Stendhal y el temperamento

Simon Leys, Con Stendhal
Barcelona, Acantilado, 2012, 110p., 10 euros

ISBN 9788415277590

 La lógica de las pulsiones

Por Mario S. Arsenal

 

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Tomando la distinción que hiciera el crítico literario Thibaudet, existen dos tipos de escritores: aquellos que tienen una posición y aquellos que tienen una presencia. Tales podrían ser respectivamente los ejemplos de Víctor Hugo y Stendhal. Con “Los miserables” nos podremos sentir abrumados, pero en ningún caso urgentemente llamados a conocer la vida de su autor; sin embargo, con Henri Beyle –nombre real de Stendhal– ocurre necesariamente lo contrario: basta acariciar una de sus obras para sentir la necesidad de profundizar en el escritor, en su carácter, inquietud, intereses…, en su personalidad. De manera nada casual Paul Valéry decía: “A mi modo de ver Henri Beyle es mucho más que un tipo de talento. Es demasiado él mismo como para ser reductible a la condición de escritor.”

 

Un literato venido a más como Prosper Mérimée conoció a ese Beyle humano, crudo y despojado de la fama grandilocuente característica que le encumbra hoy día; pudo tratarle con comodidad y hasta se permitió el lujo de mantener discusiones acaloradas que en ciertas ocasiones provocaron su distanciamiento, pero nunca definitivo. Stendhal le doblaba la edad cuando se conocieron y Mérimée trazó el dibujo de un personaje errático en clave bohemia y pintoresca, lo que le valdría con el tiempo la ambivalencia de los beylistas por su tono condescendiente hacia el gran esteta. Mérimée adolecía de cierto orgullo literario y es opinión consensuada entre la crítica que jamás debió imaginar que cien años después las obras de su viejo amigo se leerían con mayor avidez que las suyas.

 

 El texto sorprende por la claridad y nitidez de su palabra. A decir verdad en Mérimée esto no debe ser motivo de asombro; sin embargo, y quizás por tratarse de Stendhal, la brevedad conmueve y hasta excita a la angustia de querer saber más, de más palabras, pues continuamente anota y menciona axiomas o aforismos salidos de la propia boca del maestro. Se convierte de este modo en un auténtico anecdotario que nos ilustra más allá del verbo, como por ejemplo: “No escribo más que para una veintena de personas que nunca he visto, pero que espero me comprendan”. A pesar de la aparente facilidad de Mérimée para trazar las huellas de este autor rebosante como fue Stendhal, el escritor no debió nunca conocer muy bien la obra de su maestro, con la que no estuvo familiarizado ni antes ni después de su muerte. Y resulta sorprendente –ahora sí– que llevase a cabo una semblanza con esa precisión sobre uno de los autores más paradigmáticos de la cultura del siglo XIX con tal soltura literaria sin haber ahondado mínimamente en la producción del maestro; no obstante ello no dificulta en ningún caso la sinceridad en la remembranza de este heterodoxo hedonista para quien el aburrimiento era el peor de los males que el hombre podía soportar, no sabiendo distinguir claramente a un pesado de un malvado. Al libelo de Merimée le siguen varios apéndices firmados por el autor de la edición y dos deliciosas páginas extraídas de los diarios de George Sand, quien, de camino al Loira de la mano de Alfred de Musset, amante con el cual se fugó, coincidió con Stendhal en el mismo barco que había de llevar a éste último a Génova, donde estaba empleado como funcionario de gobierno.

 
Un panfleto curioso, dulce de leer, ilustrativo y muy enjundioso que nos demuestra cómo los buenos escritores no están siempre en sintonía con el grado de profundización de la materia prima con la que tejen sus obras.
Artículo publicado en la revista Culturamas (12.VII.2012)

REPENSAR EL PÍXEL. DESPUÉS DEL CINE

Ángel Quintana, Después del cine. Imagen y realidad en la era digital.
Barcelona, Acantilado, 212 p., 20 euros.
ISBN 9788415277484

