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Francisco Calvo Serraller /// Entrevistas

Nos recibe sentado en un sillón mientras Keith Haring gravita por las paredes de la oficina con sus muñequitos inquietos. A veces el arte habla por sí solo. Hoy es un gran día, porque esta poderosa fuente de energía es la necesaria para llevar a cabo la entrevista que Francisco Calvo Serraller nos ha concedido amablemente con motivo de su nuevo libro, La invención del arte español (Galaxia Gutenberg, 2013), un libro que grosso modo no es sino una revisión necesaria del fenómeno del arte español, una lectura obligada de la herencia artística y cultural de nuestro país en el mundo, un presente con el que nos obsequia y recuerda que toda verdad es un consenso. Ostenta una de las primeras cátedras de Historia del Arte de la universidad española, ha sido también director del Museo del Prado y, tras cerca de cuatro décadas de dedicación prolija y constante, todavía ejerce en la Universidad Complutense de Madrid con una frescura inigualable. Un verdadero prodigio. Tras reconocernos, comenzamos rápidamente porque el tiempo nos pisa los talones. Un vaso de agua fresca. Primera pregunta.

¿Cómo es que el arte español sea un invento?
Es muy sencillo. Todo arte es un relato. Ahora bien, el arte español, en primer lugar, no tuvo carta de naturaleza fuera de España hasta el siglo XIX. Cuando la gente lo descubrió y se fascinó con ese algo que no conocían, inmediatamente decidieron construir un relato. Pero fue un relato que, asombrados los españoles por el asombro de los extranjeros y percatándose así de lo que poseían, consiguió incorporarse como algo propio. En cierta manera los mismos españoles, cuando empezaron a leer cómo eran a través de su arte, empezaron también a interesarse por su arte y a revalidar esa imagen. Hoy han cambiado muchas cosas, fundamentalmente casi todos los relatos artísticos nacionales son del siglo XIX porque corresponde a la época del nacionalismo. Fue toda una operación con fórceps para que de repente se leyera todo el pasado de un lugar desde la idea de nación, que alcanzaría su apoteosis con el Romanticismo reafirmando la idea del espíritu nacional (Volkgeist) y que, desgraciadamente, no se ha extinguido todavía. Aún así, llega un momento en el cual ese relato se revisa y entonces aparece una idea brillante.

¿Cuál es esa idea?
Que el arte español empieza en El Greco y termina en Goya, pasando, evidentemente, por Velázquez. Pero esta teoría, que dio comienzo con la visita de Manet a Madrid, exponía no solo que Velázquez había mirado mucho a El Greco, sino que Goya había mirado mucho a Velázquez. ¡Eso lo pilló de una manera extraordinaria! Manet no solo puso de moda a Velázquez, un desconocido todavía en 1865, puesto que se tenía que pasar por el Prado y además tener ojo, sino también esa estructura encadenada basada en esas tres grandes figuras. El eslogan de las exposiciones españolas representativas hasta casi ayer era: Arte español: del Greco a Goya.

Y vaya si cuajó…
Yo que viví mucho el período de la transición política y sobre todo el ataque de amor hacia España que se produjo después (primero porque pensaban que nos íbamos a matar debido a nuestra fama merecida de asesinos, y segundo porque se pensaba que la Transición iba a ser algo terrorífico), una vez fracasado golpe de Tejero, con aquella cosa folclórica del tricornio y todo lo que formaba parte del folclore nacional (risas) más negativo, durante quince años todo lo español se estimuló. Con ello aprendí a tener mucho respecto por la configuración-relato y generó en mí una obsesión por cambiarlo, en el sentido de que no podía acabar en Goya, ¡tiene que llegar hasta Picasso! Y este relato significa que la Escuela española se convierte en la máxima influencia de todas las sucesivas vanguardias, por de pronto todas las del XIX y parte de las del XX. Cuando su influencia dejó de ser operativa, entonces resultó que todos los protagonistas eran españoles. ¡Claro, la figura de Picasso es esencial! No hay ningún artista que haya tenido más influencia ni haya encarnado mejor la figura del prototipo innovador más claramente que Picasso. Sin duda alguna.

Vemos que casi la mitad del libro está dedicado exclusivamente a la exposición Picasso. Tradición y vanguardia que comisariaste junto a Carmen Giménez en 2006.
Sí, aquí además hay un añadido que queda un poco solapado. Ahí coloqué el texto que había escrito para ese catálogo dentro de una exposición que consideré muy necesaria; después para la exposición que se hizo a imitación de la española (se refiere a Picasso et les Maîtres, París y Londres, 2008-2009) me pidieron otro texto y les di un ensayo para el catálogo francés e inglés en el que no se incluían aspectos reiterativos. Supongo que es distinto explicar el arte español a extranjeros.

Está claro que el libro está enfocado como una revisión, lo que nos permite indagar en su motivo fundamental. ¿Podríamos deducir que el arte español está en crisis?Bueno, cada vez sé menos lo que significa una crisis en el arte. La palabra crisis es cambio. Es verdad que todo apunta, después de la Transición y cada vez más, a que los artistas españoles no están tan fidelizados como vanguardistas anteriores a la Escuela española. Si uno ve, por ejemplo, el Grupo El Paso, ¡claro!, ve la tradición española inmediatamente. Saura está haciendo continuamente homenajes a Goya, a Velázquez, retratistas españoles como Juan Pantoja o Sánchez Coello, pero claro, uno ve los cuadros de Millares con blancos y negros y parece Zurbarán, ¡está clarísimo! Esto es así. Pero después de la Transición, ves de repente, sin embargo, que los dos artistas españoles más internacionales hoy son los más españoles en el sentido que los extranjeros determinaron cómo tenía que ser el español: Almodóvar y Barceló. Es alucinante. Hay una broma que siempre digo, de ningún modo negativa: Almodóvar = Romero de Torres + Fassbinder (risas cómplices). No lo digo sarcásticamente: un tipical spanish que de repente juega como Fassbinder. Esto entusiasma.

¿Crees que la identidad propia te viene siempre dada desde el exterior?
¡Ah, sí, claro! Naturalmente. De eso no se libra nadie (risas).

¿Dónde nacen las escuelas nacionales, en el idealismo alemán, en el Romanticismo, en Diderot o en el Código Napoleónico?
No sé si la denominación de nacional, pero sí de local, la estampa Vasari con la pintura florentina. Los florentinos estaban encantados de conocerse, ¡y con razón!, y entonces empezaron a hacer una memoria de su propia historia y sus hijos ilustres desde casi finales del XIII y comienzos del XIV. Vasari quiere contarnos la historia del arte que han hecho ellos; el Renacimiento se ha difundido por toda Europa y él es consciente de este fenómeno; por otro lado adora el arte de su región, Toscana, el arte florentino… pero claro, no puede ningunear la escuela veneciana, no puede decir que los primitivos flamencos eran desmerecedores. Entonces inmediatamente empieza a elaborar una red internacional en la que da prioridad a Florencia y en la que deja algún espacio a Venecia… también en Alemania hay un tipo que no está mal que se llama Durero (risas) o de repente algunos de los protagonistas en los Países Bajos, etc.

