Francisco Ayala /// Interpretación(es)

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Francisco Ayala (Fuente: eldiario.es)

«El estímulo y resorte último de la Libertad se encuentra en el fondo del alma humana: su implantación y su defensa en la sociedad es siempre la obra de una especie de heroísmo ético, y requiere una inagotable energía espiritual y una actitud de incesante y celosa vigilancia. Tan pronto como aquella disposición heroica se distiende, esa energía se disipa y esta vigilancia se relaja, la Libertad -arruinado su fundamento moral- desaparece del mundo para refugiarse en el alma de los mártires.
»Todos estamos obligados a esforzarnos por conseguir que en la sociedad presente no haya mártires, pues que no puede haberlos sin que existan al mismo tiempo sus verdugos.»

Francisco Ayala, Historia de la libertad, Madrid, Visor, 2007 (1943), pp. 123-124.

Arthur Koestler /// Interpretación(es)

Arthur Koestler, retratado por Ida Kar en 1959 (National Portrait Gallery, Londres)

Arthur Koestler, retratado en 1959 por Ida Kar / National Portrait Gallery (Londres)

«Los simios, sumamente civilizados, se balanceaban con elegancia entre las ramas; el neandertal era basto y estaba atado a la tierra. Los simios, satisfechos y juguetones, pasaban la vida sumidos en sofisticados entretenimientos o cazando pulgas con contemplación filosófica; el neandertal se movía oscuramente dando pisotadas por el mundo, repartiendo porrazos aquí y allá. Los simios lo miraban divertidos desde las copas de los árboles y le tiraban nueces. A veces el terror los sobrecogía: mientras que ellos comían frutas y plantas tiernas con delicado refinamiento, el neandertal devoraba carne cruda y mataba a otros animales y a sus semejantes. El neandertal cortaba árboles que siempre habían estado en pie, movía rocas de los lugares que el tiempo había consagrado para ellas y transgredía todas las leyes y tradiciones de la selva. Era basto y cruel, y no tenía dignidad animal: desde el punto de vista de los sumamente civilizados simios, no era más que un paso atrás en la historia.»

Arthur Koestler, Darkness at Noon, Londres, Vintage, 2005, pp. 183-184.

[trad. cast. El cero y el infinito, Barcelona, De Bolsillo, 2011].

Cit. John Gray, El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos, Madrid, Sexto Piso, p. 11.

Georges Bataille /// Interpretación(es)

Georges Bataille (Foto: André Bonin © Gallimard)

Georges Bataille (Foto: André Bonin © Gallimard)

«Para llegar hasta el final del éxtasis donde nos perdemos en el goce, siempre debemos poner un límite inmediato: el horror. No sólo el dolor de los demás o el mío propio al acercarme al momento en que el horror se apoderará de mí puede hacerme alcanzar un estado gozoso rayano en el delirio, sino que no hay forma de repugnancia en la cual no pueda discernir afinidad con el deseo. No es que el horror se confunda alguna vez con la atracción, pero si no puede inhibirla o destruirla, el horror refuerza la atracción. El peligro paraliza, pero al ser menos fuerte puede excitar el deseo. Sólo alcanzamos el éxtasis en la perspectiva, aun lejana, de la muerte, de lo que nos destruye.

»El placer sería despreciable si no fuera esa aberrante superación, que no está reservada al éxtasis sexual y que los místicos de diferentes religiones, y en primer lugar los místicos cristianos, han conocido del mismo modo. El ser nos es dado en una superación intolerable del ser, no menos tolerable que la muerte. Y puesto que, en la muerte, al mismo tiempo que el ser nos es dado, nos es quitado, debemos buscarlo en el sentimiento de la muerte, en esos trances intolerables en los que nos parece que morimos, porque el ser ya no está en nosotros más que como exceso, cuando coinciden la plenitud del horror y la del gozo.»

