Ortega y Gasset /// Interpretación(es)

José Ortega y Gasset retratado por Ignacio Zuloaga (1920)

José Ortega y Gasset retratado por Ignacio Zuloaga en 1920 (Fuente: www.epdlp.com)

«Todo escritor tiene derecho a que busquemos en su obra lo que en ella ha querido poner. Después que hemos descubierto esta su voluntad e intención, nos será lícito aplaudirla o denostarla.  Pero no es lícito censurar a un autor porque no abriga las mismas intenciones estéticas  que nosotros tenemos. Antes de juzgarlo tenemos que entenderlo. Lo propio acontece con el pintor  o con el músico. Quien, habituado a la plástica realista, mira un cuadro del Greco, suele no verlo. Esa mirada realista consiste en una predisposición a hallar la semejanza entre una superficie pintada y un trozo de corporeidad existente. Como el Greco no se ha propuesto en buena parte de sus cuadros crear esas semejanzas, claro es que no las hayamos o, mejor, que hallamos el vacío de lo que buscábamos. Y esta incongruencia entre el lienzo y nuestra predisposición deja en nosotros un sentimiento de fracaso. En lugar de reconocer que la pista seguida por nuestra mirada para entrar en el cuadro era falsa, hacemos a éste responsable de nuestra desilusión.

»Un día, en otro estado de espíritu, tal vez cuando dejamos suelta la rienda a la mirada, se desliza ésta sin saber cómo por las trayectorias que el pintor insinúa y súbitamente aquel vacío cuadro se puebla de sugestiones, se rellena de sentido y potencialidad. Hemos aumentado nuestro horizonte artístico, nos hemos puesto en contacto con un nuevo estilo, con una voluntad estética distinta de la que hasta entonces conocíamos. . Y es el hallazgo una clave que nos abre de par en par la obra toda de aquel artista. Ya no buscamos realidades en el Greco, sino arquitecturas de movimientos, rítmicas convulsiones.

»Esta advertencia pone de manifiesto el insondable absurdo en que suele caer la crítica literaria y artística, según se conduce en España. Por un mecanismo reaccionario que acostumbra a movernos en todos los órdenes de la cultura -lo mismo en religión que en política, en industria que en arte, o en el trato social-, tendemos a escribir la obra nueva dentro del círculo de las obras viejas. Es verdaderamente perverso el placer que siente un español cuando encuentra algo de hoy hecho enteramente con lo de ayer. Eso que hoy no sea hoy, sino ayer, nos produce un frenesí de entusiasmo. En cambio, no podemos tolerar la petulancia que muestran algunas cosas al pretender ser nuevas, distintas y hasta ahora no sidas. La innovación, el gesto creador, ese ademán con que se suscita algo nuevo sobre el haz del mundo nos parece casi, casi un gesto indecente, incompatible con la dignidad nacional. Lo único que de París encantó a un amigo mío, sumamente castizo, fue que el puente más viejo de la ciudad se llamase Pont Neuf.

»Tesitura tal lleva en arte al colmo del absurdo. Porque es esencial a un valor estético su irreductibilidad a todo otro valor estético. Para mí es Cervantes acaso la calidad más alta que en literatura existe; pero si ahora naciese otra vez, antes de que los críticos casticistas consiguiesen hacerle académico yo intentaría retrotraerlo a su tumba. Un segundo Cervantes sería la cosa más fastidiosa y superflua del universo.»

José Ortega y Gasset, El espectador, Barcelona, Salvat, 1983 (1934), pp. 40-41.

Thomas Carlyle /// Interpretación(es)

Thomas Carlyle, Elliott & Fry (ca. 1860's)

Thomas Carlyle, Elliott & Fry (ca. 1860’s). Fuente imagen: Wikipedia

«Y ahora decimos: aunque se haya olvidado este divino misterio(*), el vate, profeta o poeta, penetró dentro de él; es un hombre enviado para dárnoslo a conocer con impresión más vigorosa. Ese es su mensaje; su deber consiste en revelarnos ese sagrado misterio, en presencia del cual, más que nadie, vive él continuamente. En tanto otros lo olvidan, él lo ve y lo conoce. Puede decirse que se le ha obligado a conocerlo, a vivir en él sin previo consentimiento, precisamente ligado a él.

»No hay en esto chisme ni conseja alguna, sino intuición y fe directas; ese hombre no podía menos; no era posible que dejase de ser sincero. Viva el que quiera en la apariencia de las cosas. Para ese hombre es una necesidad de su naturaleza vivir en la propia realidad de los hechos, en íntima y estrecha comunicación con el universo, aunque los demás hombres le consideren como una especie de juguete. Ante todo y en virtud de su sinceridad, es un vate. Así, el profeta y el poeta, copartícipes del secreto manifiesto, no son sino uno.»

Thomas Carlyle, Los héroes, Aguilar, Madrid, 1985 (1840), p. 105.

(*) El divino misterio al que se refiere Carlyle es la teoría del «secreto manifiesto» de Goethe por la cual su autor definía el instante en que un ser humano sufría la revelación del Universo.

