Palais de Justice /// José Ángel Valente

Filtración de lo gris en el gris. Estratos, cúmulos, estalactitas. Grandes capas de mierda sobre grandes capas de mierda, y así de generación en generación. París. Cuánto tiempo te hemos amado bajo los puentes donde ninguno habíamos estado. Cae la luz en el gris, variación de lo gris en el gris. París no ha existido probablemente nunca. En todo caso no existe en la actualidad. ¿Qué actualidad? Sería inútil precisarlo. Tampoco la actualidad es cosa que tenga natural existencia. Aquí no existe nada ni nadie más que el sumergido rumor de la mierda de los siglos surcada por ejércitos de ratas. Hay lugares donde la mierda se arremolina a poco de la caída de la tarde. St. Michel, Montparnasse. La Sena, conspicua madre, perpetua y transitoria, se lleva infatigablemente la ciudad a lomos y a nosotros con ella. ¿Qué extraño amor ha convocado aquí de antiguo a los mortales? Bajo los puentes nos hemos encontrado, nos hemos reconocido, hemos partido otra vez. No, no es éste el lugar. Fatiga. Ahora se siente la fatiga. He dormido cuarenta y ocho horas bajo la persistencia de la fiebre. Quizá desde la infancia no había vuelto a tener tanta fiebre ni tan hondo sopor. Volví a sentir el cuerpo como entonces, con una casi grata sensación de deslizamiento. Después ya iba, sin poder evitarlo, por las calles de una primavera hosca, fría, gris. Ningún encuentro era realmente posible ni necesario. Fatiga. Fatiga irremediable del otro. El otro aparece, desaparece, hace señales, vuelve a aparecer. El otro se disuelve a sí mismo en lo gris. Es una trampa. Reaparecerá, porque reaparece siempre, en el momento justo del homicidio. El otro siente en definitiva la angustia de su indeterminación. El asesinato sería, pues, un deber moral. Nous ne sommes pas si pleins de mal comme d’inanité. Fiebre. Deslizamiento sin fin al que ya no tiene acceso la voluntad. Podría arrastrarnos el río, la río, la Sena maternal, como arrastra a los ahogados del otoño sin que ya los alcancen las largas pértigas de los salvadores tardíos. Fiebre. Combates tú con sucesivas imágenes de ti mismo. Cada una de ellas desea en definitiva fijarte, hacerte decir: soy yo. Pero sólo podrías hacerlo por pura convención. La identidad no es más que una mera convención, el acto innecesario de decir en falso ante cualquiera de las imágenes de sí: soy yo. Una convención en la que creen encontrar existencia infinidad de seres que no son. Disolverse en la fiebre, en la no imagen, en el magma de imágenes que se devoran porque ninguna es. Torbellino de imágenes en perpetua cohabitación. La fiebre dejaba lacio el cuerpo como después de un prolongado orgasmo. Volver a la superficie: ¿para qué? Y, sin embargo, ahora caminabas por las calles de esta ciudad conspicua a la que en nada perteneces. Lugar de reiterada ausencia. Falta aflictivamente la luz, no hay luz. Esta ciudad es el recuerdo de cosas escritas que ya eran un recuerdo de otras cosas escritas cuando fueron escritas a su vez. Je fais ce que je peux, dijo el agonizante distinguido de la rue de Varenne, poco antes de expirar. Coronado de mierda. La mierda de la historia y de la muerte. La mierda subterránea de esta ciudad oscura y no existente. París, cuánto te hemos amado. Si de algún modo hubieras existido, habrías hecho menos posible nuestro amor. Ahora no dirás que no hemos acudido a la cita, que no hemos sido pasto de tu voracidad. Gare de Lyon, en el buffet antiguo. El cuadro de Billotte sobre la escalera que desciende a las vías representa el puente de Alejandro III y los Palacios de la Exposición de 1900 que recuerdan a San Marcos de Venecia. Déjame, pues, deshojar aquí una rosa de estaño para pagar el precio de la ausencia. No tengo don de lágrimas, pensé. El viajero vertió los posos del café en el platillo blanco. Los signos eran evidentes. No volvería a dar a los dioses, se dijo, una nueva oportunidad.

 

Cit. José Ángel Valente, Palais de Justice (prólogo de Andrés Sánchez Robayna), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014, pp. 15-17.

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Tzvetan Todorov, un humanista /// André Comte-Spontville (2018)

France - "Ce Soir ou Jamais" - TV Set

Tzvetan Todorov

¿Cómo hablar de un amigo tan cercano, al que tanto quería? Quizá contando, con la mayor objetividad posible, lo que percibí subjetivamente de él. Tzvetan no solo era el amigo más fascinante. Era —me di cuenta muy pronto— el hombre más maravilloso con el que me he relacionado nunca: el más culto (y no solo porque hablara cinco lenguas), el más sencillo, el más atento, el más dulce, el más encantador, el más cariñoso (especialmente con sus hijos) y también uno de los más inteligentes, de los más sinceros y de los más lúcidos. Así que sus cualidades eran muchas, y poco frecuentes en los círculos intelectuales. ¿Están también sus textos? A menudo sí, en concreto las más cerebrales. Pero no todas, o no siempre, o no tanto como nos gustaría, especialmente cuando se trata de las cualidades más íntimas o afectivas. ¿Cómo es posible? Un artista quizá lo habría logrado, pero Tzvetan nunca se consideró artista. Por lo demás, no escribía para que lo conocieran, ni para que lo quisieran. Era el menos narcisista de los escritores. Por mucho que admirara a Montaigne y a Rousseau, le habría resultado inconcebible «describirse», como el primero, o escribir sus Confesiones, como el segundo —en definitiva, convertirse en el objeto de sus libros—. Le interesaban demasiado los demás, o no se interesaba lo suficiente por sí mismo. Además aprendió el francés bastante tarde. Lo hablaba a la perfección (con un ligero acento, pero sin errores), aunque admitía que con su lengua de adopción no tenía la misma intimidad absoluta que con el búlgaro, su lengua materna, y sobre todo con el ruso, que aprendió muy pronto en la escuela y que seguiría siendo para él la lengua de la poesía, que tanto amaba. El francés es para él un instrumento que pone al servicio de su pensamiento; la claridad y la precisión le bastan. Sabe que, en la manera de escribir y de pensar, está más cerca de Raymond Aron (al que admira y que me descubrió) que de Camus (al que aprecia). Más inteligencia que emoción, más hechos que afectos, más conocimiento que arte. En definitiva, demasiada claridad, como estos dos autores, para que los pedantes acepten valorarlo en profundidad. Imposible que Todorov caiga en la trampa de tantos ensayistas franceses que quieren deslumbrar en lugar de iluminar, ser originales en lugar de decir la verdad y ser justos, y para conseguirlo multiplican las paradojas y los juegos de palabras, que explican, observaba sonriendo, que les cueste tanto superar la prueba de la traducción. Él, por el contrario, es uno de los autores en lengua francesa más traducidos en todo el mundo, y no por casualidad. Es uno de los más cultos (y en casi todas las ciencias humanas), uno de los más claros y uno de los más esclarecedores.