G. Bataille, El erotismo, Barcelona, Tusquets, 2007 (1957), pp. 273-274.

Zbigniew Herbert /// Interpretación(es)

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Zbigniew Herbert en su estudio.

«Como si la separación entre sujeto y objeto no existiera, el artista no se encaraba con la naturaleza para sondearla mediante la geometría, sino que formaba parte del cosmos al igual que el árbol, el agua y la piedra, era el punto de encuentro de los cuatro elementos y nunca le pasó por la cabeza que fuera un creador, una criatura excepcional e inspirada.

»Sólo unas pocas obras de arte han llegado hasta nuestros días en su pleno esplendor. Es sorprendente -y la sorpresa es agradable- que hayan subsistido tantas muestras del talento y de la sensibilidad del hombre. En el jardín del arte hay un gran hospital lleno de formas mutiladas y moribundas. Las potentes piedras molares del tiempo trabajan implacables. Así pues, mientras me paseaba por las salas del museo de Heraclión como quien recorre las habitaciones de un hospital, intentaba encontrar en aquellos frescos antiguos la belleza de la juventud. Al igual que los enfermos, las obras de arte esperan nuestra misericordia y nuestra comprensión, y si se las escatimamos se marcharán, dejándonos solos.»

Zbigniew Herbert, El laberinto junto al mar, Barcelona, Acantilado, 2013, pp. 17-18.

Guy Debord /// Interpretación(es)

Guy Debord, La sociedad del espectáculo (edición inglesa)

Guy Debord, La sociedad del espectáculo (edición inglesa).

«La lucha entre tradición e innovación, que es el principio interno de desarrollo de la cultura en las sociedades históricas, sólo puede continuar merced a la permanente victoria de la innovación. Sin embargo, la innovación cultural depende únicamente del movimiento histórico total que, al cobrar conciencia de su totalidad, tiende a superar sus propios presupuestos culturales y se orienta hacia la supresión de toda superación.»

Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-Textos, 2012 (1967), pp. 152.

La navidad puede cavar tu tumba

Todo el mundo sabe o lleva impreso en su memoria RAM que la Navidad es ese momento propicio en el que familia, amigos y allegados se arrejuntan en torno a una chimenea y comen y beben mientras cantan el Kumbayá. Es ese tiempo de alegría y tristeza sin límites. Es una oda a la desmesura humana. Es, por así decir, el lapso en el que todos cometemos los excesos más inconfesables. A unos les alienta el sentido familiar, otros repudian su hipocresía. Pero todos llevan razón. Todos dicen la verdad. Sin embargo mientras se descorcha una botella de cava en Madrid, una tragedia acontece en Nueva Delhi; simultáneamente a cuando alguien sonríe al recibir un obsequio inesperado, un atentado está llevándose la vida de algunos inocentes reunidos en un lugar equivocado. La Navidad es un perverso compendio de acciones humanas sin razón ni sentido que fomenta la fraternidad y al mismo tiempo alimenta su repulsa de la felicidad. Todos no podemos tener lo mismo. Todos no podemos disfrutar de presentes ni de esa ceremonia astringente que algunos tenemos por cena. Por eso algo me dice que deberíamos ser cautos y no maldecir el año que nos ha tocado vivir, no vaya a ser el Destino quien nos propine un sopapo desproporcionado y que lo que acabemos comiéndonos sean nuestras palabras.

El caso es que yo no venía a hablar de esto. La injusticia es un hecho y yo no tengo el poder de cambiarlo. Quería hablarles de lo sobrevaloradas que tenemos estas fechas por la cantidad de amigos que perdemos o con los que solemos enemistarnos. Sí, como lo oyes, estimado lector. Intentaré explicarme.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Ya saltó la notificación. O debería decir las notificaciones. El teléfono no para desde hace días, pero especialmente hoy se convierte en algo pesadísimo. Es Nochebuena, víspera del día de San Nicolás que algunos se empeñan en convertir en un fenómeno importado llamándolo Santa Claus o cosas por el estilo, y las muestras de cariño afloran a medida que se destapa el champagne. Todo tipo de manifestaciones virtuales se llevan a cabo en estas fechas, todos lo sabéis, quién soy yo para descubrir nada, pero hay algo que pasa desapercibido. Por la mañana cuelgas una foto tradicional con la escena de una Natividad sacada de algún portal de internet, la subes a Facebook y ¡error! Olvidaste etiquetar a aquel amigo que te prestó su hombro para que lloraras desconsoladamente cuando cesó la relación con tu ex. Ahora es este amigo quien alimenta la rabia mientras tú sonríes bobamente frente al monitor. Un lapsus.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

