Perder el juicio en la cuna de la civilización

Mientras las circunstancias nos vencen, el turismo nos vence y el odio nos vence, el racismo se propaga. Ellos están ganando y nosotros, perdiendo. Día tras día nos llegan noticias sensacionales de un mundo que parece hecho al revés. Las encajamos con una naturalidad pasmosa. Toleramos el escándalo de una forma tan cotidiana que lo blanqueamos con una templanza que asusta. Lo relativo a la política nos parece una trivialidad. Las malversaciones sociales, una costumbre. Los atropellos fiscales, algo diario. Y las injusticias, casi necesarias. Noticias sensacionales que parecen el opio del pueblo, el alimento de nuestras frustraciones. Noticias que creemos inofensivas y que, sin embargo, devoran nuestro tiempo, el que invertimos para informarnos, para saber cómo están las cosas fuera de nuestro estupendo ombligo ideológico, para conocer las inquietudes que hay en el mundo, de qué se habla y de qué no, para estar al corriente de las fechorías y los avances, de los hallazgos, de los inventos y de las revelaciones, y también, si hay suerte, para que algún buen titular nos alegre el día. Lo último que nos llega sobre la prohibición de sentarse en los monumentos de Roma es la gota que colma el vaso de la decencia humana.

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Es una lástima pensar en todos los escalones, escalinatas y escaleras de Roma. Las hay de acceso, de tránsito y de comunicación. Por ejemplo, la que va desde Via Cavour, atraviesa la Torre dei Margani (endémicamente conocida como Borgia) y llega hasta San Pietro in Vincoli, siempre fresca y oxigenada. La de Via Magnanapoli, repleta de vida, que comunica el Foro Trajano con una de las principales arterias de llegada a la ciudad. U otra antes de llegar a esa famosa columna, en el ramal izquierdo, casi encajonada, que sirve de entrada a la iglesia Santi Domenico e Sisto, dibujando una doble tenaza preciosa, teatral y escenográfica, puramente barroca. Está la que se sumerge en la tierra desde Via Nazionale y nos guía, como un obsequio, hasta la basílica de San Vitale. La que sube desde Via Piacenza y se abre en dos brazos hasta entrar en los jardines de Carlo Alberto. La escueta y confortable del Palazzo Cimarra, compuesta por apenas cuatro o cinco peldaños. La discreta y hermosa de Sant’Andrea al Quirinale, diseñada por Bernini como una galleta perfecta. Están las que hay en una esquina de Piazza Venezia, en un extremo de la avenida que conduce hasta el anfiteatro Flavio. O las infinitas del otro lado del Campidoglio, que nos suben hasta Santa Maria in Aracoeli, cuya leyenda dice que fue recorrida por la mismísima Santa Elena, madre de Constantino. Y también las del Gesù, la obra maestra de Giacomo della Porta, o las de San Marcello al Corso, refugio pacífico de mendigos, o las de la plaza de Santa Maria del Popolo, centro simbólico de tantas cosas. Escaleras las hay a cientos en Roma. Las hay grandes y minúsculas, majestuosas y discretas, penosas y memorables, pero todas son funcionales. ¿De verdad está prohibido sentarse hoy en todas estas y en las dos mil más que faltan por enumerar?

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Escalinata de Santa Maria in Aracoeli y rampa del Campidoglio

El ayuntamiento ha colocado a ocho agentes en la escalinata de Piazza di Spagna y los ha equipado con un silbato, signo inequívoco de que las maniobras más siniestras pueden ser ejecutadas con los gestos más ridículos. Con ese temible silbato el consistorio romano les ha sido asignado un cometido de crucial importancia: disuadir a todo el que tenga la ocurrencia de ver una escalera y sentarse en ella. Espero que nadie tenga la mala suerte de llegar a los pies de Santa Trinità dei Monti siendo presa de un brote de insuficiencia respiratoria, o de un infarto cardíaco, porque como de ello dependa su vida, yo iría persignándome para esperar la intercensión de San Francisco de Paula.

