Piero della Francesca y el nuevo fresco de San Polo (Arezzo)

Piero della Francesca, Retrato de Sigismondo Pandolfo Malatesta (1451) / Museo del Louvre

Piero della Francesca, Retrato de Sigismondo Pandolfo Malatesta (1451) / Museo del Louvre

De Piero della Francesca no sabemos prácticamente nada. Los expertos han cotejado y llegado a la conclusión de que debió nacer entre 1410 y 1420, decantándose por una fecha cercana a la segunda. Sin embargo, el primer documento que prueba su actividad como pintor lo encontramos en un documento relacionado con Domenico Veneziano, su maestro de marras, en pago por los frescos del coro de Sant’ Egidio de Florencia, fechado el 7 de septiembre de 1439. Sobre la relación entre ambos pintores, los estudiosos han establecido que pudieron conocerse allá por 1435, momento en el cual Piero acompañaría a su maestro por Umbría; aunque también existe la posibilidad de que la intervención de ambos en Loreto cimentara esta fructífera relación (Vasari).

Se dice que esta casualidad no fue tal, puesto que ambos estaban dándole vueltas a la lección de Masaccio en el Carmine, pero no nos adelantemos. Tres años después del mencionado coro de Florencia, Piero se encuentra formando parte del Consejo de Borgo [Sansepolcro] y, tres años más tarde, en la misma ciudad, la Cofradía de la Misericordia le confía el políptico para su propio altar. Después de 1445, se le supone un viaje a Urbino, Ferrara (1449) y por último Rímini (1451). El trazado se asemeja mucho al de otro gran maestro de maestros como Leon Battista Alberti, quien por cierto no dejó de alabar los beneficios de la corte de los d’Este (Ferrara) y los Malatesta (Rímini), cuyas comitencias fueron decisivas para el curso de los acontencimientos culturales de mitad del Cuatrocientos. Tal vez en estos mismos años Piero pudo pasar por la Roma cortesana del papa Parentucelli (Nicolás V, muerto en 1455) pero lo que sí es seguro es que trabajó en la cámara del «albertiano» papa Piccolomini (Pío II), tema controvertido sobre el que los estudiosos, siempre siguiendo a Vasari, no han conseguido ponerse de acuerdo sobre cual fue exactamente su empresa. Sabemos, por otra parte, de su ausencia en Borgo en 1462 gracias a un documento dirigido a su hermano Marco, pero en 1467 reaparece en su tierra natal ocupando cargos públicos. De estos años se tiene constancia por la liquidación del políptico de San Agustín (1469), una citación por morosidad (1471), un poder en favor de su hermano (1473) y el pago de los frescos perdidos de la capilla de la Madonna di Badia* (1474). Posteriormente, los documentos se mantienen mudos durante cuatro años, lo que ha dado pie a pensar que Piero aprovechó este lapso de tiempo para terminar en Urbino la Madonna di Sinigallia y el Retablo de San Bernardino. Otro documento de 1478 y, sobre todo, el hecho notable de ponerse al frente de la Cofradía de San Bartolomé en 1480, atestiguan los últimos años de Piero della Francesca en Borgo. Por último, vuelve a viajar a Rímini en 1482, y se supone que para cumplir con un encargo nada breve, pues alquila una casa con el uso del huerto y el pozo. Cinco años después se redactó su testamento, y cinco años más tarde, el mismo día en que Rodrigo de Triana avistaba el Nuevo Mundo desde “La Pinta” en la isla de Guanahaní, Piero exhalaba su último aliento cerca de Borgo Sansepolcro: «M. Pietro di Benedetto de’ Franceschi pittore famoso a’ dì 12 ottobre 1492; sepolto in Badia» [«Maestro Pietro di Benedetto de los Franceschi, pintor famoso, el día 12 de octubre de 1492; sepultado en Badia»].

Madonna de Senigallia / Galleria Nazionale delle Marche (Urbino)

Madonna de Senigallia / Galleria Nazionale delle Marche (Urbino)

El lector iniciado, el estudioso o el aficionado se habrán percatado, sin dificultad alguna, de la ausencia total de la obra de Piero en Arezzo, sin lugar a dudas uno de los ciclos pictóricos más importantes del Renacimiento italiano y el más importante de su carrera. Pero no ha sido casual. La vida y obra de Piero della Francesca adolece de tantas lagunas documentales que es aconsejable, y en cierto modo inevitable, hacer un repaso geográfico de las ciudades que visitó para luego tratar, individualmente en la medida de lo posible, la correspondencia en cada una de sus obras que, a pesar de ser escasas, todas son de absoluta referencia. No debemos olvidar que en la obra del maestro quattrocentista predomina el fresco, técnica dependiente en extremo de las condiciones climáticas y que exige, a su vez, una ardua labor de conservación que muchas veces la historia, como hemos podido comprobar, no ha administrado equitativamente. Hoy lo podemos corroborar ya no sólo en los de Piero en Arezzo o en los de Giotto en Padua, sino a lo largo de toda la geografía italiana y de múltiples formas: era evidente -incluso natural- que una cantidad ingente y parcial de frescos se diluyera entre la humedad y la inclemencia de la tierra sin contar, claro estaba, con la circunstancia de que los vapores turísticos no han contribuido a mejorar la situación. Pero volvamos a la obra de Piero.

Es unánime el juicio de que Piero recurriese, con apenas veinte años y como tantos otros con posteriormente, al texto pictórico de Masaccio en la Capilla Brancacci para conformar su lenguaje artístico. Allí, traducidos los planteamientos arquitectónicos y espaciales de Alberti -espíritu tan afín al suyo-, estos debieron parecerle tan exactos respecto a la gravitas monumental que pudo llegar a sugerir correcciones a los rudimentos que su maestro Domenico le enseñó. Mucho se ha dicho también de la hipotética influencia de Paolo Uccello y el Claustro Verde de Santa Maria Novella, pero Longhi, ya en su monografía de 1927, desmontó la confusión. Piero eligió a Domenico como maestro y mentor; al igual que aprendió en Sant’ Egidio y no en San Miniato.

La atención vuelve a Masaccio, y en concreto a la Trinidad, donde además de la perspectiva de Brunelleschi, proyectada por primera vez en equivalencia entre figuras y ambiente [dignitas] y en función de la naturalidad de las figuras, o lo que es lo mismo: el hombre como paisaje [humanitas], una lección fundamental de cómo representar en pintura un episodio arquitectónico autónomo. El problema fue tan lejos que llegó a plantearse en términos de Weltanschauung [como concepto del mundo]: tanto en la Trinidad de Santa Maria Novella como en los frescos de la Capilla Brancacci; y frente a la fórmula ficticia del hombre como dominador de la naturaleza, Masaccio prefirió el concepto «de la dignidad natural absoluta, del humanismo total de la realidad» (Busignani).

