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Fernand Braudel /// Interpretación(es)

Fernand Braudel - 01«Numerosas fueron las diatribas contra las nuevas bebidas. Hubo quien escribió que a Inglaterra la arruinarían sus posesiones de Indias, en definitiva por «el estúpido lujo del té». Sébastien Mercier, en el paseo moral -¡y tan moral!- que realiza por el París del año 2440 (*), es guiado por un «sabio» que le dice con firmeza: «Hemos rechazado tres venenos que usabais continuamente: tabaco, café y té. Aspirabais un desagradable polvo que os privaba de la memoria, a vosotros franceses que teníais tan poca. Os quemabais el estómago con licores que lo destruyen, acelerando su acción. Las enfermedades nerviosas, que padecíais de forma tan habitual, se debían a esos aguachirles que acababan con el jugo nutricio de la vida animal»…

»En realidad, toda civilización necesita unos lujos alimentarios y una serie de estimulantes, de excitantes. En los siglos XII y XIII surgió la locura de las especias y de la pimienta; en el siglo XVI, el primer alcohol; después, el té y el café, sin contar el tabaco. Los siglos XIX y XX tendrán también sus nuevos lujos, sus drogas beneficiosas o nefastas. En cualquier caso, nos gusta ese texto fiscal veneciano que a principios del XVIII, de manera razonable y no carente de humor, precisa que la tasa sobre las acque gelate, el café, el chocolate, el «herba té» y demás «bevande» se extiende a todas las cosas semejantes, «inventate, o da inventarsi», inventada o por inventar. Claro está que Michelet exagera en ver en el café, ya durante la Regencia, la bebida de la Revolución, pero los historiadores prudentes exageran también cuando hablan de Gran Siglo y del siglo XVIII olvidando la crisis de la carne, la revolución del alcohol y, siempre con una erre minúscula, la revolución del café.

»¿Se trata, por nuestra parte, de un error de perspectiva? Creemos que con el agravamiento -no por lo menos con el mantenimiento- de dificultades alimentarias muy serias, la humanidad necesitó compensaciones, de acuerdo con una regla constante de su vida.

»El tabaco es una de esas compensaciones. Pero, ¿cómo clasificarlo? Louis Lemery, «doctor regente de la Facultad de Medicina de París, de la Real Academia de Ciencias», no vacila en hablar de él en su Traité des Aliments (1702), precisando que la planta puede «aspirarse, fumarse o masticarse». Habla también  de las hojas de coca, parecidas a las del mirto, que «aplacan el hambre y el dolor y confieren fuerzas», pero no habla de la quina, aunque alude al opio, consumido más aún entre los turcos que en Occidente, droga de «uso peligroso». Lo que se le escapa es la inmensa aventura del opio de la India a Insulindia, en una de las líneas fundamentales de la expansión del Islam, incluso hasta China. En este terreno, el gran viraje se iniciará después de 1765, tras la conquista de Bengala, con el monopolio establecido entonces en beneficio de la East India Company sobre los campos de adormideras, antigua fuente de ingresos del Gran Mogol. Realidades que, como es natural, Louis Lemery ignora en esos primeros años del siglo. Tampoco conoce el cáñamo indio. Ya sean estupefacientes, alimentos o medicamentos, se trata de grandes personajes, destinados a transformar y a trastocar la vida cotidiana de los hombres.

»Hablemos tan sólo del tabaco. Entre los siglos XVI y XVIII, va a apoderarse del mundo entero, siendo su éxito todavía mayor que el del té o el del café, lo que no es poco decir.

»El tabaco es una planta originaria del Nuevo Mundo: al llegar a Cuba, el 2 de noviembre de 1492, Colón observa que hay indígenas que fuman unas hojas enrolladas de tabaco. La planta había de pasar a Europa con su nombre (o caribe, o brasileño), constituyendo durante largo tiempo tan sólo una curiosidad de los jardines botánicos, siendo conocida por las virtudes medicinales que se le adjudican. Jean Nicot, embajador del cristianísimo rey de Francia en Lisboa (1560), envía a Catalina de Medici polvo de tabaco para aliviar la jaqueca, siguiendo en esto costumbres portuguesas. André Thevet, otro introductor en Francia de la planta, asegura que los indígenas del Brasil la utilizan para eliminar los «humores superfluos del cerebro». Como era de esperar, en París un tal Jacques Gohory (m. 1756) le atribuyó, durante un corto espacio de tiempo, las virtudes de un remedio universal.

»La planta, cultivada en España desde 1558, se difundió pronto en Francia, en Inglaterra (hacia 1565), en Italia, en los Balcanes y en Rusia. Se encontraba en 1575 en Filipinas, habiendo llegado con el «galeón de Manila»; en 1588 en Virginia, donde su cultivo no conoció su primer auge hasta 1612; en Japón hacia 1590; en Macao desde 1600; en Java en 1601; en la India y en Ceilán hacia 1605-1620. Esta difusión es tanto más notable cuanto que el tabaco, en sus orígenes, carecía de un mercado productor, entiéndase de una civilización, como la pimienta en sus lejanos principios (la India), como el té (China), como el café (el Islam), incluso como el cacao, que contó con el apoyo, en Nueva España, de un «cultivo» de alta calidad. El tabaco procedía de los «salvajes» de América; fue, pues, necesario asegurar la producción de la planta antes de gozar de sus beneficios. Pero, ventaja incomparable, tenía una gran capacidad de adaptación a los diferentes climas y a los diversos suelos, y una pequeña parcela de tierra producía una sustanciosa cosecha. En Inglaterra se difundió particularmente deprisa entre los pequeños campesinos.

1985

Fernand Braudel en 1985

»La historia del tabaco comercializado  no se esboza antes de los primeros años del siglo XVII en Lisboa, Sevilla y sobre todo en Ámsterdam, aunque el éxito del rapé comenzara por lo menos en 1558 en Lisboa. Pero de las tres maneras de utilizar el tabaco (aspirar, fumar y masticar), las dos primeras fueron las más importantes. El «tabaco en polvo» pronto fue objeto de diferentes manufacturas, según los ingredientes que se le añadían: almizcle, ámbar, bergamota, azahar. Hubo tabaco «al estilo de España», «con perfume de Malta», «con perfume de Roma», «las damas ilustres tomaban tanto rapé como los grandes señores». No obstante, aumentaba el éxito del «tabaco de fumar»: durante mucho tiempo se utilizó la pipa; después aparecieron los puros (las hojas enrolladas «de la longitud de una vela» fumadas por los indígenas de la América hispánica  no fueron inmediatamente imitadas en Europa, salvo en España, donde Savary señala la presencia poco corriente de esas hojas de tabaco cubano «que se fuman sin pipas, enrollándose en forma de cucuruchos»); y finalmente los cigarrillos. Esos últimos aparecieron sin duda en el Nuevo Mundo puesto que una memoria francesa de 1708 señala «la cantidad infinita de papel» importada de Europa para «los pequeños rollos donde envuelven el tabaco picado para fumarlo». El cigarrillo se difundió desde España durante las guerras napoleónicas: entonces se extendió la costumbre de enrollar el tabaco en un papel de pequeño formato, un papelito. Posteriormente, el papelito llega a Francia, donde cuenta con el apoyo de la juventud. Mientras tanto el papel se había ido aligerando y el cigarrillo se utilizó ya de forma habitual en época de George Sand, refiriéndose al médico que trató a Musset en Venecia, exclama: «Todas sus pipas valen menos que uno de mis cigarrillos.»

»Conocemos los primeros usos del tabaco por las severas prohibiciones de los gobiernos (antes de que se percataran de las grandes posibilidades de entradas fiscales que el tabaco ofrecía: la recaudación de impuestos sobre el tabaco se organiza en Francia en 1674). Estas prohibiciones dieron la vuelta al mundo: Inglaterra 1604, Japón 1607-1609, Imperio Otomano 1611, Imperio Mongol 1617, Suecia y Dinamarca 1632, Rusia 1634, Nápoles 1637, Sicilia 1640, China y Estados de la Santa Sede 1642, Electorado de Colonia 1649, Wurtemberg 1651. Resultaron, desde luego, letra muerta, en particular en China, donde fueron renovadas hasta 1776. Desde 1640, en el Cheli, el uso del tabaco se había generalizado. En el Fukien (1644), «todo el mundo lleva una larga pipa en la boca, la enciende, aspira y exhala el humo». Se plantó tabaco en grandes regiones y se exportó desde China a Siberia y Rusia. Al terminarse el siglo XVIII, todo el mundo fumaba en China, tanto los hombres como las mujeres, tanto los mandarines como los miserables, y «hasta los chiquillos de dos palmos. ¡Qué deprisa cambian las costumbres!», exclama un erudito del Chekiang. Lo mismo ocurría en Corea desde 1668, habiéndose importado el cultivo del tabaco de Japón hacia 1620. Pero en Lisboa, en el siglo XVIII, también los niños tomaban rapé. Todos los tabacos, todas las maneras de utilizarlos, eran conocidos y aceptados en China, incluido, desde el siglo XVII, a partir de la Insulindia y de Formosa y por mediación de la Oost Indische Companie, el consumo de un tabaco mezclado con opio. «La mejor mercancía que se puede transportar a las Indias orientales, repite un aviso de 1727, es el tabaco en polvo, tanto el de Sevilla como el de Brasil». En todo caso, el tabaco no cayó en desgracia ni en China ni en la India, como ocurrió en Europa (exceptuando el rapé) durante un corto período de tiempo sobre el que tenemos poca información, en el siglo XVIII. Esta caída en desgracia, obviamente, fue relativa: las gentes acomodadas de San Petersburgo y todos los campesinos de Borgoña fumaban en esa época. Ya en 1723, el tabaco de Virginia y de Maryland que Inglaterra importaba, para reexportar por lo menos dos terceras partes a Holanda, Alemania, Suecia y Dinamarca, ascendía a 30.000 barricas al año y movilizaba 200 buques.

»En todo caso, se fue acrecentando la costumbre de fumar en África y el éxito que allí tuvieron las grandes cuerdas de tabaco negro, de tercera calidad, pero recubiertas de melaza, animó hasta el siglo XIX un tráfico dinámico entre Bahía y el golfo de Benin, donde se mantuvo una trata negrera clandestina hasta aproximadamente 1850.»

 

Fernand Braudel, Bebidas y excitantes, Madrid, Alianza, 1994 (1979), pp. 57-63.

(*) Louis-Sébastien Mercier había publicado L’An 2440 (Londres, 1771), una obra que recreaba una suerte de París en 2440, con distintas costumbres y distintos paradigmas políticos, sociales y educativos. Fue prohibida y censurada en más de la mitad de las cortes europeas.

 

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Adolf Loos /// Interpretación(es)

Adolf Loos en 1904 / Otto Mayer (Österreichische Nationalbibliothek)

Adolf Loos en 1904 / Otto Mayer (Österreichische Nationalbibliothek)

«¡Moda de señora! ¡Tú, atroz capítulo de la historia de la cultura! Cuentas a la humanidad deseos secretos. Si se hojea en tus páginas, el espíritu se estremece ante aberraciones horrorosas e inauditos vicios. Se percibe el lamento de los niños maltratados, el chillido de mujeres ultrajadas, el terrible aullido de personas torturadas, la queja de quienes mueren en la hoguera. Suenan latigazos, y el aire recibe el chamuscado olor de carne humana asada. La bête humaine…»

»Pero no, el ser humano no es una bestia. La bestia ama, ama pura y simplemente como está dispuesto en la naturaleza. La persona, sin embargo, maltrata su naturaleza y la naturaleza maltrata el eros que hay en él. Somos bestias a las que se encierra en establos, bestias a las que se les escatima su alimentación natural, bestias que tienen que amar por mandato. Somos animales domésticos.

» Si la persona se hubiera quedado en bestia, entonces el amor llegaría a su corazón una vez al año. Pero la sensualidad penosamente reprimida nos hace siempre aptos para el amor. Nos robaron la primavera. Y esa sensualidad no es simple, sino complicada, no es natural, sino innatural.

»Esa sensualidad innatural llega irrumpiendo en cada siglo, sí, en cada siglo, de manera distinta. Está en el aire y contagia. Tan pronto se extiende como una peste que no se puede ocultar, como se desliza por la tierra en epidemia secreta y las personas que la han contraído saben esconderse unos de otros. Tan pronto los flagelados van por el mundo y las hogueras ardientes son una fiesta popular, como el placer se retira a los pliegues secretos del espíritu. Pero, sea como fuera: el Marqués de Sade, el punto culminante de la sensualidad de su tiempo, cuyo espíritu imaginó los martirios más grandiosos de que nuestra imaginación es capaz, y la cándida, pálida muchacha, cuyo corazón alienta más libremente tras haber matado a la pulga, son de una misma raíz.»

 

Adolf Loos, Dicho en el vacío 1897-1900, Murcia, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Murcia, 2003, pp. 135-136.

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Georg Simmel /// Interpretación(es)

Georg Simmel-hacia 1914 / Bildarchiv Preussischer Kulturbesitz

Georg Simmel hacia 1914 / Bildarchiv Preussischer Kulturbesitz

«Existe una obra de Miguel Ángel a la que no se aplica cuanto llevamos dicho, en la que no se siente el dualismo de las direcciones de la vida, que queda superado por la forma artística, ni tampoco ese otro, mucho más recalcitrante, entre las cerradas figuras plásticas y su anhelo de infinito. En la Pietà Rondanini ha desaparecido por completo la violencia, la oposición, la lucha; no hay, por decirlo así, materia alguna contra la que el alma tuviera que defenderse. El cuerpo ha renunciado a la lucha por sus prerrogativas, las figuras están como sin cuerpo. Con esto, Miguel Ángel niega el principio vital de su arte; pero si ese principio le intrincó en ese terrible e insoluble conflicto entre una pasión trascendental y sus formas de expresión corpóreas, forzosamente inadecuadas, no por ello consiguen en esta ocasión aplacar esta contradicción. La salvación es puramente negativa, nirvánica; se ha renunciado a la lucha, sin victoria y sin aplacamiento. El alma, liberada de la pesadez del cuerpo, no inicia el curso triunfal de lo trascendente, sino que ha desfallecido en el umbral. Es la obra más traicionera y trágica de Miguel Ángel; rubrica su incapacidad para lograr la salvación por la vía artística mediante la creación centrada en la visión sensible.

»He aquí la radical y estremecedora fatalidad de su vida, como nos lo dan a entender sus últimas poesías: ha puesto toda su alma, todo el doloroso esfuerzo de su vida en una creación que no ha satisfecho sus necesidades más profundas, últimas, porque esa creación discurre en un plano que no es el de los objetos de su nostálgico anhelo.