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Palazzo Senatorio, Roma / Miguel Ángel, 1540’s

Es inevitable hacerse preguntas. ¿Querían conservar su patrimonio y no han encontrado una mejor fórmula que vetar el disfrute humano del monumento? ¿Qué es de los justos, los limpios y los respetuosos, nadie va a darles vela en este entierro? ¿Por qué se vende la idea de que el turismo es el único causante de esta tropelía? ¿Acaso era más sencillo prohibir en vez de diseñar una batería de multas y sanciones (legislar, que para eso sirven los políticos) para todo aquel que se comporte incívicamente, turista o no?

Yo no me considero un turista y no fomento el turismo; soy escéptico si tengo que hablar de los beneficios que reporta esa actividad; pero si damos por supuesto que existe una voluntad real de que el mundo sea cada vez más habitable para un mayor número de personas, entonces tendremos que empezar por la verdad aunque la verdad no nos guste. El vandalismo, los destrozos, la suciedad y la tremenda porquería que ha tenido que soportar Piazza di Spagna a lo largo de los años debe ser incuantificable. Pero ¿somos tan ingenuos como para creer que los turistas son los únicos culpables? Escudándose en el parapeto argumental de que un extranjero es capaz de cualquier cosa, un romano puede hacer lo mismo que un turista, y me atrevería a decir que incluso con mayor libertad. Tal vez la equivalencia por cada romano sea de ciento cincuenta extranjeros, pero la carencia ética es idéntica en ambos casos. Por unos y por otros, todos somos hoy unos vándalos. Por ellos y por la horda de ciudadanos (aunque esto no sólo sucede en Roma o Italia, sino en todas las ciudades de la Europa meridional) que contribuyen con su silencio pasivo, con su actitud pasmosamente distante de permitir, tolerar y no avergonzar a nadie que comete un acto irrespetuoso en o sobre un monumento. Hablo de gente que se siente muy orgullosa de haber nacido en una ciudad multituristificada (como por ejemplo Roma, Madrid, Venecia, Sevilla, Florencia, Barcelona, Nápoles o Valencia) que generalmente no hace nada para combatir la falta de civismo. Hablo de un sentido de pertenencia que no se lleva en la sangre, ni en el lugar de nacimiento, ni en el DNI, sino en el cerebro, en el corazón, cultivado con ideas, principios y valores.

Como nadie frene esta oleada de sinrazón, primero serán las escaleras, después serán los poyetes, y la cosa terminará con una denuncia por que una persona le ha dado por apoyarse en una esquina de su casa. Me encantará ver cómo la civilización acaba con nosotros antes de que admitamos que esto se nos fue de las manos hace ya mucho tiempo.

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Gwyneth Paltrow y Matt Damon / El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999)

Luego hay toda una pléyade de marcianos, seres venidos de otros lugares, habitantes de otras dimensiones, que ven positivo e incluso beneficioso que nadie pueda sentarse en las escaleras de los monumentos. Son seres fuera del mundo. Como Gianni Battistoni, heredero de la sastrería Battistoni (famosa porque en El talento de Mr. Ripley Jude Law le decía a Matt Damon que cuando fueran a Roma le llevaría a una tienda fantástica para comprarle una chaqueta estupenda) y hoy presidente de la Associazione Via Condotti, una especie de organización sindical compuesta por todas las tiendas de lujo que hay en Via Condotti, que opina, al borde del frenopático, que la medida del ayuntamiento de Roma es “un pequeño rescate de la civilización”, para terminar diciendo que “la escalinata ha sido devuelta a la ciudad”. No sé qué noción de patrimonio cultural tendrá este señor, pero desde luego muy humano no debe ser para decir que “en unas escaleras uno no se sienta”. Nadie le ha visto tampoco sacar butacas de su tienda para evitar el “vandalismo”.

