«Nosotros, que teñimos de sangre el mundo […]»

Me enteré en el trabajo. Me dijeron que una furgoneta se había llevado por delante a no sé cuántas personas. Que había sido sin pudor, sin vergüenza, sin piedad. Mientras yo no alcanzaba siquiera a encajar la noticia, las Ramblas de Barcelona ya estaban tiritando de pánico. Me apresuré a Twitter. Vi media docena de vídeos en los que sólo había sangre, histeria, vértigo. El cuerpo comenzó a temblarme. Otra vez no, me dije. Me llevé las manos a la cabeza. No puede ser. No puede ser que el horror se cierna de nuevo sobre más inocentes. Al instante leí las alertas de varios periódicos nacionales: La Vanguardia hablaba de atentado terrorista sin contrastar fuentes oficiales. Algunos usuarios se encaramaban a sus pantallas y daban rienda suelta a ese tipo de rabia que llamamos «complejos». Haciendo gala de un rencor retorcido, otros difundían el retrato del supuesto autor material, e incluso linkeaban su perfil de Facebook, fomentando así el ciego escarnio público. Mientras, para frenar el morbo de la sangre colectiva, varios perfiles —tomando como modelo una iniciativa que el gobierno belga puso en marcha tras los atentados que sufrieron en marzo del año pasado— proponían llenar las redes sociales con fotos y vídeos de gatos para que todos los que quisieran regodearse en el oscuro signo de la catástrofe sólo encontraran candidez y ternura como respuesta ante el espectáculo perverso de la desgracia. La alternativa tuvo éxito y la gente concurrió. Minutos después, las redes sociales se llenaron de muestras de solidaridad. La empatía y el cariño invadieron internet. Un aviso de que estaban bien, una pequeña nota de amor por Barcelona, versos de Lorca sobre las Ramblas, estallidos poéticos en nombre de la paz y la justicia.

Conmueve, por qué no decirlo, el vuelco al unísono, monolítico, de todas las personas que se apenaron por lo sucedido. Sin embargo, al otro lado de la bondad se encuentra el remordimiento y la pobreza. Pobreza que no es económica ni material, sino mucho peor: es la ignorancia intransigente de quienes nunca querrán ni podrán comprender el mundo porque conciben la vida como una pieza de puzzle a la medida de sus tres milímetros cuadrados de cerebro. A esa porqueriza no le concederé ni una sola palabra más. Sí al resto. Y voy por partes porque «Cuate, aquí hay tomate».

Punto número uno: la endopatía mueve el mundo. Nunca seremos lo suficientemente conscientes de algo tan aparentemente disparatado, pero de ella depende todo lo que sucede en nuestras vidas. Me inclino a pensar que la histeria, la sobreindignación, la forma en la que nos sentimos amenazados e incluso la manera en la que leemos, están íntimamente asociadas al funcionamiento de las neuronas espejo. El principal problema de estas células radica en que sólo se activan cuando observamos al prójimo. Aunque diéramos por sentada la interacción que propician las redes sociales y esto nos indujese a pensar que son idóneas, sucede justamente al contrario. Siendo en realidad una forma sutil de imitación, la empatía no deja de ser un ejercicio basado en la comunicación. ¿Qué está fallando por tanto para que tengamos la certeza de que todo este engrudo no asimile bien la empatía y las redes sociales a partes iguales, cuando en principio éstas allanan el camino para desarrollar las virtudes de aquella? No es un misterio, es una realidad.

Y es algo que se repite en paralelo a los estallidos, los disparos y los atentados terroristas, no sólo ahora en el corazón de Barcelona y horas más tarde en Cambrils, sino en todo el mundo. ¿Cuál es el problema?, me pregunto. Porque la reacción inmediata, quizá la más abultada, la más ruidosa en los medios, sigue siendo el rencor, la venganza, el racismo. El ejemplo, irrelevante por lo demás, de difundir el perfil de Facebook del presunto autor ilustra muy bien el sentimiento popular: el escarnio, el ensañamiento, el hostigamiento colectivo, conducir a la hoguera pública a los asesinos parece saciarnos. Por suerte sabemos que no es así: al igual que los yihadistas no representan de ningún modo al Islam, esos cuatro cafres que claman justicia pidiendo la cerviz de los villanos tampoco pueden representar a la completa totalidad de la opinión pública.

Pero la cosa es más compleja. Muchos otros sectores parecen zanjar el problema cuando la respuesta ante todas estas formas agresivas de combatir la violencia pasa por una declaración oficial de rechazo y condena por parte de las instituciones competentes. Discrepo profundamente. Idéntico error es creer dar por cerrado un conflicto de esta magnitud por el simple hecho de que una organización islámica repudie los atentados, como pensar que un grupo de ignorantes puede dar voz a todo un país y además representarlo. Muchos estaréis preguntándoos quién demonios ha dado por cerrado el conflicto, si yo no me habré vuelto loco o estaré diciendo gilipolleces por capricho. Me apoyo en los que han reivindicado justicia en diversos medios y han salido en favor de la equidistancia, tan necesaria y tan bochornosa a veces. Pero volvamos al meollo de la cuestión: la hipocresía.

Las muestras de cariño son necesarias, clamar justicia es un deber común, la solidaridad jamás sobra. Si la demostración es pública, y además contagiosa, nadie debería oponerse a los buenos sentimientos. Bien hasta aquí. El problema viene después, o durante, y voy a explicarlo con un símil que considero elocuente. Pensemos por un momento en las campañas de fomento de la lectura, en el Día Internacional del Libro, de los Humedales o en cualquier otro pretexto que se nos ocurra. Ahora hagamos memoria. ¿Ha conseguido el Día Internacional del Libro fomentar la lectura? ¿Ha conseguido el Día Internacional de los Humedales concienciar a la población sobre los riesgos que corre nuestro medioambiente? Aunque algunas voces sean optimistas y los porcentajes hayan sufrido una ligera variación, sabemos que no. Mientras, lo que sí sabemos es que la dimensión publicitaria de ambas iniciativas obtienen una gran acogida: la gente se hace eco de los libros, de los humedales, y muchos cuelgan fotos, consignas, aforismos, y así nos alertan de que algo tan importante no puede olvidarse. Es sorprendente porque, sin pretenderlo, están propiciando lo contrario. Y es aquí donde entran las redes sociales y donde la nefasta (por cierta) premisa de McLuhan reverbera de un modo irritante: «El medio es el mensaje». Exacto. Sólo que en esta ocasión se trata de un mensaje vacío, como vacío es el medio en que se expresa.

Hace ya tiempo publiqué un artículo en el que incluía una cita del filósofo Alain Verjat a la que creo que no se le ha prestado la suficiente atención: «La abundancia de mensajes es inversamente proporcional a la atención que se les presta». Lamentablemente permanece vigente.

