Elegía Segunda /// Rainer M. Rilke (1912)

TODO ÁNGEL es terrible. Y no obstante, ¡ay de mí!,

yo os canto, casi letales pájaros del alma,

sabiendo lo que sois. ¿Qué fue del tiempo de Tobías,

cuando uno de los más resplandecientes se apareció ante el humilde umbral,

un poco disfrazado para el viaje y sin ser tan temible?

(Como un joven que contempla a otro, lo miraba con curiosidad.)

Si ahora el peligroso arcángel, desde detrás de las estrellas

con sólo dar un paso descendiese hasta aquí,

de un vuelco nuestro propio corazón nos mataría. ¿Quiénes sois?

*

Tempranas perfecciones, vosotros, los mimados de la creación,

crestas elevadas, arreboladas cimas aurorales

de todo lo creado, polen de la divinidad en flor,

articulaciones de luz, pasadizos, escalas, tronos,

espacios de esencia, escudos de felicidad, tumultos

de un sentimiento tormentosamente arrebatado, y de pronto,

solitarios, espejos: que la propia belleza que irradian

la recogen de nuevo en propio rostro.

*

Porque sentir para nosotros es, ¡ay!, desvanecerse,

exhalamos nuestro ser; de ascua en ascua

despedimos cada vez un aroma más tenue. Tal vez alguien nos diga:

Sí, has entrado en mi sangre, la primavera y este cuarto

se han llenado de ti.. ¡de qué nos serviría!, no puede retenernos,

desaparecemos en él y en torno a él. Y a ésos que son bellos,

¡ay!, ¿quién los retendrá? Sin cesar la apariencia

se disipa su rostro. Como el rocío de la hierba matutina

lo nuestro asciende de nosotros, como el calor de un plato

ardiente. ¡Oh, la sonrisa!, ¿adónde? ¡Oh, mirada a lo alto!:

nueva, huidiza y cálida ola del corazón;

¡ay de mí!: somos, no obstante, eso. ¿El universo en que nos disolvemos

sabe a nosotros? ¿Recogen los ángeles

sólo lo suyo realmente, lo que emana de ellos

o hay también en ellos, como por descuido, un poco

de nuestro ser? ¿Estamos solamente mezclados con sus rasgos

como esa vaguedad que hay en el rostro

de una mujer encinta? Ellos no lo notan en el torbellino

de su vuelta a sí mismos. (¡Cómo iban a notarlo!)

*

Los amantes podrían, si lo comprendiesen,

decirse maravillas en el aire nocturno. Pues parece

que todo nos esconde. Mira, los árboles son, las casas

que habitamos existen todavía. Sólo nosotros pasamos

por delante de todo como un aire que cambia.

Y todo coincide en silenciarnos, en parte por vergüenza,

en parte, quizá, por una esperanza inexpresable.

*

A vosotros, amantes que uno a otro os bastáis,

yo os pregunto por nosotros. Os tocáis. ¿Tenéis pruebas?

Ved, a mí me ocurre que mis manos se percatan

la una de la otra, o que mi rostro fatigado

se refugie en ellas. Esto me da la sensación,

un poco, de mí mismo. ¿Quién, sin embargo, se atrevería por ello a ser?

Pero vosotros que os crecéis en el éxtasis del otro

hasta que él, abrumado, os suplica:

¡no más!; vosotros, los que bajo vuestras manos

os hacéis tan abundantes como los años de vendimia;

vosotros que a veces desaparecéis sólo

porque el otro prevalece: a vosotros os pregunto por nosotros. Ya sé

que os tocáis tan dichosos porque la caricia persiste,

porque el lugar que, tiernos, cubrís no se desvanece;

porque debajo de él experimentáis un poco la pura duración.

Por eso os prometéis con el abrazo casi la eternidad. Y sin embargo,

cuando habéis superado el terror de las primeras miradas

y el anhelo junto a la ventana, y ese primer paseo,

una vez, juntos por el jardín, decidme, amantes:

¿seguís siéndolo aún? Cuando os lleváis el uno al otro

a la boca para beber: sorbo a sorbo:

¡ay, qué extrañamente se evade de su acción el que bebe!

*

¿No os asombró nunca en las estelas áticas la discreción

de los gestos humanos? ¿No se posan allí amor y despedida

tan suavemente sobre los hombros, como si estuvieran

hechos de otra materia que en nosotros? Acordaos de las manos,

cómo descansan sin apretar a pesar de la fuerza que mantienen los torsos.

Dueños de sí, supieron expresarlo: esto somos nosotros,

esto es nuestro, así es como nos tocamos; con más fuerza

nos oprimen los dioses. Pero esto es cosa de los dioses.

*

Si nosotros pudiéramos encontrar también algo humano puro, contenido,

una estrecha franja de tierra fecunda que nos perteneciese,

entre la piedra y la corriente. Pues nuestro propio corazón nos sigue

sobrepasando siempre, como a ellos. Y ya no podemos

contemplarlo en imágenes

que lo calmen, ni en los cuerpos divinos

que, al ser más grandes, lo moderan.

 

7.

Rainer Maria Rilke, Elegías de Duino, Madrid, Hiperión, 2015, pp. 25-31.

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