Comte Sponville

André Comte-Spontville

Resulta extraño, y se debe solo a su muerte, que yo prologue hoy a un autor tan reconocido y de bastante más edad que yo (trece años mayor). Lo contrario habría sido más normal. Cuando yo era estudiante, Todorov ya era famoso como teórico de la literatura, y estaba más de moda que ne la actualidad. Era un referente «tendencia», aunque entonces no lo llamábamos así, lo que quizá explica que en aquel momento no me apeteciera profundizar en él. No lo conocería hasta mucho después (en 1990, creo, porque preparábamos juntos un número de Lettre Internationale, que nos había encomendado su director, Antonin Liehm). Entretanto, los objetivos de investigación, incluso la metodología, del a veces llamado «Todorov II» se habían desplazado significativamente respecto del «Todorov I». Le interesan cada vez menos las estructuras y los signos, y cada vez más los individuos y el sentido. Se relaciona cada vez menos con los círculos vanguardistas (había estado muy cerca de Barthes, de Derrida, de, Tel Quel…), y recurre cada vez más a documentos de archivos y a los grandes autores del pasado. Pagó el precio mediático. Sus destacados trabajos como historiador de las ideas —y por lo tanto también como humanista más que como antropólogo, como moralista más que como semiólogo— le granjearon más éxito (más lectores en todo el mundo) y menos prestigio (en París y entre los esnobs) que dos décadas antes. Buena señal. Su juventud en Bulgaria, es decir, en un país totalitario, lo había vacunado contra la ideología, la mentira, las falsas apariencias, lo políticamente correcto (que pretende conjugar moral y política, como en los países totalitarios, pero esta vez bajo el dominio de la moral) y contra todo discurso alejado de la realidad o que mostrara, como escribía al principio de Nosotros y los otros, una «evidente disparidad» entre «el vivir y el decir», disparidad que había observado al otro lado del telón de acero y que le sorprendió volver a ver, aunque en otras formas, en tantos intelectuales parisinos de la década de 1960… Poca cosa para él. Era demasiado íntegro para aceptar este tipo de impostura, y demasiado culto para permitir que la moda o el éxito lo afectaran. Eligió a sus maestros: en un principio Bajtín y los formalistas rusos, Benveniste y Jakobson, después, y cada vez más, Montaigne y Rousseau, Montesquieu y Benjamin Constant, Paul Bénichou y Raymond Aron, Primo Levi y Vasili Grossman, Romain Gary y Germaine Tillion. Es decir, intelectuales básicamente liberales y algunos personajes discretos, amantes de la justicia y la misericordia.

También eligió claramente su bando: el de la democracia liberal y el humanismo universalista. Lo que no le impedía, como veremos en este libro, denunciar con dureza las nefastas consecuencias de la «ideología neoliberal», que quiere someterlo todo a la economía, ni lo llevaba a hacerse ilusiones sobre la humanidad. No se trata de «creer en el hombre», ni de «hacerle un panegírico». ¿Quién puede pasar por alto que somos capaces de lo peor? Pero en cualquier caso es una posibilidad entre otras, lo que confirma que podemos «actuar libremente, hacer también el bien». El humanismo de Todorov es «crítico» (en este sentido es como el equivalente en el ámbito ético del «racionalismo crítico» de Karl Popper en el ámbito del conocimiento) y a la vez «temperado». Es más una moral que una religión del hombre. Lo explica, por ejemplo, en Memoria del mal, tentación del bien. Señala que el humanismo crítico se distingue por dos características:

«La primera es el reconocimiento del horror del que son capaces los seres humanos. El humanismo, aquí, no consiste en absoluto en un culto al hombre, en general o en particular, en una fe en su noble naturaleza; no, el punto de partida son, aquí, los campos de Auschwitz y de Kolyma, la mayor prueba que se nos haya dado en este siglo del mal que el hombre puede hacer al hombre. La segunda característica es la afirmación de la posibilidad del bien. No del triunfo universal del bien, de la instauración del paraíso en la tierra, sino de un bien que lleva considerar que el hombre, en su identidad concreta e individual, es el fin último de su acción, a valorarlo y a quererlo».

Todorov2Esto nos lleva directamente a este volumen que me han pedido que prologue. Reúne «textos circunstanciales», por así decir, sobre temas muy distintos (escritores y artistas a los que Tzvetan admiraba, páginas de historia y de geopolítica, reflexiones sobre la moral o sobre ciencias humanas…) y abarca unos treinta años. Este libro es especialmente valioso porque muestra tanto la diversidad de intereses de su autor como el carácter unitario de su orientación. La profunda armonía resultante responde sin duda al pensamiento de Todorov, cuya coherencia constataremos, pero también los que para él son sus dos principales adversarios: el maniqueísmo, que quiere creer que todo el bien está en un bando y todo el mal en el otro, y el nihilismo o «relativismo radical», que pretende que no hay bien ni mal, que todo vale y todo es inútil. Lo que Tzvetan había vivido en Bulgaria en los primeros veinticuatro años de su vida le pareció cada vez más una refutación suficiente tanto del uno como del otro. Los nihilistas se equivocan, porque el mal existe, y el totalitarismo ofrece un ejemplo indiscutible (en Todorov hay una especie de moral negativa, un poco en el sentido en que hablamos de teología negativa: el bien siempre es incierto o discutible; el mal, no). Y los maniqueos también se equivocan, porque actúan como los ideólogos totalitarios: («Somos el Partido del Bien», «Quien no está con nosotros está contra nosotros», etc.) y se creen exentos de todo mal. Contra ello, nuestro humanista crítico, maestro del matiz, defiende la «moderación» de Montesquieu, la lucidez de Rousseau (de quien cita la Carta sobre la virtud: «El bien y el mal brotan de la misma fuente») y quizá sobre todo la indulgencia desilusionada —aunque no desalentada ni desalentadora— de Romain Gary. Por ejemplo, estas líneas de La Signature humaine:

«La bestia inmunda no está fuera de nosotros, en un lugar lejano, sino dentro de nosotros. Concluida la Segunda Guerra Mundial, Romain Gary, que había luchado contra Alemania como aviador, llegó a esta conclusión: “Lo que hay de criminal en el alemán es el hombre”. Tiempo después añadía: “Se dice que lo que el nazismo tiene de horrible es su lado inhumano. Sí. Pero es preciso rendirse ante la evidencia de que ese lado inhumano forma parte del humano. Mientras no admitamos que la inhumanidad es algo humano, seguiremos en la mentira piadosa” […] Por eso nunca conseguiremos librar a los seres humanos del mal. Nuestra única esperanza no es erradicarlo definitivamente, sino intentar entenderlo, limitarlo y domesticarlo, admitiendo que también está presente en nosotros».

