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Thomas Carlyle /// Interpretación(es)

Thomas Carlyle, Elliott & Fry (ca. 1860's)

Thomas Carlyle, Elliott & Fry (ca. 1860’s). Fuente imagen: Wikipedia

«Y ahora decimos: aunque se haya olvidado este divino misterio(*), el vate, profeta o poeta, penetró dentro de él; es un hombre enviado para dárnoslo a conocer con impresión más vigorosa. Ese es su mensaje; su deber consiste en revelarnos ese sagrado misterio, en presencia del cual, más que nadie, vive él continuamente. En tanto otros lo olvidan, él lo ve y lo conoce. Puede decirse que se le ha obligado a conocerlo, a vivir en él sin previo consentimiento, precisamente ligado a él.

»No hay en esto chisme ni conseja alguna, sino intuición y fe directas; ese hombre no podía menos; no era posible que dejase de ser sincero. Viva el que quiera en la apariencia de las cosas. Para ese hombre es una necesidad de su naturaleza vivir en la propia realidad de los hechos, en íntima y estrecha comunicación con el universo, aunque los demás hombres le consideren como una especie de juguete. Ante todo y en virtud de su sinceridad, es un vate. Así, el profeta y el poeta, copartícipes del secreto manifiesto, no son sino uno.»

Thomas Carlyle, Los héroes, Aguilar, Madrid, 1985 (1840), p. 105.

(*) El divino misterio al que se refiere Carlyle es la teoría del «secreto manifiesto» de Goethe por la cual su autor definía el instante en que un ser humano sufría la revelación del Universo.

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A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis) /// Joel & Ethan Coen (2013)

Después de haber comprobado que la crítica cinematográfica en general se ha hecho eco de la nueva entrega de los hermanos Coen como si de un oráculo se tratase, me veo obligado a matizar ciertos aspectos sobre su cine usando este nuevo filme como pretexto para ofrecerles una lectura alternativa al margen de la oficialidad. Como en toda obra de arte con una finalidad estética definida, existen en ella muchas luces y sombras, pero bien es cierto que el claroscuro de los Coen no merma con el paso del tiempo. Tal vez lo que más llama la atención sea este novedoso afán de proyección comercial al que desde hace unos años venimos asistiendo los que seguimos su obra con atención. De todo esto hablaremos de inmediato. Acomódense y apaguen sus teléfonos móviles. ¡Acción!

Cartel "Inside Llewyn Davis" (Joel & Ethan Coen, 2013)

Inside Llewyn Davis (Joel & Ethan Coen, 2013). Cartel del estreno mundial 66º Festival de Cannes.

En primer lugar y haciendo acopio de la producción de los Coen, A propósito de Llewyn Davis es el decimosexto largometraje de los Coen. Resulta necesario trazar una perspectiva de producción indagando en los motivos que jalonan la obra de estos realizadores de Minnesota. De tal manera nos encontramos con una historia que en cierto modo nos es familiar, pues directa o indirectamente aparece la nota folk, constante fidedigna en cada una de sus películas, o el relato errante de un protagonista disipado, Llewyn Davis (Oscar Isaac en estado de gracia después de que Amenábar lo seleccionara en 2009 para rodar su Ágora, no nos olvidemos de esto tampoco), o bien personajes que como Troy Nelson (Stark Sands) y Al Cody (Adam Driver) son para echarlos de comer aparte, o el viaje como metáfora absoluta de una vida en constante desarrollo que se debate entre la ridiculez de la pobreza y la excitación del fracaso inminente. Todo esto es la marca Coen, pero aguarden un momento y vayamos por partes.

Un fotograma de Oscar Isaac en el papel de Llewyn Davis (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Un fotograma de Oscar Isaac en el papel de Llewyn Davis (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Nueva York, años sesenta. Nuestro protagonista lleva una vida simple y anodina, día y noche lucha contra el frío de la Gran Manzana, duerme en sofás ajenos y no hay nada en él que remita a la virtud hasta que coge su guitarra y se sube a los escenarios de locales del Greenwich Village para cautivar con su música a los espectadores y así ganarse la vida malviviendo gracias a algunos amigos y desconocidos a los que paga con distintos trabajos. Ha perdido trágicamente a Mike, su compañero musical, y este conflicto interno prologa su indeseable carrera profesional. Su afán por sobrevivir dentro de esta poliédrica pero insulsa jungla americana hace que presenciemos la bajada a los infiernos de Llewyn, cuyo crédito frente a sus amigos queda en evidencia por haber cometido algún desliz que otro, como por ejemplo dejar embarazada a Jean (Carey Mulligan), la mujer de su amigo Jim (Justin Timberlake). Entretanto irrumpe en escena un gato de nombre desconocido y propiedad de los Gorfein, un matrimonio amigo de Llewyn compuesto por un profesor universitario y una hippie pacifista venida a menos, pero del gato, como decimos, germina un necesario desequilibrio que toda buena película requiere. Aquí, y sólo en este aspecto, podemos hablar de un cine de altos vuelos.