Vasari barría para casa…
Fue un poco el que dio una visión localista o de escuela local, ya que no se puede producir una escuela nacional hasta que no surge el Estado absoluto en el siglo XVII. Este Estado absoluto es el que realmente crea el Estado nacional, fragua y luego se desarrolla gracias a la burguesía, que asimismo es nacionalista. Es paradójico porque nosotros somos producto de toda esa herencia del XVIII, por un lado queremos llamarnos ciudadanos y por otro tenemos el estigma nacionalista que nos corroe y que, a modo personal, desearía que se disolviera un poco. En España lo veo muy difícil porque parece que Franco ha triunfado, pero ha triunfado entre sus propios enemigos: ¡a ver cómo explicas que el panorama actual sea una apoteosis de nacionalismos! Vaya lata para los que conocimos el Franquismo que pensamos que jamás podría aparecer alguien con algún sentido patriótico. Ahora a la izquierda y a la derecha solo les interesan las naciones, por mí que se los trague la tierra (risas).

Háblanos un poco de estas tres exposiciones rupturistas sobre Picasso y el arte español.
La más innovadora fue aquella de Pintura española de El Greco a Picasso. El tiempo, la verdad y la historia (Nueva York, 2006-2007) porque, y no lo digo como infatuación, jamás se había hecho una lectura transversal de la historia del arte. Una cosa son las ocurrencias, y otro el momento de la verdad, como una gran corrida que vas a brindar y que luego, una vez en el callejón, te ves rezando a la Virgen porque estás pensando en cómo escapar de allí. En las exposiciones pasa un poco esto. Las ideas funcionan muy bien, pero pronto te empieza a entrar el terror. Lo impresionante para mí fue comprobar lo bien que esas ideas funcionaron, el hecho de hacer una lectura totalmente insólita con unos temas en los que se entremezclaban cinco siglos. ¡Y ya no solo teóricamente sino también visualmente! Fue estremecedor, demostraba que las lecturas académicas se habían quedado obsoletas. La necesidad a la hora de hacer un orden cronológico, con el carácter protocolario de sus correspondientes escuelas, que yo he creído en ellas, está en crisis. La idea de cambiar el relato me parece muy importante, y, en este sentido, Picasso. Tradición y vanguardia o Pintura española de El Greco a Picasso fueron modelos de cambio de relato, no solamente para España sino para cualquier parte del mundo. Creo que en cierto modo descongestionaron un tipo de mirada que se iba convirtiendo, ya entonces, en muy anacrónica.

No sé si has tenido oportunidad de visitar la exposición de la Fundación Juan March sobre surrealismo. Precisamente todos esos esfuerzos de los que hablamos no han sido en vano, ya que el discurso es esencialmente la materialización de la idea de Walter Benjamin sobre el “tiempo-ahora”, una suerte de lectura que pretende ver el pasado en el presente y el presente en el pasado.
¡Sí! ¡Es que además es así! Naturalmente es inevitable, no es una opinión, es que realmente el pasado se reconstruye desde el presente, porque de no ser así, no habría ninguna reconstrucción.

Llegados a este punto y tratando sobre Benjamin y la transversalidad del tiempo, me gustaría rescatar aquel famoso artículo de Natalie Heinich sobre la periodicidad en el arte. ¿Llegará algún día en el que podamos decir que todo arte es contemporáneo?
Todo el arte al que seguimos dando la categoría de arte, es porque se la estamos dando hoy. En el momento en el que no le concedamos la categoría de arte, desaparecerá. La revalidación del pasado por parte del presente es un hecho incuestionable, otra cosa es que, dentro de los peligros que asedian al hombre, está el impulso de autodestrucción, pero quizás el más grave y el más terrible es el de destruir la memoria.

Lo hemos visto y lo estamos viviendo.
Claro que el hombre es capaz de destruir, lo ha hecho muchas veces en la historia con resultados funestos porque las dificultades para reconstruir lo destruido son enormes. Es más fácil construir que reconstruir. En cualquier caso, esto puede ocurrir, pero salvo que el hombre no destruya la memoria, seguirá explorando en el pasado las cosas que más necesite para el presente.

De todos es conocido el éxito del que gozaron las estampas de Goya y su gran acogida en media Europa. ¿Es el arte español actual un fenómeno exportable para introducir dentro de los circuitos internacionales?
No. El problema es que hoy el dominio de la exhibición pública del arte, como era natural que ocurriese, lo tiene el mercado. Antes cuando el mercado no aceptaba el arte reciente o emergente (no había cotización), existía una política institucional que trataba de compensar la falta de atención al arte del presente. Yo que frecuentaba las citas internacionales no veía un español en cuarenta metros a la redonda. En la actualidad el arte español ha entrado en el mercado con una fuerza violenta, lo que hace que la orientación de la historia mute. Ahora bien, es muy difícil que el arte español tenga esa proyección porque el mercado español es ridículo, lo que diezma de artistas el panorama. Incluso los pocos nombres españoles que hay en este mercado, han venido promovidos desde fuera o desde sitios señalados. Eso sí, hay un tratamiento muy amplio en los medios, a la gente le ha divertido asistir a exposiciones, pero no hay una verdadera afición con solidez. De un día para otro los periódicos dejan de interesarse por el arte, como ese dicho que dice: “Te acuestas monárquico y te levantas republicano”. Somos un país muy frágil y tornadizo, cambiamos con demasiada rapidez. En cualquier caso y volviendo a la pregunta, el mayor disparate sería intentar dinamizar el arte español como una promoción oficial.

Desde tu experiencia como antiguo director del Museo del Prado y, por ende, tu bagaje como gestor cultural, ¿cómo crees que se podrían reactivar o revitalizar las colecciones de los museos históricos?
El Museo del Prado, en este sentido, es tal vez lo único universalmente aceptado. El índice de visitantes españoles es ínfimo, en mi época no pasaba del 6%, así que supongo que, si Madrid sufriera una caída de visitas turísticas, que ya la está sufriendo, no se podría hacer nada.

En referencia a los museos históricos, se ha discutido en infinidad de ocasiones acerca del arte vivo y el arte muerto en función de su posición fuera o dentro del museo. Jaime Sordo, presidente de la Asociación de Coleccionistas 9915, me comentó una vez que el fin del arte es el museo. ¿Crees que el arte de los museos es un arte agotado y el que se encuentra fuera de ellos es dinámico?
No lo creo. Por otra parte, es indiscutible que el destino de las colecciones privadas es acabar en las colecciones públicas, pero es entendida casi como una fatalidad. No obstante el terreno cultural es tan cambiante, que todavía no sabemos si va a haber museos en un futuro inmediato. No hay que olvidar que el museo público es un invento muy reciente y ha cambiado de una forma radical en los últimos dos siglos que tiene de existencia. En realidad es un invento del rodaje, incluso no sabemos si caducable. A lo mejor la concepción que nosotros tenemos de museo no solo se vea modificada, sino que incluso desaparezca. No me parece una hipótesis descabellada. ¿Y por qué? Porque tal vez se decida que las obras residan en sus escenarios originales o que aparezcan nuevas plataformas de conservación. No me parece trágico que el arte desaparezca, lo que me parecería trágico sería que desapareciera la creatividad humana. Yo no me pondría tan dramático con el arte.