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Jude Law y Matt Damon en el Caffè Dinelli / El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999)

Que nos estamos volviendo locos es una realidad. ¿Para qué vamos a incentivar el buen comportamiento cuando podemos acabar de raíz con un problema negando todas sus posibilidades humanas? Nos están equiparando a los malos, incluso cuando hablan de comer y beber en las escaleras. Quieren convertir las ciudades en lugares asfixiantes donde uno, casi por definición, no pueda ser justo o respetuoso. Es injusto, tanto para un turista como para quien no lo es. Explíquenselo a un muchacho de ingresos discretos que, sin poder permitirse una comida como la que debe permitirse todos los días Gianni Battistoni, opta por prepararse un humilde sándwich para comer mientras visita la ciudad. ¿Ese muchacho no puede ser cívico, limpio y respetuoso? Según esta orden, no. Esta medida da a entender (que alguien me explique urgentemente si dice lo contrario) que todos somos sucios, irrepetuosos y vandálicos, que todos somos turistas. Ese muchacho no podría hacer algo tan humano como sentarse en unas escaleras, comerse su pobre sándwich, tirar los desperdicios en una papelera y proseguir su paseo. ¿Hasta dónde ha llegado nuestra locura para prohibir la naturaleza humana de lo urbano? Mientras, el odio prosigue su camino triunfal.

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Este sería el estado ideal de Piazza di Spagna para marcianos como Battistoni: VACÍA

Que le hubieran dicho a Miguel Ángel en la década de 1540, cuando diseñó la plaza, la rampa de acceso y la escalinata del Senatorio, que ningún funcionario del Ayuntamiento de Roma podría sentarse hoy en las escaleras del Campidoglio. Que se lo hubiera dicho en 1726 a Francesco De Sanctis, que dibujó ese doble rizo icónico de mármol a los pies del obelisco Salustiano, que ningún romano podría descansar en 2019 en su Piazza di Spagna. O, ya que hablamos de atrevimientos, que le hubieran dicho a los mismísimos Ictino y Calícrates que algo tan esencial como la escalinata de un templo, dos mil quinientos años después de construir el Partenón de Atenas, sería una prohibición para los ciudadanos que habitaran el mundo. Es de una demencia que clama al cielo. ¿Están contentos los ciudadanos romanos que pagan sus impuestos? Ellos son los que deben luchar para que esto no sea una realidad.

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Partenón / Atenas, siglo IV A.C.

A este paso, lo único que nos va a quedar de la Roma-Ciudad Eterna, va a ser la eterna estupidez a la que está rindiendo pleitesía una ciudad que se revela incapaz de heredar los más nobles principios universales que la vieron nacer. Triste espectáculo, y ridículo.