Llewyn Davis en el Glaslight Café (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Llewyn Davis tocando en el Glaslight Café (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

La crítica, así lo he remarcado al principio, ha vertido tanta desmesura y entusiasmo sobre la película, que incluso han llegado a definirla como «perfecta». Al hilo de este tipo de críticas, me gustaría destacar algunos artículos como por ejemplo el de Israel Arias para Europa Press, el de Jordi Batlle para La Vanguardia o la aportación crítica de Irene Crespo para El Periódico. En ninguno de ellos hallamos disonancias, todo es loa, magnificencia, lo cual me parece correcto siempre y cuando tengan fundamento, pero es importante saber diferenciar la caligrafía de la gramática, así nuestro criterio podrá crecer hasta el desengaño pero sin perder el amor por su arte. Siento no estar de acuerdo con un punto de vista desinformado, y no me entiendan mal, no es que quiera yo tener la opinión de Carlos Boyero cuya impresión, por otra parte, me parece irritante y desmesurada por decir que la vida de nuestro protagonista (basada en la de Dave van Ronk, personaje que apadrinó a algunos grandes del folk) carece de interés, sino que el cine, como toda manifestación artística, hay que valorarlo en su propio contexto y su justa medida, y ese calibre no es otro que la obra de los Coen, a la que no se ha prestado la debida atención bien por vagueza, bien por dejadez. Lo comercial se hace notar en el dato folclórico y el arraigo country neoyorquino, que sirve a los Coen para desarrollar una historia que si bien no es de las más brillantes, sigue rezumando su propia aura. Estamos acostumbrados a ver desfilar por el casting a gente de gran tallaje, esos secundarios de lujo que hacen de una película mediocre un sello de distinción. Ahora bien, la pregunta se me antoja necesaria. ¿Cuál de ellos se negaría a trabajar con los Coen? Evidentemente ninguno. Estos cineastas, que llevan cosechando éxitos desde que Joel Silver decidiera apostar por ellos a finales de los 80, han logrado que su carrera cinematográfica goce de un caché y un prestigio nada desdeñables. Así, aparecen por ejemplo Justin Timberlake, Carey Mulligan y Stark Sands reversionando el Five Hundred Miles, un clásico de Cliff Richards & The Shadows que ya había visto su cover español firmado por Los Mustangs y que asiste además a uno de los momentos más emocionantes de la película cuando Llewyn mantiene un intenso diálogo visual con Jean, futura madre de su criatura y esposa de un buen amigo suyo que encima le ofrece cobijo. Tanto Timberlake como Sands o Mulligan, en mitad de este reto musical urdido por los Coen, dotan a la escena de un halo de sosiego y serenidad realmente hipnótico que debió encantar a sus directores.

Oscar Isaac, Joel Coen y Ethan Coen rodando una escena del montaje (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Oscar Isaac, Joel Coen y Ethan Coen rodando una escena del montaje (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Hay que mencionar, en primer lugar, que la producción musical fue culpa de T-Bone Burnett, un viejo conocido de los Coen que ya había trabajado para ellos ¡qué casualidad, en otra película con música original!, O Brother, Where Art Thou? (2000). En esta ocasión el viejo Burnett tiene un ayudante de lujo, Marcus Mumford, el líder vocalista de Mumford & Sons. Ambos se compenetran a la perfección y dicha sinergia llega a alcanzar niveles de producción admirables. En este sentido llega otro de los momentos estelares del largometraje, la grabación del hit de Jim Nesbitt Please Mr. Kennedy en la que Oscar Isaac, Justin Timberlake y sobre todo, un sembrado Adam Driver, recrean la colaboración para John Glenn Singers en unos grandes estudios de grabación. En definitiva, una de esas escenas firma de la casa en la que los Coen son capaces de ridiculizar y engrandecer a todo ser viviente que se ponga a su servicio. Tal vez sea la única nota humorística de la película, y a pesar de ello, la crítica mantiene el empeño de pregonar que se trata de una comedia. Pues bien, hay veces en que uno puede entender de etiquetas, de géneros, de estilo incluso, pero lo único que nos queda es dilucidar las certezas en su reverso. Dicho de otro modo, a juzgar por la voz de la crítica especializada, a estas alturas podremos no saber qué demonios es una comedia, pero sí sabemos qué no lo es, y esta no es una de ellas. Pero volvamos a lo que nos importa. «Please Mr. Kennedy! Take one!«.

Llewyn y Jim ensayan la versión del Please Mr. Kennedy (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Llewyn y Jim ensayan la versión del Please Mr. Kennedy (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