A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis) /// Joel & Ethan Coen (2013)

Después de haber comprobado que la crítica cinematográfica en general se ha hecho eco de la nueva entrega de los hermanos Coen como si de un oráculo se tratase, me veo obligado a matizar ciertos aspectos sobre su cine usando este nuevo filme como pretexto para ofrecerles una lectura alternativa al margen de la oficialidad. Como en toda obra de arte con una finalidad estética definida, existen en ella muchas luces y sombras, pero bien es cierto que el claroscuro de los Coen no merma con el paso del tiempo. Tal vez lo que más llama la atención sea este novedoso afán de proyección comercial al que desde hace unos años venimos asistiendo los que seguimos su obra con atención. De todo esto hablaremos de inmediato. Acomódense y apaguen sus teléfonos móviles. ¡Acción!

Cartel "Inside Llewyn Davis" (Joel & Ethan Coen, 2013)

Inside Llewyn Davis (Joel & Ethan Coen, 2013). Cartel del estreno mundial 66º Festival de Cannes.

En primer lugar y haciendo acopio de la producción de los Coen, A propósito de Llewyn Davis es el decimosexto largometraje de los Coen. Resulta necesario trazar una perspectiva de producción indagando en los motivos que jalonan la obra de estos realizadores de Minnesota. De tal manera nos encontramos con una historia que en cierto modo nos es familiar, pues directa o indirectamente aparece la nota folk, constante fidedigna en cada una de sus películas, o el relato errante de un protagonista disipado, Llewyn Davis (Oscar Isaac en estado de gracia después de que Amenábar lo seleccionara en 2009 para rodar su Ágora, no nos olvidemos de esto tampoco), o bien personajes que como Troy Nelson (Stark Sands) y Al Cody (Adam Driver) son para echarlos de comer aparte, o el viaje como metáfora absoluta de una vida en constante desarrollo que se debate entre la ridiculez de la pobreza y la excitación del fracaso inminente. Todo esto es la marca Coen, pero aguarden un momento y vayamos por partes.

Un fotograma de Oscar Isaac en el papel de Llewyn Davis (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Un fotograma de Oscar Isaac en el papel de Llewyn Davis (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Nueva York, años sesenta. Nuestro protagonista lleva una vida simple y anodina, día y noche lucha contra el frío de la Gran Manzana, duerme en sofás ajenos y no hay nada en él que remita a la virtud hasta que coge su guitarra y se sube a los escenarios de locales del Greenwich Village para cautivar con su música a los espectadores y así ganarse la vida malviviendo gracias a algunos amigos y desconocidos a los que paga con distintos trabajos. Ha perdido trágicamente a Mike, su compañero musical, y este conflicto interno prologa su indeseable carrera profesional. Su afán por sobrevivir dentro de esta poliédrica pero insulsa jungla americana hace que presenciemos la bajada a los infiernos de Llewyn, cuyo crédito frente a sus amigos queda en evidencia por haber cometido algún desliz que otro, como por ejemplo dejar embarazada a Jean (Carey Mulligan), la mujer de su amigo Jim (Justin Timberlake). Entretanto irrumpe en escena un gato de nombre desconocido y propiedad de los Gorfein, un matrimonio amigo de Llewyn compuesto por un profesor universitario y una hippie pacifista venida a menos, pero del gato, como decimos, germina un necesario desequilibrio que toda buena película requiere. Aquí, y sólo en este aspecto, podemos hablar de un cine de altos vuelos.

Llewyn Davis en el Glaslight Café (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Llewyn Davis tocando en el Glaslight Café (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

La crítica, así lo he remarcado al principio, ha vertido tanta desmesura y entusiasmo sobre la película, que incluso han llegado a definirla como «perfecta». Al hilo de este tipo de críticas, me gustaría destacar algunos artículos como por ejemplo el de Israel Arias para Europa Press, el de Jordi Batlle para La Vanguardia o la aportación crítica de Irene Crespo para El Periódico. En ninguno de ellos hallamos disonancias, todo es loa, magnificencia, lo cual me parece correcto siempre y cuando tengan fundamento, pero es importante saber diferenciar la caligrafía de la gramática, así nuestro criterio podrá crecer hasta el desengaño pero sin perder el amor por su arte. Siento no estar de acuerdo con un punto de vista desinformado, y no me entiendan mal, no es que quiera yo tener la opinión de Carlos Boyero cuya impresión, por otra parte, me parece irritante y desmesurada por decir que la vida de nuestro protagonista (basada en la de Dave van Ronk, personaje que apadrinó a algunos grandes del folk) carece de interés, sino que el cine, como toda manifestación artística, hay que valorarlo en su propio contexto y su justa medida, y ese calibre no es otro que la obra de los Coen, a la que no se ha prestado la debida atención bien por vagueza, bien por dejadez. Lo comercial se hace notar en el dato folclórico y el arraigo country neoyorquino, que sirve a los Coen para desarrollar una historia que si bien no es de las más brillantes, sigue rezumando su propia aura. Estamos acostumbrados a ver desfilar por el casting a gente de gran tallaje, esos secundarios de lujo que hacen de una película mediocre un sello de distinción. Ahora bien, la pregunta se me antoja necesaria. ¿Cuál de ellos se negaría a trabajar con los Coen? Evidentemente ninguno. Estos cineastas, que llevan cosechando éxitos desde que Joel Silver decidiera apostar por ellos a finales de los 80, han logrado que su carrera cinematográfica goce de un caché y un prestigio nada desdeñables. Así, aparecen por ejemplo Justin Timberlake, Carey Mulligan y Stark Sands reversionando el Five Hundred Miles, un clásico de Cliff Richards & The Shadows que ya había visto su cover español firmado por Los Mustangs y que asiste además a uno de los momentos más emocionantes de la película cuando Llewyn mantiene un intenso diálogo visual con Jean, futura madre de su criatura y esposa de un buen amigo suyo que encima le ofrece cobijo. Tanto Timberlake como Sands o Mulligan, en mitad de este reto musical urdido por los Coen, dotan a la escena de un halo de sosiego y serenidad realmente hipnótico que debió encantar a sus directores.

