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El tres de septiembre /// Giovanni Papini

El tres de septiembre salí de casa. Frente a ella se asomaban campos, viñedos, árboles, tierras secas y manchones de hierba. Las vides cargadas de racimos violáceos se apoyaban en los álamos inclinándose voluptuosamente, igual que las mujeres con el pecho henchido de juventud cuando se apoyan en el hombre fuerte que aman. El cielo estaba poblado de viento que hacía reír a las hojas con lentas sacudidas, de monstruos grises e informes que se arrastraban lentamente sobre el azul, de montañas blancas que se desmoronaban, de perfume a tierra mojada y a maíz amontonado en la era.

Me dirigí hacia el pequeño río que amo, a pesar del lento discurrir de sus aguas fangosas, atravesando el zumbido de las avispas negras y amarillas en vuelo. Caminando por la orilla con la brisa en la cara y pisando las mariposas blancas inmóviles sobre la tierra, sumidas en el sopor del parto, alcancé el vado. La barca me esperaba y en un instante me encontré en la otra orilla.

¿Por qué prefiero la otra orilla? ¿Quizás porque hay más árboles y la hierba es más alta? Nada de esto. Amo los lugares desnudos, donde el sol puede deambular todo el día como un vagabundo. Quizás amo la otra orilla porque es la otra, porque no es aquella a la que tengo que regresar todas las noches para dormir y soñar diez horas seguidas.

También el tres de septiembre me senté sobre la hierba en la otra orilla del río y cuando un pescador se me acercó, ató su red y se dispuso a engañar una vez más a los ágiles peces de acero, pensé que podía comenzar mi tarea. Me levanté para acercarme a aquel hombre. No tenía nada en mi mano. Llevaba un libro en el bolsillo pero no me apetecía nada leer. El pescador no me miró. Era un joven bajo, con el rostro quemado y una boca enorme. No parecía inteligente pero no tenía derecho a pedirle también que lo fuera.

Cuando estuve junto a él me senté de nuevo. Él también se sentó y echó la red al agua. Comenzaba la espera ansiosa y somnolienta del hombre que se dispone a matar. Todo estaba tranquilo: sólo las desagradables moscas temerosas del temporal revoloteaban alrededor de nosotros sin descanso.

¿Para qué seguir esperando? Sin volverme hacia el pescador le dirigí la pregunta sencilla e inesperada que tantas veces después tuve que repetir:

—¿Por qué hace esto?

El joven se volvió y me miró con la expresión que yo había imaginado antes de hablarle. Me dirigió una mirada de estupor y compasión y no respondió. Naturalmente, tuve que repetir la pregunta. Lo último que necesitaba en aquel momento era silencio.

Entonces el joven sonrió con su boca ancha y respondió:

—Para coger peces.

—¿Y por qué quiere coger peces?

—Para venderlos.

—¿Y qué hace con el dinero que gana vendiéndolos?

—Compro el pan, el vino, el aceite, la ropa, los zapatos y todo lo demás.

—¿Y por qué compra todas esas cosas?

El joven se quedó entonces un poco atónito. Empezaba a divertirse pero encontraba difícil la última pregunta. Una ve más tuve que repetirla mirándolo fijamente. Se volvió como escuchando el silencio. Tal vez empezaba a temerme pero respondió en voz baja:

—Para vivir.

—¿Pero por qué quiere vivir? —repliqué sin piedad.

La sorpresa, el miedo y la alegría del pescador crecieron entonces desmesuradamente. Él creía saber quién era yo, pero a pesar de que me consideraba poco peligroso, no sabía muy bien cómo iba a acabar aquello. Yo no tenía ningún motivo para interrumpir el coloquio. Era necesario que todo se cumpliese como había sido planeado. Por eso repetí con obstinación la pregunta y miré seriamente al acusado.

El joven trató de sonreír con desprecio y dijo:

—Vivo porque he nacido.

—¿Pero cuáles son ahora tus objetivos en la vida?

—¿Qué objetivos? ¿Qué entiende por objetivos?

—Quiero decir: ¿qué es para usted lo más importante en la vida?

—Ya entiendo. Mi objetivo es éste: pescar.

Me quedé en silencio y pasados unos minutos me levanté. Era inútil continuar la conversación. Habíamos vuelto al inicio. La ingenuidad de aquel simple había cerrado la cadena.

Me alejé irritado y caminé por la orilla pisoteando las flores raquíticas y lánguidas hierbas. A través del follaje llegaban gritos rabiosos de niños. En un determinado punto el seto espeso quedaba interrumpido por una cancela de madera. La empujé y entré en el campo adentrándome cabizbajo por un sendero mullido. Había divisado a la izquierda a un campesino que cavaba y me dirigí resuelto hacia él. Me había visto con recelo bajo el ala sucia de su sombrero de paja. Se acercaba la vendimia y todos se habían levantado en armas contra los ladrones de uvas. El silencio de la tarde se oía interrumpido bruscamente por disparos secos lanzados contra los desconocidos. Pero yo no buscaba uvas: quería algo más amargo y embriagador.

Cuando llegué junto a él, lo miré. A sus pies, la tierra húmeda y arenosa había sido removida con calma y se preparaba para otros regalos. Pero no me fijé en esto porque la tierra abierta me conmovía como un dolor. Tenía que hacer por segunda vez mi pregunta:

—¿Por qué hace esto?

El campesino me miró con sus ojos negros todavía más recelosos y respondió:

—Para que nazca el grano.

—¿Y por qué quiere que nazca el grano?

—Para hacer el pan.

—¿Y por qué necesita el pan?

—Para ir tirando.

—¿Pero por qué quiere vivir?

Ante esta pregunta el hombre bajó la cabeza y retomó pacientemente su trabajo. El pie desnudo se apoyó de nuevo sobre el hierro quebrando la tierra, que se volvió más oscura y fresca de repente. Repetí varias veces la pregunta pero sólo conseguí miradas atravesadas por respuesta.

El viento ensordecedor seguía riendo alrededor de mi cabeza. Me quité el sombrero, miré el cielo y tendí el oído hacia el sonido lamentoso de la sirena de una fábrica. Tuve que retomar el sendero y salir del campo.

¡Qué bella me pareció el agua! Caminé un poco más por la orilla buscando con los ojos al tercer acusado. Los sauces, alineados en cuatro filas, me acompañaban lentamente y trataban de repetirme lo que decía el viento. Había un prado cerca y en el prado una niña vestida de rojo estaba inclinada recogiendo las últimas flores del verano.

Mi único deseo era encontrar a un ser, grande o pequeño, que supiese hablar. ¿Qué me importaba lo demás? Era una niña pequeña, rubia y tal vez torpe. Me bastaba que no fuese muda y que no huyese. La llamé desde lejos como se llama a los perros. La niña levantó la cara de las flores, me miró sonriente y dio unos pasos hacia mí. En cuanto estuve a su lado le hice también a ella la inevitable pregunta:

—¿Por qué haces esto?

La niña no se hizo de rogar y respondió enseguida:

—Para hacerle un ramo a la Virgen.

—¿Y por qué quieres hacerle un ramo a la Virgen?

—Para que se acuerde de mí.

—¿Pero por qué quieres que se acuerde de ti?

—Para que, cuando me muera, me reserve un sitio cerca de ella en el paraíso.