También hay sombras en esta última entrega de los Coen. Por ejemplo el desarrollo de la historia, que sin querer arruinarles la expectación a quienes no han visto la película, es algo lento, por momentos se hace difícil de digerir y en ocasiones llega a resultar pesado. Es aquí donde la desmedida opinión de Boyero cobra sentido, ya que el relato errante de este cantautor es tan lineal que puede incitarnos al tedio. Quizás esa era la idea inicial de los Coen, evidentemente no lo sabemos, pero si algo brilla en el filme es el trato llano que se le da al personaje. También afloran una cantidad de cualidades que cualquier director no sabría ni por dónde coger a la hora de caracterizar a un personaje: los Coen lo bordan, es uno de sus puntos fuertes. Y luego tenemos al gato, un elemento subsidiario que magistralmente va cobrando protagonismo hasta convertirse en la pieza clave que explica, justifica y da sentido a la vida disipada, y por momentos repugnante, de Llewyn Davis. El nombre del animal es la clave de esta nueva entrega homérica de los Coen. Ya vemos al comienzo el decisivo encontronazo que tendrá con Llewyn en el apartamento que los Gorfein tienen en el Upper West Side cuando el felino intenta regalarse un escarceo. De manera rotunda: es la viva imagen de Davis, y es justo despúes de este momento cuando presenciamos la gestación de una poderosa imagen cristalina, realmente un reflejo de lo que está sucediendo con nuestro protagonista y de lo que será, al fin y al cabo, la película entera.

Troy asiste expectante a la discusión entre Llewyn y Jean junto al gato Ulises (Foto: Alison Rosa 2012)

Troy (Stark Sands) y Ulises presencian expectantes una discusión entre Llewyn y Jean junto al gato Ulises (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Por tanto, antes de valorar una película de ambiciosa proyección comercial deberíamos medir sus partes y comprobar si la sintaxis se adecúa o no a su propia obra. Hoy en día se dice «Hermanos Coen» y parece que asistimos a un tipo de genialidad ex nihilo, pero ¿dónde estaba esta crítica a finales de los 90 antes de que los Coen cosecharan su éxito en forma de epifanía? En verdad lo es: una cinta comercial de actores consagrados como John Goodman, que hace las veces de un jazzman abyecto y heroinómano; o Murray Abraham como el influyente Bud Grossman; o incluso Garrett Hedlund que aborda el papel de Johnny Five, un huidizo muchacho en plena efervescencia beat. También es un precioso ensayo fotográfico firmado por un fabuloso Bruno Delbonnel o un experimento de puesta en escena sobresaliente, pero aquí sin sorpresas. Qué decir de la música o la aparición de Dylan en el Gaslight tocando los primeros acordes de Farewell…, sencillamente mágico. Pero ahora bien, si el cine de los Coen se ha propuesto juguetear con la antropología, poco a poco lo está consiguiendo: si antes mencionábamos O Brother, Where Art Thou?, es momento para hacer el debido recuento cinematográfico con Muerte entre las flores (1990) y la década de los 30; Barton Fink (1991) los 40 y esta útima entrega, que cubre los 60. ¿Estudio sociológico? Qué nos importa. Si algo sobresale en A propósito de Llewyn Davis es la constatación estética de la crisis de los grandes relatos, la firma audiovisual de un contrato que nos dice que no sólo en las artes plásticas la vida se nutre de un vacío que, de por sí, es un caos y en el que nadie sabe ya ponerle nombre a las cosas. Una oda, en definitiva, a los grandes dilemas de la existencia, de nuevo, pero una obra, pese a todo lo celebrado por la crítica oficial, de género menor en la filmografía de los Coen.

John Goodman en el papel de Roland Turner (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

John Goodman en el papel de Roland Turner (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

F. Murray Abraham en el papel de Bud Grossman (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

F. Murray Abraham en el papel de Bud Grossman (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Carey Mulligan en el papel de Jean, la exnovia de Llewyn, en el Glaslight Café (Foto: Alison Rosa ©2012 Large Strange Trip)

Carey Mulligan en el papel de Jean, esposa de Jim y exnovia de Llewyn, en el Glaslight Café (Foto: Alison Rosa ©2012 Large Strange Trip)

Garrett Hedlung en el papel de Johnny Five, el chico beat (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Garrett Hedlund en el papel de Johnny Five, el chico beat -(Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Llewyn abandona el coche que le hubiera llevado hasta Chicago (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

Llewyn abandona el coche que le hubiera llevado hasta Chicago (Foto: Alison Rosa © 2012 Large Strange Trip)

-Ficha técnica:

Dirección: Joel y Ethan Coen / Guión: Joel y Ethan Coen / Producción: Scott Rudin, Joel y Ethan Coen / Diseño de producción: Jess Gonchor / Música: T Bone Burnett, Marcus Mumford / Sonido: Peter F. Kurland, Skip Lievsay / Fotografía: Bruno Delbonnel / Montaje: Roderick Jaynes / Escenografía: Jess Gonchor / Vestuario: Mary Zophres

-También puedes visitar la website oficial aquí.

-Blogs de cine que yo frecuentaría: Esto no es Vietnam / Cuaderno audiovisual / La pantalla se mueve

*Para saber más sobre los Coen:

1.- Antonio SANTAMARINA, Joel y Ethan Coen, Madrid, Cátedra, 2012.

2.- Laurent TIRARD, Lecciones de cine: clases magistrales de grandes directores explicadas por ellos mismos, Barcelona, Paidós, 2003.

3.- Fernando DE FELIPE, Barton Fink. Estudio crítico, Barcelona, Paidós, 1999.

4.- Frédéric ASTRUC, El cine de los hermanos Coen, Barcelona, Paidós, 2003.