Romain Gary

Romain Gary

«Banalidad del mal», como decía Hannah Arendt; «fragilidad del bien», añade Todorov (es el título de un libro suyo dedicado a la «salvación de los judíos búlgaros»). Retoma el tema en varios artículos aquí reunidos. No hay ni monstruos ni superhombres. Solo hay seres humanos, todos imperfectos, todos falibles, pero no por ello iguales (son iguales «en derechos y dignidad», pero no en hechos y en valor). La experiencia de los campos de concentración lo confirma. La moral, lejos de desaparecer, como creyeron algunos, o mejor, aunque a veces desaparece, no se pone de manifiesto, pese a que subsiste o resiste, solo que de forma más espectacular, ya sea como «virtudes heroicas» (poder, valor, principios…), o con mayor frecuencia como virtudes cotidianas (dignidad, preocupación por los demás, compasión, bondad…). Hobbes se equivoca. No es cierto que el hombre sea un lobo para el hombre, o no es más que una posibilidad, en absoluto una necesidad. La «fragilidad del bien» no impide lo que Todorov llama su «banalidad». En el mundo hay «muchos más actos de bondad de los que admite la “moral tradicional”, que ha tendido a valorar lo excepcional, cuando de lo que se trata es de nuestra vida cotidiana». Nueva impugnación del nihilismo, aunque esta vez positiva.

Hannah Arendt

Hannah Arendt

Según Todorov, estas virtudes cotidianas son más frecuentes en las mujeres que en los hombres, y estaban mucho más desarrolladas en Tzvetan que en la mayoría de sus homólogos masculinos. Digamos que supo desarrollar hasta un punto poco frecuente su parte femenina —sin ser en absoluto afeminado—, y esto explicaba en cierta medida su su sorprendente poder de seducción, que respondía a su delicadeza, su sutileza y su sensibilidad, a las que se añadía su no dejarse engañar por las ideas —que sin embargo conocía mejor que nadie— y preferir siempre a las personas singulares y concretas, frágiles y cambiantes. Podríamos resumir estas observaciones diciendo que Tzvetan era lo contrario de un gañán o un machista, es evidente, pero seguramente sería un error considerar que se trata solo de un rasgo de su carácter. Todorov, al que le gustaba tanto Romain Gary, por lo demás un hombre rodeado de mujeres y un luchador heroico, compartía con él lo que yo llamaría un feminismo normativo, es decir, no solo la exigencia de igualdad entre hombres y mujeres, que debería ser obvia, sino también la idea de que los valores son en cierto sentido «sexuados», como la humanidad, y que en esta bipolaridad la feminidad desempeña el papel más positivo. Lo leeréis en un artículo de este libro, pero no me resisto al placer de citar por extenso, para enlazar sus pensamientos, los comentarios que el ensayista hace del novelista:

«En la raíz de muchos males, Gary ve una masculinidad pervertida, lo que llamamos machismo, “las ganas de ir de duro, de auténtico, de tatuado”. Lo ve en el comportamiento irascible de los conductores, en los elogios del heroísmo, en los conflictos entre jefes de Estado, en la mitología estadounidense del triunfador, del vencedor, creada por Jack London, Fitzgerald y Hemingway, en el culto al éxito, en la fascinación por el poder y en el elogio de Don Juan: “Cojones, sólo cojones”. La reacción de Gary: “Me desentiendo cada vez más de todos los valores llamados masculinos”. O en otro estilo: “La mierda en la que todos nadamos es una mierda masculina”.

»Por eso no sorprende que el valor que reivindica sea la feminidad, en lo que tiene de vulnerable y al mismo tiempo de compasivo. Espera “desarrollar esa parte de feminidad que todo hombre posee, si es capaz de amar” y constata: “Lo primero que se nos pasa por la cabeza cuando hablamos de civilización es cierta dulzura, cierta ternura maternal”. O también: “Todos los valores de la civilización son valores femeninos […] El hombre —es decir, la civilización— empieza en las relaciones del niño con su madre”».

Todorov1De ahí cierta proximidad de nuestros dos ateos o agnósticos con el espíritu de los Evangelios (Gary, citado por Todorov: «Por primera vez en la historia de Occidente, una luz de feminidad iluminaba el mundo»), y a veces una gran severidad con la mentalidad de su tiempo. A Tzvetan le horrorizaba la violencia, la vulgaridad y la agresividad. Se notaba tanto en su comportamiento cotidiano como en sus textos (no le interesaba la polémica), y tampoco era ajeno a sus posicionamientos políticos. Era todo lo contrario de un belicista y de un «neoconservador». Apasionado defensor de la democracia liberal y de los derechos humanos, era muy hostil a toda voluntad de exportarlos por la fuerza. No le gustan ni el presunto «derecho de injerencia» ni las guerras supuestamente «humanitarias». Lo explica también en varios artículos de este libro. Pero esto, que tiene que ver con la geopolítica, también forma parte de su concepción de la moral.

