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forosur_cáceres_13, capital del Arte Contemporáneo

Fluxus ©Foro_Sur_Cáceres_13

Fluxus ©Foro_Sur_Cáceres_13

Estuvimos en la feria encuentro de agentes del arte contemporáneo, Forosur_Cáceres_13, durante todo un fin de semana en la ciudad extremeña. Esto fue lo que vimos en una Cáceres que seguirá acogiendo las propuestas más vanguardistas hasta el próximo día 24.

Después de la buena acogida por parte de los medios en su presentación en Madrid, las expectativas sobre el proyecto cultural de Forosur_Cáceres_13 eran halagüeñas. Y no era para menos después de ver la cantidad de actividades que había programadas para la cita. Ya se sabe que toda operación de gestión y administración del erario público se mira con lupa y, naturalmente, no faltará quien se empeñe en ver conspiraciones hasta en una hoja en blanco, pero lo cierto es que las jornadas han resultado ser un éxito. No sólo porque allí se dieran cita importantes nombres académicos, del galerismo o coleccionistas y académicos, sino porque Cáceres se engalanó de arte contemporáneo durante tres días en los que todo el espectro de agentes del arte tuvo la oportunidad de crear redes de comunicación que de otro modo hubiera sido imposible.

Josefa Cortés, directora gerente del Museo Vostell Malpartida, apoyando la iniciativa de este encuentro y reafirmando la validez de Forosur_Cáceres_13, confesó que existía la necesidad de más encuentros de este tipo y que las relaciones entre profesionales casi siempre son reducidas. Ángeles Baños, nombrada galerista de Badajoz, por su parte, afirmaba que de no ser por la asistencia a este tipo de ferias, ella misma sería una desconocida. Estamos en grado, por tanto, de considerar que todo dispendio hacia la cultura en general y en especial a la cultura contemporánea, nunca es en vano.

Quisimos ser cautos y precavidos para no caer en esa ilusión que deriva del entusiasmo, pero a medida que los días fueron pasando y gracias tanto a las actividades alternativas como a las propias exposiciones, nos fueron convenciendo de que lo que allí sucedía era cierto. La cultura vale su peso en oro. Un peso y un oro que nada tienen que ver con las financiaciones o el patrimonio, sino con el capital humano congregado, un valor a la alza sin estimación posible (incontable, por cierto) y de unas posibilidades infinitas en tiempo y espacio. Tuvimos el privilegio de charlar con artistas, coleccionistas y galeristas que nos narraron sus impresiones de manera sincera. El resultado fue que unos pocos se mostraban desilusionados por la escasa salida de sus obras, otros nos contaban con fervor la cantidad de personas con las que habían tomado contacto, de todo tiene que haber, pero la mayoría de ellos coincidió en que la venta no era el objetivo, que esta era una feria (se empeñaban en llamarla así, pero francamente no lo era) donde generar vínculos de mayor relevancia. Sonada fue la cantidad de proyectos futuros que de allí nacieron sin solución de continuidad, o gente que, descubriendo la ciudad de Cáceres, como era el caso del artista vasco Alain Urrutia, cerraron sus galerías (en este caso la Juan Silió) con un éxito de ventas apabullante y certificaron el potencial de este encuentro. El pecunio recaudado de las obras de arte, por lo general, han sido satisfactorio, más de lo que esperaban, lo cual no es sino una alegría doble, pero insistimos en que lo que Cáceres ha encerrado durante un largo fin de semana (empezó el viernes 25 de octubre pero se prolongará a lo largo de un mes más), es mucho más cuantioso.

Cáceres nos recibió con una lluvia apabullante, de esas que sin ánimo de amabilidad se cuelan hasta en las costuras de los zapatos. Una tromba de agua que sirvió de preludio a la fiebre ferial de los dos días siguientes. Después de la presentación con las respectivas autoridades en el Centro Cultural San Jorge, donde sigue estando instalada la exposición del Gabinete Estampa, y tras un cordial recibimiento en la Fundación MCCB (Mercedes Calles – Carlos Ballestero) donde nos agasajaron con generosidad, la Noche en Blanco se presentaba radiante. El agua dejó de dar la lata y algunos aprovechamos para patear el casco antiguo y ver las distintas exposiciones antes de medianoche. El primer lugar al que acudimos fue el Museo de Cáceres. El pozo de Cristina Iglesias, Pozo IV (variación 2), se colocó en el patio del museo provincial y, sin ánimo de desmerecer la pieza, no lucía como pudimos verlo en el 2011 en el Reina Sofía de Madrid. Posiblemente el espacio, íntimo pero angosto, amén de un zócalo que había de sortear en el pavimento y que engullía la mole cúbica de bronce a un nivel inferior, era demasiado embutido para una obra que requiere de cierta diafanidad. Muy sugerente a nivel plástico, otros la considerarán un tostón por la repetitividad mecánica de que hace gala en ocasiones, pero, en cualquier caso, lo que más nos sorprendió fue la propia Cristina Iglesias, que (no) brilló –y nunca mejor dicho– por su ausencia.