Piero probablemente llegara a Florencia antes de que Masaccio falleciera, cuando Domenico Veneziano quiso desenredar, precisamente en Sant’ Egidio, el concepto paisajístico que del maestro pasó a Filippo Lippi o Andrea del Castagno. En resumen: la ecuación de Domenico Veneziano fue sintetizar el binomio (que en realidad era uno) hombre-naturaleza y poner en práctica un ejercicio de poética natural sin par en su momento. Otra cosa es la cuestión lumínica. No sabemos cuánto pudo deberle el uno al otro, aunque Longhi piensa que la luz, que primero será de Domenico y luego de Piero, fue consustancial a la visión pictórica de Masaccio.

trinity

Masaccio, Trinidad (1425-1428) / Santa Maria Novella (Florencia)

Si debemos suponer, entonces, que el pálpito artístico de Piero osciló entre Masaccio y Domenico, es plausible que tendiera hacia el primero; como posible que buscase en él un significado existencial -siempre asistido, cómo no, por la prosa de Alberti y su Trattato della Pittura– que ya no era el estilo florido y colorista del segundo, por lo que podríamos glosar grosso modo la iniciativa de Piero en: significado existencial (Masaccio) + adorno, estilo, ornamento (Domenico Veneziano). Visto así, sólo faltaría reseñar un apunte que considero fundamental y al que se refiere, mucho mejor que yo, Alberto Busignani: «El sublime arcaísmo de Piero della Francesca, mejor que a una arcana y soterrada correspondencia con la Antigüedad, podrá atribuirse al elevado sentimiento que sobre la Antigüedad tuvieron los primeros humanistas, para quienes la identificación de la florentinitas con un ideal de romanitas, significó coincidencia de valores políticos (la libertad del civis romanus propuesta de nuevo por los ciudadanos de Florencia) y culturales (la historia de los antiguos es la historia que nutre al presente: de aquí el humanismo filológico).» Este párrafo podría resumir (aún con décadas de edad) el cuerpo, el alma y el temperamento de ese primer Renacimiento italiano nacido en la ciudad del Arno.

En este sentido, Piero se erigió como el único y legítimo heredero del humanismo político-social de la primera hornada de artistas del Quattrocento. Curiosamente sería esta misma consideración la que -al igual que ya había pasado con Dante y habría de pasar con Machiavelli- propiciara en parte la repulsa de los florentinos cuando Piero decidió trasladarse a la patria chica, Borgo Sansepolcro. En realidad, los motivos fueron sencillos: Florencia, allá por 1430-1440, vivía el auge señorial de una nueva administración que estaba dando excelentes resultados; se vislumbraba el antiguo concepto de república bajo el telar de los Medici; y el modelo de gobierno viró hacia un tipo de cultura narrativa, heráldica, cortesana e incluso neogótica (recordemos que al viejo Cosme seguía gustándole más la obra de un Michelozzo elegante y estilizado -véase la biblioteca del Convento de San Marco- que la de un Brunelleschi revolucionario y vigoroso). Todo esto hizo que Piero fuera algo así como un asceta invitado a un banquete ofrecido por aristócratas y ricos mercaderes, y eso no gustaba, no agradaba y no interesaba. En parte por esto, Piero representa lo que representa y es lo que es: una de las figuras capitales de la Historia del Arte occidental, uno de los baluartes más representativos de la búsqueda de la pureza en la vida y en la forma, en el estilo y en el contenido; un pintor para el que la implicación de operar en una fundación religiosa como San Francisco de Arezzo iba más allá del encargo meramente material; un ser humano que embebido de teoría y praxis intentó desgajar el misterio de la representación natural y ponerla al servicio del hombre. En definitiva, un artista de pies a cabeza que no cesó de aprender hasta el final de sus días.

Y si en Florencia fue estigmatizado por su honradez, en cortes como las de Urbino, Ferrara y Rímini, los Montefeltro, Este y Malatesta respectivamente, se disputaron su presencia. Ellos fueron capaces de reconocer en él «a un antiguo redivivo, rico de aquella solemnitas y dignitas de las que hablaba Alberti».

Madonna / Colección Contini Bonacossi (Florencia)

Madonna / Colección Contini Bonacossi (Florencia)

Si la Madonna que atesora la colección Contini Bonacossi, su primera obra, fue realizada en un momento de aprendizaje cercano a Domenico Veneziano, el célebre Bautismo de la National Gallery de Londres, que es inmediatamente posterior, confirma sus orígenes de una manera clara, concisa y sin rastro de retórica. En ésta Piero vuelve a establecer la equivalencia entre hombre y naturaleza, y enmarca el proceso dentro de la solemnidad del ritual rústico: las cosas y los hombres están hechos de la misma materia. Pero va más lejos incluso. Descubre en el campesinado, en sus ritos, sus celebraciones, algo que identifica con un tipo de métrica o ritmo semejantes al arcaico, que son a su vez el aura de los más insignes poetas. Pensemos en Masaccio de nuevo. Si éste, gracias a la perspectiva de Brunelleschi, comprendió la dimensión humana de sus apóstoles, Piero cree adivinar, alejado de la ciudad e inmerso de lleno en la vida antigua que ofrece el entorno del campo, las huellas de un hexámetro griego -por qué no el de Homero o el de Hesíodo- capaz de convertir a campesinos y agricultores en reyes pastores.

Políptico de la Misericordia / Pinacoteca Comunale (Borgo Sansepolcro)

Políptico de la Misericordia / Pinacoteca Comunale (Borgo Sansepolcro)

Un razonamiento que también es válido para el Políptico de la Misericordia de Borgo San Sepolcro, encargado en enero de 1445 y entregado mucho más tarde a pesar de haber pactado la fecha de 1448. Sobre las tablas de San Sebastián y San Juan Bautista, al parecer las últimas en ejecución, Longhi se refirió en estos términos: «en la distribución arquitectónica del políptico, de estructura perfecta, se disponen estos santos como bajo los arcos de un pórtico de Alberti deslumbrado por un sol, y se convierten ellos mismos en templo y en medida del templo».

Inmediatamente anterior a la empresa de Arezzo habría que situar, siempre según Longhi, el San Jerónimo de Venecia (Gallerie dell’Accademia), el Bautismo de Londres (National Gallery) del que ya hemos hablado, la primera fase del Políptico de la Misericordia de Borgo (Pinacoteca Comunale), la Madonna del Parto de Monterchi (Capilla del Cementerio), la Flagelación de Urbino (Galleria Nazionale delle Marche) y la Magdalena del Duomo de Arezzo. Aunque todavía causa muchos problemas, la fecha del ciclo de la Leyenda de la Vera Cruz se sitúa -de corriente- hacia 1452, fecha que el descubrimiento del nuevo fresco de Arezzo ha hecho emerger a la superficie y a lo que volveremos más tarde.