 

Las mentiras de este mundo de quitaron

el tiempo para contemplar, entregado, a Dios

*

Ni pintar ni esculpir apaciguan el alma

que busca el amor de Dios que, en la Cruz,

abre sus brazos para acogernos.

*

A quien vive para eso, lo que muere

no le puede calmar el anhelo.

 

»No hay duda: su vivencia más profunda y terrible fue que no veía en sus obras los valores eternos; que se dio cuenta que ella discurría por unas vías que no podían llevarle en modo alguno a lo que importaba. Las confesiones poéticas de Miguel Ángel nos dan a entender bien claramente que, para él, en el arte que crea y en la belleza que adora, reside algo suprasensible que les presta su valor. Habla de una belleza beatífica de los hombres representados por el arte; pero si el tiempo hubiera injuriado la obra

 

… resurge, fuera del tiempo, la belleza primera

y conduce los vanos deseos a un reino superior.

 

»Y la gran crisis de su vida ha sido que, creyendo en un principio que el valor absoluto, la idea que se cierne sobre todas las visiones, está dignamente representada en la contemplación del arte y de la belleza, en la edad provecta tuvo que reconocer que ese valor absoluto reside en alturas inaccesibles para el arte. Su más profundo dolor metafísico fue que aquello en lo cual se nos manifiesta lo absoluto, lo perfecto, lo infinito, a saber, la apariencia y su encanto, nos lo oculta a la vez, es decir, que nos promete conducirnos a él y nos desvía. Y esta idea alcanzó proporciones de crisis y de dolor estremecido, porque su corazón y su pasión sensible, artística, continuaron prisioneros, con la misma intensidad que antes, en esas encantadoras apariencias. Se consuela con un consuelo que, en lo profundo, no cree: que no puede ser pecado amar la belleza, ya que Dios la ha hecho.

Miguel Ángel, 'Pietà Rondanini' (det.), 1555-1564, Castello Sforzesco (Milán) / Imagen de Archivo

Miguel Ángel, ‘Pietà Rondanini’ (det.), 1555-1564, Castello Sforzesco (Milán) / Imagen de Archivo

»Se comprende que su alma fuera dominada por el arte y por el amor; porque en el uno y en el otro creemos poseer en lo terreno algo que trasciende.

 

Lo que yo leo y amo en tu belleza

es algo lejano y extraño para una criatura;

quien quiera contemplarlo tendrá que morir primero.»

 

Georg Simmel, Diagnóstico de la tragedia de la cultura moderna, Sevilla, Renacimiento, 2012, pp. 317-319.

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Anthony Blunt /// Interpretación(es)

Anthony Blunt / The Telegraph

Anthony Blunt / The Telegraph

«Borromini se consideraba el heredero espiritual de Miguel Ángel, y no le faltaba razón. Ninguno de los sucesores inmediatos de Miguel Ángel -con la posible excepción del frustrado Giacomo del Duca- comprendió las innovaciones fundamentales de su arquitectura, y nadie hubo asimismo que desarrollara sus hallazgos. La historia de la arquitectura romana entre, más o menos, 1565 y 1620 presenta una serie de prudentes avances que parten de Vignola, donde de vez en cuando se incorpora algún detalle -una puerta o una ventana- tomado de Miguel Ángel. Tampoco los contemporáneos de Borromini sacaron mucho más provecho del estudio del gran maestro del siglo anterior. Pietro da Cortona le debe mucho en su tratamiento del muro, pero nunca hace uso de sus hallazgos en el trazado de las plantas. Bernini deja ver en la Plaza de San Pedro algo del amor de Miguel Ángel por la gran escala y toma de él las pilastras gigantes de los palacios capitolinos para emplearlas -mas ¡con qué timidez!- en el Palazzo Chigi-Odescalchi. Los motivos decorativos que habían tomado de Miguel Ángel los arquitectos de la primera generación del Seicento pasaron a formar parte del lenguaje corriente, pero en el proceso se fueron convirtiendo cada vez más en un lugar común.

Anthony Blunt junto al "Retrato de Baltasar Carlos" de Velázquez / Getty Images

Anthony Blunt junto al «Retrato de Baltasar Carlos» de Velázquez / Getty Images

»Sólo Borromini amó realmente los edificios de Miguel Ángel y comprendió los principios que los inspiraban: la inventiva en el trazado de las plantas, el tratamiento plástico del muro, las originalidades en el detalle, cuidadosamente pensadas, y todo ello combinado con un profundo conocimiento de la mecánica y una gran destreza en la técnica de la construcción, de tal modo que lo que a primera vista parece ser una demostración deliberada de ingenio, resulta ser muchas veces la solución de algún problema práctico. Todos estos rasgos pueden encontrarse en los edificios de Borromini como en los de ninguno de los demás arquitectos romanos del Seicento.

»Pero Borromini se veía también como heredero de Miguel Ángel en un sentido menos afortunado. Como él mismo señala, Miguel Ángel se vio atacado por arquitectos más conservadores por motivo de sus innovaciones en la arquitectura de San Pedro, y esas críticas, aunque en gran medida se debieran a la envidia de rivales derrotados, amargaron al arquitecto, que tantas frustraciones había sufrido ya a lo largo de su prolongada carrera. Con Borromini el caso fue mucho peor, y mucho más violentas las acusaciones de anárquica transgresión de las normas.

Anthony Blunt y la reina Isabel II de Inglaterra visitan el Courtauld Institute of Art en 1959

Anthony Blunt y la reina Isabel II de Inglaterra visitan el Courtauld Institute of Art en 1959

»Por el modo en que Martinelli subraya repetidas veces el hecho de que Borromini hubiera estudiado las obras de los antiguos, de que comprendiera los principios de arquitectura establecidos por Vitruvio y de que no quisiera instaurar una nueva escuela en esa disciplina -en otras palabras, provocar una revolución-, resulta evidente que sus adversarios le acusaban de lo contrario; y hay testimonios contemporáneos que lo confirman. Bernini le dijo a Chantelou, durante la visita de aquél a París en 1665, que la arquitectura de Borromini era «extravagante» y que él era «un bárbaro ignorante que había corrompido la arquitectura», y añadió que «los pintores o escultores toman en arquitectura el cuerpo humano como guía para sus proporciones, pero Borromini ha debido basar la suya en quimeras». Giovanni Pietro Bellori, portavoz del grupo clasicista de Roma, fue aún más violento, pues en su Idea del pittore, dello scultore, e dell’architetto, pronunciada como conferencia en 1664 y publicada en 1672, escribe:

… todo el mundo imagina en su mente, y a su manera, una nueva idea o fantasma de la arquitectura… y así deforman edificios, y hasta ciudades y monumentos. Utilizan, de forma casi delirante, ángulos y líneas partidas y retorcidas, y dividen en dos basas, capiteles y columnas por medio de una recargada decoración de estuco y de triviales ornamentos, y con proporciones erróneas, pese al hecho de que Vitruvio condenara tales originalidades.»

Anthony Blunt, Borromini, Madrid, Alianza, 1982 (1979), pp. 225-226.

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Qué pasará /// Zbigniew Herbert

qué pasará

cuando mis manos

se aparten de la poesía

cuando en otros montes

vaya a beber agua seca

debería serme indiferente

pero no lo es

qué será de los poemas

cuando se aleje el aliento

y rechazada quede

la gracia de la voz

¿abandonaré la mesa

y bajaré al valle

donde resuena

una risa nueva

bajo un bosque oscuro?

Inscripción (1969)

Cit. Zbigniew Herbert, Poesía completa, Barcelona, Lumen, 2012, p. 332.

Reseñas

Naturaleza muerta con brida (2008).

Poesía completa (2012).

El laberinto junto al mar (2013).

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La poesía puede cambiarte la vida

Michelangelo - copiaHace diez años, cuando comenzaba mis estudios en la universidad, copié esta estrofa en las páginas finales de un libro impreso que por aquel entonces leía. Ya no recuerdo cual era, tal vez algún día aparezca de nuevo. Iba de camino váyase usted a saber dónde y a pesar del traqueteo del tren, pude retener las palabras. No tuve otra intención que la de guardar para siempre esa belleza que me desarmó y me abrió el pecho con ese sutil ritmo arcaico de la poesía del XVI. Me introdujo sin intermediarios en algo que ha alimentado mi vida todo este tiempo. Todavía hoy los recuerdo, como también la sensación emotiva que dejó en mi ilusión de lector primerizo. Fue la primera vez que coqueteé ya no con la poesía, sino con algo más; no era ya el Buonarroti, era algo más; no el arte, también era algo más. Recuerdo con cierto pesar que en mis manuales de Historia del Arte, por mucho que lo intenté,  no conseguí ver el nombre de Miguel Ángel asociado a la literatura, me parecía imposible, pero la sed de profundizar en el misterio -Ángel González García sería el culpable de que años después yo sellara esta atracción literaria- me condujo a través de caminos desconocidos hacia la duda, el desconcierto de la ignorancia, para finalmente acabar comprendiéndolo de manera rotunda. Hoy lo sé. Hace diez años estaba cegado. Aquella estrofa era algo más. Y lo sigue siendo, sin necesidad de intermediarios ni de explicaciones. Así funciona la poesía.

 

«Amor dunque non ha, né tua beltate

o durezza o fortuna o gran disdegno

del mio mal colpa, o mio destino o sorte;

se dentro del tuo cor morte e pietate

porti in un tempo, e che ‘l mio basso ingegno

non sappia, ardendo, trarne altro che morte.»

 

[Amor, no tiene ni tu prístina belleza/ni dureza o fortuna o gran desvío/la culpa de mi mal, destino o suerte;/si mientras en tu corazón llevas a un mismo tiempo muerte y piedad/y que de mi leve ingenio no sepa, ardiendo, sacar nada más que muerte.]

 

La traducción pretende huir (quizá sin conseguirlo) de la que hiciera Luis Antonio de Villena a finales de los 80, cuyo resultado me parece irregular, correcto, eso sí, pero sin genio. Esta es una modesta e indigna adaptación personal de los versos miguelangelescos. Y los podéis encontrar tanto en la versión castellana publicada por Cátedra como en el original italiano publicado por Rizzoli. La edición clásica que suele usarse es la de Giovanni Testori y Ettore Barelli (1975), reimpresa en 2004 por la misma casa editorial italiana.

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Gaston Bachelard /// Interpretación(es)

gastonbachelard-s-h1«Recibo siempre un pequeño choque, un pequeño dolor de lenguaje, cuando un gran escritor una palabra en sentido peyorativo. Primeramente las palabras, todas las palabras desempeñan honradamente se oficio en el lenguaje de la vida cotidiana. Después, las palabras más habituales, las palabras adheridas a las realidades más comunes no pierden por eso sus posibilidades poéticas. ¡Qué desdén cuando Bergson habla de los cajones! La palabra llega siempre como una metáfora polémica. Ordena y juzga, juzga siempre del mismo modo. Al filósofo no le gustan los argumentos de cajón.

»El ejemplo nos parece bueno para mostrarnos la diferencia radical entre la imagen y la metáfora. En Bergson, las metáforas son abundantes y en cambio las imágenes escasean. Parece que para él la imaginación fuera toda metafórica. La metáfora viene a dar un cuerpo concreto a una impresión difícil de expresar. La metáfora es relativa a un ser psíquico diferente de ella. La imagen, obra de la imaginación absoluta, recibe al contrario su ser de la imaginación. Exagerando luego nuestra comparación entre la metáfora y la imagen, comprenderemos que la metáfora no es susceptible de su estudio fenomenológico. No vale la pena. No tiene valor fenomenológico. Es todo lo más, una imagen fabricada, sin raíces profundas, verdaderas, reales. Es una expresión efímera, o que debería serlo, empleada una vez al pasar. Hay que tener cuidado de no pensarla con exceso. Hay que temer que los que la leen la piensen. ¡Qué gran éxito ha tenido entre los bergsonianos la metáfora del cajón!

»A la inversa de la metáfora, a una imagen le podemos entregar nuestro ser de lector; es donadora de ser. La imagen, obra pura de la imaginación absoluta, es un fenómeno de ser, uno de los fenómenos específicos del ser parlante.»

 

Gaston Bachelard, La poética del espacio, México, Fondo de Cultura, 2009 (1957), pp. 107-108.

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Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial /// Don DeLillo (1983) /// Textos

Nota sobre Vollmer. Ya no describe la Tierra como una esfera terrestre de biblioteca ni como un mapa que ha cobrado vida, como ojo cósmico que mira el espacio profundo. Esto último fue su más ambiciosa incursión en la imaginería. La guerra ha cambiado su modo de ver la Tierra. El planeta es tierra y agua, morada de los hombres mortales, dicho en nobles términos de diccionario. Ya no lo ve (espirales de tormento, mar resplandeciente, respirando calor y neblina y color) como ocasión para el lenguaje pintoresco, para el juego placentero o la especulación.

A doscientos cincuenta kilómetros vemos las estelas de los barcos y los aeropuertos de mayor tamaño. Icebergs, relámpagos, dunas de arena. Señalo flujos de lava y torbellinos. La cinta de plata frente a la costa irlandesa, le digo, es una capa de petróleo.

Esta es mi tercera misión orbital, la primera de Vollmer. Es un genio de la ingeniería, un genio de la comunicación y del armamento, y quizás otras modalidades de genio también. Como especialista en misiones me conformo con estar a cargo de ellas. (La palabra especialista, tal como la utiliza normalmente el Mando de Colorado, se aplica a quienes no tienen especialidad.) Nuestra aeronave está diseñada primordialmente para recoger información. El refinamiento de la técnica de quemado cuántico nos permite hacer frecuentes ajustes orbitales sin recurrir a cohetes en cada ocasión. Saltamos a trayectorias altas y amplias, con la Tierra entera sirviéndonos de lumbre psíquica, para observar satélites no tripulados y posiblemente hostiles. Orbitamos de cerca, cómodamente, echamos vistazos íntimos a las actividades de superficie en lugares no frecuentados.

La prohibición de las armas nucleares ha hecho que el mundo sea seguro para la guerra.

Trato de no tener grandes pensamientos ni someterme a abstracciones estupendas. Pero a veces tengo la tentación. La órbita terrestre suscita en el hombre un talante filosófico. ¿Cómo podemos evitarlo? Abarcamos el planeta entero, tenemos una panorámica privilegiada. En nuestros intentos por estar a la altura de la experiencia, tendemos a meditar importantemente en asuntos como la condición humana. Ello hace que el hombre se sienta universal, flotando por encima de los continentes, viendo el borde del mundo, una línea tan nítida como un arco de compás, sabiendo que es solo un giro de la curva hacia el crepúsculo atlántico, los penachos de sedimentos y los lechos de quelpo, una cadena de islas destellando en el mar negruzco.

Me digo a mí mismo que es todo decorado. Quiero pensar que nuestra vida aquí es una vida normal, como una distribución de las tareas domésticas, un improbable pero factible sistema causado por la escasez de viviendas o por alguna inundación primaveral del valle.