Espacio Vostell @Foro_sur_Cáceres_13

Espacio Vostell @Forosur_Cáceres_13

9915. MIRADAS ÍNTIMAS

Actuando como una interlocución perfecta de la obra en papel, esta exposición se compuso de una selección de dibujos procedentes de las colecciones de los socios que actualmente forman la Asociación de Coleccionistas 9915 presidida por Jaime Sordo. Tanto él como Chema de Francisco, director del Gabinete Estampa y comisario de este recorrido expositivo, hicieron hincapié, ya en la rueda de prensa en Madrid, que uno de los objetivos que contemplaba esta muestra no era otro que el de acabar con el halo de oscurantismo que la figura del coleccionista había arrastrado (y en cierto modo sigue arrastrando) durante décadas en España. Cuarenta obras sobre papel, distintos formatos de diferentes condiciones, Albert Gleizes (ya casi arqueológico), Natalia Goncharova, Le Corbusier, Julio González (no se suelen ver sus dibujos fuera de la abstracción), Oscar Domínguez, Kandinsky, incluso un dibujo de García Lorca (de la colección madrileña de Candela Soldevilla)…, pero también Elena Asins (muy presente en Cáceres en general), Sempere, Soledad Sevilla, Jose María Yturralde (inquietante siempre), José Manuel Ballester, Luis Lugan (maravillosa la obra de la colección Ars Citerior de Alicante) o Pablo Palazuelo, conformaron un entramado conceptual que obligaba a la Casa Palacio de los Becerra a dialogar amistosamente con el arte contemporáneo. La última sala la compusieron obras de Ignacio Uriarte (muy interesante), Plensa, Tony Oursler (enigmático), Dánica Phelps, Bridget Riley (fresca y colorista) o Karin Sander (a medio camino entre la genialidad y la ingenuidad humanas).

Un montaje de luz muy apropiado y un escenario histórico tan insólito como este fueron las bazas más positivas de esta primera exhibición de arte contemporáneo. Un itinerario artístico que pudo gustar más o menos pero que, sin embargo, fue agradable de recorrer y dulce de transitar.

GABINETE ESTAMPA

El Centro Cultural San Jorge se vistió de paredes blancas para congregar a 13 galerías de distintos puntos de España. Unos pasillos inmaculados trazados como si fuesen soldados de pladur apostados en el quicio de una entrada monumental, dieron paso a cada una de las galerías con sus propuestas correspondientes. Así, pudimos ver en Adora Calvo (Salamanca) la serie de dibujos de pequeño formato de Luis Gordillo, en Moisés Pérez de Albéniz (Madrid) apostaron por la obra de Miren Doiz con esas geometrías recubiertas que se debaten entre la violación y el esteticismo, en Cayón (Madrid) mostraron algunas de las obras más singulares de Marco Maggi, un acierto a pesar de que el pequeño formato no tuvo cabida para las más atractivas, o Rafael Ortiz (Sevilla), que trajo la ambiciosa serie de dibujos que Guillermo Pérez Villalta compuso para ilustrar una edición especial de Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift. Ángeles Baños (Badajoz) por su parte ofreció una pequeña muestra de artistas emergentes con nombres como los de Daniel Martín Corona o Ignacio Bautista, al igual que hizo La New Gallery (Madrid) con Elena Fernández Prada que, a pesar de no obtener grandes ventas, dejó un especial sabor de boca entre los asistentes. Las galerías, también madrileñas, Freijo Fine ArtÁlvaro AlcázarPilar Serra y Rafael Pérez Hernando propusieron las obras de Vicente Rojo, Antonio Murado, José Manuel Ballester y Giorgio Griffa, respectivamente. El norte estaba representado por NubleJuan Silió (ambas de Santander) y Gema Llamazares (Gijón). La primera trajo a Miguel Palma y la segunda a un joven Alain Urrutia que salió del ruedo con dos orejas y el rabo (permítaseme el lenguaje taurino tan impropio, pero tan codificado). Gema Llamazares, sin embargo, cerró su apuesta con la obra siempre sugerente de José María Sicilia.