* * *

Leyenda de la Vera Cruz – Capilla Bacci (San Francesco de Arezzo)

La historia de la Vera Cruz, como ya hicieran Agnolo Gaddi en Santa Croce (Florencia), Cenni di Francesco en San Francesco (Volterra) o las destruidas de Masolino en Santo Stefano (Empoli), es un tema eminentemente vinculado al mundo franciscano y está extraído, en esencia, de la Leyenda Dorada, crónica insigne de Jacobo de Vorágine. El ciclo de Piero en Arezzo comprendía doce paneles parietales:

  1. Historia de los adamitas y muerte de Adán.
  2. Adoración del Árbol Sagrado por la reina de Saba / Encuentro de Salomón con la reina de Saba.
  3. Traslado y entierro del Árbol Sagrado.
  4. Anunciación [de la muerte de Cristo].
  5. Sueño de Constantino.
  6. Victoria de Constantino sobre Majencio en Puente Milvio.
  7. Tortura del hebreo Judas Levita.
  8. Descubrimiento y prueba de la Vera Cruz.
  9. Batalla entre el emperador bizantino Heraclio y Cosroes II.
  10. Restitución de la Cruz.
  11. Profeta Jeremías.
  12. Profeta Isaías.
Disposición de los frescos del ciclo de la Vera Cruz / San Francesco (Arezzo)

Disposición de los frescos del ciclo de la Vera Cruz / San Francesco (Arezzo)

Sobre las fechas no existe consenso alguno entre los especialistas, si bien está considerada, ya desde Luca Pacioli, como la mayor obra de Piero. Cabe recordar el impacto que causó en diversos escritores e intelectuales a lo largo de la historia, como por ejemplo Aldous Huxley, Pier Paolo Pasolini, Gabriele D’Annunzio o Albert Camus. La decoración de la capilla, iniciada por Bicci di Lorenzo (1373-1452), había sido un encargo de Francesco y Tommaso di Bacci que no se hizo efectivo hasta 1447. El pintor murió prematuramente en 1452, momento en el que Piero toma el relevo. En cuanto a la elección de este, tan distinto de la visión gotizante de Bicci di Lorenzi, destaca la opinión de Carlo Ginzburg que ve su razón de ser en la comitencia. El primogénito de Francesco, Giovanni Bacci, estuvo sólidamente vinculado a las corrientes humanistas del momento, formaba parte de los círculos intelectuales y además se encontraba en Florencia en 1439, al igual que Piero, se supone que para asistir al famoso concilio ecuménico de las iglesias. Al parecer no se entendía bien con su padre, pero ha de asumirse una hipotética influencia decisiva en la asignación del encargo. A raíz de esto, Ginzburg cree que tenía una fuerte relación con Sigismondo Malatesta antes de 1449 y así intuye una intervención en el Templo Malatestiano de Rímini, pero Longhi, Clark, Battisti o Gilbert no se ponen de acuerdo en la fecha de 1452 como inicio de los trabajos de Piero. Tampoco hay acuerdo entre las jornadas de ejecución, pero eso a nosotros, al menos de momento, no nos importa demasiado. Contó, eso sí, con la ayuda de maestros menores, aunque en todo momento ejerció el control de las obras y suministró precisos cartones a sus ayudantes, entre ellos, Giovanni da Piamonte y Lorentino d’Andrea.

La historia de la Vera Cruz es la siguiente. Cuando Adán estaba a punto de morir, el arcángel San Miguel le promete un aceite milagroso; Adán envía a su hijo Set a las puertas del Paraíso para que lo recoja, pero allí, en vez de recibir el aceite, se le entrega una rama de olivo de la que brotaría -cinco mil quinientos años después- el aceite de la salvación. Al volver, Set encuentra muerto a su padre y planta la rama sobre su tumba (escena 1). A su vez, el rey Salomón intenta utilizar el árbol que había crecido sobre la tumba de Adán para contruir el templo, pero no lo consigue. Una vez cortada, la madera siempre era demasiado pequeña o demasiado grande. Por eso se utiliza como puente sobre el río Siloé, lugar en el que la reina de Saba, al pasar por ella, sintió una premonición. A Salomón le dijo proféticamente que aquel madero anunciaba el fin del reino Judío (escenas 2-3). Para evitarlo, Salomón ocultó el madero en la piscina probática, pero este flotó y fue utilizado en la construcción de la Cruz de Cristo, su muerte (escena 4). Trescientos años después, en la batalla contra Majencio en el Puente Milvio, Constantino tuvo otra visión: un ángel lo exhorta a combatir bajo el signo de la Cruz (escena 5). Conclusión: Constantino vence a Majencio (escena 6) y, una vez convertido, envía a Jerusalén a su madre Elena para que busque el madero de la Vera Cruz. Sólo el hebreo Judas Levita sabe el paradero y Elena acaba torturándole y arrojándole a un pozo, del que por cierto saldrá transcurridos siete días (escena 7). Judas revela el lugar donde está el sagrado madero, bajo un templo dedicado a Venus. Destruyen el templo y aparecen las tres cruces del Calvario. No hay duda de que es la Vera Cruz porque un muerto al instante (escena 8). Tres siglos después, el rey persa Cosroes roba la reliquia y se hace adorar como un dios, por lo que Heraclio desata la guerra contra él y, finalmente, vence y le hace decapitar (escena 9). La Cruz vuelve a Jerusalén, abriéndose las puertas a su paso, para que al fin sea depositada en el Santo Sepulcro (escena 10).

Panel 1 / Adamitas y la muerte de Adán

Panel 2 / Encuentro entre Salomón y la reina de Saba

Panel 3 / Traslado del madero de la Cruz

Panel 4 / La visión de Constantino

Panel 5 / Victoria de Constantino sobre Majencio en Puente Milvio

Panel 6 / Tortura de Judas Levita

Panel 7 / Descubrimiento y milagro de la Cruz

Panel 8 / Derrota y decapitación de Cosroes II

Panel 9 / Exaltación de la Cruz

Panel 10 / Anunciación

Otras figuras:

Se suele creer, según una opinión generalizada y difundida por Ginzburg, que el ciclo de la Vera Cruz está compuesto iconográficamente siguiendo las pautas del cardenal Besarión. Este heredó del patriarca Gregorio Mammas la reliquia de la Vera Cruz, que había sido propiedad de la dinastía bizantina de los Paleólogos. Así y todo, aún no existe consenso entre los historiadores.

