un tiempo la Estética como disciplina y parece ser, esta nueva aproximación metodológica, la conductora suprema del texto de Quintana. Desfilan por entre esos capítulos, titulados en orden de aparición Cuerpos, Huellas, Simulacros, Documentos y Lugares, nombres de realizadores de la talla de Chaplin, Schoedsack y Cooper, Rossellini, Spielberg, Lynch o Kiarostami, con una intención más que encomiable de asociación multidisciplinar a la altura de muy pocos.
Así, cada epígrafe se enfoca desde una posición concreta (algo por lo que Otto Pächt se sentiría orgulloso) abordando distintos puntos de vista. Cuerpos bautiza este magnífico texto haciendo un análisis, si bien no exuberante de la obra de Chaplin, muy sugerente en cuanto a su producción, tan dispar y discontinua, como todos saben. Y es que quizás esa (sugerente) sea la palabra que acaso mejor defina el texto de manera global. Con una bibliografía revisada y de nuevo cuño, resultan muy útiles sobre todo las entradas francesas, con un considerable número de buenos documentos para acercarnos a dicha problemática y ponernos en la palestra de las discusiones que circundan alrededor de la imagen que más interés han suscitado.
En Huellas comienza examinando un texto de Vasari y termina gravitando sobre una propuesta de Didi-Huberman acerca de la reproducibilidad de la imagen y su legitimidad, tema tan manido como interesante, tan benjaminiano. Después en Simulacros, quizás el apartado más brillante de todo el texto, nos induce en última instancia a tomar partido en la disputa entre realidad y fantasía, entre documental y cinta de ficción. Y nos acompaña de la mano por terrenos aparentemente ya dados constriñéndonos a reflexionar una y otra vez sobre, por ejemplo, el valor oracular de un Steven Spielberg con su película Parque Jurásico, de 1993. Magistral sucesión de planteamientos.

Ángel Quintana lleva a cabo, en definitiva, una síntesis formidable de la situación actual del cine y siempre desde el cine, para después alumbrar, a través de otro tipo de discursos, nuevos planteamientos, nuevas apreciaciones. Si bien éstas exigen, como la misma modernidad, un cierto requerimiento por parte del lector, éste no se sentirá en nada desasosegado si posee cierta familiaridad con los arcanos del Séptimo Arte, es más, y aquí radica el valor de este texto: plantea más que concluye, lo que nos permite en todo momento maridar nuestra silenciosa aportación a medida que profundizamos en su lectura.
En el libro subyacen algunas ideas capitales. Antes ya lo hemos mencionado de pasada: la cuestión de la reproducibilidad de la imagen, Walter Benjamin preside el entramado. Pero también el antagonismo entre realidad y ficción de la representación en movimiento, los distintos conceptos de cómo culminar la imagen y su percepción, incluso los conflictos asociados a los distintos discursos antropológicos respecto del cine. Precisamente uno de los nudos de este ensayo pivota esencialmente sobre la distinción entre obtener una imagen y generar una imagen; la pugna resulta beligerante si la llevamos hasta su última expresión, cosa que hace Quintana sin el menor atisbo de pudor. Dicha oposición responde a muchos interrogantes, entre los que destaca la contienda entre toda imagen precedente y la imagen que hoy es caballo de batallas de toda manifestación visual: el píxel. El átomo imperceptible que, constituido en regla primera y última de nuestra cultura visiva contemporánea, determina la huella de nuestro pasado y nuestra herencia perceptual.
Quintana lucha asimismo por dilucidar si esa imagen novedosa es resultante de una nueva iconografía visual o si por el contrario responde a la ausencia de indicios del pasado. En palabras suyas: “Toda huella lleva implícito el trazo de una desaparición”. Esperemos que este magnífico libro, por el bien del autor y sus lectores, obtenga y genere las suyas.


Artículo publicado en la revista La República Cultural (07.V.2012)

LA POLÉMICA ENTRE PROGRESO Y REALIDAD

Jacobo Muñoz (ed.) 
“Melancolía y verdad. Invitación a la lectura de Th. W. Adorno”
Madrid, Biblioteca Nueva, 2012, 290 p., 20 euros.
ISBN 9788499402505
 
 

 

La polémica entre el progreso y la humanidad

Por Mario S. Arsenal

 
Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno (1903-1969), filósofo ante todo, pero también sujeto activo, opinante y sensible a la sociología, la musicología o la psicología, fue un pensador en líneas generales sorprendente, despierto, deslumbrante y con una capacidad filosófico-analítica realmente extraordinaria que le ha encumbrado actualmente como uno de los autores de crucial reclamo para aproximarse a casi cualquier cuestión manifestación de la vida humana. 
 
