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El último Rafael /// Museo del Prado (2012)

A poco más de una semana de que se trasladara al Louvre, la exposición del Museo del Prado El último Rafael presenta la necesidad de una revisión. Este tiempo nos ha permitido valorar la muestra en toda su complejidad, uniendo las actividades paralelas y complementarias que se han organizado al hilo de la misma.

El primer punto a tener en cuenta es por tanto el título y el arco cronológico tratado. El último período del pintor se presenta así como una suerte de sucesión escalonada de su producción tardía con los añadidos de sus más nombrados discípulos, sobresaliendo como es lógico el rol del joven Giulio Romano dentro del obrador del maestro. A este efecto, quizás no se le ha dado el cauce más acertado a la exposición y es aquí donde manifiesta su primera carencia. Si no disponemos para esta etapa de obras firmadas y las conjeturas se suceden caprichosamente entre un anodino y habitual “y taller”, la cuestión deriva en que prácticamente toda la producción dudosa de Rafael (la no firmada o no contrastada documentalmente con contratos o testimonios directos-indirectos) puede unirse al elenco de obras de la exposición sin que ello presente problema alguno. Esto supone un error. Los comisarios, Paul Joannides y Tom Henry, nos advirtieron de este contratiempo, pero no nos parece suficiente.

 

Nos queda la sensación de que existen demasiadas suposiciones y pocas certezas. La distribución y organización del recorrido estaban bien planteadas, pero discutible, desde el formato grande al tamaño medio y saltando entre géneros para terminar con un espacio dedicado a Giulio Romano y la retratística. Sin embargo, seguía faltándonos algo más. Y es que la trayectoria grandilocuente de este ser único que fue Rafael, parangonable como ha querido la crítica especializada con Mozart por su precocidad y espíritu presto y siempre feliz, se ha visto imposible de tratar de manera monofocal. Dicho de otro modo, nos parece insuficiente abordar su trayectoria única y exclusivamente desde su perspectiva pictórica. Rafael gozó de la concesión de diversos cargos de máxima responsabilidad, entre ellos la decoración de las Estancias de Julio II, pero también se encargó de la fábrica de San Pedro, o como la condición de veedor de las ruinas romanas, cargos por otra parte muchísimo más ambiciosos e importantes. Es por ello que la muestra debía haber intentado dar una panorámica, si bien no a través de la obra expuesta (cosa obvia por otra parte), sí a través de un discurso en la publicación del catálogo para ofrecer al gran público una visión mucho más ilustrada de esta figura tan especial por tantos motivos dentro de la historia del arte occidental.

Asimismo, la exposición ha tenido un nivel de visitantes verdaderamente encomiable, pasando de los 250.000. Y, a pesar de esta incidencia, aparentemente contradictoria pero no tanto, había cuadros que paradójicamente nos resultaron sucios, como el poderoso San Miguel o la armónica Sagrada Familia de Francisco I. Durante unos meses el Prado se convirtió en reclamo directo de primera mano para cualquiera, empujando al visitante y al que no lo es a acercarse a contemplar esas obras tan maravillosas como paradigmáticas. No nos hartaríamos nunca de ver esa pintura de humo del Retrato de Baldassare Castiglione, cuya esencia ni el propio Rubens, en el primer tercio del XVII, supo captar; o el inefable y sensual Bindo Altoviti con su elocuencia y bello gesto. Ahora el Louvre acoge el próximo itinerario de obras y sus números, resulta probable, volverán a batir récords. Nuestra pinacoteca en cambio, panteón de los grandes maestros, se ha engalanado con sus mejores sedas para ofrecer un recorrido sesgado y atractivo, pero carente de la perspectiva debida. Sin embargo, tengámoslo en cuenta, a tenor de lo que hayamos dicho en esta ocasión: vertebrar una exposición de un personaje de tal envergadura siempre presupone la máxima dificultad. Esta vez nos ha quedado claro. Es casi imposible.