¿Nos nos aterroriza pensar que la forma de reivindicar la paz frente a un atentado terrorista sea sospechosamente similar a la de cualquier campaña publicitaria de carácter comercial? Debería. Debería preocuparnos porque son formas sofisticadas que el sistema de mercado lleva a cabo para saciar el hambre del contribuyente y sumirlo en la falsa gratitud de las buenas acciones. El objetivo es vender. Y cuando el capital no se vende, se mantiene en movimiento hasta que se revaloriza. Es entonces cuando se vuelve a vender. Este movimiento de capital lo componen las frases, fotos, versos y proclamas que colgamos en nuestras redes sociales en pos de la ingenua justicia universal. Y así con todo. De ahí la proliferación de obituarios, reivindicaciones año tras año ocasionalmente ridículas, homenajes a personajes relevantes a través de doodles de Google y demás mercadotecnia enmascarada.

Por otro lado, cabe preguntarse sobre diversas cuestiones incómodas a las que a menudo no tenemos el coraje de enfrentarnos y que comparten una matriz común. Si nos hemos demostrado que vivimos en un mundo en el que la democracia es el mejor de los peores sistemas políticos que podemos adoptar, primera pregunta: ¿por qué los políticos se enriquecen en el ejercicio del servicio público? ¿No debería ser un ámbito profesional, el primero de todos ellos, que sirviera de ejemplo a la justicia, la ecuanimidad o la moderación? La misma respuesta vale para contestar otras dos preguntas, más incómodas si cabe: ¿por qué las guerras no sólo no son sangrías económicas sino que engranan el motor de los mercados y hacen de la muerte y la producción de armamento un negocio rentable y lucrativo? Aún hay más, quiero ir más lejos, pues algo retorcido palpita en mi interior: ¿por qué la prensa misma sale beneficiada con estas noticias? Puede parecer una superchería, pero ustedes saben que no lo es tanto. ¿Qué sería de los grandes medios de comunicación si por cada catástrofe optaran por un silencio informativo de luto, pongamos, de dos o tres días? Ellos enarbolarían el derecho a la información que todo país primermundista debe garantizar, pero ¿existe la certeza de que la comunicación inmediata contribuye a una mejor información? Permítanme que dude. Me viene a la cabeza la cita de Verjat, los mercados y la forma camaleónica de vender cosas con palabras hermosas que no se ajustan a la verdad. Umberto Eco habló durante treinta años sobre este problema y el mundo sigue siendo el mismo. Ustedes también lo saben. Por eso, sólo por ser consecuente conmigo mismo, he rechazado publicar este artículo en una revista o un periódico con el que obtuviese un beneficio económico. No necesitamos monedas, lo que necesitamos es valor.

¿Pero qué demonios quiero decir con todo esto? Pues algo muy sencillo por lo que podrán lapidarme si lo desean, pero antes escúchenme dos minutos con atención: lo único que puede desactivar el odio, el racismo, la desigualdad, la ignorancia o el terrorismo es nuestra capacidad de ser humanos. No nos hacen falta comunicados oficiales ni escarnios públicos que sacien nuestra sed de venganza irracional; no hace falta que todos clamemos “Tots som Barcelona” si después hacemos muecas de desaprobación cuando nos cruzamos con un inmigrante maloliente por la calle; no vale de nada deshacernos en baba de amor público si después no tendemos nuestra mano a una madre que quiere apearse del autobús con el carrito del bebé a cuestas; no vale de nada tanta empatía si ésta no aspira a trascender el simulacro vistoso en nuestras redes sociales. No nos hace falta más virtualidad, que por otro lado sólo contribuye al ruido, sino sólo y exclusivamente humanidad. No necesitamos el ingenio de Carlos del Amor diciendo en antena: «Yo rambleo, tú rambleas, él ramblea». No necesitamos artificio, simulacro o maquillaje entre bambalinas, sino una humanidad real, no literaria. Pues la convivencia es la mayor amenaza contra el fanatismo y el desajuste social del mundo. Es ahí donde debemos revolucionar la vida y no en nuestros perfiles de Facebook. Y no soy yo un inquisidor, jamás he censurado a nadie, tiendo a escuchar a todo el mundo y para mí es algo sagrado, pero estos días compruebo con desagrado una impudorosa inclinación a la incontinencia verbal mientras no cesamos en el empeño de llenarnos la boca con la palabra respeto. Tal vez la muestra más solidaria y respetuosa no sólo ya hacia las víctimas de las Ramblas, Barcelona o Cambrils, sino hacia el universo entero, empiece desde el momento en que ponemos un pie en la calle y tratamos de convivir con nuestros iguales. Iguales, insisto en esta palabra: ni extranjeros ni inmigrantes, IGUALES.

El mundo es un lugar inmenso en el que hay lugar para todos y convivir debería ser la palabra más pronunciada de estos últimos años pero, qué curioso, ninguna corporación le ha dedicado hasta ahora un homenaje. ¿Realmente lo necesitamos para saber que existe?

Anuncios

Italia (4 dic 2016) /// Un referéndum para confundirlos a todos

A Carlo le cuesta afirmar que «las cosas no están bien como están». Me lo dice mientras arranca los flejes de un fardo de periódicos. Son las siete de la mañana y mira al cielo con los brazos en jarra, sofocado por el esfuerzo, agotado por dentro. Si uno quiere medir el pulso político de la actualidad en Italia ha de acudir al kiosco, a la cafetería, al banco de la placita. Son auténticos epicentros de la alegría y el malestar de la gente, del bienestar y el desagrado, cuyo margen de error, muy lejos del Quirinal, Montecitorio o el Palacio Chigi, es mínimo, casi una anécdota.

Por la manera en la que habla, Carlo no se siente excesivamente cómodo en su país. Tiene 49 años y no aspira más que a mantener su kiosquito, modesto tal vez, pero engalanado por la hermosa rutina diaria, el contacto estrecho con la gente y el encanto de lo puro humano. Sin embargo las cosas no funcionan. No le gusta lo que ve. «¿Qué tenemos que perder? ¡Las cosas ya son desastrosas!». Se refiere al referendo constitucional que ha propuesto el gobierno de Matteo Renzi, una reforma que no todo el mundo conoce con precisión y por la que cerca de cincuenta millones de personas están llamadas a votar este domingo.

Una hora más tarde, ochenta metros en línea recta, detrás del mostrador de una cafetería que regenta, Andrea opina lo contrario. Me sirve un espresso, menciono el nombre del primer ministro y su cara me devuelve una mueca de condescendencia. No soporta «el circo de ese señor». Mientras me lo explica gesticula, se estremece, alza la voz incluso: «¡Yo no quiero que las cosas vayan peor de lo que están!». Si Carlo confía en el SÍ, Andrea se decide rotundamente por el NO. «No queremos una reforma que permita a ese señor acampar como quiera en su propio gobierno».

Uno de los argumentos más frecuentes entre los partidarios del NO es que la propuesta de Renzi diseña un esqueleto institucional hecho a su medida. Los medios internacionales, al contrario de lo que podría esperarse, no sólo no ofrecen claridad sino que además fomentan la confusión. Desde que el Financial Times puso el grito en el cielo el pasado domingo, la voz hegemónica de los Estates se ha propagado como el fuego en una cabaña de chamizo. Conclusión: la opinión pública internacional cree que el SÍ es una alternativa capaz de llevar adelante a un gobierno con las rodillas dobladas.