Vollmer completa la lista de comprobación de sistemas y regresa a su hamaca a descansar. Tiene veintitrés años, es un chico con la cabeza alargada y el pelo muy corto. Habla del norte de Minnesota mientras va sacando los objetos de su kit de preferencias personales, disponiéndolos en una superficie de velcro que tiene al lado, para luego pasarles revista con ternura. Yo tengo un dólar de 1901 en mi kit de preferencias. Poco más digno de mención. Vollmer tiene fotos de su graduación, tapones de botella, piedrecitas de su jardín. No sé si estas cosas las eligió él mismo o se las impusieron sus padres, temerosos de que la vida en el espacio no abundara en momentos humanos.

Nuestras hamacas son momentos humanos, supongo, aunque no sé si el Mando de Colorado lo planearía así. Comemos perritos calientes y barritas de almendras crujientes y nos aplicamos pomada labial como parte de nuestra lista de comprobaciones previas al sueño. Llevamos pantuflas en el panel de ignición. La camiseta de fútbol de Vollmer es un momento humano. Demasiado grande, morada y blanca, con el número 79, un número de hombre grande, número primo sin rasgos particulares, le da un aspecto encorvado, una complexión anormalmente alargada.

-Sigo deprimiéndome los domigos -me dice.

-¿Tenemos domingos aquí?

-No, pero allí sí y yo los sigo notando. Siempre sé cuándo es domingo.

-¿Por qué te deprimes?

-Por lo lentos que son. Tiene que ver con el resplandor, el olor de la hierba cálida, el oficio religioso, los parientes viniendo de visita muy bien vestidos. Es como si el día entero durase para siempre.

-A mí tampoco me gustaban los domingos.

-Eran lentos, pero no perezosos. Eran largos y cálidos, o largos o fríos. En verano mi abuela hacía limonada. Era el ritual. El día entero estaba como dispuesto de antemano y el ritual nunca cambiaba. El ritual estando en órbita es diferente. Es satisfactorio. Le da forma y sustancia a nuestro tiempo. Aquellos domingos carecían de forma, a pesar del hecho de que supieras lo que iba a venir, quién iba a venir, qué diríamos todos. Sabías lo primero que iba a decir todo el mundo antes de hablar. Yo era el único niño del grupo. Se alegraban de verme. Lo que me apetecía con más frecuencia era esconderme.

-¿Qué tiene de malo la limonada? -le pregunté.

Un satélite de gestión de combate, no tripulado, informa de elevada actividad láser en el sector orbital Dolores. Sacamos nuestros kits láser y los estudiamos durante media hora. El procedimiento de proyección es complejo, y dado que el panel solo opera por control conjunto, debemos ensayar los juegos de medidas establecidas con extremo cuidado.

 

Nota sobre la Tierra. La Tierra es la preservación del día y la noche. Contiene una variación sana y equilibrada, un despertar y un dormir naturales, o eso le parece a quien está privado de este efecto de marea.

Por eso es por lo que la observación de Vollmer sobre los domingos de Minnesota me resulta interesante. Él todavía siente, o dice que siente, o cree que siente, ese ritmo inherente a la Tierra.

Para los hombres en este alejamiento, es como si las cosas existieran en su forma física particular para poner de manifiesto la simplicidad escondida de alguna potente fórmula matemática. La Tierra nos revela la belleza tremenda y simple del día y de la noche. Está ahí para contener y dar cuerpo a esos acontecimientos conceptuales.

 

Vollmer en pantalón corto y con las ventosas puestas en los pies parece un nadador de instituto de enseñanza media, casi sin pelo, un hombre no terminado, que no es consciente de estar abierto al escrutinio cruel, no consciente de que está sin dispositivos, ahí de pie con los brazos cruzados en un lugar de voces con eco y humos de cloro. Hay algo estúpido en el sonido de su voz. Es demasiado directo, una voz profunda desde el cielo de la boca, ligeramente insistente, un poco alta. Vollmer nunca ha dicho ninguna estupidez en mi presencia. Lo único estúpido es su voz, un bajo grave y desnudo, una voz sin inflexiones ni aliento.

No estamos estrechos aquí. La cabina de vuelo y el alojamiento de la tripulación están bien concebidos. La comida va de pasable a buena. Hay libros, videocasetes, noticias y música. Efectuamos las comprobaciones manuales, las comprobaciones verbales, la simulación de disparos, sin dar señales de aburrimiento o desinterés. Podría incluso afirmarse que hacemos nuestras tareas cada vez mejor. El único peligro es la conversación.

Yo trato de mantener nuestras conversaciones en un plano de cotidianeidad. Pongo especial cuidado en habalr de cosas pequeñas, rutinarias. Ello tiene sentido para mí. Parece una táctica sensata, dadas las circunstancias, restringir nuestras charlas al ámbito familiar, a cuestiones triviales. Quiero elaborar una estructura del tópico. Pero Vollmer tiene tendencia a sacar temas enormes. Quiere hablar de la guerra y de las armas bélicas. Quiere hablar de estrategias globales, de agresiones globales. Le digo que ahora que ya no descrbe la Tierra como un ojo cósmico, lo que pretende es verla como un tablero de juego o un modelo de computadora. Él me mira sin expresión en el rostro y trata de meterme en una discusión teórica: ataques selectivos desde bases espaciales o enfrentamientos tierra-mar-aire largos, prolongados, bien ajustados. Se apoya en expertos, menciona las fuentes. ¿Qué se supone que he de decir yo? Él sugiere que la gente está desilusionada con la guerra. La guerra está entrando en su tercera semana. Hay un sentido en el que la gente está gastada, agotada. Lo deduce de los partes de noticias que recibimos periódicamente. Algo en la voz del locutor deja entrever decepción, cansancio, una tenue amargura… algo. Vollmer seguramente acierta en esto. También yo lo he percibido en el tono del locutor, en la voz del Mando de Colorado, a pesar del hecho de que las noticias nos llegan censuradas, de que no nos cuentan nada que a ellos no les parezca bien que sepamos, en nuestra posición expuesta y delicada. A su manera, directamente y sonando como si dijera estupideces, el joven Vollmer afirma que la gente no está disfrutando con esta guerra tanto como siempre ha disfrutado y se ha nutrido de la guerra en cuanto intensidad enaltecedora, periódica. Lo que más rechazo de Vollmer es que muchas veces expresa mis convicciones más hondas y ocultas, las que sostengo más a regañadientes. Viniendo de ese rostro suave, en esa voz sostenida, seria y resonante, esas ideas me descorazonan y me preocupan como nunca lo hacen cuando quedan sin decir. Yo quiero que las palabras sean secretas, que permanezcan aferradas a la oscuridad interior más profunda. La candidez de Vollmer deja al descubierto algo que duele.

 

No es demasiado pronto en la guerra para percibir referencias nostálgicas a guerras anteriores. Todas las guerras se remontan al pasado. Barcos, aviones, operaciones enteras reciben su nombre de batallas antiguas, de armas más simples, de lo que percibimos como conflictos muy bien intencionados. Este reconointerceptor se llama Tomahawk II. Cuando estoy ante el panel de ignición veo una fotografía del abuelo de Vollmer en su juventud, con los caquis caídos y un casco plano, posando en campo abierto, con un rifle colgando del hombro. Es un momento humano, y me recuerda que la guerra, entre otras cosas, es una forma de añoranza.

 

Nos acoplamos con la estación de mando, cargamos comida, cambiamos casetes. La guerra va bien, nos dicen, pero no es probable que estén mucho más al corriente que nosotros.

Luego nos separamos.

La maniobra es impecable y me siento contento y satisfecho de haber retomado el contacto humano con la forma más cercana del mundo exterior, de haber intercambiado muchas pullas e insultos, de haber intercambiado voces, noticias y rumores: runrunes, cotilleos, chismes. Estibamos el suministro de brócolis y zumos de fruta y budines de caramelo. Me noto una emoción de estar en casa, colocando en su sitio las mercancías, con sus vistosos envoltorios, una sensación de próspero bienestar, una sólida comodidad de consumidor.

 

La camiseta de Vollmer lleva la palabra INSCRIPCIÓN.

-Tuvieron la esperanza atrapados en algo -dice-. Pensaron que sería una crisis compartida. De ese modo experimentarías una sensación de propósito compartido, de destino compartido. Igual que una tormenta de nieve cuando cubre una gran ciudad, pero prolongándose meses, años, captando a todo el mundo, creando sentimientos de compañerismo donde antes solo había recelos y miedos. Extraños hablando entre ellos, cenas con velas cuando falla el suministro eléctrico. La guerra iba a ennoblecer todo lo que dijéramos e hiciéramos. Lo impersonal se haría personal. Lo antes solitario se compartiría. Pero ¿qué ocurre cuando la sensación de crisis compartida empieza a menguar mucho antes de lo que nadie había esperado? Empezamos a pensar que el sentimiento dura más en las tormentas de nieve.

 

Nota sobre el ruido eléctrico. Hace cuarenta y ocho horas estaba monitorizando los datos en la consola de la misión cuando se metió una voz en mi informe al Mando de Colorado. Era una voz sin realce, cargada de estática. Comprobé mis auriculares, comprobé los interruptores y las luces. Unos segundos después se restableció la señal del mando y oí a nuestro oficial de dinámica de vuelo pedirme que cambiara al frecuenciador de sentido redundante. Lo hice, pero el resultado fue que volvió la débil voz, una voz que traía consigo un patetismo extraño e inconcretable. Creí de alguna manera identificarla. No a quien hablaba. Era el tono lo que identificaba, la conmovedora cualidad de algún hecho tierno y a medias recordado, incluso a través de la estática, la neblina sónica.

En cualquier caso, el Mando de Coloradoreanudó la transmisión en cuestión de segundos.

-Tenemos un desvío, Tomahawk.

-Copiado. Hay una voz.

-Tenemos oscilación fuerte aquí.

-Hay alguna interferencia. He pasado a redundante pero no se aprecia mejora.

-Hemos asignado un marco exterior para localizar la fuente.

-Gracias, Colorado.

-Probablemente no es más que ruido selectivo. Estáis en rojo negativo en el cuadrante función de pasos.

-Era una voz -les digo.

-Acabamos de recibir información para ruido selectivo.

-Oí palabras, en inglés.

-Copiado ruido selectivo.

-Había alguien hablando, Colorado.

-¿Qué crees que es el ruido selectivo?

-No sé lo que es.

-Estás recibiendo el vertido de un no tripulado.

-¿Cómo puede un no tripulado enviar una voz?

-No es una voz de verdad, Tomahawk. Es ruido selectivo. Tenemos telemetría confirmada al efecto.

-Sonaba como una voz.

-Se supone que tiene que sonar como una voz. Pero no es una voz de verdad. Está realzado.

-Sonaba no realzado. Sonaba humano en todos los aspectos.

-Son señales y están vertiéndose desde la órbita geosíncrona. Ahí tienes tu desvío, Tomahawk. Estás oyendo códigos de voz desde treinta mil kilómetros. Básicamente, es un informe metereológico. Lo corregiremos, Tomahawk. Mientras tanto, la recomendación es que sigas en redundante.

Unas diez horas más tarde, Vollmer oyó la voz. Luego oyó otras dos o tres voces. Era gente hablando, una conversación. Me hizo gestos mientras escuchaba, señaló los auriculares, luego alzó los hombros, separó las manos para indicar sorpresa y asombro. En el tropel de ruidos (me dijo luego) no era fácil esclarecer lo que decían. La estática era frecuente, las referencias eran algo evasivas, pero Vollmer hizo mención del modo tan intenso en que lo afectaban las voces, incluso con la señal al mínimo. De una cosa estaba convencido: no eran ruido selectivo. Una cualidad de la más pura y dulce tristeza trascendía del espacio remoto. No estaba seguro, pero le pareció que también había un ruido de fondo integrado en la conversación. Risas. El sonido de gente riendo.

En otras transmisiones hemos sido capaces de identificar música temática, la introducción de un presentador, chascarrillos y ráfagas de aplausos, anuncios de productos cuyos nombres de marca, largo tiempo olvidados, evocan la dorada antigüedad de las grandes ciudades enterradas en arena y cieno fluvial.

Por alguna razón, estamos recibiendo la señal de programas emitidos hace cuarenta, cincuenta, sesenta años.

 

Nuestra tarea actual consiste en recoger datos visuales del despliegue de tropas. Vollmer está abrazado a su Hasselblad, absorto en algún microajuste. Hay una protuberancia de estratocúmulos desplazándose hacia el mar. Sesgo solar y deriva total. Veo floraciones de plancton en un azul de tal riqueza persa que parece un arrebato animal, un cambio de color para expresar alguna forma de deleite intuitivo. Según van desplegándose los rasgos de la superficie, voy pronunciando sus nombres. Es el único juego que practico en el espacio, recitar los nombres de la Tierra, la nomenclatura del contorno y la estructura. Escurridas glaciares, escorial de morrenas. Escombros en cono al borde de un impacto multianular. Una caldera resurgente, una masa encastillada de desplomes. SObre los mares de arena, ahora. Dunas parabólicas, dunas estrella, dunas rectas con crestas radiales. Cuanto más vacío el terreno, más luminosos y exactos los nombres de sus características. Vollmer afirma que lo que mejor se le da a la ciencia es nombrar las características del mundo.

Es graduado en ciencia y tecnología. Obtuvo becas, matrículas de honor, fue ayudante de investigación. Llevó proyectos científicos, leyó trabajos tecnológicos con esa voz suya tan seria, de timbre tan profundo, que parece salirle del cielo de la boca. En mi calidad de especialista en misiones (generalista), a veces me molestan sus percepciones no científicas, los destellos de madurez y juicio equilibrado. Empiezo a sentirme ligeramente desbancado. Quiero que se atenga a los sistemas, las guías de a bordo, los parámetros datales. Sus percepciones humanas me ponen nervioso.

-Estoy feliz -dice.

Pronuncia estas palabras de un modo irrevocable pero pragmático, y la mera afirmación me afecta poderosamente. Me asusta, de hecho. ¿Qué quiere decir con eso de que está feliz? ¿Se halla la felicidad totalmente fuera de nuestro marco de referencia? Quiero decirle: «Esto es como poner orden en una casa, una serie de tareas más o menos rutinarias. Atiende tus tareas, haz tus pruebas, repasa la lista de chequeos.» Quiero decirle: «Olvida la medida de nuestra visión, el barrido de las cosas, la propia guerra, la terrible muerte. Olvida el arco de noche que nos cubre, las estrellas como puntos estáticos, como campos matemáticos. Olvida la soledad cósmica, el flujo hacia arriba del pasmo y el miedo reverencial.»

Quiero decirle: «La felicidad no es un hecho de esta experiencia, al menos no hasta el punto de que osemos hablar de ella.»

