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Historia menor de Grecia /// Pedro Olalla (Acantilado)

El libro que tengo el placer de presentarles es una rara avis de la historiografía, un texto que parece compuesto con la honda espontaneidad de un niño leído, a vuelapluma, sin mucho ornamento pero con mucha profusión de detalles sencillos y profundos a la vez. Es algo así como un vademécum de la otra historia, esa historia que queda en anécdota y sin embargo nos habla de una cantidad ingente de cultura de la que no se da cuenta en los tradicionales centones historiográficos. Seduce, intriga, estimula, y por qué no decirlo, sabe a poco puesto que pensamos que toda historia debería incluir esa otra parte de verdad que la Humanidad y el Tiempo nos ha cubierto sutilmente.

Sorprende que no se trate de una historia más de las muchas que podemos encontrar en cualquier librería que se precie. Inevitable no pensar en aquella inmortal “Historia de los griegos” de Indro Montanelli como una suerte de punto de partida para llevar a cabo esta formidable empresa, con la peculiaridad de que Montanelli sólo cubrió la Edad Antigua y Pedro Olalla hace un recorrido a través de veintiocho siglos llegando a mediados del XX. En definitiva, ha compuesto para nosotros un libro que probablemente no se recomiende en los seminarios de filología clásica o historia antigua (debido a la precocidad de su aparición, claro está), pero que ya unos pocos guardaremos como imprescindible a la hora de olfatear la cultura helénica. Sorprende también, en este sentido, la seriedad con la que Olalla ha abordado la cuestión, ofreciéndonos en cada uno de los capítulos oportunas referencias bibliográficas, justas y precisas con las que poder profundizar y continuar indagando si la cuestión así nos lo exige.

Lo más jugoso de todo resulta ser el carácter marcadamente humanista que Pedro Olalla ha querido adoptar. Frente a las grandes narraciones excelsas, nos muestra esas coyunturas, circunstancias, sucesos secundarios, a veces incluso marginales, que nos regalan a la vista lo que a veces las imágenes no pueden: el comportamiento de la cultura.

Es este uno de esos experimentos humanos que quedarán para la posteridad de quienes aman la cultura mediterránea y se pregunten sobre ella. De dónde viene, dónde nació, cómo era y cómo eran, por qué esto y por qué lo otro… Una auténtica maravilla que no me canso de recomendarles si encuentran el momento propicio para escarbar en aquellos hombres que, hoy, nos sirven de faro y reflejo de nuestra propia existencia.

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Pedro Olalla, Historia menor de Grecia. Una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos.
Barcelona, Acantilado, 2012, 384 pp., 24 euros.
ISBN 9788415277729

Artículo publicado en la revista Culturamas (06.XI.2012)

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El último Rafael /// Museo del Prado (2012)

A poco más de una semana de que se trasladara al Louvre, la exposición del Museo del Prado El último Rafael presenta la necesidad de una revisión. Este tiempo nos ha permitido valorar la muestra en toda su complejidad, uniendo las actividades paralelas y complementarias que se han organizado al hilo de la misma.

El primer punto a tener en cuenta es por tanto el título y el arco cronológico tratado. El último período del pintor se presenta así como una suerte de sucesión escalonada de su producción tardía con los añadidos de sus más nombrados discípulos, sobresaliendo como es lógico el rol del joven Giulio Romano dentro del obrador del maestro. A este efecto, quizás no se le ha dado el cauce más acertado a la exposición y es aquí donde manifiesta su primera carencia. Si no disponemos para esta etapa de obras firmadas y las conjeturas se suceden caprichosamente entre un anodino y habitual “y taller”, la cuestión deriva en que prácticamente toda la producción dudosa de Rafael (la no firmada o no contrastada documentalmente con contratos o testimonios directos-indirectos) puede unirse al elenco de obras de la exposición sin que ello presente problema alguno. Esto supone un error. Los comisarios, Paul Joannides y Tom Henry, nos advirtieron de este contratiempo, pero no nos parece suficiente.

 

Nos queda la sensación de que existen demasiadas suposiciones y pocas certezas. La distribución y organización del recorrido estaban bien planteadas, pero discutible, desde el formato grande al tamaño medio y saltando entre géneros para terminar con un espacio dedicado a Giulio Romano y la retratística. Sin embargo, seguía faltándonos algo más. Y es que la trayectoria grandilocuente de este ser único que fue Rafael, parangonable como ha querido la crítica especializada con Mozart por su precocidad y espíritu presto y siempre feliz, se ha visto imposible de tratar de manera monofocal. Dicho de otro modo, nos parece insuficiente abordar su trayectoria única y exclusivamente desde su perspectiva pictórica. Rafael gozó de la concesión de diversos cargos de máxima responsabilidad, entre ellos la decoración de las Estancias de Julio II, pero también se encargó de la fábrica de San Pedro, o como la condición de veedor de las ruinas romanas, cargos por otra parte muchísimo más ambiciosos e importantes. Es por ello que la muestra debía haber intentado dar una panorámica, si bien no a través de la obra expuesta (cosa obvia por otra parte), sí a través de un discurso en la publicación del catálogo para ofrecer al gran público una visión mucho más ilustrada de esta figura tan especial por tantos motivos dentro de la historia del arte occidental.

