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Dies Irae /// Leonid Andréiev

ca.1910

Leonid Andréiev (ca.1910)

«Si yo recogiese por el mundo entero todas las buenas palabras que usan los hombres, todas sus tiernas y sonoras canciones, y las lanzase al aire alegre; si yo recogiese todas las sonrisas de los niños, las risas de las mujeres no ofendidas aún por nadie, las caricias de las ancianas madres de cabellos blancos, los apretones de manos de los amigos, y con todo ello hiciese una corona inmarcesible para una hermosa cabeza; si yo recorriese todo el haz de la tierra y recogiese cuantas flores hay en los bosques, en los campos, en las praderas, en los jardines de los ricos, en las profundidades de las aguas, en el fondo azul de los mares; si yo recogiese cuantas piedras preciosas brillan en las hendiduras de los montes, en la oscuridad de las minas profundas, en las coronas de los soberanos y en las orejas de las grandes damas, y con todas hiciese una montaña fulgurante; si yo recogiese todas las llamas que arden en el universo, todas las luces, todos los rayos, todos los brillos, todas las auroras, y con todo ello hiciese rutilar los mundos en un grandioso incendio, ni aun así podría glorificar tu nombre como se merece, ¡oh, libertad!»*

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(*) Leonid Andréiev, Dies Irae (trad. Nicolás Tasin), Madrid, Eneida, pp. 15-16.

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Rafael Sanzio /// Alexandre Dumas

Uffizi

Galleria degli Uffizi (Florencia) / Fuente: Hotel Alba Palace

«Si recorréis Italia y pasáis por la hermosa Florencia, si visitáis la espléndida Galería de los Oficios [Uffizi], entrad en la sala de pintores, y allí, sobre el retrato de Perugino, debajo del de Miguel Ángel, buscad una cabeza de suaves contornos, de largos cabellos negros, grandes ojos llenos de melancolía, tez pálida, cuello delgado y gracioso como el tallo de un lirio; después, cuando lo hayáis reconocido siguiendo nuestras indicaciones, postraos de rodillas, quienquiera que vos seáis, siempre que seáis artista; estáis ante el pintor de nombre de ángel y angélico talento, ante el divino Rafael; pues el azar se ha divertido a veces en armonizar los nombres con sus individuos, y la naturaleza se ha complacido a veces en identificar el genio del alma con los rasgos del rostro.

»Ved a ese viejo que desciende solitario y sombrío las gradas de San Pedro, sin un amigo que lo sostenga, sin un discípulo que lo acompañe: es el ejecutor de las venganzas celestes, el arcángel Miguel. Ved a ese joven que sube al Vaticano, rodeado de un séquito de cardenales y de un ejército de discípulos: es el ángel de la misericordia infinita, Rafael. Si se encontraran, escuchadles:

—¡Acompañado como un rey! —dice Miguel Ángel.

—¡Solo como el verdugo! —responde Rafael.

»Ya que hemos referido la vida de luchas y agitaciones que sufrió el autor del Juicio Final, referiremos la vida de felicidades y triunfos por la cual se ha dejado llevar el autor de la Transfiguración.

»El viernes santo del año de gracia de 1483, en la misma hora en que Cristo había dado un último suspiro, nació un niño, hijo de Giovanni Sanzio, recibiendo el nombre de Rafael. Este Giovanni Sanzio era de una vieja familia, de la familia de los Santi. Algunos sabios ociosos se han divertido en dar prueba de esta interesante verdad, como si tuviera importancia el saber de quién desciende Giovanni Sanzio, cuando se sabe que Rafael descendía de él.

»No se sabe nada de la infancia de Rafael; se ignora qué educación recibió. Las cartas del pintor de Urbino, que han llegado hasta nosotros, están escritas casi todas en dialecto materno. Por otra parte, Giovanni Sanzio no había tenido la intención, como Leonardo Buonarroti [padre de Miguel Ángel], de hacer de su hijo un podestà, sino que había decidido desde el principio que el joven Rafael sería pintor. Por ello, en lugar de ponerle unos libros bajo el brazo, le puso un pincel en la mano. Siendo muy niño aún, el joven Rafael copiaba por tanto los cuadros de su padre, que era un pobre maestro; en sus ratos perdidos estudiaba la naturaleza, que es una rica y gran maestra.

perugino

Perugino, Cristo entregando las llaves a San Pedro, 1480-1482, Capilla Sixtina, Vaticano. / Fuente: Web Gallery of Art

»Había alcanzado la edad de catorce años cuando un buen día su padre se dio cuenta de que ya no tenía nada que enseñarle. En esa época, el maestro con reputación era Pietro di Cristoforo Vanucci, llamado el Perugino. Juan partió con su hijo para Perugia, y, a sus instancias, tuvo la felicidad de verle entrar en el taller de aquel a quien se consideraba con razón el primer maestro de su tiempo.

»[…] Jamás inspiración alguna había sido tan certera. Si había un maestro que conviniera a Rafael, era el Perugino; si había un discípulo que conviniera al Perugino, era Rafael. Nombre de ángel y casto talento, todo ello crecía a la sombra de esta bella escuela de Umbría, cuyo centro es la tumba de San Francisco de Asís. Fue allí donde el joven discípulo estudió esas dulces cabezas de la Virgen, cuyo óvalo perfeccionó, pero cuya idealidad jamás superó, y esas majestuosas cabezas de anciano que se han conservado como modelos de expresión. En cuanto al grado a que había llegado el arte en esa época, si se quiere tener una idea de él, se puede echar una ojeada a las escuelas contemporáneas que fundara Leonardo da Vinci en Milán, Giovanni Bellini en Venecia, [Francesco] Francia en Bolonia, y Domenico Ghirlandaio en Florencia.

»Al cabo de dos o tres años de estudios con el Perugino, si no había sobrepasado al maestro, al menos había alcanzado tal perfección en su propia manera que era difícil distinguir, en un cuadro realizado conjuntamente por ambos, cuáles eran las partes ejecutadas por el Perugino y cuáles por Rafael. Ahora bien, ¿qué edad tenía el joven Sanzio cuando su genio ya se fundía así con el talento de su maestro? ¡Diecisiete o dieciocho años apenas!


 

»Era 1503 cuando Leonardo da Vinci y Miguel Ángel hacían los famosos cartones [para el Palazzo della Signoria de Florencia]. Por ello Rafael, careciendo de protectores, demasiado joven para recurrir a la intriga, casi desconocido aún o conocido solamente como discípulo del Perugino o como segundo del Pinturicchio, no dejó huella alguna de su paso [por Florencia]. Sin embargo, había visto lo suficiente para desear volver; le había parecido digno de sí este campo de lucha. Sentía prisa por escribir su nombre en medio de los nombres célebres que hacían de Florencia, en esta época, la reina de las artes. Retornó, pues, a su patria, permaneciendo casi un año, y luego volvió siendo portador de una carta de la duquesa de Urbino para ese buen gonfaloniero perpetuo, Pietro Soderini, que Maquiavelo, su secretario, inmortalizó mediante un epigrama. La carta estaba concebida en estos términos:

Magnífico y muy alto señor, al tiempo que muy respetable padre:

Quien os entregará esta carta es Rafael, pintor de Urbino, el cual, teniendo buenas disposiciones en su arte, ha decidido pasar algún tiempo en Florencia con el fin de estudiar; y como su padre, muy excelente persona, me está muy vinculado, y su hijo es un cortés y gentil muchacho, a quien estimo de todo corazón, y a quien me gustaría ver triunfar, lo recomiendo a vuestra señoría tan cálidamente como pueda, rogándole que en mi nombre le preste toda ocasión ayuda y favor, asegurando a vuestra señoría que estimaré como a mí prestados todos los servicios con que le favorezca, y que se los agradeceré en el alma a vuestra señoría, a la cual yo mismo me recomiendo.

Joanna Feltria da Ruvere

Ducissa sorae, et urbis praefectissima.

Urbini, prima octobris 1504

»¡Afortunado Rafael, quien penetra en el mundo bajo los auspicios de una mujer!


 

»[…] La fortuna de Rafael era inmensa. Ya en 1514, es decir, seis años antes [de su muerte], escribía a su tía, que, además de los bienes personales que tenía en Roma, que ascendían a unos tres mil ducados de oro, gozaba de cincuenta escudos anuales de oro en calidad de arquitecto de la corte de Roma, más una pensión de trescientos ducados que le pasaba Su Santidad. Todo esto sin contar los precios casi insensatos a que vendió en vida sus cuadros, que solo reyes y príncipes podían comprar. Con todo esto, siendo siempre bueno y humilde, siguió siendo el pobre Sanzio, hijo de un pobre pintor de Urbino; y escribía a su tío, a quien consideraba su segundo padre:

Si bien, como veis, soy rico y os honro a vos y a todos nuestros parientes, así como a nuestra patria, en medio de esta riqueza inesperada os llevo siempre en mi corazón, y cuando os oigo nombrar, me parece oír el nombre de mi padre.

Transfiguration_Raphael

Rafael, Transfiguración, 1518-1520, Museos Vaticanos, Vaticano.

»Hecho el testamento, Rafael murió a la edad de treinta y siete años, el siete de abril de 1520 [viernes santo], legando su alma a Dios y su nombre a la posteridad. Es imposible hacerse una idea del efecto que produjo en Roma esta muerte prematura […] Perdiéndole, todos creyeron perder un amigo, y cuando cerró los ojos —dice un contemporáneo— la Pintura se creyó ciega (E quando gli occhi chiuse, ella quasi cieca rimase).

»Según costumbre de la época, Rafael fue expuesto debajo del cuadro de la Transfiguración, en algunas partes inacabado. Roma entera acudió a saludar muerto al semidiós a quien tantas veces había adorado vivo. Cuando se anunció esta muerte a León X, el Papa permaneció abatido y como paralizado de estupor; después meneó la cabeza, como para decir que perdía el más bello diamante de su tiara, y abundantes lágrimas corrieron por su mejillas.