«Y sin embargo se mueve» /// Galileo Galilei

Retrato de Galileo Galilei, por Justus Sustermans (1636) / Galleria degli Uffizi

Retrato de Galileo Galilei, por Justus Sustermans (1636) / Galleria degli Uffizi

Hoy se cumplen 381 años del proceso inquisitorial por el que el astrónomo pisano Galileo Galilei (1564-1642) fue condenado a prisión. La sentencia clamó al cielo en media Europa y, gracias a esto, su persona fue cobrando un nuevo lustre y su obra se difundió por el resto del mundo. Del procedimiento judicial hoy sabemos, entre otras cosas, que el papa Urbano VIII Barberini no firmó el acta de sentencia y que el científico recibió la visita en prisión del mismísimo Thomas Hobbes o John Milton, quienes siguieron con sensible atención y solidaridad el proceso. También sabemos que Urbano VIII conmutó, casi automáticamente, la pena que se le impuso, pero esta muestra del poder inquisitorial contra las propuestas de Galileo nos sirve para vislumbrar perfectamente el modo en el que la autoridad, el abuso de poder y el miedo al castigo pueden hacer renegar casi a cualquier mortal de sus pensamientos. Desgraciadamente, es algo que no ha expirado. En la actualidad seguimos asistiendo a procesos judiciales del mismo sesgo, ahora se les llama civiles, no religiosos; gente anónima que acata las duras penas impuestas desde la Administración por no poder hacer frente judicial o económicamente al requerimiento; fiscales que son más papistas que el papa, y nunca más pertinente; funcionarios del orden público sin un ápice de ética o de sentido común que campan a cuerpo de rey por la jungla de la ciudad con uniforme, caballo o pistola. Por suerte, el Santo Oficio de la Inquisición ya no existe, al menos en su forma originaria: resta la Congregazione per la Dottrina della Fede, el órgano vaticano que algunas voces pretenden asimilar al Santo Oficio y que yo desestimo, personalmente, por la creencia y la certeza de que esas voces, mucho me temo, no han leído ningún proceso inquisitorial. En ningún caso se trata de órganos equiparables. Volviendo a lo nuestro, lo que aquí les transcribo son las últimas dos intervenciones del proceso celebrado en Roma, en el convento de Santa Maria Sopra Minerva, en junio de 1633:


EL SANTO OFICIO CONTRA GALILEO GALILEI

«Puesto que vos, Galileo, de setenta años de edad, hijo del florentino Vincenzo Galilei, fuisteis denunciado en el año 1615 ante este Santo Oficio por apoyar como cierta la falsa doctrina enseñada por algunos de que el Sol es el centro del mundo y es inmóvil y que la Tierra se mueve con movimientos diarios; por tener discípulos a los que enseñasteis la misma doctrina; por mantener correspondencia con ciertos matemáticos de Alemania sobre lo mismo; por haber impreso ciertas cartas, recogidas en una obra titulada Historia y demostración acerca de las manchas solares, en la que desarrollabais la misma doctrina como cierta; y por responder a las objeciones extraídas de las Sagradas Escrituras y que de vez en cuando se os presentaban, interpretando las citadas Escrituras según vuestros propios propósitos; y en tanto que hubo sobre esto una copia de un documento en forma de carta, supuestamente escrita por vuestros antiguos discípulos, y en ella se muestran propuestas más profundas, siguiendo la idea de Copérnico, y que son contrarias al verdadero sentido y autoridad de las Sagradas Escrituras.

»En consecuencia, teniendo este Sagrado Tribunal la intención de proceder en contra del alboroto y del daño resultante, que ha ido incrementando en perjuicio  de la Santa Fe, por orden de Su Santidad y de los eminentísimos señores cardenales de esta Inquisición suprema y universal, las dos proposiciones sobre la inmovilidad del Sol y el movimiento de la Tierra han sido calificadas por los teólogos calificadores como sigue:

»La propuesta de que el Sol es el centro del mundo e inmóvil es absurda, filosóficamente falsa y formalmente herética, ya que es expresamente contraria a las Sagradas Escrituras.

»La propuesta de que la Tierra no es inmóvil ni es el centro del mundo, sino que se mueve con movimiento diario, es igualmente absurda y filosóficamente falsa y teológicamente errónea en la fe.

»Pero estando decidida en esa ocasión a trataros con indulgencia, la Santa Congregación, reunida con Su Santidad el 25 de febrero de 1616, decretó que su eminencia el señor cardenal Belarmino debería ordenaros abandonar totalmente la falsa doctrina ya citada, y os sería impuesto un mandato judicial por el comisario del Santo Oficio para abandonar la citada doctrina y no enseñarla a otros, ni defenderla, ni siquiera discutirla; y que si no consentíais este mandato debíais ser encarcelado. Para ejecutar este decreto, al día siguiente, el el palacio y en presencia del cardenal Belarmino, después de haber sido informado y advertido de una forma amistosa por el mismo señor cardenal, se os entregó un mandato por el entonces padre comisario del Santo Oficio en presencia de un notario y de testigos para que abandonárais completamente la falsa opinión y para que en el futuro no pudierais apoyarla, defenderla, ni enseñarla en ningún modo, ni oralmente ni de forma escrita; una vez prometida vuestra obediencia se os permitió partir.