Asimismo, la exposición ha tenido un nivel de visitantes verdaderamente encomiable, pasando de los 250.000. Y, a pesar de esta incidencia, aparentemente contradictoria pero no tanto, había cuadros que paradójicamente nos resultaron sucios, como el poderoso San Miguel o la armónica Sagrada Familia de Francisco I. Durante unos meses el Prado se convirtió en reclamo directo de primera mano para cualquiera, empujando al visitante y al que no lo es a acercarse a contemplar esas obras tan maravillosas como paradigmáticas. No nos hartaríamos nunca de ver esa pintura de humo del Retrato de Baldassare Castiglione, cuya esencia ni el propio Rubens, en el primer tercio del XVII, supo captar; o el inefable y sensual Bindo Altoviti con su elocuencia y bello gesto. Ahora el Louvre acoge el próximo itinerario de obras y sus números, resulta probable, volverán a batir récords. Nuestra pinacoteca en cambio, panteón de los grandes maestros, se ha engalanado con sus mejores sedas para ofrecer un recorrido sesgado y atractivo, pero carente de la perspectiva debida. Sin embargo, tengámoslo en cuenta, a tenor de lo que hayamos dicho en esta ocasión: vertebrar una exposición de un personaje de tal envergadura siempre presupone la máxima dificultad. Esta vez nos ha quedado claro. Es casi imposible.

 

 

Artículo publicado en la revista Culturamas: «La atracción de Rafael» (02.X.2012)

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Conversaciones con Sartre /// John Gerassi (Sexto Piso)

 

Ocurre a veces que nos sentimos sorprendidos por muchas cosas, en ocasiones por asuntos políticos, o por acontecimientos de la actualidad o por sucesos cotidianos intrascendentes que consiguen embellecer, debilitar o salpimentar nuestro entorno. Sea como fuere, resulta evidente que necesitamos nutrirnos de ese cierto desequilibrio para contrastar y adquirir criterio. El libro de John Gerassi, “Talking with Sartre”, aparecido en 2009, se pone al servicio y la lectura de ámbito hispanoparlante con la traducción que, de la mano de Palmira Feixas y la Editorial Sexto Piso, se ha llevado a cabo con el título de “Conversaciones con Sartre”. Este libro es una de esas sorpresas, uno de esos desequilibrios imprevisibles, terribles, necesarios.

Hijo de Fernando Gerassi (1899-1974), pintor español comprometido con la causa republicana en tiempos de guerra y amigo íntimo de Jean-Paul Sartre (1905-1980), John Gerassi recoge y recopila en este volumen las conversaciones que tuvo el placer de mantener con el gran pensador durante los años sesenta del pasado siglo. En el prólogo, según nos confiesa el propio Gerassi, tratar con Sartre le supuso multitud de incontinencias. Rozó la exasperación, en ocasiones incluso hasta la ira, pero también, en la reconciliación –o el olvido sin más–, saboreó el privilegio de compartir con uno de los personajes más influyentes de todo el siglo XX sus palabras, sus risas a borbotones, la ironía e incluso el poco cariño del que hacía gala. Por estos encuentros de respiración fluida y gramática de salón desfilaron cuestiones fundamentales para comprender no sólo la obra y el pensamiento de Sartre, sino también la vida de John Gerassi, no menos interesante dado el curioso paralelismo que ha existido a veces entre ellos. De esta casualidad nace un diálogo empático pero no exento de agudeza, ingenio, elocuencia y alguna que otra pregunta malintencionada. El resultante es una exposición honesta y sincera que no rehúye de desatinos y en la que no se duda, si es necesario, al acometer con ferocidad cualquier pregunta.

La dialéctica es cuidada y muy respetuosa, aunque por momentos parezca que se estén debatiendo en duelo. No deja de parecernos una maravilla cómo Sartre desarrolla ciertos aspectos filosóficos sobre la candela bombardeante de Gerassi. Uno representa al burgués pensante, el otro al hombre de acción y activista político. Ambos están comprometidos, pero en diferentes causas. “Ante todo, pinto; luego está mi familia. No me importa que Stépha o Tito [su esposa e hijo, John, quien por aquel entonces tenía ese apodo] mueran de hambre; ante todo, pinto”, recordaba Sartre las palabras que en una ocasión le dijera Fernando Gerassi. De ahí quizás la complicidad que ambos tenían, Fernando en su pintura, Sartre en su literatura. Sartre aprovecha para volver a relatarnos de primera mano sus impresiones infantiles, sus recuerdos de infancia, con una nitidez y una claridad estupendas. También para evocar la figura de su abuelo paterno, Charles Schweitzer, rememora ese peculiar trato humano que le marcó para el resto de su vida, a pesar de que después se rebelara contra él y le perdiera el respeto que antaño le profesó. Son muchas las cuestiones, pero hay una especialmente conmovedora: su continua y polisémica referencia a los libros, la vida, la soledad y la muerte como un bloque monolítico indisoluble e inseparable. Disertando sobre Charles y cómo llegó a entender la muerte, hurgando en la raíz de dicho temor, la conversación muta en una especie de enumeración de conocidos suicidas e intentos de suicidio para desembocar en el significado que el término vida adquiere en la vida y obra de Sartre. “Los suicidas son gente que juzga a la vida, que piensa que ésta tiene un valor, un mensaje o un propósito […]. La vida es un hecho. No tiene ningún valor en sí misma. Ni siquiera es cuestión de aceptarla o de no aceptarla. Es, y punto. Aquellos que no son su propio proyecto parecen incapaces de comprenderlo”. Es magistral –siempre lo fue– por su claridad argumental y por su mordacidad en el uso del lenguaje. Se suceden prácticamente todos los interrogantes del ser humano, incluso hasta ese peculiar y siempre paradigmático concepto, compartido con Heidegger y no tanto con Kierkegaard, de fe laica. Desbordante en este sentido.

 

En definitiva, sorprendente porque jamás imaginamos hasta este momento que Sartre reía con tanta frecuencia. Imprevisible porque no se espera de él ningún asomo de cariño o afecto, siempre agazapado entre esas gafas de alta graduación. Terrible por comprobar que la vida la determinan esos pequeños detalles imperceptibles de los que no somos conscientes cuando los padecemos, sino sólo con perspectiva, mediante errores. Y necesario por paliar la fealdad de nuestra actualidad medio siglo después de su desaparición. Enhorabuena a Sexto Piso porque ellos lo han vuelto a hacer. Sorprender y embellecernos los días.