Evidentemente el abanico artístico había de rotar en torno a los centros de poder. Era natural que así fuese. Y en este sentido, el carácter centralista de la muestra quizás supuso un hándicap a la hora de ofrecer un panorama amplio y global del galerismo actual, pero, salvando lo salvable, el camino se trazó con claridad y esto ayudó a obtener una satisfacción general del recorrido.

©Foro_Sur_Cáceres

Fundación Helga de Alvear ©Forosur_Cáceres

SOBRE PAPEL

No sólo vinieron a Cáceres galeristas y coleccionistas forasteros; también los foráneos se sumaron a esta fiesta del arte contemporáneo. Su propuesta más firme la representaba, cómo no, la Fundación Helga de Alvear (ahora también Centro de Artes Visuales). Estrella de Diego comisaria esta muestra que dio comienzo en junio y que seguirá hasta enero de 2014. De todos es sabido que en Cáceres no abundan espacios expositivos como el que alberga esta Fundación, por lo que, felizmente, contribuyó al desarrollo de Forosur_Cáceres_13 de manera providencial. Dejando a un lado aspectos valorativos sobre la muestra, pues lo que Helga atesora es más bien un alarde de coleccionismo (formado o no con intuición o sensibilidad que nadie le discute), la exposición puso la guinda al pastel añadiendo y engrosando así el abanico de obra en y sobre papel. Grandes nombres y una generosa cantidad de obras fueron los rasgos a favor y en contra de este espacio que poco a poco se ha impuesto por sí mismo (no sin orgullo, la verdad sea dicha) como referente primero del arte contemporáneo y actual en la ciudad extremeña.

El sábado Cáceres despertaría dormida, sumida en una preciosa bruma capaz de embadurnar con sábanas de vapor el entramado urbanístico musulmán. Un laberinto que poco a poco fue abriéndose para dejar paso al acontecimiento más esperado del fin de semana, el concierto Fluxus que volvería a reunir a algunos de los más nombrados fundadores del movimiento junto al propio Wolf Vostell.

Pero antes de que Fluxus y el padre Vostell reaparecieran, nos quedaban las sesiones de debate entre tan animado elenco de participantes. Un día cargado de contenidos que se nutrió asimismo de los talleres (algunos, como el Cineforo, empezaron el mismo jueves) de restauración y conservación de obra en papel a cargo de Juan Antonio Sáez Degano (MNCARS), el de metodología impartido por los artistas Marta de Gonzalo y Publio Pérez Prieto, y el taller de grabado a cargo del artista portugués José Pedro Croft. Una iniciativa ya no sólo de exhibición, sino de formación y divulgación que obtuvo la simpatía de la ciudad de Cáceres a juzgar por el gran número de asistentes.

La primera conferencia, Crítica, comisariado y coleccionismo, ¿cuál es la relación?, corrió a cargo de Fernando Castro Flórez y Delfim Sardo, dos críticos de arte con un punto de vista muy distinto que maridaron a la perfección sus discursos para hacer de esta primera sesión matutina una agradable conversación a la que el público se sumó activamente. La figura del coleccionista, el dilema de coleccionar y cómo hacerlo o cuál es la posición exacta de la crítica de arte en el entramado social del arte, fueron temas candentes que allí se discutieron. El resultado es el que ya sabemos: la crítica constituye una parte activa del arte que una sociedad puede producir. Luego, después de los turnos de los Teixeira de Freitas y la charla sobre las colecciones corporativas, llegaba una de las conferencias más necesarias: Coleccionismo y mecenazgo, ¿función social? Inmaculada Corcho, directora del Museo ABC, se embarcó en un apasionante diálogo con Jaime Sordo en el que se trataron temas de rabiosa actualidad como la controvertida Ley de Mecenazgo. Sólo me queda decir una cosa llegado a este punto: Jaime Sordo es una rara avis del coleccionismo, un humanista de voz letrada y sentimiento sincero, de esos que se echan demasiado en falta en el mundo del arte en general. Desde la presidencia que ostenta en la Asociación de Coleccionistas 9915, su palabra es de las más autorizadas en este campo. Su opinión respecto a la dinamización social del mecenazgo fue clara: no hay demasiadas esperanzas mientras no exista un cuerpo común que defina y represente de manera sólida esta parcela de la comercialización artística. El mercado es el que es, pero los intereses son múltiples y a menudo no se encaminan en la misma dirección. Esto hace que el panorama sea múltiple, global, pero mal codificado. Su savoir faire dentro de 9915 sigue dando sus frutos optimizando la perspectiva social de los coleccionistas y manteniendo firme su propuesta por un arte activo y de proyección cultural y ciudadana, aspectos sin parangón en el complejo entramado de la administración patrimonial.