Oscar Isaac, Joel Coen y Ethan Coen rodando una escena del montaje (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Oscar Isaac, Joel Coen y Ethan Coen rodando una escena del montaje (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Hay que mencionar, en primer lugar, que la producción musical fue culpa de T-Bone Burnett, un viejo conocido de los Coen que ya había trabajado para ellos ¡qué casualidad, en otra película con música original!, O Brother, Where Art Thou? (2000). En esta ocasión el viejo Burnett tiene un ayudante de lujo, Marcus Mumford, el líder vocalista de Mumford & Sons. Ambos se compenetran a la perfección y dicha sinergia llega a alcanzar niveles de producción admirables. En este sentido llega otro de los momentos estelares del largometraje, la grabación del hit de Jim Nesbitt Please Mr. Kennedy en la que Oscar Isaac, Justin Timberlake y sobre todo, un sembrado Adam Driver, recrean la colaboración para John Glenn Singers en unos grandes estudios de grabación. En definitiva, una de esas escenas firma de la casa en la que los Coen son capaces de ridiculizar y engrandecer a todo ser viviente que se ponga a su servicio. Tal vez sea la única nota humorística de la película, y a pesar de ello, la crítica mantiene el empeño de pregonar que se trata de una comedia. Pues bien, hay veces en que uno puede entender de etiquetas, de géneros, de estilo incluso, pero lo único que nos queda es dilucidar las certezas en su reverso. Dicho de otro modo, a juzgar por la voz de la crítica especializada, a estas alturas podremos no saber qué demonios es una comedia, pero sí sabemos qué no lo es, y esta no es una de ellas. Pero volvamos a lo que nos importa. “Please Mr. Kennedy! Take one!“.

Llewyn y Jim ensayan la versión del Please Mr. Kennedy (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Llewyn y Jim ensayan la versión del Please Mr. Kennedy (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

También hay sombras en esta última entrega de los Coen. Por ejemplo el desarrollo de la historia, que sin querer arruinarles la expectación a quienes no han visto la película, es algo lento, por momentos se hace difícil de digerir y en ocasiones llega a resultar pesado. Es aquí donde la desmedida opinión de Boyero cobra sentido, ya que el relato errante de este cantautor es tan lineal que puede incitarnos al tedio. Quizás esa era la idea inicial de los Coen, evidentemente no lo sabemos, pero si algo brilla en el filme es el trato llano que se le da al personaje. También afloran una cantidad de cualidades que cualquier director no sabría ni por dónde coger a la hora de caracterizar a un personaje: los Coen lo bordan, es uno de sus puntos fuertes. Y luego tenemos al gato, un elemento subsidiario que magistralmente va cobrando protagonismo hasta convertirse en la pieza clave que explica, justifica y da sentido a la vida disipada, y por momentos repugnante, de Llewyn Davis. El nombre del animal es la clave de esta nueva entrega homérica de los Coen. Ya vemos al comienzo el decisivo encontronazo que tendrá con Llewyn en el apartamento que los Gorfein tienen en el Upper West Side cuando el felino intenta regalarse un escarceo. De manera rotunda: es la viva imagen de Davis, y es justo despúes de este momento cuando presenciamos la gestación de una poderosa imagen cristalina, realmente un reflejo de lo que está sucediendo con nuestro protagonista y de lo que será, al fin y al cabo, la película entera.

Troy asiste expectante a la discusión entre Llewyn y Jean junto al gato Ulises (Foto: Alison Rosa 2012)