»Además, para eliminar completamente tan perniciosa doctrina, y para no permitir que avanzara más en detrimento de la verdad católica, la Santa Congregación del Índice emitió un decreto en el que se prohibían aquellos libros que tratasen sobre este tema y se declaró la doctrina falsa y completamente contraria a las Sagradas Escrituras.

»Y dado que aquí ha aparecido recientemente un libro, impreso en Florencia el año pasado, en cuya dedicatoria se muestra que sois el autor, y cuyo título es Diálogo de Galileo Galilei sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano; y puesto que la Santa Congregación ha informado de que con este libro se estaba divulgando la falsa opinión del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol y que cada día tenía más impacto, el citado libro ha sido examinado diligentemente y se ha determinado que viola explícitamente el mandato que se os dio; ya que en el propio libro defendéis la opinión ya condenada y así declarada ante vos, aunque en el libro intentéis, a través de varios recursos, dar la impresión de dejarlo sin decidir y marcarlo como probable; este es también un error grave, ya que no hay forma posible de que una opinión etiquetada como contraria a las divinas Escrituras sea probable.

»Por lo tanto, por orden nuestra fuisteis convocado ante este Santo Oficio, donde, interrogado bajo juramento, reconocisteis el libro como escrito y publicado por vos. Confesasteis que hace diez o doce años, después de que se os diera el mandato citado anteriormente, empezasteis a escribir el citado libro, y que entonces perdisteis permiso para imprimirlo sin explicar a aquellos que os dieron dicho permiso que os encontrabais bajo el mandato de no apoyar, defender o enseñar tal doctrina de ningún modo.

»Asimismo confesasteis que, en varios puntos, la exposición del citado libro está expresada de tal manera que un lector podría interepretar que los argumentos dados por la parte falsa eran lo suficientemente efectivos como para ser más convincentes que disuasorios. Vuestras excusas por haber cometido un error, como dijisteis, tan ajeno a vuestra intención, fueron que lo que habíais escrito en forma de diálogo, y que todo el mundo siente una satisfacción natural por su propio ingenio y por mostrarse más inteligente que un hombre común al encontrar ingeniosos y aparentemente probables argumentos que apoyan incluso proposiciones falsas.

»Cuando se os dio un plazo conveniente para que presentarais vuestra defensa, aportasteis un certificado manuscrito del eminentísimo señor cardenal Belarmino, que dijisteis haber obtenido para defenderos de las acusaciones de vuestros enemigos, que alegaban que os habíais retractado y que habíais sido castigado por el Santo Oficio. Este certificado dice que ni os habíais retractado ni habíais sido castigado, sino que se os había notificado la declaración hecha por Su Santidad y publicada por la Santa Congregación del Índice, cuyo contenido es que la doctrina del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol es contraria a las Sagradas Escrituras y que, por lo tanto, no pueden ser ni apoyadas ni confirmadas. Dado que este certificad0 no contiene las dos formulaciones del mandato, véase «enseñar» y «de ningún modo», se supone que debemos creer que en el transcurso de catorce o dieciséis años las habéis olvidado, y que por esta misma razón no comunicasteis nada sobre este mandato cuando solicitasteis la licencia para publicar el libro.

»Además debemos creer que remarcasteis todo esto no para excusaros del error, sino para atribuirlo a la ambición vanidosa más que a la malicia. Sin embargo, el certificado que aportasteis en vuestra defensa agrava aún más vuestro caso ya que, a pesar de que dice que la citada opinión es contraria a las Sagradas Escrituras, os atrevéis a tratarla, defenderla y mostrarla como probable; tampoco os ayuda el permiso que obtuvisteis astutamente y con artimañas, ya que no mencionasteis el mandato bajo el que os encontrabais.