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 John Gerassi, Conversaciones con Sartre
México-Madrid, Sexto Piso, 2012, 508 pp., 27 euros.

Artículo publicado en la revista Culturamas: «Necesidad de diálogos» (27.IX.2012)

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Nietzsche /// Michel Onfray; Maximilien Le Roy (Sexto Piso)

https://i0.wp.com/www.culturamas.es/wp-content/uploads/2012/08/Nueva-imagen.jpg Para encarar la figura del que quizás sea el filósofo más estremecedor de la historia del pensamiento occidental, Friedrich Nietzsche (1844-1900), es necesario siempre preguntarse más allá de lo que sus obras nos han dejado, más allá de lo que sus palabras dan de sí; dicho de otro modo: más allá del verbo. Dentro de lo paradigmático que ya resultó su tránsito por este mundo que, pese a lo que pueda pensarse hoy, nunca supo corresponder a la ternura con la que quizás él miró a la Humanidad, la vida de este ser humano sobrepasó con mucho el legado filosófico que lo ha encumbrado hasta hoy día y lo encumbrará por siempre.

Desde esta perspectiva y basándose en la biografía que un reputado estudioso como Michel Onfray realizó de él en 2008, Maximilien Le Roy contribuye a la labor con su ingenio dibujístico para dar a luz esta biografía ilustrada con la que la editorial Sexto Piso nos sorprende en esta ocasión. Y el resultado es sencillamente magnífico. En algunas escenas ilustradas, a veces libres y despojadas completamente de texto, puede comprobarse el atinado lenguaje visual de un gran dibujante, crudo, desgarrado y onírico, rayano en la ferocidad expresionista, que sirve de complemento perfecto al texto adaptado. Por su parte, en el texto sobresale la claridad y la sencillez. Asimismo hemos de tener en cuenta que inevitablemente es vulnerable a ciertos tópicos, es decir, problemas que fueron con anterioridad arrastrados desde la mitología popular y secundados por una crítica ignorante y sensacionalista, o episodios –en menor grado– que redundan en la hipérbole por querer devolver la rectitud a la vida y obra del filósofo, pero en definitiva no son más que normalidades justificables. Lo que, sin embargo, es formidable pasa por la capacidad de recopilar, en una suerte de abanico evocativo, los más decisivos momentos de su vida, los más especiales, los más sorprendentes, incluso los más crudos, negándose a la autocensura, y todavía más, amenizados con el uso continuado del flashback, lo que le da un rasgo cinematográfico realmente conmovedor.

Aparecen instantes tan esenciales en su vida como el descubrimiento de la obra de Schopenhauer, el vínculo analgésico con Erwin Rohde, el novelístico trato que caracterizó su relación con Wagner, la irrupción de la ignorancia de su hermana Elisabeth y sus continuas mudanzas y traslados en busca de un clima agradable que no mermara su frágil y maltrecha salud. Sin embargo, de entre todos ellos, emerge un acontecimiento que a día de hoy sigue planteando todo tipo de interpretaciones: el signo de la decadencia de su pensamiento o quizás de su más puro desnudo frente a la Humanidad que siempre anheló: el caballo de Turín. Posiblemente se trate de uno de los episodios más conmovedores de cuantos la Filosofía nos ha ofrecido. El 3 de enero de 1889, al salir de su casa turinesa de la Via Carlo Alberto, se topa con un cochero que ferozmente está maltratando a su caballo hostigándole violentamente con una fusta. En un arrebato de plena espontaneidad –lamentablemente el último– corre hacia el animal cual chiquillo y lo abraza tiernamente ofreciéndole aliento y cariño. A ello le seguiría un parlamento fantástico y delirante en mitad de la plaza, motivo por el cual varios de los ciudadanos allí reunidos llamaron a varios agentes de la guardia para que lo retuvieran y lo trasladasen a alguna clínica psiquiátrica, lugar en el que pasaría sus últimos diez años de vida hasta que el 25 de agosto de 1900 expirase sin mucho sobresalto y congestionado de medicación.

Si por algo es reseñable este libro ilustrado es porque conjuga perfectamente texto e imagen, por transmitir en una labor de concisión ejemplar el trasiego casi inabarcable de la vida de nuestro protagonista y por relatar de una manera muy especial rasgos expresivos que de otro modo resultarían intraducibles. No obstante, además, supone un ejercicio delicioso repasar la biografía de un personaje, de un auténtico genio en la más absoluta de sus acepciones que, por preguntarse, un día lanzó el imperdonable interrogante de: “¿Qué dosis de verdad puede soportar el hombre?”.

Michel Onfray; Maximilien Le Roy, Nietzsche, Madrid, Sexto Piso, 2011, 132 pp.

 

Artículo publicado en la revista Culturamas: «Único Nietzsche» (03.VIII.2012)

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Søren Kierkegaard

https://i0.wp.com/www.culturamas.es/wp-content/uploads/2012/07/9788498793154k.jpgQué cosa tan oscura es el tiempo presente que no logramos dejar de estremecernos al hablar de él o sobre él. Qué difícil se nos presenta el hoy para ver el mañana y qué arduo es movilizarse en pro de la justicia de los pueblos y de las naciones que han de ser sustentados a golpe de decreto y despacho. El caso es que a veces sucede que mirar hacia el pasado puede hacernos reflexionar justamente, ya no sobre el futuro, que es cosa peliaguda en todo momento, sino sobre el presente, es decir, sobre el tiempo a vivir y no sobre el tiempo por vivir.