Le seguirían las conferencias de los coleccionistas Ángel y Clara Nieto con un proyecto familiar precioso que cautivó al público y una especie de mesa redonda donde tres museos y tres galerías (Antonio Franco del MEIAC de Badajoz, Juan Antonio Álvarez Reyes del CAAC de Sevilla y Josefa Cortés del Museo Vostell Malpartida; Ángeles Baños, Rafael Ortiz y José Luis de la Fuente en nombre de la Galería Nuble de Santander) comparecieron para hablar del trabajo en red. Se puso en entredicho la existencia real de una periferia, puesto que las lindes no están todavía bien marcadas, pero lo que es indiscutible es que el trabajo en común es necesario, que de otro modo es imposible llevar a término una operación tan ambiciosa como el arte.

Transcurrida la tarde, por fin llegó el momento estelar. El autobús aguardaba para llevarnos directamente a Malpartida, donde más de 200 personas esperábamos sumidas en una expectación insólita que el momento, por sí solo, fue capaz de generar. Ben Patterson, Willem de Ridder, Philip Corner y Phoebe Neville, fueron los culpabes. Cada uno de ellos propuso su propio concierto y, sin más dilación y con una puntualidad sorprendente, Willem de Ridder requirió cuatro personas del público asistente para dar por comenzado el acontecimiento. Ofreció un walkman a cada uno de ellos y una silla donde sentarse; la grabación marcaba unas sencillas directrices que los “concertistas” tenían que seguir. El resultado fue una danza autómata entre espectadores, un transitar el vacío donde sólo el ruido de las sillas arañando el suelo de piedra interrumpía la diafanidad del silencio, hasta que –el final dadaísta era inminente– los cuatro voluntarios mudos tenían que propinarle un puntapié a su silla y recogerla para devolverla a su sitio, una especie de vuelta al orden. Sencillamente enigmático. Phoebe Neville y Philip Corner tomaron el relevo propiciando una situación de esas en las que reina el desconcierto. La gente, desorientada, no entendió muy bien la invitación de Philip y Phoebe a tocar espontáneamente los pianos obsoletos de la sala, pero sin embargo no dudó un instante a la hora de comer con palillos chinos una especie de pastel gigante de nata y guindas con la figura de El grito de Munch. Un ágape siempre se hace entender, pero no nos deslindemos por derroteros que no son de nuestra competencia. Finalmente Ben Patterson puso en marcha una maquinaria sonora estridente que fue de lo más interesante de la noche. El objeto de esta performance fue el agua, y si bien siempre es candente hablar sobre la propiedad de un elemento tan fundamental para la vida como lo inquietante que es que aún hoy siga teniendo dueño, la acción estaba un poco desfasada en el tiempo. El 71% de la Tierra es agua, el 97% del agua es salada, y sólo el 0,05% se puede beber. Ben Patterson alternó distintas capas digitales y contrapeó su voz recordando viejas acciones del maestro Stockhausen y sus pruebas con micrófonos primitivos, sólo que en esta ocasión utilizó pedales modernos y alguna que otra trompeta inquietante como herramienta primigenia. El público, a pesar de todos estos desconciertos, vibró al unísono cuando los cuatro componentes clausuraron el evento en mitad del terreno escarpado de Los Barruecos y recibieron un sentido homenaje en forma de aplausos entusiastas. Mercedes Guardado, presente en todo momento y manifiestamente alegre por el reencuentro, se mostró emocionada por tan gran acogida. También la presencia de Concha Jerez y los hijos del Wolf Vostell añadieron más emoción si cabe al acontecimiento.

El domingo sólo restaba el encuentro con algunos coleccionistas que nos expusieron sus experiencias en la adquisición de obra sobre papel. Candela Soldevilla (Madrid), Juan Espino Navia (Almendralejo) y José Manuel Cabra de Luna (Málaga) fueron los elegidos y a través de ellos pudimos ver los distintos puntos de partida desde los que un coleccionista se posiciona para comenzar a atesorar sus piezas. Unos se decantan por el flujo emocional que las obras desprenden, otros por la seriedad de servirse de la razón para conformar sus colecciones, y los demás por una suerte de alternancia entre la inversión y el regocijo de la contemplación. Isabel y Beatriz Niño dieron por finalizadas las sesiones de debate con una pequeña charla sobre fiscalidad en representación de NIAL Art Law, su empresa barcelonesa.

