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La Historia contra la Tecnología /// R. Bianchi Bandinelli (1970)

El título de este librito (Introducción a la Arqueología Clásica como Historia del Arte Antiguo) está totalmente superado. La historia del arte, en efecto, ya no interesa los estudiosos de las nuevas generaciones, a quienes originalmente se dirigía este texto. Un texto que, hace más de veinte años, había sido muy bien acogido por los estudiantes que seguían mis cursos universitarios. Me consta que hoy, en alguna parte de Europa, ha habido explícitas peticiones de los jóvenes de abolir toda enseñanza histórico-artística. Esta petición se hace en nombre de la sociología y en nombre de una investigación encaminada puramente a la técnica y a la clasificación.

Sin embargo, este librito ve la luz hoy. Es preciso, por tanto, decir cómo y por qué.

En los últimos veinticinco años se han publicado (en Italia y fuera de ella) diversos textos que introducen al estudio de la arqueología. A pesar de ello, el editor Laterza, tan meritorio en la cultura italiana, me pidió incluir en su Biblioteca Universal esta Introducción mía. Aunque durante muchos años no he dejado de encontrarme en ciertas dificultades económicas, siempre me negué a percibir derechos sobre los «apuntes», por considerarlos un pésimo instrumento didáctico y a menudo un degradante medio de presión y explotación en perjuicio de los estudiantes, posibilitado por un ordenamiento universitario decrépito y autoritario al cual me sustraje en cuanto pude (1964). No obstante, permitía que algún adjunto o estudiante, a cambio de una modesta compensación por parte de las empresas editoras, publicara los apuntes tomados durante las clases o las grabaciones de éstas efectuadas con magnetofón. De tal modo, los estudiantes tenían, con poco dispendio, una guía para el estudio, que tendrían que completar y desarrollar con lecturas propias. (El que después tales fascículos de apuntes hayan sido editados en bibliografías de otros investigadores como publicaciones mías, es un hecho del que debería quejarme, porque, dado el modo en el cual fueron redactados, no me sentía capaz de responsabilizarme como su autor.)

Uno de estos fascículos, titulado «Nociones de historia de la arqueología y de historiografía del arte antiguo», había sido redactado durante el primer año de enseñanza en mi segundo período florentino (con excepcional benevolencia, mis colegas florentinos me habían llamado, desde Cagliari, a la cátedra que había sido mía antes de mi temporal paso por la Dirección General de Antigüedades y Bellas Artes), pero dichos apuntes no habían sido puntualmente revisados por mí, aunque en un ejemplar de este fascículo hubiera hecho luego añadidos a medida que iba reanudando estas conversaciones introductorias. El editor, al proponerme la publicación, me pidió que revisara el texto en su aspecto formal. Al disponerme a dicha revisión, y aunque quería conservar una forma didáctica elemental, advertí que no podía limitarme a la forma, y que a menudo era preciso replantearse de nuevo la sustancia, pues los estudios arqueológicos habían dado en los últimos años un giro radical. Muchas afirmaciones contenidas en aquellos «apuntes», que habían sido expresadas espontáneamente en presente de indicativo, debían ser corregidas transponiendo las formas verbales al pretérito imperfecto. También había que modificar el título, para limitarlo y para especificar que en este librito no se introduce al lector a la arqueología como se entiende hoy, con todos sus medios de investigación y sus técnicas de búsqueda sobre el terreno, ni, sobre todo, en la integridad del planteamiento científico tal y como se ha ido precisando en los últimos años. Aquí se da sólo alguna aclaración histórica a esa parte de la investigación que en algunos países se define como «arqueología winckelmaniana», esto es, la arqueología entendida como historia del arte griego y romano. El problema histórico-artístico, que hace cuarenta años se había intentado sustraer a la filología y definir mejor en sus métodos, se nos presenta hoy como un tema colateral de la arqueología, mientras que antaño parecía el más importante, casi su objetivo. La tarea de la arqueología se ha precisado y ampliado hoy al proponerse la reconstrucción integral de la historia de una edad y de un lugar sobre la base de elementos materiales, que hay que cotejar, cuando existen, con las tradiciones escritas, y que hay que analizar en sí mismos. El campo de la arqueología, restringido en tiempos al área de las civilizaciones grecorromanas, abierto después a las civilizaciones prehelénicas, se ha extendido hoy de modo particular al área anatolia, donde los descubrimientos realizados han ampliado en algunos milenios la protohistórica del área mediterránea, transfiriéndose a ésta y a Mesopotomia el mayor interés de esta ciencia.

La arqueología clásica era una rama de la «Ciencia de la Antigüedad», la Altertumswissenschaft, formada en el siglo XIX en las universidades alemanas y que tuvo, en su tiempo, un valor cultural (y político) de no escaso relieve. Su valor cultural estribaba esencialmente en la tendencia a constituir una ciencia unitaria, síntesis de cuanto se refiriese a la Antigüedad clásica; su signo político fue (a menudo inconscientemente) conservador o incluso francamente reaccionario. Fue un «humanismo» restringido que recogía no las posiciones progresivas del primer Quattrocento, sino las conformistas de los humanistas tardíos italianos y europeos. Hoy, la Altertumswissenschaft sobrevive aquí y allá como estéril juego de problemas filológicos, pero la inevitable especialización ha roto la unidad que acaso era su único valor. Hoy la investigación arqueológica, unida a la etnología, se extiende a cualquier edad y a cualquier lugar. La Antigüedad clásica no es sino uno de sus temas, y su intención es exclusivamente histórica. Hay quien habla, en este sentido, de un nuevo y más amplio humanismo, universal, que se está formando hoy. No sé si se puede afirmar tal cosa, pero es indudable que resulta necesario tomar de nuevo conciencia de los valores de la cultura histórica frente a los peligros que puede representar —más aún, que representa— un predominio de las ciencias tecnológicas. Por eso se publica hoy, a pesar de todo, este librito.