 

La tecnología láser contiene un núcleo de premonición y mito. Tocamos una variante limpia de conjunto letal, un haz de fotones que se comporta bien, una coherencia planificada, pero nos acercamos al arma con la mente llena de prevenciones y miedos antiguos. (Debería existir un término para esta condición irónica: miedo primitivo a las armas que estamos lo suficientemente avanzados como para diseñar y producir.) Quizás sea por eso por lo que los responsables del proyecto recibieron la orden de elaborar un procedimiento de activación dependiente de la acción coordinada de dos personas -dos temperamentos, dos almas- que operen los controles juntos. Miedo al poder de la luz, el puro material del universo.

A una mente sola y lóbrega en un momento de inspiración podría parecerle liberador lanzar un haz concentrado contra un Boeing torpe y jorobado que esté haciendo su ronda comercial a treinta mil pies de altura.

Vollmer y yo nos acercamos al panel de ignición. El panel está concebido de modo que quienes lo operan han de sentarse espalda con espalda. La intención, aunque el Mando de Colorado nunca lo haya dicho con tanta claridad, es evitar que nos veamos las caras. Colorado quiere tener la seguridad de que el personal armamentístico en concreto no esté influenciado por los tics y perturbaciones de los demás. Estamos espalda con espalda, por tanto, amarrados a nuestros asientos, dispuestos a empezar, Vollmer con su camiseta morada y blanca, sus zapatillas despecluchadas.

Esto es solo una prueba.

Pongo en marcha la reproducción. Al sonido de la voz pregrabada, metemos cada uno nuestra llave modal en la ranura correspondiente. Juntos contamos atrás desde cinco y a continuación giramos las llaves un cuarto a la izquierda. Esto pone el sistema en lo que se llama modo abierto. Contamos atrás desde tres. La voz realzada dice: Están ustedes en abierto.

Vollmer le habla a su analizador de huella vocal.

-Aquí código B, be de bluegrass. Solicitando procedimiento de identificación de voz.

Contamos atrás desde cinco y a continuación hablamos en nuestros analizadores de huella de voz. Decimos lo primero que se nos pasa por la cabeza. Se trata de generar una huella de voz que coincida con la huella del banco de memoria. Ello garantiza que las personas del panel son las mismas personas con autorización para hallarse presentes cuando el sistema está en abierto.

Esto es lo que me viene a la cabeza: «Estoy en la esquina de la Cuarta con Main, donde hay miles de fallecidos por causas desconocidas y los cadáveres carbonizados se amontonan en la calle.»

Contamos atrás desde tres. La voz realzada dice: Tienen autorización para pasar a la posición de cierre.

Giramos las llaves modales medio recorrido a la derecha. Activo el chip lógico y estudio los números de mi pantalla. Vollmer desconecta la huella de voz y nos pone en relación de circuito vocal con la malla sensora del ordenador de abordo. Contamos atrás desde cinco. La voz realzada dice: Posición de cierre establecida.

Según avanzamos de un paso a otro me va atravesando una creciente satisfacción: el placer de las habilidades selectas y secretas, de una vida en que cada soplo está gobernado por reglas concretas, por pautas, códigos, controles. Intento apartar de mi mente los resultados de la operación, su propósito entero, el resultado de estas secuencias de pasos exactos y esotéricos. Pero muchas veces no lo consigo. Dejo que me entre la imagen, pienso el pensamiento, llego incluso a decir la palabra a veces. Esto puede confundir, por supuesto. Me siento engañado. Mi placer se siente traicionado, como si tuviera vida propia, una existencia infantil o animal independiente del hombre sentado ante el panel de ignición.

Contamos atrás desde cinco. Vollmer suelta la palanca que libera el disco de depuración de sistemas. Mi pulsómetro se pone en verde a intervalos de tres segundos. Contamos atrás desde tres. Giramos las llaves modales tres cuartos a la derecha. Activo el secuenciador de haces. Giramos las llaves un cuarto a la derecha. Contamos atrás desde tres. Suena música bluegrass en el altavoz. La voz realzada dice: Están en modo disparo.

 

Estudiamos nuestros kits de mapamundis.

-¿No sientes a veces un poder en tu interior? -dice Vollmer-. Una especie de condición saludable extrema. Una salud arrogante. Eso es. Te sientes tan bien que empiezas a considerarte por encima de los demás. Una especie de fuerza vital. Un optimismo aplicado a tu propia persona que generas casi a costa de los demás. ¿No te sientes así a veces?

(El caso es que sí.)

-Seguro que hay una palabra en alemán. Pero lo que quiero dejar claro es que esta sensación de poder es tan… no sé… tan delicada. Eso es. Hoy la tienes y mañana te sientes insignificante y perdido. Sale mal una cosita y te sientes perdido, te sientes débil más allá de toda medida, y derrotado, e incapaz de actuar poderosamente, por no decir con inteligencia. Todo el mundo tiene suerte, tú no la tienes, estás desamparado, triste, no sirves para nada, estás perdido.

(Sí, sí.)

Da la casualidad de que ahora estamos sobre el río Misuri, cara a los Lagos Rojos de Minnesota. Veo que Vollmer consulta su kit de mapas, tratando de concertar ambos mundos. Es una felicidad profunda y misteriosa confirmar la exactitud del mapa. Vollmer parece inmensamente satisfecho. Dice una y otra vez: «Eso es, es es.»

Vollmer habla de su niñez. En órbita ha empezado a pensar en su edad temprana por primera vez. Le sorprende lo poderosos que son esos recuerdos. Habla con la cabeza vuelto hacia la ventana. Minnesota es un momento humano. Lago Rojo de Arriba, Lago Rojo de Abajo. Está claro que se siente capaz de verse allí.

-Los niños no pasean -dice-, ni toman el sol, ni se sientan en el porche.

Parece estar diciendo que las vidas de los niños están demasiado bien surtidas como para acomodarse a los conjuros de bienestar realzado de los que dependemos los adultos. Una idea bastante bien traída, pero no para profundizar en ella. Es hora de prepararnos para un incendio cuántico.

 

Escuchamos los antiguos programas de radio. La luz destella y se esparce por el borde de franjas azules, amanecer, ocaso, las parrillas urbanas en la sombra. Un hombre y una mujer intercambian observaciones bien cronometradas, ligeras, agudas, hirientes. Hay una dulzura en el tono del joven cantante, un vigor sencillo que el tiempo y la distancia han envuelto en elocuencia y añoranza. Cada sonido, cada toque de cuerdas posee su propio venero de edad. Vollmer dice que recuerda estos programas, pero por supuesto que jamás ha oído hablar de ellos. ¿Qué extraño suceso, qué jugueteo o qué gracia de las leyes físicas nos permite captar estas señales? Voces asendereadas, enclaustradas y densas. A veces tienen la cualidad distante y surreal de las alucinaciones aurales, voces en buhardillas, quejas de familiares difuntos. Pero los efectos de sonido están llenos de urgencia y brío. Los coches toman curvas peligrosas, rápidos disparos llenan la noche. Era, como es ahora, tiempo de guerra. Tiempo de guerra para Duz and Grape-Nuts Flakes [marca de cereales]. Los cómicos se burlan de cómo hablan los enemigos. Oímos alemán de imitación, histérico, japonés de sandeces. Las ciudades están iluminadas, los millones de radioescuchas, bien comidos, se juntan cómodamente en habitaciones adormecidas, en la guerra, mientras va cayendo la noche, con suavidad. Vollmer dice que recuerda momentos concretos, las inflexiones humorísticas, las risas gordas de los presentadores. Recuerda voces individuales alzándose por encima de las carcajadas del público del estudio, los graznidos de un hombre de negocios de St. Louis, el gemido chirriante de una rubia de hombros altos recién llegada de California, donde este año las mujeres llevan el pelo en pacas aromáticas.

 

Vollmer deriva por la zona común cabeza abajo, comiéndose una barrita de almendra.

A veces flota libremente por encima de su hamaca, durmiendo en encogimiento fetal, chocando con las paredes, adhiriéndose a un rincón de la rejilla de techo.

-Dame un instante para acordarme del nombre -dice en su sueño.

Dice que sueña con espacios verticales desde los cuales mira… algo. Mis sueños más bien tiran a pesados, de los que cuesta trabajo despertarse, salir. Son lo suficientemente fuertes como para tirar de mí hacia abajo, lo suficientemente densos como para dejarme la cabeza pesada, con una sensación narcótica de embotamiento. Hay episodios de gratificación sin rostro, vagamente inquietantes.

-Es increíble, cuando lo piensas, cómo viven ahí abajo, con tanto hielo y tanta arena y tanta montaña. Mira -dice-. Enormes desiertos yermos, enormes océanos. ¿Cómo pueden soportar algo tan espantoso? Solo con las inundaciones. Solo con los terremotos basta para que sea una locura vivir ahí. Mira los sistemas de fallas. La cantidad de ellos que hay, lo grandes que son. Solo con las erupciones volcánicas. ¿Puede haber algo más espantoso que una erupción volcánica? ¿Cómo aguantan las avalanchas, año tras año, con una regularidad abrumadora? Es difícil creer que alguien pueda vivir ahí abajo. Solo con las inundaciones. Se ven enormes zonas decoloradas, inundadas, arrasadas por el agua. ¿Cómo sobreviven, adónde van? Mira las acumulaciones de nubes. Mira ese remolino en el centro de la tormenta. ¿Qué pasa con quienes viven en la trayectoria de una tormenta así? Debe de acarrear unos vientos increíbles. Solo con los rayos. Gente expuesta en las playas, cerca de árboles y de postes de teléfono. Mira las ciudades con esas guirnaldas de luces extendiéndose en todas direcciones. Trata de imaginar cuánto crimen y cuánta violencia. Mira el sudario de humo a baja altura. ¿Qué consecuencias tiene en cuanto a desórdenes respiratorios? Es una locura. ¿Cómo puede alguien vivir ahí abajo? Los desiertos, cómo lo invaden todo. Cada año reclaman más tierra cultivable. La enormidad de esas extensiones nevadas. Mira la masa de frentes tormentosos sobre el océano. Barcos ahí, algunos de pequeño tonelaje. Trata de imaginar las olas, los bandazos. Solo con los huracanes. Los maremotos. Mira esas localidades costeras expuestas a las olas sísmicas. ¿Hay algo más espantoso que una ola sísmica? Pero ahí viven, ahí permanecen. ¿Dónde podrán ir?

 

Quiero hablarle de la ingesta calórica, de la eficacia de los tapones de oídos y de los descongestionantes nasales. Los tapones de oídos son momentos humanos. El zumo de manzana y los brócolis son momentos humanos. El propio Vollmer es un momento humano, más que nunca cuando se olvida de que hay una guerra.

Ese pelo al rape y esa cabeza alargada. Los suaves ojos azules ligeramente saltones. Los ojos protuberantes de las personas de cuerpo alargado con los hombros caídos. Las muñecas y las manos alargadas. El rostro suave. El rostro fácil de un hombre habilidoso en una camioneta con una escalera extensible fijada al techo y con la matrícula abollada, verde y amarilla, con el lema estatal debajo de los números. Ese tipo de rostro.

Se ofrece a cortarme el pelo. Qué cosa tan interesante es un corte de pelo cuando lo piensas. Antes de la guerra había franjas temporales reservadas a tales actividades. Houston no solo tenía todo planificado con mucha antelación sino que constantemente nos monitorizaba en busca de cualquier exigua información que de ello pudiera resultar. Nos cableaban, nos grababan, nos escaneaban, nos diagnosticaban, nos medían. Éramos hombres en el espacio, objetos dignos de la más escrupulosa atención, los más profundos sentimientos y desvelos.

Ahora hay guerra. Nadie se ocupa de mi pelo, de lo que como, de qué me parece la decoración de la astronave, y no es con Houston sino con Colorado con quien estamos en contacto. Ya no somos delicados especímenes biológicos al garete en un entorno extraterrestre. El enemigo puede matarnos con sus fotones, sus mesones, sus partículas cargadas, más deprisa que una falta de calcio o un problema del oído interno, más deprisa que una nube de meteoritos. Las emociones han cambiado. Hemos dejado de ser candidatos a un óbito comprometedor, la clase de error o de hecho imprevisto tendente a obligar a un país a buscar a tientas la reacción adecuada. En cuanto hombres de guerra, podemos estar seguros de que al morir suscitaremos penas sin complicaciones, los sentimientos francos y confiables a que recurren los países agradecidos para embellecer la más simple de las ceremonias.

 

Nota sobre el universo. Vollmer está a dos dedos de llegar a la conclusión de que nuestro planeta es el único que alberga vida inteligente. Somos un accidente y solo hemos ocurrido una vez. (Vaya observación para hacérsela, en órbita ovoide, a alguien que no quiere hablar de cuestiones importantes.) Piensa así por causa de la guerra.

La guerra, afirma, pondrá fin a la idea de que en el universo bulle la vida por todas partes, como se dice. Otros astronautas han puesto los ojos más allá de los puntos estelares para imaginar la posiblidad inifinita, mundos arracimados en que pululaban formas superiores. Pero eso fue antes de la guerra. Nuestra idea está cambiando, incluso ahora, la suya y la mía, dice él, mientras surcamos el firmamento.

¿Está diciendo Vollmer que el optimismo cósmico es un lujo reservado a los períodos de entreguerras? ¿Proyectamos nuestro fracaso y nuestra desesperación presentes hacia las nubes de estrellas, hacia la noche sin fin? A fin de cuentas, dice, ¿dónde están? Si existen, ¿por qué no ha habido ninguna señal, ni una, ni una sola indicación a que pueda aferrarse una persona seria, ni un susurro, ni una pulsación de radiofrecuencia, ni una sombra? La guerra nos dice que es locura creer.

 

Nuestros diálogos con el Mando de Colorado están empezando a sonar como una charla mientras tomamos el té, pero generada por computadora. Vollmer tolera la jerga de Colorado solo hasta cierto punto. No le parecen bien sus locuciones más rastreras y no tiene ningún inconveniente en hacérselo saber. ¿Por qué, pues, estando de acuerdo con su punto de vista en estos asuntos, me empiezan a molestar sus quejas? ¿Tiene Vollmer la experiencia necesaria, la talla profesional necesaria para echarle la bronca a nuestro oficial de dinámica de vuelo, a nuestro oficial de paradigma conceptual, a nuestros consultores en materia de sistemas de tratamiento de desechos y opciones zonales de evasión? ¿O se trata de algo completamente distinto, algo no relacionado con el Mando de Colorado y nuestras comunicaciones con él? ¿Es el sonido de su voz? ¿Es solamente su voz lo que me está volviendo loco?