 

 

Artículo publicado en la revista Culturamas: «La atracción de Rafael» (02.X.2012)

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Nietzsche /// Michel Onfray; Maximilien Le Roy (Sexto Piso)

https://i0.wp.com/www.culturamas.es/wp-content/uploads/2012/08/Nueva-imagen.jpg Para encarar la figura del que quizás sea el filósofo más estremecedor de la historia del pensamiento occidental, Friedrich Nietzsche (1844-1900), es necesario siempre preguntarse más allá de lo que sus obras nos han dejado, más allá de lo que sus palabras dan de sí; dicho de otro modo: más allá del verbo. Dentro de lo paradigmático que ya resultó su tránsito por este mundo que, pese a lo que pueda pensarse hoy, nunca supo corresponder a la ternura con la que quizás él miró a la Humanidad, la vida de este ser humano sobrepasó con mucho el legado filosófico que lo ha encumbrado hasta hoy día y lo encumbrará por siempre.

Desde esta perspectiva y basándose en la biografía que un reputado estudioso como Michel Onfray realizó de él en 2008, Maximilien Le Roy contribuye a la labor con su ingenio dibujístico para dar a luz esta biografía ilustrada con la que la editorial Sexto Piso nos sorprende en esta ocasión. Y el resultado es sencillamente magnífico. En algunas escenas ilustradas, a veces libres y despojadas completamente de texto, puede comprobarse el atinado lenguaje visual de un gran dibujante, crudo, desgarrado y onírico, rayano en la ferocidad expresionista, que sirve de complemento perfecto al texto adaptado. Por su parte, en el texto sobresale la claridad y la sencillez. Asimismo hemos de tener en cuenta que inevitablemente es vulnerable a ciertos tópicos, es decir, problemas que fueron con anterioridad arrastrados desde la mitología popular y secundados por una crítica ignorante y sensacionalista, o episodios –en menor grado– que redundan en la hipérbole por querer devolver la rectitud a la vida y obra del filósofo, pero en definitiva no son más que normalidades justificables. Lo que, sin embargo, es formidable pasa por la capacidad de recopilar, en una suerte de abanico evocativo, los más decisivos momentos de su vida, los más especiales, los más sorprendentes, incluso los más crudos, negándose a la autocensura, y todavía más, amenizados con el uso continuado del flashback, lo que le da un rasgo cinematográfico realmente conmovedor.

Aparecen instantes tan esenciales en su vida como el descubrimiento de la obra de Schopenhauer, el vínculo analgésico con Erwin Rohde, el novelístico trato que caracterizó su relación con Wagner, la irrupción de la ignorancia de su hermana Elisabeth y sus continuas mudanzas y traslados en busca de un clima agradable que no mermara su frágil y maltrecha salud. Sin embargo, de entre todos ellos, emerge un acontecimiento que a día de hoy sigue planteando todo tipo de interpretaciones: el signo de la decadencia de su pensamiento o quizás de su más puro desnudo frente a la Humanidad que siempre anheló: el caballo de Turín. Posiblemente se trate de uno de los episodios más conmovedores de cuantos la Filosofía nos ha ofrecido. El 3 de enero de 1889, al salir de su casa turinesa de la Via Carlo Alberto, se topa con un cochero que ferozmente está maltratando a su caballo hostigándole violentamente con una fusta. En un arrebato de plena espontaneidad –lamentablemente el último– corre hacia el animal cual chiquillo y lo abraza tiernamente ofreciéndole aliento y cariño. A ello le seguiría un parlamento fantástico y delirante en mitad de la plaza, motivo por el cual varios de los ciudadanos allí reunidos llamaron a varios agentes de la guardia para que lo retuvieran y lo trasladasen a alguna clínica psiquiátrica, lugar en el que pasaría sus últimos diez años de vida hasta que el 25 de agosto de 1900 expirase sin mucho sobresalto y congestionado de medicación.