No quiero resignarme a considerar concluida y sobrepasada aquella civilización en la cual el pensar históricamente era el criterio más elevado del comportamiento humano, porque en un predominio del mundo que tuviese como modelo la técnica veo un enorme peligro para la libertad racional del pensamiento humano y de la humana acción. El mundo construido sobre el modelo de una civilización predominantemente técnica, que no necesita ser historizado, está regido, en realidad, por fuerzas políticas que gobiernan la técnica. En él, bajo formas diversas (que pueden adoptar aspectos sociológicos, psicoanalíticos, estructuralistas), recobran un espacio mitos metafísicos: aquella metafísica que al pensamiento histórico tanto le había costado expulsar de la investigación. Sólo el pensamiento histórico se ha opuesto al pasado y puede oponerse en el futuro a los designios de dominio absoluto de los políticos, y el hecho de que la «contestación» juvenil hay surgido internacionalmente de los grupos de estudio de las ciencias humanas e históricas es señal de una percepción de esto, aunque no sea muy clara. Y es preciso tomar conciencia de ello.

Ahora bien, ha de reafirmarse claramente que, pese a su especialísima naturaleza, orientada a entender un hecho científicamente no delimitable como es el arte, la historia del arte es una ciencia histórica.

Los historiadores del arte de la Antigüedad representan hoy, sin duda, una fauna en vías de extinción, a pesar de que casi todos los arqueólogos clásicos se ocupan de materiales que tienen forma artística; pero estudiar un objeto artístico para extraer de él un dato cronológico o histórico no es hacer historia del arte. Ni puedo dejar de considerar lamentable tal circunstancia, porque en realidad apenas se había empezado a alcanzar una comprensión crítica y efectivamente histórica del arte del área helénica y de la época romana, y el verdadero problema sigue estando aún por afrontar y desarrollar. En lo que a las civilizaciones artísticas del Antiguo Oriente atañe, apenas ha concluido la fase de clasificación.

No sé, por ello, si pensar que esta Introducción pueda servir de prólogo a una futura renovación del interés por los problemas histórico-artísticos como problemas autónomos e intrínsecos a la esencia misma del arte, o si habrá de considerarse más bien como epílogo de una fase ya cerrada de los estudios de la Antigüedad clásica.

Júzguenlo quienes quieran hacer uso de ella. A los historiadores del arte medieval, moderno y contemporáneo, a los críticos, a menudo doctores sutiles, expertos en refinadas distracciones y en alta matemática, quisiera recordarles que, si por azar llegase esto a sus manos, la argumentación aquí desarrollada se dirige a los arqueólogos.

Cit. Ranuccio Bianchi-Bandinelli, Introducción a la arqueología, trad. Esther Benítez, Akal, 1992, pp. 9-13.

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«Muerte de Narciso» /// José Lezama Lima (1937)

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo

envolviendo los labios que pasaban

entre labios y vuelos desligados.

La mano o el labio o el pájaro nevaban.

Era el círculo en nieve que se abría.

Mano era sin sangre la seda que borraba

la perfección que muere de rodillas

y en su celo se esconde y se divierte.

—

Vertical desde el mármol no miraba

la frente que se abría en loto húmedo.

En chillido sin fin se abría la floresta

al airado redoble en flecha y muerte.

—

¿No se apresura tal vez su fría mirada

sobre la garza real y el frío tan débil

del poniente, grito que ayuda la fuga

del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

—

Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.

El espejo se olvida del sonido y de la noche

y su puerta al cambiante pontífice entreabre.

Máscara y río, grifo de los sueños.

Frío muerto y cabellera desterrada al aire

que la crea, del aire que le miente son

de vida arrastrada a la nube y a la abierta

boca negada en sangre que se mueve.

—

Ascendiendo en el pecho sólo blanda,

olvidada por un aliento que olvida y desentraña.

Olvidado papel, fresco agujero al corazón

saltante se apresura y la sonrisa al caracol.

La mano que por el aire líneas impulsaba,

seca, sonrisas caminando por la nieve.

Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol

enterrando firme oído en la seda del estanque.

—

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,

aguardan la señal de una mustia hoja de oro,

alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.

Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.

Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas

islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.

El río en la suma de sus ojos anunciaba

lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo

convertía.

—

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,

arco y castillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.

Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.

Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso

desdoblado:

los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono

cejijunto.

Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira

por espaldas que nunca me preguntan, en veneno

que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

—

Como se derrama la ausencia en la flecha que aísla

y como la fresa respira hilando su cristal,

así el otoño en que su labio muere, así el granizo

en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,

que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago

le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.

La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa

extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.

—

Fronda leve vierte la ascensión que asume.

¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,

que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?

¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?

Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,

los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la

doncella.

Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,

forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona

sumergida.

—

Triste recorre —curva ceñida en ceniciento airón—

el espacio que manos desalojan, timbre ausente

y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.

Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas

batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.

Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.

Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso

atlas.

Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago

en sus venas.

—

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.

Orientales castillos cuelan agua de luna.

Los más dormidos son los que más se apresuran,

se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre

frentes y garfios.

Estirado mármol como un río que recurvado o aprisiona

los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.

Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una

paloma

y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de

noche.

—

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.

Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.

Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.

Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube

que es espejo.

Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas

en su cárcel sin sed se destacan los brazos,

no preguntan mortales en estrías de abejas y en secretos

confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la

frente.