 

Vollmer ha entrado en una fase extraña. Se pasa todo el rato ante el ventanal ahora, mirando la Tierra. Habla poco o nada. Quiere mirar, sencillamente, no hacer otra cosa que mirar. Los océanos, los continentes, los archipiélagos. Estamos configurados para lo que se llama una serie de órbitas cruzadas, de modo que no haya repetición entre una vuelta y la siguiente. Vollmer está ahí sentado, mirando. Hace sus comidas ante el ventanal, repasa las listas de chequeos ante el ventanal, mirando apenas las hojas de instrucciones mientras sobrevolamos tormentas tropicales, sábanas incendiadas y grandes cadenas montañosas. Sigo esperando que retome su costumbre prebélica de utilizar expresiones pintorescas para describir la Tierra: una pelota de playa, una fruta madura al sol. Pero se limita a mirar por la ventana, comiendo barritas de almendra, cuyos envoltorios flotan por ahí. Está claro que la visión le llena la consciencia. Es lo suficientemente poderosa como para silenciarlo, aquietar la voz que se le desprende del cielo de la boca, para dejarlo vuelto en su asiento, torcido en postura cómoda durante horas y horas.

La vista es interminablemente satisfactoria. Es como la respuesta a toda una vida de preguntas y de anhelos vagos. Satisface todas y cada una de las curiosidades infantiles, todo deseo acallado, todo lo que tenga de científico, de poeta, de vidente primitivo, de observador del fuego y las estrellas fugaces, cualquier obsesión que le devore el lado nocturno de la mente, todo anhelo dulce y soñador que alguna vez haya experimentado por lugares remotos y sin nombre, todo sentido de la tierra que posea, el pulso neural de alguna percepción más silvestre, una identificación con los animales salvajes, toda creencia en una fuerza vital inminente, el Señor de la Creación, toda idea de unicidad humana que en secreto albergue lo demasiado y lo insuficiente, todo a la vez y poco a poco, todo afán ardiente de eludir la responsabilidad y la rutina, escapar de su propia sobreespecialización, el yo circunscrito y en espiral hacia dentro, todos los restos de sus deseos juveniles de volar, sus sueños de espacios extraños e insólitas alturas, sus fantasías de muerte feliz, todas sus inclinaciones indolentes y sibaríticas -comedor de loto, fumador de hierbas diversas, ojos azules que admiran el espacio-, todo ello queda satisfecho, todo recopilado y acumulado en ese cuerpo vivo, la visión desde la ventana.

-Es tan interesante -dice al fin-. Los colores y todo.

Los colores y todo.

* * *

Este relato, escrito por Don DeLillo en 1983, es el último cuento de la primera parte de la recopilación de cuentos completos El ángel esmeralda (trad. Ramón Buenaventura), Barcelona, Austral, 2014, pp. 31-52.

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David Foster Wallace – This is Water /// Discurso de la ceremonia de graduación del Kenyon College (2005) /// Textos

Mis saludos y felicitaciones a la generación 2005 del Kenyon College.

Érase una vez dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo que les saludó y dijo: «Buenos días, muchachos. ¿Cómo está el agua?». Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó: «¿Qué demonios es el agua?».

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Esto es algo común al inicio de los discursos de graduación en Estados Unidos, el empleo de una pequeña parábola con un fin didáctico. Esta costumbre resulta ser una de las mejores convenciones del género y la menos mentirosa, pero si se han empezado a preocupar porque mi plan sea presentarme como el pez sabio y viejo que les explica a los peces jóvenes lo que es el agua, por favor no lo hagan. Yo no soy el pez sabio y viejo. El punto de la historia de los peces es, simplemente, que las realidades más importantes y obvias son a menudo las más difíciles de ver y explicar. Enunciado como una frase, por supuesto, suena a un lugar común banal, pero el hecho es que las banalidades en el ajetreo diario de la existencia adulta pueden tener una importancia de vida o muerte, o así es como me gustaría presentarlo en esta mañana despejada y encantadora.

Por supuesto que el principal requisito en un discurso como éste es que hable sobre el significado de la educación en Humanidades y que intente explicar por qué el título que están a punto de recibir posee un verdadero valor humano en vez de ser una mera llave para la simple remuneración material. Así que mencionaremos otro lugar común al inicio de los discursos: la educación en Humanidades no es tanto atiborrarte de conocimiento como «enseñarte a pensar». Si fueran como yo fui alguna vez de estudiante, nunca hubiesen querido escuchar esto, y se sentirán insultados cuando les digan que necesitaron de alguien que les enseñara a pensar. Porque dado que fueron admitidos en la universidad precisamente por esto, parece obvio que ya sabían cómo hacerlo. Pero voy a hacerme eco de ese lugar común que no considero insultante, porque lo que verdaderamente importa en la educación –la que se supone obtenemos en un lugar como éste– no vendría a ser aprender a pensar, sino a elegir cómo vamos a pensar. Si la completa libertad para elegir acerca de qué pensar les parece obvia y discutir acerca de ella una pérdida de tiempo, les pido que piensen acerca de la anécdota de los dos peces y el agua y que dejen entre paréntesis por unos segundos su escepticismo acerca del valor de lo que es obvio por completo.

dfwcLes voy a contar otra de estas historias didácticas. Había dos personas sentadas en la barra de un bar en la parte más remota de Alaska. Uno de ellos era religioso, el otro ateo. Ambos discutían acerca de la existencia o no de Dios con esa especial intensidad que se genera después de la cuarta cerveza. El ateo dijo: “Vamos a ver, no es que no tenga un motivo real para no creer. No es que nunca haya experimentado todo el asunto ese de Dios, rezarle y esas cosas. El mes pasado, sin ir más lejos, me sorprendió una tormenta terrible cuando aún me faltaba mucho camino para llegar al campamento. Me perdí por completo, no podía ver ni a dos metros, hacía 50 grados bajo cero y me derrumbé: caí de rodillas y recé ‘Dios mío, si en realidad existes, estoy perdido en una tormenta y moriré si no me ayudas, ¡por favor!’”. El creyente entonces le miró sorprendido: “Bueno, ¡eso quiere decir entonces que ahora crees! ¡De hecho estás aquí, vivo!”. El ateo hizo una mueca y dijo: “No, hermano, lo que pasó fue que de pronto aparecieron dos esquimales y me ayudaron a encontrar el camino al campamento…”

Es fácil hacer un análisis típico en las Humanidades: una misma experiencia puede significar cosas totalmente distintas para diferentes personas si tales personas tienen distintos marcos de referencia y diferentes modos de elaborar significados a partir de su experiencia. Puesto que apreciamos la tolerancia y la diversidad de creencias, en cualquiera de los análisis posibles jamás afirmaríamos que una de las interpretaciones es correcta y la otra falsa, lo que en sí está muy bien. Lástima que nunca nos extendemos más allá y no nos propongamos descubrir los fundamentos del pensamiento de cada uno de los interesados, y me refiero a de qué parte del interior de cada uno de ellos surgen sus ideas. Si su orientación básica en referencia al mundo y el significado de su experiencia vienen dados por su altura o la talla de calzado, o si en cambio es absorbida por la cultura, como su lenguaje. Es como si la construcción del sentido no fuera realmente una cuestión de elección intencional y personal. Y más aún, debemos incluir la cuestión de la arrogancia. El ateo de nuestra historia está totalmente convencido de que la aparición de esos dos esquimales nada tiene que ver con el haber rezado o pedido ayuda a Dios. Pero también debemos aceptar que la gente creyente pueda ser arrogante y fanática a su modo de ver las cosas. Puede que sean más desagradables que los ateos, al menos para la mayoría de nosotros. Pero el problema del dogmatismo del creyente es el mismo que el del ateo: certeza ciega, una cerrazón mental tan severa que aprisiona de un modo tal, que el prisionero ni se da cuenta de que está encerrado.

Aquí apunto lo que creo que realmente significa que me enseñen a pensar. Ser un poco menos arrogante. Tener un poco de conciencia de mí y mis certezas. Porque un gran porcentaje de las cuestiones sobre las que tiendo a pensar con certeza, resultan ser erróneas o ser meras ilusiones. Lo aprendí a base de golpes y les pronostico otro tanto a ustedes.
Les daré un ejemplo de algo totalmente erróneo pero que yo tiendo a dar por sentado: en mi experiencia inmediata todo apuntala mi profunda creencia de que yo soy el centro del universo, la más real, vívida e importante persona en la existencia. Raramente pensamos acerca de este modo natural de sentirse el centro de todo ya que esto está socialmente condenado. Pero es algo que nos sucede a todos. Es nuestro marco básico, el modo en el que estamos conectados de nacimiento. Piénsenlo: nada les ha sucedido, ninguna de sus experiencias han dejado de ser percibidas como si fueran el centro absoluto. El mundo que perciben lo perciben desde ustedes, está ahí delante, rodeándoles en su ordenador o en la TV. Los pensamientos y sentimientos de las otras personas nos tienen que ser comunicados de algún modo, pero los propios son inmediatos, urgentes y reales.

DFWY, por favor, no teman que no me dedique a predicar acerca de la compasión o cualquiera de las otras virtudes. Me refiero a algo que nada tiene que ver con la virtud. Es cuestión de mi posibilidad de encarar la tarea de, por decirlo de algún modo, verme libre de mi natural e inherente modo de operar, que está profunda y literalmente centrado, y que hace que lo vea todo a través de las lentes de mi mismidad. A la gente que logra algo de esto se la suele describir como «bien equilibradas» y me parece que no es un término aplicado casualmente.

Dado el entorno en el que ahora nos encontramos es adecuado preguntarnos cuánto de este reajuste de nuestro marco referencial natural implica a nuestro conocimiento o intelecto. Es una pregunta difícil. Probablemente lo más peligroso de mi educación académica –al menos en lo que a mí respecta– es que tiendo a la sobreintelectualización de las cosas, que me lleva a perderme en argumentos abstractos en mi cabeza en vez de, simplemente, prestar atención a lo que ocurre dentro y fuera de mí.

Estoy seguro de que ustedes ya se han dado cuenta de lo difícil que resulta estar alerta y atento en lugar de ir como hipnotizados siguiendo el monólogo interior (algo que puede estar sucediendo ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación llegué a comprender el típico cliché liberal acerca de las Humanidades y del enseñarnos a pensar: en realidad se refiere a algo más profundo, a una idea más seria: porque aprender a pensar quiere decir aprender a ejercitar un cierto control acerca de qué y cómo pensar. Implica ser consciente y estar atento de un modo tal que podamos elegir sobre qué poner en nuestra atención y revisar el modo en que llegamos a las conclusiones, al modo en que construimos un sentido en base a lo que percibimos. Y si no logramos esto en nuestra vida adulta, estaremos perdidos por completo. Me viene a la mente aquella frase que dice que la mente es un excelente sirviente pero un pésimo amo.

Como todos los clichés, superficialmente es soso y poco atractivo, pero en realidad expresa una verdad terrible. No es casual que los adultos que se suicidan con un arma de fuego lo hagan apuntando a su cabeza. Intentan liquidar al tirano. Y la verdad es que esos suicidas ya están muertos bastante antes de que aprieten el gatillo.

Este debe ser el resultado genuino de vuestra educación en Humanidades, sin mentiras ni bromas: como impedir que vuestra vida adulta se vuelva algo confortable, próspero, respetable pero muerto, inconsciente, esclavo de vuestro funcionar conectado inconsciente y solitario. Esto puede sonar a hipérbole o a sinsentido abstracto. Pero ya que estamos, pensemos más concretamente. El hecho real es que ustedes, recientemente graduados, no tienen la menor idea de lo que conlleva el día a día de un adulto. Resulta que en estos discursos de graduación nunca se hace referencia de cómo transcurre la mayor parte de la vida de un adulto norteamericano. Una gran porción esa vida implica aburrimiento, rutina y bastante frustración. Vuestros padres y parientes mayores que aquí les acompañan deben de saber bastante bien a qué me estoy refiriendo.

david-foster-wallacePongamos un ejemplo. Imaginemos la vida de un adulto típico. Se levanta temprano por la mañana para concurrir a un trabajo desafiante, un buen trabajo si quieren, el trabajo de un profesional que con entusiasmo trabaja ocho o diez horas y que al final del día lo deja bastante agotado con el único deseo de volver a casa y tener una buena y reparadora cena y quizá un recreo de una o dos horas antes de acostarse temprano porque, por supuesto, al otro día hay que levantarse temprano para volver al trabajo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa. No ha tenido tiempo de hacer la compra esta semana porque el trabajo se volvió muy arduo y ahora no hay más remedio que subirse al coche y, en vez de volver a casa, ir a un supermercado. Es la hora en que todo el mundo sale del trabajo y las calles están saturadas de automóviles con un tránsito enloquecedor. De modo que llegar al centro comercial le lleva más tiempo que el habitual y, cuando al fin llega, ve que el supermercado está atestado de gente que como él, luego de un día de trabajo agotador, trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento. El lugar está lleno de gente y la música funcional y melosa hace que sea el último lugar de la tierra en el que se quiera estar, pero es imposible hacer las cosas rápido. Debe andar por esos pasillos atiborrados de gente, confusos a la hora de encontrar lo que uno busca y debe conducir con cuidado el carrito de la compra entre toda esa gente cansada y apurada (abreviemos que es demasiado penoso). Al fin, después de conseguir todo lo que necesitaba, se dirige a las cajas que por supuesto están casi todas cerradas a pesar de ser hora punta, y las que están funcionando lo hacen con unas demoras colosales, lo que es irritante, pero esta persona se esfuerza por dejar de sentir odio por la cajera que parece moverse en cámara lenta, quien está saturada de un trabajo que resulta tedioso, carente de sentido de un modo que sobrepasa la imaginación de cualquiera de los aquí presentes en nuestro prestigioso colegio.

Bueno, al fin esta persona consigue ser atendida, paga sus productos y escucha «que tenga un buen día» con una voz que es la de la muerte. Luego carga todas sus bolsas en el carrito que tiene una rueda estropeada e insiste en ir de costado y hace que el camino hasta el coche lo saque completamente de quicio; luego queda ponerlo todo en el maletero y salir del aparcamiento atestado de coches que circulan a dos por hora buscando un lugar libre. ¡Y todavía queda el camino a casa! Con un tránsito pesado, lento y plagado de enormes todoterrenos 4×4 que parecen ocupar toda la calle, etcétera, etcétera, etcétera.

dfw (1)Todos aquí han pasado por esto, claro. Sin embargo aún no es parte de su rutina de graduados, semana a semana, mes a mes, año a año. Pero lo será. Y otra cantidad de tareas fastidiosas y sin sentido aparente les esperan. Aunque no es este el punto al que me refiero. El caso es que estas tareas de mierda, insignificantes y frustrantes son las que permiten escoger qué y cómo pensar, ya que debido al tránsito congestionado o a los pasillos atiborrados de gente con carritos, o incluso a las larguísimas colas, tengo tiempo para pensar y si no tomo una decisión consciente acerca de cómo pensar, de a qué prestar atención, me sentiré frustrado y jodido cada vez que me vea en estas situaciones. Porque el ajuste natural me dice que estar situaciones me afectan a mí. A mi hambre, a mi fatiga, a mi deseo de estar en casa y esto me hace ver que toda esa gente se cruza en mi camino. Y ¿quiénes son, después de todo? Miren qué repulsivos son, qué caras de estúpido llevan, esas miradas de vaca, no parecen humanos, y qué soeces y groseros se muestran hablando en voz alta por sus teléfonos móviles todo el tiempo. Es absolutamente injusto e incordiante que me encuentre ahí, entre esa gente.