Era suficiente lo que me había dicho. Sólo tenía que traducir por mi cuenta las sencillas respuestas de la niña y conseguiría la respuesta a mi pregunta. ¿Por qué actuaba así la niña vestida de rojo? Para alcanzar el paraíso. Vivía, por tanto, preparándose para la muerte. Esta sí era una respuesta, ¿pero es la única? No estaba seguro, pero era una respuesta que no habían sabido darme aquellos dos hombres agachados haciendo su labor.

Los olvidé en cuanto hube destrozado con mi paso apresurado los tréboles y la acedera del prado. Me sentí menos triste caminando por la orilla y hasta incluso empecé a cantar. La niña me seguía, sujetando con las dos manos el babi rebosante de flores amarillas y violetas. Pero cuando me volví para saludarla y recibir el viento en plena cara vi que no sólo ella me seguía. A lo lejos, medio escondidos entre los sauces, venían hablando entre ellos los dos primeros acusados: el pescador y el campesino.

¿Cómo se habían encontrado? ¿Por qué me habían seguido? No lo supe pero me di cuenta de que yo había sido capaz de atraerlos y ponerlos en marcha. Estaba seguro, aunque me encontraba lejos, de que hablaban de mí y pensaban en mí. ¿Quizás a causa de la niña? No había por qué tenerles miedo. Me detuve y los esperé cantando en voz baja. La niña siguió por su camino y me adelantó; los dos hombres me alcanzaron. Sus rostros se habían endurecido: la enorme boca del joven reía con sarcasmo y los ojos negros del viejo centelleaban bajo el sombrero.

En cuanto estuvieron cerca se me echaron encima, maltratándome con palabras ofensivas y manos implacables. Ellos eran dos, enfurecidos y robustos, y yo sólo uno, tranquilo y débil. Con pocas sacudidas se apoderaron de mi cuerpo, blasfemaron y gritaron, eufóricos al desahogar lo que hasta entonces habían reprimido. Con pasos rápidos descendieron la orilla herbosa hasta el pedregal. Tuve tiempo de distinguir las crías de rana grises que saltaban entre las piedras húmedas de las pequeñas pozas. Los dos hombres me columpiaron un poco como si fuese un cadáver y me lanzaron al agua, riendo como borrachos.

Mientras mi cuerpo se sumergía en el fondo cenagoso del río pude escuchar el golpe seco y lejano de un disparo de fusil. El cauce estaba bajo: las lluvias de septiembre no habían logrado todavía lavar los racimos de uva y henchir los ríos. Pude levantarme y tomar de nuevo el camino del vado con los huesos doloridos y el traje empapado de fango.

Los dos primeros acusados huían corriendo, la niña se había alejado y el viento soplaba aún más fuerte, irritado ante la pereza de las nubes grises y blancas. Para mí nada había terminado, nada había cambiado para el mundo.

—Mañana —dije sonriendo— es cuatro de septiembre.

 

Cit. Giovanni Papini, Palabras y sangre (trad. Paloma Alonso Alberti)

Madrid, Rey Lear, 2010 (1912), pp. 19-24.

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La creación /// Dino Buzzati

El Todopoderoso había construido ya el universo, disponiendo con fantasiosa irregularidad las estrellas, las galaxias, los planetas, las estrellas fugaces, y estaba contemplando con cierta complacencia el espectáculo, cuando uno de sus innumerables proyectistas, el encargado de llevar a cabo la  gran idea se acercó a él con gran premura.

Se trataba del espíritu Odnom, uno de los más inteligentes y vivaces de la nouvelle vague de los ángeles (pero no vayan a pensar que tenía alas y llevaba túnica blanca; pues -estas son sólo un invento de los pintores antiguos, que las consideraban muy prácticas desde el punto de vista decorativo).

—¿Deseas algo?—le preguntó el Creador, con benevolencia.

—Sí, Señor—respondió el espíritu arquitecto—. Antes de que des por finalizada esta admirable obra tuya y le des la bendición, quisiera mostrarte un pequeño proyecto en el que hemos trabajado un grupo de jóvenes. Un asunto de segunda categoría, un trabajillo de nada en comparación con todo el resto, una minucia, pero a nosotros nos parece interesante. —Y de una carpeta que llevaba consigo sacó un folio en el que aparecía dibujada una especie de esfera.

—Déjame ver—dijo el Todopoderoso, que, aunque por supuesto estaba ya al tanto de todo, fingía no saber nada del proyecto y simulaba interés con el fin de que sus mejores arquitectos se sintieran satisfechos. El dibujo era muy detallado y llevaba anotadas todas las medidas pertinentes.

—¿Qué es esto?—dijo el Gran Hacedor continuando con su diplomático fingimiento—. Parece un planeta más de los miles y miles que ya hemos construido. ¿Es realmente necesario hacer otro, y además de un tamaño tan modesto?

—En efecto, se trata de un pequeño planeta—confirmó el ángel arquitecto—, pero, a diferencia de los otros miles ya existentes, éste presenta unas características muy especiales.

Le explicó cómo habían pensado hacerlo girar alrededor de una estrella a una distancia tal que pudiera recibir su calor, pero no demasiado; enumeró los materiales presupuestados, sus cantidades respectivas y su precio de coste. ¿Y todo, para qué? Según las premisas, en aquel minúsculo globo se produciría un fenómeno sumamente curioso e interesante: la vida.


Sobra decir que el Creador no necesitaba más explicaciones. Era mucho más astuto que todos los ángeles arquitectos, ángeles capataces y ángeles albañiles juntos. Sonrió. La idea de aquella bolita suspendida en la inmensidad del espacio con tantos seres naciendo, creciendo, fructificando, multiplicándose y muriendo en ella le parecía bastante ocurrente. Y seguro que lo era, porque si bien el proyecto lo habían elaborado el espíritu Odnom y sus socios, al fin y al cabo también provenía de Él, origen primero de todas las cosas.

En vista de la buena acogida, el ángel arquitecto se armó de valor y lanzó un agudo silbido, al que acudieron, rapidísimos, miles, ¡qué digo miles!, cientos de miles, e incluso tal vez millones de otros espíritus.

Al ver aquello, el Creador al principio se asustó: mientras se tratara de un único peticionario, no había problema, pero si cada uno de los espíritus debía someterle un proyecto particular con las explicaciones correspondientes, aquello se prolongaría durante siglos. Debido  a su extraordinaria bondad, se dispuso, no obstante, a soportar la prueba. Los pelmazos son una plaga eterna. Se limitó, pues, a soltar un largo suspiro.

Odnom le tranquilizó. Toda aquella gente sólo eran dibujantes. El comité ejecutivo del nuevo planeta les había encargado proyectar las innumerables especies de seres vivos, vegetales y animales, necesarias para conseguir un buen resultado. Odnom y compañía no habían perdido el tiempo. No era un vago proyecto general, sino que lo habían previsto todo, hasta los más mínimos detalles. Tampoco había que descartar que, con el fruto de tanta diligencia, en su fuero interno pensaran poner al Sumo Regidor frente al hecho consumado.

Lo que parecía que iba a ser un extenuante peregrinaje de postulantes se convirtió, pues, para el Creador, en una agradable y brillante velada. No sólo se complació en examinar, si no todos, al menos la mayoría de los dibujos de plantas y animales, sino que participó de buena gana en las discusiones que surgían a menudo entre los artífices.