No tuvimos tiempo para más, y de hecho quedaron muchas cosas en el tintero, pero suponemos que Cáceres, hasta el 24 de noviembre, seguirá engalanada de arte y cultura. Como ya dijimos al principio, el éxito de las jornadas fue evidente. La única duda que cabe plantearse al respecto es la dimensión social y ciudadana de este foro de arte contemporáneo, ya que sí se pudo comprobar una participación turística, pero no tanto de sus habitantes. Nos parece digno de mención el seguimiento que desde las redes sociales se puso en marcha y su gran recibimiento, sobre todo en Twitter yFacebook, pero no sólo, pues la falta de streaming fue reemplazada por la grabación de las conferencias que ahora pueden verse en su canal de Youtube o las imágenes en Flickr.

Artículo publicado en El Asombrario & Co.

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Torres y rascacielos /// CaixaForum Madrid (2012)

Desde el 10 de octubre podemos visitar esta nueva muestra paralela que ofrece el CaixaForum en la que se aborda una de las grandes obsesiones del hombre a lo largo de la historia de la humanidad, auspiciada en cada época por diferentes intereses y también, dependiendo de las latitudes, motivada por diversas intenciones. De Babel a Dubai es el sugerente título escogido para este inédito recorrido, y somete a examen la antiquísima fijación del hombre por las alturas partiendo de la perspectiva bíblica para desembocar en su más pura función estético-tectónica. Entre un punto y otro del paradigma, la voluntad humana por construir en altura ha ido sufriendo un proceso de transformación cuyo análisis nos ofrece, en sentido último, el significado que tuvieron en su origen. De ese modo, podríamos resumirlo así: el mito bíblico da paso a la funcionalidad, y ésta al refinamiento estético en su búsqueda por el imposible.

El afán de construir cada vez más alto ha perdurado como un desafío insatisfecho. En el caso de las agujas de las catedrales góticas o los minaretes orientales suponía un reto contra la altura dedicado a las grandes divinidades, además de recordar con su belleza la adhesión a una fe común y compartida. En otras palabras, fue la expresión de la fuerza de una fe unánimemente compartida. En el Renacimiento paulatinamente se seculariza, lo que apuntala la rivalidad latente entre la esfera religiosa y el poder económico y mercantil del mundo laico. Se trataba por tanto de proyectar magnificencia y capacidad de seducción.

Por otra parte, desde el resurgimiento de esta corriente por construir en altura, encauzada y retomada en Estados Unidos con ejemplos emblemáticos, ingenieros, arquitectos y empresas de todo tipo compiten ahora –desde finales del siglo XIX– por la construcción de los rascacielos más altos, de tal modo que en la década de 1930 la escena norteamericana ofrece los modelos arquitectónicos más llamativos del mundo. Son estos modelos precisamente los que forjan una nueva mitología de carácter urbano. Asimismo, en las décadas que van de 1960 a 1980 se asiste, también en Estados Unidos, a una renovación de las formas y las estructuras de estos rascacielos. La Europa del siglo XIX, a pesar de sus elocuentes ensayos y realizaciones, adoptó el modelo muy tímidamente.

A partir de los años ochenta del siglo pasado, se produce una nueva ruptura y los rascacielos se popularizan a escala internacional. EEUU ya no es estrictamente el único referente y pierde a su vez la supremacía en la carrera por la altura. Un dato: en 2012, por ejemplo, dos terceras partes de los rascacielos más altos del planeta están situados en el Extremo y Medio Oriente. En lo que respecta a la vocación de esta nueva generación de edificios, concentra todos los usos: oficinas, residencias privadas, ocio y hostelería. El gigantismo y el lujo desplegados confieren a las torres de Asia, y en particular de los Emiratos Árabes, una sólida identidad. Más que un nombre que refleje un récord de altura, estos rascacielos encarnan hoy un destino privilegiado, un territorio fuera de la corriente, la representación cautiva de un lugar idílico, cercano a una Babel renacida y cuya construcción, hoy, no hubiera interrumpido ningún dios. como nos dicen sus comisarios, Robert Dulau y Pascal Mory, “son muchos los interrogantes que hay todavía en el aire y de los que, en la actualidad, no podemos prever ni las ramificaciones ni la solución última”.

Por lo demás, la exposición nos parece una oportunidad formidable para repasar una de las grandes obsesiones de la naturaleza humana haciendo un recorrido transversal a lo largo de la historia y la historia del arte, desde el mito a la funcionalidad, desde el paradigma a la evidencia, desde el enigma a la realidad. La muestra gusta de ser contemplada, amén de un seductor y complejo aparato de maquetación y una puesta en escena –por usar un lenguaje cinematográfico– del todo envidiable. También, para los que quieran mantener en la memoria de sus anaqueles tal acontecimiento, además de servir como elemento de reflexión, recomendamos encarecidamente el catálogo editado para la ocasión, todo un ejercicio de recreación editorial a precio estándar que mitigará con mucho la confusión que la legendaria Torre de Babel significó para el hombre y la historia de la cultura.