Hablando de arte y dramatismo, hay un epígrafe en el libro que trata sobre géneros y obsesiones de lo español. Evidentemente no podía faltar la mención a Baudelaire en uno de ellos. ¿Verdaderamente el arte está llamado a ser el último refugio en el que cobijarse en mitad de este clima social genuinamente desolador?
Dentro del conocimiento, el arte (incluida la literatura) es lo que tiene una mayor densidad significativa. Es lo que más me interesa. Busca respuestas y no preguntas. El arte, en cierto modo, es quien mantiene encendida la luz de esas preguntas.

No querría despedirme sin hacer un sondeo anecdótico respecto a tus hábitos culturales. Estoy seguro de que nuestros lectores lo agradecerán. ¿Cuál es tu libro de arte de cabecera?
El ensayo de Mark Strand sobre Hopper, publicado en Lumen (2008) y otro de Guy Davenport titulado El museo en sí (Aldus, 1999; Pre-Textos, 2006).

Un narrador por excelencia.
Gustave Flaubert.

Una película extraordinaria.
Sacrificio de Tarkovsky.

Un poeta predilecto.
Tengo muchos, ahora bien, un libro reciente que me ha cautivado es Dones, de John Burnside (Lumen, 2013).

La última exposición que has visitado.
Curiosamente Velázquez y la familia de Felipe IV, ahora en curso en el Museo del Prado. Me parece magnífica tanto por las obras como por su concepción. Una exposición impecable.

¿Coleccionas algo?
Lo único que puedo, que son libros. Y lo cierto es que acabaré aplastado por ellos. Coleccionar siempre es la construcción de un mausoleo, de una tumba. Yo estoy a punto de cerrar esa tapa.

Artículo publicado en Revista de Letras

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Arthur Koestler /// Interpretación(es)

Arthur Koestler, retratado por Ida Kar en 1959 (National Portrait Gallery, Londres)

Arthur Koestler, retratado en 1959 por Ida Kar / National Portrait Gallery (Londres)

«Los simios, sumamente civilizados, se balanceaban con elegancia entre las ramas; el neandertal era basto y estaba atado a la tierra. Los simios, satisfechos y juguetones, pasaban la vida sumidos en sofisticados entretenimientos o cazando pulgas con contemplación filosófica; el neandertal se movía oscuramente dando pisotadas por el mundo, repartiendo porrazos aquí y allá. Los simios lo miraban divertidos desde las copas de los árboles y le tiraban nueces. A veces el terror los sobrecogía: mientras que ellos comían frutas y plantas tiernas con delicado refinamiento, el neandertal devoraba carne cruda y mataba a otros animales y a sus semejantes. El neandertal cortaba árboles que siempre habían estado en pie, movía rocas de los lugares que el tiempo había consagrado para ellas y transgredía todas las leyes y tradiciones de la selva. Era basto y cruel, y no tenía dignidad animal: desde el punto de vista de los sumamente civilizados simios, no era más que un paso atrás en la historia.»

Arthur Koestler, Darkness at Noon, Londres, Vintage, 2005, pp. 183-184.

[trad. cast. El cero y el infinito, Barcelona, De Bolsillo, 2011].

Cit. John Gray, El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos, Madrid, Sexto Piso, p. 11.

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Rüdiger Safranski /// Interpretación(es)

Rüdiger Safransky en la Universidad de Barcelona

Rüdiger Safransky en la Universidad de Barcelona (2011)

«El Romanticismo es una época resplandeciente del espíritu alemán; sus rayos llegaron con fuerza a otras culturas nacionales. Ha pasado ya el Romanticismo como época, pero nos ha quedado lo romántico como actitud del espíritu. Cuando hay desazón por lo real y acostumbrado y se buscan salidas, cambios y posibilidades de superación, casi siempre entra en juego lo romántico. Lo romántico es fantástico, inventivo, metafísico, imaginario, tentador, exaltado, abismal. No está obligado al consenso, no necesita ser útil a la comunidad, y ni siquiera ser útil a la vida. Puede estar enamorado de la muerte. Lo romántico busca la intensidad hasta llegar al sufrimiento y la tragedia. Con todos esos rasgos lo romántico no es particularmente apropiado para la política. Cuando desemboca en ella, habría de tener un suplemento de realismo. La política, en efecto, debería fundarse en el principio de evitar los dolores, el sufrimiento y la crueldad. Lo romántico ama los extremos; en cambio, una política racional ama más bien el compromiso. Nosotros necesitamos ambas cosas: la aventura del Romanticismo y la sobriedad de una política adelgazada. Si no entendemos la razón de la política y las pasiones del Romanticismo como dos esferas, y no sabemos separarlas en cuanto tales, si en lugar de ello deseamos la unidad sin quiebra y no tenemos la habilidad de vivir por lo menos en dos mundos, entonces surge el peligro de que en lo político busquemos una aventura, que sería mejor hallar en la cultura, o bien de que exijamos a la cultura la misma utilidad social que a la política. Pero no es deseable ni una política aventurera, ni una cultura políticamente correcta. Fue Friedrich Schlegel quien resaltó la necesidad de la separación de las esferas. Afirmó que es necesario empezar «con la autonomía de lo bello» y mantenerlo separado de «lo verdadero y lo moral. Así se llegó entonces, en la época del Romanticismo, al grandioso desencadenamiento de lo romántico.

»La tensión entre lo romántico y lo político se halla inmersa en la tensión más amplia entre lo que puede representarse y lo que puede vivirse. El intento de conducir esta tensión a una unidad sin contradicciones puede llevar al empobrecimiento o a la desertización de la vida. Ésta se empobrece cuando no somos capaces de representarnos nada más allá de lo que creemos que es posible traducir a una realidad vivida. Y la vida se desertiza cuando queremos vivir algo a cualquier precio, incluso al precio de la destrucción y de la propia destrucción, simplemente por el hecho de habérnosla representado. En un caso la vida se empobrece porque se renuncia a lo representable en aras de la amada paz; y en el otro caso se rompe bajo la violencia con que se quiere realizar lo representable sin ningún tipo de reducción. En ninguno de los dos casos somos capaces de soportar la contradicción entre lo que se puede representar y lo que se puede vivir, y, por tanto, en ambos se aspira a una vida de una sola pieza. Pero una vida así es solamente un sueño romántico.

»Aunque lo romántico forma parte de una cultura viva, una política romántica es peligrosa. Para el Romanticismo, que es una continuación de la religión con medios estéticos, rige lo mismo que para la religión: ha de resistir a la tentación de recurrir al poder político. «La imaginación al poder» no era precisamente una buena idea.