Del caso que nos ocupa podríamos decir que se encuentra a cierta distancia tanto en el tiempo como en el espacio. Søren Kierkegaard (1813-1855), danés de nacimiento pero hijo del mundo y padre del existencialismo filosófico, nos sirve para detenernos un instante en la convulsión imperante de nuestros días a través de la distancia; una distancia que aparentemente consideraríamos descontextualizada. Pero nada más lejos de la verdad. Tomando la serie que comenzara John Stuart Mill con El espíritu de la época (1831), seguido por Alexis de Tocqueville con el revolucionario escrito La democracia en América (1835), pasando por Thomas Carlyle con Pasado y presente (1843) o Jeremias Gotthelf con su El espíritu de Berna y el espíritu de los tiempos (1852) y terminando con Oswald Spengler en 1921, Kierkegaard recoge el testigo de elaborar una pieza de crítica cultural como es “La época presente”, un libelo escrito hacia 1846 y editado ahora por la editorial Trotta con traducción de uno de los mayores especialistas en la obra del filósofo danés, Manfred Svensson.
El escrito de Kierkegaard, a pesar de estar en sintonía con la estela de Carlyle, no le debe nada, pues lo ignoraba por completo. Quien por su parte no ignoraba a Carlyle era Johan Ludwig Heiberg, que había escrito “Sobre la importancia de la filosofía en la época presente”, del cual el propio Søren tenía un ejemplar. Todo tiene su explicación, pues a través del pretexto de elaborar una reseña literaria es como nace este pequeño fragmento maravilloso. La madre de Heiberg, Thomasine Gyllembourg, también escritora, había escrito varias novelas que habían ejercido en Kierkegaard una gran fascinación. Entre ellas está Una historia cotidiana o Dos épocas. Ésta última sería el objeto de la reseña que llevara a cabo el filósofo con el título de Una recensión literaria, y de aquí se extraería el fragmento que analizamos a continuación.
Resultó finalmente que la recensión llegó a ser tan extensa o más como la propia obra de Gyllembourg, lo que nos ofrece una ligera idea de la enjundia que Kierkegaard le ponía a todo lo que llevaba a cabo. Se diferenciaban tres partes; la primera era una especie de revisión de los contenidos novelísticos, la segunda una interpretación estética de la novela y sus detalles, y la tercera daba cauce a unas pretendidas conclusiones a partir de una consideración sobre la obra. Es aquí donde Søren liberó su pluma de ataduras formalistas y emprendió la genuina labor crítica usando como vehículo la sociedad presente de su tiempo.
Pero lo que hace de Kierkegaard majestuoso y memorable no es la conciencia crítica sobre la cultura de su tiempo, reflejada por otra parte en los ejemplos citados, sino la desvinculación socio-política en su análisis de la filosofía: vio en los males sociales una afección que comenzaba en el ser humano. Asimismo los manuales de filosofía han querido señalar por encima de cualquier aspecto que la figura de Kierkegaard era el eslabón perdido de una lectura marxista, el encumbrado autor que desplegó una de las más ambiciosas críticas a Hegel, persona esencial para comprender la futura separación entre Iglesia y Estado en Dinamarca, etcétera. Sin embargo, si tuviésemos que definir las categorías que hacen único a este pensador dentro de la historia de la filosofía, serían bien distintas: individuo, salto, elección o angustia, son de hecho valores que inciden de manera categórica en su naturaleza individualista e irracional.
Entre los pasajes que podemos leer, sobresale uno de magnífico planteamiento: el mundo actual es plenamente revolucionario, pero hay una ausencia de pasión. O mejor dicho, existe una sobrereflexión en la manera de encauzar la vida que convierte al ser humano en un suicidado por prudencia, no por acto. Algo así como un conductismo feroz que devora la capacidad de decisión y movimiento y que embota los sentidos que derivan del instinto y la espontaneidad. La paradoja es formidable, porque plantea desde su enunciación la muerte del no muerto, o dicho de otra manera acaso más sencilla: muere por no haber sido capaz de morir con libertad. También analiza otros interesantes aspectos como son, por ejemplo, los sentimientos colectivos que se generan por defecto al adoptar esta actitud. Uno de ellos sería el de la admiración, fiel reflejo de la sociedad en la que se vive y que se materializa en los actos del hombre racional. A ello les siguen temas de carácter ético y estético, también sucintamente la teología, otra de las cuestiones fundamentales en la vida y obra del filósofo. De hecho, si La época presente tiene algún interés añadido más en la obra de Kierkegaard, es el de servir de gozne hacia su última etapa, la teológica, la más sustanciosa, mordiente e incisiva de toda su carrera hasta su muerte en 1855.
Y ya para terminar, si bien no podríamos tomarnos al pie de la letra todas sus proposiciones, porque las suyas son las de su época y su lugar, nunca las nuestras, las de la maltrecha Europa actual, hay varios pasajes que pueden hacernos comprender por qué Søren Kierkegaard fue uno de los mayores pensadores que la filosofía ha dado al mundo, capaces de conmover hasta la perplejidad con fragmentos tan actuales como este:
Pero una época desapasionada no posee ningún activo: todo se convierte en transacciones con papel moneda. Algunas frases y observaciones circulan entre la gente, en parte verdaderas y razonables, pero sin vitalidad. Pero no queda ningún héroe, ningún amante, ningún pensador, ningún caballero de la fe, nadie magnánimo, ningún desesperado que valide estas cosas por haberlas vivido en forma primitiva. Y tal como en una transacción entre hombre y hombre el susurro del papel moneda nos hace extrañar el sonido de las monedas: de ese modo se puede extrañar en la época presente un poco de primitivismo.”

Søren Kierkegaard, La época presente, Madrid, Trotta, 2012, 95 pp.