* * *

Ahora bien, después de haber hecho un repaso ilustrado por la obra de Piero, la actualidad del maestro renacentista sigue estando en el candelero. Hace pocas semanas salía en los periódicos la noticia de un nuevo descubrimiento en la parroquia de San Polo de Arezzo, presumiblemente un fresco de San Antonio Abad que, dada la delicadeza de la obra Piero, casi toda al fresco, se encuentra en buenas condiciones de conservación. La presidenta de la Fondazione Piero della Francesca, Paola Refice, y el soprintendente Agostino Bureca, se muestran optimistas según lo cotejado hasta el momento. Esperaremos impacientes los informes. Los amantes del Renacimiento italiano, y en especial de Piero della Francesca, hoy más que nunca, estamos de suerte. Salud.

Bibliografía

-Alberto Busignani, Piero della Francesca, Florencia, Sadea, 1968.

-Valeriano Bozal, Piero della Francesca, Madrid, colección Historia 16, número 4, 1993.

-Antonio Paolucci y Carlo Bertelli (a cura di), Piero della Francesca e le corti italiane, Milán, Skira, 2007 (Arezzo, Museo Statale d’Arte Medievale e Moderna, 31 marzo – 22 luglio).

-Carlo Bertelli; Anna Maria Maetzke, Piero della Francesca. La leggenda della vera Croce in San Francesco ad Arezzo, Milán, Skira, 2006.

-Roberta Adda (a cura di), Piero della Francesca. Intinerari nel territorio, Milán, Skira, 2006.

 -Santiago de la Vorágine, La leyenda dorada (prólogo y selección de Alberto Manguel), Madrid, Alianza, 2011.
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«Y sin embargo se mueve» /// Galileo Galilei

Retrato de Galileo Galilei, por Justus Sustermans (1636) / Galleria degli Uffizi

Retrato de Galileo Galilei, por Justus Sustermans (1636) / Galleria degli Uffizi

Hoy se cumplen 381 años del proceso inquisitorial por el que el astrónomo pisano Galileo Galilei (1564-1642) fue condenado a prisión. La sentencia clamó al cielo en media Europa y, gracias a esto, su persona fue cobrando un nuevo lustre y su obra se difundió por el resto del mundo. Del procedimiento judicial hoy sabemos, entre otras cosas, que el papa Urbano VIII Barberini no firmó el acta de sentencia y que el científico recibió la visita en prisión del mismísimo Thomas Hobbes o John Milton, quienes siguieron con sensible atención y solidaridad el proceso. También sabemos que Urbano VIII conmutó, casi automáticamente, la pena que se le impuso, pero esta muestra del poder inquisitorial contra las propuestas de Galileo nos sirve para vislumbrar perfectamente el modo en el que la autoridad, el abuso de poder y el miedo al castigo pueden hacer renegar casi a cualquier mortal de sus pensamientos. Desgraciadamente, es algo que no ha expirado. En la actualidad seguimos asistiendo a procesos judiciales del mismo sesgo, ahora se les llama civiles, no religiosos; gente anónima que acata las duras penas impuestas desde la Administración por no poder hacer frente judicial o económicamente al requerimiento; fiscales que son más papistas que el papa, y nunca más pertinente; funcionarios del orden público sin un ápice de ética o de sentido común que campan a cuerpo de rey por la jungla de la ciudad con uniforme, caballo o pistola. Por suerte, el Santo Oficio de la Inquisición ya no existe, al menos en su forma originaria: resta la Congregazione per la Dottrina della Fede, el órgano vaticano que algunas voces pretenden asimilar al Santo Oficio y que yo desestimo, personalmente, por la creencia y la certeza de que esas voces, mucho me temo, no han leído ningún proceso inquisitorial. En ningún caso se trata de órganos equiparables. Volviendo a lo nuestro, lo que aquí les transcribo son las últimas dos intervenciones del proceso celebrado en Roma, en el convento de Santa Maria Sopra Minerva, en junio de 1633:


EL SANTO OFICIO CONTRA GALILEO GALILEI

«Puesto que vos, Galileo, de setenta años de edad, hijo del florentino Vincenzo Galilei, fuisteis denunciado en el año 1615 ante este Santo Oficio por apoyar como cierta la falsa doctrina enseñada por algunos de que el Sol es el centro del mundo y es inmóvil y que la Tierra se mueve con movimientos diarios; por tener discípulos a los que enseñasteis la misma doctrina; por mantener correspondencia con ciertos matemáticos de Alemania sobre lo mismo; por haber impreso ciertas cartas, recogidas en una obra titulada Historia y demostración acerca de las manchas solares, en la que desarrollabais la misma doctrina como cierta; y por responder a las objeciones extraídas de las Sagradas Escrituras y que de vez en cuando se os presentaban, interpretando las citadas Escrituras según vuestros propios propósitos; y en tanto que hubo sobre esto una copia de un documento en forma de carta, supuestamente escrita por vuestros antiguos discípulos, y en ella se muestran propuestas más profundas, siguiendo la idea de Copérnico, y que son contrarias al verdadero sentido y autoridad de las Sagradas Escrituras.

»En consecuencia, teniendo este Sagrado Tribunal la intención de proceder en contra del alboroto y del daño resultante, que ha ido incrementando en perjuicio  de la Santa Fe, por orden de Su Santidad y de los eminentísimos señores cardenales de esta Inquisición suprema y universal, las dos proposiciones sobre la inmovilidad del Sol y el movimiento de la Tierra han sido calificadas por los teólogos calificadores como sigue:

»La propuesta de que el Sol es el centro del mundo e inmóvil es absurda, filosóficamente falsa y formalmente herética, ya que es expresamente contraria a las Sagradas Escrituras.

»La propuesta de que la Tierra no es inmóvil ni es el centro del mundo, sino que se mueve con movimiento diario, es igualmente absurda y filosóficamente falsa y teológicamente errónea en la fe.

»Pero estando decidida en esa ocasión a trataros con indulgencia, la Santa Congregación, reunida con Su Santidad el 25 de febrero de 1616, decretó que su eminencia el señor cardenal Belarmino debería ordenaros abandonar totalmente la falsa doctrina ya citada, y os sería impuesto un mandato judicial por el comisario del Santo Oficio para abandonar la citada doctrina y no enseñarla a otros, ni defenderla, ni siquiera discutirla; y que si no consentíais este mandato debíais ser encarcelado. Para ejecutar este decreto, al día siguiente, el el palacio y en presencia del cardenal Belarmino, después de haber sido informado y advertido de una forma amistosa por el mismo señor cardenal, se os entregó un mandato por el entonces padre comisario del Santo Oficio en presencia de un notario y de testigos para que abandonárais completamente la falsa opinión y para que en el futuro no pudierais apoyarla, defenderla, ni enseñarla en ningún modo, ni oralmente ni de forma escrita; una vez prometida vuestra obediencia se os permitió partir.