“¡Muchas gracias! Que pases unas felices fiestas también. ¡Besos!”. Ha contestado un contacto a una foto que has decidido subir a Instagram. Pero hay un problema. La aplicación soporta las menciones en número de 20, por lo que tuviste que confiar en tu memoria y echar mano del talento emocional. Evidentemente etiquestaste a tus mejores amigos, a aquellos que estuvieron contigo en los últimos meses, con los que hiciste gamberradas o pasaste frío esperando al primer autobús que te llevara a tu casa después de una agitada velada nocturna, con los que reíste hasta el delirio o te desahogaste hasta advertirte ridículo. Dada la ajenidad de algunas redes sociales, muchos de esos contactos ni siquiera los conoces y otros tantos los has olvidado. Todos no somos iguales, y a Dios gracias. Pero el olvido da pie a sugestiones de todo tipo. Sabemos, lo hemos vivido, que siempre existe ese perfil que revisa agazapado todas tus publicaciones, que te sigue con atención y no deja escapar una para tener al tanto tus contenidos. En ocasiones te ofrece guiños virtuales como la difusión de tus contenidos propios y hasta se lanza a contestarte en la última entrada de tu blog. Pero, de nuevo, ¡error! Esta vez ha sido la restricción tiránica de internet, pero caiste de nuevo en el olvido y ya no hay vuelta atrás. No vas a repetir la fotografía ni la felicitación, queda un poco raro, no te lo puedes permitir, tienes una reputación y eso no es así. Así lo piensas al menos durante 20 segundos. De la misma manera, ese usuario leal y fidedigno adopta una postura de cordialidad basada en el silencio, que es peor que aquel que manifiesta su enfado públicamente, ya que aquel recolecta remoridimientos y éste siembra carantoñas. El caso es que, a estas alturas, ya te has ganado el alejamiento parcial de un seguidor y, lo que es peor todavía, la falta de interés en lo que dices.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Ahora es Twitter. Maldito teléfono que no para de sonar para notificarme quién ha marcado el favorito de un favorito. De verdad, uno llega a pensar que esta red se ha convertido por momentos en un ensayo frustrado de las teorías que Christopher Nolan no pudo poner en práctica en Inception. La constricción de un medio de comunicación como este reduce notablemente la riqueza de nuestra expresión, que se ve impelida a ser certera, justa y acotada, una ecuación alejada, se mire por donde se mire, del ideal comunicativo. No obstante, gusta, y mucho. Así que seguimos acatando la ley seca de los 140 caracteres sin rechistar. Es lo que hay, nos repetimos.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Dicho esto, ya no me importa qué notificaciones estén apareciendo en mi teléfono, podría hacerse una composición sinfónica con la cantidad de tonos y avisos que tiene. Es extraordinario el abanico sonoro del que cualquiera puede gozar hoy día. Muchas veces me pregunto qué hubieran hecho Bach, Bethoveen, Mozart, Liszt, Schubert o Satie con esta tecnología. Y mientras me pregunto esta bobada sin respuesta sigo pensando, aunque no lo quiera, en esos amigos que he dejado por el camino, en los afectos olvidados, en el cariño no correspondido, en el desdén sin recatos o en la desfachatez de tal gesto. Eso pensarán los damnificados. Y de todo ello se extrae, querido lector, que la modernidad (facies virtualis) no es asunto baladí. El uso de dipositivos digitales y medios recreativos conlleva una responsabilidad no escrita de la que somos administradores. La mala administración de la información, así como de las acciones o emociones, implica un desequilibrio mudo que acrecienta una errónea sensación de maldad.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Ahora bien, y hete aquí la pregunta del millón, al fin y al cabo era el motivo por el que decidí escribir este texto, ¿en qué grado las redes sociales y los mass media condicionan nuestra manera de interactuar? Todos sabemos que esta influencia es decisiva, pero la pregunta era retórica: ¿definen los usos nuestro comportamiento?, ¿son fidedignas las redes sociales para delimitar la personalidad?, ¿en qué medida un perfil, un usuario, una cuenta, una marca representa a un ser humano?, ¿puede soportar la virtualidad tanta carga de realidad?