Lógicamente, cada diseñador estaba ansioso por ver aprobado y quizá ensalzado su propio trabajo. La disparidad de temperamentos era sintomática. Como en cualquier otra parte del universo, estaba el inmenso grupo de los humildes que habían trabajado duro para crear la base, llamémosla así, de la naturaleza viviente; proyectistas, por lo general, de imaginación limitada pero técnica escrupulosa, que había dibujado uno a uno los microorganismos, los musgos, los líquenes, los insectos comunes y corrientes, los seres, en suma, menos espectaculares. Y luego estaban los genios, los jactanciosos, deseosos de brillar e impresionar, razón por la cual habían concebido las más extrañas, complicadas, fantásticas y a veces disparatadas criaturas. De hecho, algunas de ellas tuvieron que ser rechazadas, como fue el caso de ciertos dragones con más de diez cabezas.

Los dibujos estaban hechos sobre un papel de lujo, a color y a tamaño natural, lo que situaba en condiciones de evidente inferioridad a los proyectistas de los organismos más pequeños. Los autores de bacterias, virus y similares pasaban casi inadvertidos, a pesar de su innegable mérito. Presentaban unos trocitos de papel del tamaño de un sello de correos con unos signos microscópicos que el ojo humano nunca hubiera podido percibir (pero el suyo sí). Estaba, entre otros, el inventor de los tardígrados, que se paseaba con un minúsculo cuaderno de bocetos del tamaño de los ojos de un insecto, pretendiendo que los demás apreciaran la gracia de esos futuros animalillos, cuyo perfil era vagamente parecido al de los oseznos, pero nadie le hacía caso. Por suerte, el Todopoderoso, al que no se le escapaba nada, le hizo un guiño que fue equiparable a un entusiasta apretón de manos, lo que le animó enormemente.

Hubo un fuerte altercado entre el proyectista del camello y el autor del proyecto del dromedario, pues cada uno de ellos pretendía haber sido el primero en tener la idea de la joroba, como si se tratara de un genial hallazgo. Tanto el camello como el dromedario dejaron a los presentes más bien fríos; en general, fueron considerados de pésimo gusto. Fuera como fuese, pasaron el examen, aunque por los pelos.

La propuesta de los dinosaurios provocó una auténtica andanada de objeciones. Una aguerrida cuadrilla de espíritus ambiciosos realizó un desfile, llevando en unos enormes caballetes los gigantescos dibujos de aquellas poderosas criaturas. La exhibición, indiscutiblemente, produjo cierta sensación. Aún así, los formidables animales eran muy exagerados. Pese a su gran estatura y corpulencia, no era probable que duraran mucho tiempo. Para no amargar a los excelentes artistas, que habían puesto en ello todo su empeño, el Rey de la creación concedió, sin embargo, el exequátur.

Una sonora carcajada general acogió el dibujo del elefante. La longitud de su nariz parecía realmente excesiva, incluso grotesca. El inventor objetó que no se trataba de una nariz sino de un órgano muy especial, para el que proponía el nombre de trompa. El vocablo gustó, hubo algunos aplausos aislados y el Todopoderoso sonrió. También el elefante pasó el examen.

La ballena, en cambio, tuvo un éxito inmediato e irresistible. Seis espíritus voladores sostenían el desmesurado tablero con el retrato del monstruo. A todos les resultó muy simpática y recibió una cálida ovación.


Pero ¿cómo recordar todos los episodios del interminable desfile? Entre los momentos cumbres de la velada podemos citar el de algunas grandes mariposas de vivos colores, la serpiente boa, la secuoya, el arqueopteris, el pavo real, el perro, la rosa y la pulga, personajes estos últimos a los que, de forma unánime, se les vaticinó un largo y brillante porvenir.

Mientras tanto, entre la multitud de espíritus que, ávidos de alabanzas, rodeaban al Todopoderoso, había uno que se le acercaba una y otra vez con un rollo de papel debajo del brazo; pelma, muy pelma. Es verdad que tenía una cara muy inteligente, pero era tan petulante… Abriéndose paso a codazos, había tratado de situarse en primera fila y de llamar la atención del Señor al menos en veinte ocasiones. Su altivez resultaba molesta a sus colegas, que le menospreciaban y le empujaban hacia atrás.

Pero él no se daba por vencido así como así. Erre que erre, consiguió finalmente llegar a los pies del Creador y, antes de que sus compañeros pudieran impedírselo, desplegó el rollo de papel, ofreciendo a la divina mirada el fruto de su ingenio. Eran los dibujos de un animal con un aspecto francamente desagradable, repelente, que sin embargo impresionaba por lo diferente que era de todo lo que se había visto hasta entonces. Por una parte estaba presentado el macho y, por otra, la hembra. COmo muchos otros animales, tenía cuatro extremidades, pero, a juzgar por los dibujos, sólo utilizaba dos para caminar. Algunos mechones de pelo aquí y allá, sobre todo en la cabeza, como una crin; los dos miembros superiores le colgaban a los lados de una forma ridícula. Su cara se asemejaba a la de los simios, que habían pasado con éxito el examen. Su figura no era ágil, armónica y compacta como la de los pájaros, los peces o los coleópteros, sino desgarbada, torpe y en cierto modo inacabada, como si el diseñador se hubiera desanimado y cansado en el momento más inoportuno.

El Todopoderoso echó una ojeada a los dibujos.

—No se puede decir que sea bonito—observó, suavizando con un tono amable la dureza de la sentencia—, pero quizá tenga alguna utilidad especial.

—Sí, Señor—confirmó el pelmazo—. Se trata, modestia aparte, de una invención formidable. Éste es el hombre y ésta, la mujer. Independientemente del aspecto físico, que es discutible, lo admito, he tratado de hacerlos, de alguna manera, perdona mi osadía, a tu imagen y semejanza, oh, Excelso. Será el único ser dotado de razón en toda la creación, el único que podrá darse cuenta de tu existencia, el único que te sabrá adorar. En tu honor erigirá templos grandiosos y librará guerras sangrientas.

—¡Ay, ay, ay! ¿Quieres decir que será un intelectual?—dijo el Todopoderoso—. Hazme caso, hijo mío. Mantente alejado de los intelectuales. Por fortuna, hasta ahora el universo está libre de ellos. Y quiera el cielo que continúe así hasta el fin de los tiempos. No niego, muchacho, que tu invención es ingeniosa. Pero ¿sabes decirme cuál sería el posible resultado? Quizá ese ser esté dotado de cualidades excepcionales, pero, a juzgar por su aspecto, me da la impresión de que sería fuente de una enorme cantidad de problemas. En una palabra, me complace tu arrojo. Es más, me encantaría concederte una medalla. Pero no me parece prudente aceptar tu proyecto. En cuanto se le diera un poco de cuerda, este tipo sería capaz, antes o después, de provocar una gran desgracia. No, no, olvidémoslo.

Y le despidió con un gesto paternal.

El inventor del hombre se fue con la cara muy larga, en medio de las sonrisitas de sus colegas. Quien tan alto apunta… Entonces se acercó al proyectista de los tetraónidos.


 

Fue una jornada memorable y feliz, como todos los grandes momentos llenos de esperanza, de espera de las cosas bellas que seguramente llegarán pero todavía no existen; como todos los momentos inaugurales. La Tierra estaba a punto de nacer con sus maravillas buenas y crueles, sus dichas y afanes, el amor y la muerte. La escolopendra, la encina, la tenia, el águila, el icneumón, la gacela, el rododendro. ¡El león!

El inoportuno seguía yendo y viniendo incansable con su carpeta. Y miraba una y otra vez hacia arriba, buscando en los ojos del Maestro un atisbo de arrepentimiento. Otros, sin embargo, eran los temas preferidos de éste: halcones y paramecios, armadillos y tumbergias, estafilococos, ciclópidos e iguanodontes.

