La cabellera /// Charles Baudelaire (1857)

¡Oh, crin que baja en rizos hasta el busto, hechicera!

¡Perfume de indolencia que impregnas ese pelo!

¡Éxtasis! Porque llenen mi oscura madriguera

los recuerdos que duermen en esa cabellera,

¡la agitaré en el aire lo mismo que un pañuelo!

 

El Asia displicente y el África abrasada,

todo un mundo lejano que casi se consume

habita tus honduras, floresta perfumada;

si hay almas que se elevan en música acordada,

nada mi alma en las ondas, ¡amor!, de tu perfume.

 

¡Irá allá, donde, fértiles, árbol y ser pensante

extienden al sol flavo los brazos y las ramas!

¡Oh trenzas, sed marea que me empuja adelante!

Tú guardas, mar de ébano, un sueño deslumbrante

de velas, de remeros, de mástiles y llamas:

 

un puerto estrepitoso donde mi alma al fin pueda

aspirar el perfume, el sonido, el color;

donde naves que cruzan sobre el oro y la seda

recogen en sus vastas manos esa moneda

de un gran cielo en que tiembla el eterno calor.

 

Hundiré mi cabeza, de embriagueces ya presa,

en ese negro mar do el otro está encerrado;

y mi sutil espíritu que el vaivén roza y besa

hallará la fecunda molicie que embelesa,

¡balanceo infinito del ocio embalsamado!

 

Crin azul, pabellón de sombras extendidas,

el combo azul del cielo de tus abismos me dan;

en el borde afelpado de tus crenchas torcidas

me embriago ardientemente de esencias confundidas

de aceite de palmera, de almizcle y de alquitrán.

 

Mucho tiempo… ¡por siempre! mi mano en tu melena

sembrará los rubíes, las perlas, el zafiro

para que a mi deseo nunca embargue la pena:

¿no eres tú mi oasis y la crátera plena

donde a sorbos el vino de la memoria aspiro?

 

Cit. Charles Baudelaire, Las flores del mal (trad. Manuel J. Santayana), Madrid, Vaso Roto, 2014, pp. 110-113.

 

[Ô toison, moutonnant jusque sur l’encolure! / Ô boucles! Ô parfum chargé de nonchaloir! / Extase! Pour peupler ce soir l’alçôve obscure / Des souvenirs dormant dans cette chevelure, / Je la veux agiter dans l’air comme un mouchoir! / La langoureuse Asie et la brûlante Afrique, / Tout un monde lointain, absent, presque défunt, / Vit dans tes profondeurs, forêt aromatique! / Comme d’autres esprits voguent sur la musique, / Le mien, ô mon amour! nage sur ton parfum. / J’irai là-bas où l’arbre et l’homme, pleins de sève, / Se pâment longuement sous l’ardeur des climats; / Fortes tresses, soyez la houle qui m’enlève! / Tu contiens, mer d’ébène, un éblouissant rêve / De voiles, de rameurs, des flammes et de mâts: / Un port retentissant où mon âme peut boire / À grands flots le parfum, le son et la coleur; / Où les vaisseaux, glissant dans l’or et dans la moire, / Ouvrent leurs vastes bras pour embrasser la gloire / D’un ciel pur où frémit l’éternelle chaleur. / Je plongerai ma tête amoureuse d’ivresse / Dans ce noir océan où l’autre est enfermé; / Et mon esprit subtil que le roulis caresse / Saura vous retrouver, ô féconde paresse, / Infinis bercements du loisir embaumé! / Cheveux bleus, pavillon de ténèbres tendues, / Vous me rendez l’azur du ciel immense et rond; / Sur les bords duvetés de vos mèches tordues / Je m’enivre ardemment des senteurs confondues / De l’huile de coco, du musc et du goudron. / Longtemps! toujours! ma main dans tan crinière lourde / Sèmera le rubis, la perle et le saphir, / Afin qu’à mon désir tu ne sois jamais sourde! / N’es-tu pas l’oasis où je rêve, et la gourde / Où je hume à longs trait le vin du souvenir?]