Troy (Stark Sands) y Ulises presencian expectantes una discusión entre Llewyn y Jean junto al gato Ulises (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Por tanto, antes de valorar una película de ambiciosa proyección comercial deberíamos medir sus partes y comprobar si la sintaxis se adecúa o no a su propia obra. Hoy en día se dice “Hermanos Coen” y parece que asistimos a un tipo de genialidad ex nihilo, pero ¿dónde estaba esta crítica a finales de los 90 antes de que los Coen cosecharan su éxito en forma de epifanía? En verdad lo es: una cinta comercial de actores consagrados como John Goodman, que hace las veces de un jazzman abyecto y heroinómano; o Murray Abraham como el influyente Bud Grossman; o incluso Garrett Hedlund que aborda el papel de Johnny Five, un huidizo muchacho en plena efervescencia beat. También es un precioso ensayo fotográfico firmado por un fabuloso Bruno Delbonnel o un experimento de puesta en escena sobresaliente, pero aquí sin sorpresas. Qué decir de la música o la aparición de Dylan en el Gaslight tocando los primeros acordes de Farewell…, sencillamente mágico. Pero ahora bien, si el cine de los Coen se ha propuesto juguetear con la antropología, poco a poco lo está consiguiendo: si antes mencionábamos O Brother, Where Art Thou?, es momento para hacer el debido recuento cinematográfico con Muerte entre las flores (1990) y la década de los 30; Barton Fink (1991) los 40 y esta útima entrega, que cubre los 60. ¿Estudio sociológico? Qué nos importa. Si algo sobresale en A propósito de Llewyn Davis es la constatación estética de la crisis de los grandes relatos, la firma audiovisual de un contrato que nos dice que no sólo en las artes plásticas la vida se nutre de un vacío que, de por sí, es un caos y en el que nadie sabe ya ponerle nombre a las cosas. Una oda, en definitiva, a los grandes dilemas de la existencia, de nuevo, pero una obra, pese a todo lo celebrado por la crítica oficial, de género menor en la filmografía de los Coen.

John Goodman en el papel de Roland Turner (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

John Goodman en el papel de Roland Turner (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

F. Murray Abraham en el papel de Bud Grossman (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

F. Murray Abraham en el papel de Bud Grossman (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Carey Mulligan en el papel de Jean, la exnovia de Llewyn, en el Glaslight Café (Foto: Alison Rosa ©2012 Large Strange Trip)

Carey Mulligan en el papel de Jean, esposa de Jim y exnovia de Llewyn, en el Glaslight Café (Foto: Alison Rosa ©2012 Large Strange Trip)

Garrett Hedlung en el papel de Johnny Five, el chico beat (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Garrett Hedlund en el papel de Johnny Five, el chico beat -(Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Llewyn abandona el coche que le hubiera llevado hasta Chicago (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Llewyn abandona el coche que le hubiera llevado hasta Chicago (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

-Ficha técnica:

Dirección: Joel y Ethan Coen / Guión: Joel y Ethan Coen / Producción: Scott Rudin, Joel y Ethan Coen / Diseño de producción: Jess Gonchor / Música: T Bone Burnett, Marcus Mumford / Sonido: Peter F. Kurland, Skip Lievsay / Fotografía: Bruno Delbonnel / Montaje: Roderick Jaynes / Escenografía: Jess Gonchor / Vestuario: Mary Zophres

-También puedes visitar la website oficial aquí.

-Blogs de cine que yo frecuentaría: Esto no es Vietnam / Cuaderno audiovisual / La pantalla se mueve

*Para saber más sobre los Coen:

1.- Antonio SANTAMARINA, Joel y Ethan Coen, Madrid, Cátedra, 2012.

2.- Laurent TIRARD, Lecciones de cine: clases magistrales de grandes directores explicadas por ellos mismos, Barcelona, Paidós, 2003.

3.- Fernando DE FELIPE, Barton Fink. Estudio crítico, Barcelona, Paidós, 1999.

4.- Frédéric ASTRUC, El cine de los hermanos Coen, Barcelona, Paidós, 2003.

Guy Debord /// Interpretación(es)

Guy Debord, La sociedad del espectáculo (edición inglesa)

Guy Debord, La sociedad del espectáculo (edición inglesa).

«La lucha entre tradición e innovación, que es el principio interno de desarrollo de la cultura en las sociedades históricas, sólo puede continuar merced a la permanente victoria de la innovación. Sin embargo, la innovación cultural depende únicamente del movimiento histórico total que, al cobrar conciencia de su totalidad, tiende a superar sus propios presupuestos culturales y se orienta hacia la supresión de toda superación.»

Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-Textos, 2012 (1967), pp. 152.

Y entonces nosotros, los viles /// Cesare Pavese (1945)

 

Y entonces nosotros, los viles
que amábamos la noche
que murmura, las casas,
los caminos del río,
las sucias luces rojas
de aquellos lugares, el dolor
manso y callado-
arrancamos las manos
de la viva cadena,
y callamos, mas el corazón
nos estremeció la sangre,
y ya no hubo dulzura,
no hubo un abandonarse
junto al sendero del río-
no más siervos, supimos
estar solos y vivos.

[E allora noi vili / che amavamo la sera / bisbigliante, le case, / i sentieri sul fiume, / le luci rosse e sporche / di quei luoghi, il dolore / addolcito e taciuto- / noi strappammo le mani / dalla viva catena / e tacemmo, ma il cuore / ci sussultò si sangue, / e non fu più dolcezza, / non fu più abbandonarsi / al sentiero sul fiume- / non più servi, sapemmo / di essere soli e vivi.]

Cit. Cesare Pavese, Antología poética, versión cast. José Agustín Goytisolo, Barcelona, Plaza y Janés, 1971 (1962), p. 125.