»Por otra parte, no podemos perder el Romanticismo, pues la razón política y el sentido de la realidad no son suficientes para vivir. El Romanticismo es la plusvalía, el excedente de hermosa extrañeza frente al mundo, el excedente de significación. El Romanticismo despierta nuestra curiosidad para lo completamente diferente. Su imaginación desencadenada nos otorga los espacios de juego que necesitamos, siempre y cuando compartamos la observación de Rilke:

no estamos muy seguros, no nos sentimos en casa

en el mundo interpretado

R. Safranski, Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán, Barcelona, Tusquets, 2012, pp. 352-353.

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Dante sí, pero no.

Siempre se requiere de un tacto especial cuando se habla de Dante Alighieri (1265-1321). La literatura ha derramado ríos de tinta sobre esta personalidad patrística de las letras universales, tanta que se necesitarían una docena de vidas para abordar toda la documentación que tenemos al respecto. El caso que nos ocupa hoy es harto singular dado que, sin ser exhaustiva ni pretenciosa, dato que revela la modestia del texto, se enfrenta a un tema como el de la simbología del microcosmos de Dante. Olvidémonos por un instante, eso sí, de las connotaciones que el adjetivo dantesco ha venido arrastrando a lo largo de la historia, bien por su mal uso, bien por su errónea significación. Los que amamos la figura del Sommo Poeta sabemos que las voces malintencionadas se encargaron de hacer de Dante un personaje siniestro al servicio de la escatología, pero no es así. O al menos no del todo. Pero volvamos a lo nuestro y dejemos que las campanas suenen.

El ya clásico ensayo de René Guénon sobre El esoterismo de Dante ve de nuevo la luz en la reimpresión con la que la que el Grupo Planeta (que no la editorial Paidós) nos obsequia en esta ocasión. A decir verdad, eso es lo que han pensado ellos. El ensayo, publicado original y póstumamente en 1957 por Gallimard y poco después traducido al italiano por Atanòr, encuentra su voz castellana bajo la traducción de Agustín López Tobajas y María Tabuyo. Hay que decir que la relevancia de este trabajo de investigación fue notoria en su tiempo. Allí donde sólo había oscuridad y tiniebla pietista, nos mostró una nueva lectura sobre distintos puntos de vista desconocidos en la obra de Dante y que hoy día están superados gracias a dicha labor. Pero es tanta la insistencia de los estudiosos en Dante y la pasión que su obra suscita desde tantas perspectivas que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que ya se ha dicho todo de él y de su obra, y ahora verán por qué. Evidentemente los especialistas, tan puristas ellos, acogerán esta opinión como una superchería. Habrá quien salga disparado de su asiento cuando lea esta descortesía a la obra de Dante, pero tranquilos. No hay necesidad de escandalizarse. Ahora más que nunca, es hora de ser honestos. Alégrense de que esto también empiece en Dante. Me refiero a la honestidad.

Como decimos, el trabajo de Guénon fue algo así como revolucionario. Corrían los años cincuenta y en Europa no se respiraba más que totalitarismo y ese tufillo nacionalista que buscaba falso refugio en la espiritualidad de sus autores estrella. Dante no es que fuera clásico, más bien se convirtió en una bandera. Tal vez en Francia, eso sí, la intencionalidad al abordar la figura del poeta florentino tenía otro carácter, lo que podría justificar de algún modo su espontaneidad. Ahora bien, no podemos obviar la cantidad de maniobras culturales que las naciones han perpetrado en nombre (o a costa) de sus hijos predilectos. Se me ocurren casos como los de Cervantes en España, Shakespeare en Inglaterra, Montaigne en Francia, y cómo no, Dante en Italia. Todos ellos tuvieron la suerte y la desgracia de padecer eso que hemos dado en llamar entusiasmo. Y no es que el entusiasmo como motor de acción reportara resultados negativos, es que el patriotismo lo cubrió todo de chapuza y desmemoria. Asimismo todo ello promovió una serie de procesos de investigación realmente sugerentes, era la gran oportunidad, se experimentaba sobre un terreno desconocido pero nuestros pies acomodados no fueron capaces de reconocer el barro entre lo que parecía esponja. Por ende la cultura, llegados a este punto la más vulnerable en tiempos de emergencia (la actual es un calco), fue la primera en caer sumisa del servilismo político y, despojada para entonces del corazón de sus entrañas, terminó convirtiéndose en un pensamiento sin razón de ser.

El libro de Guénon en este sentido fue un prodigio, puesto que supo lidiar con el ostracismo climático de la cultura de su tiempo y, por otro lado también, porque tuvo el coraje y la valentía de hablar del lado conspirador y retorcido del Dante más hermético. Por ambas cosas merecería la pena releer este clásico de la dantología, revisar el capítulo de la numerología, las teorías másonicas en torno de Dante, la inclusión de las distintas tradiciones en la obra del Altissimo poeta, etcétera,… pero insistimos en el hecho de que hay que tener un tacto especial cuando tratamos con una figura de tamaña riqueza intelectual. No se puede permitir pasar por alto un estado de la cuestión en cualquier publicación de este tipo.

Dicho de otro modo: se echa en falta una reedición y no una reimpresión. Es como si nadie pudiese hablar de Dante en el siglo XXI o, lo que es peor, que nadie quisiera hacerlo. De acuerdo que Dante no sea el tipo de conversación que uno tiene cuando toma café por las mañanas, pero que no haya nadie dispuesto a abordarlo no me lo trago. ¿Entienden ahora lo que decía sobre lo ya dicho sobre él y su obra? Con esta publicación, no me entiendan mal, está muy bien, el texto es el que era hace cerca de sesenta años y se ha limado la tipografía. Gracias a ello el texto se ha hecho más legible, bien, pero Dante es Dante, no se han de escatimar las palabras. Se me antojan una docena de nombres, tantas como el número de vidas que antes mencionaba, que podrían decir algo sobre este texto clásico de la ensayística dantiana.

Que una editorial del peso y el talante de Paidós (y/o del Grupo Planeta), poseedora de un catálogo envidia de cualquier casa, sea capaz de tamaña insensibilidad, es algo que me golpea en lo más profundo de mi ser como amante de la cultura. Desgraciadamente no tengo muchos más argumentos favorables que el hecho de ver reproducido el fresco de Domenico di Michelino sobre la cubierta del libro. García Márquez fue quien dijo aquello de: “Cuando cumplí los cuarenta años, aprendí a decir no cuando es no”. En este sentido tengo que tomar prestadas las palabras de Gabo y ponerlas en práctica de manera prematura, porque si de verdad deseamos una sociedad coherente y respetuosa con esos valores comunitarios que tan de boca en boca circulan, si anhelamos un futuro digno para nuestros hijos donde crecer rodeados de una ciudadanía fundada en la verdad y la lucha contra la opresión y la pantomima, si soñamos con todas estas cosas hermosas, entonces tal vez deberíamos alegrarnos porque esto también empieza en Dante. Me refiero a la honradez intelectual.

 

Dante-copertina.jpg

Publicado en la revista Culturamas (13 noviembre 2013). Puedes leerlo aquí.