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«Y sin embargo se mueve» /// Galileo Galilei

Retrato de Galileo Galilei, por Justus Sustermans (1636) / Galleria degli Uffizi

Retrato de Galileo Galilei, por Justus Sustermans (1636) / Galleria degli Uffizi

Hoy se cumplen 381 años del proceso inquisitorial por el que el astrónomo pisano Galileo Galilei (1564-1642) fue condenado a prisión. La sentencia clamó al cielo en media Europa y, gracias a esto, su persona fue cobrando un nuevo lustre y su obra se difundió por el resto del mundo. Del procedimiento judicial hoy sabemos, entre otras cosas, que el papa Urbano VIII Barberini no firmó el acta de sentencia y que el científico recibió la visita en prisión del mismísimo Thomas Hobbes o John Milton, quienes siguieron con sensible atención y solidaridad el proceso. También sabemos que Urbano VIII conmutó, casi automáticamente, la pena que se le impuso, pero esta muestra del poder inquisitorial contra las propuestas de Galileo nos sirve para vislumbrar perfectamente el modo en el que la autoridad, el abuso de poder y el miedo al castigo pueden hacer renegar casi a cualquier mortal de sus pensamientos. Desgraciadamente, es algo que no ha expirado. En la actualidad seguimos asistiendo a procesos judiciales del mismo sesgo, ahora se les llama civiles, no religiosos; gente anónima que acata las duras penas impuestas desde la Administración por no poder hacer frente judicial o económicamente al requerimiento; fiscales que son más papistas que el papa, y nunca más pertinente; funcionarios del orden público sin un ápice de ética o de sentido común que campan a cuerpo de rey por la jungla de la ciudad con uniforme, caballo o pistola. Por suerte, el Santo Oficio de la Inquisición ya no existe, al menos en su forma originaria: resta la Congregazione per la Dottrina della Fede, el órgano vaticano que algunas voces pretenden asimilar al Santo Oficio y que yo desestimo, personalmente, por la creencia y la certeza de que esas voces, mucho me temo, no han leído ningún proceso inquisitorial. En ningún caso se trata de órganos equiparables. Volviendo a lo nuestro, lo que aquí les transcribo son las últimas dos intervenciones del proceso celebrado en Roma, en el convento de Santa Maria Sopra Minerva, en junio de 1633:


EL SANTO OFICIO CONTRA GALILEO GALILEI

«Puesto que vos, Galileo, de setenta años de edad, hijo del florentino Vincenzo Galilei, fuisteis denunciado en el año 1615 ante este Santo Oficio por apoyar como cierta la falsa doctrina enseñada por algunos de que el Sol es el centro del mundo y es inmóvil y que la Tierra se mueve con movimientos diarios; por tener discípulos a los que enseñasteis la misma doctrina; por mantener correspondencia con ciertos matemáticos de Alemania sobre lo mismo; por haber impreso ciertas cartas, recogidas en una obra titulada Historia y demostración acerca de las manchas solares, en la que desarrollabais la misma doctrina como cierta; y por responder a las objeciones extraídas de las Sagradas Escrituras y que de vez en cuando se os presentaban, interpretando las citadas Escrituras según vuestros propios propósitos; y en tanto que hubo sobre esto una copia de un documento en forma de carta, supuestamente escrita por vuestros antiguos discípulos, y en ella se muestran propuestas más profundas, siguiendo la idea de Copérnico, y que son contrarias al verdadero sentido y autoridad de las Sagradas Escrituras.

»En consecuencia, teniendo este Sagrado Tribunal la intención de proceder en contra del alboroto y del daño resultante, que ha ido incrementando en perjuicio  de la Santa Fe, por orden de Su Santidad y de los eminentísimos señores cardenales de esta Inquisición suprema y universal, las dos proposiciones sobre la inmovilidad del Sol y el movimiento de la Tierra han sido calificadas por los teólogos calificadores como sigue:

»La propuesta de que el Sol es el centro del mundo e inmóvil es absurda, filosóficamente falsa y formalmente herética, ya que es expresamente contraria a las Sagradas Escrituras.