La reforma de la Constitución

En la modificación de la Carta Magna italiana se especifica la intervención sobre 46 artículos de la misma y una serie de medidas estructurales, entre las que se encuentran: abolir el CNEL (Consiglio Nazionale dell’Economia e del Lavoro), un órgano consultivo que cuesta al Gobierno 20 millones de euros al año y donde 64 expertos tienen el cometido de aprobar leyes; disminuir el poder del Senado en favor de la Cámara de Diputados, y para ello reducir drásticamente el número de senadores: de 315 a 100, pasando a estar compuesto por representantes regionales y alcaldes (más 5 elegidos por el Presidente de la República por un período de siete o diez años, dependiendo de la fuente) que no percibirían sueldo ni disfrutarían del privilegio de una condición vitalicia; y por último crear un sistema de iniciativa legislativa popular donde, para derogar o presentar propuestas de ley, son necesarias 150.000 firmas, frente a las 50.000 actuales, con la particularidad de que esta vez sí serían vinculantes, es decir, ineludibles. Con todo, el objetivo es acabar con el sistema bicameral paritario, trasladar mayor responsabilidad a la Cámara y recentralizar el Ejecutivo.

Lo que podría parecer una operación redonda es, en realidad, una reforma criticable desde varios puntos de vista. La recentralización haría que la supervisión de infraestructuras, la protección civil o las cuestiones energéticas no fueran ya competencia de las regiones, sino del Gobierno central. Esto hace que la gente se cuestione la capacidad real de sus representantes en el Quirinal. Otro punto delicado es la cláusula de supremacía, que, entre otras cosas, permitiría la hipotética disolución de las provincias en cualquier momento.

renzi_5

Un hombre otea la Signoria frente al ‘Biancone’ de Ammannati / Foto: Mario S. Arsenal

La cosa es tan contradictoria que en el mismo seno del partido de Matteo Renzi, el Partido Democrático (PD), hay quien se ha separado de la manada en dirección contraria. Es el caso de Massimo D’Alema, por ejemplo. Aún así, parece que la dislocación es una constante en las dos posturas. El SÍ no goza de unanimidad en bloque, pero el NO es equiparable al Arca de Noé. Por una extraña fuerza de atracción, los polos opuestos se han unido. En ese saco están Beppe Grillo (M5S), Silvio Berlusconi (Forza Italia), Matteo Salvini (Lega Nord) o Mario Monti, es decir, izquierda populista, centro-derecha, ultraderecha y tecnocracia.

Lo que hace desconfiar de este batiburrillo impreciso de posturas que misteriosamente coinciden aunque por definición sean contrarias, es que, por un lado, el M5S ha sido muy habilidoso al haber sabido aprovechar el tiempo que ha transcurrido desde que el SÍ parecía una realidad en Italia (Renzi lo anunció a finales de 2015) hasta hoy, donde los sondeos dicen lo contrario, poniendo en marcha una campaña agresiva de desprestigio contra el primer ministro; y por otro, el hecho de que Forza Italia ha dado su apoyo al SÍ hasta que Sergio Mattarella (contrario al candidato propuesto por Berlusconi) salió elegido Presidente de la República. Aún así, es justo pensar que el SÍ representa la opción económica más sostenible frente a la campaña del NO. Tal vez, eso sí, en detrimento de otras tantas necesidades humanas por las que se inventó la política. Tal vez.

renzi_2

Piazza della Signoria momentos antes de comenzar el discurso / Foto: Mario S. Arsenal

Mientras tanto, Matteo Renzi quiso volver a su tierra para cerrar la campaña referendaria. Congregadas en la Signoria no había menos de 2.000 almas pasando frío y soplándose las manos. Claro que el premier decidió obsequiar el sacrificio con vino brûlé y canapés de porchetta. Un detalle, ministro. Encárguese de felicitar a su jefe de campaña. Por lo demás, para mi sorpresa, muchos jóvenes con ánimo apasionado agitando banderas tricolores y gritando «SÌ» con desmesura. El entusiasmo fue palpable. Y tras más de veinte minutos desde las nueve de la noche, apareció el gran hombre. «Buonasera a tutti!», fueron sus primeras palabras. La gente enloquecía, cien, doscientas banderas ondeando, la Signoria parecía que se caía. Mientras, de fondo, el Heroes de Bowie, el Don’t stop me now de Queen y alguna tonadilla moderna y alegre de Coldplay para dar la impresión de que la política es un estado de ánimo y no una responsabilidad.

renzi_4

Panorámica de la Signoria / Foto: Mario S. Arsenal

El discurso

Se podrán decir muchas cosas sobre Matteo Renzi, pero una es cierta: es un grandísimo orador. Combina a la perfección la cadencia cómica de Roberto Benigni y la sobriedad de Walter Veltroni. Es un maestro de ceremonias extraordinario. Esta vez además contaba con el calor de su pueblo, del que ya fue alcalde (2009-2014). La empatía, por así decir, no era un obstáculo. Sin embargo, no se mostró todo lo preciso que requería la ocasión. No explicó la propuesta, no aclaró la confusión y no aportó ninguna luz; entretuvo a la gente, se limitó a señalar lo que habían dicho otros, lo que habían hecho los demás, y elevó su postura sutilmente hasta la emoción. Nada más. Probablemente de los 15.000-25.000 votos indecisos dependa el resultado, pero no estoy yo muy seguro de que nadie indeciso se fuera a casa convencido del SÍ.

Además se aferró al cliché cultural de la ciudad para ganarse el favor de la gente, la torre de Arnolfo, oh qué obra maestra, la Logia, oh cuánta belleza, la cultura y los valores de la cultura, oh qué grandes somos. Así y todo, no se arredró cuando a mitad del speech se le ocurrió tirar de oportunismo y decir que Florencia la habían creado las mujeres: Caterina, Maria, la electora palatina. Ellas entendieron rápidamente que Florencia pertenecía a la gente y lucharon por su patrimonio. Renzi sólo tuvo que coger un sombrero, hacer un poco de humo, y plas: el beneplácito de las mujeres al bolsillo. No habló de la situación actual del país, del 11% de paro, del descontento, de la desconfianza, pero señaló que Europa, en estos momentos más que nunca, es un caos. Me recordó un poco al «Así son las cosas y así se las hemos contado», un parte informativo de una eficacia sin par. Llegó incluso a perder la cabeza cuando dijo que Italia entera se convertiría en líder de Europa si salía el SÍ. Tal vez él seguiría siendo el líder de Italia, que no es lo mismo. La emoción contenida tiene siempre algún inconveniente, ya saben. Como el que terminase el discurso con unos versos de Lorenzo el Magnífico, que intuyo conocían, no sé, unas treinta o cuarenta personas (de dos mil, se entiende).

renzi_3

Matteo Renzi / Foto: Mario S. Arsenal

¿Qué sucederá después del referéndum?