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Gargantúa y Pantagruel /// François Rabelais (Acantilado)

Hace ya más de un año que Gargantúa y Pantagruel fue reeditada por Acantilado, obra clave del humanismo francés y del propio autor, François Rabelais (Poitou, 1494-París, 1553), pero estaba claro que todavía hoy, transcurridos los siglos de solera que ya la encumbran y este cerca de año y medio desde la reaparición, nosotros íbamos a seguir necesitando un tiempo de asimilación, lectura y relectura de esta obra cumbre de la literatura occidental para elaborar un pequeño conjunto de dignas sensaciones. Al menos que estuviesen a la altura, salvando todas las distancias salvables, claro está, con ese titán, polígrafo y erudito universal.

Guy Demerson, mayor especialista mundial en la obra del humanista francés, ha sido el encargado de elaborar un ambicioso prefacio, delicia sin precedentes. La enjundia que embargó el afán de Rabelais, creador no casualmente de Pantagruel, ese diablillo llamado a castigar a los borrachos infligiéndoles la sed del Diablo, parece haber sido la misma llama dionisíaca que ha guiado el camino tanto de este profesor como de Gabriel Hormaechea (encargado de la traducción y notas) a la hora de abordar tan magna obra. Pero, nos decimos a nosotros mismos: ¿en qué punto la llama dionisíaca y el Humanismo se estrechan la mano? Primera contradicción. Pero sólo aparente, pues a ella la siguen más circunstancias parejas. De antemano, la obra no parece expresar esa armonía, ese idealismo ni esa dignidad humanistas, pero dentro se esconde un profundo mensaje de orden y razón. Cuando sus personajes cultivaron la subversión del lenguaje, los razonamientos absurdos, los juegos de palabras ridículos o los borborigmos animales, el humanismo magnificaba ese privilegio del hombre que es el lenguaje. Asimismo, detestaba las supersticiones que emergían o subsistían en la cultura popular y, sin embargo, las conocía al dedillo. Esta plétora de –y subrayamos– aparentes contradicciones llevaría a Rabelais a elaborar esta, tan grandiosa como extensísima, novela cómica que narra las aventuras del gigante Gargantúa, personaje asociado de manera burda con el ciclo de novelas artúricas, y su hijo Pantagruel, del cual Rabelais se arrogó su particular, malicioso y fantasioso natalicio. El autor fue presentando el conjunto de libros de manera distinta a como hoy están dispuestos; primero dio a conocer Pantagruel, después Gargantúa; y lo hizo bajo el pseudónimo de Alcofribas Nasier hasta que en 1546 publicó el Libro Tercero, firmando un prólogo en el que ofrecía a su bebedor (su lector) un nuevo contrato de lectura, esto es, una nueva intención en los episodios narrados, sin necesidad de renunciar a la estridente pero sagaz crítica de las costumbres populares y a todo un sinfín de ácidas barrabasadas.

Al margen de la biografía del autor, que ya sería interesante sólo por el contexto –fue conspicuo médico, competente jurista, además de representante de los personajes más influyentes de la diplomacia francesa del momento y filólogo autodidacta que llegó a dominar el latín y el griego, por los que fue considerado erudito gracias a sus ensayos en dichas lenguas–, la obra consiguió abrazar la categoría de mito y fue capaz de generar una marca-nombre-firma para Rabelais. Era leído tanto en público como en privado, y ya en vida se extraían locuciones de sus obras y se pronunciaban como auténticos proverbios. Citado entre otros por Michelet, mistificado por Víctor Hugo o certeramente recordado por Paul Valéry, en definitiva, tanto obra como autor fueron ensalzados a la altura de mito nacional. Y el caso es que, desde la aparición de Pantagruel, se sucedieron al menos ocho reediciones entre 1533 y 1534, pero también inspiró versiones e incluso falsificaciones, aspecto este que el autor fue incapaz de prever.

Con la intención de no deshilachar los magníficos requiebros de esta trepidante historia soez y encantadoramente cómica, desvergonzada hasta el aturdimiento y fomento de inevitables carcajadas, les invito a su concienzuda lectura a la par que deseo felicitar expresamente a la editorial por esta labor formidable de estudio y recuperación. Hacía mucho tiempo que las prensas hispanoparlantes no acometían un trabajo de tal envergadura. Porque nunca está de más leer a uno de esos hombres que, y cito a Valéry, “saben vivir allí donde les conducen las palabras”.

 

François Rabelais, Gargantúa y Pantagruel (Los cinco libros)
Barcelona, Acantilado, 2011, 1520 pp., 49 euros.

 

Publicado en el blog La Tormenta en un Vaso y en la revista Culturamas: «La aparente contradicción de un humanista» (26.IX.2012)

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Conversaciones con Sartre /// John Gerassi (Sexto Piso)

 

Ocurre a veces que nos sentimos sorprendidos por muchas cosas, en ocasiones por asuntos políticos, o por acontecimientos de la actualidad o por sucesos cotidianos intrascendentes que consiguen embellecer, debilitar o salpimentar nuestro entorno. Sea como fuere, resulta evidente que necesitamos nutrirnos de ese cierto desequilibrio para contrastar y adquirir criterio. El libro de John Gerassi, “Talking with Sartre”, aparecido en 2009, se pone al servicio y la lectura de ámbito hispanoparlante con la traducción que, de la mano de Palmira Feixas y la Editorial Sexto Piso, se ha llevado a cabo con el título de “Conversaciones con Sartre”. Este libro es una de esas sorpresas, uno de esos desequilibrios imprevisibles, terribles, necesarios.

Hijo de Fernando Gerassi (1899-1974), pintor español comprometido con la causa republicana en tiempos de guerra y amigo íntimo de Jean-Paul Sartre (1905-1980), John Gerassi recoge y recopila en este volumen las conversaciones que tuvo el placer de mantener con el gran pensador durante los años sesenta del pasado siglo. En el prólogo, según nos confiesa el propio Gerassi, tratar con Sartre le supuso multitud de incontinencias. Rozó la exasperación, en ocasiones incluso hasta la ira, pero también, en la reconciliación –o el olvido sin más–, saboreó el privilegio de compartir con uno de los personajes más influyentes de todo el siglo XX sus palabras, sus risas a borbotones, la ironía e incluso el poco cariño del que hacía gala. Por estos encuentros de respiración fluida y gramática de salón desfilaron cuestiones fundamentales para comprender no sólo la obra y el pensamiento de Sartre, sino también la vida de John Gerassi, no menos interesante dado el curioso paralelismo que ha existido a veces entre ellos. De esta casualidad nace un diálogo empático pero no exento de agudeza, ingenio, elocuencia y alguna que otra pregunta malintencionada. El resultante es una exposición honesta y sincera que no rehúye de desatinos y en la que no se duda, si es necesario, al acometer con ferocidad cualquier pregunta.