Una opening de cine – El gran Lebowski /// Joel y Ethan Coen (1998)

Quiero hablarles de un tipo que vivía allá,
en el oeste…, un tipo llamado Jeff Lebowski.
Al menos ese fue el nombre que le dieron sus
amororos padres, pero nunca supo muy bien
qué hacer con él. Este Lebowski se hacía llamar…
El Nota. Así, el Nota. En mi pueblo nadie se pondría
semejante nombre. Había muchas cosas de el Nota
que no tenían mucho sentido para mí, y lo mismo
de la ciudad de Los Ángeles (esa no es precisamente
la impresión que me dio, pero reconozco que hay
buena gente por allí).
Mentiría si dijera que he estado en Londres,
nunca he estado en Francia, y no he visto ninguna
reina en paños menores, como dijo aquel…,
pero les diré algo: después de conocer Los Ángeles,
esta historia que me dispongo a relatar… Creo que
he visto algo más asombroso que cualquier cosa que
hayan podido ver en uno de esos lugares. Y además
en mi idioma. Así que puedo morir con una sonrisa
sin tener la sensación de que el Señor me la ha jugado.
Bien, pues esta historia que les voy a contar
tuvo lugar a comienzos de los noventa;
 eran los días de nuestro conflicto con Sadam
y los iraquíes. Lo menciono sólo porque
a veces hay un hombre -no diré un héroe,
porque, ¿qué es un héroe-, pero a veces hay un hombre,
y aquí me estoy refiriendo al Nota…, a veces
hay un hombre que es… el hombre de ese momento y ese lugar:
¡está en su sitio! Y ese es el Nota, en Los Ángeles.
Y aunque sea un auténtico vago (y el Nota
ciertamente lo era), seguramente el hombre más vago
del condado de Los Ángeles, lo cual le convierte
en favorito para el título de Hombre
Más Vago del Mundo. Pero, a veces, hay un hombre…
A veces hay un hombre… ¡Vaya!
He perdido el hilo, pero, ¡qué demonios!
Ya lo he presentado bastante.

El último Rafael /// Museo del Prado (2012)

A poco más de una semana de que se trasladara al Louvre, la exposición del Museo del Prado El último Rafael presenta la necesidad de una revisión. Este tiempo nos ha permitido valorar la muestra en toda su complejidad, uniendo las actividades paralelas y complementarias que se han organizado al hilo de la misma.

El primer punto a tener en cuenta es por tanto el título y el arco cronológico tratado. El último período del pintor se presenta así como una suerte de sucesión escalonada de su producción tardía con los añadidos de sus más nombrados discípulos, sobresaliendo como es lógico el rol del joven Giulio Romano dentro del obrador del maestro. A este efecto, quizás no se le ha dado el cauce más acertado a la exposición y es aquí donde manifiesta su primera carencia. Si no disponemos para esta etapa de obras firmadas y las conjeturas se suceden caprichosamente entre un anodino y habitual “y taller”, la cuestión deriva en que prácticamente toda la producción dudosa de Rafael (la no firmada o no contrastada documentalmente con contratos o testimonios directos-indirectos) puede unirse al elenco de obras de la exposición sin que ello presente problema alguno. Esto supone un error. Los comisarios, Paul Joannides y Tom Henry, nos advirtieron de este contratiempo, pero no nos parece suficiente.

 

Nos queda la sensación de que existen demasiadas suposiciones y pocas certezas. La distribución y organización del recorrido estaban bien planteadas, pero discutible, desde el formato grande al tamaño medio y saltando entre géneros para terminar con un espacio dedicado a Giulio Romano y la retratística. Sin embargo, seguía faltándonos algo más. Y es que la trayectoria grandilocuente de este ser único que fue Rafael, parangonable como ha querido la crítica especializada con Mozart por su precocidad y espíritu presto y siempre feliz, se ha visto imposible de tratar de manera monofocal. Dicho de otro modo, nos parece insuficiente abordar su trayectoria única y exclusivamente desde su perspectiva pictórica. Rafael gozó de la concesión de diversos cargos de máxima responsabilidad, entre ellos la decoración de las Estancias de Julio II, pero también se encargó de la fábrica de San Pedro, o como la condición de veedor de las ruinas romanas, cargos por otra parte muchísimo más ambiciosos e importantes. Es por ello que la muestra debía haber intentado dar una panorámica, si bien no a través de la obra expuesta (cosa obvia por otra parte), sí a través de un discurso en la publicación del catálogo para ofrecer al gran público una visión mucho más ilustrada de esta figura tan especial por tantos motivos dentro de la historia del arte occidental.