»La propuesta de que la Tierra no es inmóvil ni es el centro del mundo, sino que se mueve con movimiento diario, es igualmente absurda y filosóficamente falsa y teológicamente errónea en la fe.

»Pero estando decidida en esa ocasión a trataros con indulgencia, la Santa Congregación, reunida con Su Santidad el 25 de febrero de 1616, decretó que su eminencia el señor cardenal Belarmino debería ordenaros abandonar totalmente la falsa doctrina ya citada, y os sería impuesto un mandato judicial por el comisario del Santo Oficio para abandonar la citada doctrina y no enseñarla a otros, ni defenderla, ni siquiera discutirla; y que si no consentíais este mandato debíais ser encarcelado. Para ejecutar este decreto, al día siguiente, el el palacio y en presencia del cardenal Belarmino, después de haber sido informado y advertido de una forma amistosa por el mismo señor cardenal, se os entregó un mandato por el entonces padre comisario del Santo Oficio en presencia de un notario y de testigos para que abandonárais completamente la falsa opinión y para que en el futuro no pudierais apoyarla, defenderla, ni enseñarla en ningún modo, ni oralmente ni de forma escrita; una vez prometida vuestra obediencia se os permitió partir.

»Además, para eliminar completamente tan perniciosa doctrina, y para no permitir que avanzara más en detrimento de la verdad católica, la Santa Congregación del Índice emitió un decreto en el que se prohibían aquellos libros que tratasen sobre este tema y se declaró la doctrina falsa y completamente contraria a las Sagradas Escrituras.

»Y dado que aquí ha aparecido recientemente un libro, impreso en Florencia el año pasado, en cuya dedicatoria se muestra que sois el autor, y cuyo título es Diálogo de Galileo Galilei sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano; y puesto que la Santa Congregación ha informado de que con este libro se estaba divulgando la falsa opinión del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol y que cada día tenía más impacto, el citado libro ha sido examinado diligentemente y se ha determinado que viola explícitamente el mandato que se os dio; ya que en el propio libro defendéis la opinión ya condenada y así declarada ante vos, aunque en el libro intentéis, a través de varios recursos, dar la impresión de dejarlo sin decidir y marcarlo como probable; este es también un error grave, ya que no hay forma posible de que una opinión etiquetada como contraria a las divinas Escrituras sea probable.

»Por lo tanto, por orden nuestra fuisteis convocado ante este Santo Oficio, donde, interrogado bajo juramento, reconocisteis el libro como escrito y publicado por vos. Confesasteis que hace diez o doce años, después de que se os diera el mandato citado anteriormente, empezasteis a escribir el citado libro, y que entonces perdisteis permiso para imprimirlo sin explicar a aquellos que os dieron dicho permiso que os encontrabais bajo el mandato de no apoyar, defender o enseñar tal doctrina de ningún modo.

»Asimismo confesasteis que, en varios puntos, la exposición del citado libro está expresada de tal manera que un lector podría interepretar que los argumentos dados por la parte falsa eran lo suficientemente efectivos como para ser más convincentes que disuasorios. Vuestras excusas por haber cometido un error, como dijisteis, tan ajeno a vuestra intención, fueron que lo que habíais escrito en forma de diálogo, y que todo el mundo siente una satisfacción natural por su propio ingenio y por mostrarse más inteligente que un hombre común al encontrar ingeniosos y aparentemente probables argumentos que apoyan incluso proposiciones falsas.

»Cuando se os dio un plazo conveniente para que presentarais vuestra defensa, aportasteis un certificado manuscrito del eminentísimo señor cardenal Belarmino, que dijisteis haber obtenido para defenderos de las acusaciones de vuestros enemigos, que alegaban que os habíais retractado y que habíais sido castigado por el Santo Oficio. Este certificado dice que ni os habíais retractado ni habíais sido castigado, sino que se os había notificado la declaración hecha por Su Santidad y publicada por la Santa Congregación del Índice, cuyo contenido es que la doctrina del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol es contraria a las Sagradas Escrituras y que, por lo tanto, no pueden ser ni apoyadas ni confirmadas. Dado que este certificad0 no contiene las dos formulaciones del mandato, véase «enseñar» y «de ningún modo», se supone que debemos creer que en el transcurso de catorce o dieciséis años las habéis olvidado, y que por esta misma razón no comunicasteis nada sobre este mandato cuando solicitasteis la licencia para publicar el libro.