De vaticinios está la prensa llena, así que es absurdo dar rienda suelta a la imaginación. Por lo pronto, el resultado se reduce grosso modo a dos valoraciones. La opción económica del SÍ, que daría estabilidad a las entidades bancarias en riesgo, recuperaría la confianza de los grandes mercados internacionales y retomaría la ampliación de capital (aplazada ahora hasta 2017) de algunos importantes inversores externos. Y la postura escéptica de que para ahorrar dinero al Estado no es necesario modificar la Carta Magna, dado que es una operación engañosa para abonar un terreno favorable a quienes la propugnan. Aquí se ha producido una opinión de consenso entre los expertos, pues estas últimas semanas voces autorizadas han manifestado una postura crítica frente a la reforma y, sin embargo, ven necesario el SÍ. La oposición ha aprovechado ese bache para lanzar amenazas de todo tipo y azuzar el miedo entre la gente. Y también en dirección inversa. La idea de que Beppe Grillo, de vencer el NO, convocaría inmediatamente un referendo de permanencia en la Unión Europea, forma parte de una campaña de rencillas personales que más se parece a la serie Casablanca que a una campaña de gobierno.

Ahora queda ver qué opina la sociedad italiana. Esta  noche lo sabremos. Personalmente, sólo confío en que acierten.

Eso es todo.

Enlaces de interés

Discurso completo de Matteo Renzi: http://bit.ly/2gUSfJW

Entrevista a Tomaso Montanari (Left): http://bit.ly/2h1JFMq

Artículo de Alessandro Gianetti (Gli Stati Generali): http://bit.ly/2g79GrX

Artículo de Federico González de Buján (ABC): http://bit.ly/2fYUFFa

Artículo de Valentina Romei (Financial Times): http://bit.ly/2h6XUiO

Artículo de Daniele Grasso (El Confidencial): http://bit.ly/2h6YPzY

Sobre el referéndum (Valigia Blu): http://bit.ly/2fmVis0

¿Voto indeciso o desinformado?

Como os sucederá a muchos de vosotros, a mí tampoco me gustaba la política. Nunca, desde que tengo uso de razón, me había motivado lo más mínimo, y mucho menos antes, cuando por no tener no tenía ni cuerpo que me hiciese persona. La política, ¿qué cosa, verdad? La política es un terreno pantanoso lleno de monedas invisibles con las que se especula la seguridad, el comercio y el bienestar de las naciones. Puede servir noblemente a su causa, la pública, pero también convertirse en un instrumento del beneficio privado. Lo raro, a día de hoy, sigue siendo lo primero.

Si uno comprueba el índice de participación en las recientes elecciones de Venezuela (cerca del 75%) cae en la cuenta de lo importante que es la abstención para la perpetuación del poder. Jamás en mi vida había votado hasta este año; siempre consideré inútil mi participación y, es más, la juzgaba coherente con mis antaño candorosas lecturas de Bakunin, Proudhon y los ideales filoanárquicos que consideraba míos. ¡Cómo no sustraerse a aquella belleza suprema de la individualidad! Yo no juego en su juego, me decía. Claro que no jugaba, pero me mentía.

La crisis -cacareada falacia con nombre de avaricia y corrupción- abrió la puerta de nuestra despensa y desde entonces todos somos un poco más políticos y menos olvidadizos. Ahora, una suerte de defensa a ultranza de lo público atraviesa nuestras vidas desde que suena el despertador hasta que apagamos la luz para dormir. Estamos bien informados de lo que sucede a nuestro alrededor y nada parece estar por encima de nuestros derechos, por los que hoy clamamos más fuerte que hace 10 años. Los deberes, por el contrario, me da que siguen siendo otra cosa. Es por eso que un voto coherente y contrastado sólo puede producirse en el ámbito de la información. Y digo información, no militancia. Ya no son imbéciles los que votan contrariamente al partido de Zutano o Mengano, como tampoco son sólo necios aquellos que desdicen sistemáticamente las evidencias periodísticas que dejan el culo al aire del político de turno amigo suyo. La discriminación es bastante precisa: hay gente informada y gente que no lo está. Uno no sabría nada si lo único que hace para ponerse al día es escuchar Intereconomía o ver Televisión Española. Como pueblo, ciudadanía o encarnación de la soberanía nacional, hemos sido y somos presa de un tipo de pánico informativo que se nutre de escándalos y constantes refriegas. Los medios lanzan sus exclusivas y la gente las recibe. Dependiendo de la intensidad simpática y reivindicativa con que recibimos tal o cual noticia, nos hacemos eco de la misma para denunciarla, criticarla o defenderla. Una costumbre saludable que grosso modo no estaría de más incluir entre los beneficios que nos han dado las redes sociales.

Ahora tenemos la responsabilidad de decidir si ejercemos nuestro derecho al voto votando o absteniéndonos. Hace cinco años hubiera sido rotundo y me hubiera mantenido al margen. Como ya he dicho, y como muchos de vosotros sentiríais de igual modo, la política no iba conmigo; hasta este momento. Porque jamás me había ofrecido, digámoslo así, la confianza necesaria para pensar que una papeleta era algo más que una hoja impresa. Evidentemente es mucho más. Y hoy, tras una legislatura en la que, prescindiendo de la repugnante codicia política que tantos casos de malversación de fondos públicos ha destapado, hay que alabar -no se nos olvide- la determinación de ciertos fiscales y jueces ante casos de corrupción mayúsculos y abuso del erario público. Se hace patente que la justicia sí actúa; los que durante cuatro décadas no han actuado han sido los que se han arrogado (sin derecho pero sí con mano derecha) la representación pública de nuestra soberanía.

Pero al bollo, que no es gerundio. Hemos presenciado varias sesiones de debate entre distintas formaciones políticas. Las más señaladas (PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos) han ocupado puestos de privilegio respecto a otros partidos. Dado el carácter grandilocuente de los debates (tanto el organizado por el diario El País como el famoso #7dElDebateDecisivo de Atresmedia, pasando por el Cara a Cara de TVE entre Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, definido en Twitter con el elocuente hashtag de #JetaAJeta) estas formaciones han sido más visibles para un mayor cantidad de personas, siempre en detrimento de los debates secundarios a altas horas de la noche. La ausencia en todos ellos del máximo representante del Gobierno ha sido una treta de marketing fríamente calculada con grandes dosis de cinismo. En primer lugar, porque el presidente decidió no asistir al debate de El País pero sí sentarse en un sillón, cenar mejillones al vapor y jugar una partida de futbolín con Bertín Osborne, regalándose mutuamente la nada despreciable cifra de 4.350.000 espectadores. Comprenderán que el debate de El País pueda considerarse, en este sentido, un acontecimiento minoritario. Por otra parte, nuestro Jefe de Estado decidió delegar en Soraya Sáenz de Santamaría la representación presidencial para encarar el debate promovido por Atresmedia. Error. Logró que el Partido Popular y la imagen de gobierno fortalecieran exclusivamente al electorado añejo, vetusto, tradicionalista y, sobre todo y hasta que se demuestre lo contrario, escéptico de la información plural. Francamente, me es difícil creer que un alto porcentaje de personas entre 20 y 35 años destinen su voto -siempre un voto coherente y contrastado- al PP sin un tiránico condicionamiento familiar o por la simple pertenencia a un elevado estatus socioeconómico.