Repensar el píxel después del cine

Por Mario S. Arsenal

 
Está claro que la imagen y el concepto derivado de la misma siempre han constituido un objeto complejo y delicado de reflexión, bien por sus inextricables implicaciones filosóficas o estéticas, bien por sus rasgos artísticos inherentes. Repensar acerca de la imagen y sus asociaciones valdría una generosa tesis universitaria o una vida entera por lo infinito de su definición en un terreno como el que nos ocupa, el de la modernidad más feroz y carente de compasión por el silencio o las pausas propias del pensamiento convencional. A través de cinco apartados, capítulos o epígrafes Ángel Quintana desgrana este concepto en un maravilloso ensayo (el que publica ahora la editorial Acantilado con el título de Después del cine. Imagen y realidad en la era digital) y consigue dinamizarlo por distintas corrientes de pensamiento y logrando adentrarnos de lleno en una problemática más que interesante. Entre sus páginas puede saborearse una escritura que soportaría cualquier análisis, al mismo tiempo que abre la mirada del espectador, no sólo la de los que frecuentan los museos, sino la del consumidor de cine, acercándole (acercándonos) a planteamientos aparentemente inasibles. Así trabaja desde hace un tiempo la Estética como disciplina y parece ser, esta nueva aproximación metodológica, la conductora suprema del texto de Quintana. Desfilan por entre esos capítulos, titulados en orden de aparición Cuerpos, Huellas, Simulacros, Documentos y Lugares, nombres de realizadores de la talla de Chaplin, Schoedsack y Cooper, Rossellini, Spielberg, Lynch o Kiarostami, con una intención más que encomiable de asociación multidisciplinar a la altura de muy pocos.
Así, cada epígrafe se enfoca desde una posición concreta (algo por lo que Otto Pächt se sentiría orgulloso) abordando distintos puntos de vista. Cuerpos bautiza este magnífico texto haciendo un análisis, si bien no exuberante de la obra de Chaplin, muy sugerente en cuanto a su producción, tan dispar y discontinua, como todos saben. Y es que quizás esa (sugerente) sea la palabra que acaso mejor defina el texto de manera global. Con una bibliografía revisada y de nuevo cuño, resultan muy útiles sobre todo las entradas francesas, con un considerable número de buenos documentos para acercarnos a dicha problemática y ponernos en la palestra de las discusiones que circundan alrededor de la imagen que más interés han suscitado.
En Huellas comienza examinando un texto de Vasari y termina gravitando sobre una propuesta de Didi-Huberman acerca de la reproducibilidad de la imagen y su legitimidad, tema tan manido como interesante, tan benjaminiano. Después en Simulacros, quizás el apartado más brillante de todo el texto, nos induce en última instancia a tomar partido en la disputa entre realidad y fantasía, entre documental y cinta de ficción. Y nos acompaña de la mano por terrenos aparentemente ya dados constriñéndonos a reflexionar una y otra vez sobre, por ejemplo, el valor oracular de un Steven Spielberg con su película Parque Jurásico, de 1993. Magistral sucesión de planteamientos.

Ángel Quintana lleva a cabo, en definitiva, una síntesis formidable de la situación actual del cine y siempre desde el cine, para después alumbrar, a través de otro tipo de discursos, nuevos planteamientos, nuevas apreciaciones. Si bien éstas exigen, como la misma modernidad, un cierto requerimiento por parte del lector, éste no se sentirá en nada desasosegado si posee cierta familiaridad con los arcanos del Séptimo Arte, es más, y aquí radica el valor de este texto: plantea más que concluye, lo que nos permite en todo momento maridar nuestra silenciosa aportación a medida que profundizamos en su lectura.
En el libro subyacen algunas ideas capitales. Antes ya lo hemos mencionado de pasada: la cuestión de la reproducibilidad de la imagen, Walter Benjamin preside el entramado. Pero también el antagonismo entre realidad y ficción de la representación en movimiento, los distintos conceptos de cómo culminar la imagen y su percepción, incluso los conflictos asociados a los distintos discursos antropológicos respecto del cine. Precisamente uno de los nudos de este ensayo pivota esencialmente sobre la distinción entre obtener una imagen y generar una imagen; la pugna resulta beligerante si la llevamos hasta su última expresión, cosa que hace Quintana sin el menor atisbo de pudor. Dicha oposición responde a muchos interrogantes, entre los que destaca la contienda entre toda imagen precedente y la imagen que hoy es caballo de batallas de toda manifestación visual: el píxel. El átomo imperceptible que, constituido en regla primera y última de nuestra cultura visiva contemporánea, determina la huella de nuestro pasado y nuestra herencia perceptual.
Quintana lucha asimismo por dilucidar si esa imagen novedosa es resultante de una nueva iconografía visual o si por el contrario responde a la ausencia de indicios del pasado. En palabras suyas: “Toda huella lleva implícito el trazo de una desaparición”. Esperemos que este magnífico libro, por el bien del autor y sus lectores, obtenga y genere las suyas.


Artículo publicado en la revista La República Cultural (07.V.2012)