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Guy Debord /// Interpretación(es)

Guy Debord, La sociedad del espectáculo (edición inglesa)

Guy Debord, La sociedad del espectáculo (edición inglesa).

«La lucha entre tradición e innovación, que es el principio interno de desarrollo de la cultura en las sociedades históricas, sólo puede continuar merced a la permanente victoria de la innovación. Sin embargo, la innovación cultural depende únicamente del movimiento histórico total que, al cobrar conciencia de su totalidad, tiende a superar sus propios presupuestos culturales y se orienta hacia la supresión de toda superación.»

Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-Textos, 2012 (1967), pp. 152.

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Dante sí, pero no.

Siempre se requiere de un tacto especial cuando se habla de Dante Alighieri (1265-1321). La literatura ha derramado ríos de tinta sobre esta personalidad patrística de las letras universales, tanta que se necesitarían una docena de vidas para abordar toda la documentación que tenemos al respecto. El caso que nos ocupa hoy es harto singular dado que, sin ser exhaustiva ni pretenciosa, dato que revela la modestia del texto, se enfrenta a un tema como el de la simbología del microcosmos de Dante. Olvidémonos por un instante, eso sí, de las connotaciones que el adjetivo dantesco ha venido arrastrando a lo largo de la historia, bien por su mal uso, bien por su errónea significación. Los que amamos la figura del Sommo Poeta sabemos que las voces malintencionadas se encargaron de hacer de Dante un personaje siniestro al servicio de la escatología, pero no es así. O al menos no del todo. Pero volvamos a lo nuestro y dejemos que las campanas suenen.

El ya clásico ensayo de René Guénon sobre El esoterismo de Dante ve de nuevo la luz en la reimpresión con la que la que el Grupo Planeta (que no la editorial Paidós) nos obsequia en esta ocasión. A decir verdad, eso es lo que han pensado ellos. El ensayo, publicado original y póstumamente en 1957 por Gallimard y poco después traducido al italiano por Atanòr, encuentra su voz castellana bajo la traducción de Agustín López Tobajas y María Tabuyo. Hay que decir que la relevancia de este trabajo de investigación fue notoria en su tiempo. Allí donde sólo había oscuridad y tiniebla pietista, nos mostró una nueva lectura sobre distintos puntos de vista desconocidos en la obra de Dante y que hoy día están superados gracias a dicha labor. Pero es tanta la insistencia de los estudiosos en Dante y la pasión que su obra suscita desde tantas perspectivas que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que ya se ha dicho todo de él y de su obra, y ahora verán por qué. Evidentemente los especialistas, tan puristas ellos, acogerán esta opinión como una superchería. Habrá quien salga disparado de su asiento cuando lea esta descortesía a la obra de Dante, pero tranquilos. No hay necesidad de escandalizarse. Ahora más que nunca, es hora de ser honestos. Alégrense de que esto también empiece en Dante. Me refiero a la honestidad.

Como decimos, el trabajo de Guénon fue algo así como revolucionario. Corrían los años cincuenta y en Europa no se respiraba más que totalitarismo y ese tufillo nacionalista que buscaba falso refugio en la espiritualidad de sus autores estrella. Dante no es que fuera clásico, más bien se convirtió en una bandera. Tal vez en Francia, eso sí, la intencionalidad al abordar la figura del poeta florentino tenía otro carácter, lo que podría justificar de algún modo su espontaneidad. Ahora bien, no podemos obviar la cantidad de maniobras culturales que las naciones han perpetrado en nombre (o a costa) de sus hijos predilectos. Se me ocurren casos como los de Cervantes en España, Shakespeare en Inglaterra, Montaigne en Francia, y cómo no, Dante en Italia. Todos ellos tuvieron la suerte y la desgracia de padecer eso que hemos dado en llamar entusiasmo. Y no es que el entusiasmo como motor de acción reportara resultados negativos, es que el patriotismo lo cubrió todo de chapuza y desmemoria. Asimismo todo ello promovió una serie de procesos de investigación realmente sugerentes, era la gran oportunidad, se experimentaba sobre un terreno desconocido pero nuestros pies acomodados no fueron capaces de reconocer el barro entre lo que parecía esponja. Por ende la cultura, llegados a este punto la más vulnerable en tiempos de emergencia (la actual es un calco), fue la primera en caer sumisa del servilismo político y, despojada para entonces del corazón de sus entrañas, terminó convirtiéndose en un pensamiento sin razón de ser.

El libro de Guénon en este sentido fue un prodigio, puesto que supo lidiar con el ostracismo climático de la cultura de su tiempo y, por otro lado también, porque tuvo el coraje y la valentía de hablar del lado conspirador y retorcido del Dante más hermético. Por ambas cosas merecería la pena releer este clásico de la dantología, revisar el capítulo de la numerología, las teorías másonicas en torno de Dante, la inclusión de las distintas tradiciones en la obra del Altissimo poeta, etcétera,… pero insistimos en el hecho de que hay que tener un tacto especial cuando tratamos con una figura de tamaña riqueza intelectual. No se puede permitir pasar por alto un estado de la cuestión en cualquier publicación de este tipo.