—

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran

al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan

los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.

Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a

su sonido

en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos

soterrados.

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.

Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el

invierno

tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.

—

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,

despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,

guiados por la paloma que sin ojos chilla,

que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.

Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre

ardido

el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo

apuntalado.

Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica

destilan o más firmes recurran a la mudez primera ya sin

cielo.

—

La nieve que en los sistros no penetra, arguye

en hojas, recta destroza vidrio en el oído,

nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,

huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques

rosados.

Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,

donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado

cabecea.

Mas esforzado pino, ya columna de humo tan aguado

que canario es su aguja y surtidor en viento desrizado.

—

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado

son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.

Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan

perfiles,

labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus

caderas.

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de

palomas

ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.

Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,

espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no

ofreciendo.

—

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio

convertido.

La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,

abre un olvido en las islas, espada y pestañas vienen

a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca

impura.

Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,

esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden

al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal

salada,

busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

—

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.

Si se siente en su borde o en su frente el centurión pulsa en

su costado.

Si declama penetran en la mirada y se fruncen las letras en el

sueño.

Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,

que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto del

silencio.

Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas

lloviznadas.

Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el

costado.

Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó

sin alas.

—————

José Lezama Lima, Poesía completa, edición de César López,

Madrid, Sexto Piso, 2016, pp. 11-18.

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Pensamientos /// Blaise Pascal (1670 ca.)

L.110 (B. 282)

Conocemos la verdad no sólo por la razón, sino también por el corazón. De este último modo conocemos los primeros principios, y en vano el razonamiento, que no tiene parte en ello, porque trata de combatirlos. Los pirronianos que sólo tienen por objeto esto, trabajan inútilmente. Sabemos que no soñamos sea cual sea la impotencia que tenemos para probarlo por medio de la razón, sino que esta impotencia no expresa más que la debilidad de nuestra razón, pero no la incertidumbre de todos nuestros conocimientos, como ellos pretenden. Pues los conocimientos de los primeros principios (espacio, tiempo, movimiento, números) son tan firmes como cualquiera de lo que nuestros razonamientos nos dan y sobre esos conocimientos del corazón y del instinto es preciso que la razón se apoye y fundamente todo su discurso. El corazón siente que hay tres dimensiones en el espacio y que los números son infinitos, y la razón demuestra que no hay dos números cuadrados de los cuales uno sea el doble que el otro. Los principios se sienten, las proporciones se concluyen, y todo ello con certeza, aunque por vías diferentes, y es tan inútil y tan ridículo que la razón le pida al corazón pruebas de sus primeros principios para querer aceptarlos, como que el corazón pidiera a la razón un sentimiento sobre todas las proposiciones que ésta demuestra para querer aceptarlas.

Por tanto, esta impotencia sólo debe servir para humillar a la razón que quiera juzgarlo todo, pero no para combatir nuestra certeza. ¡Como si sólo la razón fuera capaz de instruirnos! Quisiera Dios, al contrario, que nunca tuviéramos necesidad de ella y que conociésemos todas las cosas por instinto y por sentimiento, pero la naturaleza nos ha privado de este bien; al contrario, sólo nos ha dado muy pocos conocimientos de esta clase. Todos los demás sólo pueden ser adquiridos por el razonamiento.

Y por ello aquellos a quienes Dios ha dado la religión por medio del sentimiento y del corazón son felices y están muy legítimamente persuadidos, pero a los que no la tienen sólo se la podemos dar por medio del razonamiento, esperando que Dios se la conceda por sentimiento del corazón, sin lo cual la fe sólo es humana y, por tanto, inútil para la salvación.

After François II Quesnel, 1670’s, Castillo de Versalles (dep. Louvre)

L.298 (B. 283)

El orden. Contra la objeción que la Escritura no tiene orden.

El corazón tiene su orden; el espíritu [inteligencia, ingenio] tiene el suyo, que es por principio y por demostración. El corazón tiene otro. No se prueba que se deba ser amado exponiendo con orden las causas del amor; eso sería ridículo.

Jesucristo y San Pablo siguen el orden de la caridad [amor], no el del espíritu, pues ellos querían inspirar, no instruir.

Cit. Blaise Pascal, Escritos espirituales. Resumen de la vida de Jesucristo,
opúsculos, cartas y fragmentos
, ed. Alicia Villar Ezcurra, pp. 168-170.

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Un dios llamado Zorba /// Nikos Kazantzakis (1946)

En muchas ocasiones sentí el deseo de escribir sobre la vida y las andanzas de Alexis Zorba, un viejo operario al que quise mucho.

Los viajes y los sueños han sido los mayores benefactores de mi vida; los seres humanos, vivos y muertos, me han ayudado poco en mi lucha. Sin embargo, si quisiera elegir entre las personas que han dejado las huellas más hondas en mi alma, tal vez destacaría a tres o cuatro: Homero, Bergson, Nietzsche y Zorba.

El primero fue para mí el ojo sereno y fulgurante —como el disco del sol— que todo lo ilumina con un brillo redentor; Bergson me alivió de las insondables angustias filosóficas que atormentaron mi primera juventud; Nietzsche me enriqueció con otras angustias y me enseñó a transmutar la desdicha, la amargura y la incertidumbre en orgullo; y Zorba me enseñó a amar la vida y a no temer la muerte.

Si hoy tuviera que elegir en el mundo entero un guía espiritual, un gurú como lo llaman los indios, un anciano como lo llaman los monjes del Monte Athos, seguro que elegiría a Zorba.