»Dado que no creímos que hubierais dicho toda la verdad sobre vuestra intención, consideramos necesario proceder contra vos sometiéndoos a un riguroso examen, en el cual, sin prejuicio alguno de las cosas por vos confesadas y contra vos deducidas sobre vuestra intención, respondísteis católicamente.

»Por lo tanto, una vez vistas y consideradas seriamente las circunstancias de vuestro caso, junto con las citadas confesiones y excusas y cuánta razón debía ser tenida en cuenta y considerada, hemos concluido contra vos lo que sigue.

»Por consiguiente, invocando al Santísimo nombre de nuestro señor Jesucristo y a su gloriosa madre, la siempre virgen María; y como tribunal, con el consejo de los reverendos Maestros de la Sagrada Teología y los doctores de ambas leyes, nuestros consejeros; en este escrito pronunciamos la sentencia final del caso que nos ocupa entre el Magnífico Carlo Sinceri, doctor de ambas leyes y procurador fiscal de este Santo Oficio, de una parte, y Galileo Galilei, el antes citado reo, aquí presente, examinado, procesado y confeso como se ha explicado, de la otra parte:

Decimos, pronunciamos, sentenciamos y declaramos que vos, Galileo, con motivo de las cosas detalladas en el juicio y que ya habéis confesado, os habéis vuelto, de acuerdo con este Santo Oficio, vehementemente sospechoso de herejía, es decir, de haber apoyado y creído una doctrina que es falsa y contraria a las Sagradas Escrituras divinas; a saber, que el Sol es el centro del mundo y no se mueve de este a oeste, y que se puede defender como probable una opinión después de haber sido declarada y definida contraria a las Sagradas Escrituras. En consecuencia, estáis sujeto a todas las penitencias impuestas y promulgadas por los sagrados cánones y todas las leyes particulares y generales contra este tipo de delitos. Estamos deseosos de absolveros siempre y cuando, de forma sincera y con fe verdadera, renunciéis en nuestra presencia, maldigáis y detestéis los citados errores y herejías y cualquier otro error y herejía contraria a la Iglesia católica y apostólica en el modo y la forma que os indicamos.

»Además, para que este grave y pernicioso error vuestro no quede sin castigo, y para que seáis más cauto en el futuro, y como ejemplo para que otros se abstengan de cometer delitos de este estilo, ordenamos que el libro Diálogo de Galileo Galilei sea prohibido por edicto público.

Os condenamos a prisión formal en este Santo Oficio mientras sea nuestra voluntad. Y como penitencia os imponemos la obligación de recitar los siete Salmos penitenciales una vez a la semana durante los próximos tres años. Y nos reservamos el poder de reducir, revocar o eliminar parcial o totalmente los citados castigos y penitencias.

»Así decimos, pronunciamos, sentenciamos, declaramos, ordenamos y reservamos, en esto y en todo lo demás, del mejor modo y forma que razonablemente podamos y debamos. Así se pronuncian los siguientes cardenales:

F. cardenal de Ascoli, B. cardenal de Gessi, G. cardenal de Bentivoglio, F. cardenal de Verospi, Fr. D. cardenal de Cremona, M. cardenal de Ginetti, Fr. Ant. cardenal de San Onofrio.»