A nuestro humanista «desarraigado», como él decía, no le atraen nada el nacionalismo, la guerra, las cruzadas y la buena conciencia. Desconfía de los Estados, de las multitudes, de los grupos e incluso de las abstracciones. Explica que la moral, aunque de contenido universal, «solo puede vivirse en primera persona» (lo que la diferencia del moralismo), y solo en beneficio de individuos que también son singulares (lo que la diferencia de la ideología). «Estar dispuesto a pagar con tu vida para que venzan tus ideas no es en sí mismo una virtud moral». Muchos fanáticos son capaces de hacerlo, fanáticos que «asesinan para que no se asesine más». En el fondo, Todorov solo cree en los individuos, que solo existen en función de las relaciones que establecen entre ellos, sin las cuales no serían nada (toda subjetividad es intersubjetividad; el humanismo es un individualismo relacional, y por lo tanto lo contrario del solipsismo). Se toma la moral en serio, tanto «frente a lo extremo» como en las circunstancias más corrientes de la vida «personal y subjetiva», porque siempre consta de «dos elementos: yo, a quien pido, y otro, al que doy», por lo que «la forma más breve de enunciarla» sería: «Solo exigirse a uno mismo, y solo ofrecer a los demás». Esto no es razón para renunciar a la propia felicidad. Tzvetan, que nada tenía de asceta, cree más en los «placeres» de la bondad (cuyo mejor ejemplo era para él su madre) que en la austeridad del «deber» (oposición que toma prestada de Rousseau). Sencillamente, la felicidad no siempre es posible; la bondad o la compasión, sí. Nadie está obligado a ser un héroe, ni está autorizado a hacer lo peor, ni está eximido de hacer al menos un poco de bien cuando le es posible.

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Merece la pena mencionar los magníficos libros que Todorov dedicó a la pintura: Elogio del individuo (sobre pintura flamenca del Renacimiento), Elogio de lo cotidiano (sobre los pintores holandeses del siglo XVIII), La pintura de la Ilustración (sobre Watteau, Goya y otros pintores)… Estos tres títulos dicen algo esencial sobre el hombre que era, dotado para la vida y la amistad, y también sobre su pensamiento: primacía del individuo y de la vida cotidiana, pero abiertos —por autonomía de la razón— a lo universal. Encontraremos ecos de ello en algunas de las páginas siguientes, así como de su amor a la música y, por supuesto, a la literatura. Observaremos que los contemporáneos están muy presentes. Tzvetan, a menudo reticente frente a algunas aberraciones del arte llamado «contemporáneo» (en especial de las artes plásticas), no se encerraba en la nostalgia. Por el contrario, estaba muy abierto a los artistas de su tiempo (algunos de sus mejores amigos eran pintores o escultores) cuando encontraba en ellos cosas que admirar, sobre las que reflexionar («la pintura piensa», escribió) y con las que emocionarse. De ahí varios de los textos reunidos en este libro, ejercicios de admiración tan generosos como estimulantes. Todorov, lector incansable, experto melómano y apasionado de la pintura, desconfiaba tanto del arte presuntamente «vanguardista» («que da resueltamente la espalda a las tradiciones y quiere ir en paralelo con la revolución política») como del «presentismo», que olvida el pasado, y del «pasadismo», que sacrifica el presente y el futuro. Era su manera de ser moderno, y era la correcta.

Cub_Leer-y-vivir_rus_dilve«Discípulo de la Ilustración», como él mismo decía, pero consciente de sus sombras, y por lo tanto de sus límites y de sus posibles derivas, Todorov lanza sobre nuestra época, que nos ayuda a entender, una mirada penetrante y amplia, crítica y tonificante, informada y tranquila. Se muestra «responsable» en lugar de pacifista, y equilibrado en lugar de maniqueo. Al menos en estas cualidades sus libros se parecen a él, y encontraremos estas cualidades en el presente volumen. Tzvetan, a diferencia de muchos otros autores más famosos que él, no era ni un presuntuoso ni un charlatán. Era un suave intransigente, un intelectual lúcido (desgraciadamente, la expresión no es un pleonasmo), un erudito humilde, un investigador enciclopedista y pedagogo (un «contrabandista», decía él), un humanista sin ilusiones y un ciudadano del mundo, moderado y exigente. Por eso es tan importante leerlo: nos hace más inteligentes, más humildes y más críticos, más conscientes de la complejidad del mundo y de nuestra condición trágica.

Leerlo no consolará a los que lo quisieron de haberlo perdido, pero nos ayudará a todos a vivir un poco mejor, o un poco menos mal, y es todo lo que podemos pedirle a un libro.

Cit. Tzvetan Todorov, Leer y vivir, trad. Noemí Sobregués, Barcelona, Galaxia Gutenberg, pp. 13-21.

«Filosofar en femenino» /// Umberto Eco (2003)

La antigua afirmación filosófica según la cual el hombre es capaz de pensar el infinito mientras que la mujer da sentido al infinito, se puede leer de muchas maneras; por ejemplo, puesto que el hombre no sabe hacer hijos, se consuela con las paradojas de Zenón. Ahora bien, basándose en afirmaciones de este tipo se ha difundido la idea de que la historia (por lo menos hasta el siglo XX) nos ha dado a conocer a grandes poetisas y a narradoras superlativas, así como a científicas de varias disciplinas, pero no a mujeres filósofas ni a mujeres matemáticas.

Durante mucho tiempo la convicción de que las mujeres no tenían aptitudes para la pintura, a no ser por las habituales Rosalba Carriera o Artemisia Gentileschi, se ha basado en distorsiones de este tipo. Es natural que, mientras la pintura consistía en frescos de iglesias, subirse a un andamio con faldas no era algo decente, ni tampoco un oficio de mujer dirigir un taller con treinta aprendices; pero en cuanto se pudo hacer pintura de caballete aparecieron las mujeres pintoras. Es algo así como decir que los judíos han sido grandes en muchas artes pero no en pintura, hasta que apareció Chagall. Es verdad que la cultura judía era eminentemente auditiva y no visual, y que no debía representarse a la divinidad mediante imágenes, pero hay una producción visual de indudable interés en muchos manuscritos hebreos. El problema es que en los siglos en que las artes figurativas estaban en manos de la Iglesia era difícil que un judío se sintiera alentado a pintar vírgenes y crucifixiones; sería como asombrarse de que ningún judío haya llegado a ser Papa.

Las crónica de la Universidad de Bolonia citan a profesoras como Bettisia Gozzadini y Novella d’Andrea, tan bellas que tenían que dar clases detrás de un velo para no turbar a los estudiantes, pero no enseñaban filosofía. En los manuales de filosofía no encontramos a mujeres que enseñaran dialéctica o teología. Eloísa, brillantísima e infeliz alumna de Abelardo, tuvo que conformarse con convertirse en abadesa.

Sin embargo, tampoco hay que tomarse a la ligera el problema de las abadesas, y a ello le ha dedicado muchas páginas una mujer filósofa de nuestro tiempo como Maria Teresa Fumagalli. Una abadesa era una autoridad espiritual, organizativa y política, además de desempeñar funciones intelectuales importantes en la sociedad medieval. Un buen manual de filósofa tiene que incluir entre los protagonistas de la historia del pensamiento a grandes místicas como Catalina de Siena, por no hablar de Hildegarda de Bingen, que con sus visiones metafísicas y sus perspectivas sobre el infinito sigue siendo un hueso duro de roer todavía hoy en día.