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

La mesa está servida.

El hombre apolítico

La política. Qué cosa tan extraña. Seguro que si preguntáramos su etimología, sólo unos pocos entre unos muchos sabrían la respuesta. La política. Qué cosa tan oscura. La televisión, esa gran amiga suya, no deja de regalarnos sórdidas noticias de los señores que la detentan: éstos se hacen llamar “políticos”. Creo que no he conocido en mi vida un juego tan inquietante ni tan arriesgado. La política. Así es.

Curiosamente hoy, paseando con un amigo, el tema ha salido espontáneamente y nos ha dado por discutir tan peliagudas cuestiones. Todo marchaba bien, él se explicaba, yo me explicaba…, hasta que ha aparecido una palabra disonante: “apolítico”. Éste término ha provocado cierta conmoción en mi interlocutor y seguidamente un desasosiego desolador. “No puedes ser apolítico -me decía insistente- porque quieras o no la política forma parte de tu vida”. Cautamente improvisé un silencio de redonda, de los de cuatro tiempos, de los grandes.

Cuando volví en mí, ya estaba entre la espada y la pared. Tuve que alzar mi voz de manera firme para explicarle en qué consistía tal disonancia. Ser apolítico -le decía serenamente- no consiste en el pasotismo político, ser apolítico constituye una importante red de valores que el hombre respetuoso guarda de la política misma: ser apolítico es ser algo que no quieres ser. Parece que mi amigo prestó atención a mis palabras, pero no mucha a juzgar por su prestancia en cambiar de conversación. ¿Dónde estábamos?

Paradójicamente hoy (realmente ayer) nos encontramos en “jornada de reflexión”, una tipología diurna que rara vez existe y en extrañas ocasiones se materializa. Algo así como un santo día laico dedicado al pensamiento. ¿Hemos reparado en ésta última frase? Deberíamos leerla de nuevo y advertir desde nuestra carencia que formamos parte de una ficción de monstruosas proporciones. En primer lugar, no debería dejarnos indiferentes eso de santo día laico, pero tampoco el pensamiento. ¿Por qué y con qué motivo?, me interrogo en mi fuero interno. Francamente no sé responder con exactitud. Todo es muy extraño. La política. Ya saben. Sí, la política. Esa cosa tan extraña de la que hablaba al principio. ¿Reflexión? ¿Reflexionar sobre qué? ¿Sobre el bipartidismo que una vez más peleará por el bocado más grande, o mejor, por el cuchillo que corta la tarta? ¿Reflexionar sobre un concepto noble que ya no existe? ¿Deberemos hacer finalmente un ejercicio de fe para no creer en la corrupción de los partidos? ¿O tendremos que vendarnos los ojos para saber a quién votamos? Yo, como bien le dije a este amigo, no sé lo que quiero, sé lo que no quiero. Quizás yo tampoco conozco la etimología de palabras tan nobles. Quizás no quiero vestirme con trajes ajenos. Quizás, como Heráclito, creo en la sabiduría a través de los contrarios. Quizás no quiera ser “político”, sino apolítico. Pero sólo, y como el filósofo efesio, quizás no sepa de lo que hablo.