»Además, para eliminar completamente tan perniciosa doctrina, y para no permitir que avanzara más en detrimento de la verdad católica, la Santa Congregación del Índice emitió un decreto en el que se prohibían aquellos libros que tratasen sobre este tema y se declaró la doctrina falsa y completamente contraria a las Sagradas Escrituras.

»Y dado que aquí ha aparecido recientemente un libro, impreso en Florencia el año pasado, en cuya dedicatoria se muestra que sois el autor, y cuyo título es Diálogo de Galileo Galilei sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano; y puesto que la Santa Congregación ha informado de que con este libro se estaba divulgando la falsa opinión del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol y que cada día tenía más impacto, el citado libro ha sido examinado diligentemente y se ha determinado que viola explícitamente el mandato que se os dio; ya que en el propio libro defendéis la opinión ya condenada y así declarada ante vos, aunque en el libro intentéis, a través de varios recursos, dar la impresión de dejarlo sin decidir y marcarlo como probable; este es también un error grave, ya que no hay forma posible de que una opinión etiquetada como contraria a las divinas Escrituras sea probable.

»Por lo tanto, por orden nuestra fuisteis convocado ante este Santo Oficio, donde, interrogado bajo juramento, reconocisteis el libro como escrito y publicado por vos. Confesasteis que hace diez o doce años, después de que se os diera el mandato citado anteriormente, empezasteis a escribir el citado libro, y que entonces perdisteis permiso para imprimirlo sin explicar a aquellos que os dieron dicho permiso que os encontrabais bajo el mandato de no apoyar, defender o enseñar tal doctrina de ningún modo.

»Asimismo confesasteis que, en varios puntos, la exposición del citado libro está expresada de tal manera que un lector podría interepretar que los argumentos dados por la parte falsa eran lo suficientemente efectivos como para ser más convincentes que disuasorios. Vuestras excusas por haber cometido un error, como dijisteis, tan ajeno a vuestra intención, fueron que lo que habíais escrito en forma de diálogo, y que todo el mundo siente una satisfacción natural por su propio ingenio y por mostrarse más inteligente que un hombre común al encontrar ingeniosos y aparentemente probables argumentos que apoyan incluso proposiciones falsas.

»Cuando se os dio un plazo conveniente para que presentarais vuestra defensa, aportasteis un certificado manuscrito del eminentísimo señor cardenal Belarmino, que dijisteis haber obtenido para defenderos de las acusaciones de vuestros enemigos, que alegaban que os habíais retractado y que habíais sido castigado por el Santo Oficio. Este certificado dice que ni os habíais retractado ni habíais sido castigado, sino que se os había notificado la declaración hecha por Su Santidad y publicada por la Santa Congregación del Índice, cuyo contenido es que la doctrina del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol es contraria a las Sagradas Escrituras y que, por lo tanto, no pueden ser ni apoyadas ni confirmadas. Dado que este certificad0 no contiene las dos formulaciones del mandato, véase «enseñar» y «de ningún modo», se supone que debemos creer que en el transcurso de catorce o dieciséis años las habéis olvidado, y que por esta misma razón no comunicasteis nada sobre este mandato cuando solicitasteis la licencia para publicar el libro.

»Además debemos creer que remarcasteis todo esto no para excusaros del error, sino para atribuirlo a la ambición vanidosa más que a la malicia. Sin embargo, el certificado que aportasteis en vuestra defensa agrava aún más vuestro caso ya que, a pesar de que dice que la citada opinión es contraria a las Sagradas Escrituras, os atrevéis a tratarla, defenderla y mostrarla como probable; tampoco os ayuda el permiso que obtuvisteis astutamente y con artimañas, ya que no mencionasteis el mandato bajo el que os encontrabais.

»Dado que no creímos que hubierais dicho toda la verdad sobre vuestra intención, consideramos necesario proceder contra vos sometiéndoos a un riguroso examen, en el cual, sin prejuicio alguno de las cosas por vos confesadas y contra vos deducidas sobre vuestra intención, respondísteis católicamente.

»Por lo tanto, una vez vistas y consideradas seriamente las circunstancias de vuestro caso, junto con las citadas confesiones y excusas y cuánta razón debía ser tenida en cuenta y considerada, hemos concluido contra vos lo que sigue.

»Por consiguiente, invocando al Santísimo nombre de nuestro señor Jesucristo y a su gloriosa madre, la siempre virgen María; y como tribunal, con el consejo de los reverendos Maestros de la Sagrada Teología y los doctores de ambas leyes, nuestros consejeros; en este escrito pronunciamos la sentencia final del caso que nos ocupa entre el Magnífico Carlo Sinceri, doctor de ambas leyes y procurador fiscal de este Santo Oficio, de una parte, y Galileo Galilei, el antes citado reo, aquí presente, examinado, procesado y confeso como se ha explicado, de la otra parte:

Decimos, pronunciamos, sentenciamos y declaramos que vos, Galileo, con motivo de las cosas detalladas en el juicio y que ya habéis confesado, os habéis vuelto, de acuerdo con este Santo Oficio, vehementemente sospechoso de herejía, es decir, de haber apoyado y creído una doctrina que es falsa y contraria a las Sagradas Escrituras divinas; a saber, que el Sol es el centro del mundo y no se mueve de este a oeste, y que se puede defender como probable una opinión después de haber sido declarada y definida contraria a las Sagradas Escrituras. En consecuencia, estáis sujeto a todas las penitencias impuestas y promulgadas por los sagrados cánones y todas las leyes particulares y generales contra este tipo de delitos. Estamos deseosos de absolveros siempre y cuando, de forma sincera y con fe verdadera, renunciéis en nuestra presencia, maldigáis y detestéis los citados errores y herejías y cualquier otro error y herejía contraria a la Iglesia católica y apostólica en el modo y la forma que os indicamos.

»Además, para que este grave y pernicioso error vuestro no quede sin castigo, y para que seáis más cauto en el futuro, y como ejemplo para que otros se abstengan de cometer delitos de este estilo, ordenamos que el libro Diálogo de Galileo Galilei sea prohibido por edicto público.

Os condenamos a prisión formal en este Santo Oficio mientras sea nuestra voluntad. Y como penitencia os imponemos la obligación de recitar los siete Salmos penitenciales una vez a la semana durante los próximos tres años. Y nos reservamos el poder de reducir, revocar o eliminar parcial o totalmente los citados castigos y penitencias.

»Así decimos, pronunciamos, sentenciamos, declaramos, ordenamos y reservamos, en esto y en todo lo demás, del mejor modo y forma que razonablemente podamos y debamos. Así se pronuncian los siguientes cardenales:

F. cardenal de Ascoli, B. cardenal de Gessi, G. cardenal de Bentivoglio, F. cardenal de Verospi, Fr. D. cardenal de Cremona, M. cardenal de Ginetti, Fr. Ant. cardenal de San Onofrio.»