Y, claro, además, como pertenezco a una clase de gente socialmente más consciente, gente de Humanidades, me parece terrible quedar atrapado en el tránsito de la hora punta entre esos tremendos 4×4, esos cochazos de 12 cilindros que desperdician egoístamente sus tanques de 80 litros de un combustible cada vez más escaso, y puedo asegurar que las calcomanías con los eslóganes más religiosos y patrióticos están pegados en los cristales enormes, llamativos y egoístas de esos vehículos, conducidos por los más horrendos personajes [aplausos y respondiendo a esos aplausos] –¡este no es un ejemplo de cómo debemos pensar, ojo! –, conductores detestables, desconsiderados y agresivos. Y también puedo imaginar cómo nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos van a acordarse de nosotros por derrochar el combustible y probablemente joder el clima, y pensar en lo egoístas y estúpidos que fuimos por permitirlo y cómo nuestra sociedad consumista es detestable.

Ya habrán captado la idea.

DavidFosterWallace33Si yo escojo pensar así cuando me encuentro atrapado en mitad del tráfico o en los pasillos de un supermercado, bueno, a la mayoría nos pasa. Porque este modo de pensar es tan automático, tan natural y establecido que no implica ninguna elección. Es el modo automático en que percibo la parte aburrida y frustrante de la vida adulta, cuando inconscientemente me vuelvo autómata, cuando me creo el centro del mundo y mis necesidades y sentimientos inmediatos determinan las prioridades de todo el mundo, que creo gira a mi alrededor.

La cosa es que hay otras maneras de pensar, por entero distintas, acerca de estas situaciones. En esa caravana de coches entorpecida, con vehículos que dificultan mi avance, puede que en uno de esos horrorosos 4×4 haya un conductor que tras un horrible accidente se haya sentido tan acobardado que el único modo de volver a conducir sea sintiéndose protegido dentro de uno de esos tanques. O que aquella camioneta que corta mi paso imprudentemente esté conducida por un padre que lleva a su hijo enfermo o accidentado y se apura por llegar a una centro de salud, o que está en una situación más urgente y legítima que la que yo me encuentro, y que por tanto en realidad soy yo el que se mete en su camino.

Puedo elegir pensar y considerar que todos los que nos encontramos en esa larga cola del supermercado estamos tan aburridos y nos sentimos tan mal como me siento yo y que algunos de ellos probablemente tengan una vida más tediosa y dolorosa que la mía.

De nuevo, por favor, no crean que estoy dándoles consejos moralistas o que sugiero el modo en que tienen que pensar ustedes, o que estoy señalando remotamente cómo se espera que ustedes piensen. Porque esto que les describo es muy difícil. Requiere de mucha voluntad y esfuerzo y, si son como yo, algunos días no lo lograrán o simplemente se dejarán llevar por la comodidad y la falta de ganas.

Pero si están lo suficientemente atentos como para darse a ustedes mismos la opción, podrán escoger una manera distinta de percibir a esa gorda sobremaquillada, de ojos muertos, que no deja de gritar a su hijo en la fila. Quizá ella no es siempre así. Quizá lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que sufre y está muriendo de cáncer en los huesos. O quizá esta señora es la misma que ayer ayudó a otra señora a resolver un horrendo trámite en el Registro mediante un simple acto de gentileza. Claro, sí, nada de esto es lo habitual, pero tampoco es imposible. Todo depende de lo que uno elija pensar. Si están seguros de saber exactamente cuál es la realidad y operan automáticamente como me suele suceder a mí, entonces no dejarán de pensar en posibilidades rabiosas y miserables. Pero si en realidad aprenden a prestar atención, se darán cuenta de que en realidad hay otras opciones. Van a poder percibir esa circunstancia y su lento infierno no sólo como significativo, sino como algo sagrado, consumido por las mismas llamas que las estrellas: amor, comunión, esa unidad mística que existe en la profundidad de las cosas.

No afirmo que esta mística sea necesariamente verdadera. Pero lo que sí lleva una uve mayúscula es la verdad que les permitirá decidir cómo se lo van a tomar.

Esto, yo les aseguro, es la libertad que otorga la educación real. Aprender a balancearse. Y decidir cada cual qué tiene y qué no tiene sentido. Decidir conscientemente qué es lo que vale la pena venerar.

Wallace600Y he aquí algo raro, pero es verdad: en las trincheras del día a día de la vida de un adulto, no existe el ateísmo. No hay tal cosa como la «no-veneración». Todo el mundo es creyente. Y quizá la única razón por la que debamos cuidarnos al elegir qué venerar, es que cualquier camino espiritual –llámese Cristo, Alá, Yaveh, la Pachamama, las Cuatro Nobles Verdades o cualquier set de principios éticos– sea lo que sea que elijan, les devorará en vida. Si eligen adorar el dinero y los bienes materiales, nunca tendrán suficiente. Si eligen su cuerpo, la belleza y ser atractivos, siempre se van a ver feos y cuando el tiempo y la edad se manifiesten, padecerán un millón de muertes antes de que al fin les entierren. En cierto modo, todos lo sabemos. Esto fue codificado en mitos, leyendas, cuentos, proverbios, epigramas, parábolas, en el esqueleto de toda gran historia. El verdadero logro es mantener esta verdad consciente en el día a día. Si eligen venerar el poder, terminarán volviéndose débiles y necesitarán cada día más poder para no creerse amenazados por los demás. Si eligen adorar su intelecto, ser reconocidos como inteligentes, terminarán sintiéndose estúpidos, un chasco, siempre al borde de ser descubiertos. Pero lo más terrible de estas formas de adoración no es que sean malas o pecaminosas, es que son inconscientes. Son el funcionamiento por defecto.

Día a día nos vamos sumergiendo en un modo cada vez más selectivo en el «a qué prestar atención», qué percibir como bueno y deseable, sin siquiera ser consientes de lo que estamos haciendo.

the_last_days_of_david_foster_wallaceY el mundo real no les va a desalentar en este modo de operar, porque el así llamado mundo real está esculpido del mismo modo, dinero y poder se regodean juntos en una piscina de miedo, odio, frustración, ambición y adoración al Yo. Las fuerzas de nuestra cultura dirigen estas fuerzas en pro de las riquezas, el confort y la libertad individual suficiente como para ser los señores de nuestro diminuto reino mental, solitarios en el centro de la creación. Este tipo de libertad es muy tentadora. Ahora bien, hay otros tipos de libertad. Sin embargo de estos tipos de libertad, que son los más valiosos, no van a escuchar mucho en este mundo que nos rodea, basado en el puro deseo y la posesión.

La libertad que verdaderamente importa implica atención, conciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en cuestiones insignificantes y desagradables todos los días.

Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por defecto, el constante sentimiento de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.

Yo sé que esto que les digo puede sonar soso y aburrido y que roza lo grandilocuente y espiritual que se espera en un discurso de graduación. Lo que quiero que rescaten, del modo en que yo lo veo, es el tema de la uve mayúscula de Verdad, dejando fuera todos los ornamentos retóricos. Ustedes son libres de pensar como quieran. Pero por favor, no tomen este discurso como un sermón de esos con el dedito apuntando acusatoriamente. Nada de esto tiene que ver con moralidad, religión o dogma, tampoco con las grandes preguntas después de la muerte.

La uve mayúscula de Verdad se refiere a la vida antes de la muerte.

DFW1Es acerca de los valores que implican la educación real, que no tiene nada que ver con el acumular conocimiento y sí con la simple atención, atención a lo que es real y esencial, tan oculto en plena vista a nuestro alrededor todo el tiempo, que tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua.

Es inimaginablemente difícil llevar a cabo ser conscientes y sentirnos vivos en el mundo adulto, día a día. Lo que trae a colación otro gran cliché archiconocido: la educación es un trabajo para toda la vida. Y comienza ahora.

¡Les deseo que tengan más que suerte!

David Foster Wallace

(Ohio, 21 de mayo de 2005)

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La poesía de Miguel Ángel /// Walter Pater (1871)

Los críticos de Miguel Ángel hablan a veces como si la única característica de su genio fuese una maravillosa fuerza, decantada, como siempre ocurre con la gran fuerza en lo tocante a las cosas de la imaginación, hacia lo que es singular o extraño. Una cierta extrañeza, algo del florecimiento del áloe, forma de hecho parte de todas las verdaderas obras de arte: es indispensable que nos emocionen o sorprendan. Pero también es indispensable que nos complazcan y conmuevan con su encanto. Esta extrañeza también debe ser dulce, una extrañeza amable. Y para los verdaderos admiradores de Miguel Ángel, ése es el verdadero prototipo de lo miguelangelesco: la dulzura y la fuerza, el placer y la sorpresa, la energía de una concepción que parece estar constantemente al borde de romper todas las condiciones de la forma adecuada, recuperando, toque a toque, un encanto que habitualmente sólo se encuentra en las cosas naturales más sencillas, ex forti dulcedo.

De este modo, Miguel Ángel resume para ellos todo el carácter del arte medieval, en lo que más claramente se diferencia de las obras clásicas, la presencia de una energía convulsiva, que en manos inferiores se convierte en algo sencillamente monstruoso o prohibitivo y que siente, incluso en sus productos más agraciados, en forma de un algo grotesco o extravagante amortiguado. Sin embargo, quienes perciben esta gracia o dulzura en Miguel Ángel podrían sentirse confundidos, en un primer momento, si se les preguntara dónde reside exactamente esa cualidad. Los individuos de temperamento imaginativo -Victor Hugo, por ejemplo, por quien, como en el caso de Miguel Ángel, la gente se siente en su mayor parte atraída o repelida por su fuerza, mientras que pocos son los que han entendido su dulzura- mitigan a veces creaciones cuya grandeza es meramente moral o espiritual, pero con escaso encanto artístico propio, mediante accesorios o accidentes amables, como la mariposa que aletea en la barricada manchada de sangre en Les Travailleurs de la Mer. Pero el austero genio de Miguel Ángel no dependerá, para su dulzura, de lo que son meros accesorios como los anteriores. El mundo de las cosas naturales casi no tiene existencia para él: «Cuando se habla de él», dice Grimm «los bosques, las nubes, los mares y las montañas desaparecen, y al final sólo queda lo que es obra del espíritu del hombre»; y cita unas pocas palabras sutiles de una carta suya a Vasari como única manifestación de todo lo que sintiera o dejase de sentir por la naturaleza. No dibujó flores como las que Leonardo siembra sobre sus rocas florecidas; no hay nada como del estilo de los adornos de alas y llamas en que enmarca Blake muchas de sus visiones más sobrecogedoras. Ningún escenario boscoso con los que Tiziano llena sus fondos, sino sólo hileras desnudas de rocas y vagas formas vegetales tan descoloridas como las mismas rocas, como de un mundo anterior a la creación de los cinco primeros días.

De toda la historia de la creación, sólo pintó la creación del primer hombre y de la primera mujer, y torpemente, al menos para él, la creación de la luz. Para Miguel Ángel no se trata, como en la historia, del acto final y culminante de una serie progresiva, sino del acto primero y único, la creación de la vida misma en su forma suprema, de manera improvisada e inmediata, a partir de la piedra fría sin vida. Para él, el comienzo de la vida tiene todas las características de una resurrección; es como la recuperación, de una salud o vivacidad suspendida, con su gratitud, su efusión y su elocuencia. Hermoso como los jóvenes mármoles de Elgin, el Adán de la Capilla Sixtina se diferencia de ellos en la absoluta ausencia de ese equilibrio y perfección que tan bien manifiesta el sentimiento de una vida autónoma e independiente. En esa lánguida figura hay algo rudo y satírico, algo afín a la ladera áspera donde yace. Toda su forma se concentra en una expresión de mera expectativa y receptividad; casi no tiene fuerzas para levantar el dedo con que roza el del creador; no obstante, bastará con un toque de las yemas de los dedos.

Esta creación de la vida -la vida viene siempre como un alivio o recuperación y siempre en fuerte constraste con las masas toscamente talladas sobre las que se inflama- es de distintas maneras el motivo de toda su obra, sea el motivo inmediato pagano o cristiano, leyenda o alegoría; y eso pese a que al menos la mitad de su obra fuera pensada para decorar tumbas (la tumba de Julio, las tumbas de los Medici). La Resurrección y no el Juicio es el verdadero tema de su última obra en la Sixtina; y su motivo favorito entre los paganos es la leyenda de Leda, el deleite del mundo que brota de un huevo de pájaro. Como ya ha señalado, Miguel Ángel se asegura esa idealidad de la expresión, que la escultura griega basa en un delicado sistema de abstracción y la primera escultura italiana en el rebajado del relieve, mediante el inacabamiento, que con toda seguridad no siempre era imprevisto y que, a mi modo de pensar, nunca es de lamentar, y que cuenta con que el espectador complete la forma semiemergente. Y así como sus personajes tienen algo de la piedra sin labrar, asimismo, como si pretendiera realizar la expresión con que un antiguo archivo florentino describe a un escultor –maestro de la piedra viva-, en él las propias piedras parecen tener vida. Tienen que quitarse de encima el polvo y la caspa para poder levantarse y sostenerse sus pies. Le gustaban las canteras de Carrara, esas extrañas cimas grises que incluso a mediodía transmiten a cualquier escenario desde la tarde, y peor allí vagabundeó meses y meses, hasta que al fin sus pálidos colores cenicientos parecen haberse metido en sus pinturas; y en la coronilla de la cabeza de David todavía resta un pedazo de piedra sin tallar, a modo de punto de conexión con el lugar de donde fuera arrancado.

Y en esta penetrante sugerencia de vida es donde se encuentra el secreto de su dulzura. La verdad es que no nos presenta adorables objetos naturales, como Leonardo o Tiziano, sino solamente el sombreado más frío y más elemental de la roca o del árbol; ningún ropaje adorable ni los atractivos gestos de la vida, sino sólo las austeras verdades de la naturaleza humana; «personas sencillas» -como replicó con sus maneras rudas a la crítica lastimera de Julio II, para quien faltaba oro en las figuras de la Sixtina-, pero «personas sencillas que no visten oro, sino sus vestidos»; pero nos penetra con el sentimiento de esa fuerza que nosotros asociamos con la calidez y la plenitud del mundo, esa sensación que nos hace pensar en enjambres de pájaros, de flores y de insectos. Estamos en presencia del espíritu germinante de la vida;  y el verano puede estallar en cualquier momento.