A estas alturas de la película las regalías políticas, que se suceden día sí y día también, son pequeños señuelos que pretenden persuadir y rebañar el voto, insisto, indocumentado. La distancia perfecta para comprenderlo sería pensar en nuestros abuelos: ancianos que no manejan las redes sociales con soltura y para los que Internet es poco menos que el Más Allá; gente para la cual la información se reduce a un canal de televisión, dos programas de radio y el periódico local correspondiente; esto, claro está, si suponemos que están al tanto, que es mucho decir, pues la vida es la que es y todos no disponen (como es lógico, o no) del tiempo necesario para leer todas las mañanas tres, cuatro o cinco cabeceras de periódicos de tirada nacional. Sin mencionar la prensa independiente, que por lo general se desenvuelve en entornos digitales y que a día de hoy marca esa diferencia informativa. No digo que única y exclusivamente este tipo de prensa disgregue al electorado coherente del desinformado, sino que es la principal herramienta para cotejar noticias generalistas que a veces están conducidas por intereses que desconocemos.

He vuelto a casa y me ha llegado salpicada la noticia de la agresión a Mariano Rajoy en Pontevedra. No creo que sea necesario explicar que todos, políticamente todos, deberíamos desaprobar el uso de la violencia para hacer valer principios de dominación en detrimento de la convivencia. Ya lo sé: ¿y qué pasa con los que se han pasado por la Puerta de Brandemburgo el pacto democrático y el estado de bienestar por el Arco de Constantino? Paciencia, demonios, paciencia. Con hostias el ser humano sólo ejercita la parte animal que lleva dentro; justo la que no necesitamos cultivar en este momento tan delicado en el cual el Chiringuito de Playa 1978 -lugar placentero regentado por tres honestos entre millares de indocumentados- se aviene a su propia autodestrucción. Resumamos, por tanto: VIOLENCIA NO.

Ahora bien, si este artículo tiene algún propósito es el de animar a afrontar la tesitura del 20D con coherencia y responsabilidad, en un sentido u otro. No mendigaré votos para ningún partido pues no pertenezco a ninguno; antes bien, haré un repaso global de impresiones por si alguien se ve reconocido en ellas. Antes de proceder me veo en la necesidad de aclarar que soy un ciudadano más y que estas opiniones son sólo mías, no valen más que las tuyas ni menos que las de nadie, no representan a nadie pero sí tienen preferencias. Si tú, querido lector, querida lectora, os sentís identificados en algo, el esfuerzo nihil obstat habrá merecido la pena.

Dicho esto, realmente no sé por dónde empezar. Improvisaré. ¿Qué tal analizando la correspondencia por correo ordinario de los partidos? Hasta hoy, sábado, sólo he recibido cuatro, en riguroso orden: PSOE, PP, Ciudadanos e Izquierda Unida (Unidad Popular).

PSOE / Quería pero no podía

La carta de Ferraz sigue un modelo pulcro, conciso y elegante. «Sobria» es la palabra que mejor definiría el aspecto general. Eslogan rojo «uN futuro paRa l@s jóveNes» sobre fondo blanco. La tipografía demuestra cierto interés por compadrear con la modernidad -¿mola o no mola la arroba?, ¿y la alternancia de mayúsculas y minúsculas, qué?- pero cae en el estrepitoso ridículo de quien se las da de conocer a los jóvenes y en realidad acaba como decía mi abuela: «tú lo único que sabes es a tocino rancio». Un desastre. Pero hay notas que, como el tono directo, me parecen efectivas: «Hola, Mario». Me apela a mí, lo cual no implica otra cosa que un gasto extra en el texto para modificar la entradilla general. Algo es algo. Con todo, adolece de algunos vicios. La virtud del mendigo, por ejemplo, que es precisamente la de pedir: «Y, sí, es para pedirte que me votes». Sincero, Pedro, pero mal. Después ya se precipita al vacío: «Es probable que tú, o alguno de tus amigos, hayáis visto denegada una beca». Un golpe bajo. Con esas cosas no se juega, Pedro. Se llama ser «ruiz»; perdón, «ruín». Y además, ¿quién ha notificado en Ferraz que estoy esperando una beca? Aún se me ocurren más preguntas: ¿quién ha facilitado mi dirección postal en la sede del Partido Socialista Obrero Español? Porque yo no he sido. En fin, qué importa, me digo. El final de la carta es como un decálogo para ese cándido y amable comercial -«distribuidor independiente», que para todo hay estilo ahora- que llama a tu puerta a las tres de la tarde ofreciéndote una nueva tarifa eléctrica. Y lo primero de todo, nunca lo olvides: menciona a tus rivales y menosprécialos. Pedro, eso se llama mezquindad. Aunque, a juzgar por lo que he visto, es a lo que el PSOE se ha limitado en los debates.

PP / Oigausté, yo quiero mi bocadillo

De entrada, la carta se abre con un: «Estimada amiga, estimado amigo», que es como dirigirle un guiño, guiño, codazo, codazo al voto femenino. Sin comentarios. Atendiendo a la tipografía, la extensión a doble cara y esa especie de horror vacui que domina toda la misiva, diría que se parece a un mensaje a la desesperada. Entona el mea culpa por todas las imposturas llevadas a cabo en la legislatura: «Nos equivocamos, como he dicho en muchas ocasiones, dando nuestra confianza a personas que no la merecían, y no hay día que no lo lamente». Pero… Cuando despertó, «Luis, sé fuerte» todavía estaba allí. Tras casi una docena de párrafos, insiste en ser pedigüeño: «Y termino como empecé, pensando qué decir para pedir tu voto. […] Pero no es necesario que pensemos igual en todo para que nos votes. Solo que creas que somos la mejor opción». Lo pensaré, Mariano.

C’s / ¿Ve ese sillón grande? Póngamelo que me lo llevo

Si la carta tradicional basada en argumentos es lo que hasta ahora se había impuesto de manera anodina, la de C’s es como un PowerPoint que está más relacionada con el coaching y las prácticas de empresa que con la política. La carta, como digo, se reduce a la mitad de una cuartilla y tira de colores para reseñar una docena de puntos clave distribuidos en cuatro apartados: «Las personas», «Un país de oportunidades», «Con las manos limpias» y «Sin bandos». Blanco, naranja, blanco, naranja. Esa es la estrategia. Un hermoso caramelo a imagen y semejanza de sus candidatos. No se detiene en apelar, no utiliza el vocativo y tampoco desarrolla su plan. No pide el voto, lo cual es un acierto. Pero resulta insuficiente por la escasa empatía con la que se dirige al electorado. De eslóganes como «Vota con ilusión» y «Imposible es sólo una opinión» sólo salvaría el arrojo de salvar la tilde diacrítica del «sólo». Sin duda estos muchachos apuntan maneras, lo que no sabemos es hacia dónde.

IU / Ecología utópica de izquierdas

Se palpa el recorte en el presupuesto de la campaña electoral. Desde la misiva, vaya, que no se anda por las ramas con sus sobres y sus folios, sino con un sólo desplegable en el que aparecen, lacónicamente, la lista y el discurso. Señala que la responsabilidad de la precariedad es cosa de los gobiernos anteriores; lo hace con tacto y moderación pero entre exclamaciones: «¡Hay responsables! […] ¡Unámonos para echarles!». De los que concurren en este sumario análisis, es el único que no sólo habla del futuro que está en juego, sino de las generaciones que están por llegar: «No nos jugamos las próximas elecciones. Nos jugamos las próximas generaciones». Reconozco que Alberto Garzón es el candidato que, individualmente, me inspira mayor simpatía. Y no sólo por la exclusión que ha sufrido en los debates mayoritarios, sino también por la trayectoria y el carácter que ha podido verse en todos los medios en los que ha hecho declaraciones. «Llevamos toda una vida luchando», dice la carta. Es cierto, aunque portando el estigma de una izquierda sumida en la debilidad porque ha carecido del respaldo popular necesario. Es decir: sí, pero no.