»Además debemos creer que remarcasteis todo esto no para excusaros del error, sino para atribuirlo a la ambición vanidosa más que a la malicia. Sin embargo, el certificado que aportasteis en vuestra defensa agrava aún más vuestro caso ya que, a pesar de que dice que la citada opinión es contraria a las Sagradas Escrituras, os atrevéis a tratarla, defenderla y mostrarla como probable; tampoco os ayuda el permiso que obtuvisteis astutamente y con artimañas, ya que no mencionasteis el mandato bajo el que os encontrabais.

»Dado que no creímos que hubierais dicho toda la verdad sobre vuestra intención, consideramos necesario proceder contra vos sometiéndoos a un riguroso examen, en el cual, sin prejuicio alguno de las cosas por vos confesadas y contra vos deducidas sobre vuestra intención, respondísteis católicamente.

»Por lo tanto, una vez vistas y consideradas seriamente las circunstancias de vuestro caso, junto con las citadas confesiones y excusas y cuánta razón debía ser tenida en cuenta y considerada, hemos concluido contra vos lo que sigue.

»Por consiguiente, invocando al Santísimo nombre de nuestro señor Jesucristo y a su gloriosa madre, la siempre virgen María; y como tribunal, con el consejo de los reverendos Maestros de la Sagrada Teología y los doctores de ambas leyes, nuestros consejeros; en este escrito pronunciamos la sentencia final del caso que nos ocupa entre el Magnífico Carlo Sinceri, doctor de ambas leyes y procurador fiscal de este Santo Oficio, de una parte, y Galileo Galilei, el antes citado reo, aquí presente, examinado, procesado y confeso como se ha explicado, de la otra parte:

Decimos, pronunciamos, sentenciamos y declaramos que vos, Galileo, con motivo de las cosas detalladas en el juicio y que ya habéis confesado, os habéis vuelto, de acuerdo con este Santo Oficio, vehementemente sospechoso de herejía, es decir, de haber apoyado y creído una doctrina que es falsa y contraria a las Sagradas Escrituras divinas; a saber, que el Sol es el centro del mundo y no se mueve de este a oeste, y que se puede defender como probable una opinión después de haber sido declarada y definida contraria a las Sagradas Escrituras. En consecuencia, estáis sujeto a todas las penitencias impuestas y promulgadas por los sagrados cánones y todas las leyes particulares y generales contra este tipo de delitos. Estamos deseosos de absolveros siempre y cuando, de forma sincera y con fe verdadera, renunciéis en nuestra presencia, maldigáis y detestéis los citados errores y herejías y cualquier otro error y herejía contraria a la Iglesia católica y apostólica en el modo y la forma que os indicamos.

»Además, para que este grave y pernicioso error vuestro no quede sin castigo, y para que seáis más cauto en el futuro, y como ejemplo para que otros se abstengan de cometer delitos de este estilo, ordenamos que el libro Diálogo de Galileo Galilei sea prohibido por edicto público.

Os condenamos a prisión formal en este Santo Oficio mientras sea nuestra voluntad. Y como penitencia os imponemos la obligación de recitar los siete Salmos penitenciales una vez a la semana durante los próximos tres años. Y nos reservamos el poder de reducir, revocar o eliminar parcial o totalmente los citados castigos y penitencias.

»Así decimos, pronunciamos, sentenciamos, declaramos, ordenamos y reservamos, en esto y en todo lo demás, del mejor modo y forma que razonablemente podamos y debamos. Así se pronuncian los siguientes cardenales:

F. cardenal de Ascoli, B. cardenal de Gessi, G. cardenal de Bentivoglio, F. cardenal de Verospi, Fr. D. cardenal de Cremona, M. cardenal de Ginetti, Fr. Ant. cardenal de San Onofrio.»