Nació en una pausa de un rápido viaje de nocturno, en marzo, en un lugar de las cercanías de Arezzo, cuya atmósfera enrarecida y clara se consideraba por entonces propicia para que nacieran niños con gran talento. Procedía de una estirpe de hombres graves y honrados que, alegando parentesco con la familia de los Canossa y matices de sangre imperial en sus venas, habían recibido, generación tras generación, honorables empleos del gobierno florentino. Su madre, una muchacha de 19 años, le envió a criarse en una casa de campo de las colinas de Settignano, donde todos los habitantes trabajaban en las canteras de mármol, y el niño se familiarizó muy pronto con esa primera y extraña etapa del arte escultórico. A esto siguió la influencia de Domenico Ghirlandaio, el maestro más deleitoso y sereno que hubiera conocido Florencia. A los 15 años trabajaba entre las curiosidades del jardín de los Medici, copiando y restaurando antigüedades, ganándose la condescendiente mención del gran Lorenzo. También sabía despertar fuertes odios; y fue en esta época cuando, en una pelea con un compañero de estudios, recibió un golpe en la cara que lo privó para siempre de donosura en la forma exterior.

Fue de manera accidental como llegó a estudiar esas obras de los tempranos escultores italianos que le sugirieron buena parte de su obra más grandiosa y que le imprimieron tanta dulzura. Creía en los sueños y en los augurios. Uno de sus amigos soñó dos veces que Lorenzo, falleció poco después, se le aparecía con traje gris y polvoriento. Para Miguel Ángel, este sueño parecía presagiar los problemas que realmente se presentaron después, y con la precipitación que caracteriza sus movimientos, dejó Florencia. Cuando hubo de atravesar Bolonia, se olvidó de conseguir el pequeño sello de cera roja que debían portar en el dedo pulgar de la mano derecha los extranjeros que entraban en la ciudad. No tenía dinero para pagar la multa y hubiera sido arrojado a la cárcel de no mediar uno de los magistrados. Estuvo en la casa de este individuo todo un año, resarciéndole su hospitalidad con lecturas de los poetas italianos de su gusto. Bolonia, con sus inacabables columnatas y fantásticas torres inclinadas, nunca pudo llegar a ser una de las ciudades más bellas de Italia. Pero alrededor de los pórticos de sus grandes iglesias inacabadas y de sus altares oscuros, medio ocultas por las flores votivas y los candelabros, se hallan algunas de las obras más delicadas de los primeros escultores toscanos, Giovanni Pisano y Jacopo della Quercia, objetos tan hermosos como las flores; y el año que pasó Miguel Ángel copiando estas obras no fue un año perdido. Luego, al regresar a Florencia, fue cuando produjo esa singular representación de Baco que expresa, no la jovialidad del dios del vino, sino su soñolienta gravedad, su entusiasmo, su capacidad para el sueño profundo. Nadie ha expresado con mayor verdad que Miguel Ángel la idea del sueño inspirado, de los rostros cargados de sueños. Debajo de la Logia del Orcagna había desde tiempo atrás un enorme bloque de mármol y eran muchos los escultores que habían hecho planes con vistas a utilizar esta famosa piedra, cortando el diamante, por así decirlo, sin desperdiciarlo. En manos de Miguel Ángel se convirtió en el David, que estuvo hasta mucho después en los escalones del Palazzo Vecchio hasta ser restituido a la Logia. Miguel Ángel tenía entonces 30 años y una reputación asentada. Tres grandes obras llenaron el resto de su vida -tres obras muchas veces interrumpidas y proseguidas, entre miles de dudas, miles de frustraciones, de peleas con sus patrocinadores, peleas con su familia, peleas sobre todo, quizás, consigo mismo-: la Capilla Sixtina, el mausoleo de Julio II y la Sacristía de San Lorenzo.

En la historia de la vida de Miguel Ángel no cuesta mucho encontrar fuerza, tantas veces tornada en amargura. A todo lo largo resuena una nota discordante que casi corrompe la música. «Trata al papa como el mismo rey de Francia no se atrevía a hacerlo»; va por las calles de Roma «como un verdugo», dice de él Rafael. Parece ser que una vez se encerró con la intención de dejarse morir de hambre. Conforme llegamos en la lectura de su vida a los incidentes destemplados y broncos, surge una y otra vez la idea de que es uno de esos que, según en el juicio de Dante, «han vivido tercamente en la tristeza». Incluso su ternura y su piedad están amargadas por su fuerza. ¡Qué apasionado llanto el de esa misteriosa figura que, en la Creación de Adán, se agacha debajo de la imagen del Todopoderoso, mientras este llega con las formas de las cosas que existirían, la mujer y su progenie, en los pliegues del ropaje! ¡Qué sensación de injusticia en esos dos jóvenes esclavos que sienten las caderas como agua que escalda su carne delicada y orgullosa! El idealista convertido en reformador con Savonarola y el republicano que supervisará las fortificaciones de Florencia -el nido donde había nacido, il nido ove naqqu’io, como la llama en cierta ocasión, en un súbito latido de afecto- en la última lucha de la ciudad por la libertad, pero que siempre creyó que tenía sangre imperial en sus venas y que formaba parte de los parientes de la gran Matilda, albergaba en los abismos de su carácter un brote secreto de indignación o pesar. Sabemos poco de su juventud, pero todo tiende a hacernos creer en la vehemencia de sus pasiones. Por debajo de la calma platónica de los sonetos, late un profundo deleite por la forma y el color. Allí y aún más en los madrigales, suele recaer en un lenguaje de sentimientos menos apacibles; si bien algunos tienen el color de la penitencia, como propios del vagabundo que regresa al hogar. Quien tan delicadamente habló de la supremacía de la forma humana desnuda en el mundo plástico no fue siempre, podemos pensar, un mero amante platónico. Sus amores pueden haber sido vagos y perversos; pero participaron de la fuerza de su carácter y a veces, probablemente, de ninguna manera se quedarían en música, lo que dislocaría por completo el apacible orden de sus días: par che amaro ogni mio dolce io senta.

Pero su genio está en armonía consigo mismo; y así como los productos de su arte encontramos fuentes de dulzura dentro de su preponderante fuerza, así también en su propia historia, aún siendo amarga como puede serlo en el sentido ordinario, hay páginas selectas encerradas entre las demás, páginas que sería fácil abrir demasiado a la ligera, pero que no obstante endulzan todo el volumen. El interés de los problemas de Miguel Ángel radica en que nos convierten en espectadores de esta lucha: la lucha de una naturaleza fuerte por ennoblecerse y armonizarse; la lucha de una pasión devastadora, que anhela ser resignada, dulce y meditabunda, como fue la de Dante. Como consecuencia del carácter ocasional e informal de su poesía, esta nos acerca al autor, y a su propio sentimiento y temperamento, más de lo que probablemente podría hacerlo ninguna obra con pretensiones literarias. Sus cartas nos cuentan poco de él que merezca la pena conocerse: unas pocas y sórdidas peleas sobre dinero y comisiones. Pero muy distinto es el caso de estas canciones y estos sonetos, redactados en momentos sueltos, a veces en las márgenes de los bocetos, con frecuencia inacabados, que captan sensaciones sobresalientes e ideas improvisadas conforme se le ocurría. Y sucede que en los ultísimos años se ha podido hacer por fin un verdadero estudio de estos escritos. Unos cuantos sonetos circularon ampliamente en manuscritos y se convirtieron, casi dentro de los límites biográficos de Miguel Ángel, en motivos académicos. Pero fueron recogidos por primera vez en volumen, en 1623, por el sobrino nieto de Miguel Ángel, Michelangelo Buonarroti il Giovane. Este omitió una gran parte, reescribió algunos sonetos y a veces comprimió dos o más composiciones en una, perdiéndose siempre algo de la fuerza e incisividad de los originales. De manera que el libro fue olvidado, incluso por los italianos, durante el siglo pasado, debido a la influencia del gusto francés que despreciaba este tipo de composiciones, igual que despreciaba y olvidaba a Dante. «Su reputación siempre irá en aumento, ya que es tan poco leído», dice Voltaire de Dante. Pero en 1858, el último de los Buonarroti legó al municipio de Florencia las curiosidades de su familia. Entre estas se encontraba un precioso volumen que con los sonetos autógrafos. Un erudito italiano, el Signior Cesare Guasti, se encargó de cotejar el autógrafo con los manuscritos del Vaticano y de otros lugares, y en 1863 publicó una verdadera versión de los poemas de Miguel Ángel con comentarios críticos y paráfrasis.

Se suele hablar de estos poemas como si fueran un simple grito de dolor, una queja de amante contra la obstinación de Vittoria Colonna. Pero quienes así hablan olvidan que, aunque es muy posible que Miguel Ángel viera a Vittoria, esa figura un tanto borrosa, en una época tan temprana como 1537, sin embargo su íntima amistad no se inició hasta alrededor del año 1542, cuando Miguel Ángel aún tenía 70 años. La propia Vittoria, una ardiente neocatólica, con votos de viudedad perpetua desde que, 17 años antes, le llegara la noticia de que su marido, el joven y principesco marqués de Pescara, había muerto de las heridas recibidas en la Batalla de Pavía, no podía ser causa de grandes pasiones. En un diálogo escrito por Francisco de Holanda hallamos un vislumbre de los dos juntos en una iglesia vacía de Roma, un domingo por la tarde, hablando de hecho sobre las características de las diversas escuelas artísticas, pero aún más de los escritos de San Pablo, siguiendo ya los pasos y saboreando los sobrios placeres de las personas de las personas hastiadas cuyo interés por las cosas exteriores va amainando. En una carta que todavía existe se lamenta de que cuando la visitó después de muerta sólo le había besado las manos. Hizo o comenzó a hacer un crucifijo para que lo utilizara ella y dos dibujos, quizás preparatorios del crucifijo, se encuentran actualmente en Oxford. Por las alusiones de los sonetos, podemos adivinar que cuando se acercaron mutuamente por primera vez él había discutido mucho consigo mismo sobre si esta tardía pasión sería la menos apacible y la más desoladora de todas: un dolce amaro, un sì e no mi muovi. ¿Se trata de afecto carnal o bien del suo prestino stato (el estado prenatal de Platón) il raggio ardente? La crítica más antigua y convencional, al ocuparse del texto de 1623, ha supuesto a la ligera que todos o casi todos los sonetos estaban realmente dirigidos a la misma Vittoria; pero el Signor Guasti sólo encuentra cuatro, o como mucho cinco, que puedan atribuírsele con genuina autoridad. No obstante, hay razones que le hacen asignar la mayoría de ellos al período comprendido entre 1542 y 1547, y podemos considerar el volumen como un registro de este punto de descanso en la historia de Miguel Ángel. Sabemos que Goethe eludió una tensión sentimental excesiva para él redactando un libro sobre los sentimientos; y para Miguel Ángel, el mero hecho de anotar sus pensamientos apasionados, de expresarlos en forma de sonetos, era ya en alguna medida dominarlos y encontrar la manera de superarlos:

La vita del mia amor non è il cor mio,

Ch’amor, di quel ch’io t’amo, è senza core.

Precisamente porque Vittoria no despertó ninguna gran pasión, tiene el espacio de la vida de Miguel Ángel en que reinó ella esa peculiar suavidad; y el espíritu de los sonetos se pierde si los sacamos de esa atmósfera soñadora en que los hombres disponen de las cosas de su voluntad, porque la presa que tienen sobre las cosas exteriores es débil e insegura. El tono dominante es de calma y dulzura meditada. En realidad hay un grito de tristeza, pero es un simple residuo, un rastro de fortificante sal ferruginosa, sólo discernible en la canción que se eleva como un surtidor claro y melodioso en medio de un trecho encantado de su vida.

Este trecho encantado y atemperado de la vida de Miguel Ángel, sin el que su excesiva fuerza hubiera sido muy imperfecta y que lo salva del juicio de Dante sobre quienes han «vivido tercamente en la tristeza», es, pues, un período bien determinado que va desde el año 1542 hasta el año 1547, el año de la muerte de Vittoria. Entonces, consigue realizar el empeño de toda la vida por apaciguar sus vehementes emociones reduciéndolas a la región de los sentimientos ideales; y la significación de Vittoria consiste en que corporiza para él un tipo de afecto que, incluso en la desilusión, es capaz de encantar y endulzar su espíritu.

En este empeño por apaciguar y endulzar la vida mediante la idealización de sus vehementes sentimientos, había dos grandes figuras tradicionales, a cualquiera de los cuales hubiera podido seguir un italiano del siglo XVI. Estaba Dante, cuyo librito Vita Nuova ya se había convertido en un modelo de los amores imaginarios, continuado en tono algo menor por los posteriores seguidores de Petrarca; y desde que Platón era en Italia algo más que un nombre gracias a la publicación de la traducción latina de Marsilio Ficino, también existía la tradición platónica. La creencia de Dante en la resurrección de la carne, gracias a la cual, ni siquiera en el cielo, pierde para él Beatriz el menor matiz de su color natural ni tan siquiera un pliegue del traje, y el sueño platónico del paso del alma por sucesivas formas de vida, con su premura por escapar definitivamente de la carga de la forma corporal, son, para todos los efectos del arte y de la poesía, principios diametralmente opuestos. Ahora bien, la que modula los versos de Miguel Ángel es más bien la tradición platónica que la de Dante. En muchos sentidos, ningún sentimiento podría parecerse menos al amor de Dante por Beatriz que el de Miguel Ángel por Vittoria Colonna. El de Dante ocurre en la primera juventud: Beatriz es una niña, con la visión ávida y ambigua de los niños, con el carácter todavía sin decantar por la influencia de las circunstancias exteriores, casi carente de expresión. Vittoria, por el contrario es una mujer ya hastiada, de edad avanzada y con serias cualidades intelectuales. La historia de Dante es una obra simbólica, incrustrada de adorables incidentes. En los poemas de Miguel Ángel, el cielo y el fuego son casi las únicas imágenes (el fuego refinador del orfebre); una o dos veces el Fénix; el cielo se deshace con el fuego; el fuego salta de la roca que al cabo consume. Excepto una dudosa alusión a un viaje, casi no hay incidentes. Pero hay bastante de la habilidad brillante, aguda y sin vacilaciones con que, siendo muchacho, dio el aspecto de anciano a la cabeza de un fauno arrancándole un diente de la mandíbula de un solo manotazo. Para Dante, el amable y devoto materialismo de la Edad Media santifica todo lo que le presentan la mano y el ojo; en cambio, Miguel Ángel siempre está queriendo ir más allá de la belleza externa –il bel fuor che agli occhi piace– para aprehender la belleza invisible, trascenda nella forma universale, esa forma abstracta de belleza a que se refieren los platónicos. Y esta, en su caso de la sensación algo fugitivo y vacilante, de un espíritu quejoso y sin morada, casi clarividente a través de la carne frágil y sumisa. Explica el amor y el primer vistazo recurriendo a una existencia anterior: la dove io t’amai prima.