Porque él tenía lo que un escritorzuelo necesita para salvarse: la mirada primigenia que, de un flechazo, atrapa su preso al vuelo; el instinto creativo, cada mañana renovado, de mirarlo siempre todo como si fuese la primera vez, devolviendo la virginidad a los elementos eternos —viento, mar, fuego, mujer, pan— de nuestra vida cotidiana. Poseía la firmeza en la mano, la frescura del corazón, la audacia de burlarse de su propia alma, como si dentro de sí tuviera una fuerza superior a ella. Y, finalmente, su risa salvaje y cristalina brotaba de un pozo profundo, más hondo que las entrañas del hombre; estallaba en los momentos cruciales y era capaz de derribar, y derribaba, todas las barreras —moral, religión, patria— que ha erigido el hombre desdichado y miedoso, para transitar si muchos daños por su mísera vida.

Cuando comparo el sustento que durante tantos años me dieron los libros y los maestros para saciar un alma famélica y qué mente leonina me ofreció Zorba por alimento, en apenas unos meses, me cuesta reprimir la rabia y la tristeza. Una casualidad echó a perder mi vida; me encontré con este «anciano» ya muy tarde y ya era irrelevante lo que en mí aún podía ser salvado. El gran viraje, el cambio total de horizonte, «la transmutación por el fuego» y la «renovación» no se dieron. Ya era demasiado tarde. Y así Zorba, en vez de ser para mí un modelo de vida elevado y formativo, decayó y acabó siendo —¡ay!— un argumento literario para emborronar un montón de hojas de papel.

Este triste privilegio, el de transformar la vida en arte, resulta desastroso para muchas almas carnívoras. Porque así, al encontrar escape, la pasión vehemente huye del pecho y el alma se alivia, ya no se consume, no siente la necesidad de luchar cuerpo a cuerpo, participando directamente en la vida y en la acción, sino que se complace al ver cómo su ímpetu se desvanece, formando volutas de humo en el aire.

Y no sólo se complace sino que se siente orgullosa; piensa que está llevando a cabo una obra sublime, que transforma el instante efímero e irremplazable —el único que en el tiempo infinito tiene carne y sangre— en presunta eternidad. Y así fue como Zorba, todo él carne y huesos, en mis manos se redujo a tinta y papel. Sin quererlo, y es más, queriendo lo contrario, el mito de Zorba había comenzado a cristalizar dentro de mí desde hacía tiempo.

En mi interior se puso en marcha la transmutación alquímica; al principio era un estridor musical, una voluptuosidad febril y un malestar, como si hubiera entrado en el flujo de mi sangre un cuerpo extraño y el organismo luchara para domarlo y anularlo, asimilándolo. Y alrededor de ese núcleo comenzaron a correr las palabras, a rodearlo y a nutrirlo como a un embrión. Se afinaban los recuerdos borrosos, emergían las alegrías y las amarguras reprimidas, ascendía la vida hacia un aire más ligero, y Zorba se transformaba en una fábula.

Todavía no sabía qué forma dar a esa fábula de Zorba: romance, canción, intrincado cuento fantástico de Las mil y una noches, o transcribir de modo árido y seco las charlas que mantuve con él en la costa de Creta donde vivimos, excavando convencidos de que encontraríamos lignito. Ambos sabíamos bien que esta meta práctica no era más que una coartada a los ojos del mundo; no veíamos la hora en que se pusiera el sol y terminaran su faena los obreros para acomodarnos los dos en la arena, comer nuestra apetitosa comida campesina, beber el vino brusco de Creta y ponernos a conversar.

La mayor parte de las veces, yo callaba: ¿qué le puede decir un «intelectual» a un titán? Lo escuchaba hablarme de su pueblo en el monte Olimpo, de las nieves, los lobos, los komitadjis [guerrilleros nacionalistas búlgaros que luchaban por la unión de Bulgaria, Serbia y Grecia al final del Imperio otomano], Santa Sofía, del lignito, la gratuidad, las mujeres, Dios, la patria, la muerte…, y de pronto, cuando no podía más y las palabras ya no le alcanzaban, se levantaba de un salto y, sobre los panzudos guijarros de la playa, comenzaba a bailar.

Entrado en años, con el torso erguido, delgaducho, con la cabeza echada ligeramente hacia atrás, los ojos pequeños como los de un pájaro, bailaba y gritaba y batía en el mar las grandes plantas de sus pies, salpicándose el rostro.

Si hubiese hecho caso a su voz —no a su voz, a su grito— mi vida habría valido la pena; habría vivido con sangre y carne y huesos lo que ahora medito como alucinado, llevándolo con tinta al papel.

Pero no me atreví. Veía a Zorba bailar, relinchando en mitad de la noche y vociferándome que me sacara también de encima el cómodo caparazón de la sensatez y la rutina, y que me embarcara con él en sus grandes viajes, pero yo permanecí inmóvil, tiritando.

Muchas veces me he avergonzado de mi vida, porque me he dado cuenta de que mi alma no osaba acometer lo que la suprema locura —la esencia de la vida— me pedía que hiciera; pero nunca me avergoncé de mi alma tanto como frente a Zorba.

Zorba, interpretado por Anthony Quinn, en la película de M. Cacoyannis (1964) / Museo Kazantzakis, Heraklión

Una mañana, al amanecer, nos separamos; yo tomé de nuevo rumbo al extranjero, incurablemente atacado por el mal fáustico de aprender; él emprendió camino al norte y acabó en Serbia, en una montaña cerca de Skopie, donde excavó un rico filón de granulada, enredó a varios ricachones, compró herramientas, reclutó obreros y de nuevo comenzó a abrir túneles en la tierra. Hizo saltar rocas, construyó caminos, abrió canalizaciones de agua, se edificó una casa, se casó —viejo todavía recio— con una bella viuda alegre, Liuba, y tuvo un hijo con ella.