‘Nos falta la emoción’, publicado en la revista Culturamas (26.VII.2012)

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Stendhal y el temperamento

Simon Leys, Con Stendhal
Barcelona, Acantilado, 2012, 110p., 10 euros

ISBN 9788415277590

 La lógica de las pulsiones

Por Mario S. Arsenal

 

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Tomando la distinción que hiciera el crítico literario Thibaudet, existen dos tipos de escritores: aquellos que tienen una posición y aquellos que tienen una presencia. Tales podrían ser respectivamente los ejemplos de Víctor Hugo y Stendhal. Con “Los miserables” nos podremos sentir abrumados, pero en ningún caso urgentemente llamados a conocer la vida de su autor; sin embargo, con Henri Beyle –nombre real de Stendhal– ocurre necesariamente lo contrario: basta acariciar una de sus obras para sentir la necesidad de profundizar en el escritor, en su carácter, inquietud, intereses…, en su personalidad. De manera nada casual Paul Valéry decía: “A mi modo de ver Henri Beyle es mucho más que un tipo de talento. Es demasiado él mismo como para ser reductible a la condición de escritor.”

 

Un literato venido a más como Prosper Mérimée conoció a ese Beyle humano, crudo y despojado de la fama grandilocuente característica que le encumbra hoy día; pudo tratarle con comodidad y hasta se permitió el lujo de mantener discusiones acaloradas que en ciertas ocasiones provocaron su distanciamiento, pero nunca definitivo. Stendhal le doblaba la edad cuando se conocieron y Mérimée trazó el dibujo de un personaje errático en clave bohemia y pintoresca, lo que le valdría con el tiempo la ambivalencia de los beylistas por su tono condescendiente hacia el gran esteta. Mérimée adolecía de cierto orgullo literario y es opinión consensuada entre la crítica que jamás debió imaginar que cien años después las obras de su viejo amigo se leerían con mayor avidez que las suyas.

 

 El texto sorprende por la claridad y nitidez de su palabra. A decir verdad en Mérimée esto no debe ser motivo de asombro; sin embargo, y quizás por tratarse de Stendhal, la brevedad conmueve y hasta excita a la angustia de querer saber más, de más palabras, pues continuamente anota y menciona axiomas o aforismos salidos de la propia boca del maestro. Se convierte de este modo en un auténtico anecdotario que nos ilustra más allá del verbo, como por ejemplo: “No escribo más que para una veintena de personas que nunca he visto, pero que espero me comprendan”. A pesar de la aparente facilidad de Mérimée para trazar las huellas de este autor rebosante como fue Stendhal, el escritor no debió nunca conocer muy bien la obra de su maestro, con la que no estuvo familiarizado ni antes ni después de su muerte. Y resulta sorprendente –ahora sí– que llevase a cabo una semblanza con esa precisión sobre uno de los autores más paradigmáticos de la cultura del siglo XIX con tal soltura literaria sin haber ahondado mínimamente en la producción del maestro; no obstante ello no dificulta en ningún caso la sinceridad en la remembranza de este heterodoxo hedonista para quien el aburrimiento era el peor de los males que el hombre podía soportar, no sabiendo distinguir claramente a un pesado de un malvado. Al libelo de Merimée le siguen varios apéndices firmados por el autor de la edición y dos deliciosas páginas extraídas de los diarios de George Sand, quien, de camino al Loira de la mano de Alfred de Musset, amante con el cual se fugó, coincidió con Stendhal en el mismo barco que había de llevar a éste último a Génova, donde estaba empleado como funcionario de gobierno.

 
Un panfleto curioso, dulce de leer, ilustrativo y muy enjundioso que nos demuestra cómo los buenos escritores no están siempre en sintonía con el grado de profundización de la materia prima con la que tejen sus obras.
Artículo publicado en la revista Culturamas (12.VII.2012)
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Ramón Llul. Un libro de amor

Ramón Llul, Libro del Amigo y del Amado.
Madrid, La Esfera de los Libros, 130 p., 10 euros.

ISBN 9788499703015

 

Un libro de amor

Por Mario S. Arsenal

 

 

 

Hablar de Ramón Llul o Raimundo Lulio (c.1232 – 1315) siempre es cosa delicada y tremenda a una vez. Posiblemente estemos hablando de uno de los personajes más fascinantes de su tiempo en ámbito español aunque naciera en Palma, capital del Reino de Mallorca que Jaime I anexionó a la Corona de Aragón por aquellos años. Allí se dieron unas condiciones concretas que afloraron de manera determinante el estímulo cultural de nuestro protagonista: la presencia de tres culturas distintas, la cristiana, la islámica y la judía. Filósofo, místico, pensador polifacético, teólogo, cabalista, músico, científico, misionero e incluso alquimista, Ramón Llul tuvo una vida prolija y una producción exuberante. La mayoría de sus obras aún no están traducidas al castellano, por ello es una doble satisfacción para nosotros disfrutar de la edición que La Esfera de los Libros ha llevado a cabo recientemente traduciendo el Libro del amigo y del Amado, escrito durante su estancia en Montpellier, entre 1283 y 1285.
 
En este fragmento extraído del Libro de Evasta y Blanquerna se nos muestra aforísticamente la irrupción del amor como motor continuo de un aprendizaje superior que desea alcanzar el espíritu elevado. Esta novela idealista, escrita originariamente en catalán, contiene capítulos de distinto sesgo, entre los que sobresale este conjunto de 365 versículos que cantan la espiritualidad del corazón y el acercamiento a Dios. Bebe al fin y a la postre de distintas tradiciones culturales y literarias, lo que hace de su lectura un ejercicio enriquecedor y de contraste. Se conjugan pasajes del Cantar de los Cantares, de la teología hebraica y varios ingredientes de la poesía provenzal. Es el amor del alma humana quien conduce el parlamento en dirección a Dios, pero también ofrece la oportunidad de disfrutar de distintas lecturas. Es el canto del amigo al Amado, la loa de un ser permeable a otro que no lo es en apariencia y que, finalmente, termina por humanizarse hasta grados insospechados. He aquí la fuerza y la importancia de la obra de Llul y el motivo fundamental de que este fragmento haya sido editado en varias ocasiones en ediciones antiguas.
 