La dialéctica es cuidada y muy respetuosa, aunque por momentos parezca que se estén debatiendo en duelo. No deja de parecernos una maravilla cómo Sartre desarrolla ciertos aspectos filosóficos sobre la candela bombardeante de Gerassi. Uno representa al burgués pensante, el otro al hombre de acción y activista político. Ambos están comprometidos, pero en diferentes causas. “Ante todo, pinto; luego está mi familia. No me importa que Stépha o Tito [su esposa e hijo, John, quien por aquel entonces tenía ese apodo] mueran de hambre; ante todo, pinto”, recordaba Sartre las palabras que en una ocasión le dijera Fernando Gerassi. De ahí quizás la complicidad que ambos tenían, Fernando en su pintura, Sartre en su literatura. Sartre aprovecha para volver a relatarnos de primera mano sus impresiones infantiles, sus recuerdos de infancia, con una nitidez y una claridad estupendas. También para evocar la figura de su abuelo paterno, Charles Schweitzer, rememora ese peculiar trato humano que le marcó para el resto de su vida, a pesar de que después se rebelara contra él y le perdiera el respeto que antaño le profesó. Son muchas las cuestiones, pero hay una especialmente conmovedora: su continua y polisémica referencia a los libros, la vida, la soledad y la muerte como un bloque monolítico indisoluble e inseparable. Disertando sobre Charles y cómo llegó a entender la muerte, hurgando en la raíz de dicho temor, la conversación muta en una especie de enumeración de conocidos suicidas e intentos de suicidio para desembocar en el significado que el término vida adquiere en la vida y obra de Sartre. “Los suicidas son gente que juzga a la vida, que piensa que ésta tiene un valor, un mensaje o un propósito […]. La vida es un hecho. No tiene ningún valor en sí misma. Ni siquiera es cuestión de aceptarla o de no aceptarla. Es, y punto. Aquellos que no son su propio proyecto parecen incapaces de comprenderlo”. Es magistral –siempre lo fue– por su claridad argumental y por su mordacidad en el uso del lenguaje. Se suceden prácticamente todos los interrogantes del ser humano, incluso hasta ese peculiar y siempre paradigmático concepto, compartido con Heidegger y no tanto con Kierkegaard, de fe laica. Desbordante en este sentido.

 

En definitiva, sorprendente porque jamás imaginamos hasta este momento que Sartre reía con tanta frecuencia. Imprevisible porque no se espera de él ningún asomo de cariño o afecto, siempre agazapado entre esas gafas de alta graduación. Terrible por comprobar que la vida la determinan esos pequeños detalles imperceptibles de los que no somos conscientes cuando los padecemos, sino sólo con perspectiva, mediante errores. Y necesario por paliar la fealdad de nuestra actualidad medio siglo después de su desaparición. Enhorabuena a Sexto Piso porque ellos lo han vuelto a hacer. Sorprender y embellecernos los días.

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 John Gerassi, Conversaciones con Sartre
México-Madrid, Sexto Piso, 2012, 508 pp., 27 euros.

Artículo publicado en la revista Culturamas: «Necesidad de diálogos» (27.IX.2012)

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Nietzsche /// Michel Onfray; Maximilien Le Roy (Sexto Piso)

https://i0.wp.com/www.culturamas.es/wp-content/uploads/2012/08/Nueva-imagen.jpg Para encarar la figura del que quizás sea el filósofo más estremecedor de la historia del pensamiento occidental, Friedrich Nietzsche (1844-1900), es necesario siempre preguntarse más allá de lo que sus obras nos han dejado, más allá de lo que sus palabras dan de sí; dicho de otro modo: más allá del verbo. Dentro de lo paradigmático que ya resultó su tránsito por este mundo que, pese a lo que pueda pensarse hoy, nunca supo corresponder a la ternura con la que quizás él miró a la Humanidad, la vida de este ser humano sobrepasó con mucho el legado filosófico que lo ha encumbrado hasta hoy día y lo encumbrará por siempre.

Desde esta perspectiva y basándose en la biografía que un reputado estudioso como Michel Onfray realizó de él en 2008, Maximilien Le Roy contribuye a la labor con su ingenio dibujístico para dar a luz esta biografía ilustrada con la que la editorial Sexto Piso nos sorprende en esta ocasión. Y el resultado es sencillamente magnífico. En algunas escenas ilustradas, a veces libres y despojadas completamente de texto, puede comprobarse el atinado lenguaje visual de un gran dibujante, crudo, desgarrado y onírico, rayano en la ferocidad expresionista, que sirve de complemento perfecto al texto adaptado. Por su parte, en el texto sobresale la claridad y la sencillez. Asimismo hemos de tener en cuenta que inevitablemente es vulnerable a ciertos tópicos, es decir, problemas que fueron con anterioridad arrastrados desde la mitología popular y secundados por una crítica ignorante y sensacionalista, o episodios –en menor grado– que redundan en la hipérbole por querer devolver la rectitud a la vida y obra del filósofo, pero en definitiva no son más que normalidades justificables. Lo que, sin embargo, es formidable pasa por la capacidad de recopilar, en una suerte de abanico evocativo, los más decisivos momentos de su vida, los más especiales, los más sorprendentes, incluso los más crudos, negándose a la autocensura, y todavía más, amenizados con el uso continuado del flashback, lo que le da un rasgo cinematográfico realmente conmovedor.

Aparecen instantes tan esenciales en su vida como el descubrimiento de la obra de Schopenhauer, el vínculo analgésico con Erwin Rohde, el novelístico trato que caracterizó su relación con Wagner, la irrupción de la ignorancia de su hermana Elisabeth y sus continuas mudanzas y traslados en busca de un clima agradable que no mermara su frágil y maltrecha salud. Sin embargo, de entre todos ellos, emerge un acontecimiento que a día de hoy sigue planteando todo tipo de interpretaciones: el signo de la decadencia de su pensamiento o quizás de su más puro desnudo frente a la Humanidad que siempre anheló: el caballo de Turín. Posiblemente se trate de uno de los episodios más conmovedores de cuantos la Filosofía nos ha ofrecido. El 3 de enero de 1889, al salir de su casa turinesa de la Via Carlo Alberto, se topa con un cochero que ferozmente está maltratando a su caballo hostigándole violentamente con una fusta. En un arrebato de plena espontaneidad –lamentablemente el último– corre hacia el animal cual chiquillo y lo abraza tiernamente ofreciéndole aliento y cariño. A ello le seguiría un parlamento fantástico y delirante en mitad de la plaza, motivo por el cual varios de los ciudadanos allí reunidos llamaron a varios agentes de la guardia para que lo retuvieran y lo trasladasen a alguna clínica psiquiátrica, lugar en el que pasaría sus últimos diez años de vida hasta que el 25 de agosto de 1900 expirase sin mucho sobresalto y congestionado de medicación.

Si por algo es reseñable este libro ilustrado es porque conjuga perfectamente texto e imagen, por transmitir en una labor de concisión ejemplar el trasiego casi inabarcable de la vida de nuestro protagonista y por relatar de una manera muy especial rasgos expresivos que de otro modo resultarían intraducibles. No obstante, además, supone un ejercicio delicioso repasar la biografía de un personaje, de un auténtico genio en la más absoluta de sus acepciones que, por preguntarse, un día lanzó el imperdonable interrogante de: “¿Qué dosis de verdad puede soportar el hombre?”.

Michel Onfray; Maximilien Le Roy, Nietzsche, Madrid, Sexto Piso, 2011, 132 pp.