»Conforme a los deseos de Rafael, su cuerpo fue llevado al Panteón y depositado en la capilla que había dotado. El Papa hizo grabar [a Pietro Bembo] sobre su tumba este doble epitafio [en cuyo último fragmento podemos leer]:

ILLE HIC EST RAPHAEL, TIMVIT QVO SOSPITE VINCI

RERVM MAGNA PARENS, ET MORIENTE MORI.

[He aquí Rafael, por quien la Naturaleza, madre de todas las cosas,

temió ser vencida y morir con su muerte.

Alexandre Dumas, Tres maestros: Miguel Ángel, Tiziano, Rafael, Madrid, Gadir, 2013, pp. 179-227.

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Ángel Crespo /// Interpretación(es)

Ángel Crespo / Foto: Ciudad-Real.es

«Si el nombre de crisálida que nos hemos permitido proponer conviene a todas las almas que, en el otro mundo esperan el día del Juicio Final para adquirir su estado y apariencia definitivos, a ningunas les cuadra mejor quer a las del Purgatorio. Este reino del más allá está todo él, en la Comedia, impregnado de un espíritu ascensional -pero pesada, gravemente ascensional- que Dante pone de relieve cuando escribe que es

 

la tierra purgadora

del alma humana, que hacia el cielo es vía

de la que se hace de él merecedora

(Purg., I, 4-6)

 

»Como ya sabemos, el reino de la penitencia está dividido en un antepurgatorio y el Purgatorio propiamente dicho. En el primero, las sombras, delicadas y provisionales como crisálidas, inicias y dan el tono que prevalece en toda la cantiga segunda. Es un clima, primero de asombro, luego de esperanza, y finalmente de gozo, en el que unos seres incompletos, convalecientes, se someten gustosos a una dura pero santificadora terapia. El poeta las descubre, recién llegadas, como a una turba ignara del lugar «alrededor mirando / como quien ve algo insólito». Cuando observan que Dante respira, quedan maravilladas y pálidas. Son almas asustadizas, conscientes de su fragilidad, que huyen en desbandada cuando las increpa Catón, el guardián del Purgatorio, y que andan tan lentamente que no parecen moverse; carecen, además, de iniciativa:

 

Como las ovejuelas, una a una,

dos a dos, tres a tres, abandonando

van al redil, y si se para alguna

las otras con candor vanse agrupando,

bajos vista y hocico y, sin protesta,

a la primera imitan, ignorando

el porqué; vi moverse así la testa

del rebaño de gente afortunada:

púdica era su faz; su marcha, honesta

(Purg., III, 79-87)

»…escribe el poeta, en una imagen perfecta; se asombran con facilidad y sus reacciones son nerviosas, como de personas cuya salud y tono orgánico son inestables.

»Ya en el Purgatorio propiamente dicho, se inicia el proceso que ha de hacer progresar sus metamorfosis. Creemos descubrir en lo que Dante refiere de él cierto espíritu de alquimia, que se revela en la lentitud de las operaciones, en la espera paciente, en la exactitud de los ritos. Las almas han de adquirir limpieza y ligereza para poder subir a las esferas celestes y, mientras tanto -salvo los perezosos, que actúan como contraste- se mueven con lentitud. El clima, lejos de las crudezas del Infierno, de su actualidad, es de maravillosa expectativa: como el aspecto exterior de la crisálida -estático y nada bello- no cambia hasta que surge de su interior la alegría alada de la mariposa, así estas sombras, pegadas al suelo, a una pared rocosa, envueltas en humo o llamas, ocultan a los ojos de los poetas viajeros el maravilloso cambio que se está operando en su interior; sólo sus cánticos, y las palabras que excepcionalmente les dirigen, aseguran de él. Ningún grado falta, pues, en el proceso de las metamorfosis dantescas.

Fotografía en color.

Ángel Crespo en 1980 posa en el Piazzale Michelangelo con motivo de la concesión de la Medalla de Oro de Florencia por sus trabajos sobre Dante / Fuente: Centro Virtual Cervantes

 

»Leyendo el Purgatorio uno se siente tentado a pensar que, en efecto, la transformación es puramente interna, que carece de todo signo exterior. Nada más lejos de la verdad: la fuerza viene de dentro -a través de la gracia recibida y de la penitencia- pero sus efectos se manifiestan, como se descubre en el Paraíso, en la adquisición de facultades, tales como el vuelo vertiginoso, que las asimilan a las naturalezas angélicas.

»Dante mismo sufre en el Purgatorio una metamorfosis cuyos efectos más espectaculares se revelarán en el Paraíso. Es una invención poética genial que pondría en un grave aprieto a los teólogos, e incluso a los místicos. Pero tranquilicémonos: se trata de una realidad poética, y no teológica, ni siquiera mística, como han querido ver algunos. Podemos considerarla con ánimo seguro.

»Cuando Dante y Virgilio llegan al Purgatorio, Catón hace que el guía lave la cara a su discípulo y le ciña un junco, símbolo de humanidad, a la cintura. Este rito purificador tiene la virtud de hacer  que cuanto más asciende Dante por la montaña del Purgatorio, más leve se le haga el camino. En realidad, el poeta va a resumir en su persona la historia completa de la metamorfosis que se opera en las crisálidas del reino de la penitencia. Su estado no es ya el de lucidez permanente -mezclada con algunos desvanecimientos momentáneos y comprensibles- de que disfrutó en el Infierno: ahora se siente intranquilizado por sueños simbólicos y extrañas visiones. Cuando llega ante el ángel guardián de la puerta que da acceso a los siete círculos, éste le imprime siete Pes en la frente, en representación de los siete pecados capitales. Así se inicia la transhumanación del poeta, cuyos efectos contemplaremos en el Paraíso. Cada vez que abandona uno de los círculos de la purificación, un ángel bate su frente con las alas y le borra una de las letras: es el signo exterior, en la crisálida Dante, de la maravillosa metamorfosis que está operando en su interior.

Fotografía en blanco y negro.

Ángel Crespo y Lasse Söderberg en el Festival Internacional de Poesía de Malmö (Suecia, mayo de 1990) al que también asistieron, entre otros, John Ashbery o Kathleen Raine / Fuente: Centro Virtual Cervantes

 

»Anotemos que al poeta le deslumbran los ángeles y no puede mirarlos cara a cara porque su vista es todavía natural y que conforme las Pes van desapareciendo, se siente más ingrávido, más ligero. Ahora bien, sólo después del rito expiatorio que es la confesión ante Beatriz, puede Dante beber las aguas del Leteo y del Eunoé, que la metamorfosearán de manera total.»

 

Ángel Crespo, Dante y su obra, Barcelona, Acantilado, 1999, pp. 139-142.

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Sergio Givone /// Interpretación(es)

Sergio Givone (Buronzo, 1944) / Fuente: Lettera43.it

Sergio Givone (Buronzo, 1944) / Fuente: Lettera43.it

«Más productivo parece el modo de plantearse el problema de la verdad de la obra de arte en el clima cultural levemente antifundacionalista de la Escuela de Costanza y, en particular, de su máximo exponente, Hans Robert Jauss. Tanto Jauss como Heidegger o Gadamer buscan el declive del valor de verdad de la experiencia estética en el romanticismo, que, haciendo culminar un proceso que, por otra parte, se estaba incubando desde hacía tiempo en la cultura estética europea, privilegia el arte como poiesis, es decir, como producción genial que se sustrae a todo tipo de vínculo con la historia y la tradición. A esta visión del arte corresponde, como hemos visto, una desvalorización de la fruición estética que, basándose en la subjetivización del gusto característica de las estéticas de los siglos XIX y XX, convierte cualquier plausible pretensión de validez en un juicio puramente subjetivo. La subjetivización del juicio está acompañada en las estéticas de impostación hegeliana que implícita o explícitamente continúan viendo en la obra la manifestación sensible de la idea, de una desvalorización no sólo gnoseológica, sino también ética del placer estético: disfrutar de una obra significa, tanto para Hegel como para Adorno, no detenerse en sus aspectos sensibles y que más se pueden consumar desde un punto de vista hedonista, privado por sí mismo de validez; de tal forma que el valor de la verdad de la obra en la época de la muerte del arte hay que buscarlo en la negatividad, en el retraerse de la obra ante la fruición sensible, es decir, en último término, en su negación como arte para dejar que se vislumbre la idea o la utopía que no puede realizarse en lo real.

»Se trata, por tanto, de sustraer lo estético al estatuto de negatividad al que le ha destinado la idea del arte como conocimiento sensible o como mímesis de lo muerto. El primer paso en esta dirección está permitido por la rehabilitación de la categoría de aisthesis como fruición estética. El goce estético no representa sólo un momento caduco o subjetivo, sino que constituye en último término la justificación más obligatoria de la estética, la explicitación de la promesse de bonheur que va unida a la obra: «El placer estético se distingue del mero placer sensual -como se ha atestiguado unánimemente por toda teoría estética desde Kant acerca del placer desinteresado- en virtud de la «distancia entre el yo y el objeto», o distancia estética. A diferencia de la actitud teorética, que presupone distancia, en el placer estético tiene lugar la liberación del sujeto receptor de las cadenas de la praxis cotidiana, a través de lo imaginario. En el proceso originario de la experiencia estética, lo imaginario no constituye todavía un objeto, sino -como ha mostrado Sartre- un acto de representación de la conciencia imaginativa debe negar la objetividad dad para poder producir, según los símbolos estéticos pertenezcan a un texto verbal, visual o musical, una forma integrada por palabras, imágenes o sonidos. El placer estético, en el que la conciencia imaginativa se desvincula de las costumbres y de los intereses, permite al hombre, prisionero en su actividad cotidiana, liberarse para otras experiencias». (*)

»[…] Recuperando en parte la concepción gadameriana de la actualidad de lo bello, Jauss señala indirectamente el carácter de negatividad implícito en el discurso de Derrida sobre la escritura (aunque, en rigor, esta negatividad es inmanente a toda tematización de la diferencia ontológica, y en alguna medida se puede ya vislumbrar en la dialéctica entre mundo y tierra del Origen de la obra de arte de Heidegger); el arte como huella de la diferencia ontológica estaría en relación con el silencio de la obra en la teoría estética de Adorno: el interés de la obra no es tanto la comunicación, cuanto negarse a comunicar (interés que es, en Derrida, el del lenguaje en general).

