Quien el corazón me arde y roba* /// Miguel Ángel Buonarroti

«De azufre el corazón, la carne de estopa,

con los huesos íntimamente leño;

con el alma sin guía y sin freno

pronta al deseo y a la mucha belleza;

con la ciega razón débil y coja

en las trampas y lazos de que el mundo es lleno;

no será maravilla en un relámpago

arder al primer fuego que se choca.

Al arte hermoso, que cada uno trae

del cielo consigo, y vence a la naturaleza,

si bien imprime en cada lugar su sello;

si a aquélla no nací sordo ni ciego,

proporcionado a quien el corazón me arde y roba,

culpa será del que me destinase al fuego.»

Miguel Ángel, Pietà, 1497-1499

[Al cor di zolfo, a la carne di stoppa, / al ossa che di secco legno sièno; / a l’alma senza guida e senza freno / al desir pronto, a la vaghezza troppa; / a la cieca ragion debile e zoppa / al vischio, a’lacci di che ‘l mondo è pieno; / non è gran maraviglia, in un baleno / arder nel primo foco s’intoppa. / A la bell’arte che, se dal ciel seco / ciascun la porta, vince la natura, / quantunque sé ben prema in ogni loco; / s’i’ nacqui a quella né sordo né cieco, / proporzionato a chi ‘l cor m’arde e fura, / colpa è di chi m’ha destinato al foco.]

(*) Soneto XXXVII, fechado entre 1534-1538 y dedicado presumiblemente a Tommaso de’ Cavalieri.

Cit. Miguel Ángel Buonarroti, Sonetos completos, Madrid, Cátedra, 2011 (1987), p. 109.

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Edmund Burke /// Interpretación(es)

«Así sucede en las calamidades reales. En las miserias imitadas, la única diferencia es el placer resultante de los defectos de la imitación; pues nunca es tan perfecto, como para poder percibir que es una imitación, y de acuerdo con este principio nos complace de algún modo. Efectivamente, en algunos casos, sacamos tanto o más placer de esa fuente que de la cosa misma. Pero, entonces supongo que nos equivocaremos mucho si atribuimos una parte considerable de nuestra satisfacción en la tragedia a la idea de que la tragedia es un engaño y de que no representa la realidad. Cuanto más se acerca a la realidad, y cuanto más se aleja de la idea de ficción, más perfecto es su poder.

»Pero, sea cual sea su poder, éste nunca nos acerca a lo que representa. Escójase un día para representar la tragedia más sublime y conmovedora que conozcamos; nombremos los actores más favoritos; no ahorremos nada para los escenarios y decorados, y concentremos los mayores esfuerzos de la poesía, pintura y música; y cuando se haya reunido a los espectadores, justo en el momento en que sus mentes se encuentren predispuestas a la expectación, anunciémosles que un delincuente estatal de altos vuelos va a ser ejecutado en la plaza de al lado; en un momento, el vacío del teatro demostraría la comparativa debilidad de las artes imitativas, y proclamaría el triunfo de la compasión real. Creo que esta noción de que la realidad nos causa simple dolor, y la representación, un deleite, procede del hecho de que no distinguimos suficientemente lo que no haríamos bajo ningún pretexto y lo que no anhelaríamos ver si se hiciera en una ocasión. Nos complace ver cosas, que, lejos de hacer, desearíamos ardientemente ver corregidas.

Edmund Burke retratado por James Barry, 1774 (National Gallery, Irlanda)

Edmund Burke retratado por James Barry (det.), 1774 / National Gallery of Ireland

»No creo que haya hombre tan extrañamente maligno, que desee ver destruida esta noble capital, orgullo de Inglaterra y de Europa, por una configuración o un terromoto, aunque estuviera muy alejado del peligro. Pero, supongamos que haya ocurrido tan fatal accidente, ¿cuántas personas acudirían de todas partes para contemplar las ruinas, y cuántas de entre ellas habrían estado satisfechas con no haber visto nunca Londres en su majestuosidad? Nuestra inmunidad en lo concerniente a miserias ficticias o reales no es causa de goce para nosotros; lo digo por propia experiencia. Sospecho que este error se debe a una especie de sofisma con el que frecuentemente nos engañamos; éste nace de nuestra falta de distinción entre lo que efectivamente es una condición necesaria para hacer o padecer cualquier cosa en general, y lo que es la causa de algún acto particular. Si un hombre me mata con una espada es preciso para ello que ambos estuviéramos vivos antes del suceso; y, sin embargo, sería absurdo decir que el hecho de que ambos fuéramos criaturas vivientes fue la causa de su crimen y de mi muerte. De modo que, verdaderamente, es necesario que mi vida no esté ante ningún peligro inminente, antes de que pueda gozar del sufrimiento de los demás, sea real o imaginario, o de cualquier causa. Pero, entonces, es un sofisma argumentar a partir de aquí, que esta inmunidad es la causa de mi deleite, tanto en éstas como en otras ocasiones. Nadie puede distinguir semejante causa de satisfacción en su propia mente, creo; aunque no suframos un dolor intenso o no nos hallemos expuestos a un peligro inminente, podemos sentir por los demás, en la medida en que sufrimos; y, a menudo, mucho más cuando la aflicción nos ablanda; vemos con lástima pesares, que incluso aceptaríamos en lugar de los nuestros.»

 

“De los efectos de la tragedia”, cit. Edmund Burke, De lo sublime y de lo bello, Madrid, Alianza, 2010 (1757), pp. 75-77.

Y entonces nosotros, los viles /// Cesare Pavese (1945)

 

Y entonces nosotros, los viles
que amábamos la noche
que murmura, las casas,
los caminos del río,
las sucias luces rojas
de aquellos lugares, el dolor
manso y callado-
arrancamos las manos
de la viva cadena,
y callamos, mas el corazón
nos estremeció la sangre,
y ya no hubo dulzura,
no hubo un abandonarse
junto al sendero del río-
no más siervos, supimos
estar solos y vivos.

[E allora noi vili / che amavamo la sera / bisbigliante, le case, / i sentieri sul fiume, / le luci rosse e sporche / di quei luoghi, il dolore / addolcito e taciuto- / noi strappammo le mani / dalla viva catena / e tacemmo, ma il cuore / ci sussultò si sangue, / e non fu più dolcezza, / non fu più abbandonarsi / al sentiero sul fiume- / non più servi, sapemmo / di essere soli e vivi.]

Cit. Cesare Pavese, Antología poética, versión cast. José Agustín Goytisolo, Barcelona, Plaza y Janés, 1971 (1962), p. 125.