La brutalidad de la carne en Francis Bacon

 Franck Maubert, El olor a sangre humana no se me quita de los ojos. Conversaciones con Francis Bacon.
Barcelona, Acantilado, 128 p., 12 euros
ISBN 9788415277842

El legado cárnico del alma
Por Mario S. Arsenal
 
Hay algo en el trato directo con los artistas que libros y libros de agitada y sesuda teoría no pueden suplir. Cosas, olores, sabores, incluso sensaciones que se nos escapan entre la morralla conceptualista de unos párrafos generosos de tecnicismos. La palabra diacrónica, esa que necesariamente va y necesariamente vuelve, fundamental para la vida tanto o más como para el arte, es la que se degusta en estas entrevistas que Franck Maubert, por entonces periodista para L’Express, mantuvo con el pintor Francis Bacon (1909-1992) tras una larga y paciente espera (cerca de tres años, ahí es nada) de contestación por parte de la galería Marlborough de Londres.

Y de la misma manera nos damos de bruces con este pintor ajado por el paso del tiempo, las obsesiones y la maledicencia de su conciencia como ser horrible. Había cosas peculiares en él. El orden y la limpieza dentro del taller, su concepción acerca del dinero, las ideas sobre el arte o la belleza, el gusto por los grandes placeres culinarios, o incluso su extraordinaria simpatía hacia la literatura. No soportaba a su madre, odiaba a su padre y detestaba su país, Irlanda. Con estas trazas podríamos comenzar un análisis freudiano de proporciones sustanciosas, pero no es el momento ni el lugar. Tampoco lo apropiado.

Francis Bacon se muestra en estos formidables diálogos como ese hombre solitario y meditabundo que se congratula al citar a Yeats con soltura, beber buen vino y no cohibirse al enfrentarse a sus más profundas obsesiones. De hecho, él lo confiesa, nunca aprendió a pintar en una escuela, pero tampoco lo echó en falta, no fue necesario. Por el contrario, lo que sí fue esencial –al igual que la palabra diacrónica a la que hacíamos referencia anteriormente– fue el indagar una y otra vez en aquellas facetas del arte o la vida (¿cuál es la diferencia a estas alturas?) que pudieran expresarse artísticamente de alguna manera. Oxigenar el intelecto para dar cauce matérico a las ideas, esa parece que fue una de las primeras premisas de este artista desgarrado y desgarrador. Franck Maubert, por su parte, actúa de fabuloso intermediario, danzando entre la ingenuidad y la inteligencia al formular sus preguntas. Bacon no se cohíbe ante nada y responde cual infante ilusionado que explica sus dibujos primitivistas.

Entre otras cosas, se trata de un libro que despierta la relativa cercanía del artista con el compromiso ante su arte. Porque, digámoslo de una vez por todas, el arte impele al hombre a reforzar un compromiso con su idea de ser humano, y el caso de Bacon quizás sea extraordinario en ese sentido. Renunció al academicismo que sólo le procuraba oscurantismo y hacía crecer una cárcel que no le permitía expresarse en toda su complexión. De ese modo, volcó todo su afán en arañar sus obsesiones, en desgarrarse a sí mismo sin contemplaciones y en llevar a cabo su más maravillosa obra, la de su vida.

Con este ejemplo dialéctico se desatan ciertos interrogantes que incluso hoy nos hacemos a tenor del mercado artístico imperante en los museos. Y el suyo sirve magistralmente como una luz vigía que nos ilumina el camino. El camino recorrido por un hombre que, al igual que todos los genios del pasado, se siente insatisfecho ante su obra maestra. La intemperancia es rasgo de titanes y Bacon lo fue en toda su complejidad; revitalizó la herencia de los antiguos maestros de la pintura; reverdeció con su arte la escena de lo emocional y se lanzó al vacío en busca de la naturaleza que le fue dada. No desistió jamás, se volvió oscuro, pero siempre sincero, y contrajo una deuda con la brutalidad de la carne en su materialización pictórica a la que quizás sólo puede equipararse Picasso o acaso el cine moderno. Todo este conjunto de circunstancias nos demuestran que el arte es un pretexto más del hombre por hacerse comprender. Porque escuchar es ya comprender, comprender es respetar, respetar es vivir. En definitiva, la única verdad.

Artículo publicado en la revista Culturamas (24.VII.2012)

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