Con un magnífico prólogo del discontinuo pero fascinante poeta Luis Antonio de Villena en el que se rememora su fortuna crítica a lo largo de las letras hispanas, una muy bien trazada minibiografía y algunos datos anecdóticos del autor, el Libro del amigo y del Amado no es un libro profano, sino con una intención marcadamente religiosa. En palabras de Villena: “Pero sabemos todos que el amor es plural e intrincado, y a lo mejor, por lo mismo, podemos también leerlo como un libro rico de amor sin más […] incluso indagando en tal estirpe, claro es, heterodoxa al caso.” Y lo más importante de todo: “Como en todo gran texto no se puede olvidar la historia ni se puede desechar la contemporaneidad. Y mezclarlos es arte de lector, claro, y arte de literatura”. No olvidemos por tanto la historicidad de la literatura e intentemos defender la conciliación de los tiempos; seguramente todos nos enriquezcamos un poco más siendo tan permeables como ese amigo olvidado por la historia entre los anaqueles.

Artículo publicado en la revista Culturamas (14.VI.2012)

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LA POLÉMICA ENTRE PROGRESO Y REALIDAD

Jacobo Muñoz (ed.) 
“Melancolía y verdad. Invitación a la lectura de Th. W. Adorno”
Madrid, Biblioteca Nueva, 2012, 290 p., 20 euros.
ISBN 9788499402505
 
 

 

La polémica entre el progreso y la humanidad

Por Mario S. Arsenal

 
Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno (1903-1969), filósofo ante todo, pero también sujeto activo, opinante y sensible a la sociología, la musicología o la psicología, fue un pensador en líneas generales sorprendente, despierto, deslumbrante y con una capacidad filosófico-analítica realmente extraordinaria que le ha encumbrado actualmente como uno de los autores de crucial reclamo para aproximarse a casi cualquier cuestión manifestación de la vida humana. 
 
La editorial Biblioteca Nueva presentó hace pocos meses este libro que recoge varios escritos en torno a la interpretación de la obra del filósofo alemán, pieza clave en el eje fundacional de la conocida Escuela de Frankfurt. El volumen compila una serie de conferencias pronunciadas en el año 2008 que fueron llevadas a cabo conjuntamente por el Instituto Alemán de Madrid, el Departamento de Filosofía IV de la Universidad Complutense de Madrid y la Fundación Xavier Salas.
Dicha escuela filosófica estaba integrada, entre otros, por personalidades de la talla de Max Horkheimer (1895-1973), Leo Lowental (1900-1993), Herbert Marcuse (1898-1979), Friedrich Pollock (1894-1970) o Erich Fromm (1900-1980). Todos ellos pusieron en práctica una metodología particular conocida con el nombre de Teoría Crítica, un planteamiento filosófico que tomaba como punto de partida la influencia teórica de Marx, Freud, varios aspectos de Hegel y sobre todo Walter Benjamin. A partir del dolor al que están expuestos los individuos frente a la irracionalidad y el inhumanismo, dicha teoría es esencialmente consecuencia de la vivencia de la nueva barbarie materializada en los campos de concentración de Auschwitz (1940-1945), y, como el propio Adorno pretendía, destinada a ayudar al hombre moderno a evitar que tan terrible episodio se repitiese.
Integrado en el Institut für Sozialforschung, centro fundado durante la República de Weimar, cerrado en 1933 y reabierto después de 1950, Adorno fue un personaje ajeno a la etiqueta fácil, huidizo de las generalidades: inclasificable, si se quiere. Detestó el determinismo subjetivista (psicologista) y cifró, en palabras de Jacobo Muñoz, “lo esencial de esta tarea en el empeño de sacar a la luz la interdependencia entre el contenido objetivo de la obra –de toda obra– y su lugar histórico”. A través de dicho instituto, la pretensión era desarrollar una reflexión en la que el análisis social se conjugase en la elaboración de un diagnóstico del presente; empeños por otra parte en los que la Teoría Crítica –no nos olvidemos de Walter Benjamin– demostraría ser la máxima valedora. Y todo ello a pesar de que ésta última fue amplificando y certificando la dificultad añadida de la imposibilidad en el mundo moderno de encarnar dicha reconciliación de los individuos entre sí. Los teóricos críticos formulaban, procedente de Hegel, la idea de que en las sociedades modernas –por definición, escindidas– los valores de autonomía y solidaridad ya se encuentran presentes. Esta misma convicción fue la que Adorno asumió como irrenunciable, y la que le permitió mantener vivas las expectativas esperanzadoras como idea regulativa de su programa.
Desde este punto básico Adorno desarrolló una profunda crítica del optimismo metafísico en sus diversas variantes, es decir, cuestionó aquellos valores que suponían el progreso en palabras mayúsculas sometiendo a análisis la resolución de lo negativo como el verdadero resultado de la historia universal (Hegel). Asimiló, como Benjamin, el camino de la historia como un proceso que minimiza el sufrimiento humano, sobre todo el de las víctimas. Fue siempre, nos dice Muñoz, fiel a la contundencia benjaminiana, como bien puede comprobarse en el comentario que Benjamin hiciera del Angelus Novus de Paul Klee, esa suerte de encarnación de la mirada del ángel de la historia.
Adorno volvería más tarde sobre el sentido de progreso señalando que el problema no radica en el progreso en sí, sino en la confusión entre éste y la humanidad. El encuentro con Benjamin y el repudio de todo optimismo metafísico han de interpretarse no obstante en unas coordenadas históricas concretas, éstas son, las del ascenso de los fascismos en Alemania e Italia, las dos grandes guerras, la subsiguiente desaparición de un número escandaloso de personas, la evolución de la revolución soviética hacia el sistema estalinista, la creciente manipulación de las conciencias por los medios de comunicación de masas y, en general, la industria cultural. Lo que a priori podría constituir un engranaje de conflicto pasado de tiempo o moda, desgraciadamente vuelve a repetirse en el presente, de ahí la profunda y enorme actualidad de la obra de Adorno incluso hoy.
A lo largo de esta compilación podemos degustar también otros capítulos dedicados a la filosofía moral de Adorno, al maridaje entre sujeto y naturaleza en su obra, a la crítica política, al antisemitismo, así como al derecho, a la ontología o a la estética. Para clausurar dicho volumen, a modo de apéndice, se recoge un capítulo inmensamente interesante firmado por José Luis López de Lizaga que versa sobre la recepción de Adorno en nuestro país, con un análisis útil y profundo de toda la bibliografía aparecida en torno a la figura de este magnífico pensador. Este “escritor entre funcionarios”, tal y como lo definió Jürgen Habermas en 1963 (a la sazón integrante de la Escuela de Frankfurt pero perteneciente a su segunda generación), de pensamiento totalizador que pretendió abrazar la inmensa humanidad, arrastró en condición de testigo la angustia de un momento histórico crucial para entender la modernidad, hizo suyo el señuelo del malestar en la cultura y la vida, y dedicó todo su afán a hacernos ver y comprender que la historia no necesariamente ha de repetirse en los mismos términos de denigración del individuo. En definitiva, una obra, que tal y cómo indica el subtítulo, nos invita a leer con paciencia y meditación a uno de los más comprometidos y arraigados pensadores de la cultura occidental.
 