Y sin embargo, hay muchos aspectos en que realmente se parece a Dante y se acerca mucho al modelo original, más que esos seguidores, posteriores y menores de la estela de Petrarca. Aprende de Dante y no de Platón que, para los amantes, la satisfacción del deseo –ove gran desir gran copia affrena– es un estado menos feliz que la pobreza repleta de esperanzas –una miseria di speranza piena-. Lo recuerda en la repetición de las palabras gentile y cortesia, en la personificación del Amor, en la tendencia a demorarse minuciosamente en los efectos materiales que la presencia del objeto amado causan en el pulso y en el corazón. Sobre todo, se parece a Dante en el fervor y en la intensidad de sus declaraciones políticas, pues la dama de uno de sus sonetos más nobles fue reconocida desde el primer momento como la ciudad de Florencia; y asegura que todo debe estar dormido en los cielos, si ella, que fue creada «con forma angélica» para mil enamorados, es propiedad exclusiva de cualquier Pedro o Alejandro de Medici. Una y otra vez introduce el Amor y la Muerte, que discuten sobre él. Pues, al igual que Dante y todas las almas más nobles de Italia, le importan mucho las cuestiones de ultratumba y su verdadera amante es la muerte: al principio, la muerte como la peor de todas las tristezas y desgracias, con un terrón por cerebro; después, llevada la muerte a su más alta distinción y distanciada de las necesidades vulgares, los amargos borrones de la vida y de la acción se desvanecen rápidamente.

Algunos de los amados por los dioses mueren jóvenes. Este hombre, dado que los dioses lo amaban, se consumía de tener una edad inmensa y patriarcal, hasta que la dulzura que tanto tiempo había permanecido secreta en su interior fue finalmente descubierta. De la fuerza sale la dulzura, ex forti dulcedo. El mundo ha cambiado a su alrededor. El «nuevo catolicismo» ha ocupado el lugar del Renacimiento. El espíritu de la Iglesia de Roma ha cambiado en la basta catedral del mundo que su destreza había colaborado a erigirle, parece más fuerte que nunca. Algunos de los primeros miembros del Oratorio formaban parte de sus relaciones más próximas. Espiritualmente eran todo lo distintos que se puede ser de Lorenzo e incluso de Savonarola. Con frecuencia ha exagerado la oposición de la Reforma al arte; fue mucho mayor la del resurgimiento católico. Pero al instalarse en una ortodoxia congelada, la Iglesia de Roma había ido más allá que él y él se sentía extraño. En los primeros días, cuando las creencias discurrían con fluidez, también él hubiera podido participar en la controversia. Podría haber tomado partido por la espiritualización de la soberanía papal, como Savonarola; o bien por la conciliación de los sueños de Platón y Homero con las palabras de Cristo, como Pico della Mirandola. Pero las cosas habían avanzado y tales acomodos ya no eran posibles. Hacía mucho que él solo se había retirado a ese divino ideal que, por encima del desgaste de los credos, se ha constituido a lo largo de edades como la posesión de las almas más nobles. Y ahora comenzaba a sentir la consoladora influencia que desde entonces tantas veces ha ejercido la Iglesia de Roma sobre los espíritus demasiado independientes para ser sus súbditos y, sin embargo, situados muy cerca de su influencia; consolado y tranquilizado, como puede sucederle al viajero que hace noche en una ciudad extraña, por su aspecto majestuoso y sus muchos tesoros, precisamente porque esos tesoros nada tienen que ver con él. De forma que se demora; un revenant, como dicen los franceses, un fantasma salido de otro tiempo, en un mundo demasiado soez para afectar íntimamente su desfalleciente sensibilidad; soñando, dentro de una sociedad agotada, teatral en su forma de vida, teatral en su arte y teatral incluso en su devoción, con el amanecer de la historia del mundo, con la forma originaria del hombre, con las imágenes que habría utilizado ese mundo primitivo para concebir las fuerzas espirituales.

Me he detenido en la idea de un Miguel Ángel que sobrevive más allá de su tiempo, en un mundo que no es suyo, porque, si queremos concretar el peculiar sabor de su obra, debemos aproximarnos a él, no a través de sus seguidores, sino a través de sus predecesores; no a través de los mármoles de San Pedro, sino a través de los escultores del siglo XV en las tumbas y en los altares de Toscana. Miguel Ángel es el último de los florentinos, el último de aquellos sobre quienes descendió el peculiar sentimiento de la Florencia de Dante y Giotto: es el más consumado representante de la forma que adoptó ese sentimiento en el siglo XV en hombres como Luca Signorelli y Mino da Fiesole. Hasta él, la tradición del sentimiento no tiene quiebra, continúa el progreso hacia métodos más seguros y más maduros de expresar ese sentimiento. Pero sus declarados discípulos no comparten tal temperamento; sólo están enamorados de la fuerza y no parecen percibir la dulzura grave y atemperadora. La teatralidad es su principal característica; y esa cualidad es tan poco atribuible a Miguel Ángel como a Mino o a Luca Signorelli. En su caso, como el de los otros, todo es serio, apasionado, impulsivo.

Esta vinculación de Miguel Ángel, esta dependencia suya de la tradición de la escuela florentina, en ninguna parte se aprecia con tanta claridad como en su tratamiento de la Creación. La Creación del hombre había hechizado la inteligencia de la Edad Media como un sueño; y tejiéndola en un centenar de ornamentos tallados en capiteles y pórticos, los escultores italianos pronto le impusieron el sello de esa profundidad de expresión que parece aportarle muchos sentidos velados. Al igual que en el caso de otros motivos artísticos medievales, su tratamiento llegó a ser casi convencional, pasando de artista a artista, con leves modificaciones, hasta casi adquirir una existencia abstracta e independiente. Una característica del espíritu medieval era otorgar una existencia tradicional e independiente a determinadas composiciones pictóricas, o bien a las leyendas, como las de Tristán o Tannhäuser, e incluso a las ideas y al contenido de un libro, como los de Imitación, de manera que ningún artífice pueda reclamarlos como propia, y el libro, la composición y la leyenda tienen de por sí su leyenda, sus avatares y su historia particular; y es un signo del medievalismo de Miguel Ángel que también él recibiera de la tradición su concepción central y no hiciera sino añadir los últimos toques al transferirla a los frescos de la Capilla Sixtina.

Pero había otra tradición de aquellos florentinos anteriores y más serios, de los que Miguel Ángel es heredero, a la que él dio su expresión última, que es la centrada en la Sacristía de San Lorenzo, como la tradición de la Creación se centra en la Capilla Sixtina. Se ha dicho que todos los grandes florentinos se preocuparon de la muerte. Outre-tombe! Outre-tombe! es el estribillo de sus pensamientos desde Dante hasta Savonarola. Incluso el alegre y licencioso Boccaccio dio a sus relatos mayor mordiente al ponerlos en boca de un grupo de personas que se ha refugiado en una casa de campo para huir del peligro mortal de la peste. A este sentimiento heredado, a esta resolución de que ocuparse por la idea de la muerte era insignificante en sí mismo y una nota de altura, se debe buena parte a la seriedad de los grandes florentinos del siglo XV; y las concretas calamidades de su época no hicieron sino fomentarlo. Con cuánta frecuencia y de qué maneras tan diversas habían visto caer derribada la vida en sus calles y en sus casas. La bella Simonetta murió en la primera juventud y se la condujo a la tumba con la cara descubierta. El joven cardenal Jacopo di Portogallo murió en una visita a Florencia y su epitafio se atreve a decir insignis forma fui et mirabili modestia, Antonio Rossellino talló su tumba en la iglesia de San Miniato, cuidando la forma de las manos y los pies y en el sagrado atavío; Luca della Robbia colocó allí sus obras más celestiales; y la tumba del joven y principesco prelado se convirtió en la cosa más extraña y más bella de ese extraño y hermoso lugar. Después de la ejecución de los conspiradores de Pazzi, Botticelli se dedicó a pintar sus retratos. Esta preocupación por las ideas graves y las imágenes tristes podría fácilmente haber dado lugar, como ocurrió, por ejemplo, en las neblinosas aldeas del Rin, o en los parajes superpoblados del París medieval, y lo mismo que todavía ocurre en muchas aldeas de los Alpes, a algo meramente mórbido o grotesco, como la Danse Macabre de tantos pintores franceses y alemanes o las horrendas composiciones de Durero. Los maestros florentinos del siglo XV se libraron de tales resultados gracias a la nobleza de su cultura italiana y, aún más, gracias a su tierna piedad por el objeto mismo. Debieron inclinarse muchas veces sobre los cuerpos sin vida, cuando al fin estaban reposados y bien pulidos. Después de la muerte, se dice, desaparecen los rastros de las inclinaciones más leves y superficiales; las líneas se vuelven más simples y dignas; entre la gran diferencia sólo perduran las líneas abstractas. De manera que se acercaban para ver la muerte en cuanto tal. Luego, dando quizás otro paso, se detienen durante un momento en el punto en que toda esa transitoria distinción debe quebrarse y sin el menor vislumbre del cuerpo nuevo, hacían una pausa meramente temporal y se abstenían con un sentimiento de profunda piedad.

Miguel Ángel es el feliz resultado de todo este sentimiento y, antes que nada, de la piedad. La Pietà, la piedad de la Virgen Madre por el cuerpo muerto de Cristo, extendía a la piedad de todas las madres por todos sus hijos muertos, a la inhumación con sus crueles «piedras duras»: este es su motivo predilecto. Lo ha dejado en muchas formas, en esbozos, dibujos semiacabados, grupos escultóricos acabados y semiacabados, pero siempre con una tristeza desesperanzada, sin brillo, casi atea: no tristeza divina, sino mera piedad y temor en los miembros rígidos y en los labios descoloridos. Hay un dibujo suyo en Oxford donde el cuerpo muerto está hundido en la tierra entre los pies de la madre, que extiende los brazos sobre las rodillas. Las tumbas de la Sacristía de San Lorenzo no son monumentos a los más grandes y más nobles de los Medici, sino a Giuliano y a Lorenzo il Giovane, notables sobre todo por su muerte algo temprana. Por tanto, lo que aquí ha avivado el sentimiento ha sido la mera naturaleza humana. Los títulos tradicionalmente asignados a las cuatro figuras simbólicas, la Noche y el Día, el Amanecer y el Crepúsculo, son con mucho demasiado concretos para ellas; pues estas figuras estaban mucho más cerca de la inteligencia y el espíritu de su autor, y son una expresión más directa de sus ideas, de lo que hubieran podido ser cualesquiera imágenes simbólicas. Concretan y expresan, no tanto en cuanto imágenes concretas como por los rasgos, las sugerencias de una pieza musical, todas esas vagas fantasías, desconfianzas, presentimientos, que cambian y se confunden y se concretan y de nuevo se desvanecen si se intenta sinceramente fijar con ideas las cualidades y los contornos del espíritu incorpóreo. Supongo que nadie irá a la Sacristía de San Lorenzo en busca de consuelo; en busca de gravedad, de solemnidad, de dignidad, quizás, pero no en busca de consuelo. No es lugar para el consuelo ni para los pensamientos pavorosos, sino para la especulación vaga y cabizbaja. Aquí, una vez más Miguel Ángel no es tanto discípulo de Dante como de los platónicos. La creencia de Dante en la inmortalidad es formal, exacta y firme, casi tanto como la de un niño, que piensa que la muerte lo oirá si grita con la suficiente fuerza. Pero en Miguel Ángel encontramos madurez, el entendimiento de un hombre hecho, que se ocupa cauta y desapasionadamente de cosas serias; y su esperanza se basa en la conciencia de la ignorancia: ignorancia del hombre, ignorancia de la naturaleza, del entendimiento, de sus orígenes y posibilidades. Miguel Ángel es tan ignorante del mundo espiritual, del nuevo cuerpo y de sus leyes, que con toda seguridad no sabe si la Sagrada Forma puede ser o no puede ser el cuerpo de Cristo. Y de todo ese ámbito de sentimientos es el poeta, el poeta todavía vivo y en posesión de nuestros más recónditos pensamientos: una callada investigación sobre la recaída, después de la muerte, en la informalidad que precedió a la vida, sobre el cambio, la repulsa de ese cambio, y luego el arrebato de la piedad reparadora, santificante, consoladora; al final, muy lejos, débil y vago, pero no más vago que los más definidos pensamientos que han tenido los hombres a lo largo de tres siglos sobre una cuestión que ha estado tan cerca de sus corazones, el cuerpo nuevo: una luz pasajera, un simple efecto intangible y externo sobre esos rostros demasiado rígidos o demasiado informes; un sueño que dura un momento, para retroceder con el amanecer, incompleto, sin objetivo, inútil; algo débil de oído; débil de memoria; débil como fuerza conmovedora; un suspiro, una luz en el portal, una pluma al viento.

Las cualidades de los grandes maestros del arte o de la literatura, la combinación de esas cualidades, las leyes por las que se moderan, apoyan y subrayan unas a otras, no son exclusiones de ellas, sino, en la mayoría de los casos, normas arquetípicas o bien ejemplos que ponen de manifiesto efectos estéticos. De hecho, los viejos maestros son más simples; sus características están escritas con caracteres mayores y resultan más fáciles de leer que sus contrapartidas de los productos promiscuos y confusos de la mente moderna. Pero una vez que hemos logrado definir las características y la ley de su combinación, hemos ganado una norma o medida que nos ayuda a poner en el sitio que les corresponde a muchos genios vagabundos, a muchos talentos inclasificables, a muchos productos artísticos preciosos pero imperfectos. Lo mismo ocurre con los componentes del verdadero genio de Miguel Ángel. Esa extraña fusión de dulzura y de fuerza no se encuentra en quienes se proclamaron sus seguidores; pero se encuentra en otros muchos que trabajaron antes que él y en otros muchos que llegan hasta nuestro propio tiempo, en William Blake, por ejemplo, y en Victor Hugo, quienes, aunque no son de su escuela, y ni siquiera lo saben, son sus verdaderos hijos y nos ayudan a comprenderlo, así como él a su vez los explica y justifica. Quizás sea esta la principal utilidad de estudiar a los viejos maestros.

Walter Pater (1871)

Retrato de Miguel Ángel por Daniele da Volterra (1548-1553)

Cit. Walter Pater, El Renacimiento, Barcelona, Icaria, 1982, pp. 65-81

Versión original en inglés on-line