Un día, en Berlín, recibí un telegrama: «Di con bellísima piedra verde, ven cuanto antes. Zorba».

Era la época de la gran hambruna en Alemania. El marco se había devaluado tanto que para hacer un pequeño pago transportabas los millones en un hatillo; y cuando ibas a un restorán y comías, tenías que desanudar tu pañuelo, repleto de billetes, y vaciarlo sobre la mesa para pagar; y llegaron días en los que se necesitaban diez billones para una estampilla.

Hambre, frío, chaquetas raídas, zapatos agujereados, las rojas mejillas alemanas ahora estaban amarillas. Con el viento de otoño, las personas se caían en la calle, como hojas. A los pequeños les daban un trocito de goma para que lo masticaran, se entretuvieran, no lloraran. La policía patrullaba los puentes del río, para evitar que por la noche se arrojaran las madres con sus pequeños, para ahogarse, para salvarse.

Invierno, nevaba. En el cuarto de al lado, un profesor alemán, sinólogo, para calentarse cogía el largo pincel y, al modo complicado del Lejano Oriente, intentaba copiar alguna vieja canción china o alguna sentencia de Confucio. La punta del pincel, el codo levantado en el aire y el corazón del sabio debían dibujar un triángulo.

—Al cabo de pocos minutos —me decía satisfecho— el sudor mana de mis axilas y así me caliento.

En esos crudos días recibí el telegrama de Zorba. Al principio me enfadé. Millones de seres humanos están humillados, postrados, a falta de un trozo de pan para reconfortar su alma y sus huesos, ¡y te llega un telegrama pidiéndote que emprendas un viaje de mil millas para ver una bella piedra verde! ¡Al diablo con la belleza, dije, que no tiene corazón ni le importa el dolor humano!

Pero de pronto me estremecí; el enfado había amainado y sentí con horror que ese grito inhumano de Zorba respondía a otro grito inhumano dentro de mí. Salvaje, un ave rapaz desplegaba sus alas en mi interior para ir.

Pero no fui; de nuevo no me atreví. No cogí el tren, no seguí el grito divino y bestial que salía de mi interior, no acometí ninguna acción audazmente descabellada. Seguí a voz parca, fría, humana de la sensatez. Y tomé la pluma y escribí a Zorba, explicándole…

Y él me respondió:

«Eres, y me disculparás, patrón, un chupatintas. Podrías haber visto tú también, infeliz, por una vez en tu vida, una bella piedra verde y no has querido. Te lo juro por Dios, alguna vez cuando he estado sin trabajo pensaba, y para mis adentros me decía: «¿Hay o no hay infierno?». Pero ayer, al recibir tu carta, me dije: «¡Seguro que debe haber Infierno para algunos chupatintas!»»

Yiorgis Zorbas, el auténtico Zorba en el que se inspiró Kazantzakis para el personaje de su novela, en una foto de 1918 / Museo Kazantzakis, Heraklión

Los recuerdos se pusieron en movimiento, empujándose unos a otros, con prisa. Llegó el momento de poner orden. De empezar con la vida y las andanzas de Zorba desde el principio. Hasta los sucesos más insignificantes relacionados con él resplandecen en este instante en mi mente: claros, ágiles y preciosos, como peces multicolores en un diáfano mar de verano. Nada suyo ha muerto dentro de mí, lo que Zorba tocó, parece haberse vuelto inmortal, y sin embargo, cierto desasosiego repentino me perturba en estos días: hace dos años que no recibo carta de él, ha de tener ya setenta y tantos años, puede que esté en peligro. Seguro que está en peligro. No puedo explicar de otro modo la súbita necesidad que se apoderó de mí de recopilar todo lo que tiene que ver con él, de recordar todo lo que me dijo y lo que hicimos, y de inmovilizarlo en el papel, para que no se desvanezca. Como si quisiera conjurar la muerte, su muerte. No es un libro lo que escribo, me temo, sino unas exequias.

Tiene, ahora lo veo, todas las características de las exequias. La bandeja engalanada de kólivas [masa de trigo que se ofrece n los funerales] copiosamente espolvoreadas de azúcar y, con canela y almendras, el nombre escrito encima: Alexis Zorba. Veo el nombre y, de golpe, el mar azul añil de Creta se agita y se zarandea en mi mente. Palabras, risas, danzas, borracheras, inquietudes, reposadas conversaciones al atardecer, los redondísimos ojos que, tiernos y desdeñosos, se clavaban sobre mí, como si a cada instante me dieran la bienvenida, como si a cada instante me dijeran adiós, para siempre.

Y al igual que cuando vemos la bandeja fúnebre decorada profusamente, otros recuerdos se arraciman como ristras de murciélagos en la gruta del corazón, así, sin yo quererlo, desde el primer momento se confundió con la sombra de Zorba otra sombra querida, y detrás de ella, inesperadamente, otra más: la de una mujer venida a menos, muy pintarrajeada, muy besuqueada, a la que Zorba y yo habíamos conocido en una playa de Creta, en el mar de Libia…

Sin duda el corazón de un hombre en una fosa cerrada, llena de sangre y, cuando se abre, corren a beber y a revivir las inconsolables sombras sedientas que sin cesar se amontonan a nuestro alrededor y entenebrecen el aire. Corren a beber la sangre de nuestro corazón, porque saben que otra resurrección no existe. Y delante de todas corre hoy Zorba con sus grandes zancadas y aparta a las otras sombras, porque sabe que las exequias, hoy, son para él.