DECLARACIÓN FINAL DE GALILEO

 «Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galilei de Florencia, de setenta años de edad, citado personalmente ante este tribunal y arrodillado ante vos, los eminentísimos y reverendos señores cardenales, inquisidores generales contra la depravación en la comunidad cristiana, viendo y tocando con mis propias manos los Sagrados Evangelios… juro que siempre he creído, creo ahora y, con la ayuda de Dios, creeré en el futuro todo lo que la santa Iglesia católica y apostólica de Roma sostiene, enseña y predica. Pero considerando -después de haber recibido un mandato judicial de este Santo Oficio para que abandonara la falsa opinión de que el Sol es el centro inmóvil del mundo y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y para prohibirme apoyar, defender o enseñar en modo alguno la citada doctrina, y después de haberme notificado que esta idea es contraria a las Sagradas Escrituras- que escribí y publiqué un libro en el que trato esta doctrina ya condenada y que alego motivos de gran fuerza lógica en su favor, sin rebatirlos, he sido declarado por el Santo Oficio como vehementemente sospechoso de herejía, es decir, de haber apoyado y creído que el Sol es inmóvil y es el centro del mundo, mientras que la Tierra no es el centro y se mueve.

»Por lo tanto, deseoso de apartar de las mentes de vuestras eminencias, y de las de todo cristiano creyente, esta sospecha levantada justamente contra mí, con un corazón sincero y fe verdadera, reniego, maldigo y detesto los errores y herejías citados, y en general cualquier otro error y sectarismo contrario a la sagrada Iglesia; y juro que en el futuro nunca volveré a decir o afirmar, oralmente o por escrito, nada que pueda dar lugar a una sospecha similar contra mí; y si supiera de algún hereje o persona sospechosa de la herejía, le denunciaré ante este Santo Oficio, o al inquisidor del lugar donde esté. Juro, además, y prometo que cumpliré y observaré íntegramente todas las penitencias que me han sido o me puedan ser impuestas por este Santo Oficio. Y, en el caso de que contravenga (Dios no lo quiera) alguna de estas promesas y juramentos, me someto a todas las penas y castigos impuestos y promulgados en los sagrados cánones y en otras constituciones, generales y particulares, contra este tipo de delitos. Así pido la ayuda de Dios y de estos Sagrados Evangelios, que toco con mis manos.

»Yo, el citado Galileo Galilei, he abjurado, jurado, prometido y me he comprometido como se cita; y como muestra de la verdad de esto, he suscrito con mis propias manos el presente documento de mi abjuración, y lo he recitado palabra por palabra en Roma, en el Convento de [Santa Maria sopra] Minerva, el vigésimo segundo día de junio de 1633.

»Yo, Galileo Galilei, he abjurado como se cita con mis propias manos.»

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En realidad el caso de Galileo fue más sencillo de lo que aquí parece. Ni la Iglesia fue tan dura —véase Inquisición, no papado— ni Galileo fue un santo. Me explico. Al proceso final, éste de 1633, lo precede otro anterior de 1616 por el que Galileo fue amonestado y advertido de que, sobre aquellas extravagancias propagadas, se tenía la consideración de blasfemia y contradecían la autoridad bíblica. Galileo hizo declaración jurada de acatar el ordenamiento: no debía enseñar, difundir o tratar de defender esas teorías. El Santo Oficio entendía por ataque que Galileo interpretase sus teorías terráquea y heliocéntrica como una probabilidad, una hipótesis. Los términos siempre han molestado a la Iglesia.