Asimismo, la exposición ha tenido un nivel de visitantes verdaderamente encomiable, pasando de los 250.000. Y, a pesar de esta incidencia, aparentemente contradictoria pero no tanto, había cuadros que paradójicamente nos resultaron sucios, como el poderoso San Miguel o la armónica Sagrada Familia de Francisco I. Durante unos meses el Prado se convirtió en reclamo directo de primera mano para cualquiera, empujando al visitante y al que no lo es a acercarse a contemplar esas obras tan maravillosas como paradigmáticas. No nos hartaríamos nunca de ver esa pintura de humo del Retrato de Baldassare Castiglione, cuya esencia ni el propio Rubens, en el primer tercio del XVII, supo captar; o el inefable y sensual Bindo Altoviti con su elocuencia y bello gesto. Ahora el Louvre acoge el próximo itinerario de obras y sus números, resulta probable, volverán a batir récords. Nuestra pinacoteca en cambio, panteón de los grandes maestros, se ha engalanado con sus mejores sedas para ofrecer un recorrido sesgado y atractivo, pero carente de la perspectiva debida. Sin embargo, tengámoslo en cuenta, a tenor de lo que hayamos dicho en esta ocasión: vertebrar una exposición de un personaje de tal envergadura siempre presupone la máxima dificultad. Esta vez nos ha quedado claro. Es casi imposible.

 

 

Artículo publicado en la revista Culturamas: “La atracción de Rafael” (02.X.2012)

Gargantúa y Pantagruel /// François Rabelais (Acantilado)

Hace ya más de un año que Gargantúa y Pantagruel fue reeditada por Acantilado, obra clave del humanismo francés y del propio autor, François Rabelais (Poitou, 1494-París, 1553), pero estaba claro que todavía hoy, transcurridos los siglos de solera que ya la encumbran y este cerca de año y medio desde la reaparición, nosotros íbamos a seguir necesitando un tiempo de asimilación, lectura y relectura de esta obra cumbre de la literatura occidental para elaborar un pequeño conjunto de dignas sensaciones. Al menos que estuviesen a la altura, salvando todas las distancias salvables, claro está, con ese titán, polígrafo y erudito universal.

Guy Demerson, mayor especialista mundial en la obra del humanista francés, ha sido el encargado de elaborar un ambicioso prefacio, delicia sin precedentes. La enjundia que embargó el afán de Rabelais, creador no casualmente de Pantagruel, ese diablillo llamado a castigar a los borrachos infligiéndoles la sed del Diablo, parece haber sido la misma llama dionisíaca que ha guiado el camino tanto de este profesor como de Gabriel Hormaechea (encargado de la traducción y notas) a la hora de abordar tan magna obra. Pero, nos decimos a nosotros mismos: ¿en qué punto la llama dionisíaca y el Humanismo se estrechan la mano? Primera contradicción. Pero sólo aparente, pues a ella la siguen más circunstancias parejas. De antemano, la obra no parece expresar esa armonía, ese idealismo ni esa dignidad humanistas, pero dentro se esconde un profundo mensaje de orden y razón. Cuando sus personajes cultivaron la subversión del lenguaje, los razonamientos absurdos, los juegos de palabras ridículos o los borborigmos animales, el humanismo magnificaba ese privilegio del hombre que es el lenguaje. Asimismo, detestaba las supersticiones que emergían o subsistían en la cultura popular y, sin embargo, las conocía al dedillo. Esta plétora de –y subrayamos– aparentes contradicciones llevaría a Rabelais a elaborar esta, tan grandiosa como extensísima, novela cómica que narra las aventuras del gigante Gargantúa, personaje asociado de manera burda con el ciclo de novelas artúricas, y su hijo Pantagruel, del cual Rabelais se arrogó su particular, malicioso y fantasioso natalicio. El autor fue presentando el conjunto de libros de manera distinta a como hoy están dispuestos; primero dio a conocer Pantagruel, después Gargantúa; y lo hizo bajo el pseudónimo de Alcofribas Nasier hasta que en 1546 publicó el Libro Tercero, firmando un prólogo en el que ofrecía a su bebedor (su lector) un nuevo contrato de lectura, esto es, una nueva intención en los episodios narrados, sin necesidad de renunciar a la estridente pero sagaz crítica de las costumbres populares y a todo un sinfín de ácidas barrabasadas.

Al margen de la biografía del autor, que ya sería interesante sólo por el contexto –fue conspicuo médico, competente jurista, además de representante de los personajes más influyentes de la diplomacia francesa del momento y filólogo autodidacta que llegó a dominar el latín y el griego, por los que fue considerado erudito gracias a sus ensayos en dichas lenguas–, la obra consiguió abrazar la categoría de mito y fue capaz de generar una marca-nombre-firma para Rabelais. Era leído tanto en público como en privado, y ya en vida se extraían locuciones de sus obras y se pronunciaban como auténticos proverbios. Citado entre otros por Michelet, mistificado por Víctor Hugo o certeramente recordado por Paul Valéry, en definitiva, tanto obra como autor fueron ensalzados a la altura de mito nacional. Y el caso es que, desde la aparición de Pantagruel, se sucedieron al menos ocho reediciones entre 1533 y 1534, pero también inspiró versiones e incluso falsificaciones, aspecto este que el autor fue incapaz de prever.

Con la intención de no deshilachar los magníficos requiebros de esta trepidante historia soez y encantadoramente cómica, desvergonzada hasta el aturdimiento y fomento de inevitables carcajadas, les invito a su concienzuda lectura a la par que deseo felicitar expresamente a la editorial por esta labor formidable de estudio y recuperación. Hacía mucho tiempo que las prensas hispanoparlantes no acometían un trabajo de tal envergadura. Porque nunca está de más leer a uno de esos hombres que, y cito a Valéry, “saben vivir allí donde les conducen las palabras”.