 

Artículo publicado en la revista Culturamas: «Único Nietzsche» (03.VIII.2012)

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Søren Kierkegaard

https://i0.wp.com/www.culturamas.es/wp-content/uploads/2012/07/9788498793154k.jpgQué cosa tan oscura es el tiempo presente que no logramos dejar de estremecernos al hablar de él o sobre él. Qué difícil se nos presenta el hoy para ver el mañana y qué arduo es movilizarse en pro de la justicia de los pueblos y de las naciones que han de ser sustentados a golpe de decreto y despacho. El caso es que a veces sucede que mirar hacia el pasado puede hacernos reflexionar justamente, ya no sobre el futuro, que es cosa peliaguda en todo momento, sino sobre el presente, es decir, sobre el tiempo a vivir y no sobre el tiempo por vivir.

Del caso que nos ocupa podríamos decir que se encuentra a cierta distancia tanto en el tiempo como en el espacio. Søren Kierkegaard (1813-1855), danés de nacimiento pero hijo del mundo y padre del existencialismo filosófico, nos sirve para detenernos un instante en la convulsión imperante de nuestros días a través de la distancia; una distancia que aparentemente consideraríamos descontextualizada. Pero nada más lejos de la verdad. Tomando la serie que comenzara John Stuart Mill con El espíritu de la época (1831), seguido por Alexis de Tocqueville con el revolucionario escrito La democracia en América (1835), pasando por Thomas Carlyle con Pasado y presente (1843) o Jeremias Gotthelf con su El espíritu de Berna y el espíritu de los tiempos (1852) y terminando con Oswald Spengler en 1921, Kierkegaard recoge el testigo de elaborar una pieza de crítica cultural como es “La época presente”, un libelo escrito hacia 1846 y editado ahora por la editorial Trotta con traducción de uno de los mayores especialistas en la obra del filósofo danés, Manfred Svensson.
El escrito de Kierkegaard, a pesar de estar en sintonía con la estela de Carlyle, no le debe nada, pues lo ignoraba por completo. Quien por su parte no ignoraba a Carlyle era Johan Ludwig Heiberg, que había escrito “Sobre la importancia de la filosofía en la época presente”, del cual el propio Søren tenía un ejemplar. Todo tiene su explicación, pues a través del pretexto de elaborar una reseña literaria es como nace este pequeño fragmento maravilloso. La madre de Heiberg, Thomasine Gyllembourg, también escritora, había escrito varias novelas que habían ejercido en Kierkegaard una gran fascinación. Entre ellas está Una historia cotidiana o Dos épocas. Ésta última sería el objeto de la reseña que llevara a cabo el filósofo con el título de Una recensión literaria, y de aquí se extraería el fragmento que analizamos a continuación.
Resultó finalmente que la recensión llegó a ser tan extensa o más como la propia obra de Gyllembourg, lo que nos ofrece una ligera idea de la enjundia que Kierkegaard le ponía a todo lo que llevaba a cabo. Se diferenciaban tres partes; la primera era una especie de revisión de los contenidos novelísticos, la segunda una interpretación estética de la novela y sus detalles, y la tercera daba cauce a unas pretendidas conclusiones a partir de una consideración sobre la obra. Es aquí donde Søren liberó su pluma de ataduras formalistas y emprendió la genuina labor crítica usando como vehículo la sociedad presente de su tiempo.
Pero lo que hace de Kierkegaard majestuoso y memorable no es la conciencia crítica sobre la cultura de su tiempo, reflejada por otra parte en los ejemplos citados, sino la desvinculación socio-política en su análisis de la filosofía: vio en los males sociales una afección que comenzaba en el ser humano. Asimismo los manuales de filosofía han querido señalar por encima de cualquier aspecto que la figura de Kierkegaard era el eslabón perdido de una lectura marxista, el encumbrado autor que desplegó una de las más ambiciosas críticas a Hegel, persona esencial para comprender la futura separación entre Iglesia y Estado en Dinamarca, etcétera. Sin embargo, si tuviésemos que definir las categorías que hacen único a este pensador dentro de la historia de la filosofía, serían bien distintas: individuo, salto, elección o angustia, son de hecho valores que inciden de manera categórica en su naturaleza individualista e irracional.
Entre los pasajes que podemos leer, sobresale uno de magnífico planteamiento: el mundo actual es plenamente revolucionario, pero hay una ausencia de pasión. O mejor dicho, existe una sobrereflexión en la manera de encauzar la vida que convierte al ser humano en un suicidado por prudencia, no por acto. Algo así como un conductismo feroz que devora la capacidad de decisión y movimiento y que embota los sentidos que derivan del instinto y la espontaneidad. La paradoja es formidable, porque plantea desde su enunciación la muerte del no muerto, o dicho de otra manera acaso más sencilla: muere por no haber sido capaz de morir con libertad. También analiza otros interesantes aspectos como son, por ejemplo, los sentimientos colectivos que se generan por defecto al adoptar esta actitud. Uno de ellos sería el de la admiración, fiel reflejo de la sociedad en la que se vive y que se materializa en los actos del hombre racional. A ello les siguen temas de carácter ético y estético, también sucintamente la teología, otra de las cuestiones fundamentales en la vida y obra del filósofo. De hecho, si La época presente tiene algún interés añadido más en la obra de Kierkegaard, es el de servir de gozne hacia su última etapa, la teológica, la más sustanciosa, mordiente e incisiva de toda su carrera hasta su muerte en 1855.
Y ya para terminar, si bien no podríamos tomarnos al pie de la letra todas sus proposiciones, porque las suyas son las de su época y su lugar, nunca las nuestras, las de la maltrecha Europa actual, hay varios pasajes que pueden hacernos comprender por qué Søren Kierkegaard fue uno de los mayores pensadores que la filosofía ha dado al mundo, capaces de conmover hasta la perplejidad con fragmentos tan actuales como este:
Pero una época desapasionada no posee ningún activo: todo se convierte en transacciones con papel moneda. Algunas frases y observaciones circulan entre la gente, en parte verdaderas y razonables, pero sin vitalidad. Pero no queda ningún héroe, ningún amante, ningún pensador, ningún caballero de la fe, nadie magnánimo, ningún desesperado que valide estas cosas por haberlas vivido en forma primitiva. Y tal como en una transacción entre hombre y hombre el susurro del papel moneda nos hace extrañar el sonido de las monedas: de ese modo se puede extrañar en la época presente un poco de primitivismo.”

Søren Kierkegaard, La época presente, Madrid, Trotta, 2012, 95 pp.

‘Nos falta la emoción’, publicado en la revista Culturamas (26.VII.2012)

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La brutalidad de la carne en Francis Bacon

 Franck Maubert, El olor a sangre humana no se me quita de los ojos. Conversaciones con Francis Bacon.
Barcelona, Acantilado, 128 p., 12 euros
ISBN 9788415277842

El legado cárnico del alma
Por Mario S. Arsenal
 
Hay algo en el trato directo con los artistas que libros y libros de agitada y sesuda teoría no pueden suplir. Cosas, olores, sabores, incluso sensaciones que se nos escapan entre la morralla conceptualista de unos párrafos generosos de tecnicismos. La palabra diacrónica, esa que necesariamente va y necesariamente vuelve, fundamental para la vida tanto o más como para el arte, es la que se degusta en estas entrevistas que Franck Maubert, por entonces periodista para L’Express, mantuvo con el pintor Francis Bacon (1909-1992) tras una larga y paciente espera (cerca de tres años, ahí es nada) de contestación por parte de la galería Marlborough de Londres.