Sergio Givone en 2010 / Fuente: Tuttoscorre.org

Sergio Givone en 2010 / Fuente: Tuttoscorre.org

»Paul de Man (1919-1983) y Harol Bloom -y, con ellos, todos los teóricos de la literatura reunidos bajo el nombre de Yale Critics en el marco de un gran interés por la reflexión de Derrida en la cultura contemporánea- desarrollan las implicaciones antifundacionalistas conectadas a un discurso hermenéutico-deconstructivo, y las aplican temáticamente a los estudios literarios. Lo que desaparece es, ante todo, la noción de metalenguaje crítico, es decir, la noción de un lenguaje transparente capaz de comprender la literatura y lo estético-expresivo en general, mejor de lo que se pueden comprender ellos mismos: la «deconstrucción» de un texto literario no es tanto el resultado de una actividad metódico-crítica, cuanto el desarrollo de las características ambiguas y autorreflexivas del mensaje estético en cuanto tal: «La escritura poética es el tipo de deconstrucción más avanzada y refinada; puede diferir de la escritura crítica en la economía de sus articulaciones, pero no en el género de ellas» (**). La tarea de la crítica -una vez que ha desaparecido la fe en el papel heurístico de un metalenguaje metodológicamente utilizado- es entonces situarse en una actitud de escucha del lenguaje poético (que posee un peculiar y, a decir verdad, aurático valor de verdad). «La crítica retórica, la fenomenológica, la estructuralista, reducen todo a imágenes, a ideas, a elementos dados, a fonemas. La crítica moral y otros tipos de crítica filosófica o psicológica reducen todo a conceptos contrapuestos. Nosotros reducimos una poesía […] a otra poesía» (***).

»Es característico de esta crítica la disminución de la diferencia entre literatura y crítica literaria, de tal modo que la crítica, una vez que ha abandonado la idea de metalenguaje, es asimilada a la literatura, y la pérdida del prestigio científico se compensa con el aumento del valor creativo. Este discurso comporta más redicalmente una asimilación entre literatura y filosofía, que, por un lado, se remite a la revalorización del valor de verdad de la obra de arte llevado a cabo por la hermenéutica y, por otro, se aleja de ella de un modo casi antitético. Si la perspectiva hermenéutica, alegando un peculiar poder veritativo del arte, disminuye las diferencias entre literatura y filosofía, aquí asistimos a una completa homologación; pero, y esto es el rasgo más sobresaliente, no es tanto que el arte sea verdadero en sentido filosófico, cuanto que la filosofía es asimilada a la literatura, que, ciertamente, posee una verdad, pero de forma aurática y retórica. El modo de verdad de la filosofía asimilada a la literatura recuerda el topos de la inspiración divina de los poetas. La reivindicación del valor de verdad del arte y la disminución de la diferencia entre literatura, crítica y filosofía pueden, por tanto, convivir sin contradicciones con una perspectiva epistemológica de tipo fundacionalista, por la que no pueden plantearse con seriedad pretensiones de verdad ni en el campo literario, ni en el científico, ni en el filosófico.»

 

Sergio Givone, Historia de la estética, Madrid, Tecnos, 2009, pp. 208-212.

 

– H. R. Jauss, Apologia dell’esperienza estetica, Turín, Einaudi, 1985, pp. 10-11. (*)

– P. de Man, Allegories of Reading, New Haven, Yale University Press, 1979, p. 17. (**)

– H. Bloom, L’angoscia dell’influenza, Milán, Feltrinelli, 1983, p. 98. (***)

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Heinrich Heine /// Interpretación(es)

Heinrich Heine (c. 1827) / Getty Images / Fuente: Encyclopaedia Britannica

Heinrich Heine (c. 1827) / Getty Images / Fuente: Encyclopaedia Britannica

«Heinrich, Harry, Henri, todos esos nombres suenan cuando se deslizan por labios hermosos. Lo que mejor suena, claro está, es Signior Enrico. Así me llamaba en las claras noches azules de verano, bordadas con grandes estrellas de plata, de aquel país noble y desdichado que es la patria de la belleza y que dio a luz a Rafael Sanzio de Urbino, Gioacchino Rossini y la principessa Christina Belgiojoso [1808-1871].

»Como mi estado físico me roba toda esperanza de poder volver a vivir en sociedad y ésta, en realidad, ya no existe para mí, me he quitado las ataduras de esa vanidad que apresa a todo el que quiere moverse entre los hombres, en el denominado mundo. De ahí que ahora pueda hablar de forma imparcial de la desgracia que estuvo unida a mi nombre Harry, y que me amargó y me envenenó los años más hermosos de la primavera de la vida. Se debió a la siguiente circunstancia particular: en mi ciudad residía un hombre al que llamaban Michel el basurero, porque todas las mañanas recorría las calles de la ciudad con un carro del que tiraba un asno, deteniéndose a la puerta de todas las casas para cargar en él la basura que las muchachas habían reunido en delicados montones, y transportarla al basurero de las afueras de la ciudad. El hombre tenía el mismo aspecto que su oficio, y el asno, que, a su vez, tenía el mismo aspecto de su amo, se detenía ante las casas o se echaba al trote según la modulación con la que el Michel le gritaba la palabra harrüh. ¿Era ése su nombre o tan sólo una seña? No lo sé, pero sí que es cierto que por la similitud de esa palabra con mi nombre Harry tuve que soportar un sinfín de humillaciones de compañeros de escuela y vecinos. Para enojarme, lo pronunciaban exactamente como Michel el basurero llamaba a su asno y, si no me enfadaba por ello, los bribones ponían a veces cara de inocentes y me pedían que les enseñara cómo se pronunciaban mi nombre y el del asno; pero era imposible enseñarles: decían que Michel solía arrastrar siempre mucho la primera sílaba, mientras que la segunda la cortaba siempre muy rápido; otras veces sucedía lo contrario, con lo que su grito volvía a sonar exactamente igual que mi nombre, y en tanto que los chicos confundían de la manera más absurda todos los términos y a mí con el asno y luego a éste conmigo, se liaba un divertido coq-à l’âne [despropósito, barullo], con el que todos los demás se reían, pero que a mí me hacía llorar.

Retrato de Heine, por Gottlieb Gassen (1828) /

Retrato de Heine, por Gottlieb Gassen (1828) / Heinrich Heine Institut (Düsseldorf)

»Cuando me quejaba a mi madre, ella decía que yo sólo tenía que tratar de aprender mucho y ser prudente, y que entonces nunca me confundirían con un asno. Pero mi homonimia con aquel mezquino orejudo siguió siendo mi pesadilla. Los chicos grandes pasaban ante mí y me saludaban: «Harrüh». Los pequeños me gritaban el mismo saludo, pero a alguna distancia. En la escuela el tema se explotaba con refinada crueldad; bastaba con que se hablara de un asno, todos me miraban de reojo, yo siempre me sonrojaba y resulta increíble cómo en todas partes los niños de escuela son capaces de inventar y de dar relevancia a las alusiones más mordaces. Por ejemplo, uno preguntaba a otro cómo se diferenciaba la cebra del asno de Barlaam, el hijo de Beor [en realidad se refiere al profeta Balaam, cfr. Números 22-24]. La respuesta era que la una hablaba cebreo, y el otro hebreo. Luego venía la pregunta: pero ¿cómo se diferencia el asno de Michel el basurero de su tocayo? Y la impertinente respuesta era: no sabemos la diferencia. Entonces yo les quería dar, pero me tranquilizaban y mi amigo Dietrich [Monten (1799-1843), pintor de historia], que sabía pintar cuadritos de santos extraordinariamente hermosos, y que después llegó a ser también un famoso pintor, trató de consolarme en una de esas ocasiones prometiéndome un cuadro. Me pintó un san Miguel… pero el malvado se burló de mí descaradamente. El arcángel tenía los rasgos de Michel el basurero, su rocín era exactamente igual que el asno de éste y, en lugar de un dragón, la lanza atravesaba el trasero de un gato muerto. Incluso el dulce y afeminado Franz [von Zuccalmaglio (1800-1873), a quien Heine dedicó un poema], el de los rizos de oro, a quien yo quería tanto, me traicionó en una ocasión: me abrazó, apoyó delicadamente su mejilla en la mía, permaneció durante un rato muy sentimental junto a mi pecho y, de repente, me gritó al oído un ameno «¡harrüh!», sin dejar de modular al marcharse la desdeñosa palabra, de manera que continuó resonando por el claustro del monasterio.»

signatura Heine

Heinrich Heine, Confesiones y memorias, Madrid, Alba, 2006, pp.153-156.

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Marcel Schwob /// Interpretación(es)

Marcel Schwob (1867-1905) / Fuente: 20minutos.es

Marcel Schwob (1867-1905) / Fuente: 20minutos.es

«En realidad se llamaba Paolo di Dono, pero los florentinos le llamaron Uccello o también Pablo Pájaros, por la cantidad de figuras de pájaros y animales pintados que llenaban su casa: era tan pobre que no podía mantener animales ni procurarse los que conocía. Cuentan incluso que en Padua realizó un fresco de los cuatro elementos, y que atribuyó al aire la imagen del camaleón. Lo malo es que nunca había visto camaleones, así que se inventó un camello panzudo y boquiabierto, a pesar de que ya entonces Vasari explicaba que el camaleón se parece a una lagartija áspera mientras que el camello es un animal grande y desgarbado. La verdad es que a Uccello le importaba poco la realidad de las cosas y atendía más a su multiplicidad y a lo infinito de las líneas, de modo que pintó campos azules, ciudades rojas, caballeros con armaduras negras en caballos de ébano que despedían fuego por la boca, lanzas apuntadas como rayos de luz hacia cualquier rincón del cielo. Y además se dedicaba a dibujar mazocchi, que son círculos de madera cubiertos por un paño que se ponen en la cabeza, de manera que los pliegues del tejido que cuelga enmarquen en rostro. Uccello imaginó los más diversos diseños, puntiagudos, cuadrados, poliédricos, en forma de cono y de pirámide, explorando todos los aspectos de la perspectiva, hasta encontrar un mundo de combinaciones en los pliegues del mazocchio. Y el escultor Donatello le decía: «¡Ah! ¡Paolo, descuidas la sustancia por la sombra!»