DECLARACIÓN FINAL DE GALILEO

 «Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galilei de Florencia, de setenta años de edad, citado personalmente ante este tribunal y arrodillado ante vos, los eminentísimos y reverendos señores cardenales, inquisidores generales contra la depravación en la comunidad cristiana, viendo y tocando con mis propias manos los Sagrados Evangelios… juro que siempre he creído, creo ahora y, con la ayuda de Dios, creeré en el futuro todo lo que la santa Iglesia católica y apostólica de Roma sostiene, enseña y predica. Pero considerando -después de haber recibido un mandato judicial de este Santo Oficio para que abandonara la falsa opinión de que el Sol es el centro inmóvil del mundo y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y para prohibirme apoyar, defender o enseñar en modo alguno la citada doctrina, y después de haberme notificado que esta idea es contraria a las Sagradas Escrituras- que escribí y publiqué un libro en el que trato esta doctrina ya condenada y que alego motivos de gran fuerza lógica en su favor, sin rebatirlos, he sido declarado por el Santo Oficio como vehementemente sospechoso de herejía, es decir, de haber apoyado y creído que el Sol es inmóvil y es el centro del mundo, mientras que la Tierra no es el centro y se mueve.

»Por lo tanto, deseoso de apartar de las mentes de vuestras eminencias, y de las de todo cristiano creyente, esta sospecha levantada justamente contra mí, con un corazón sincero y fe verdadera, reniego, maldigo y detesto los errores y herejías citados, y en general cualquier otro error y sectarismo contrario a la sagrada Iglesia; y juro que en el futuro nunca volveré a decir o afirmar, oralmente o por escrito, nada que pueda dar lugar a una sospecha similar contra mí; y si supiera de algún hereje o persona sospechosa de la herejía, le denunciaré ante este Santo Oficio, o al inquisidor del lugar donde esté. Juro, además, y prometo que cumpliré y observaré íntegramente todas las penitencias que me han sido o me puedan ser impuestas por este Santo Oficio. Y, en el caso de que contravenga (Dios no lo quiera) alguna de estas promesas y juramentos, me someto a todas las penas y castigos impuestos y promulgados en los sagrados cánones y en otras constituciones, generales y particulares, contra este tipo de delitos. Así pido la ayuda de Dios y de estos Sagrados Evangelios, que toco con mis manos.

»Yo, el citado Galileo Galilei, he abjurado, jurado, prometido y me he comprometido como se cita; y como muestra de la verdad de esto, he suscrito con mis propias manos el presente documento de mi abjuración, y lo he recitado palabra por palabra en Roma, en el Convento de [Santa Maria sopra] Minerva, el vigésimo segundo día de junio de 1633.

»Yo, Galileo Galilei, he abjurado como se cita con mis propias manos.»

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En realidad el caso de Galileo fue más sencillo de lo que aquí parece. Ni la Iglesia fue tan dura —véase Inquisición, no papado— ni Galileo fue un santo. Me explico. Al proceso final, éste de 1633, lo precede otro anterior de 1616 por el que Galileo fue amonestado y advertido de que, sobre aquellas extravagancias propagadas, se tenía la consideración de blasfemia y contradecían la autoridad bíblica. Galileo hizo declaración jurada de acatar el ordenamiento: no debía enseñar, difundir o tratar de defender esas teorías. El Santo Oficio entendía por ataque que Galileo interpretase sus teorías terráquea y heliocéntrica como una probabilidad, una hipótesis. Los términos siempre han molestado a la Iglesia.

Fachada de Santa Maria sopra Minerva / Foto: Jenses

Fachada de Santa Maria sopra Minerva / Foto: Jenses

Pero Galileo, una vez pasado este incidente cuya repercusión debió considerar mínima, fue tomando una paulatina confianza, o quizás porque dicha sentencia a la que estaba expuesto finalmente resultó cutánea, no lo sabemos, decide publicar en Florencia —ni corto ni perezoso— un libelo con el título de Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano, en el que satirizaba a diversos eclesiásticos opuestos a su teoría, y además se atrevía a rubricarlo con su nombre. El preludio de su sentencia se firmó en ese momento, y fue firmada por él mismo. Ahora la bóveda gótica encapotada de estrellas sobre un majestuoso fondo azul ultramar de Santa Maria sopra Minerva asiste a la conclusión de su propio veredicto. Resulta evidente que la Inquisición tomó este gesto como un desafío y una proclama herética sin precedentes, a sabiendas, claro estaba, de que no entrañaba amenaza alguna para los teólogos o los doctores. Fue una cuestión de orgullo. A lo largo de su historia, el Santo Oficio había llevado a cabo procesos que cuestionaban de manera más preocupante su estabilidad religiosa, política o económica, por los cuales, sin embargo, no se cobraron tal venganza. Puede decirse, y esto es una mera hipótesis, que el proceso a Galileo fue tomado como una afrenta personal hacia la Inquisición. Si Galileo no hubiera publicado ese tratado o, en su defecto, hubiera omitido la autoría, hoy no estaríamos hablando de la condena vejatoria a la que fue sometido. Digamos que el órgano de represión católica más temible de la historia dio una oportunidad al científico, pero éste, armado con un concepto de libertad de expresión inédito hasta la fecha y con la confianza de que el conocimiento podría salvarle incluso de la hoguera, se saltó las reglas del juego.

Interior de Santa Maria sopra Minerva / Foto: Luis Barrionuevo

Interior de Santa Maria sopra Minerva donde Galileo pronunció la abjuración / Foto: Luis Barrionuevo

Se dice que, una vez acatado el fallo del tribunal y de acuerdo con la sentencia final que lo conminaba peligrosamente a prisión (recordemos que una condena a prisión, al menos por aquel entonces, significaba poco más o menos que una sentencia de muerte), Galileo murmuró entre los alguaciles su famosa frase: «Y sin embargo se mueve». Jamás podremos contrastar la veracidad de este hecho, algunos documentos siguen blindados en el Vaticano, pero algunos historiadores se obstinan en alzar al Galileo rebelde, anticlerical e inconformista. Un naturalista escocés, Sir David Brewster, por ejemplo, a distancia de dos siglos añadió: «La audacia, cuando no la imprudencia, con la que insistía en convencer a sus enemigos en general sólo lograba alejarlos de la verdad.» Esto avalaría el temperamento de Galileo y su posterior resolución, pero sin embargo, estamos hablando de una fuente de principios de siglo XIX. Así y todo, seguirá habiendo estudiosos cientifistas que encumbren al Galileo enemigo de la Iglesia y también estudiosos clericales que le quiten hierro a la infalibilidad de la Iglesia. Ni unos ni otros merecen mi atención. Es necesario tener en cuenta algo importante: la Inquisición no era el Vaticano, fue todavía peor. Hablamos de un órgano judicial, ejecutivo (y casi legislativo) capaz de condenar moral, ética y religiosamente a un ser humano sospechoso de cualquier comportamiento. Fue tan poderoso que ni tan siquiera los papas barajaron la posibilidad de cruzarse en sus propósitos, a riesgo de generar con ello el cuestionamiento de su autoridad y una posterior reprimenda secreta y confabulada. Díganme ahora, se lo ruego, si después de todo esto no conocen en la actualidad algún órgano similar que detente tanto poder. Perdonen, me he debido volver absolutamente loco. Lo dicho, Galileo Galilei.