La objeción de que la mística no es filosofía no es sostenible, porque las historias de la filosofía reservan espacio a grandes místicos como Seuse, Tauler o Eckhart. Y decir que gran parte de la mística femenina se centraba más en el cuerpo que en las ideas abstractas sería como decir que de los manuales de filosofía debe desaparecer, por ejemplo, Merleau-Ponty.

Las feministas eligieron hace ya tiempo como heroína a Hipatia, que, en la Alejandría del siglo V, era maestra de filosofía platónica y de matemáticas avanzadas. Hipatia se ha convertido en un símbolo, pero por desgracia de sus obras solo ha quedado la leyenda, porque se perdieron como se perdió también ella, hecha literalmente pedazos por una turba de cristianos exacerbados, soliviantados según algunos historiadores por aquel Cirilo de Alejandría al que se le hizo santo, aunque no por eso. Ahora bien, ¿Hipatia era la única?

Umberto Eco

Umberto Eco / Pinterest

Hace menos de un mes se publicó en Francia un librito, Histoire des femmes philosophes. Si nos preguntamos quién es el autor, Gilles Ménage, descubrimos que vivía en el siglo XVII, era un latinista preceptor de madame de Sévigné y de madame de Lafayette y su libro, que apareció en 1690, se titulaba Historia mulierum philosopharum. Conque Hipatia no era la única: aunque esté dedicado sobre todo a la edad clásica, el libro de Ménage nos presenta una serie de figuras apasionantes: Diótima la socrática, Arete de Cirene, Nicarete de Megara, Hiparquía la cínica, Teodora la peripatética, Leoncia la epicúrea, Temistoclea la pitagórica. Hojeando los textos antiguos y las obras de los padres de la Iglesia, Ménage encontró citadas a sesenta y cinco filósofas, si bien su concepto de la filosofía era bastante amplio. Si tenemos en cuenta que en la sociedad griega la mujer estaba confinada entre las cuatro paredes del hogar, que los filósofos preferían entretenerse con mozalbetes antes que con buenas mozas, y que para disfrutar de notoriedad pública la mujer tenía que ser cortesana, se entiende el esfuerzo que tuvieron que hacer aquellas pensadoras para poder afirmarse. Por otra parte, a Aspasia se la recuerda como cortesana, aunque de calidad, olvidando que era experta en retórica y filosofía y que (Plutarco fue testigo) Sócrates la frecuentaba con interés.

He hojeado por lo menos tres enciclopedias filosóficas de hoy en día y de estos nombres (salvo Hipatia) no he encontrado ni rastro. No es que no existieran mujeres que filosofaban. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, quizás tras haberse apropiado de sus ideas.

 

Cit. Umberto Eco, De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera, trad. Helena Lozano y Maria Pons, Barcelona, Penguin Random House, 2016, pp. 205-208.

Por el hombre /// Acacia Uceta (1967)

Voy a cantar al hombre,
al hombre sólo.
Tapaos los oídos con cera los cobardes,
volved la espalda los indiferentes:
no callaré por eso.
No podría callar aunque me echaseis
un puñado de rosas a los ojos.
Imposible es hallar cumbre o crepúsculo
que arrasar no quisiera
por levantar del polvo a un desvalido.
Apagaría todos los luceros
por devolver a un ciego la mirada,
a un triste la esperanza,
o simplemente
por llevar un minuto de alegría
al ser más humillado de la tierra.
Sólo el hombre me importa,
sólo el hombre:
su vacío infinito,
su valentía y su temor trenzados,
su alma interrogante
azotada de siempre por la duda,
atada a una cadena de preguntas
sin posible respuesta;
su postura intermedia
entre la Nada y Dios
y su impotencia
para negar el pecho a la tristeza.
Tan sólo por el hombre,
por nosotros, hermanos, los pensantes,
los desvelados y los oprimidos,
seguiré golpeando y golpeando
en la hermética puerta clausurada;
seguiré suplicando
desde todas las voces ignoradas,
desde todos los nombres conocidos,
por los que han de venir y los que fueron,
por los niños enfermos,
por los soldados muertos,
por los muertos en el comienzo mismo de la vida,
por los triunfantes y los ajusticiados
de todas las prisiones de la tierra,
por el hombre de siempre
con su destino oscuro
abierto a los confines
lo mismo que una cruz irrevocable,
por su infancia marchita,
ensuciada por todos
sin compasión alguna a su pureza;
por su alocada juventud vencida
a golpes de renuncia y de fracaso,
por su vejez de plomo
vertiendo como alero
su mínimo caudal en el vacío…
Por esta sucesión interminable
de pasos vacilantes monte arriba,
por esta des de altura
de la que siempre fuimos rechazados,
por esta sumisión agradecida
hasta el límite mismo de la muerte,
yo vuelvo a alzar mi ruego
y vuelvo a alzar mi canto
en millones de voces repetido.
Y hablo otra vez del hombre,
de nosotros, hermanos,
en un plural abierto
sin frontera de tiempo ni de raza.
Y ahora que el ademán es aún pujante
sobre esta tierra dura que me aguarda
y bajo estas estrellas que me ignoran,
me descubro la herida,
la herida mía y nuestra,
tan vieja y tan dolida como el mundo,
a ver si la ve Dios, a ver si existe
una gota de gracia que la cure.

 

Frente a un muro de cal abrasadora, 1967.

Cit. Acacia Uceta, Poesía completa, Ediciones Vitruvio, 2014.