»El Pájaro, sin embargo, proseguía su paciente labor, acumulaba círculos, dividía ángulos, examinaba todas las criaturas bajos sus diversos aspectos y visitaba a su amigo el matemático Giovanni Manetti para averiguar la interpretación de los problemas de Euclides. Luego se encerraba y llenaba de puntos y curvas sus pergaminos y sus tablas. Nunca dejó de estudiar arquitectura, para lo que requirió la ayuda de Filippo Brunelleschi, aunque no tuviese intención alguna de construir. Se limitaba a observar la dirección de las líneas, desde los cimientos hasta las cornisas, y la convergencia de las rectas en sus intersecciones, y la manera de cerrar las bóvedas, y el escorzo en abanico de las vigas del techo que parecen unirse en la extremidad de lassalas largas. También representaba todos los animales y sus movimientos, y los gestos de los hombres, a fin de reducirlos a simples líneas.

»En seguida, igual que el alquimista encorvado sobre las mezclas de metales y órganos a la espera de que se fundan en su hornillo para encontrar oro, Uccello volcaba todas las formas en el crisol de las formas. Las reunía, las combinaba y las fundía, a fin de obtener su transmutación en la forma más simple de la que dependen todas las demás. Por eso Paolo Uccello vivió como un alquimista en el fondo de su pequeña casa. Creyó que podría mudar todas las líneas en un solo aspecto ideal. Quiso concebir el universo creado tal como se refleja en el ojo de Dios, que ve surgir todas las figuras de un centro complejo. Alrededor de él vivían Ghiberti, della Robbia, Brunelleschi y Donatello, cada cual orgulloso y dueño de su arte, burlándose del pobre Uccello y de su locura por la perspectiva y sintiendo lástima de su casa llena de arañas y vacía de provisiones; pero Uccello era más orgulloso aún. A cada nueva combinación de líneas esperaba haber descubierto el modo de crear. No era la imitación su finalidad, sino el poder desarrollar soberanamente todas las cosas, y la extraña serie de capuchas con pliegues le parecía más reveladora que las magníficas figuras de mármol del gran Donatello.

»Así vivía el Pájaro, su cabeza meditabunda iba envuelta en su capa, y no advertía lo que comía ni lo que bebía, y se parecía en todo a un ermitaño. Así ocurrió que un día, en un prado, junto a un círculo de viejas piedras hundidas entre la hierba, advirtió a una sonriente chiquilla con la cabeza ceñida por una guirnalda. Llevaba un vestido largo y delicado, sujeto a la altura de los riñones por una cinta descolorida, y sus movimientos eran ágiles como los tallos que doblaba. Su nombre era Selvaggia, y le sonrió a Uccello. Él reparó en la inflexión de su sonrisa. Y cuando ella lo miró, él vio todas las ínfimas líneas de sus cejas, y los círculos de sus pupilas, y la curva de sus párpados, y los enredos sutiles de sus cabellos, y en su mente hizo que la guirnalda que cubría su frente describiese una multitud de posiciones. Pero nada de esto supo Selvaggia, porque sólo tenía trece años. Tomó a Uccello de la mano y lo amó. Era la hija de un tintorero de Florencia, y su madre había muerto. Otra mujer había entrado en la casa y había pegado a Selvaggia. Uccello se la llevó a la suya.

Retrato de Schwob firmado por Félix Valloton (1898) / Fondation Marcel Schwob

Retrato de Schwob firmado por Félix Valloton (1898) / Fundación Marcel Schwob

»Selvaggia permanecía en cuclillas todo el día frente a la muralla sobre la que Uccello trazaba las formas universales. Nunca comprendió por qué él prefería analizar líneas rectas y líneas arqueadas en lugar de mirar la tierna figura que tenía delante. De noche, cuando Brunelleschi o Manetti venían a estudiar con Uccello, se dormía, ya pasada la medianoche, al pie de las rectas entrecruzadas, dentro del círculo de sombra que se extendía bajo la lámpara. Se despertaba temprano, antes que Uccello, y se regocijaba al verse rodeada de pájaros pintados y animales de color. Uccello dibujó sus labios, y sus ojos, y sus cabellos, y sus manos, y definió todas las actitudes de su cuerpo; pero no hizo su retrato, tal como hacían los otros pintores que amaban a una mujer. Pues el Pájaro no conocía la alegría de limitarse al individuo, no permanecía en un solo lugar: quería, en su vuelo, planear por encima de todos los parajes. Y las formas de las actitudes de Selvaggia cayeron en el crisol de las formas, junto con todos los movimientos de los animales, y las líneas de las plantas y de las piedras, y los destellos de la luz, y las ondulaciones de los vapores terrestres y de las olas del mar. Y Uccello, sin acordarse de Selvaggia, parecía quedarse eternamente encorvado entre el crisol de las formas. Sin embargo, en la casa de Uccello no había qué comer. Selvaggia no se atrevía a contárselo a Donatello ni a los otros. Calló y murió. Uccello representó la rigidez de su cuerpo, y la unión de sus manitas enflaquecidas, y la línea de sus pobres ojos cerrados. No supo que estaba muerta, y tampoco había sabido si estaba viva. Se limitó a arrojar esas nuevas formas entre todas las que había reunido.

»El Pájaro se volvió viejo, y ya nadie comprendía sus cuadros. No enseñaban más que una confusión de curvas. No difernciaba ya la tierra, ni las plantas, ni los animales, ni los hombres. Desde hacía largos años, Uccello trabajaba en su obra suprema, que escondía de todas las miradas. Aquella obra debía abarcar todas sus búsquedas y ser, en su concepción, la imagen de ellas. Era Santo Tomás incrédulo tocando la llaga de Cristo. Uccello terminó su cuadro a los ochenta años. Invitó a Donatello y piadosamente lo descubrió ante él y Donatello exclamó: «¡Oh, Paolo, oculta ese cuadro!». El Pájaro interrogó al gran escultor, pero éste no quiso decir más. De modo que Uccello supo que había conseguido el milagro. Sin embargo, Donatello sólo había visto un caos de líneas.

»Y algunos años más tarde encontraron a Paolo Uccello muerto de inanición en su catre. Tenía el rostro radiante de arrugas. Sus ojos se clavaban en el misterio revelado. En su mano rígidamente cerrada guardaba un pequeño rollo de pergamino cubierto de entrelazamientos que iban al centro de la circunferencia y que volvían de la circunferencia al centro.»

 

Marcel Schwob, Vidas imaginarias, Barcelona, Bruguera, 1982 (1896), pp. 97-102.

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Longino (siglo I d.C.)

«Ahora no quiero pasar por alto, amigo mío, una observación que trataré brevemente. Por una ley natural, las figuras apoyan lo sublime que, a su vez, las fomenta de manera maravillosa. Explicaré dónde y cómo. El empleo hábil de figuras se ve habitualmente como sospechoso, y da la impresión de trampa, artificio y engaño, en especial al dirigirse a un juez que tiene potestad sobre nosotros, así como a tiranos, a reyes y a altos mandos en posición de superioridad. Porque se irritan si ven tratados como niños sin uso de razón a los que se engaña con los ínfimos medios de las figuras de la oratoria, y toman el engaño como ofensa personal, lo cual les enfurece, y aunque disimulen la ira, se resistirán a las palabras persuasivas. Por eso, la mejor figura es aquélla que pasa inadvertida como tal figura. Y, para ello, lo sublime y la pasión son una defensa y estupendo apoyo contra la desconfianza suscitada por las figuras. La destreza empleada queda oculta y se sustrae a toda sospecha desde el momento en que se vincula con lo bello y lo sublime.

Oráculo de Delfos / Fuente: Atenas.net

Oráculo de Delfos / Fuente: Atenas.net

»Un ejemplo concluyente sería el pasaje mencionado «Juro por los que estuvieron en Maratón» [Demóstenes, Sobre la corona]. ¿Cómo disimula el orador la figura? Está claro que mediante su mismo brillo. Así como lo borroso se esfuma a la luz del sol, los artificios retóricos desaparecen de la vista cuando la grandeza los rodea de esplendor.

»No es muy distinto lo que sucede en pintura. Aunque la luz y la sombra estén pintadas en el mismo plano, lo primero que salta a la vista es la luz, que no sólo destaca del fondo, sino que parece estar más cerca. Lo mismo ocurre con lo sublime y la pasión en los discursos, están más cerca de nuestra alma por una suerte de afinidad natural y por su esplendor, pues siempre reclaman más atención que las figuras y dejan velado en la sombra su artificio.»

 

Longino, De lo sublime, Barcelona, Acantilado, 2014, pp. 46-47.

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Benito Pérez Galdós /// Interpretación(es)

«El que vaya a Florencia sin conocer, aunque solo sea superficialmente, la obra magna de Dante Alighieri, no gozará del principal encanto que aquella noble ciudad ofrece.

Retrato de Benito Pérez Galdós, por Joaquín Sorolla, 1894 (hoy en Casa-Museo Benito Pérez Galdós, Gran Canaria)

Retrato de Benito Pérez Galdós, por Joaquín Sorolla, 1894 / Casa-Museo Benito Pérez Galdós (Gran Canaria)

»Porque Florencia está llena de memorias del gran poeta. Parece que no ha dejado de habitarla el espíritu de éste, que la lengua por él creada y ennoblecida es la misma que se habla hoy allí, y que su recuerdo está vivo en la memoria de los florentinos, coetáneos nuestros, cual si no nos separara de la fecha de su muerte el enorme lapso de cinco siglos y medio. En efecto, pocos hombres han vivido y viven en el sentimiento de la humanidad como este extraordinario cantor del dolor y de las aspiraciones sublimes de nuestro espíritu; pocos han ganado como él esa consagración del tiempo, por lo cual su poesía no puede envejecer ni sus versos marchitarse. Su retrato, pintado por Giotto, nos lo representa con una azucena en la mano. Esta flor viene a simbolizar la perdurable frescura de su ficción poética, profundamente humana, y, por tanto, eterna.»