 

 

Bibliografía (por orden cronológico)

-Pio PASCHINI: Vita e Opere di Galileo Galilei, Roma, Herder, 1965.

-Galileo GALILEI (ed. Antonio Favaro): Le Opere di Galileo, Florencia, Barbera, 1968.

-Drake STILLMAN: Galileo, Madrid, Alianza, 1983.

-Sergio PAGANO (a cura di): I documenti del processo di Galileo Galilei, Collectanea Archivi Vaticano, nº 21, Archivio Segreto Vaticano, 1984.

-Galileo GALILEI (ed. Antonio Beltrán Marí): Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano, Madrid, Alianza, 1994.

-Nicolás COPÉRNICO: Sobre las revoluciones (de los orbes celestes), Madrid, Tecnos, 2001.

-David FREEDBERG: The Eye of the Lynx: Galileo, His Friends, and the Beginnings of Modern Natural History, Chicago, University of Chicago Press, 2002.

Adolf Loos /// Interpretación(es)

Adolf Loos en 1904 / Otto Mayer (Österreichische Nationalbibliothek)

Adolf Loos en 1904 / Otto Mayer (Österreichische Nationalbibliothek)

«¡Moda de señora! ¡Tú, atroz capítulo de la historia de la cultura! Cuentas a la humanidad deseos secretos. Si se hojea en tus páginas, el espíritu se estremece ante aberraciones horrorosas e inauditos vicios. Se percibe el lamento de los niños maltratados, el chillido de mujeres ultrajadas, el terrible aullido de personas torturadas, la queja de quienes mueren en la hoguera. Suenan latigazos, y el aire recibe el chamuscado olor de carne humana asada. La bête humaine…»

»Pero no, el ser humano no es una bestia. La bestia ama, ama pura y simplemente como está dispuesto en la naturaleza. La persona, sin embargo, maltrata su naturaleza y la naturaleza maltrata el eros que hay en él. Somos bestias a las que se encierra en establos, bestias a las que se les escatima su alimentación natural, bestias que tienen que amar por mandato. Somos animales domésticos.

» Si la persona se hubiera quedado en bestia, entonces el amor llegaría a su corazón una vez al año. Pero la sensualidad penosamente reprimida nos hace siempre aptos para el amor. Nos robaron la primavera. Y esa sensualidad no es simple, sino complicada, no es natural, sino innatural.

»Esa sensualidad innatural llega irrumpiendo en cada siglo, sí, en cada siglo, de manera distinta. Está en el aire y contagia. Tan pronto se extiende como una peste que no se puede ocultar, como se desliza por la tierra en epidemia secreta y las personas que la han contraído saben esconderse unos de otros. Tan pronto los flagelados van por el mundo y las hogueras ardientes son una fiesta popular, como el placer se retira a los pliegues secretos del espíritu. Pero, sea como fuera: el Marqués de Sade, el punto culminante de la sensualidad de su tiempo, cuyo espíritu imaginó los martirios más grandiosos de que nuestra imaginación es capaz, y la cándida, pálida muchacha, cuyo corazón alienta más libremente tras haber matado a la pulga, son de una misma raíz.»

 

Adolf Loos, Dicho en el vacío 1897-1900, Murcia, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Murcia, 2003, pp. 135-136.

Georg Simmel /// Interpretación(es)

Georg Simmel-hacia 1914 / Bildarchiv Preussischer Kulturbesitz

Georg Simmel hacia 1914 / Bildarchiv Preussischer Kulturbesitz

«Existe una obra de Miguel Ángel a la que no se aplica cuanto llevamos dicho, en la que no se siente el dualismo de las direcciones de la vida, que queda superado por la forma artística, ni tampoco ese otro, mucho más recalcitrante, entre las cerradas figuras plásticas y su anhelo de infinito. En la Pietà Rondanini ha desaparecido por completo la violencia, la oposición, la lucha; no hay, por decirlo así, materia alguna contra la que el alma tuviera que defenderse. El cuerpo ha renunciado a la lucha por sus prerrogativas, las figuras están como sin cuerpo. Con esto, Miguel Ángel niega el principio vital de su arte; pero si ese principio le intrincó en ese terrible e insoluble conflicto entre una pasión trascendental y sus formas de expresión corpóreas, forzosamente inadecuadas, no por ello consiguen en esta ocasión aplacar esta contradicción. La salvación es puramente negativa, nirvánica; se ha renunciado a la lucha, sin victoria y sin aplacamiento. El alma, liberada de la pesadez del cuerpo, no inicia el curso triunfal de lo trascendente, sino que ha desfallecido en el umbral. Es la obra más traicionera y trágica de Miguel Ángel; rubrica su incapacidad para lograr la salvación por la vía artística mediante la creación centrada en la visión sensible.

»He aquí la radical y estremecedora fatalidad de su vida, como nos lo dan a entender sus últimas poesías: ha puesto toda su alma, todo el doloroso esfuerzo de su vida en una creación que no ha satisfecho sus necesidades más profundas, últimas, porque esa creación discurre en un plano que no es el de los objetos de su nostálgico anhelo.

 

Las mentiras de este mundo de quitaron

el tiempo para contemplar, entregado, a Dios

*

Ni pintar ni esculpir apaciguan el alma

que busca el amor de Dios que, en la Cruz,

abre sus brazos para acogernos.

*

A quien vive para eso, lo que muere

no le puede calmar el anhelo.

 

»No hay duda: su vivencia más profunda y terrible fue que no veía en sus obras los valores eternos; que se dio cuenta que ella discurría por unas vías que no podían llevarle en modo alguno a lo que importaba. Las confesiones poéticas de Miguel Ángel nos dan a entender bien claramente que, para él, en el arte que crea y en la belleza que adora, reside algo suprasensible que les presta su valor. Habla de una belleza beatífica de los hombres representados por el arte; pero si el tiempo hubiera injuriado la obra

 

… resurge, fuera del tiempo, la belleza primera

y conduce los vanos deseos a un reino superior.