 

François Rabelais, Gargantúa y Pantagruel (Los cinco libros)
Barcelona, Acantilado, 2011, 1520 pp., 49 euros.

 

Publicado en el blog La Tormenta en un Vaso y en la revista Culturamas: “La aparente contradicción de un humanista” (26.IX.2012)

Conversaciones con Sartre /// John Gerassi (Sexto Piso)

 

Ocurre a veces que nos sentimos sorprendidos por muchas cosas, en ocasiones por asuntos políticos, o por acontecimientos de la actualidad o por sucesos cotidianos intrascendentes que consiguen embellecer, debilitar o salpimentar nuestro entorno. Sea como fuere, resulta evidente que necesitamos nutrirnos de ese cierto desequilibrio para contrastar y adquirir criterio. El libro de John Gerassi, “Talking with Sartre”, aparecido en 2009, se pone al servicio y la lectura de ámbito hispanoparlante con la traducción que, de la mano de Palmira Feixas y la Editorial Sexto Piso, se ha llevado a cabo con el título de “Conversaciones con Sartre”. Este libro es una de esas sorpresas, uno de esos desequilibrios imprevisibles, terribles, necesarios.

Hijo de Fernando Gerassi (1899-1974), pintor español comprometido con la causa republicana en tiempos de guerra y amigo íntimo de Jean-Paul Sartre (1905-1980), John Gerassi recoge y recopila en este volumen las conversaciones que tuvo el placer de mantener con el gran pensador durante los años sesenta del pasado siglo. En el prólogo, según nos confiesa el propio Gerassi, tratar con Sartre le supuso multitud de incontinencias. Rozó la exasperación, en ocasiones incluso hasta la ira, pero también, en la reconciliación –o el olvido sin más–, saboreó el privilegio de compartir con uno de los personajes más influyentes de todo el siglo XX sus palabras, sus risas a borbotones, la ironía e incluso el poco cariño del que hacía gala. Por estos encuentros de respiración fluida y gramática de salón desfilaron cuestiones fundamentales para comprender no sólo la obra y el pensamiento de Sartre, sino también la vida de John Gerassi, no menos interesante dado el curioso paralelismo que ha existido a veces entre ellos. De esta casualidad nace un diálogo empático pero no exento de agudeza, ingenio, elocuencia y alguna que otra pregunta malintencionada. El resultante es una exposición honesta y sincera que no rehúye de desatinos y en la que no se duda, si es necesario, al acometer con ferocidad cualquier pregunta.

La dialéctica es cuidada y muy respetuosa, aunque por momentos parezca que se estén debatiendo en duelo. No deja de parecernos una maravilla cómo Sartre desarrolla ciertos aspectos filosóficos sobre la candela bombardeante de Gerassi. Uno representa al burgués pensante, el otro al hombre de acción y activista político. Ambos están comprometidos, pero en diferentes causas. “Ante todo, pinto; luego está mi familia. No me importa que Stépha o Tito [su esposa e hijo, John, quien por aquel entonces tenía ese apodo] mueran de hambre; ante todo, pinto”, recordaba Sartre las palabras que en una ocasión le dijera Fernando Gerassi. De ahí quizás la complicidad que ambos tenían, Fernando en su pintura, Sartre en su literatura. Sartre aprovecha para volver a relatarnos de primera mano sus impresiones infantiles, sus recuerdos de infancia, con una nitidez y una claridad estupendas. También para evocar la figura de su abuelo paterno, Charles Schweitzer, rememora ese peculiar trato humano que le marcó para el resto de su vida, a pesar de que después se rebelara contra él y le perdiera el respeto que antaño le profesó. Son muchas las cuestiones, pero hay una especialmente conmovedora: su continua y polisémica referencia a los libros, la vida, la soledad y la muerte como un bloque monolítico indisoluble e inseparable. Disertando sobre Charles y cómo llegó a entender la muerte, hurgando en la raíz de dicho temor, la conversación muta en una especie de enumeración de conocidos suicidas e intentos de suicidio para desembocar en el significado que el término vida adquiere en la vida y obra de Sartre. “Los suicidas son gente que juzga a la vida, que piensa que ésta tiene un valor, un mensaje o un propósito […]. La vida es un hecho. No tiene ningún valor en sí misma. Ni siquiera es cuestión de aceptarla o de no aceptarla. Es, y punto. Aquellos que no son su propio proyecto parecen incapaces de comprenderlo”. Es magistral –siempre lo fue– por su claridad argumental y por su mordacidad en el uso del lenguaje. Se suceden prácticamente todos los interrogantes del ser humano, incluso hasta ese peculiar y siempre paradigmático concepto, compartido con Heidegger y no tanto con Kierkegaard, de fe laica. Desbordante en este sentido.