Hasta que llegó un momento en el que la Tierra estuvo llena de criaturas adorables y odiosas, dulces y salvajes, horrendas, insignificantes y bellísimas. Un murmullo de fermentos, pálpitos, gemidos, aullidos y cantos estaba a punto de nacer en los bosques y los mares. Anochecía. Una vez obtenido el visto bueno supremo, los dibujantes, satisfechos, se habían ido cada uno por su lado. Cansado, el Altísimo se quedó solo en la inmensidad, que comenzaba a poblarse de estrellas.

Ya estaba a punto de quedarse plácidamente dormido cuando sintió que alguien le tiraba con suavidad del manto. Abrió los ojos, miró hacia abajo y vio que el inoportuno volvía a la carga: había sacado de nuevo su dibujo y le miraba implorante. ¡El hombre! Qué idea tan descabellada, qué peligroso capricho. Pero en el fondo, qué juego tan fascinante, qué terrible tentación. Después de todo, quizá valiera la pena. Además, en época de creación, era legítimo ser optimista.

—Trae acá—dijo el Todopoderoso, asiendo el fatal proyecto. Y estampó su firma.

Cit. Dino Buzzati, El colombre, Barcelona, Acantilado, 2009, pp. 15-22.

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Dino Buzzati, «El colombre», ilustración (acrílico sobre tela), 1969.

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El reverso de la moneda

Lo que ahora voy a contarles no versa, aunque lo parezca, sobre un problema alarmante que se sufre en el primer mundo, ni tan siquiera sobre las incomodidades que me ha reportado a mí personalmente; se trata más bien de una historia de seres humanos que se repite día tras día y que por lo general acaba sumiéndonos a todos en una profunda desconfianza hacia la burocracia actual. Procedo.

Martes. Suena el timbre de mi casa: «¡Cartero de Correos!». Quien tiene simpatía por los libros, o quien en parte se gana la vida con ellos (no de ellos), sabe que en esa exclamación se esconde la esperanza de un encuentro excitante. ¡Un libro! Como el cartero no me avisa, juego con la idea de que lo dejará asomando en el buzón. Por la tarde salgo a hacer unos recados y a la vuelta intercepto un sobre en el buzón. En efecto, contiene un libro, si es que uno puede llamar libro a un centenar de páginas retorcidas como una culebra a punto de morir. En cuanto al sobre en el que viene, toda descripción sería en vano. Automáticamente acudo a la oficina de Correos más cercana. Allí expongo el caso, entro decidido a firmar un armisticio y dejo clara mi intención de no querer castigar a nadie ni querer actuar con brazo ejecutor. La mujer que me atiende lo consulta, entra en las dependencias y sale disculpándose por la improcedencia de la entrega. A pesar y sin embargo: «Es mejor que vengas por la mañana, que es cuando están todos los repartidores y podrán decirte algo más. Ahora mismo no hay nadie que pueda ayudarte». Su buena educación no satisface mi reclamación (todavía sin hoja de reclamaciones); no obstante, me contengo y guardo la calma. Todo es cuestión de paciencia.

libros

Fuente: Curiosidatos

Hoy miércoles, a primera hora, he acudido de nuevo. No eran las ganas de venganza ni el remordimiento de la burla lo que me ha llevado hasta allí, sino la intención de hablar con alguien para exponer mi caso y rogarle que de ahora en adelante se abstuvieran de tomarse la justicia por su mano. Es de recibo que los profesionales de Correos tengan un mínimo de consideración al respecto. El reglamento dice que un repartidor no está obligado a subir paquetes a la puerta de un particular, como también que a falta de espacio en el buzón, aquel ha de dejar el aviso para que el paquete sea recogido en la oficina correspondiente.

Con las mismas me han abierto la puerta de personal. Jamás había estado en un lugar parecido. Una docena de trabajadores y trabajadoras poniendo a punto mil paquetes, cartas certificadas, pequeños electrodomésticos forrados en plástico de burbuja, nichos en los que no entraba ni un folio. Parecía que les faltaban manos. Un ritmo verdaderamente frenético para ser apenas las ocho de la mañana. Me reciben y expongo el caso con el paquete destruido en la mano. Trasladan el aviso a un superior y espero. A los pocos minutos sale una mujer, y desde la poca distancia que nos separa, noto en su rostro un gesto de consternación. Tácitamente expongo por tercera vez mi caso, libro en mano, es decir, culebra a punto de morir en mano. La mujer se excusa y se pierde entre el nido de repartidores. Al cabo de unos segundos vuelve a salir, viene con los labios apretados, un claro movimiento de impotencia. Me mira y se explica con voz temblorosa. «Lo siento mucho, esto es inadmisible, lo único que puedo decirte es que no se volverá a repetir. Tampoco está el coordinador de los repartidores de tu zona, así que no he podido hablarlo directamente. Te pido disculpas en su nombre». Mi decepción es manifiesta, pero doy las gracias y me marcho.

De camino a casa, con la culebra retorcida en la mano, pienso en los oscuros mecanismos sobre los que está asentado nuestro mundo. Sólo es un ejemplo, pero un ejemplo que a mí me sirve para escenificar cientos de situaciones en las que, antes o después, todos nos hemos visto envueltos. Tal vez una actitud naíf como la mía: pretender hablar con alguien para explicarle, de humano a humano, que la gente a veces tiene deslices en su trabajo y que no pasa nada, pero que uno no querría que se repitieran; tal vez esta actitud, digo, es algo ciertamente naíf. Así como tal vez la versión grosera, esto es, presentarse en Correos con la voz de Atila, encaramarse al mostrador con hambre de venganza, amenazar con rellenar una hoja de reclamaciones o intrigar para saber quién ha sido el causante de tal agravio y actuar en consecuencia, sea posiblemente la más efectiva.

Sin más rodeos. ¿En qué mundo vivimos que no podemos reclamar un trato justo a través de la palabra y sí con el castigo, la amenaza o el remordimiento? ¿Ese es el mundo en el que queremos vivir? Porque es el que hemos construido.

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«Per ritornar là» /// Miguel Ángel Buonarroti

«Para regresar allí de donde vino,

llega el alma a tu cuerpo

como un ángel de piedad tan lleno

que al intelecto sana y al mundo honra.

 

Ése sol me arde y me rapta,

y no sólo tu hermoso rostro por fuera:

que el amor no tiene esperanza en las cosas que fallecen

si en él la virtud no regenta.

 

Lo mismo ocurre con lo alto y lo nuevo,

donde la naturaleza imprime su sello y

se empareja desde el cielo;

 

ni Dios se muestra, por su gracia, de otro modo

más que en un velo mortal y hermoso;

y lo amo a él, al sol, porque en él se refleja.»

 

Mujer de luto (1493-1497, col. privada)

Estudio de una mujer de luto, 1493-1497, Colección privada

 

[Per ritornar là donde venne fora,/l’inmmortal forma al tuo carcer terreno/venne com’angel di pietà sì pieno,/che sana ogn’intelleto e’l mondo onora./Questo sol m’arde e questo m’innamora,/non pur di fuora il tuo volto sereno:/c’amor non già di cosa che vien meno/tien ferma speme, in cuo virtù dimora./Né altro avvien di cose altere e nuove/in cui si preme la natura, e’l cielo/è c’a’ lor parti largo s’apparecchia;/né Dio, suo grazia, mi si mostra altrove/più che ‘n alcun leggiadro e mortal velo;/e quel sol amo perch’in lui si specchia.]