 

Artículo publicado en la revista Culturamas (26.IV.2012)

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El espíritu de Henri Bergson

Hubo un tiempo en el que la Filosofía y sus filósofos abogaron y defendieron la autonomía de ésta frente a la Ciencia, ya que respondía a distintos mecanismos, diferentes métodos. La reacción frente a la tendencia positivista fue la característica más clara y radical del espiritualismo, que buscaba reafirmar la irreductibilidad del ser humano ante la naturaleza. Encontrar esos valores, estéticos o mentales, tales como la libertad o la finalidad de la totalidad de los actos y el hallazgo de los caminos, supuso el esfuerzo por encontrar en el hombre la independencia del espíritu, la conciencia o la reflexión.
Henri-Louis Bergson (1859-1941) representó muy bien ese tiempo al radicalizar en parte su postura filosófica frente a los sistemas racionalistas. Influido poderosamente en su período juvenil de formación por la obra de John Stuart Mill, Herbert Spencer o Charles Darwin, la obra magnífica de este gran filósofo francés, ganador del Nobel de Literatura en 1927 (entregado un año más tarde), no especialmente amplia a decir verdad, rebosa calidad y precisión expositiva. Basta ojear cualquier ensayo (La risa, Materia y memoria, La energía espiritual, La evolución creadora, etc.) para advertir de golpe y porrazo que se trata de un filósofo de primera magnitud, tanto por sus planteamientos como por su temática.
Resulta conmovedor por tanto que la editorial Siruela haya editado algunos ensayos de este formidable pensador en formato reducido, de lectura rápida y muy manejable, lo que nos permite degustarlo en cualquier situación imprevista. En él se recogen varios ensayos dedicados esencialmente a la filosofía, la estética y la metafísica: extractos de una especie de actas que fueron redactadas y recopiladas por sus propios alumnos con motivo de unos cursos que impartió en el Lycée Henri IV de París y en Clermont-Ferrand (Auvernia). Este autor de impronta decimonónica encarnó, como decíamos, la reacción frente al positivismo valiéndose de esa nueva tendencia que maridaba espiritualidad y vitalismo. En este pequeño libelo se nos pone de manifiesto su considerable crítica a Kant y al grueso de su ideario estético para luego dar paso suavemente a las nociones sobre la belleza y la estética en general, terminando por exponer su consideración respecto del arte y de las formas sensibles de creación.
Bergson postulaba la existencia en el hombre de dos realidades, el espíritu y la materia. Consideraba que el espíritu es un ente individualizado e independiente. Los fenómenos asimismo no deberían ser tratados como factores exteriores; la vida interior no puede medirse con el mismo reloj de los contratiempos externos, sino que posee sus propios ritmos, sus propios tiempos. En esta misma línea, se opuso igualmente al determinismo físico y psicológico, lo que nos permitirá comprender, como es natural, por qué la idea de libertad se alzó como uno de los ejes centrales de su producción filosófica, ya que, en opinión del filósofo, dicho determinismo causal no existe ni en el mundo físico o material.
Un librito por tanto que recomendamos encarecidamente, tanto por la amabilidad de su lectura como por su efectividad argumentativa. Leer a Bergson quizás nos aleje un tanto de esta trepidante modernidad; posiblemente sus sistemas y patrones de pensamiento estén ya superados; con casi total seguridad sus postulados están descontextualizados de nuestra actualidad; todo ello es posible. Pero únicamente por la claridad enunciativa, ese don que todo genio de la comunicación posee, el libro se nos antoja imprescindible. Invita a reflexionar y lo hace de un modo desprendido y dinámico. No olvidemos que Henri Bergson recibía en todas sus conferencias a una cantidad abrumadora de personas de todo tipo, condición, edad o formación; fue una especie de fenómeno él mismo, también alimentado por quienes le consideraron una especie de místico nutrido en las postrimerías del siglo XIX y, por ello, un singular filósofo heterodoxo del siglo XX que mientras el mundo enunciaba sus tesis destructivamente tremendistas él pronunciaba incansablemente la palabra espíritu. Sin ninguna duda, una lección magistral.