The show must go on

Dicho esto, nos quedarían muchos partidos políticos que juzgar por sus cartas electorales. Aún así, no es necesario recurrir a la semiología para analizar las distintas opciones. Algunas, de hecho, parecen tener un color mortecino antes incluso de haber nacido. Es el caso de UPyD y VOX, por ejemplo. Formaciones que por lo único que parecen estar luchando es por un pedazo del pastel parlamentario, un sillón en las Cortes, un cómodo asiento anónimo en el Senado, con la excepción de casos aislados.

Por lo demás, creo que la izquierda más avezada sigue estando representada por Podemos e Izquierda Unida (Unidad Popular). La formación de Pablo Iglesias goza de un mayor recibimiento pero Alberto Garzón es el político mejor valorado en las encuestas. Tengo la sensación de que el programa de IU sigue flaqueando porque sigue apelando a la utopía discursiva de las izquierdas históricas, que en puridad no dista mucho del programa de Podemos. Aunque, en cierto modo, parece que se han anclado en una dinámica (ahora moderna pero desde siempre tradicionalista de oposición) que no consigue estimular a una buena parte del electorado que teóricamente debería serles afín. ¿Por qué? Y todavía más allá: ¿por qué Podemos e IU no se han unido? ¿Por qué demonios no se crea una izquierda poderosa ahora que sí hemos podido? Creo que esta última pregunta nos la hemos hecho todos. Todo son mamandurrias, pero está claro que unos y otros no están avalados por el mismo poder popular.

En cualquier caso, cambiando de tercio, me hace mucha gracia la expresión recíproca del «mojarse». ¿Desde cuándo ha habido un motivo más justificado que el posicionamiento político para discutir con las personas? Ah, esperen, lo mismo esto del «mojarse» tiene más que ver con los palmeros y las gentes que sólo en un ámbito de afinidad son capaces de reconocer las virtudes del otro. Ahora lo entiendo mejor. Así que sí, me mojaré, pero sin persuadir ni pretender caerles simpático por mis ideas. Voy a votar a Podemos. Pero alto ahí, yo no soy chavista, ni comunista ni populista ni demagogo. La única forma que tengo de justificar mi voto es siendo sesgado, egoísta y tal vez erróneo, pero personal.

No sé tanto acerca de lo que quiero como de lo que no quiero. Es decir, mi opinión está sujeta, como la vuestra, a aspectos que desconocemos. ¡Quién conoce la verdad y el futuro! Por nuestro bien, espero que nadie. El que yo me decante por Podemos es fruto, esencialmente, de lo que no quiero ni deseo volver a vivir como ciudadano de pleno derecho, ser humano u organismo sensible. No quiero ver cómo se investiga durante 20 horas la sede de un partido y las evidencias de encubrimiento o destrucción de pruebas no son suficientes para que ningún responsable, en nombre de la vergüenza ajena, dimita. No quiero más trajes públicos para privados, no quiero más Gurteles ni Aznares ni ser cómplice de guerras injustificadas. No quiero más ministros -digamos ministriles- que sepultan derechos universales. No quiero que más chusma sin vocación quiera representarme sin arrestos para ejercer la responsabilidad. No quiero más Génovas ni Ferrazes. No quiero más imputados que reclaman dinero para la escuela de equitación de sus hijos mientras nuestros abuelos se han partido la espalda durante toda su vida para llenar los bolsillos de tres hijos de puta. No quiero más universidades públicas en las que para entrar se necesita una cuenta corriente de cuatro dígitos. No quiero más angustia ni vergüenza. No quiero ser parte de un país en el que me hacen sentir culpable. Porque un país que nos hace sentir inútiles, no es un país.

En este sentido, la gente de cierta edad se siente alejada de la sangre joven. Claro. Hace ya mucho tiempo que la brecha generacional es una realidad. Tal vez la que mejor explica que nuestros mayores observen con escepticismo y descreimiento nuestro impertinente vitalismo. Algunos de ellos han vivido la guerra, unos pocos han conocido el hambre y muchos de ellos saben lo que es pasarlas putas. Nosotros sólo hemos pensado sobre ello, que no es poco, pero estamos viviendo algo que ellos jamás han vivido: la mentira de que la autosuficiencia no es suficiente. Me refiero al «Estudia y colócate». Como si un tartamudo te contara un chiste malo.

Y ahora con franqueza: pienso que quien destine su voto al PP o al PSOE no se ha enterado de la película o se ha enterado muy bien pero sucede que participa del establishment. Tan sencillo, tan complejo. Hemos vivido 40 años en el sueño (de humo) de 1978 como si aquello hubiera sido una quimera. Sólo ahora hemos conocido el significado de la política como un gran partido de tenis en el que la bola era el símbolo de nuestro bienestar. ¿De veras vais a votar a Pedro Sánchez enardecidos por el histórico y primigenio espíritu socialista? ¿A Mariano Rajoy porque las políticas de derechas siempre han llevado muy bien la contabilidad? Todo ha sido un mito. El PSOE lleva años pasándose a la torera los ideales que lo fundaron y el PP ha sido un nido de corrupción tan clamoroso que uno no sabe si tendría que olvidarlo para siempre o tenerlo presente todos los días de su vida. Yo voy a recordarlo, pero sólo cuando vaya a votar. No quiero más monopolios. No más -si es decible- bipolios políticos. ¿No os dais cuenta? Las Cortes, la sede de la soberanía, ha estado ocupada por gente que no ha podido luchar por los derechos sociales porque ellos mismos nunca supieron qué demonios era aquello de la precariedad. ¿Cómo han podido saberlo? Mi voto para la candidatura de Podemos estriba tanto en una visión de futuro como de presente. La inexperiencia no me importa tanto si en el intento por lograr algo valioso derrumbamos la vieja política y la convertimos en un instrumento justo e igualitario. No estoy pidiendo el voto hacia Podemos ni estoy criticando la campaña de Ciudadanos o de UPyD; tampoco os animo a que cedáis vuestro voto a Alberto Garzón por representar a la izquierda más noble de este país. Sólo os insto a que penséis que el bipartidismo es lo que ha sepultado este país y a nosotros con él. Mantener el statu quo es el error. Hay que mover la política y eso pasa por experimentar con nuevas fórmulas. Hemos podido comprobar el cambio sustancial en las alcaldías de Madrid, Barcelona, Cádiz. ¿Por qué no a nivel nacional?

Bipartidismo MALAGON

Si habéis llegado hasta aquí después de esta perorata mía, os doy las gracias y espero que todos los indecisos se sientan animados a votar. Vuestro voto, sea para quien sea, cuenta. Participando se cambian las cosas que nos parecen injustas. A mí me ha costado 15 años aprenderlo, y si yo he podido, no tengáis la menor duda, todos podéis hacerlo.

(*) Todas las viñetas han sido extraídas de la revista CTXT gracias al permiso y cortesía de Malagón. Muchas gracias, maestro.