Y de la misma manera nos damos de bruces con este pintor ajado por el paso del tiempo, las obsesiones y la maledicencia de su conciencia como ser horrible. Había cosas peculiares en él. El orden y la limpieza dentro del taller, su concepción acerca del dinero, las ideas sobre el arte o la belleza, el gusto por los grandes placeres culinarios, o incluso su extraordinaria simpatía hacia la literatura. No soportaba a su madre, odiaba a su padre y detestaba su país, Irlanda. Con estas trazas podríamos comenzar un análisis freudiano de proporciones sustanciosas, pero no es el momento ni el lugar. Tampoco lo apropiado.

Francis Bacon se muestra en estos formidables diálogos como ese hombre solitario y meditabundo que se congratula al citar a Yeats con soltura, beber buen vino y no cohibirse al enfrentarse a sus más profundas obsesiones. De hecho, él lo confiesa, nunca aprendió a pintar en una escuela, pero tampoco lo echó en falta, no fue necesario. Por el contrario, lo que sí fue esencial –al igual que la palabra diacrónica a la que hacíamos referencia anteriormente– fue el indagar una y otra vez en aquellas facetas del arte o la vida (¿cuál es la diferencia a estas alturas?) que pudieran expresarse artísticamente de alguna manera. Oxigenar el intelecto para dar cauce matérico a las ideas, esa parece que fue una de las primeras premisas de este artista desgarrado y desgarrador. Franck Maubert, por su parte, actúa de fabuloso intermediario, danzando entre la ingenuidad y la inteligencia al formular sus preguntas. Bacon no se cohíbe ante nada y responde cual infante ilusionado que explica sus dibujos primitivistas.

Entre otras cosas, se trata de un libro que despierta la relativa cercanía del artista con el compromiso ante su arte. Porque, digámoslo de una vez por todas, el arte impele al hombre a reforzar un compromiso con su idea de ser humano, y el caso de Bacon quizás sea extraordinario en ese sentido. Renunció al academicismo que sólo le procuraba oscurantismo y hacía crecer una cárcel que no le permitía expresarse en toda su complexión. De ese modo, volcó todo su afán en arañar sus obsesiones, en desgarrarse a sí mismo sin contemplaciones y en llevar a cabo su más maravillosa obra, la de su vida.

Con este ejemplo dialéctico se desatan ciertos interrogantes que incluso hoy nos hacemos a tenor del mercado artístico imperante en los museos. Y el suyo sirve magistralmente como una luz vigía que nos ilumina el camino. El camino recorrido por un hombre que, al igual que todos los genios del pasado, se siente insatisfecho ante su obra maestra. La intemperancia es rasgo de titanes y Bacon lo fue en toda su complejidad; revitalizó la herencia de los antiguos maestros de la pintura; reverdeció con su arte la escena de lo emocional y se lanzó al vacío en busca de la naturaleza que le fue dada. No desistió jamás, se volvió oscuro, pero siempre sincero, y contrajo una deuda con la brutalidad de la carne en su materialización pictórica a la que quizás sólo puede equipararse Picasso o acaso el cine moderno. Todo este conjunto de circunstancias nos demuestran que el arte es un pretexto más del hombre por hacerse comprender. Porque escuchar es ya comprender, comprender es respetar, respetar es vivir. En definitiva, la única verdad.

Artículo publicado en la revista Culturamas (24.VII.2012)

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Ramón Llul. Un libro de amor

Ramón Llul, Libro del Amigo y del Amado.
Madrid, La Esfera de los Libros, 130 p., 10 euros.

ISBN 9788499703015

 

Un libro de amor

Por Mario S. Arsenal

 

 

 

Hablar de Ramón Llul o Raimundo Lulio (c.1232 – 1315) siempre es cosa delicada y tremenda a una vez. Posiblemente estemos hablando de uno de los personajes más fascinantes de su tiempo en ámbito español aunque naciera en Palma, capital del Reino de Mallorca que Jaime I anexionó a la Corona de Aragón por aquellos años. Allí se dieron unas condiciones concretas que afloraron de manera determinante el estímulo cultural de nuestro protagonista: la presencia de tres culturas distintas, la cristiana, la islámica y la judía. Filósofo, místico, pensador polifacético, teólogo, cabalista, músico, científico, misionero e incluso alquimista, Ramón Llul tuvo una vida prolija y una producción exuberante. La mayoría de sus obras aún no están traducidas al castellano, por ello es una doble satisfacción para nosotros disfrutar de la edición que La Esfera de los Libros ha llevado a cabo recientemente traduciendo el Libro del amigo y del Amado, escrito durante su estancia en Montpellier, entre 1283 y 1285.
 
En este fragmento extraído del Libro de Evasta y Blanquerna se nos muestra aforísticamente la irrupción del amor como motor continuo de un aprendizaje superior que desea alcanzar el espíritu elevado. Esta novela idealista, escrita originariamente en catalán, contiene capítulos de distinto sesgo, entre los que sobresale este conjunto de 365 versículos que cantan la espiritualidad del corazón y el acercamiento a Dios. Bebe al fin y a la postre de distintas tradiciones culturales y literarias, lo que hace de su lectura un ejercicio enriquecedor y de contraste. Se conjugan pasajes del Cantar de los Cantares, de la teología hebraica y varios ingredientes de la poesía provenzal. Es el amor del alma humana quien conduce el parlamento en dirección a Dios, pero también ofrece la oportunidad de disfrutar de distintas lecturas. Es el canto del amigo al Amado, la loa de un ser permeable a otro que no lo es en apariencia y que, finalmente, termina por humanizarse hasta grados insospechados. He aquí la fuerza y la importancia de la obra de Llul y el motivo fundamental de que este fragmento haya sido editado en varias ocasiones en ediciones antiguas.
 
Con un magnífico prólogo del discontinuo pero fascinante poeta Luis Antonio de Villena en el que se rememora su fortuna crítica a lo largo de las letras hispanas, una muy bien trazada minibiografía y algunos datos anecdóticos del autor, el Libro del amigo y del Amado no es un libro profano, sino con una intención marcadamente religiosa. En palabras de Villena: “Pero sabemos todos que el amor es plural e intrincado, y a lo mejor, por lo mismo, podemos también leerlo como un libro rico de amor sin más […] incluso indagando en tal estirpe, claro es, heterodoxa al caso.” Y lo más importante de todo: “Como en todo gran texto no se puede olvidar la historia ni se puede desechar la contemporaneidad. Y mezclarlos es arte de lector, claro, y arte de literatura”. No olvidemos por tanto la historicidad de la literatura e intentemos defender la conciliación de los tiempos; seguramente todos nos enriquezcamos un poco más siendo tan permeables como ese amigo olvidado por la historia entre los anaqueles.

Artículo publicado en la revista Culturamas (14.VI.2012)