Kazantzakis traduciendo al griego con un diccionario de francés (1931) / Museo Benaki, Atenas

Démosle pues nuestra sangre para que reviva. Hagamos cuanto podamos para que viva un poco más ese extraordinario comilón, borrachín, buscavidas, mujeriego y trotamundos. El alma más grande, el cuerpo más dotado, el grito más libre que yo haya conocido en mi vida.

Cit. Zorba el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba), trad. Selma Ancira, Barcelona, Acantilado, 2015, pp. 7-13.

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Los héroes /// Thomas Carlyle (1841)

Esta obra consagró la fama europea de Carlyle. Se trata de seis conferencias que abundan en puntos de vista originalísimos; unas veces asombran por un diseño vigoroso, otras con un cuadro completo, rico en contrastes de claroscuro, o bien con aquellas destemplanzas y ocurrencias suyas que confunden y marean. No hay cuestión que no aborde en este libro: la religión, la política, la literatura, palancas que mueven las grandes fuerzas sociales. El héroe legendario (Odín) es analizado por él con extraordinaria sagacidad, en lo que se real pudo tener a través de las nieblas de la tradición y de las brumas de Dinamarca; en el profeta (Mahoma), describe con intuición maravillosa la influencia ejercida por aquel hijo semibárbaro del desierto entre las tribus fanáticas y sensuales de Arabia; en el poeta (Dante y Shakespeare), estudia con profunda sensibilidad y raro acierto la personalidad del escritor florentino y, con cierta exageración nacionalista, la del inmortal dramaturgo inglés; en el sacerdote (Lutero y Knox), palpita el drama religioso de la Edad Media, en que Europa sacudió sus ligaduras mortales al grito del fraile alemán; en el escritor (Johnson, Rousseau, Burns), observa las tres personalidades distintas en que se encarna el héroe literario, la del mantenedor de lo caduco, el vidente del porvenir y el idealista; en el rey (Cromwell y Napoleón), se esfuerza en justificar la política solapada y la ambición tiránica del protector de Inglaterra, ambición y política que él considera desde un punto de vista especial, juzgándolas nobles manifestaciones de un espíritu a quien la Historia acusó de hipócrita, y en cambio critica con frases despectivas el desenfrenado apetito de gloria y el endiosamiento de un «pigmeo», Napoleón Bonaparte.

Foto: Robert Scott Tait, 1854

Dos grandes ideas resaltan, sin embargo, de este estudio: la sociedad está sujeta a eterna metamorfosis; los héroes son los agentes de esta transformación, cambio o transfiguración, que el ser social, cuerpo y alma, experimenta en el curso del tiempo. Carlyle define tres civilizaciones sucesivas e históricas, dejando aparte, en las profundidades de los siglos, la bruma de la prehistoria. Esas tres grandes civilizaciones de la Europa histórica las designa con los nombres de la Antigüedad y Paganismo, Cristianismo y Edad Media, y Tiempos Modernos, tres épocas que contienen dos transiciones; asistimos a la segunda, la cual forzosamente habrá de ser muy larga, teniendo en cuenta el millar de años que necesitó la disolución lenta del mundo pagano para dar paso a la elaboración, lenta también, del cristianismo. Es cierto que los grandes descubrimientos modernos nos comunican a los fenómenos sociales aceleraciones que desconoció la Antigüedad. Así, esos cambios perpetuos no los juzga Carlyle estériles metamorfosis, ni recesión ni decadencia, sino fases grandiosas de una ascensión que irresistiblemente prosigue a través de nuestros dolores y de nuestros placeres, de nuestras dudas y de nuestras esperanzas.

Retrato de Carlyle, por Sir John Everett Millais, 1877 — Londres, National Portrait Gallery

Con respecto al estilo de Carlyle, raramente se ha manifestado, como en este libro, la verdad que expresó Buffon: el estilo es el hombre mismo. El estilo de Carlyle es él; le retrata de pies a cabeza. Sus ideas, sus entusiasmos y paradojas no podían expresarse en otro estilo. No hay en él la menor contradicción entre fondo y forma, entre alma y expresión. Sus párrafos desiguales, entrecortados por paréntesis y digresiones, con sus ritmos entusiásticos, con sus frases amplias y agitadas, o rápidas y seguras; con el retorno, repetidísimo, de unas pocas ideas centrales, de unas mismas frases o palabras, refleja su carácter sombrío, atormentado, contradictorio y a menudo obsesivo. Sus juegos de puntuación, la abundancia de palabras que empiezan con mayúscula, sus frecuentes subrayados tienen por objeto llamar la atención sobre los temas principales hacia los cuales, como centro de atracción, todas las ideas, todas las frases y todas las palabras se polarizan. Esto ha sido interpretado como defectos, como su Carlyle no supiese escribir y pulir su estilo, o como si buscase la manera de sorprender y mixtificar a sus lectores. El pensamiento mismo de Carlyle es, desde luego, más musical que discursivo; siente, más que ve, fulguraciones de intuiciones grandiosas, inexpresables en palabras. Porque el significado corriente de las palabras no le basta; el hirviente sentido de lo que él quiere expresar no cabe en ellas; se desborda, se vierte en ellas como un metal deslumbrante, en ebullición, del cristal que lo contiene.

Cit., Thomas Carlyle, Los héroes, trad. Pedro Umbert, Madrid, Sarpe, 1985, pp. 7-9.