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Rafael Sanzio /// Alexandre Dumas

Uffizi

Galleria degli Uffizi (Florencia) / Fuente: Hotel Alba Palace

«Si recorréis Italia y pasáis por la hermosa Florencia, si visitáis la espléndida Galería de los Oficios [Uffizi], entrad en la sala de pintores, y allí, sobre el retrato de Perugino, debajo del de Miguel Ángel, buscad una cabeza de suaves contornos, de largos cabellos negros, grandes ojos llenos de melancolía, tez pálida, cuello delgado y gracioso como el tallo de un lirio; después, cuando lo hayáis reconocido siguiendo nuestras indicaciones, postraos de rodillas, quienquiera que vos seáis, siempre que seáis artista; estáis ante el pintor de nombre de ángel y angélico talento, ante el divino Rafael; pues el azar se ha divertido a veces en armonizar los nombres con sus individuos, y la naturaleza se ha complacido a veces en identificar el genio del alma con los rasgos del rostro.

»Ved a ese viejo que desciende solitario y sombrío las gradas de San Pedro, sin un amigo que lo sostenga, sin un discípulo que lo acompañe: es el ejecutor de las venganzas celestes, el arcángel Miguel. Ved a ese joven que sube al Vaticano, rodeado de un séquito de cardenales y de un ejército de discípulos: es el ángel de la misericordia infinita, Rafael. Si se encontraran, escuchadles:

—¡Acompañado como un rey! —dice Miguel Ángel.

—¡Solo como el verdugo! —responde Rafael.

»Ya que hemos referido la vida de luchas y agitaciones que sufrió el autor del Juicio Final, referiremos la vida de felicidades y triunfos por la cual se ha dejado llevar el autor de la Transfiguración.

»El viernes santo del año de gracia de 1483, en la misma hora en que Cristo había dado un último suspiro, nació un niño, hijo de Giovanni Sanzio, recibiendo el nombre de Rafael. Este Giovanni Sanzio era de una vieja familia, de la familia de los Santi. Algunos sabios ociosos se han divertido en dar prueba de esta interesante verdad, como si tuviera importancia el saber de quién desciende Giovanni Sanzio, cuando se sabe que Rafael descendía de él.

»No se sabe nada de la infancia de Rafael; se ignora qué educación recibió. Las cartas del pintor de Urbino, que han llegado hasta nosotros, están escritas casi todas en dialecto materno. Por otra parte, Giovanni Sanzio no había tenido la intención, como Leonardo Buonarroti [padre de Miguel Ángel], de hacer de su hijo un podestà, sino que había decidido desde el principio que el joven Rafael sería pintor. Por ello, en lugar de ponerle unos libros bajo el brazo, le puso un pincel en la mano. Siendo muy niño aún, el joven Rafael copiaba por tanto los cuadros de su padre, que era un pobre maestro; en sus ratos perdidos estudiaba la naturaleza, que es una rica y gran maestra.

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Perugino, Cristo entregando las llaves a San Pedro, 1480-1482, Capilla Sixtina, Vaticano. / Fuente: Web Gallery of Art

»Había alcanzado la edad de catorce años cuando un buen día su padre se dio cuenta de que ya no tenía nada que enseñarle. En esa época, el maestro con reputación era Pietro di Cristoforo Vanucci, llamado el Perugino. Juan partió con su hijo para Perugia, y, a sus instancias, tuvo la felicidad de verle entrar en el taller de aquel a quien se consideraba con razón el primer maestro de su tiempo.

»[…] Jamás inspiración alguna había sido tan certera. Si había un maestro que conviniera a Rafael, era el Perugino; si había un discípulo que conviniera al Perugino, era Rafael. Nombre de ángel y casto talento, todo ello crecía a la sombra de esta bella escuela de Umbría, cuyo centro es la tumba de San Francisco de Asís. Fue allí donde el joven discípulo estudió esas dulces cabezas de la Virgen, cuyo óvalo perfeccionó, pero cuya idealidad jamás superó, y esas majestuosas cabezas de anciano que se han conservado como modelos de expresión. En cuanto al grado a que había llegado el arte en esa época, si se quiere tener una idea de él, se puede echar una ojeada a las escuelas contemporáneas que fundara Leonardo da Vinci en Milán, Giovanni Bellini en Venecia, [Francesco] Francia en Bolonia, y Domenico Ghirlandaio en Florencia.

»Al cabo de dos o tres años de estudios con el Perugino, si no había sobrepasado al maestro, al menos había alcanzado tal perfección en su propia manera que era difícil distinguir, en un cuadro realizado conjuntamente por ambos, cuáles eran las partes ejecutadas por el Perugino y cuáles por Rafael. Ahora bien, ¿qué edad tenía el joven Sanzio cuando su genio ya se fundía así con el talento de su maestro? ¡Diecisiete o dieciocho años apenas!


 

»Era 1503 cuando Leonardo da Vinci y Miguel Ángel hacían los famosos cartones [para el Palazzo della Signoria de Florencia]. Por ello Rafael, careciendo de protectores, demasiado joven para recurrir a la intriga, casi desconocido aún o conocido solamente como discípulo del Perugino o como segundo del Pinturicchio, no dejó huella alguna de su paso [por Florencia]. Sin embargo, había visto lo suficiente para desear volver; le había parecido digno de sí este campo de lucha. Sentía prisa por escribir su nombre en medio de los nombres célebres que hacían de Florencia, en esta época, la reina de las artes. Retornó, pues, a su patria, permaneciendo casi un año, y luego volvió siendo portador de una carta de la duquesa de Urbino para ese buen gonfaloniero perpetuo, Pietro Soderini, que Maquiavelo, su secretario, inmortalizó mediante un epigrama. La carta estaba concebida en estos términos:

Magnífico y muy alto señor, al tiempo que muy respetable padre:

Quien os entregará esta carta es Rafael, pintor de Urbino, el cual, teniendo buenas disposiciones en su arte, ha decidido pasar algún tiempo en Florencia con el fin de estudiar; y como su padre, muy excelente persona, me está muy vinculado, y su hijo es un cortés y gentil muchacho, a quien estimo de todo corazón, y a quien me gustaría ver triunfar, lo recomiendo a vuestra señoría tan cálidamente como pueda, rogándole que en mi nombre le preste toda ocasión ayuda y favor, asegurando a vuestra señoría que estimaré como a mí prestados todos los servicios con que le favorezca, y que se los agradeceré en el alma a vuestra señoría, a la cual yo mismo me recomiendo.

Joanna Feltria da Ruvere

Ducissa sorae, et urbis praefectissima.

Urbini, prima octobris 1504

»¡Afortunado Rafael, quien penetra en el mundo bajo los auspicios de una mujer!


 

»[…] La fortuna de Rafael era inmensa. Ya en 1514, es decir, seis años antes [de su muerte], escribía a su tía, que, además de los bienes personales que tenía en Roma, que ascendían a unos tres mil ducados de oro, gozaba de cincuenta escudos anuales de oro en calidad de arquitecto de la corte de Roma, más una pensión de trescientos ducados que le pasaba Su Santidad. Todo esto sin contar los precios casi insensatos a que vendió en vida sus cuadros, que solo reyes y príncipes podían comprar. Con todo esto, siendo siempre bueno y humilde, siguió siendo el pobre Sanzio, hijo de un pobre pintor de Urbino; y escribía a su tío, a quien consideraba su segundo padre:

Si bien, como veis, soy rico y os honro a vos y a todos nuestros parientes, así como a nuestra patria, en medio de esta riqueza inesperada os llevo siempre en mi corazón, y cuando os oigo nombrar, me parece oír el nombre de mi padre.