Dicho de otro modo: se echa en falta una reedición y no una reimpresión. Es como si nadie pudiese hablar de Dante en el siglo XXI o, lo que es peor, que nadie quisiera hacerlo. De acuerdo que Dante no sea el tipo de conversación que uno tiene cuando toma café por las mañanas, pero que no haya nadie dispuesto a abordarlo no me lo trago. ¿Entienden ahora lo que decía sobre lo ya dicho sobre él y su obra? Con esta publicación, no me entiendan mal, está muy bien, el texto es el que era hace cerca de sesenta años y se ha limado la tipografía. Gracias a ello el texto se ha hecho más legible, bien, pero Dante es Dante, no se han de escatimar las palabras. Se me antojan una docena de nombres, tantas como el número de vidas que antes mencionaba, que podrían decir algo sobre este texto clásico de la ensayística dantiana.

Que una editorial del peso y el talante de Paidós (y/o del Grupo Planeta), poseedora de un catálogo envidia de cualquier casa, sea capaz de tamaña insensibilidad, es algo que me golpea en lo más profundo de mi ser como amante de la cultura. Desgraciadamente no tengo muchos más argumentos favorables que el hecho de ver reproducido el fresco de Domenico di Michelino sobre la cubierta del libro. García Márquez fue quien dijo aquello de: “Cuando cumplí los cuarenta años, aprendí a decir no cuando es no”. En este sentido tengo que tomar prestadas las palabras de Gabo y ponerlas en práctica de manera prematura, porque si de verdad deseamos una sociedad coherente y respetuosa con esos valores comunitarios que tan de boca en boca circulan, si anhelamos un futuro digno para nuestros hijos donde crecer rodeados de una ciudadanía fundada en la verdad y la lucha contra la opresión y la pantomima, si soñamos con todas estas cosas hermosas, entonces tal vez deberíamos alegrarnos porque esto también empieza en Dante. Me refiero a la honradez intelectual.

 

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Publicado en la revista Culturamas (13 noviembre 2013). Puedes leerlo aquí.

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René Girard /// Interpretación(es)

René Girard en su biblioteca

René Girard en su biblioteca

«El vanidoso romántico quiere persuadirse de que su deseo está inscrito en la naturaleza de las cosas o, lo que es lo mismo, en la emanación de una subjetividad serena, la creación de ex nihilo un Yo casi divino. Desear a partir del objeto equivale a desear a partir de sí mismo: desear a partir de Otro. El prejuicio objetivo coincide con el prejuicio subjetivo y de este doble prejuicio se arraiga en la imagen que todos nosotros hacemos de nuestros propios deseos. Subjetivismos y objetivismos, romanticismos y realismos, individualismos y cientifismos, idealismos y positivismos se oponen en apariencia, pero secretamente coinciden en disimular la presencia del mediador. Todos estos dogmas son la traducción estética o filosófica de visiones del mundo propias de la meditación interna. Todos ellos proceden, más o menos directamente, de esa mentira que es el deseo espontáneo. Todos ellos defienden una misma ilusión de autonomía a la que el hombre moderno está apasionadamente vinculado.»

René Girard, Mentira romántica y verdad novelesca, Barcelona, Anagrama, 1985 (1961).

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La navidad puede cavar tu tumba

Todo el mundo sabe o lleva impreso en su memoria RAM que la Navidad es ese momento propicio en el que familia, amigos y allegados se arrejuntan en torno a una chimenea y comen y beben mientras cantan el Kumbayá. Es ese tiempo de alegría y tristeza sin límites. Es una oda a la desmesura humana. Es, por así decir, el lapso en el que todos cometemos los excesos más inconfesables. A unos les alienta el sentido familiar, otros repudian su hipocresía. Pero todos llevan razón. Todos dicen la verdad. Sin embargo mientras se descorcha una botella de cava en Madrid, una tragedia acontece en Nueva Delhi; simultáneamente a cuando alguien sonríe al recibir un obsequio inesperado, un atentado está llevándose la vida de algunos inocentes reunidos en un lugar equivocado. La Navidad es un perverso compendio de acciones humanas sin razón ni sentido que fomenta la fraternidad y al mismo tiempo alimenta su repulsa de la felicidad. Todos no podemos tener lo mismo. Todos no podemos disfrutar de presentes ni de esa ceremonia astringente que algunos tenemos por cena. Por eso algo me dice que deberíamos ser cautos y no maldecir el año que nos ha tocado vivir, no vaya a ser el Destino quien nos propine un sopapo desproporcionado y que lo que acabemos comiéndonos sean nuestras palabras.