Torres y rascacielos. De Babel a Dubai

10 oct 2012 – 5 ene 2013, CaixaForum Madrid. Entrada gratuita

Artículo publicado en la revista Culturamas (05.XI.2012)

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El último Rafael /// Museo del Prado (2012)

A poco más de una semana de que se trasladara al Louvre, la exposición del Museo del Prado El último Rafael presenta la necesidad de una revisión. Este tiempo nos ha permitido valorar la muestra en toda su complejidad, uniendo las actividades paralelas y complementarias que se han organizado al hilo de la misma.

El primer punto a tener en cuenta es por tanto el título y el arco cronológico tratado. El último período del pintor se presenta así como una suerte de sucesión escalonada de su producción tardía con los añadidos de sus más nombrados discípulos, sobresaliendo como es lógico el rol del joven Giulio Romano dentro del obrador del maestro. A este efecto, quizás no se le ha dado el cauce más acertado a la exposición y es aquí donde manifiesta su primera carencia. Si no disponemos para esta etapa de obras firmadas y las conjeturas se suceden caprichosamente entre un anodino y habitual “y taller”, la cuestión deriva en que prácticamente toda la producción dudosa de Rafael (la no firmada o no contrastada documentalmente con contratos o testimonios directos-indirectos) puede unirse al elenco de obras de la exposición sin que ello presente problema alguno. Esto supone un error. Los comisarios, Paul Joannides y Tom Henry, nos advirtieron de este contratiempo, pero no nos parece suficiente.

 

Nos queda la sensación de que existen demasiadas suposiciones y pocas certezas. La distribución y organización del recorrido estaban bien planteadas, pero discutible, desde el formato grande al tamaño medio y saltando entre géneros para terminar con un espacio dedicado a Giulio Romano y la retratística. Sin embargo, seguía faltándonos algo más. Y es que la trayectoria grandilocuente de este ser único que fue Rafael, parangonable como ha querido la crítica especializada con Mozart por su precocidad y espíritu presto y siempre feliz, se ha visto imposible de tratar de manera monofocal. Dicho de otro modo, nos parece insuficiente abordar su trayectoria única y exclusivamente desde su perspectiva pictórica. Rafael gozó de la concesión de diversos cargos de máxima responsabilidad, entre ellos la decoración de las Estancias de Julio II, pero también se encargó de la fábrica de San Pedro, o como la condición de veedor de las ruinas romanas, cargos por otra parte muchísimo más ambiciosos e importantes. Es por ello que la muestra debía haber intentado dar una panorámica, si bien no a través de la obra expuesta (cosa obvia por otra parte), sí a través de un discurso en la publicación del catálogo para ofrecer al gran público una visión mucho más ilustrada de esta figura tan especial por tantos motivos dentro de la historia del arte occidental.

Asimismo, la exposición ha tenido un nivel de visitantes verdaderamente encomiable, pasando de los 250.000. Y, a pesar de esta incidencia, aparentemente contradictoria pero no tanto, había cuadros que paradójicamente nos resultaron sucios, como el poderoso San Miguel o la armónica Sagrada Familia de Francisco I. Durante unos meses el Prado se convirtió en reclamo directo de primera mano para cualquiera, empujando al visitante y al que no lo es a acercarse a contemplar esas obras tan maravillosas como paradigmáticas. No nos hartaríamos nunca de ver esa pintura de humo del Retrato de Baldassare Castiglione, cuya esencia ni el propio Rubens, en el primer tercio del XVII, supo captar; o el inefable y sensual Bindo Altoviti con su elocuencia y bello gesto. Ahora el Louvre acoge el próximo itinerario de obras y sus números, resulta probable, volverán a batir récords. Nuestra pinacoteca en cambio, panteón de los grandes maestros, se ha engalanado con sus mejores sedas para ofrecer un recorrido sesgado y atractivo, pero carente de la perspectiva debida. Sin embargo, tengámoslo en cuenta, a tenor de lo que hayamos dicho en esta ocasión: vertebrar una exposición de un personaje de tal envergadura siempre presupone la máxima dificultad. Esta vez nos ha quedado claro. Es casi imposible.