Transfiguration_Raphael

Rafael, Transfiguración, 1518-1520, Museos Vaticanos, Vaticano.

»Hecho el testamento, Rafael murió a la edad de treinta y siete años, el siete de abril de 1520 [viernes santo], legando su alma a Dios y su nombre a la posteridad. Es imposible hacerse una idea del efecto que produjo en Roma esta muerte prematura […] Perdiéndole, todos creyeron perder un amigo, y cuando cerró los ojos —dice un contemporáneo— la Pintura se creyó ciega (E quando gli occhi chiuse, ella quasi cieca rimase).

»Según costumbre de la época, Rafael fue expuesto debajo del cuadro de la Transfiguración, en algunas partes inacabado. Roma entera acudió a saludar muerto al semidiós a quien tantas veces había adorado vivo. Cuando se anunció esta muerte a León X, el Papa permaneció abatido y como paralizado de estupor; después meneó la cabeza, como para decir que perdía el más bello diamante de su tiara, y abundantes lágrimas corrieron por su mejillas.

»Conforme a los deseos de Rafael, su cuerpo fue llevado al Panteón y depositado en la capilla que había dotado. El Papa hizo grabar [a Pietro Bembo] sobre su tumba este doble epitafio [en cuyo último fragmento podemos leer]:

ILLE HIC EST RAPHAEL, TIMVIT QVO SOSPITE VINCI

RERVM MAGNA PARENS, ET MORIENTE MORI.

[He aquí Rafael, por quien la Naturaleza, madre de todas las cosas,

temió ser vencida y morir con su muerte.

Alexandre Dumas, Tres maestros: Miguel Ángel, Tiziano, Rafael, Madrid, Gadir, 2013, pp. 179-227.

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Miguel Ángel Buonarroti /// Georg Simmel

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Georg Simmel fotografiado por Julius Cornelius Schaarwächter (ca.1901) / Fuente: Public Seminar

«Por su número, el tono y muchas expresiones aisladas, sus poemas no dejan lugar a dudas de que su vida estuvo continuamente agitada por el eros, y en concreto por su forma más pasional. Con cierta frecuencia su poesía pretende unir simbólicamente esta vida amorosa a su arte. Y la singularidad se encuentra en el hecho de que su obra no refleja ningún rasgo del eros, ni por el contenido ni por el sentimiento. En los demás artistas, todos ellos dotados de una sensibilidad erótica, este tono vibra inconfundiblemente en sus figuras, así en Giorgione como en Rubens, en Tiziano como en Rodin. Nada se asemeja a Miguel Ángel. Aquello que sus figuras parecen decir y vivir, como la atmósfera estilística desde donde emerge el estado de ánimo del creador, no contiene el acento de cualquier otro afecto individual. Las figuras se hallan sujetas a la presión de un destino general en el que todos los elementos, individualizables por su contenido, se disuelven. Se avecina sobre ellas, y les sacude, la vida en su totalidad, la vida como destino, que parece estar por encima de todos nosotros; que todo lo que nos rodea, y sólo en el transcurso del tiempo, se divide en experiencias vividas, en afectos, en el seguir un sendero o en fugarse de él. Dada esta configuración particular, para la que se apela generalmente al dato objetivo del destino, el hombre de Miguel Ángel se aleja y se revela en oscilaciones que le son propias, separadas ya de cualquier fenomenología. Pero no se trata de la disolución abstracta de la plástica del hombre clásico que, prescindiendo de consejos (principalmente textos griegos), se sitúa más allá del destino. Las figuras ideales griegas —antes de la época helenística— pueden parecer «vivas», pero en la vida, en tanto vida, no se encuentra su destino, como sí sucede en las figuras de la bóveda de la Sixtina o en las Tumbas Mediceas. En este sentido, también en los poemas de amor de Miguel Ángel brilla una luz que atenúa y que consigue disminuir la extrañeza, en lucha con el carácter de su obra.

michelangelo_simmel_-_abscondita»[…] Por eso, aunque su poesía más tarde hable de la perdición eterna que le espera, no tiembla de miedo por las penas infernales, sino que únicamente experimenta la angustia interior digna de pertenecer al mismo infierno. Ésta es solamente la expresión de la insuficiencia de su ser y su comportamiento, de los que es consciente, y se distingue definitivamente del comportamiento plañidero de los débiles. El infierno no es un destino que amenaza desde el exterior, sino el desarrollo lógico y procesual de la condición humana. La simple trascendencia, el cielo y el infierno, desplazados al destino terrenal, como se ha dicho de Fra Angelico, a Miguel Ángel le resulta del todo extraño. También aquí se revela su espíritu renacentista: a la existencia terrena y personal le viene dada una exigencia absoluta de realizar valores objetivos en una vida subjetiva, pero, sin embargo, de este mismo modo, a la existencia se le resta la subjetividad casual del egocentrismo. […] De hecho, todo depende del Yo y únicamente del Yo, pero no por sus sensaciones de alegría o dolor —las cuales, por así decir, no se preocupan del ser universal—, sino por el sentido objetivo de su existencia. Lo incompleto, lo fragmentario, la infidelidad al ideal en su vida terrenal, formada y delimitada por su libertad, consuma el tormento de Miguel Ángel; y la idea dogmático-religiosa del castigo infernal sólo es la proyección que viene determinada por la historia y el tiempo. Debido a los tormentos de los que se cree presa, esperados en el más allá, se vuelve sensible al hecho de que él mismo, en base a las condiciones de su tiempo y su personalidad, aspira a añadir un ideal trascendente, absoluto, solo con los medios y en el transcurso de una existencia mundana, y esto le escalofriaba porque el abismo entre ésta y el ideal era intransitable.»

 

Georg Simmel, Michelangelo, Milán, Abscondita, 2003, pp. 56-60.

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Ángel Crespo /// Interpretación(es)

Ángel Crespo / Foto: Ciudad-Real.es

«Si el nombre de crisálida que nos hemos permitido proponer conviene a todas las almas que, en el otro mundo esperan el día del Juicio Final para adquirir su estado y apariencia definitivos, a ningunas les cuadra mejor quer a las del Purgatorio. Este reino del más allá está todo él, en la Comedia, impregnado de un espíritu ascensional -pero pesada, gravemente ascensional- que Dante pone de relieve cuando escribe que es

 

la tierra purgadora

del alma humana, que hacia el cielo es vía

de la que se hace de él merecedora

(Purg., I, 4-6)

 

»Como ya sabemos, el reino de la penitencia está dividido en un antepurgatorio y el Purgatorio propiamente dicho. En el primero, las sombras, delicadas y provisionales como crisálidas, inicias y dan el tono que prevalece en toda la cantiga segunda. Es un clima, primero de asombro, luego de esperanza, y finalmente de gozo, en el que unos seres incompletos, convalecientes, se someten gustosos a una dura pero santificadora terapia. El poeta las descubre, recién llegadas, como a una turba ignara del lugar «alrededor mirando / como quien ve algo insólito». Cuando observan que Dante respira, quedan maravilladas y pálidas. Son almas asustadizas, conscientes de su fragilidad, que huyen en desbandada cuando las increpa Catón, el guardián del Purgatorio, y que andan tan lentamente que no parecen moverse; carecen, además, de iniciativa:

 

Como las ovejuelas, una a una,

dos a dos, tres a tres, abandonando

van al redil, y si se para alguna

las otras con candor vanse agrupando,

bajos vista y hocico y, sin protesta,

a la primera imitan, ignorando

el porqué; vi moverse así la testa

del rebaño de gente afortunada:

púdica era su faz; su marcha, honesta

(Purg., III, 79-87)

»…escribe el poeta, en una imagen perfecta; se asombran con facilidad y sus reacciones son nerviosas, como de personas cuya salud y tono orgánico son inestables.