Si por algo es reseñable este libro ilustrado es porque conjuga perfectamente texto e imagen, por transmitir en una labor de concisión ejemplar el trasiego casi inabarcable de la vida de nuestro protagonista y por relatar de una manera muy especial rasgos expresivos que de otro modo resultarían intraducibles. No obstante, además, supone un ejercicio delicioso repasar la biografía de un personaje, de un auténtico genio en la más absoluta de sus acepciones que, por preguntarse, un día lanzó el imperdonable interrogante de: “¿Qué dosis de verdad puede soportar el hombre?”.

Michel Onfray; Maximilien Le Roy, Nietzsche, Madrid, Sexto Piso, 2011, 132 pp.

 

Artículo publicado en la revista Culturamas: «Único Nietzsche» (03.VIII.2012)

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El espíritu de Henri Bergson

Hubo un tiempo en el que la Filosofía y sus filósofos abogaron y defendieron la autonomía de ésta frente a la Ciencia, ya que respondía a distintos mecanismos, diferentes métodos. La reacción frente a la tendencia positivista fue la característica más clara y radical del espiritualismo, que buscaba reafirmar la irreductibilidad del ser humano ante la naturaleza. Encontrar esos valores, estéticos o mentales, tales como la libertad o la finalidad de la totalidad de los actos y el hallazgo de los caminos, supuso el esfuerzo por encontrar en el hombre la independencia del espíritu, la conciencia o la reflexión.
Henri-Louis Bergson (1859-1941) representó muy bien ese tiempo al radicalizar en parte su postura filosófica frente a los sistemas racionalistas. Influido poderosamente en su período juvenil de formación por la obra de John Stuart Mill, Herbert Spencer o Charles Darwin, la obra magnífica de este gran filósofo francés, ganador del Nobel de Literatura en 1927 (entregado un año más tarde), no especialmente amplia a decir verdad, rebosa calidad y precisión expositiva. Basta ojear cualquier ensayo (La risa, Materia y memoria, La energía espiritual, La evolución creadora, etc.) para advertir de golpe y porrazo que se trata de un filósofo de primera magnitud, tanto por sus planteamientos como por su temática.
Resulta conmovedor por tanto que la editorial Siruela haya editado algunos ensayos de este formidable pensador en formato reducido, de lectura rápida y muy manejable, lo que nos permite degustarlo en cualquier situación imprevista. En él se recogen varios ensayos dedicados esencialmente a la filosofía, la estética y la metafísica: extractos de una especie de actas que fueron redactadas y recopiladas por sus propios alumnos con motivo de unos cursos que impartió en el Lycée Henri IV de París y en Clermont-Ferrand (Auvernia). Este autor de impronta decimonónica encarnó, como decíamos, la reacción frente al positivismo valiéndose de esa nueva tendencia que maridaba espiritualidad y vitalismo. En este pequeño libelo se nos pone de manifiesto su considerable crítica a Kant y al grueso de su ideario estético para luego dar paso suavemente a las nociones sobre la belleza y la estética en general, terminando por exponer su consideración respecto del arte y de las formas sensibles de creación.
Bergson postulaba la existencia en el hombre de dos realidades, el espíritu y la materia. Consideraba que el espíritu es un ente individualizado e independiente. Los fenómenos asimismo no deberían ser tratados como factores exteriores; la vida interior no puede medirse con el mismo reloj de los contratiempos externos, sino que posee sus propios ritmos, sus propios tiempos. En esta misma línea, se opuso igualmente al determinismo físico y psicológico, lo que nos permitirá comprender, como es natural, por qué la idea de libertad se alzó como uno de los ejes centrales de su producción filosófica, ya que, en opinión del filósofo, dicho determinismo causal no existe ni en el mundo físico o material.
Un librito por tanto que recomendamos encarecidamente, tanto por la amabilidad de su lectura como por su efectividad argumentativa. Leer a Bergson quizás nos aleje un tanto de esta trepidante modernidad; posiblemente sus sistemas y patrones de pensamiento estén ya superados; con casi total seguridad sus postulados están descontextualizados de nuestra actualidad; todo ello es posible. Pero únicamente por la claridad enunciativa, ese don que todo genio de la comunicación posee, el libro se nos antoja imprescindible. Invita a reflexionar y lo hace de un modo desprendido y dinámico. No olvidemos que Henri Bergson recibía en todas sus conferencias a una cantidad abrumadora de personas de todo tipo, condición, edad o formación; fue una especie de fenómeno él mismo, también alimentado por quienes le consideraron una especie de místico nutrido en las postrimerías del siglo XIX y, por ello, un singular filósofo heterodoxo del siglo XX que mientras el mundo enunciaba sus tesis destructivamente tremendistas él pronunciaba incansablemente la palabra espíritu. Sin ninguna duda, una lección magistral.