 

En definitiva, sorprendente porque jamás imaginamos hasta este momento que Sartre reía con tanta frecuencia. Imprevisible porque no se espera de él ningún asomo de cariño o afecto, siempre agazapado entre esas gafas de alta graduación. Terrible por comprobar que la vida la determinan esos pequeños detalles imperceptibles de los que no somos conscientes cuando los padecemos, sino sólo con perspectiva, mediante errores. Y necesario por paliar la fealdad de nuestra actualidad medio siglo después de su desaparición. Enhorabuena a Sexto Piso porque ellos lo han vuelto a hacer. Sorprender y embellecernos los días.

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 John Gerassi, Conversaciones con Sartre
México-Madrid, Sexto Piso, 2012, 508 pp., 27 euros.

Artículo publicado en la revista Culturamas: “Necesidad de diálogos” (27.IX.2012)

Nietzsche /// Michel Onfray; Maximilien Le Roy (Sexto Piso)

https://i0.wp.com/www.culturamas.es/wp-content/uploads/2012/08/Nueva-imagen.jpg Para encarar la figura del que quizás sea el filósofo más estremecedor de la historia del pensamiento occidental, Friedrich Nietzsche (1844-1900), es necesario siempre preguntarse más allá de lo que sus obras nos han dejado, más allá de lo que sus palabras dan de sí; dicho de otro modo: más allá del verbo. Dentro de lo paradigmático que ya resultó su tránsito por este mundo que, pese a lo que pueda pensarse hoy, nunca supo corresponder a la ternura con la que quizás él miró a la Humanidad, la vida de este ser humano sobrepasó con mucho el legado filosófico que lo ha encumbrado hasta hoy día y lo encumbrará por siempre.

Desde esta perspectiva y basándose en la biografía que un reputado estudioso como Michel Onfray realizó de él en 2008, Maximilien Le Roy contribuye a la labor con su ingenio dibujístico para dar a luz esta biografía ilustrada con la que la editorial Sexto Piso nos sorprende en esta ocasión. Y el resultado es sencillamente magnífico. En algunas escenas ilustradas, a veces libres y despojadas completamente de texto, puede comprobarse el atinado lenguaje visual de un gran dibujante, crudo, desgarrado y onírico, rayano en la ferocidad expresionista, que sirve de complemento perfecto al texto adaptado. Por su parte, en el texto sobresale la claridad y la sencillez. Asimismo hemos de tener en cuenta que inevitablemente es vulnerable a ciertos tópicos, es decir, problemas que fueron con anterioridad arrastrados desde la mitología popular y secundados por una crítica ignorante y sensacionalista, o episodios –en menor grado– que redundan en la hipérbole por querer devolver la rectitud a la vida y obra del filósofo, pero en definitiva no son más que normalidades justificables. Lo que, sin embargo, es formidable pasa por la capacidad de recopilar, en una suerte de abanico evocativo, los más decisivos momentos de su vida, los más especiales, los más sorprendentes, incluso los más crudos, negándose a la autocensura, y todavía más, amenizados con el uso continuado del flashback, lo que le da un rasgo cinematográfico realmente conmovedor.

Aparecen instantes tan esenciales en su vida como el descubrimiento de la obra de Schopenhauer, el vínculo analgésico con Erwin Rohde, el novelístico trato que caracterizó su relación con Wagner, la irrupción de la ignorancia de su hermana Elisabeth y sus continuas mudanzas y traslados en busca de un clima agradable que no mermara su frágil y maltrecha salud. Sin embargo, de entre todos ellos, emerge un acontecimiento que a día de hoy sigue planteando todo tipo de interpretaciones: el signo de la decadencia de su pensamiento o quizás de su más puro desnudo frente a la Humanidad que siempre anheló: el caballo de Turín. Posiblemente se trate de uno de los episodios más conmovedores de cuantos la Filosofía nos ha ofrecido. El 3 de enero de 1889, al salir de su casa turinesa de la Via Carlo Alberto, se topa con un cochero que ferozmente está maltratando a su caballo hostigándole violentamente con una fusta. En un arrebato de plena espontaneidad –lamentablemente el último– corre hacia el animal cual chiquillo y lo abraza tiernamente ofreciéndole aliento y cariño. A ello le seguiría un parlamento fantástico y delirante en mitad de la plaza, motivo por el cual varios de los ciudadanos allí reunidos llamaron a varios agentes de la guardia para que lo retuvieran y lo trasladasen a alguna clínica psiquiátrica, lugar en el que pasaría sus últimos diez años de vida hasta que el 25 de agosto de 1900 expirase sin mucho sobresalto y congestionado de medicación.

Si por algo es reseñable este libro ilustrado es porque conjuga perfectamente texto e imagen, por transmitir en una labor de concisión ejemplar el trasiego casi inabarcable de la vida de nuestro protagonista y por relatar de una manera muy especial rasgos expresivos que de otro modo resultarían intraducibles. No obstante, además, supone un ejercicio delicioso repasar la biografía de un personaje, de un auténtico genio en la más absoluta de sus acepciones que, por preguntarse, un día lanzó el imperdonable interrogante de: “¿Qué dosis de verdad puede soportar el hombre?”.

Michel Onfray; Maximilien Le Roy, Nietzsche, Madrid, Sexto Piso, 2011, 132 pp.

 

Artículo publicado en la revista Culturamas: “Único Nietzsche” (03.VIII.2012)