Retrato de Dante atribuido a Giotto, ca. 1320 (Museo del Bargello, Florencia)

Retrato de Dante atribuido a Giotto, ca. 1320 / Museo del Bargello (Florencia)

Benito Pérez Galdós, De vuelta de Italia, Madrid, Gadir, 2013, p. 65.

 

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Ángel González García /// Interpretación(es)

«Acabo de hablar de La maison d’un artiste de Edmond de Goncourt como probable precedente de La casa della vita de Praz, pero Dios me libre de confundir ambos libros, ni mucho menos a sus autores. Praz fue un reputado historiador, mientras que los Goncourt se las daban de artistas, aunque sus libros sobre el arte y la sociedad franceses del siglo XVIII me parezcan a mí muy superiores al que Praz escribió sobre el Gusto neoclásico, que fue donde arregló su «bibelotmanía», habiendo preferido los Goncourt orientarla hacia una época en la que los atractivos de la vida mundana no habían hecha muy necesaria esa manía, que los Goncourt consideraban un modo de aliviar «la tristeza de los días actuales» e incluso de llenar su «vacío». Quiero decir que los Goncourt sentían una genuina nostalgia del Antiguo Régimen que empezaba por el recuerdo de sus abuelos, mientras que Praz, que ningún recuerdo propio podía conservar de una época tan alejada, sólo la sentía de las cosas que habían quedado en ella y hacia las que ella sin embargo no había desarrollado la manía de apropiación y acumulación que nos devora a los modernos. Los Goncourt, pues, sentían nostalgia de lo que habían perdido, y Praz en cambio de lo que no había tenido, lo que no deja de ser una nostalgia falsificada, un poco como aquella burguesía termidoriana que precisamente había maquinado ese dichoso gusto neoclásico, que no consistía tanto en una espontánea inclinación a lo clásico como en su bien calculada simulación, un pastiche arqueológicamente plausible, todo un logro de la nueva ciencia de la Historia, un revival, como se iba a denominar a la reconstrucción de cualquier estilo del pasado; el neoclasicismo por ejemplo, que no habría sido más que el primero de una serie de historicismos, donde, obviamente, su historicidad prevalecía sobre otras cualidades, y sobre todo las de orden estilístico, que son paradójicamente las que se decía querer rescatar y reconstruir. De manera que en el neogótico no era el estilo gótico lo que más importa, sino el hecho de tratarse de algo que se había dado en circunstancias históricas muy concretas y en íntima e indisociable relación con toda clase de imágenes y relatos contemporáneos, que a menudo trascendían la experiencia inmediata de esa forma de hacer arte para perderse en divagaciones y ensoñaciones de índole muy distinta, lo que nos lleva a preguntarnos si los que a principios del siglo XIX proclamaban su pasión por las abadías y catedrales góticas no estarían disimulando otra mucho más fuerte por las novelas de Walter Scott.

Ángel González García en 2011 (Foto: Graciela del Río)

Ángel González García en 2011 (Foto:  Graciela del Río)

»La idea -modernísisma y algo tonta- de que el arte del pasado es fundamentalmente un instrumento de conocimiento de ese pasado en general, o por decirlo de un modo complementario: que el arte es esencialmente obra de su tiempo, como si eso no fuera una verdad de Perogrullo, me parece a mí la misma idea que se deduce de los historicismos artísticos y ha hecho además de la Historia del Arte una disciplina al servicio de la Historia, auxiliar y acomodaticia, sin que, contrariamente a lo que ahora se cree a pie juntillas, el reconocimiento del «contexto histórico» de una obra de arte la haga mucho más inteligible y en modo alguno más placentera. Lo diré francamente: el gusto neoclásico, la especialidad de Praz, no sólo como historiador sino también como bibeloteur, era antes que nada gusto por la Historia, y por lo tanto una afección, y a menudo incluso una manía, de quienes se veían a sí mismos como sujetos o agentes de la Historia Universal, testigos y protagonistas de grandes acontecimientos históricos. Que en su condición de tales simpatizaran con sus iguales de la Historia Antigua no era lo más importante, y de hecho pronto se vería que dicha simpatía podía extenderse a cualquier otro período, incluyendo uno tan oscuro y dudoso como el que se invocaba en las canciones de gesta del falso Ossian. La identificación de Napoleón con sus héroes no debilitaba su fuerte conciencia de estar «haciendo historia» desde que se despertaba hasta que se acostaba. El destino de toda esa literatura heroica, y en concreto sus usos políticos, pone de manifiesto que durante el siglo XIX se vio por doquier como una forma de Historia más que de Poesía, y de ahí el éxito entre los románticos alemanes de que la Poesía no sea otra cosa que la Historia»

 

Ángel González García, Roma en cuatro pasos seguido de Algunos avisos urgentes sobre decoración de interiores y coleccionismo, Madrid, Ediciones Asimétricas, 2011, pp. 77-81.

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Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial /// Don DeLillo (1983) /// Textos

Nota sobre Vollmer. Ya no describe la Tierra como una esfera terrestre de biblioteca ni como un mapa que ha cobrado vida, como ojo cósmico que mira el espacio profundo. Esto último fue su más ambiciosa incursión en la imaginería. La guerra ha cambiado su modo de ver la Tierra. El planeta es tierra y agua, morada de los hombres mortales, dicho en nobles términos de diccionario. Ya no lo ve (espirales de tormento, mar resplandeciente, respirando calor y neblina y color) como ocasión para el lenguaje pintoresco, para el juego placentero o la especulación.

A doscientos cincuenta kilómetros vemos las estelas de los barcos y los aeropuertos de mayor tamaño. Icebergs, relámpagos, dunas de arena. Señalo flujos de lava y torbellinos. La cinta de plata frente a la costa irlandesa, le digo, es una capa de petróleo.

Esta es mi tercera misión orbital, la primera de Vollmer. Es un genio de la ingeniería, un genio de la comunicación y del armamento, y quizás otras modalidades de genio también. Como especialista en misiones me conformo con estar a cargo de ellas. (La palabra especialista, tal como la utiliza normalmente el Mando de Colorado, se aplica a quienes no tienen especialidad.) Nuestra aeronave está diseñada primordialmente para recoger información. El refinamiento de la técnica de quemado cuántico nos permite hacer frecuentes ajustes orbitales sin recurrir a cohetes en cada ocasión. Saltamos a trayectorias altas y amplias, con la Tierra entera sirviéndonos de lumbre psíquica, para observar satélites no tripulados y posiblemente hostiles. Orbitamos de cerca, cómodamente, echamos vistazos íntimos a las actividades de superficie en lugares no frecuentados.

La prohibición de las armas nucleares ha hecho que el mundo sea seguro para la guerra.

Trato de no tener grandes pensamientos ni someterme a abstracciones estupendas. Pero a veces tengo la tentación. La órbita terrestre suscita en el hombre un talante filosófico. ¿Cómo podemos evitarlo? Abarcamos el planeta entero, tenemos una panorámica privilegiada. En nuestros intentos por estar a la altura de la experiencia, tendemos a meditar importantemente en asuntos como la condición humana. Ello hace que el hombre se sienta universal, flotando por encima de los continentes, viendo el borde del mundo, una línea tan nítida como un arco de compás, sabiendo que es solo un giro de la curva hacia el crepúsculo atlántico, los penachos de sedimentos y los lechos de quelpo, una cadena de islas destellando en el mar negruzco.

Me digo a mí mismo que es todo decorado. Quiero pensar que nuestra vida aquí es una vida normal, como una distribución de las tareas domésticas, un improbable pero factible sistema causado por la escasez de viviendas o por alguna inundación primaveral del valle.

Vollmer completa la lista de comprobación de sistemas y regresa a su hamaca a descansar. Tiene veintitrés años, es un chico con la cabeza alargada y el pelo muy corto. Habla del norte de Minnesota mientras va sacando los objetos de su kit de preferencias personales, disponiéndolos en una superficie de velcro que tiene al lado, para luego pasarles revista con ternura. Yo tengo un dólar de 1901 en mi kit de preferencias. Poco más digno de mención. Vollmer tiene fotos de su graduación, tapones de botella, piedrecitas de su jardín. No sé si estas cosas las eligió él mismo o se las impusieron sus padres, temerosos de que la vida en el espacio no abundara en momentos humanos.

Nuestras hamacas son momentos humanos, supongo, aunque no sé si el Mando de Colorado lo planearía así. Comemos perritos calientes y barritas de almendras crujientes y nos aplicamos pomada labial como parte de nuestra lista de comprobaciones previas al sueño. Llevamos pantuflas en el panel de ignición. La camiseta de fútbol de Vollmer es un momento humano. Demasiado grande, morada y blanca, con el número 79, un número de hombre grande, número primo sin rasgos particulares, le da un aspecto encorvado, una complexión anormalmente alargada.

-Sigo deprimiéndome los domigos -me dice.

-¿Tenemos domingos aquí?

-No, pero allí sí y yo los sigo notando. Siempre sé cuándo es domingo.

-¿Por qué te deprimes?

-Por lo lentos que son. Tiene que ver con el resplandor, el olor de la hierba cálida, el oficio religioso, los parientes viniendo de visita muy bien vestidos. Es como si el día entero durase para siempre.

-A mí tampoco me gustaban los domingos.

-Eran lentos, pero no perezosos. Eran largos y cálidos, o largos o fríos. En verano mi abuela hacía limonada. Era el ritual. El día entero estaba como dispuesto de antemano y el ritual nunca cambiaba. El ritual estando en órbita es diferente. Es satisfactorio. Le da forma y sustancia a nuestro tiempo. Aquellos domingos carecían de forma, a pesar del hecho de que supieras lo que iba a venir, quién iba a venir, qué diríamos todos. Sabías lo primero que iba a decir todo el mundo antes de hablar. Yo era el único niño del grupo. Se alegraban de verme. Lo que me apetecía con más frecuencia era esconderme.