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El amor que anhela y no muere /// André Gide (1888)

André Gide en 1920 / Ottoline Morrell

¡Ah, cuántos ensueños! No hay nada mejor. Cuántos anhelos, cuántos entusiasmos, cuánta sed puede tener un corazón que aún no sabe nada de la vida y que salta de impaciencia por precipitarse a ella.

Cuántos anhelos de ideal, cuántos escalofríos de inquietud, qué temblores del alma que da brincos creyendo que podrá escapar del cuerpo; anhela un dios y lo busca por todas partes, cree rozarlo y le contraría hallar sólo su reflejo en las obras que ha inspirado, por la noche mira a ver si se abren los cielos; los sentidos jóvenes y ardientes no se conforman con una comunión espiritual; quieren tocar, abrazar a ese dios que buscan, y cuando ven que les elude se sienten engañados.

¡Señor! ¡Ah, por qué nos hiciste de barro! Y tú, pobre cuerpo, ¿no puedes creer sin tocar, no puedes amar sin ver? A veces, cuando estás rezando y sientes que el mismo Dios está a tu lado, ¿por qué te vuelves a mirarle? — la ilusión cesa y la plegaria muere en tus labios; entonces te acuestas desconsolado y te dices que ese dios al que no puedes ver no es más que una ilusión.

Oh, María, pero quién te dio
el deseo insensato de tocar al Señor.

Cit. Diario 1887-1910, trad. Ignacio Vidal-Folch
DeBolsillo, 2021, p. 62

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La obra de arte /// Carl Th. Dreyer (1964)

Existe entre la obra de arte y el hombre tal semejanza que del mismo modo que se habla del alma del hombre podemos hablar también del alma y de la personalidad de una obra de arte.

El alma se manifiesta a través del estilo que, siendo el catalizador de la inspiración poética del artista, refleja la manera con que éste expresa la materia que trata. El estilo es indispensable para fijar la inspiración en una forma artística. Por medio del estilo el artista fusiona y armoniza los diversos elementos, dándoles una unidad, al mismo tiempo que logra que los demás veamos el argumento como lo ven sus propios ojos.

El estilo es inseparable de la obra de arte acabada. La penetra, la invade y, sin embargo, permanece en cada momento invisible como algo que no se deja comprobar.

Cada obra de arte se debe primordialmente al esfuerzo de un solo individuo. Pero una película se realiza por un grupo de individuos, una colectividad que no es capaz de crear arte a menos que reciba el impulso de una personalidad artística.

El primer impulso creativo para una película viene del autor cuya obra sirve de base. Pero, a partir del momento en que aparece este fundamento poético, corresponde al director cinematográfico crear el estilo de la película. Los numerosos detalles artísticos se deben exclusivamente a una iniciativa suya. Sólo sus sentimientos, sus estados de ánimo deben colorear la película y despertar análogos sentimientos y estados de ánimo en el espectador. A través del estilo presta a su obra el alma que la transforma en arte. Al director corresponde, pues, dar a la película un rostro, es decir, el suyo propio.

Pero precisamente porque éstas son las condiciones, nuestra responsabilidad como directores es tan grande. A nosotros nos incumbe elevar la película del nivel de la mera industria al artístico y esto significa que debemos acercarnos seriamente a nuestro trabajo. Debemos siempre perseguir un fin en el que creamos sin miedo al riesgo y no ir por el camino más llano. Si, de verdad, es nuestro deseo ver progresar el cine, debemos intentar crear películas impregnadas tanto por el estilo como por la personalidad. Sólo por este procedimiento podremos esperar una renovación.

Cit. Carl Theodor Dreyer, Juana de Arco / Dies Irae, trad. Ebbe Traberg, Madrid, Alianza, 1970, pp. 237-238.

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Salvemos archivos y bibliotecas /// Massimo Firpo (2020)

El Covid-19 se propaga y la pandemia parece adquirir un ritmo más veloz a medida que se extiende por Asia, África, las Américas, gracias también a la activa colaboración de líderes políticos irresponsables. Arrastra personas, grupos sociales, lugares, naciones enteras, como la guadaña mortal de las antiguas imágenes medievales. Arrastra también las cosas, que manos infectadas pueden contaminar, aunque muchos científicos sostengan que el virus depositado sobre un objeto tiene una vida brevísima. Según algunos, se extendería también a los libros y los manuscritos que, en base a disposiciones ministeriales, después de haber sido consultados en archivos y bibliotecas, deberían ponerse, también ellos, en cuarentena sin ser tocados por nadie durante quince días. No me corresponde a mí decir si esto tiene sentido, pero observo que si estas mismas disposiciones análogas se aplicaran a todas las cosas, la vida económica y social se paralizaría, con la necesidad de poner en cuarentena las máquinas de café o el attrezzo industrial, las monedas y los billetes, los taxis y el metro, las hortalizas y los parquímetros, y quien tenga más que ponga.

Una pequeña y secundaria cuestión, se dirá. Claro, si no fuera porque una disposición como esta se acompaña de otras que, sencillamente, han paralizado archivos y bibliotecas, agonizantes ya por los continuos y severos recortes en los recursos y el personal que se han producido en los últimos años: esta falta de asumir responsabilidades hace que los agentes y los encargados de entregar libros o carpetas a menudo sean ancianos y, por tanto, los primeros en llevar a cabo un trabajo a distancia que, entre otras cosas, no pueden desempeñar. Las salas de consulta están cerradas porque los volúmenes de libre acceso que hay sobre las estanterías se han convertido en potenciales portadores del virus: depósitos enteros de libros y documentos de archivo son inaccesibles; los horarios, reducidos o reducidísimos. En realidad, el mazazo del coronavirus sólo es el último de los golpes al sistema cultural de nuestro país, que se suma a los ya asestados con una ligereza imperdonable por gobiernos italianos de todo pelaje. Basta con pensar en la universidad, sobre la que, a partir de la reforma devastadora de Luigi Berlinguer, se han encarnizado algunos ministros de diversa proveniencia política, se han acumulado recortes sin fin alguno, se han favorecido instancias corporativas y los localismos más malvados, cada cosa en la red se ha embridado con una burocracia tan costosa como inútil, y se ha sancionado regularmente la investigación de calidad hasta llegar al dramático abandono de hoy. Después se sorprenden y se lamentan de que los así llamados «cerebros» escapen rápido de este país.