El caso es que yo no venía a hablar de esto. La injusticia es un hecho y yo no tengo el poder de cambiarlo. Quería hablarles de lo sobrevaloradas que tenemos estas fechas por la cantidad de amigos que perdemos o con los que solemos enemistarnos. Sí, como lo oyes, estimado lector. Intentaré explicarme.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Ya saltó la notificación. O debería decir las notificaciones. El teléfono no para desde hace días, pero especialmente hoy se convierte en algo pesadísimo. Es Nochebuena, víspera del día de San Nicolás que algunos se empeñan en convertir en un fenómeno importado llamándolo Santa Claus o cosas por el estilo, y las muestras de cariño afloran a medida que se destapa el champagne. Todo tipo de manifestaciones virtuales se llevan a cabo en estas fechas, todos lo sabéis, quién soy yo para descubrir nada, pero hay algo que pasa desapercibido. Por la mañana cuelgas una foto tradicional con la escena de una Natividad sacada de algún portal de internet, la subes a Facebook y ¡error! Olvidaste etiquetar a aquel amigo que te prestó su hombro para que lloraras desconsoladamente cuando cesó la relación con tu ex. Ahora es este amigo quien alimenta la rabia mientras tú sonríes bobamente frente al monitor. Un lapsus.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

«¡Muchas gracias! Que pases unas felices fiestas también. ¡Besos!». Ha contestado un contacto a una foto que has decidido subir a Instagram. Pero hay un problema. La aplicación soporta las menciones en número de 20, por lo que tuviste que confiar en tu memoria y echar mano del talento emocional. Evidentemente etiquestaste a tus mejores amigos, a aquellos que estuvieron contigo en los últimos meses, con los que hiciste gamberradas o pasaste frío esperando al primer autobús que te llevara a tu casa después de una agitada velada nocturna, con los que reíste hasta el delirio o te desahogaste hasta advertirte ridículo. Dada la ajenidad de algunas redes sociales, muchos de esos contactos ni siquiera los conoces y otros tantos los has olvidado. Todos no somos iguales, y a Dios gracias. Pero el olvido da pie a sugestiones de todo tipo. Sabemos, lo hemos vivido, que siempre existe ese perfil que revisa agazapado todas tus publicaciones, que te sigue con atención y no deja escapar una para tener al tanto tus contenidos. En ocasiones te ofrece guiños virtuales como la difusión de tus contenidos propios y hasta se lanza a contestarte en la última entrada de tu blog. Pero, de nuevo, ¡error! Esta vez ha sido la restricción tiránica de internet, pero caiste de nuevo en el olvido y ya no hay vuelta atrás. No vas a repetir la fotografía ni la felicitación, queda un poco raro, no te lo puedes permitir, tienes una reputación y eso no es así. Así lo piensas al menos durante 20 segundos. De la misma manera, ese usuario leal y fidedigno adopta una postura de cordialidad basada en el silencio, que es peor que aquel que manifiesta su enfado públicamente, ya que aquel recolecta remoridimientos y éste siembra carantoñas. El caso es que, a estas alturas, ya te has ganado el alejamiento parcial de un seguidor y, lo que es peor todavía, la falta de interés en lo que dices.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Ahora es Twitter. Maldito teléfono que no para de sonar para notificarme quién ha marcado el favorito de un favorito. De verdad, uno llega a pensar que esta red se ha convertido por momentos en un ensayo frustrado de las teorías que Christopher Nolan no pudo poner en práctica en Inception. La constricción de un medio de comunicación como este reduce notablemente la riqueza de nuestra expresión, que se ve impelida a ser certera, justa y acotada, una ecuación alejada, se mire por donde se mire, del ideal comunicativo. No obstante, gusta, y mucho. Así que seguimos acatando la ley seca de los 140 caracteres sin rechistar. Es lo que hay, nos repetimos.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Dicho esto, ya no me importa qué notificaciones estén apareciendo en mi teléfono, podría hacerse una composición sinfónica con la cantidad de tonos y avisos que tiene. Es extraordinario el abanico sonoro del que cualquiera puede gozar hoy día. Muchas veces me pregunto qué hubieran hecho Bach, Bethoveen, Mozart, Liszt, Schubert o Satie con esta tecnología. Y mientras me pregunto esta bobada sin respuesta sigo pensando, aunque no lo quiera, en esos amigos que he dejado por el camino, en los afectos olvidados, en el cariño no correspondido, en el desdén sin recatos o en la desfachatez de tal gesto. Eso pensarán los damnificados. Y de todo ello se extrae, querido lector, que la modernidad (facies virtualis) no es asunto baladí. El uso de dipositivos digitales y medios recreativos conlleva una responsabilidad no escrita de la que somos administradores. La mala administración de la información, así como de las acciones o emociones, implica un desequilibrio mudo que acrecienta una errónea sensación de maldad.

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

Ahora bien, y hete aquí la pregunta del millón, al fin y al cabo era el motivo por el que decidí escribir este texto, ¿en qué grado las redes sociales y los mass media condicionan nuestra manera de interactuar? Todos sabemos que esta influencia es decisiva, pero la pregunta era retórica: ¿definen los usos nuestro comportamiento?, ¿son fidedignas las redes sociales para delimitar la personalidad?, ¿en qué medida un perfil, un usuario, una cuenta, una marca representa a un ser humano?, ¿puede soportar la virtualidad tanta carga de realidad?

Clin, prsss, clin clin, blip, blup, prsss prsss…

La mesa está servida.