-¿Qué tiene de malo la limonada? -le pregunté.

Un satélite de gestión de combate, no tripulado, informa de elevada actividad láser en el sector orbital Dolores. Sacamos nuestros kits láser y los estudiamos durante media hora. El procedimiento de proyección es complejo, y dado que el panel solo opera por control conjunto, debemos ensayar los juegos de medidas establecidas con extremo cuidado.

 

Nota sobre la Tierra. La Tierra es la preservación del día y la noche. Contiene una variación sana y equilibrada, un despertar y un dormir naturales, o eso le parece a quien está privado de este efecto de marea.

Por eso es por lo que la observación de Vollmer sobre los domingos de Minnesota me resulta interesante. Él todavía siente, o dice que siente, o cree que siente, ese ritmo inherente a la Tierra.

Para los hombres en este alejamiento, es como si las cosas existieran en su forma física particular para poner de manifiesto la simplicidad escondida de alguna potente fórmula matemática. La Tierra nos revela la belleza tremenda y simple del día y de la noche. Está ahí para contener y dar cuerpo a esos acontecimientos conceptuales.

 

Vollmer en pantalón corto y con las ventosas puestas en los pies parece un nadador de instituto de enseñanza media, casi sin pelo, un hombre no terminado, que no es consciente de estar abierto al escrutinio cruel, no consciente de que está sin dispositivos, ahí de pie con los brazos cruzados en un lugar de voces con eco y humos de cloro. Hay algo estúpido en el sonido de su voz. Es demasiado directo, una voz profunda desde el cielo de la boca, ligeramente insistente, un poco alta. Vollmer nunca ha dicho ninguna estupidez en mi presencia. Lo único estúpido es su voz, un bajo grave y desnudo, una voz sin inflexiones ni aliento.

No estamos estrechos aquí. La cabina de vuelo y el alojamiento de la tripulación están bien concebidos. La comida va de pasable a buena. Hay libros, videocasetes, noticias y música. Efectuamos las comprobaciones manuales, las comprobaciones verbales, la simulación de disparos, sin dar señales de aburrimiento o desinterés. Podría incluso afirmarse que hacemos nuestras tareas cada vez mejor. El único peligro es la conversación.

Yo trato de mantener nuestras conversaciones en un plano de cotidianeidad. Pongo especial cuidado en habalr de cosas pequeñas, rutinarias. Ello tiene sentido para mí. Parece una táctica sensata, dadas las circunstancias, restringir nuestras charlas al ámbito familiar, a cuestiones triviales. Quiero elaborar una estructura del tópico. Pero Vollmer tiene tendencia a sacar temas enormes. Quiere hablar de la guerra y de las armas bélicas. Quiere hablar de estrategias globales, de agresiones globales. Le digo que ahora que ya no descrbe la Tierra como un ojo cósmico, lo que pretende es verla como un tablero de juego o un modelo de computadora. Él me mira sin expresión en el rostro y trata de meterme en una discusión teórica: ataques selectivos desde bases espaciales o enfrentamientos tierra-mar-aire largos, prolongados, bien ajustados. Se apoya en expertos, menciona las fuentes. ¿Qué se supone que he de decir yo? Él sugiere que la gente está desilusionada con la guerra. La guerra está entrando en su tercera semana. Hay un sentido en el que la gente está gastada, agotada. Lo deduce de los partes de noticias que recibimos periódicamente. Algo en la voz del locutor deja entrever decepción, cansancio, una tenue amargura… algo. Vollmer seguramente acierta en esto. También yo lo he percibido en el tono del locutor, en la voz del Mando de Colorado, a pesar del hecho de que las noticias nos llegan censuradas, de que no nos cuentan nada que a ellos no les parezca bien que sepamos, en nuestra posición expuesta y delicada. A su manera, directamente y sonando como si dijera estupideces, el joven Vollmer afirma que la gente no está disfrutando con esta guerra tanto como siempre ha disfrutado y se ha nutrido de la guerra en cuanto intensidad enaltecedora, periódica. Lo que más rechazo de Vollmer es que muchas veces expresa mis convicciones más hondas y ocultas, las que sostengo más a regañadientes. Viniendo de ese rostro suave, en esa voz sostenida, seria y resonante, esas ideas me descorazonan y me preocupan como nunca lo hacen cuando quedan sin decir. Yo quiero que las palabras sean secretas, que permanezcan aferradas a la oscuridad interior más profunda. La candidez de Vollmer deja al descubierto algo que duele.

 

No es demasiado pronto en la guerra para percibir referencias nostálgicas a guerras anteriores. Todas las guerras se remontan al pasado. Barcos, aviones, operaciones enteras reciben su nombre de batallas antiguas, de armas más simples, de lo que percibimos como conflictos muy bien intencionados. Este reconointerceptor se llama Tomahawk II. Cuando estoy ante el panel de ignición veo una fotografía del abuelo de Vollmer en su juventud, con los caquis caídos y un casco plano, posando en campo abierto, con un rifle colgando del hombro. Es un momento humano, y me recuerda que la guerra, entre otras cosas, es una forma de añoranza.

 

Nos acoplamos con la estación de mando, cargamos comida, cambiamos casetes. La guerra va bien, nos dicen, pero no es probable que estén mucho más al corriente que nosotros.

Luego nos separamos.

La maniobra es impecable y me siento contento y satisfecho de haber retomado el contacto humano con la forma más cercana del mundo exterior, de haber intercambiado muchas pullas e insultos, de haber intercambiado voces, noticias y rumores: runrunes, cotilleos, chismes. Estibamos el suministro de brócolis y zumos de fruta y budines de caramelo. Me noto una emoción de estar en casa, colocando en su sitio las mercancías, con sus vistosos envoltorios, una sensación de próspero bienestar, una sólida comodidad de consumidor.

 

La camiseta de Vollmer lleva la palabra INSCRIPCIÓN.

-Tuvieron la esperanza atrapados en algo -dice-. Pensaron que sería una crisis compartida. De ese modo experimentarías una sensación de propósito compartido, de destino compartido. Igual que una tormenta de nieve cuando cubre una gran ciudad, pero prolongándose meses, años, captando a todo el mundo, creando sentimientos de compañerismo donde antes solo había recelos y miedos. Extraños hablando entre ellos, cenas con velas cuando falla el suministro eléctrico. La guerra iba a ennoblecer todo lo que dijéramos e hiciéramos. Lo impersonal se haría personal. Lo antes solitario se compartiría. Pero ¿qué ocurre cuando la sensación de crisis compartida empieza a menguar mucho antes de lo que nadie había esperado? Empezamos a pensar que el sentimiento dura más en las tormentas de nieve.

 

Nota sobre el ruido eléctrico. Hace cuarenta y ocho horas estaba monitorizando los datos en la consola de la misión cuando se metió una voz en mi informe al Mando de Colorado. Era una voz sin realce, cargada de estática. Comprobé mis auriculares, comprobé los interruptores y las luces. Unos segundos después se restableció la señal del mando y oí a nuestro oficial de dinámica de vuelo pedirme que cambiara al frecuenciador de sentido redundante. Lo hice, pero el resultado fue que volvió la débil voz, una voz que traía consigo un patetismo extraño e inconcretable. Creí de alguna manera identificarla. No a quien hablaba. Era el tono lo que identificaba, la conmovedora cualidad de algún hecho tierno y a medias recordado, incluso a través de la estática, la neblina sónica.

En cualquier caso, el Mando de Coloradoreanudó la transmisión en cuestión de segundos.

-Tenemos un desvío, Tomahawk.

-Copiado. Hay una voz.

-Tenemos oscilación fuerte aquí.

-Hay alguna interferencia. He pasado a redundante pero no se aprecia mejora.

-Hemos asignado un marco exterior para localizar la fuente.

-Gracias, Colorado.

-Probablemente no es más que ruido selectivo. Estáis en rojo negativo en el cuadrante función de pasos.

-Era una voz -les digo.

-Acabamos de recibir información para ruido selectivo.

-Oí palabras, en inglés.

-Copiado ruido selectivo.

-Había alguien hablando, Colorado.

-¿Qué crees que es el ruido selectivo?

-No sé lo que es.

-Estás recibiendo el vertido de un no tripulado.

-¿Cómo puede un no tripulado enviar una voz?

-No es una voz de verdad, Tomahawk. Es ruido selectivo. Tenemos telemetría confirmada al efecto.

-Sonaba como una voz.

-Se supone que tiene que sonar como una voz. Pero no es una voz de verdad. Está realzado.

-Sonaba no realzado. Sonaba humano en todos los aspectos.

-Son señales y están vertiéndose desde la órbita geosíncrona. Ahí tienes tu desvío, Tomahawk. Estás oyendo códigos de voz desde treinta mil kilómetros. Básicamente, es un informe metereológico. Lo corregiremos, Tomahawk. Mientras tanto, la recomendación es que sigas en redundante.

Unas diez horas más tarde, Vollmer oyó la voz. Luego oyó otras dos o tres voces. Era gente hablando, una conversación. Me hizo gestos mientras escuchaba, señaló los auriculares, luego alzó los hombros, separó las manos para indicar sorpresa y asombro. En el tropel de ruidos (me dijo luego) no era fácil esclarecer lo que decían. La estática era frecuente, las referencias eran algo evasivas, pero Vollmer hizo mención del modo tan intenso en que lo afectaban las voces, incluso con la señal al mínimo. De una cosa estaba convencido: no eran ruido selectivo. Una cualidad de la más pura y dulce tristeza trascendía del espacio remoto. No estaba seguro, pero le pareció que también había un ruido de fondo integrado en la conversación. Risas. El sonido de gente riendo.

En otras transmisiones hemos sido capaces de identificar música temática, la introducción de un presentador, chascarrillos y ráfagas de aplausos, anuncios de productos cuyos nombres de marca, largo tiempo olvidados, evocan la dorada antigüedad de las grandes ciudades enterradas en arena y cieno fluvial.