 

 

Henri Bergson, Lecciones de estética y metafísica, Madrid, Ed. Siruela, 2012, 168 pp.

‘Henri Bergson. Una lección magistral’, publicado en la revista Culturamas (16.V.2012)

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El hombre apolítico

La política. Qué cosa tan extraña. Seguro que si preguntáramos su etimología, sólo unos pocos entre unos muchos sabrían la respuesta. La política. Qué cosa tan oscura. La televisión, esa gran amiga suya, no deja de regalarnos sórdidas noticias de los señores que la detentan: éstos se hacen llamar «políticos». Creo que no he conocido en mi vida un juego tan inquietante ni tan arriesgado. La política. Así es.

Curiosamente hoy, paseando con un amigo, el tema ha salido espontáneamente y nos ha dado por discutir tan peliagudas cuestiones. Todo marchaba bien, él se explicaba, yo me explicaba…, hasta que ha aparecido una palabra disonante: «apolítico». Éste término ha provocado cierta conmoción en mi interlocutor y seguidamente un desasosiego desolador. «No puedes ser apolítico -me decía insistente- porque quieras o no la política forma parte de tu vida». Cautamente improvisé un silencio de redonda, de los de cuatro tiempos, de los grandes.

Cuando volví en mí, ya estaba entre la espada y la pared. Tuve que alzar mi voz de manera firme para explicarle en qué consistía tal disonancia. Ser apolítico -le decía serenamente- no consiste en el pasotismo político, ser apolítico constituye una importante red de valores que el hombre respetuoso guarda de la política misma: ser apolítico es ser algo que no quieres ser. Parece que mi amigo prestó atención a mis palabras, pero no mucha a juzgar por su prestancia en cambiar de conversación. ¿Dónde estábamos?

Paradójicamente hoy (realmente ayer) nos encontramos en «jornada de reflexión», una tipología diurna que rara vez existe y en extrañas ocasiones se materializa. Algo así como un santo día laico dedicado al pensamiento. ¿Hemos reparado en ésta última frase? Deberíamos leerla de nuevo y advertir desde nuestra carencia que formamos parte de una ficción de monstruosas proporciones. En primer lugar, no debería dejarnos indiferentes eso de santo día laico, pero tampoco el pensamiento. ¿Por qué y con qué motivo?, me interrogo en mi fuero interno. Francamente no sé responder con exactitud. Todo es muy extraño. La política. Ya saben. Sí, la política. Esa cosa tan extraña de la que hablaba al principio. ¿Reflexión? ¿Reflexionar sobre qué? ¿Sobre el bipartidismo que una vez más peleará por el bocado más grande, o mejor, por el cuchillo que corta la tarta? ¿Reflexionar sobre un concepto noble que ya no existe? ¿Deberemos hacer finalmente un ejercicio de fe para no creer en la corrupción de los partidos? ¿O tendremos que vendarnos los ojos para saber a quién votamos? Yo, como bien le dije a este amigo, no sé lo que quiero, sé lo que no quiero. Quizás yo tampoco conozco la etimología de palabras tan nobles. Quizás no quiero vestirme con trajes ajenos. Quizás, como Heráclito, creo en la sabiduría a través de los contrarios. Quizás no quiera ser «político», sino apolítico. Pero sólo, y como el filósofo efesio, quizás no sepa de lo que hablo.