»Ya en el Purgatorio propiamente dicho, se inicia el proceso que ha de hacer progresar sus metamorfosis. Creemos descubrir en lo que Dante refiere de él cierto espíritu de alquimia, que se revela en la lentitud de las operaciones, en la espera paciente, en la exactitud de los ritos. Las almas han de adquirir limpieza y ligereza para poder subir a las esferas celestes y, mientras tanto -salvo los perezosos, que actúan como contraste- se mueven con lentitud. El clima, lejos de las crudezas del Infierno, de su actualidad, es de maravillosa expectativa: como el aspecto exterior de la crisálida -estático y nada bello- no cambia hasta que surge de su interior la alegría alada de la mariposa, así estas sombras, pegadas al suelo, a una pared rocosa, envueltas en humo o llamas, ocultan a los ojos de los poetas viajeros el maravilloso cambio que se está operando en su interior; sólo sus cánticos, y las palabras que excepcionalmente les dirigen, aseguran de él. Ningún grado falta, pues, en el proceso de las metamorfosis dantescas.

Fotografía en color.

Ángel Crespo en 1980 posa en el Piazzale Michelangelo con motivo de la concesión de la Medalla de Oro de Florencia por sus trabajos sobre Dante / Fuente: Centro Virtual Cervantes

 

»Leyendo el Purgatorio uno se siente tentado a pensar que, en efecto, la transformación es puramente interna, que carece de todo signo exterior. Nada más lejos de la verdad: la fuerza viene de dentro -a través de la gracia recibida y de la penitencia- pero sus efectos se manifiestan, como se descubre en el Paraíso, en la adquisición de facultades, tales como el vuelo vertiginoso, que las asimilan a las naturalezas angélicas.

»Dante mismo sufre en el Purgatorio una metamorfosis cuyos efectos más espectaculares se revelarán en el Paraíso. Es una invención poética genial que pondría en un grave aprieto a los teólogos, e incluso a los místicos. Pero tranquilicémonos: se trata de una realidad poética, y no teológica, ni siquiera mística, como han querido ver algunos. Podemos considerarla con ánimo seguro.

»Cuando Dante y Virgilio llegan al Purgatorio, Catón hace que el guía lave la cara a su discípulo y le ciña un junco, símbolo de humanidad, a la cintura. Este rito purificador tiene la virtud de hacer  que cuanto más asciende Dante por la montaña del Purgatorio, más leve se le haga el camino. En realidad, el poeta va a resumir en su persona la historia completa de la metamorfosis que se opera en las crisálidas del reino de la penitencia. Su estado no es ya el de lucidez permanente -mezclada con algunos desvanecimientos momentáneos y comprensibles- de que disfrutó en el Infierno: ahora se siente intranquilizado por sueños simbólicos y extrañas visiones. Cuando llega ante el ángel guardián de la puerta que da acceso a los siete círculos, éste le imprime siete Pes en la frente, en representación de los siete pecados capitales. Así se inicia la transhumanación del poeta, cuyos efectos contemplaremos en el Paraíso. Cada vez que abandona uno de los círculos de la purificación, un ángel bate su frente con las alas y le borra una de las letras: es el signo exterior, en la crisálida Dante, de la maravillosa metamorfosis que está operando en su interior.

Fotografía en blanco y negro.

Ángel Crespo y Lasse Söderberg en el Festival Internacional de Poesía de Malmö (Suecia, mayo de 1990) al que también asistieron, entre otros, John Ashbery o Kathleen Raine / Fuente: Centro Virtual Cervantes

 

»Anotemos que al poeta le deslumbran los ángeles y no puede mirarlos cara a cara porque su vista es todavía natural y que conforme las Pes van desapareciendo, se siente más ingrávido, más ligero. Ahora bien, sólo después del rito expiatorio que es la confesión ante Beatriz, puede Dante beber las aguas del Leteo y del Eunoé, que la metamorfosearán de manera total.»

 

Ángel Crespo, Dante y su obra, Barcelona, Acantilado, 1999, pp. 139-142.

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Jacob Burckhardt /// Interpretación(es)

Jacob Christopher Burckhardt (1892) / Fuente: Encyclopaedia Britannica / Courtesy of the Universitats-Bibliothek Basel

Jacob Christopher Burckhardt (1892) / Courtesy of the Universitats-Bibliothek Basel / Fuente: Encyclopaedia Britannica

«Afortunadamente, el conocimiento de la esencia espiritual del hombre no se inició sobre la base de una psicología teórica -pues para esto ya bastaba con Aristóteles-, sino que tuvo por instrumento la aptitud para la observación y las dotes para la descripción. El indefectible lastre teórico se reduce a la doctrina de los cuatro temperamentos en su combinación -entonces en boga- con el dogma de la influencia de los planetas. Estos elementos inertes se muestran como irreductibles desde tiempo inmemorial, al juzgar al hombre como individuo, sin perjudicar por otra parte al gran progreso general. Ciertamente produce un efecto extraño observar cómo se manejaban estas cosas en una época que ya había sido capaz de captar íntegra y totalmente al hombre, tanto en su más interna esencia como en sus exterioridades características, no sólo por medio de una descripción exacta, sino por obra de un arte y una poesía imperecederos. Nos produce casi una impresión de comicidad el que un observador -por lo demás muy hábil- atribuya a Clemente VII un temperamento melancólico, aunque subordine su juicio al de los médicos que ven en el papa, más bien, un temperamento sanguinocolérico. Sucede también esto cuando se nos dice que el propio Gastón de Foix, el vencedor de Rávena, a quien Giorgione pintó y Bambaja esculpió, y de quien hablan todos los historiadores, tenía un temperamento saturnino. Y, evidentemente, los que tales cosas nos dicen pretenden comunicarnos algo muy determinado y preciso; lo que nos parece extravagante y anticuado son las categorías de que para expresarlo se sirven.

»En el reino de la libre descripción espiritual, los grandes poetas del siglo XV son los primeros en salirnos al encuentro.

»Si tratamos de reunir las perlas de la poesía cortesana y caballeresca de Occidente de los dos siglos anteriores, podremos recoger una suma maravillosas adivinaciones y pinturas aisladas de los movimientos del alma, que a primera vista disputarán el premio a los italianos. Prescindiendo de toda la lírica, con sólo tomar a Gottfried von Strassburg, encontramos en Tristán e Isolda un cuadro de pasión de rasgos imperecederos. Pero estas perlas flotan dispersas en un mar de convenciones y artificios y el contenido queda aún muy lejos de una total objetivación de la intimidad humana y de su riqueza espiritual.

»Pero es que Italia, con sus trovadores, tuvo también su participación en la poesía cortesana y caballeresca del siglo XIII. En lo esencial, ellos fueron los creadores de la canzone, que trataban con tanto artificio y virtuosismo como el minnesänger nórdico su lied. Incluso las ideas y el contenido tienen idéntico carácter convencional y cortesano, aunque el autor sea un erudito y pertenezca a la clase burguesa.