 

»Y la gran crisis de su vida ha sido que, creyendo en un principio que el valor absoluto, la idea que se cierne sobre todas las visiones, está dignamente representada en la contemplación del arte y de la belleza, en la edad provecta tuvo que reconocer que ese valor absoluto reside en alturas inaccesibles para el arte. Su más profundo dolor metafísico fue que aquello en lo cual se nos manifiesta lo absoluto, lo perfecto, lo infinito, a saber, la apariencia y su encanto, nos lo oculta a la vez, es decir, que nos promete conducirnos a él y nos desvía. Y esta idea alcanzó proporciones de crisis y de dolor estremecido, porque su corazón y su pasión sensible, artística, continuaron prisioneros, con la misma intensidad que antes, en esas encantadoras apariencias. Se consuela con un consuelo que, en lo profundo, no cree: que no puede ser pecado amar la belleza, ya que Dios la ha hecho.

Miguel Ángel, 'Pietà Rondanini' (det.), 1555-1564, Castello Sforzesco (Milán) / Imagen de Archivo

Miguel Ángel, ‘Pietà Rondanini’ (det.), 1555-1564, Castello Sforzesco (Milán) / Imagen de Archivo

»Se comprende que su alma fuera dominada por el arte y por el amor; porque en el uno y en el otro creemos poseer en lo terreno algo que trasciende.

 

Lo que yo leo y amo en tu belleza

es algo lejano y extraño para una criatura;

quien quiera contemplarlo tendrá que morir primero.»

 

Georg Simmel, Diagnóstico de la tragedia de la cultura moderna, Sevilla, Renacimiento, 2012, pp. 317-319.

La poesía puede cambiarte la vida

Michelangelo - copiaHace diez años, cuando comenzaba mis estudios en la universidad, copié esta estrofa en las páginas finales de un libro impreso que por aquel entonces leía. Ya no recuerdo cual era, tal vez algún día aparezca de nuevo. Iba de camino váyase usted a saber dónde y a pesar del traqueteo del tren, pude retener las palabras. No tuve otra intención que la de guardar para siempre esa belleza que me desarmó y me abrió el pecho con ese sutil ritmo arcaico de la poesía del XVI. Me introdujo sin intermediarios en algo que ha alimentado mi vida todo este tiempo. Todavía hoy los recuerdo, como también la sensación emotiva que dejó en mi ilusión de lector primerizo. Fue la primera vez que coqueteé ya no con la poesía, sino con algo más; no era ya el Buonarroti, era algo más; no el arte, también era algo más. Recuerdo con cierto pesar que en mis manuales de Historia del Arte, por mucho que lo intenté,  no conseguí ver el nombre de Miguel Ángel asociado a la literatura, me parecía imposible, pero la sed de profundizar en el misterio -Ángel González García sería el culpable de que años después yo sellara esta atracción literaria- me condujo a través de caminos desconocidos hacia la duda, el desconcierto de la ignorancia, para finalmente acabar comprendiéndolo de manera rotunda. Hoy lo sé. Hace diez años estaba cegado. Aquella estrofa era algo más. Y lo sigue siendo, sin necesidad de intermediarios ni de explicaciones. Así funciona la poesía.

 

«Amor dunque non ha, né tua beltate

o durezza o fortuna o gran disdegno

del mio mal colpa, o mio destino o sorte;

se dentro del tuo cor morte e pietate

porti in un tempo, e che ‘l mio basso ingegno

non sappia, ardendo, trarne altro che morte.»

 

[Amor, no tiene ni tu prístina belleza/ni dureza o fortuna o gran desvío/la culpa de mi mal, destino o suerte;/si mientras en tu corazón llevas a un mismo tiempo muerte y piedad/y que de mi leve ingenio no sepa, ardiendo, sacar nada más que muerte.]

 

La traducción pretende huir (quizá sin conseguirlo) de la que hiciera Luis Antonio de Villena a finales de los 80, cuyo resultado me parece irregular, correcto, eso sí, pero sin genio. Esta es una modesta e indigna adaptación personal de los versos miguelangelescos. Y los podéis encontrar tanto en la versión castellana publicada por Cátedra como en el original italiano publicado por Rizzoli. La edición clásica que suele usarse es la de Giovanni Testori y Ettore Barelli (1975), reimpresa en 2004 por la misma casa editorial italiana.

Frederick Antal /// Interpretación(es)

Capilla Sixtina, 1508-1512 (Foto: © J. Albertos)

Capilla Sixtina, 1508-1512 (Foto: © J. Albertos)

«La valoración del grado y el modo de la concepción cúbica de Miguel Ángel y el tratamiento sucinto de las figuras en sus diversos dibujos y su relación, desde este punto de vista, con los manieristas, dependerá de la fase que un dibujo particular represente dentro de su proceso de trabajo; en consecuencia, el aspecto estilístico de este problema es demasiado complejo para estudiarlo en este libro, por lo que aventuro sólo unas observaciones. En los primeros dibujos de carácter detallado hacia 1501-1503 aparecen ocasionalmente sugerencias de una relación como de bloque entre el cuerpo y el ropaje y de bordes angulosos en los pliegues. En el período de la Sixtina encontramos, en Miguel Ángel, compresiones, abreviaciones de carácter cúbico que abarcan toda la figura, principalmente, me parece, en sus dibujos rápidamente ejecutados y en muy pequeña escala, concebidos como modelos de trabajo, para las figuras indiviiduales del techo de la Sixtina. El aislamiento plástico-cúbico de las figuras, en el caso de escenas elaboradas, se encuentra más en dibujos de los manieristas del decenio de 1520, en el apogeo de la primera gran ola de manierismo, particularmente percceptible en Rosso, que no sólo construye el volumen del cuerpo cúbicamente, sino que, además, presenta planos casi cubistas en el ropaje. Por otro lado, las figuras cúbico-monumentales de los últimos dibujos de Miguel Ángel, de la segunda mitad del decenio de 1540 y 1550, y, al mismo tiempo, los bordes independientes y marcados de los pliegues en algunos dibujos más elaborados de las figuras individuales, en que ropaje y cuerpo aparecen absolutamente fundidos, son de carácter totalmente irreal, espiritualizado, desmaterializado; superan al Rosso del decenio de 1520, sin dejar de presentar, me parece, alguna relación con él.

»El tipo general de dibujos manieristas que copian los Antepasados simplifican y esquematizan de forma muy marcada. Incluso los grabados manieristas, que copian las mismas figuras, cambian ligeramente los originales en ese sentido cúbico. Blake, que tuvo una preferencia aún más marcada que Fuseli por los Antepasados, de entre las figuras de la Sixtina, por sus posibilidades manieristas, sólo los conoció gracias a esos grabados.»

 

Frederick Antal, Estudios sobre Fuseli, Madrid, Visor, 1989 (1956), pp. 219-220.