«Nosotros, que teñimos de sangre el mundo […]»

Me enteré en el trabajo. Me dijeron que una furgoneta se había llevado por delante a no sé cuántas personas. Que había sido sin pudor, sin vergüenza, sin piedad. Mientras yo no alcanzaba siquiera a encajar la noticia, las Ramblas de Barcelona ya estaban tiritando de pánico. Me apresuré a Twitter. Vi media docena de vídeos en los que sólo había sangre, histeria, vértigo. El cuerpo comenzó a temblarme. Otra vez no, me dije. Me llevé las manos a la cabeza. No puede ser. No puede ser que el horror se cierna de nuevo sobre más inocentes. Al instante leí las alertas de varios periódicos nacionales: La Vanguardia hablaba de atentado terrorista sin contrastar fuentes oficiales. Algunos usuarios se encaramaban a sus pantallas y daban rienda suelta a ese tipo de rabia que llamamos «complejos». Haciendo gala de un rencor retorcido, otros difundían el retrato del supuesto autor material, e incluso linkeaban su perfil de Facebook, fomentando así el ciego escarnio público. Mientras, para frenar el morbo de la sangre colectiva, varios perfiles —tomando como modelo una iniciativa que el gobierno belga puso en marcha tras los atentados que sufrieron en marzo del año pasado— proponían llenar las redes sociales con fotos y vídeos de gatos para que todos los que quisieran regodearse en el oscuro signo de la catástrofe sólo encontraran candidez y ternura como respuesta ante el espectáculo perverso de la desgracia. La alternativa tuvo éxito y la gente concurrió. Minutos después, las redes sociales se llenaron de muestras de solidaridad. La empatía y el cariño invadieron internet. Un aviso de que estaban bien, una pequeña nota de amor por Barcelona, versos de Lorca sobre las Ramblas, estallidos poéticos en nombre de la paz y la justicia.

Conmueve, por qué no decirlo, el vuelco al unísono, monolítico, de todas las personas que se apenaron por lo sucedido. Sin embargo, al otro lado de la bondad se encuentra el remordimiento y la pobreza. Pobreza que no es económica ni material, sino mucho peor: es la ignorancia intransigente de quienes nunca querrán ni podrán comprender el mundo porque conciben la vida como una pieza de puzzle a la medida de sus tres milímetros cuadrados de cerebro. A esa porqueriza no le concederé ni una sola palabra más. Sí al resto. Y voy por partes porque «Cuate, aquí hay tomate».

Punto número uno: la endopatía mueve el mundo. Nunca seremos lo suficientemente conscientes de algo tan aparentemente disparatado, pero de ella depende todo lo que sucede en nuestras vidas. Me inclino a pensar que la histeria, la sobreindignación, la forma en la que nos sentimos amenazados e incluso la manera en la que leemos, están íntimamente asociadas al funcionamiento de las neuronas espejo. El principal problema de estas células radica en que sólo se activan cuando observamos al prójimo. Aunque diéramos por sentada la interacción que propician las redes sociales y esto nos indujese a pensar que son idóneas, sucede justamente al contrario. Siendo en realidad una forma sutil de imitación, la empatía no deja de ser un ejercicio basado en la comunicación. ¿Qué está fallando por tanto para que tengamos la certeza de que todo este engrudo no asimile bien la empatía y las redes sociales a partes iguales, cuando en principio éstas allanan el camino para desarrollar las virtudes de aquella? No es un misterio, es una realidad.

Y es algo que se repite en paralelo a los estallidos, los disparos y los atentados terroristas, no sólo ahora en el corazón de Barcelona y horas más tarde en Cambrils, sino en todo el mundo. ¿Cuál es el problema?, me pregunto. Porque la reacción inmediata, quizá la más abultada, la más ruidosa en los medios, sigue siendo el rencor, la venganza, el racismo. El ejemplo, irrelevante por lo demás, de difundir el perfil de Facebook del presunto autor ilustra muy bien el sentimiento popular: el escarnio, el ensañamiento, el hostigamiento colectivo, conducir a la hoguera pública a los asesinos parece saciarnos. Por suerte sabemos que no es así: al igual que los yihadistas no representan de ningún modo al Islam, esos cuatro cafres que claman justicia pidiendo la cerviz de los villanos tampoco pueden representar a la completa totalidad de la opinión pública.

Pero la cosa es más compleja. Muchos otros sectores parecen zanjar el problema cuando la respuesta ante todas estas formas agresivas de combatir la violencia pasa por una declaración oficial de rechazo y condena por parte de las instituciones competentes. Discrepo profundamente. Idéntico error es creer dar por cerrado un conflicto de esta magnitud por el simple hecho de que una organización islámica repudie los atentados, como pensar que un grupo de ignorantes puede dar voz a todo un país y además representarlo. Muchos estaréis preguntándoos quién demonios ha dado por cerrado el conflicto, si yo no me habré vuelto loco o estaré diciendo gilipolleces por capricho. Me apoyo en los que han reivindicado justicia en diversos medios y han salido en favor de la equidistancia, tan necesaria y tan bochornosa a veces. Pero volvamos al meollo de la cuestión: la hipocresía.

Las muestras de cariño son necesarias, clamar justicia es un deber común, la solidaridad jamás sobra. Si la demostración es pública, y además contagiosa, nadie debería oponerse a los buenos sentimientos. Bien hasta aquí. El problema viene después, o durante, y voy a explicarlo con un símil que considero elocuente. Pensemos por un momento en las campañas de fomento de la lectura, en el Día Internacional del Libro, de los Humedales o en cualquier otro pretexto que se nos ocurra. Ahora hagamos memoria. ¿Ha conseguido el Día Internacional del Libro fomentar la lectura? ¿Ha conseguido el Día Internacional de los Humedales concienciar a la población sobre los riesgos que corre nuestro medioambiente? Aunque algunas voces sean optimistas y los porcentajes hayan sufrido una ligera variación, sabemos que no. Mientras, lo que sí sabemos es que la dimensión publicitaria de ambas iniciativas obtienen una gran acogida: la gente se hace eco de los libros, de los humedales, y muchos cuelgan fotos, consignas, aforismos, y así nos alertan de que algo tan importante no puede olvidarse. Es sorprendente porque, sin pretenderlo, están propiciando lo contrario. Y es aquí donde entran las redes sociales y donde la nefasta (por cierta) premisa de McLuhan reverbera de un modo irritante: «El medio es el mensaje». Exacto. Sólo que en esta ocasión se trata de un mensaje vacío, como vacío es el medio en que se expresa.

Hace ya tiempo publiqué un artículo en el que incluía una cita del filósofo Alain Verjat a la que creo que no se le ha prestado la suficiente atención: «La abundancia de mensajes es inversamente proporcional a la atención que se les presta». Lamentablemente permanece vigente.

¿Nos nos aterroriza pensar que la forma de reivindicar la paz frente a un atentado terrorista sea sospechosamente similar a la de cualquier campaña publicitaria de carácter comercial? Debería. Debería preocuparnos porque son formas sofisticadas que el sistema de mercado lleva a cabo para saciar el hambre del contribuyente y sumirlo en la falsa gratitud de las buenas acciones. El objetivo es vender. Y cuando el capital no se vende, se mantiene en movimiento hasta que se revaloriza. Es entonces cuando se vuelve a vender. Este movimiento de capital lo componen las frases, fotos, versos y proclamas que colgamos en nuestras redes sociales en pos de la ingenua justicia universal. Y así con todo. De ahí la proliferación de obituarios, reivindicaciones año tras año ocasionalmente ridículas, homenajes a personajes relevantes a través de doodles de Google y demás mercadotecnia enmascarada.