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Historia menor de Grecia /// Pedro Olalla (Acantilado)

El libro que tengo el placer de presentarles es una rara avis de la historiografía, un texto que parece compuesto con la honda espontaneidad de un niño leído, a vuelapluma, sin mucho ornamento pero con mucha profusión de detalles sencillos y profundos a la vez. Es algo así como un vademécum de la otra historia, esa historia que queda en anécdota y sin embargo nos habla de una cantidad ingente de cultura de la que no se da cuenta en los tradicionales centones historiográficos. Seduce, intriga, estimula, y por qué no decirlo, sabe a poco puesto que pensamos que toda historia debería incluir esa otra parte de verdad que la Humanidad y el Tiempo nos ha cubierto sutilmente.

Sorprende que no se trate de una historia más de las muchas que podemos encontrar en cualquier librería que se precie. Inevitable no pensar en aquella inmortal “Historia de los griegos” de Indro Montanelli como una suerte de punto de partida para llevar a cabo esta formidable empresa, con la peculiaridad de que Montanelli sólo cubrió la Edad Antigua y Pedro Olalla hace un recorrido a través de veintiocho siglos llegando a mediados del XX. En definitiva, ha compuesto para nosotros un libro que probablemente no se recomiende en los seminarios de filología clásica o historia antigua (debido a la precocidad de su aparición, claro está), pero que ya unos pocos guardaremos como imprescindible a la hora de olfatear la cultura helénica. Sorprende también, en este sentido, la seriedad con la que Olalla ha abordado la cuestión, ofreciéndonos en cada uno de los capítulos oportunas referencias bibliográficas, justas y precisas con las que poder profundizar y continuar indagando si la cuestión así nos lo exige.

Lo más jugoso de todo resulta ser el carácter marcadamente humanista que Pedro Olalla ha querido adoptar. Frente a las grandes narraciones excelsas, nos muestra esas coyunturas, circunstancias, sucesos secundarios, a veces incluso marginales, que nos regalan a la vista lo que a veces las imágenes no pueden: el comportamiento de la cultura.

Es este uno de esos experimentos humanos que quedarán para la posteridad de quienes aman la cultura mediterránea y se pregunten sobre ella. De dónde viene, dónde nació, cómo era y cómo eran, por qué esto y por qué lo otro… Una auténtica maravilla que no me canso de recomendarles si encuentran el momento propicio para escarbar en aquellos hombres que, hoy, nos sirven de faro y reflejo de nuestra propia existencia.

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Pedro Olalla, Historia menor de Grecia. Una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos.
Barcelona, Acantilado, 2012, 384 pp., 24 euros.
ISBN 9788415277729

Artículo publicado en la revista Culturamas (06.XI.2012)

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Torres y rascacielos /// CaixaForum Madrid (2012)

Desde el 10 de octubre podemos visitar esta nueva muestra paralela que ofrece el CaixaForum en la que se aborda una de las grandes obsesiones del hombre a lo largo de la historia de la humanidad, auspiciada en cada época por diferentes intereses y también, dependiendo de las latitudes, motivada por diversas intenciones. De Babel a Dubai es el sugerente título escogido para este inédito recorrido, y somete a examen la antiquísima fijación del hombre por las alturas partiendo de la perspectiva bíblica para desembocar en su más pura función estético-tectónica. Entre un punto y otro del paradigma, la voluntad humana por construir en altura ha ido sufriendo un proceso de transformación cuyo análisis nos ofrece, en sentido último, el significado que tuvieron en su origen. De ese modo, podríamos resumirlo así: el mito bíblico da paso a la funcionalidad, y ésta al refinamiento estético en su búsqueda por el imposible.

El afán de construir cada vez más alto ha perdurado como un desafío insatisfecho. En el caso de las agujas de las catedrales góticas o los minaretes orientales suponía un reto contra la altura dedicado a las grandes divinidades, además de recordar con su belleza la adhesión a una fe común y compartida. En otras palabras, fue la expresión de la fuerza de una fe unánimemente compartida. En el Renacimiento paulatinamente se seculariza, lo que apuntala la rivalidad latente entre la esfera religiosa y el poder económico y mercantil del mundo laico. Se trataba por tanto de proyectar magnificencia y capacidad de seducción.

Por otra parte, desde el resurgimiento de esta corriente por construir en altura, encauzada y retomada en Estados Unidos con ejemplos emblemáticos, ingenieros, arquitectos y empresas de todo tipo compiten ahora –desde finales del siglo XIX– por la construcción de los rascacielos más altos, de tal modo que en la década de 1930 la escena norteamericana ofrece los modelos arquitectónicos más llamativos del mundo. Son estos modelos precisamente los que forjan una nueva mitología de carácter urbano. Asimismo, en las décadas que van de 1960 a 1980 se asiste, también en Estados Unidos, a una renovación de las formas y las estructuras de estos rascacielos. La Europa del siglo XIX, a pesar de sus elocuentes ensayos y realizaciones, adoptó el modelo muy tímidamente.