 

 

Artículo publicado en la revista Culturamas: «La atracción de Rafael» (02.X.2012)

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Robert Motherwell y los poetas /// Fund. Juan March (2012)

Entre las muchas interpretaciones que el arte ha tenido a lo largo de la historia, descansan a menudo las ideas contrapuestas de evasión y compromiso. Evasión como sinónimo de respiro o compromiso como persistencia, estas dos facetas han encarnado las posturas históricas sobre las que más veces ha oscilado la valoración misma de la historia del arte. Se suceden en el tiempo y se repiten cíclicamente en función del contexto socio-político en el que se nacen, se desarrollan y mueren.

Es raro encontrar el acicate que remueva de nuevo esos parámetros agazapados y cubiertos por la historia. Horacio, la pintura, la poesía, el impacto y fuerza de la palabra sobre la materia, el alimento pictórico para la letra, etcétera. La Fundación Juan March explora sesgadamente este paradigma en el entretiempo veraniego que asola Madrid con Motherwell y los poetas (Octavio Paz y Rafael Alberti), una muestra que escarba en la interrelación de estas dos reinas de la cultura. El eje plástico parte de Robert Motherwell (1915-1991), figura decisiva del expresionismo abstracto norteamericano, el cual sintió siempre una gran atracción por la cultura europea, especialmente por España, con la que se solidarizó condenando la tragedia que supuso nuestra Guerra Civil. Lo que implicó a su vez, en la década de los setenta, y sobre todo en el marco de la diáspora intelectual a América, entrar en contacto con algunos de sus más comprometidos intelectuales.

La muestra, de formato reducido, está constituida por fondos propios de la institución, tanto del archivo histórico como de su biblioteca, así como por algunos préstamos de colecciones particulares. Pretende mostrar asimismo la relación que Motherwell mantuvo con los literatos Rafael Alberti y Octavio Paz. Baste recordar la primera retrospectiva que en España le dedicó esta misma casa en 1980; de ahí los fructíferos contactos que el artista forjaría con la institución y sus colaboradores. Está dividida deliciosamente en tres apartados que abarcan diversos aspectos de esta interrelación. “Robert Motherwell: tres poemas de Octavio Paz” presenta las litografías que el artista norteamericano realizó entre 1981 y 1982, y que acompañaban a tres maravillosos poemas de Octavio Paz publicados en 1976: Nocturno de San Ildefonso, Vuelta y el último, Piel/Sonido del mundo, inspirado en el conocimiento directo de la obra del pintor y escrito cinco años antes. La segunda sección, “El Negro Motherwell: Rafael Alberti”, se abre y se cierra en torno de un ejemplar de Negro Motherwell –cedido por Vicente Rico, médico personal del escritor en Madrid–, un libro realizado conjuntamente con la letra del poeta y la ilustración del artista; una joya magnífica que huele a ternura y a desgarro, a dolor y a belleza. Le acompañan a este ejemplar varias fotografías del acto de inauguración de la primigenia exposición del año 80 y una instalación audiovisual que penetra en los ojos del visitante a través de la voz del mismo Alberti, recogiendo en apenas tres minutos el poema que el gaditano pronunció el 18 de abril en la Fundación. El tercer y último apartado es “Octavio Paz y el libro creador”, donde se recogen libros de Octavio Paz procedentes de la biblioteca de Julio Cortázar, donados por su viuda en 1993. Desde libros-caja a los famosos discos visuales, podemos comprobar la estrecha relación que mantuvieron los dos escritores a través de las dedicatorias que el poeta mexicano hizo a su colega argentino en los ingeniosos experimentos a medio camino entre el texto y las imágenes que componían su obra.

Como bien nos decía Manuel Fontán del Junco, la exposición pretende cumplir con una nueva serie de propuestas breves articuladas en torno casi a la idea de muestra de gabinete, con la que ofrecer nuevas lecturas de gran intensidad artística. Esta última resulta encomiable por lo que tiene de maridaje entre especialidades, por remover el cultivo filosófico de las categorías de pintura y poesía, por hurgar de nuevo en trámites aparentemente resueltos, por llevar al visitante que lo desee hasta la estupefacción más maravillosa y productiva. Es de esas exposiciones que, sin pretensiones exacerbadas, consigue arrebatar del veedor una sensación preciosa, lírica, como de ilustración miniada. Y además de ello, está el pretexto de rememorar la obra de Robert Motherwell, quien, en su intervención en la fundación en 1980, después de recoger el turno de un Rafael Alberti tembloroso al recitar su propio poema en presencia del inspirador, decía: “La poesía es imposible para mí. Quizás sea por esto que soy pintor”. Vengan ustedes a comprobar por qué.