DECLARACIÓN FINAL DE GALILEO

 «Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galilei de Florencia, de setenta años de edad, citado personalmente ante este tribunal y arrodillado ante vos, los eminentísimos y reverendos señores cardenales, inquisidores generales contra la depravación en la comunidad cristiana, viendo y tocando con mis propias manos los Sagrados Evangelios… juro que siempre he creído, creo ahora y, con la ayuda de Dios, creeré en el futuro todo lo que la santa Iglesia católica y apostólica de Roma sostiene, enseña y predica. Pero considerando -después de haber recibido un mandato judicial de este Santo Oficio para que abandonara la falsa opinión de que el Sol es el centro inmóvil del mundo y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y para prohibirme apoyar, defender o enseñar en modo alguno la citada doctrina, y después de haberme notificado que esta idea es contraria a las Sagradas Escrituras- que escribí y publiqué un libro en el que trato esta doctrina ya condenada y que alego motivos de gran fuerza lógica en su favor, sin rebatirlos, he sido declarado por el Santo Oficio como vehementemente sospechoso de herejía, es decir, de haber apoyado y creído que el Sol es inmóvil y es el centro del mundo, mientras que la Tierra no es el centro y se mueve.

»Por lo tanto, deseoso de apartar de las mentes de vuestras eminencias, y de las de todo cristiano creyente, esta sospecha levantada justamente contra mí, con un corazón sincero y fe verdadera, reniego, maldigo y detesto los errores y herejías citados, y en general cualquier otro error y sectarismo contrario a la sagrada Iglesia; y juro que en el futuro nunca volveré a decir o afirmar, oralmente o por escrito, nada que pueda dar lugar a una sospecha similar contra mí; y si supiera de algún hereje o persona sospechosa de la herejía, le denunciaré ante este Santo Oficio, o al inquisidor del lugar donde esté. Juro, además, y prometo que cumpliré y observaré íntegramente todas las penitencias que me han sido o me puedan ser impuestas por este Santo Oficio. Y, en el caso de que contravenga (Dios no lo quiera) alguna de estas promesas y juramentos, me someto a todas las penas y castigos impuestos y promulgados en los sagrados cánones y en otras constituciones, generales y particulares, contra este tipo de delitos. Así pido la ayuda de Dios y de estos Sagrados Evangelios, que toco con mis manos.

»Yo, el citado Galileo Galilei, he abjurado, jurado, prometido y me he comprometido como se cita; y como muestra de la verdad de esto, he suscrito con mis propias manos el presente documento de mi abjuración, y lo he recitado palabra por palabra en Roma, en el Convento de [Santa Maria sopra] Minerva, el vigésimo segundo día de junio de 1633.

»Yo, Galileo Galilei, he abjurado como se cita con mis propias manos.»

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En realidad el caso de Galileo fue más sencillo de lo que aquí parece. Ni la Iglesia fue tan dura —véase Inquisición, no papado— ni Galileo fue un santo. Me explico. Al proceso final, éste de 1633, lo precede otro anterior de 1616 por el que Galileo fue amonestado y advertido de que, sobre aquellas extravagancias propagadas, se tenía la consideración de blasfemia y contradecían la autoridad bíblica. Galileo hizo declaración jurada de acatar el ordenamiento: no debía enseñar, difundir o tratar de defender esas teorías. El Santo Oficio entendía por ataque que Galileo interpretase sus teorías terráquea y heliocéntrica como una probabilidad, una hipótesis. Los términos siempre han molestado a la Iglesia.