La editorial Biblioteca Nueva presentó hace pocos meses este libro que recoge varios escritos en torno a la interpretación de la obra del filósofo alemán, pieza clave en el eje fundacional de la conocida Escuela de Frankfurt. El volumen compila una serie de conferencias pronunciadas en el año 2008 que fueron llevadas a cabo conjuntamente por el Instituto Alemán de Madrid, el Departamento de Filosofía IV de la Universidad Complutense de Madrid y la Fundación Xavier Salas.
Dicha escuela filosófica estaba integrada, entre otros, por personalidades de la talla de Max Horkheimer (1895-1973), Leo Lowental (1900-1993), Herbert Marcuse (1898-1979), Friedrich Pollock (1894-1970) o Erich Fromm (1900-1980). Todos ellos pusieron en práctica una metodología particular conocida con el nombre de Teoría Crítica, un planteamiento filosófico que tomaba como punto de partida la influencia teórica de Marx, Freud, varios aspectos de Hegel y sobre todo Walter Benjamin. A partir del dolor al que están expuestos los individuos frente a la irracionalidad y el inhumanismo, dicha teoría es esencialmente consecuencia de la vivencia de la nueva barbarie materializada en los campos de concentración de Auschwitz (1940-1945), y, como el propio Adorno pretendía, destinada a ayudar al hombre moderno a evitar que tan terrible episodio se repitiese.
Integrado en el Institut für Sozialforschung, centro fundado durante la República de Weimar, cerrado en 1933 y reabierto después de 1950, Adorno fue un personaje ajeno a la etiqueta fácil, huidizo de las generalidades: inclasificable, si se quiere. Detestó el determinismo subjetivista (psicologista) y cifró, en palabras de Jacobo Muñoz, “lo esencial de esta tarea en el empeño de sacar a la luz la interdependencia entre el contenido objetivo de la obra –de toda obra– y su lugar histórico”. A través de dicho instituto, la pretensión era desarrollar una reflexión en la que el análisis social se conjugase en la elaboración de un diagnóstico del presente; empeños por otra parte en los que la Teoría Crítica –no nos olvidemos de Walter Benjamin– demostraría ser la máxima valedora. Y todo ello a pesar de que ésta última fue amplificando y certificando la dificultad añadida de la imposibilidad en el mundo moderno de encarnar dicha reconciliación de los individuos entre sí. Los teóricos críticos formulaban, procedente de Hegel, la idea de que en las sociedades modernas –por definición, escindidas– los valores de autonomía y solidaridad ya se encuentran presentes. Esta misma convicción fue la que Adorno asumió como irrenunciable, y la que le permitió mantener vivas las expectativas esperanzadoras como idea regulativa de su programa.
Desde este punto básico Adorno desarrolló una profunda crítica del optimismo metafísico en sus diversas variantes, es decir, cuestionó aquellos valores que suponían el progreso en palabras mayúsculas sometiendo a análisis la resolución de lo negativo como el verdadero resultado de la historia universal (Hegel). Asimiló, como Benjamin, el camino de la historia como un proceso que minimiza el sufrimiento humano, sobre todo el de las víctimas. Fue siempre, nos dice Muñoz, fiel a la contundencia benjaminiana, como bien puede comprobarse en el comentario que Benjamin hiciera del Angelus Novus de Paul Klee, esa suerte de encarnación de la mirada del ángel de la historia.
Adorno volvería más tarde sobre el sentido de progreso señalando que el problema no radica en el progreso en sí, sino en la confusión entre éste y la humanidad. El encuentro con Benjamin y el repudio de todo optimismo metafísico han de interpretarse no obstante en unas coordenadas históricas concretas, éstas son, las del ascenso de los fascismos en Alemania e Italia, las dos grandes guerras, la subsiguiente desaparición de un número escandaloso de personas, la evolución de la revolución soviética hacia el sistema estalinista, la creciente manipulación de las conciencias por los medios de comunicación de masas y, en general, la industria cultural. Lo que a priori podría constituir un engranaje de conflicto pasado de tiempo o moda, desgraciadamente vuelve a repetirse en el presente, de ahí la profunda y enorme actualidad de la obra de Adorno incluso hoy.
A lo largo de esta compilación podemos degustar también otros capítulos dedicados a la filosofía moral de Adorno, al maridaje entre sujeto y naturaleza en su obra, a la crítica política, al antisemitismo, así como al derecho, a la ontología o a la estética. Para clausurar dicho volumen, a modo de apéndice, se recoge un capítulo inmensamente interesante firmado por José Luis López de Lizaga que versa sobre la recepción de Adorno en nuestro país, con un análisis útil y profundo de toda la bibliografía aparecida en torno a la figura de este magnífico pensador. Este “escritor entre funcionarios”, tal y como lo definió Jürgen Habermas en 1963 (a la sazón integrante de la Escuela de Frankfurt pero perteneciente a su segunda generación), de pensamiento totalizador que pretendió abrazar la inmensa humanidad, arrastró en condición de testigo la angustia de un momento histórico crucial para entender la modernidad, hizo suyo el señuelo del malestar en la cultura y la vida, y dedicó todo su afán a hacernos ver y comprender que la historia no necesariamente ha de repetirse en los mismos términos de denigración del individuo. En definitiva, una obra, que tal y cómo indica el subtítulo, nos invita a leer con paciencia y meditación a uno de los más comprometidos y arraigados pensadores de la cultura occidental.
 

 

Artículo publicado en la revista Culturamas (26.IV.2012)