Por alguna razón, estamos recibiendo la señal de programas emitidos hace cuarenta, cincuenta, sesenta años.

 

Nuestra tarea actual consiste en recoger datos visuales del despliegue de tropas. Vollmer está abrazado a su Hasselblad, absorto en algún microajuste. Hay una protuberancia de estratocúmulos desplazándose hacia el mar. Sesgo solar y deriva total. Veo floraciones de plancton en un azul de tal riqueza persa que parece un arrebato animal, un cambio de color para expresar alguna forma de deleite intuitivo. Según van desplegándose los rasgos de la superficie, voy pronunciando sus nombres. Es el único juego que practico en el espacio, recitar los nombres de la Tierra, la nomenclatura del contorno y la estructura. Escurridas glaciares, escorial de morrenas. Escombros en cono al borde de un impacto multianular. Una caldera resurgente, una masa encastillada de desplomes. SObre los mares de arena, ahora. Dunas parabólicas, dunas estrella, dunas rectas con crestas radiales. Cuanto más vacío el terreno, más luminosos y exactos los nombres de sus características. Vollmer afirma que lo que mejor se le da a la ciencia es nombrar las características del mundo.

Es graduado en ciencia y tecnología. Obtuvo becas, matrículas de honor, fue ayudante de investigación. Llevó proyectos científicos, leyó trabajos tecnológicos con esa voz suya tan seria, de timbre tan profundo, que parece salirle del cielo de la boca. En mi calidad de especialista en misiones (generalista), a veces me molestan sus percepciones no científicas, los destellos de madurez y juicio equilibrado. Empiezo a sentirme ligeramente desbancado. Quiero que se atenga a los sistemas, las guías de a bordo, los parámetros datales. Sus percepciones humanas me ponen nervioso.

-Estoy feliz -dice.

Pronuncia estas palabras de un modo irrevocable pero pragmático, y la mera afirmación me afecta poderosamente. Me asusta, de hecho. ¿Qué quiere decir con eso de que está feliz? ¿Se halla la felicidad totalmente fuera de nuestro marco de referencia? Quiero decirle: «Esto es como poner orden en una casa, una serie de tareas más o menos rutinarias. Atiende tus tareas, haz tus pruebas, repasa la lista de chequeos.» Quiero decirle: «Olvida la medida de nuestra visión, el barrido de las cosas, la propia guerra, la terrible muerte. Olvida el arco de noche que nos cubre, las estrellas como puntos estáticos, como campos matemáticos. Olvida la soledad cósmica, el flujo hacia arriba del pasmo y el miedo reverencial.»

Quiero decirle: «La felicidad no es un hecho de esta experiencia, al menos no hasta el punto de que osemos hablar de ella.»

 

La tecnología láser contiene un núcleo de premonición y mito. Tocamos una variante limpia de conjunto letal, un haz de fotones que se comporta bien, una coherencia planificada, pero nos acercamos al arma con la mente llena de prevenciones y miedos antiguos. (Debería existir un término para esta condición irónica: miedo primitivo a las armas que estamos lo suficientemente avanzados como para diseñar y producir.) Quizás sea por eso por lo que los responsables del proyecto recibieron la orden de elaborar un procedimiento de activación dependiente de la acción coordinada de dos personas -dos temperamentos, dos almas- que operen los controles juntos. Miedo al poder de la luz, el puro material del universo.

A una mente sola y lóbrega en un momento de inspiración podría parecerle liberador lanzar un haz concentrado contra un Boeing torpe y jorobado que esté haciendo su ronda comercial a treinta mil pies de altura.

Vollmer y yo nos acercamos al panel de ignición. El panel está concebido de modo que quienes lo operan han de sentarse espalda con espalda. La intención, aunque el Mando de Colorado nunca lo haya dicho con tanta claridad, es evitar que nos veamos las caras. Colorado quiere tener la seguridad de que el personal armamentístico en concreto no esté influenciado por los tics y perturbaciones de los demás. Estamos espalda con espalda, por tanto, amarrados a nuestros asientos, dispuestos a empezar, Vollmer con su camiseta morada y blanca, sus zapatillas despecluchadas.

Esto es solo una prueba.

Pongo en marcha la reproducción. Al sonido de la voz pregrabada, metemos cada uno nuestra llave modal en la ranura correspondiente. Juntos contamos atrás desde cinco y a continuación giramos las llaves un cuarto a la izquierda. Esto pone el sistema en lo que se llama modo abierto. Contamos atrás desde tres. La voz realzada dice: Están ustedes en abierto.

Vollmer le habla a su analizador de huella vocal.

-Aquí código B, be de bluegrass. Solicitando procedimiento de identificación de voz.

Contamos atrás desde cinco y a continuación hablamos en nuestros analizadores de huella de voz. Decimos lo primero que se nos pasa por la cabeza. Se trata de generar una huella de voz que coincida con la huella del banco de memoria. Ello garantiza que las personas del panel son las mismas personas con autorización para hallarse presentes cuando el sistema está en abierto.

Esto es lo que me viene a la cabeza: «Estoy en la esquina de la Cuarta con Main, donde hay miles de fallecidos por causas desconocidas y los cadáveres carbonizados se amontonan en la calle.»

Contamos atrás desde tres. La voz realzada dice: Tienen autorización para pasar a la posición de cierre.

Giramos las llaves modales medio recorrido a la derecha. Activo el chip lógico y estudio los números de mi pantalla. Vollmer desconecta la huella de voz y nos pone en relación de circuito vocal con la malla sensora del ordenador de abordo. Contamos atrás desde cinco. La voz realzada dice: Posición de cierre establecida.

Según avanzamos de un paso a otro me va atravesando una creciente satisfacción: el placer de las habilidades selectas y secretas, de una vida en que cada soplo está gobernado por reglas concretas, por pautas, códigos, controles. Intento apartar de mi mente los resultados de la operación, su propósito entero, el resultado de estas secuencias de pasos exactos y esotéricos. Pero muchas veces no lo consigo. Dejo que me entre la imagen, pienso el pensamiento, llego incluso a decir la palabra a veces. Esto puede confundir, por supuesto. Me siento engañado. Mi placer se siente traicionado, como si tuviera vida propia, una existencia infantil o animal independiente del hombre sentado ante el panel de ignición.

Contamos atrás desde cinco. Vollmer suelta la palanca que libera el disco de depuración de sistemas. Mi pulsómetro se pone en verde a intervalos de tres segundos. Contamos atrás desde tres. Giramos las llaves modales tres cuartos a la derecha. Activo el secuenciador de haces. Giramos las llaves un cuarto a la derecha. Contamos atrás desde tres. Suena música bluegrass en el altavoz. La voz realzada dice: Están en modo disparo.

 

Estudiamos nuestros kits de mapamundis.

-¿No sientes a veces un poder en tu interior? -dice Vollmer-. Una especie de condición saludable extrema. Una salud arrogante. Eso es. Te sientes tan bien que empiezas a considerarte por encima de los demás. Una especie de fuerza vital. Un optimismo aplicado a tu propia persona que generas casi a costa de los demás. ¿No te sientes así a veces?

(El caso es que sí.)

-Seguro que hay una palabra en alemán. Pero lo que quiero dejar claro es que esta sensación de poder es tan… no sé… tan delicada. Eso es. Hoy la tienes y mañana te sientes insignificante y perdido. Sale mal una cosita y te sientes perdido, te sientes débil más allá de toda medida, y derrotado, e incapaz de actuar poderosamente, por no decir con inteligencia. Todo el mundo tiene suerte, tú no la tienes, estás desamparado, triste, no sirves para nada, estás perdido.

(Sí, sí.)

Da la casualidad de que ahora estamos sobre el río Misuri, cara a los Lagos Rojos de Minnesota. Veo que Vollmer consulta su kit de mapas, tratando de concertar ambos mundos. Es una felicidad profunda y misteriosa confirmar la exactitud del mapa. Vollmer parece inmensamente satisfecho. Dice una y otra vez: «Eso es, es es.»

Vollmer habla de su niñez. En órbita ha empezado a pensar en su edad temprana por primera vez. Le sorprende lo poderosos que son esos recuerdos. Habla con la cabeza vuelto hacia la ventana. Minnesota es un momento humano. Lago Rojo de Arriba, Lago Rojo de Abajo. Está claro que se siente capaz de verse allí.

-Los niños no pasean -dice-, ni toman el sol, ni se sientan en el porche.

Parece estar diciendo que las vidas de los niños están demasiado bien surtidas como para acomodarse a los conjuros de bienestar realzado de los que dependemos los adultos. Una idea bastante bien traída, pero no para profundizar en ella. Es hora de prepararnos para un incendio cuántico.

 

Escuchamos los antiguos programas de radio. La luz destella y se esparce por el borde de franjas azules, amanecer, ocaso, las parrillas urbanas en la sombra. Un hombre y una mujer intercambian observaciones bien cronometradas, ligeras, agudas, hirientes. Hay una dulzura en el tono del joven cantante, un vigor sencillo que el tiempo y la distancia han envuelto en elocuencia y añoranza. Cada sonido, cada toque de cuerdas posee su propio venero de edad. Vollmer dice que recuerda estos programas, pero por supuesto que jamás ha oído hablar de ellos. ¿Qué extraño suceso, qué jugueteo o qué gracia de las leyes físicas nos permite captar estas señales? Voces asendereadas, enclaustradas y densas. A veces tienen la cualidad distante y surreal de las alucinaciones aurales, voces en buhardillas, quejas de familiares difuntos. Pero los efectos de sonido están llenos de urgencia y brío. Los coches toman curvas peligrosas, rápidos disparos llenan la noche. Era, como es ahora, tiempo de guerra. Tiempo de guerra para Duz and Grape-Nuts Flakes [marca de cereales]. Los cómicos se burlan de cómo hablan los enemigos. Oímos alemán de imitación, histérico, japonés de sandeces. Las ciudades están iluminadas, los millones de radioescuchas, bien comidos, se juntan cómodamente en habitaciones adormecidas, en la guerra, mientras va cayendo la noche, con suavidad. Vollmer dice que recuerda momentos concretos, las inflexiones humorísticas, las risas gordas de los presentadores. Recuerda voces individuales alzándose por encima de las carcajadas del público del estudio, los graznidos de un hombre de negocios de St. Louis, el gemido chirriante de una rubia de hombros altos recién llegada de California, donde este año las mujeres llevan el pelo en pacas aromáticas.