Motherwell y los poetas (Octavio Paz y Rafael Alberti)
Calle Castelló, 77 – Madrid
Hasta el 1 de septiembre de 2012
 
 
Artículo publicado en la revista Culturamas: «Robert Motherwell y la literatura de Octavio Paz y Rafael Alberti» (01.VIII.2012)
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El arte contemporáneo o la teatralidad de los usos lingüísticos

Con la irrupción periódica de las ferias de arte contemporáneo, pueden sacarse muchas cosas en claro, amén de lo que para algunos pueda ser un gozo estético de grandes cotas. El arte está más presente de lo que creímos. Prácticamente no existe referencia sociocultural que no se preste al detalle artístico o a la anécdota rebuscada, o incluso a la citación de turno descontextualizada y que marca la evidencia de nuestro egoísmo discursivo. Y cada vez más, nuestros usos y costumbres idiomáticos van derivando en una extraña y ecléctica mezcolanza de matices que se pierden en la bruma de lo incomprensible. No es la primera vez que se instrumentaliza el arte; para ser francos -la palabra más polémica que ha sonado esta vez en ARCO, por cierto-, el arte siempre ha operado como vehículo de propósitos de índole dispar.
Pero antes detengámonos en otras cuestiones para saber dónde dirigirnos. Desligándonos aparentemente del argumento figurativo del arte, el teatro refleja muy bien la analogía universal a la que toda la vida estuvo vinculado Charles Baudelaire, aquella con la que batalló incansable e impenitente, sobre la que levantó memoria eterna en sus escritos como ningún otro hombre de su tiempo. Pues bien, el teatro refleja la clara dicotomía de lo que desde sus orígenes y evolución supuso uno de los problemas más señalados: los personajes. Los personajes se desenvolvían en torno a dos grandes polos diferenciados. Por un lado estaban los llamados personajes individuo y por otro los personajes tipo. Irremediablemente están en esta órbita tanto la totalidad del teatro del Siglo de Oro como el de, especialmente, Carlo Goldoni. Sobre todo para éste último, tal distinción suponía una especie de traición, de desplante, de infidelidad e injusticia sobre los pobres personajes tipo. Y el caso es que gracias a este osado planteamiento, se abrió la puerta de la empatía hacia tipos que finalmente resultaron ser hasta elogiables. Virtuosos de la modestia, galanes de la probidad.
Existían múltiples variantes del «gracioso», un tipo tan liviano en apariencia que estuvo considerado como un simple peón de ajedrez; después fueron descubiertos los distintos movimientos que ese peón singularísimo podía emprender además de la línea recta, símbolo sin duda del buen pensar y el acatamiento de la moral impuesta. Al «gracioso» se le fue concediendo -a lo largo del tiempo- una mayor complejidad psicológica cediéndole parte de un terreno que tradicionalmente le estaba vedado. Sin embargo, luego estaban los otros, que eran los primeros, los individuo. Éstos son los de verdadero cariz heroico, los genuinos por antonomasia, los personajes que se recordarían por los siglos de los siglos, los que aguantarían el avate de los tiempos y soportarían la impiedad de la opinión pública, salvando incluso cualquier tipo de estigma político o social basándose en una justificación per se, universal, intemporal, absoluta. Allí estaba el valeroso caballero Don Quijote, el noble Othelo, el temperamental Hamlet, el osado Fausto, el trágico Werther…, hombres de renombre cantados por los versos más encomiables que la Humanidad vio nacer. Sólo podía haber un Moro, o un sólo Príncipe de Dinamarca, pero sí existían en contrapartida varios escuderos, varios Sancho Panza.
Volviendo al tema principal del que hablábamos, la analogía es clara y completa, rotunda. Basta pasearse por los artículos de arte especializados para comprobar cómo el uso lingüístico imperante es el de reducir en la multiplicidad -un gran oxímoron- al hombre de genio, a saber, la simplificación más radical de lo sublime. Parece como si ya no importara tanto lo que hace de Bacon un majestuoso Bacon -«¡Mira, un Bacon de quince millones de euros!», se escuchaba entre los asistentes a ARCO-, como si le arrebatáramos a la esencia su unidad y la comprimiésemos en pura cifra, valor numérico en función de su reproducción. Por el contrario, nos referimos a los Chema Madoz, a las Esther Ferrer, a los Daniel Canogar, a las Ana Mendieta y un largo etcétera. Han perdido su principio cualitativo en pro de su faceta cuantitativa, se han multiplicado de repente en una suerte de desiquilibrio acelerado que incorpora nuestros hábitos y costumbres en una rueda, no de la fortuna, sino del caos y la precipitación. Despojamos al universal de su garra para incorporar un número, quizás el mismo de la cartela de su precio venta público: PVP.