Ernst Fischer /// Interpretación(es)

Ernst Fischer (1899-1972) / Foto: ÖNB-Wien ©

«Nietzsche, que comprendió la decadencia mejor que nadie, consideraba que el nihilismo era uno de sus rasgos esenciales. Anunció «el apogeo del nihilismo»: «Toda nuestra cultura europea se orienta, desde hace tiempo, en medio de una torturada tensión que aumenta década tras década, hacia algo muy parecido a la catástrofe: incansablemente, violentamente, precipitadamente […]». Y así describió la época a que hemos sido «lanzados» (esta idea de ser lanzados en nuestra propia época había de convertirse en uno de los temas del existencialismo):

[…] una época de gran decadencia y desintegración internas […]. El nihilismo radical -dijo- significa la convicción de que la existencia es absolutamente insoportable […]. El nihilismo es un estado patológico intermedio (la generalización colosal, la conclusión de que nada tiene sentido es puramente patológica), tanto si se debe a que las fuerzas productivas no son todavía lo bastante fuertes como si se debe a que la decadencia es todavía vacilante y no ha encontrado sus medios auxiliares […] El nihilismo no es la causa, sino, únicamente, la lógica de la decadencia.

Foto: VGA

Fischer con apenas 20 años / Fuente: Das Rote Wien

»El nihilismo se ve, pues, como resultado, como expresión de la decadencia. Pero Nietzsche, incapaz de comprender la dialéctica social, no pudo ver la conexión de esto con el capitalismo ya superado. El nihilismo, ya anunciado por Flaubert, es una actitud auténtica para muchos artistas y escritores del mundo burgués contemporáneo. Pero no hay que olvidar que ayuda a muchos intelectuales que se sienten incómodos e inquietos a reconciliarse con situaciones y condiciones inicuas, es decir, que su verdadera naturaleza no es, a menudo, más que una forma de oportunismo dramatizado. El escritor nihilista nos dice: «El mundo capitalista burgués es perverso. Lo digo sin compasión y llevo mi opinión a sus consecuencias más extremas. No hay límite a su barbarie. Y quien crea que en este mundo   hay algo por lo cual valga la pena vivir, algo digno de la humanidad, es un loco o un estafador. Todos los seres humanos son estúpidos y perversos, tanto los oprimidos como los opresores, tanto los que luchan por la libertad como los tirnaos. Y para decir todo esto se necesita valor». El lector me permitirá que continúe con unas palabras de Gottfried Benn:

Pienso que quizás es mucho más radical, mucho más revolucionario, mucho más exigente para el hombre fuerte, duro y dispuesto, decir a la humanidad: Sois lo que sois y nunca seréis otra cosa; así vivís, habéis vivido y viviréis siempre. Si tenéis dinero, tenéis salud; si tenéis poder, no tenéis necesidad de mentir ni venderos; si sois poderosos, tenéis razón. Así es la historia. Ecce historia!… Quien sea incapaz de soportar esta idea es un gusano más entre los que moran en la arena y en la humedad. Quien pretenda, mirándose en los ojos de sus hijos, que todavía queda una esperanza, está cubriendo los relámpagos con la mano pero sin poder librarse de la noche que separa las naciones de sus ciudades […]. Todas estas catástrofes son hijas del destino y de la libertad: son flores inútiles, llamas sin poder; y tras ellas, está lo impenetrable, con su limitado No.

Ernst Fischer en 1952 / Foto: USIS-ÖNB ©

»Todo esto parece más radical que cualquier Manifiesto comunista, pero la clase dominante sólo se opone ocasionalmente a este «radicalismo». Más aún: en épocas de revolución, el nihilismo resulta virtualmente indispensable para la clase dominante; más útil, en realidad, que las apologías directas del mundo burgués. Las apologías dirctas se ven con desconfianza. En cambio, el tono radical de la acusación nihilista parece tener ecos «revolucionarios» y puede, por ello, canalizar la revuelta hacia vías carentes de objetivo y crear una desesperación pasiva. Sólo cuando la clase dominante se siente excepcionalmente segura y, sobre todo, cuando está preparando una guerra, deja de soportar el nihilismo anticapitalista; en estos momentos exige una apología directa y referencias a los valores «eternos». El radicalismo nihilista corre entonces el peligro de ser acusado de «arte degenerado».»El artista nihilista no acostumbra a tener conciencia de que, en realidad, se está entregando al mundo capitalista burgués, de que al condenarlo y negarlo todo absuelve este mundo como un marco adecuado para la perversidad universal. Para muchos de estos artistas, subjetivamente sinceros, no es fácil comprender las cosas que todavía no han germinado plenamente y trasladarlas al arte. Esto se explica por varias razones, entre ellas las siguientes: en primer lugar, la clase obrera no ha permanecido totalmente limpia de influencias imperialistas en el mundo capitalista: en segundo lugar, la superación del capitalismo, no sólo como sistema económico y social sino también como actitud espiritual, es un proceso largo y penoso y el nuevo mundo no surge gloriosamente perfecto sino marcado y desfigurado por el pasado. Para distinguir los estertores agónicos del viejo mundo de los dolores del parto del nuevo, el edificio ruinoso del edificio sin acabar, se necesita un alto grado de conciencia social. También se necesita un elevado grado de conciencia social para describir el nuevo mundo en su totalidad, sin ignorar o, peor aún, idealizando, sus rasgos repulsivos. Es mucho más fácil ver únicamente lo horrible y lo inhumano, la superficie devastada de la época y condenarla que penetrar en la esencia misma de la realidad futura, sobre todo si tenemos en cuenta que la decadencia tiene más color, resulta más llamativa, es más fascinante que la laboriosa construcción de un nuevo mundo. Y, finalmente, no hay que olvidar que el nihilismo no comporta ninguna obligación.»

 

Ernst Fischer, La necesidad del arte, Barcelona, Península, 2001 (1959), pp. 133-137.

Antoine Compagnon /// Interpretación(es)

Antoine Compagnon (Bruselas, 1950) / Foto: Olivier Roller

Antoine Compagnon (Bruselas, 1950) / Foto: Olivier Roller

«El contrarrevolucionario es, en principio, un emigrado, en Coblenza o en Londres, que pronto se encontrará exiliado en su propia casa. El contrarrevolucionario hace ostentación de su desapego real o espiritual. Y todo antimoderno seguirá siendo un exiliado interior o un cosmopolita reticente a identificarse con el sentimiento nacional. Huye continuamente de un mundo hostil, como «Chateaubriand, el inventor del No estoy bien en ninguna parte», según Paul Morand, quien encuentra la misma tendencia en todos sus precursores: «El gusto por el adorno, en Stendhal. “Esa grave enfermedad: el horror del domicilio“, de Baudelaire. / Vagabundear, para librarse de los objetos. / Los dos nihilismos; el nihilismo izquierdista, el nihilismo reaccionario». El último poema de Las flores del mal en 1861, El Viaje, enuncia el credo antimoderno. Frente al tradicionalista que tiene raíces, el antimoderno no tiene casa, ni mesa, ni cama. A Joseph de Maistre le gustaba recordar las costumbres del conde Strogonov, gran chambelán del zar: «No tenía dormitorio en su enorme residencia, ni siquiera cama fija. Se acostaba a la manera de los antiguos rusos, sobre un diván o sobre una pequeña cama de campaña, que hacía colocar en cualquier lugar, según su capricho». Barthes se reconocerá fascinado por esta frase que descubre en la antología de De Maistre que hizo Cioran y que le recuerda al viejo príncipe Bolkonski de Guerra y paz. Basta con ella para perdonárselo todo a De Maistre.