Por otro lado, cabe preguntarse sobre diversas cuestiones incómodas a las que a menudo no tenemos el coraje de enfrentarnos y que comparten una matriz común. Si nos hemos demostrado que vivimos en un mundo en el que la democracia es el mejor de los peores sistemas políticos que podemos adoptar, primera pregunta: ¿por qué los políticos se enriquecen en el ejercicio del servicio público? ¿No debería ser un ámbito profesional, el primero de todos ellos, que sirviera de ejemplo a la justicia, la ecuanimidad o la moderación? La misma respuesta vale para contestar otras dos preguntas, más incómodas si cabe: ¿por qué las guerras no sólo no son sangrías económicas sino que engranan el motor de los mercados y hacen de la muerte y la producción de armamento un negocio rentable y lucrativo? Aún hay más, quiero ir más lejos, pues algo retorcido palpita en mi interior: ¿por qué la prensa misma sale beneficiada con estas noticias? Puede parecer una superchería, pero ustedes saben que no lo es tanto. ¿Qué sería de los grandes medios de comunicación si por cada catástrofe optaran por un silencio informativo de luto, pongamos, de dos o tres días? Ellos enarbolarían el derecho a la información que todo país primermundista debe garantizar, pero ¿existe la certeza de que la comunicación inmediata contribuye a una mejor información? Permítanme que dude. Me viene a la cabeza la cita de Verjat, los mercados y la forma camaleónica de vender cosas con palabras hermosas que no se ajustan a la verdad. Umberto Eco habló durante treinta años sobre este problema y el mundo sigue siendo el mismo. Ustedes también lo saben. Por eso, sólo por ser consecuente conmigo mismo, he rechazado publicar este artículo en una revista o un periódico con el que obtuviese un beneficio económico. No necesitamos monedas, lo que necesitamos es valor.

¿Pero qué demonios quiero decir con todo esto? Pues algo muy sencillo por lo que podrán lapidarme si lo desean, pero antes escúchenme dos minutos con atención: lo único que puede desactivar el odio, el racismo, la desigualdad, la ignorancia o el terrorismo es nuestra capacidad de ser humanos. No nos hacen falta comunicados oficiales ni escarnios públicos que sacien nuestra sed de venganza irracional; no hace falta que todos clamemos “Tots som Barcelona” si después hacemos muecas de desaprobación cuando nos cruzamos con un inmigrante maloliente por la calle; no vale de nada deshacernos en baba de amor público si después no tendemos nuestra mano a una madre que quiere apearse del autobús con el carrito del bebé a cuestas; no vale de nada tanta empatía si ésta no aspira a trascender el simulacro vistoso en nuestras redes sociales. No nos hace falta más virtualidad, que por otro lado sólo contribuye al ruido, sino sólo y exclusivamente humanidad. No necesitamos el ingenio de Carlos del Amor diciendo en antena: «Yo rambleo, tú rambleas, él ramblea». No necesitamos artificio, simulacro o maquillaje entre bambalinas, sino una humanidad real, no literaria. Pues la convivencia es la mayor amenaza contra el fanatismo y el desajuste social del mundo. Es ahí donde debemos revolucionar la vida y no en nuestros perfiles de Facebook. Y no soy yo un inquisidor, jamás he censurado a nadie, tiendo a escuchar a todo el mundo y para mí es algo sagrado, pero estos días compruebo con desagrado una impudorosa inclinación a la incontinencia verbal mientras no cesamos en el empeño de llenarnos la boca con la palabra respeto. Tal vez la muestra más solidaria y respetuosa no sólo ya hacia las víctimas de las Ramblas, Barcelona o Cambrils, sino hacia el universo entero, empiece desde el momento en que ponemos un pie en la calle y tratamos de convivir con nuestros iguales. Iguales, insisto en esta palabra: ni extranjeros ni inmigrantes, IGUALES.

El mundo es un lugar inmenso en el que hay lugar para todos y convivir debería ser la palabra más pronunciada de estos últimos años pero, qué curioso, ninguna corporación le ha dedicado hasta ahora un homenaje. ¿Realmente lo necesitamos para saber que existe?

El genio, al mercado /// Giovanni Papini (1909)

«Los curas no se hacen pagar los sacramentos, pero los poetas se hacen pagar las poesías y los filósofos los pensamientos. Y no se sonrojan, y no se esconden, y no se rebelan. Si chillan por algo, estos judas, chillan porque las monedas son pocas y tardan.

¿No son, acaso, las palabras del genio cosas divinas dadas por Dios, como el bautismo o la comunión? ¿No sois, vosotros que creáis —digo solamente vosotros y no los granujas que os imitan y os ofenden—, no sois vosotros, como los Apóstoles, vasos de elección, voces matutinas o crepusculares de lo eterno, y no baja sobre vuestras cabezas, no siempre indignas, la llama del Espíritu Santo, y no sopla, en algunas horas, sobre vuestra cara el aliento del espíritu humano? Si no sabéis ni tan sólo quiénes sois, ¿por qué habláis? Si no tenéis en el corazón la altiva soberbia de quien sabe que posee unos bienes que todo el oro del mundo no puede comprar, ¿por qué gemís sobre la miseria de los ingenios?

Tenéis siempre en la boca el espíritu. Espíritu, espíritu, espíritu… ¡Afortunada palabra! Hoy día, incluso los más exquisitos adoradores del fango, los más viles servidores de la tierra de las mil tetas, dicen o escriben esta bella palabra setenta y siete veces al día. Pero ¡qué espíritu! Las más de las veces hacéis espíritu, en otro sentido, en el sentido social y francés, sin advertir mientras tanto la torpe mudanza que se realiza en vosotros y en torno a vosotros. Lo que de mejor os dicta la divinidad, que habita de cuando en cuando en vuestra cabeza mortal, se convierte en vestidos, en cosas para comer, en botellas para beber; en una palabra, hacéis que el Espíritu vuelva a ser Materia, que el Alma se convierta en Cuerpo.