 

Vollmer deriva por la zona común cabeza abajo, comiéndose una barrita de almendra.

A veces flota libremente por encima de su hamaca, durmiendo en encogimiento fetal, chocando con las paredes, adhiriéndose a un rincón de la rejilla de techo.

-Dame un instante para acordarme del nombre -dice en su sueño.

Dice que sueña con espacios verticales desde los cuales mira… algo. Mis sueños más bien tiran a pesados, de los que cuesta trabajo despertarse, salir. Son lo suficientemente fuertes como para tirar de mí hacia abajo, lo suficientemente densos como para dejarme la cabeza pesada, con una sensación narcótica de embotamiento. Hay episodios de gratificación sin rostro, vagamente inquietantes.

-Es increíble, cuando lo piensas, cómo viven ahí abajo, con tanto hielo y tanta arena y tanta montaña. Mira -dice-. Enormes desiertos yermos, enormes océanos. ¿Cómo pueden soportar algo tan espantoso? Solo con las inundaciones. Solo con los terremotos basta para que sea una locura vivir ahí. Mira los sistemas de fallas. La cantidad de ellos que hay, lo grandes que son. Solo con las erupciones volcánicas. ¿Puede haber algo más espantoso que una erupción volcánica? ¿Cómo aguantan las avalanchas, año tras año, con una regularidad abrumadora? Es difícil creer que alguien pueda vivir ahí abajo. Solo con las inundaciones. Se ven enormes zonas decoloradas, inundadas, arrasadas por el agua. ¿Cómo sobreviven, adónde van? Mira las acumulaciones de nubes. Mira ese remolino en el centro de la tormenta. ¿Qué pasa con quienes viven en la trayectoria de una tormenta así? Debe de acarrear unos vientos increíbles. Solo con los rayos. Gente expuesta en las playas, cerca de árboles y de postes de teléfono. Mira las ciudades con esas guirnaldas de luces extendiéndose en todas direcciones. Trata de imaginar cuánto crimen y cuánta violencia. Mira el sudario de humo a baja altura. ¿Qué consecuencias tiene en cuanto a desórdenes respiratorios? Es una locura. ¿Cómo puede alguien vivir ahí abajo? Los desiertos, cómo lo invaden todo. Cada año reclaman más tierra cultivable. La enormidad de esas extensiones nevadas. Mira la masa de frentes tormentosos sobre el océano. Barcos ahí, algunos de pequeño tonelaje. Trata de imaginar las olas, los bandazos. Solo con los huracanes. Los maremotos. Mira esas localidades costeras expuestas a las olas sísmicas. ¿Hay algo más espantoso que una ola sísmica? Pero ahí viven, ahí permanecen. ¿Dónde podrán ir?

 

Quiero hablarle de la ingesta calórica, de la eficacia de los tapones de oídos y de los descongestionantes nasales. Los tapones de oídos son momentos humanos. El zumo de manzana y los brócolis son momentos humanos. El propio Vollmer es un momento humano, más que nunca cuando se olvida de que hay una guerra.

Ese pelo al rape y esa cabeza alargada. Los suaves ojos azules ligeramente saltones. Los ojos protuberantes de las personas de cuerpo alargado con los hombros caídos. Las muñecas y las manos alargadas. El rostro suave. El rostro fácil de un hombre habilidoso en una camioneta con una escalera extensible fijada al techo y con la matrícula abollada, verde y amarilla, con el lema estatal debajo de los números. Ese tipo de rostro.

Se ofrece a cortarme el pelo. Qué cosa tan interesante es un corte de pelo cuando lo piensas. Antes de la guerra había franjas temporales reservadas a tales actividades. Houston no solo tenía todo planificado con mucha antelación sino que constantemente nos monitorizaba en busca de cualquier exigua información que de ello pudiera resultar. Nos cableaban, nos grababan, nos escaneaban, nos diagnosticaban, nos medían. Éramos hombres en el espacio, objetos dignos de la más escrupulosa atención, los más profundos sentimientos y desvelos.

Ahora hay guerra. Nadie se ocupa de mi pelo, de lo que como, de qué me parece la decoración de la astronave, y no es con Houston sino con Colorado con quien estamos en contacto. Ya no somos delicados especímenes biológicos al garete en un entorno extraterrestre. El enemigo puede matarnos con sus fotones, sus mesones, sus partículas cargadas, más deprisa que una falta de calcio o un problema del oído interno, más deprisa que una nube de meteoritos. Las emociones han cambiado. Hemos dejado de ser candidatos a un óbito comprometedor, la clase de error o de hecho imprevisto tendente a obligar a un país a buscar a tientas la reacción adecuada. En cuanto hombres de guerra, podemos estar seguros de que al morir suscitaremos penas sin complicaciones, los sentimientos francos y confiables a que recurren los países agradecidos para embellecer la más simple de las ceremonias.

 

Nota sobre el universo. Vollmer está a dos dedos de llegar a la conclusión de que nuestro planeta es el único que alberga vida inteligente. Somos un accidente y solo hemos ocurrido una vez. (Vaya observación para hacérsela, en órbita ovoide, a alguien que no quiere hablar de cuestiones importantes.) Piensa así por causa de la guerra.

La guerra, afirma, pondrá fin a la idea de que en el universo bulle la vida por todas partes, como se dice. Otros astronautas han puesto los ojos más allá de los puntos estelares para imaginar la posiblidad inifinita, mundos arracimados en que pululaban formas superiores. Pero eso fue antes de la guerra. Nuestra idea está cambiando, incluso ahora, la suya y la mía, dice él, mientras surcamos el firmamento.

¿Está diciendo Vollmer que el optimismo cósmico es un lujo reservado a los períodos de entreguerras? ¿Proyectamos nuestro fracaso y nuestra desesperación presentes hacia las nubes de estrellas, hacia la noche sin fin? A fin de cuentas, dice, ¿dónde están? Si existen, ¿por qué no ha habido ninguna señal, ni una, ni una sola indicación a que pueda aferrarse una persona seria, ni un susurro, ni una pulsación de radiofrecuencia, ni una sombra? La guerra nos dice que es locura creer.

 

Nuestros diálogos con el Mando de Colorado están empezando a sonar como una charla mientras tomamos el té, pero generada por computadora. Vollmer tolera la jerga de Colorado solo hasta cierto punto. No le parecen bien sus locuciones más rastreras y no tiene ningún inconveniente en hacérselo saber. ¿Por qué, pues, estando de acuerdo con su punto de vista en estos asuntos, me empiezan a molestar sus quejas? ¿Tiene Vollmer la experiencia necesaria, la talla profesional necesaria para echarle la bronca a nuestro oficial de dinámica de vuelo, a nuestro oficial de paradigma conceptual, a nuestros consultores en materia de sistemas de tratamiento de desechos y opciones zonales de evasión? ¿O se trata de algo completamente distinto, algo no relacionado con el Mando de Colorado y nuestras comunicaciones con él? ¿Es el sonido de su voz? ¿Es solamente su voz lo que me está volviendo loco?

 

Vollmer ha entrado en una fase extraña. Se pasa todo el rato ante el ventanal ahora, mirando la Tierra. Habla poco o nada. Quiere mirar, sencillamente, no hacer otra cosa que mirar. Los océanos, los continentes, los archipiélagos. Estamos configurados para lo que se llama una serie de órbitas cruzadas, de modo que no haya repetición entre una vuelta y la siguiente. Vollmer está ahí sentado, mirando. Hace sus comidas ante el ventanal, repasa las listas de chequeos ante el ventanal, mirando apenas las hojas de instrucciones mientras sobrevolamos tormentas tropicales, sábanas incendiadas y grandes cadenas montañosas. Sigo esperando que retome su costumbre prebélica de utilizar expresiones pintorescas para describir la Tierra: una pelota de playa, una fruta madura al sol. Pero se limita a mirar por la ventana, comiendo barritas de almendra, cuyos envoltorios flotan por ahí. Está claro que la visión le llena la consciencia. Es lo suficientemente poderosa como para silenciarlo, aquietar la voz que se le desprende del cielo de la boca, para dejarlo vuelto en su asiento, torcido en postura cómoda durante horas y horas.

La vista es interminablemente satisfactoria. Es como la respuesta a toda una vida de preguntas y de anhelos vagos. Satisface todas y cada una de las curiosidades infantiles, todo deseo acallado, todo lo que tenga de científico, de poeta, de vidente primitivo, de observador del fuego y las estrellas fugaces, cualquier obsesión que le devore el lado nocturno de la mente, todo anhelo dulce y soñador que alguna vez haya experimentado por lugares remotos y sin nombre, todo sentido de la tierra que posea, el pulso neural de alguna percepción más silvestre, una identificación con los animales salvajes, toda creencia en una fuerza vital inminente, el Señor de la Creación, toda idea de unicidad humana que en secreto albergue lo demasiado y lo insuficiente, todo a la vez y poco a poco, todo afán ardiente de eludir la responsabilidad y la rutina, escapar de su propia sobreespecialización, el yo circunscrito y en espiral hacia dentro, todos los restos de sus deseos juveniles de volar, sus sueños de espacios extraños e insólitas alturas, sus fantasías de muerte feliz, todas sus inclinaciones indolentes y sibaríticas -comedor de loto, fumador de hierbas diversas, ojos azules que admiran el espacio-, todo ello queda satisfecho, todo recopilado y acumulado en ese cuerpo vivo, la visión desde la ventana.

-Es tan interesante -dice al fin-. Los colores y todo.

Los colores y todo.

* * *

Este relato, escrito por Don DeLillo en 1983, es el último cuento de la primera parte de la recopilación de cuentos completos El ángel esmeralda (trad. Ramón Buenaventura), Barcelona, Austral, 2014, pp. 31-52.

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