A partir de los años ochenta del siglo pasado, se produce una nueva ruptura y los rascacielos se popularizan a escala internacional. EEUU ya no es estrictamente el único referente y pierde a su vez la supremacía en la carrera por la altura. Un dato: en 2012, por ejemplo, dos terceras partes de los rascacielos más altos del planeta están situados en el Extremo y Medio Oriente. En lo que respecta a la vocación de esta nueva generación de edificios, concentra todos los usos: oficinas, residencias privadas, ocio y hostelería. El gigantismo y el lujo desplegados confieren a las torres de Asia, y en particular de los Emiratos Árabes, una sólida identidad. Más que un nombre que refleje un récord de altura, estos rascacielos encarnan hoy un destino privilegiado, un territorio fuera de la corriente, la representación cautiva de un lugar idílico, cercano a una Babel renacida y cuya construcción, hoy, no hubiera interrumpido ningún dios. como nos dicen sus comisarios, Robert Dulau y Pascal Mory, “son muchos los interrogantes que hay todavía en el aire y de los que, en la actualidad, no podemos prever ni las ramificaciones ni la solución última”.

Por lo demás, la exposición nos parece una oportunidad formidable para repasar una de las grandes obsesiones de la naturaleza humana haciendo un recorrido transversal a lo largo de la historia y la historia del arte, desde el mito a la funcionalidad, desde el paradigma a la evidencia, desde el enigma a la realidad. La muestra gusta de ser contemplada, amén de un seductor y complejo aparato de maquetación y una puesta en escena –por usar un lenguaje cinematográfico– del todo envidiable. También, para los que quieran mantener en la memoria de sus anaqueles tal acontecimiento, además de servir como elemento de reflexión, recomendamos encarecidamente el catálogo editado para la ocasión, todo un ejercicio de recreación editorial a precio estándar que mitigará con mucho la confusión que la legendaria Torre de Babel significó para el hombre y la historia de la cultura.

Torres y rascacielos. De Babel a Dubai

10 oct 2012 – 5 ene 2013, CaixaForum Madrid. Entrada gratuita

Artículo publicado en la revista Culturamas (05.XI.2012)

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Y entonces nosotros, los viles /// Cesare Pavese (1945)

 

Y entonces nosotros, los viles
que amábamos la noche
que murmura, las casas,
los caminos del río,
las sucias luces rojas
de aquellos lugares, el dolor
manso y callado-
arrancamos las manos
de la viva cadena,
y callamos, mas el corazón
nos estremeció la sangre,
y ya no hubo dulzura,
no hubo un abandonarse
junto al sendero del río-
no más siervos, supimos
estar solos y vivos.

[E allora noi vili / che amavamo la sera / bisbigliante, le case, / i sentieri sul fiume, / le luci rosse e sporche / di quei luoghi, il dolore / addolcito e taciuto- / noi strappammo le mani / dalla viva catena / e tacemmo, ma il cuore / ci sussultò si sangue, / e non fu più dolcezza, / non fu più abbandonarsi / al sentiero sul fiume- / non più servi, sapemmo / di essere soli e vivi.]

Cit. Cesare Pavese, Antología poética, versión cast. José Agustín Goytisolo, Barcelona, Plaza y Janés, 1971 (1962), p. 125.

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Una opening de cine – El gran Lebowski /// Joel y Ethan Coen (1998)

Quiero hablarles de un tipo que vivía allá,
en el oeste…, un tipo llamado Jeff Lebowski.
Al menos ese fue el nombre que le dieron sus
amororos padres, pero nunca supo muy bien
qué hacer con él. Este Lebowski se hacía llamar…
El Nota. Así, el Nota. En mi pueblo nadie se pondría
semejante nombre. Había muchas cosas de el Nota
que no tenían mucho sentido para mí, y lo mismo
de la ciudad de Los Ángeles (esa no es precisamente
la impresión que me dio, pero reconozco que hay
buena gente por allí).
Mentiría si dijera que he estado en Londres,
nunca he estado en Francia, y no he visto ninguna
reina en paños menores, como dijo aquel…,
pero les diré algo: después de conocer Los Ángeles,
esta historia que me dispongo a relatar… Creo que
he visto algo más asombroso que cualquier cosa que
hayan podido ver en uno de esos lugares. Y además
en mi idioma. Así que puedo morir con una sonrisa
sin tener la sensación de que el Señor me la ha jugado.
Bien, pues esta historia que les voy a contar
tuvo lugar a comienzos de los noventa;
 eran los días de nuestro conflicto con Sadam
y los iraquíes. Lo menciono sólo porque
a veces hay un hombre -no diré un héroe,
porque, ¿qué es un héroe-, pero a veces hay un hombre,
y aquí me estoy refiriendo al Nota…, a veces
hay un hombre que es… el hombre de ese momento y ese lugar:
¡está en su sitio! Y ese es el Nota, en Los Ángeles.
Y aunque sea un auténtico vago (y el Nota
ciertamente lo era), seguramente el hombre más vago
del condado de Los Ángeles, lo cual le convierte
en favorito para el título de Hombre
Más Vago del Mundo. Pero, a veces, hay un hombre…
A veces hay un hombre… ¡Vaya!
He perdido el hilo, pero, ¡qué demonios!
Ya lo he presentado bastante.