Fachada de Santa Maria sopra Minerva / Foto: Jenses

Fachada de Santa Maria sopra Minerva / Foto: Jenses

Pero Galileo, una vez pasado este incidente cuya repercusión debió considerar mínima, fue tomando una paulatina confianza, o quizás porque dicha sentencia a la que estaba expuesto finalmente resultó cutánea, no lo sabemos, decide publicar en Florencia —ni corto ni perezoso— un libelo con el título de Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano, en el que satirizaba a diversos eclesiásticos opuestos a su teoría, y además se atrevía a rubricarlo con su nombre. El preludio de su sentencia se firmó en ese momento, y fue firmada por él mismo. Ahora la bóveda gótica encapotada de estrellas sobre un majestuoso fondo azul ultramar de Santa Maria sopra Minerva asiste a la conclusión de su propio veredicto. Resulta evidente que la Inquisición tomó este gesto como un desafío y una proclama herética sin precedentes, a sabiendas, claro estaba, de que no entrañaba amenaza alguna para los teólogos o los doctores. Fue una cuestión de orgullo. A lo largo de su historia, el Santo Oficio había llevado a cabo procesos que cuestionaban de manera más preocupante su estabilidad religiosa, política o económica, por los cuales, sin embargo, no se cobraron tal venganza. Puede decirse, y esto es una mera hipótesis, que el proceso a Galileo fue tomado como una afrenta personal hacia la Inquisición. Si Galileo no hubiera publicado ese tratado o, en su defecto, hubiera omitido la autoría, hoy no estaríamos hablando de la condena vejatoria a la que fue sometido. Digamos que el órgano de represión católica más temible de la historia dio una oportunidad al científico, pero éste, armado con un concepto de libertad de expresión inédito hasta la fecha y con la confianza de que el conocimiento podría salvarle incluso de la hoguera, se saltó las reglas del juego.

Interior de Santa Maria sopra Minerva / Foto: Luis Barrionuevo

Interior de Santa Maria sopra Minerva donde Galileo pronunció la abjuración / Foto: Luis Barrionuevo

Se dice que, una vez acatado el fallo del tribunal y de acuerdo con la sentencia final que lo conminaba peligrosamente a prisión (recordemos que una condena a prisión, al menos por aquel entonces, significaba poco más o menos que una sentencia de muerte), Galileo murmuró entre los alguaciles su famosa frase: «Y sin embargo se mueve». Jamás podremos contrastar la veracidad de este hecho, algunos documentos siguen blindados en el Vaticano, pero algunos historiadores se obstinan en alzar al Galileo rebelde, anticlerical e inconformista. Un naturalista escocés, Sir David Brewster, por ejemplo, a distancia de dos siglos añadió: «La audacia, cuando no la imprudencia, con la que insistía en convencer a sus enemigos en general sólo lograba alejarlos de la verdad.» Esto avalaría el temperamento de Galileo y su posterior resolución, pero sin embargo, estamos hablando de una fuente de principios de siglo XIX. Así y todo, seguirá habiendo estudiosos cientifistas que encumbren al Galileo enemigo de la Iglesia y también estudiosos clericales que le quiten hierro a la infalibilidad de la Iglesia. Ni unos ni otros merecen mi atención. Es necesario tener en cuenta algo importante: la Inquisición no era el Vaticano, fue todavía peor. Hablamos de un órgano judicial, ejecutivo (y casi legislativo) capaz de condenar moral, ética y religiosamente a un ser humano sospechoso de cualquier comportamiento. Fue tan poderoso que ni tan siquiera los papas barajaron la posibilidad de cruzarse en sus propósitos, a riesgo de generar con ello el cuestionamiento de su autoridad y una posterior reprimenda secreta y confabulada. Díganme ahora, se lo ruego, si después de todo esto no conocen en la actualidad algún órgano similar que detente tanto poder. Perdonen, me he debido volver absolutamente loco. Lo dicho, Galileo Galilei.

 

 

Bibliografía (por orden cronológico)

-Pio PASCHINI: Vita e Opere di Galileo Galilei, Roma, Herder, 1965.

-Galileo GALILEI (ed. Antonio Favaro): Le Opere di Galileo, Florencia, Barbera, 1968.

-Drake STILLMAN: Galileo, Madrid, Alianza, 1983.

-Sergio PAGANO (a cura di): I documenti del processo di Galileo Galilei, Collectanea Archivi Vaticano, nº 21, Archivio Segreto Vaticano, 1984.

-Galileo GALILEI (ed. Antonio Beltrán Marí): Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano, Madrid, Alianza, 1994.

-Nicolás COPÉRNICO: Sobre las revoluciones (de los orbes celestes), Madrid, Tecnos, 2001.

-David FREEDBERG: The Eye of the Lynx: Galileo, His Friends, and the Beginnings of Modern Natural History, Chicago, University of Chicago Press, 2002.