Fachada de Santa Maria sopra Minerva / Foto: Jenses

Fachada de Santa Maria sopra Minerva / Foto: Jenses

Pero Galileo, una vez pasado este incidente cuya repercusión debió considerar mínima, fue tomando una paulatina confianza, o quizás porque dicha sentencia a la que estaba expuesto finalmente resultó cutánea, no lo sabemos, decide publicar en Florencia —ni corto ni perezoso— un libelo con el título de Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano, en el que satirizaba a diversos eclesiásticos opuestos a su teoría, y además se atrevía a rubricarlo con su nombre. El preludio de su sentencia se firmó en ese momento, y fue firmada por él mismo. Ahora la bóveda gótica encapotada de estrellas sobre un majestuoso fondo azul ultramar de Santa Maria sopra Minerva asiste a la conclusión de su propio veredicto. Resulta evidente que la Inquisición tomó este gesto como un desafío y una proclama herética sin precedentes, a sabiendas, claro estaba, de que no entrañaba amenaza alguna para los teólogos o los doctores. Fue una cuestión de orgullo. A lo largo de su historia, el Santo Oficio había llevado a cabo procesos que cuestionaban de manera más preocupante su estabilidad religiosa, política o económica, por los cuales, sin embargo, no se cobraron tal venganza. Puede decirse, y esto es una mera hipótesis, que el proceso a Galileo fue tomado como una afrenta personal hacia la Inquisición. Si Galileo no hubiera publicado ese tratado o, en su defecto, hubiera omitido la autoría, hoy no estaríamos hablando de la condena vejatoria a la que fue sometido. Digamos que el órgano de represión católica más temible de la historia dio una oportunidad al científico, pero éste, armado con un concepto de libertad de expresión inédito hasta la fecha y con la confianza de que el conocimiento podría salvarle incluso de la hoguera, se saltó las reglas del juego.

Interior de Santa Maria sopra Minerva / Foto: Luis Barrionuevo

Interior de Santa Maria sopra Minerva donde Galileo pronunció la abjuración / Foto: Luis Barrionuevo

Se dice que, una vez acatado el fallo del tribunal y de acuerdo con la sentencia final que lo conminaba peligrosamente a prisión (recordemos que una condena a prisión, al menos por aquel entonces, significaba poco más o menos que una sentencia de muerte), Galileo murmuró entre los alguaciles su famosa frase: «Y sin embargo se mueve». Jamás podremos contrastar la veracidad de este hecho, algunos documentos siguen blindados en el Vaticano, pero algunos historiadores se obstinan en alzar al Galileo rebelde, anticlerical e inconformista. Un naturalista escocés, Sir David Brewster, por ejemplo, a distancia de dos siglos añadió: «La audacia, cuando no la imprudencia, con la que insistía en convencer a sus enemigos en general sólo lograba alejarlos de la verdad.» Esto avalaría el temperamento de Galileo y su posterior resolución, pero sin embargo, estamos hablando de una fuente de principios de siglo XIX. Así y todo, seguirá habiendo estudiosos cientifistas que encumbren al Galileo enemigo de la Iglesia y también estudiosos clericales que le quiten hierro a la infalibilidad de la Iglesia. Ni unos ni otros merecen mi atención. Es necesario tener en cuenta algo importante: la Inquisición no era el Vaticano, fue todavía peor. Hablamos de un órgano judicial, ejecutivo (y casi legislativo) capaz de condenar moral, ética y religiosamente a un ser humano sospechoso de cualquier comportamiento. Fue tan poderoso que ni tan siquiera los papas barajaron la posibilidad de cruzarse en sus propósitos, a riesgo de generar con ello el cuestionamiento de su autoridad y una posterior reprimenda secreta y confabulada. Díganme ahora, se lo ruego, si después de todo esto no conocen en la actualidad algún órgano similar que detente tanto poder. Perdonen, me he debido volver absolutamente loco. Lo dicho, Galileo Galilei.

 

 

Bibliografía (por orden cronológico)

-Pio PASCHINI: Vita e Opere di Galileo Galilei, Roma, Herder, 1965.

-Galileo GALILEI (ed. Antonio Favaro): Le Opere di Galileo, Florencia, Barbera, 1968.

-Drake STILLMAN: Galileo, Madrid, Alianza, 1983.

-Sergio PAGANO (a cura di): I documenti del processo di Galileo Galilei, Collectanea Archivi Vaticano, nº 21, Archivio Segreto Vaticano, 1984.

-Galileo GALILEI (ed. Antonio Beltrán Marí): Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano, Madrid, Alianza, 1994.

-Nicolás COPÉRNICO: Sobre las revoluciones (de los orbes celestes), Madrid, Tecnos, 2001.

-David FREEDBERG: The Eye of the Lynx: Galileo, His Friends, and the Beginnings of Modern Natural History, Chicago, University of Chicago Press, 2002.