Así es en la escuela, también ella objeto de continuos cuidados por ministros deseosos de consensos demagógicos, partidarios de una «buena escuela» a la cual nunca han sabido asignar funciones y contenidos, después de haberla entregado hace años al nefasto cuidado de una pedagogía insensata, sólo capaz de inventar nuevas formulitas sobre el portfolio del conocimiento, sobre el Bes [necesidades educativas especiales: bisogni educativi speciali], para no confundir con el Dsa [problemas específicos del aprendizaje: disturbi specifici dell’apprendimento], sobre planes de la oferta formativa (Pof) después convertidos en Ptof [planes trienales de la oferta formativa: piani triennali dell’offerta formativa], para llegar al Pon [programa operativo nacional: programma operativo nazionale], baremos de valoración de competencias (atención: no conocimientos) transversales o disciplinares y todo eso. Con el único resultado de haber humillado a los mejores docentes y entregado la didáctica y su valoración a la ingerencia de unos padres convencidos de que la escuela debe estar a su servicio y al de sus pequeños hiperprotegidos, aunque sumarios y vaguetes, garantizando así a todos, o casi, el conocido éxito formativo, lo que equivale a decir un decadente mix de promoción y mediocridad.

Naturalmente, violentarse con la cultura es fácil: no da dinero, no rinde y además cuesta. Se puede conseguir dinero con los conocidos eventos que tanto lucen, grandes exposiciones, festivales, etcétera, pero la administración normal se lo ha ahorrado recortando hasta el hueso (y también más allá) los recursos de archivos, bibliotecas, museos, conservadores, olvidando que la cultura es en sí una gran fuente, aunque no produce ingresos en caja a corto plazo en cuanto que es un enorme patrimonio inmaterial del país. No se gasta una palabra sobre la investigación científica, la que más dificultades tiene para movilizar inversiones privadas, o sobre la cualificación profesional de los médicos o el personal clínico, abogados y magistrados que forman parte del tejido civil de un país. Pero también las así llamadas humanities, como repiten desde hace años los estudios específicos, tienen un papel fundamental en la construcción de una clase dirigente a la altura de sus cometidos, como demuestra cada día la ineptitud de una política demagógica, veleidosa, grosera, enemiga jurada del saber y de las competencias (las tan vituperadas élites); y lo tienen también porque de ellas nace un espíritu de ciudadanía consciente, el sentido de pertenencia a la civilización europea y los honores que esto representa, la capacidad de afrontar problemas complejos, o la de defenderse del imperio de una comunicación agresiva y falsificadora, o para preservar una cultura de la razón que no se deje sumergir por otra anómica y obtusa de las emociones, o para mantener la libertad de juicio crítico y la capacidad de aprender. Resulta obvio que hoy la moda, el diseño, el buen gusto unánimemente reconocido y la fama en el mundo del made in Italy descienden directamente de aquel patrimonio cultural inmaterial que produce trabajo y riqueza. Hay un hilo rojo, al fin y al cabo, que une el Renacimiento italiano (y no sólo) a los grandes estilistas y arquitectos de nuestro país, y es el mismo que empuja a millones de personas a venir a Italia para admirar ese patrimonio cultural sedimentado en los siglos y a gastarse un montón de dinero comprando bolsos de Gucci o Prada.

En todo ello, por raro que parezca, archivos y bibliotecas tienen una función decisiva. De hecho es a los archivos a los que se confía la memoria histórica de un país, sin los cuales la memoria se habría perdido, y por eso sería un delito transformarlos en sedes donde trasladar a esos estudiantes que en septiembre no podrán estar en las estrechas aulas de sus escuelas. En las bibliotecas se conservan antiguos manuscritos, estampas, libros preciosos para quien estudia literatura, arte, historia, filosofía, antropología, etcétera; por su constante actualización se puede medir la capacidad de un país para estar al corriente de cuanto se piensa, se escribe o se estudia en el resto del mundo, de caminar a su paso, de aprender los conocimientos y de confrontarlos e integrarlos con los propios. Si las universidades americanas se sitúan a la vanguardia de la investigación es porque sus bibliotecas están actualizadísimas. En Italia, hasta finales del siglo pasado, archivos y bibliotecas estaban repletos de estudiantes que preparaban sus tesis, por lo demás, devaluadas en los últimos treinta años; hoy no tienen los instrumentos mínimos para poder trabajar.

Si el país debe recomenzar es también, y quizá sobre todo, por aquellos que hoy necesitan comenzar, con un programa que asuma responsabilidades y que acabe por fin con el empobrecimiento del personal y solucione el temible vacío creando de forma orgánica. Si desde la investigación es de donde pueden nacer nuevos estímulos que fomenten la recuperación, es en los lugares de investigación donde hay que invertir para ponerlos en el centro de un programa que permita, si no la reactivación, sí al menos la supervivencia. En juego está la misma civilización italiana.

Massimo Firpo

Página de Il Sole 24ore donde apareció originalmente el artículo (domingo, 2 de agosto)