 

 

Henri Bergson, Lecciones de estética y metafísica, Madrid, Ed. Siruela, 2012, 168 pp.

‘Henri Bergson. Una lección magistral’, publicado en la revista Culturamas (16.V.2012)

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El poeta que rechazó el laurel en 1964 o Cómo sobrevivir 32 años sin Jean-Paul Sartre

La muerte. La muerte es una figura poética del desencuentro, no una realidad estrictamente deseada. Es el recurso del abandono por antonomasia, la retórica del escapismo hecha idea y materializada metafóricamente en una palabra, en un gesto literario que trasciende la letra y que a su vez va más allá de la vida.
La muerte poética no es más que el grito del poeta que solloza, solicita y requiere el cariño. Es la mano amiga que recoge los despojos del soldado abatido en combate, es la sábana que cubre sus desgracias con tacto de lino, es la coraza que salpica de rotundidad sus afectos y los protege del Infierno maldito. Es la válvula de escape a través de la cual liberar el sentimiento de congoja, descontento o desprecio de este mundo irreconocible que no se reconoce.
Ese es el concepto de muerte, que no se encuentra muy alejado de la vertiente existencialista. La felicidad, por el contrario, forma parte de otro debate, que no es otro que el derivado del propio lenguaje.
Definimos y nombramos sin precaución alguna la palabra felicidad, pero bastan dos segundos de ligera reflexión para advertir que no resulta tan sencillo hacerse eco de ella de modo tan trivial y desprehendido como se acostumbra.
Felicidad y alegría tienen el mismo parentesco que el correspondiente fundador mítico-mitológico de una ciudad antigua y el rey que regentó las mismas tierras con su corona de oro. Tal es la relación. Y dicha metáfora nos indica la existencia, en algún punto del continuo espacio-tiempo, de una veracidad atendible tanto en el marco legendario como en el histórico.
Dejémonos de debates de tipo hegemónico que pretenden tiranizar la existencia de los conceptos que no gozan de grandilocuencia. El lenguaje se conceptualiza por asimilación, oposición e integración. La idea es fruto de ese acto, así como los ideales ostentan la membresía de un orden superior de cosas y personas: el macrocosmos, el universo singular. Porque cada uno de nosotros, pero no todos, podemos diseñar -detentamos ese poder supremo los poetas- un ámbito real y fantástico de creación, un entorno propio en el que nada puede ser vetado. En ese lugar reside Libertad y ella nos muestra su oposición a lo categórico, a lo establecido, a lo inmanente.
Sólo podemos aproximarnos a los conceptos; los conceptos no son cuerpos esculpidos, son engendros informes que se diluyen en el intelecto en cuestión de segundos, inasibles por definición si no estuviésemos despiertos para fijarlos en un papel. La poesía se sirve de los mismos mecanismos. Si no halla un lugar de residencia (macrocosmos) no puede gozar de la integridad, y por ende, de su coherencia, de su libertad y, de lo más importante, su respetabilidad. De tal guisa se quedaría, por tanto, en un parámetro legendario y renegaría de los «reyes» (los hombres, el carácter histórico) que la han visto nacer. Qué sería de Troya si a la presencia de Apolo no se hubieran sumado Laomedonte o el descarnado Príamo. Ahí tienen la mayor y más elevada de las metáforas. ¿Y qué por ejemplo de Heracles sin Zeus o Alcmena? ¿O qué del gran Eneas sin la belleza enmudecedora de Afrodita y las fatigas del anciano Anquises? Toda poesía necesita dos parámetros para conquistar el concepto neutro de lo poético, pues la poesía como concepto es símbolo de la extensión de todas las tierras, mientras que lo poético es quien gobierna con amor de palabra las mismas.
Felicidad y alegría portan en su esencia los dos ámbitos, por lo que poco o nada nos interesa indagar en su existencia. Las dos confluyen en puntos tangentes, ambas elevan el efecto de su embrión o dignifican la naturaleza de su contrario, pero el conflicto se produce únicamente por el uso inadecuado de las mismas, evidente muestra del desdén de muchos, que no pocos. En ese punto del camino emergen las voces que pretenden extinguir con palabra de hierro una de las dos acepciones con el objetivo de tiranizar la poesía, la vida. Y es ahí donde el poeta interviene, no para justificar su obra o su palabra, sino para desvelar la verdad y vestirla con un peplo de seda, sin estridencias forzadas y con la serena transigencia de un adjetivo, con la intensidad de un adjetivo profundo o un verbo rotundo y claro que no albergue el error, actuantes todos de una acción deliberada y sin precedentes: la expresión de la necesidad.
No concluiremos en nada porque nada somos en nosotros mismos por mucho que nos obcequemos en ello. Somos lo que hacemos en vida y los medios de los que nos valemos; aquello en lo que apoyamos nuestros miembros para subir un peldaño más en busca de lo que anhelamos. La felicidad o la tristeza, así como la alegría o la desesperación, son parte de esos escalones que conforman una escalera de caracol ascendente mucho mayor en la que inverosímilmente el trayecto de su curso siempre nos obliga a descender para redescubrir las mismas cosas una y otra vez. Al mito de Sísifo le sigue la leyenda de los hombres, ¿o le precede?

Esta entrada está dedicada especialmente a la presencia, cariño, amabilidad y la bella palabra de L., R. y L.

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