»Si la contrarrevolución entra en conflicto con la Revolución -segunda característica- es en los términos (modernos) de su adversario; la contrarrevolución replica a la Revolución con una dialéctica que las vincula irremediablemente (como De Maistre o Chateuabriand y Voltaire y Rousseau): de este modo el antimoderno es moderno (casi) desde su origen, parentesco que no se le pasó por alto a Sainte-Beuve: «No hay que juzgar al gran De Maistre por el rasero de un filósofo imparcial. Siempre está en pie de guerra, como Voltaire; como si quisiera tomar asalto a Voltaire a punta de espada». Faguet terminaba diciendo a propósito de De Maistre: «Se trata del espíritu del siglo XVIII contra las ideas del siglo XVIII».

»En su calidad de negador del discurso revolucionario, el contrarrevolucionario recurre a la misma retórica política moderna: en la propaganda, Rivarol habla como Voltaire. La contrarrevolución empieza con la intención de reestablecer la tradición de la monarquía absoluta, pero pronto se convierte en la representación de la minoría política frente a la mayoría, y se enzarza en la lucha constitucional. La contrarrevolución oscila entre el rechazo puro y simple y el compromiso que la sitúa fatalmente en el terreno del adversario.

Antoine Compagnon en 2014 / Fuente: Le Figaro

Antoine Compagnon en 2014 / Fuente: Le Figaro

»Tercera característica: habría que distinguir entre contrarrevolución y antirrevolución. La antirrevolución designa el conjunto de fuerzas que resisten a la Revolución, mientras que la contrarrevolución supone una teoría sobre la Revolución. Por consiguiente, de acuerdo con la distinción entre la antirrevolución y la contrarrevolución, nos interesan menos los antimodernos (el conjunto de fuerzas que se oponen a lo moderno), que aquellos a los que convendría más bien llamar contra-modernos puesto que su reacción está fundamentada en un pensamiento moderno. Sin embargo, contra-modernos no es un buen término. Por eso continuaremos hablando de antimodernos, sin olvidarnos de esta puntualización: los antimodernos no son los adversarios de lo moderno, sino los pensadores de lo moderno, sus teóricos.

»Teóricos de la Revolución, acostumbrados a sus razonamientos, los contrarrevolucionarios -o la mayoría de ellos, o lo más interesantes- son hijos de la Ilustración, y a menudo incluso de antiguos revolucionarios. Chateaubriand había visitado Ermenonville antes de 1789 y participado en la primera revolución nobiliaria, en Bretaña, en la primavera de 1789; en su Ensayo sobre las revoluciones (1797), admitía que la Revolución tenía muchas cosas buenas, reconocía lo que le debía a la Ilustración, y eximía a Rousseau de cualquier responsabilidad por sus veleidades terroristas. Bajo la Restauración, para los carlistas pasaba por un jacobino, y por un ultra para los liberales; incluso bajo la monarquía de Julio su oposición fue a la vez, paradójicamente, legitimista y liberal: «se dejó deslumbrar muy a menudo por las ilusiones de su época», lamentará Barbey d’Aurevilly. Burke, un whig, tomó partido por los colonos americanos contra la Corona. De Maistre, antiguo francmasón, siguió siendo hasta el final un enemigo del despotismo. E incluso Bonald, alcalde de Millau en 1789, vivió las primicias de la Revolución en la piel de un liberal. Baudelaire, en febrero de 1848, pedía que se fusilara al general Aupick, su suegro, mientras que Paulhan, convertidoen conservador, recordaba que había empezado su carrera como terrorista. El auténtico contrarrevolucionario ha conocido la embriaguez de la Revolución.

«Maurras, que no era un antimoderno aunque hubiera comenzado su vida como crítico literario, debutó en la carrera política denunciando la ambigüedad de Chateaubriand en 1898: «Prever ciertas calamidades, preverlas en público, con ese tono sarcástico, amargo y desenvuelto, equivale a propiciarlas… Este ídolo de los modernos conservadores representa para nosotros sobre todo el genio de las Revoluciones». Maurras insiste en una nota sobre el hecho de que «Chateaubriand permaneció siempre fiel a las ideas de la Revolución», que «lo que él quería, eran las ideas de la Revolución sin los hombres y las cosas de la Revolución», que fue «toda su vida un liberal, o, lo que es lo mismo, un anarquista». Nadie resume mejor que el futuro jefe de la Action Française la ambivalencia de Chateaubriand respecto a la Revolución y a la Ilustración, ambivalencia que basta para hacer de él un modelo de antimoderno.»

 

Antoine Compagnon, Los antimodernos, Barcelona, Acantilado, 2007, pp. 31-35.

Longino (siglo I d.C.)

«Ahora no quiero pasar por alto, amigo mío, una observación que trataré brevemente. Por una ley natural, las figuras apoyan lo sublime que, a su vez, las fomenta de manera maravillosa. Explicaré dónde y cómo. El empleo hábil de figuras se ve habitualmente como sospechoso, y da la impresión de trampa, artificio y engaño, en especial al dirigirse a un juez que tiene potestad sobre nosotros, así como a tiranos, a reyes y a altos mandos en posición de superioridad. Porque se irritan si ven tratados como niños sin uso de razón a los que se engaña con los ínfimos medios de las figuras de la oratoria, y toman el engaño como ofensa personal, lo cual les enfurece, y aunque disimulen la ira, se resistirán a las palabras persuasivas. Por eso, la mejor figura es aquélla que pasa inadvertida como tal figura. Y, para ello, lo sublime y la pasión son una defensa y estupendo apoyo contra la desconfianza suscitada por las figuras. La destreza empleada queda oculta y se sustrae a toda sospecha desde el momento en que se vincula con lo bello y lo sublime.

Oráculo de Delfos / Fuente: Atenas.net

Oráculo de Delfos / Fuente: Atenas.net

»Un ejemplo concluyente sería el pasaje mencionado «Juro por los que estuvieron en Maratón» [Demóstenes, Sobre la corona]. ¿Cómo disimula el orador la figura? Está claro que mediante su mismo brillo. Así como lo borroso se esfuma a la luz del sol, los artificios retóricos desaparecen de la vista cuando la grandeza los rodea de esplendor.

»No es muy distinto lo que sucede en pintura. Aunque la luz y la sombra estén pintadas en el mismo plano, lo primero que salta a la vista es la luz, que no sólo destaca del fondo, sino que parece estar más cerca. Lo mismo ocurre con lo sublime y la pasión en los discursos, están más cerca de nuestra alma por una suerte de afinidad natural y por su esplendor, pues siempre reclaman más atención que las figuras y dejan velado en la sombra su artificio.»

 

Longino, De lo sublime, Barcelona, Acantilado, 2014, pp. 46-47.