Tú, escritor, que sacas de ti mismo, como la araña, tu obra y que te pagan por ésta, tienes el valor de transformar el recuerdo de un amor dulce y lejano en un abrigo; la imagen de un mar tempestuoso, en un café con leche; la melancolía de un domingo de otoño, en una cena; la furia de una pasión, en un sombrero; la memoria de una aventura sangrienta o grotesca, en varios barriles de vino; la invención de un caso dramático, en una casa de campo; el motivo angustioso de un abandono, en un automóvil; el relámpago de una intuición, de una clara verdad, en una provisión de manteles y sábanas… Y basta, que mi estómago no lo tolera. ¿Quisierais negar que sois unos alquimistas al revés, que convierten en oro, no ya metales innobles, sino tesoros más preciados que el oro, los tesoros que brotan milagrosamente de lo más profundo del alma? Así es: también el genio se hace pagar y sus palabras se convierten en dinero, y el dinero, en cosas, y las cosas en satisfacción del cuerpo, y el Diablo ríe. Sí: se ríe del comercio y de los malos tratos del intercambio.

Ya sé, ya sé la excusa que tenéis en la punta de la lengua. Decís, apoyándoos en San Pablo, que el ministro debe vivir del altar. Pero si esto justifica a una casta poco fervorosa que desde hace muchos siglos ha hecho del apostolado una carrera, no basta para lavaros a vosotros, a quienes Dios inviste cada vez. Y sois sacerdotes del espíritu, no para recitar siempre las mismas palabras, sino para decir a cada nuevo día una palabra nueva, o volver a decir las antiguas palabras con nueva fuerza. No, no; esta excusa vale para vuestros imitadores, para los falsos genios, para los jibosos ingeniosos, para los revendedores al detalle de la genialidad artificial. Estos fabrican las imágenes como quien hace calceta y rellenan un libro como los salchicheros embuten las salchichas: se trata de hombres serviles y es justo que reciban el precio de su jornal de peón. Pero vosotros ¡no y no! Que tienda la mano el articulista, pero no el filósofo; que abra la bolsa el poetastro laureado por el público de mal gusto, pero no el poeta; que engorde su cartera el cocinero de alegres novelas o de ralas paradojas, pero no el creador de nuevos espíritus o de nuevas verdades. ¡Atrás, Satanás mercader, que quieres ganar el nueve por ciento sobre mis sueños y mis tristezas!

Otra excusa es ésta: que os pagan poco. Tanto peor. Ya que os hacéis los traidores y vendéis las cosas sagradas, ¡por lo menos no representéis el papel de vendedores inhábiles! Además, la parvedad del precio excusa todavía menos vuestra debilidad. No importa lo poco o lo mucho: basta el hecho de vender, ¡aunque sea por un céntimo!

La vida del hombre grande debe ser un martirio; es preciso pagar la grandeza interior y la gloria eterna con la miseria externa. Uno de los vuestros, Baudelaire, os dijo qué maldiciones se pronuncian cuando uno nace poeta. Tales maldiciones acompañan a la aparición de todo héroe. ¿Os parece mucho pagar la sublimidad de la creación y del descubrimiento con bastante menos condumio y algún que otro remiendo en los vestidos? Si queréis vivir y ser grandes, no vendáis vuestra grandeza; haced más bien de zapateros, haced más bien de colilleros. Entre la miseria y la traición, escoged, ¡escoged, si queréis, la embriaguez del hambre y de la soledad! Os hartáis de decir que vuestra venta no es una venta, porque os quedáis, como antes, dueños de vuestra obra. No es verdad, ¡en nombre de Dios que no es verdad! No sabéis cuántas veces vuestra imaginación se desvía y vuestro pensamiento se frena por la perspectiva confusa del público, del negociante, del dinero. Y si vendéis una obra que haya brotado enteramente del alma en movimiento, después, cuando la habéis contratado, impreso en varias ediciones, y la habéis enviado por el mundo para que la compren muchos,  ya no es vuestra, ya no es la misma. Contemplad un cuadro de tema sacro en el salón de un aficionado moderno. La Virgen ya no es la Virgen; es una buena campesina vestida de azul turquesa. Jesús ya no es Jesús; es un muchachote simpático que más tarde irá detrás de las ovejas. Sacadlo de la iglesia y lo sagrado desaparece. Así sucede con la obra grande. Ponedla en el escaparate, explotadla para pagar el alquiler y la cuenta del carnicero, y os daréis cuenta de que el bello espejo de vuestra primera alma queda manchado por algún feo reflejo. Se percibe el ruido del papel sellado, un vago olor de ternera guisada; los personajes queridos por vuestro corazón van adquiriendo, poco a poco, la librea de los esclavos, destinados a ganar vuestra manutención. Y la gente, al saber que vendéis esas bellezas a tanto la palabra, puede llegar a creer que esos pedazos de vuestra alma son otras tantas ficciones para poder vivir mejor.

“Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente”, decía Jesús a los Doce. ¿No habéis recibido, acaso, gratuitamente las buenas nuevas que anunciáis al mundo con vuestros poemas y vuestras filosofías? ¿Os imagináis que sois grandes porque habéis leído muchos libros y aprendido muchas palabras? Haced otro oficio y no ensuciéis los dones que habéis recibido del Dios desconocido. San Pablo vivía fabricando tela para tiendas; haceos vosotros fabricantes de látigos y dad con ellos en el morro de todos los mercaderes que embarazan con sus barracones de fruslerías el templo del Genio, de la Belleza y de la Verdad.»

 

Cit. Giovanni Papini, Obras (trad. José Miguel Velloso), III, Madrid, Aguilar, 1959, 13-15.

Luigi Pirandello /// Interpretación(es)

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Luigi Pirandello en una fotografía de 1934, el mismo año en que ganó el premio Nobel / Fuente: Bald Mountain Literature

«Ahora ya todos nos hemos ido acomodando poco a poco al nuevo concepto de nuestra pequeñez infinita, acostumbrándonos a considerarnos poco menos que si no pintáramos nada en el Universo, con todos nuestros flamantes descubrimientos e invenciones; ¿y qué valor quiere usted que tengan las noticias, no digo ya de nuestras particulares miserias, sino hasta de las públicas calamidades? Historias de gusanillos son ahora las nuestras.»

«Y solemos olvidarnos con gusto de que somos átomos infinitesimales para tirarnos los trastos a la cabeza por un palmo de tierra o lamentarnos de cosas que, si verdaderamente estuviésemos penetrados de lo que somos, deberían parecernos menudencias incalculables.»

 

Luigi Pirandello, El difunto Matías Pascal, 1904.