»No obstante, hallamos ya dos recursos literarios que señalan un porvenir propio a la poesía italiana y cuya importancia no puede desconocerse, aunque se trate únicamente de una cuestión de forma.

»El propio Brunetto Latini (el maestro de Dante), que en las canciones adopta la manera habitual de los trovadores, es el autor de los primeros versi sciolti conocidos, endecasílabos sin rima, en cuyo carácter, en apariencia amorfo, se revela de pronto una viva y auténtica pasión. El poeta prescinde conscientemente de los medios exteriores, en gracia al vigor del contenido, del mismo modo como en la pintura se observa, algunos decenios después, en los frescos, y, más adelante, hasta en las tablas, al prescindir de lo cromático para limitarse a una simple entonación clara u obscura. En aquella época que por modo tal se atenía al artificio en la poesía, suponen estos versos de Brunetto la iniciación de una orientación nueva.

Sello conmemorativo de Albert Krüger (1897) / Fuente: Conrad R. Graeber

Sello conmemorativo de Albert Krüger (1897) / Fuente: Conrad R. Graeber

»Al mismo tiempo, y ya desde la primera mitad del siglo XIII, uno de los múltiples tipos de estrofa medida rigurosamente que produjo por entonces el Occidente, el soneto. Durante cien años se muestra todavía vacilante en el que Petrarca impuso la estructura imperecedera que adquirió vigencia de norma. En esta forma se encarnó, desde el principio, todo contenido lírico y contemplativo, y de toda índole después, de modo que, a su lado, los madrigales, las sextinas y hasta las canciones quedan reducidos a formas secundarias. Más adelante los mismos italianos -unas veces chanceando y otras con franco mal humor- malhablaron de ese patrón obligado, de este lecho de Procusto de ideas y sentimientos. Otros, empero, se sintieron encantados con esta forma -y para muchos mantiene aún su prestigio- y no faltaron los que se sirvieron del soneto para expresar sus reminiscencias y sus ociosas divagaciones sin ningún propósito serio ni necesidad. Por eso abundan tanto los sonetos malos o insignificantes y son tan escasos los buenos.

»No obstante, el soneto, a nuestro parecer, supone un beneficio enorme para la poesía italiana. La claridad y la belleza de su estructura, la necesidad de alcanzar mayor vibración y acento en la segunda mitad, graciosa y enérgicamente articulada, y la facilidad con que se aprende de memoria, son cualidades que forzosamente habían de resultar gratas y útiles a los grandes maestros. No se concibe, en efecto, juzgando seriamente, que lo hubiesen conservado éstos hasta nuestro siglo si no hubieran estado convencidos de su alto valor. Ciertamente estos grandes maestros habrían podido manifestar la misma fuerza de su genio en otras formas cualesquiera, las más distintas; pero, al elevar el soneto a forma lírica cardinal, otros muchos ingenios, de más limitada capacidad, aunque no carentes de ciertas dotes, que en otras formas líricas hubieran resultado difusos, se vieron obligados a condensar sus impresiones y emociones en el apretado haz del soneto. Éste llegó a convertirse en un condensador universal de ideas y sentimientos como no conoce nada parecido la poesía de ningún otro pueblo moderno.»

 

Jacob Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia, Barcelona, Iberia, 1979 (1860), pp. 227-230.

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Ernst Fischer /// Interpretación(es)

Ernst Fischer (1899-1972) / Foto: ÖNB-Wien ©

«Nietzsche, que comprendió la decadencia mejor que nadie, consideraba que el nihilismo era uno de sus rasgos esenciales. Anunció «el apogeo del nihilismo»: «Toda nuestra cultura europea se orienta, desde hace tiempo, en medio de una torturada tensión que aumenta década tras década, hacia algo muy parecido a la catástrofe: incansablemente, violentamente, precipitadamente […]». Y así describió la época a que hemos sido «lanzados» (esta idea de ser lanzados en nuestra propia época había de convertirse en uno de los temas del existencialismo):

[…] una época de gran decadencia y desintegración internas […]. El nihilismo radical -dijo- significa la convicción de que la existencia es absolutamente insoportable […]. El nihilismo es un estado patológico intermedio (la generalización colosal, la conclusión de que nada tiene sentido es puramente patológica), tanto si se debe a que las fuerzas productivas no son todavía lo bastante fuertes como si se debe a que la decadencia es todavía vacilante y no ha encontrado sus medios auxiliares […] El nihilismo no es la causa, sino, únicamente, la lógica de la decadencia.

Foto: VGA

Fischer con apenas 20 años / Fuente: Das Rote Wien

»El nihilismo se ve, pues, como resultado, como expresión de la decadencia. Pero Nietzsche, incapaz de comprender la dialéctica social, no pudo ver la conexión de esto con el capitalismo ya superado. El nihilismo, ya anunciado por Flaubert, es una actitud auténtica para muchos artistas y escritores del mundo burgués contemporáneo. Pero no hay que olvidar que ayuda a muchos intelectuales que se sienten incómodos e inquietos a reconciliarse con situaciones y condiciones inicuas, es decir, que su verdadera naturaleza no es, a menudo, más que una forma de oportunismo dramatizado. El escritor nihilista nos dice: «El mundo capitalista burgués es perverso. Lo digo sin compasión y llevo mi opinión a sus consecuencias más extremas. No hay límite a su barbarie. Y quien crea que en este mundo   hay algo por lo cual valga la pena vivir, algo digno de la humanidad, es un loco o un estafador. Todos los seres humanos son estúpidos y perversos, tanto los oprimidos como los opresores, tanto los que luchan por la libertad como los tirnaos. Y para decir todo esto se necesita valor». El lector me permitirá que continúe con unas palabras de Gottfried Benn:

Pienso que quizás es mucho más radical, mucho más revolucionario, mucho más exigente para el hombre fuerte, duro y dispuesto, decir a la humanidad: Sois lo que sois y nunca seréis otra cosa; así vivís, habéis vivido y viviréis siempre. Si tenéis dinero, tenéis salud; si tenéis poder, no tenéis necesidad de mentir ni venderos; si sois poderosos, tenéis razón. Así es la historia. Ecce historia!… Quien sea incapaz de soportar esta idea es un gusano más entre los que moran en la arena y en la humedad. Quien pretenda, mirándose en los ojos de sus hijos, que todavía queda una esperanza, está cubriendo los relámpagos con la mano pero sin poder librarse de la noche que separa las naciones de sus ciudades […]. Todas estas catástrofes son hijas del destino y de la libertad: son flores inútiles, llamas sin poder; y tras ellas, está lo impenetrable, con su limitado No.

Ernst Fischer en 1952 / Foto: USIS-ÖNB ©

»Todo esto parece más radical que cualquier Manifiesto comunista, pero la clase dominante sólo se opone ocasionalmente a este «radicalismo». Más aún: en épocas de revolución, el nihilismo resulta virtualmente indispensable para la clase dominante; más útil, en realidad, que las apologías directas del mundo burgués. Las apologías dirctas se ven con desconfianza. En cambio, el tono radical de la acusación nihilista parece tener ecos «revolucionarios» y puede, por ello, canalizar la revuelta hacia vías carentes de objetivo y crear una desesperación pasiva. Sólo cuando la clase dominante se siente excepcionalmente segura y, sobre todo, cuando está preparando una guerra, deja de soportar el nihilismo anticapitalista; en estos momentos exige una apología directa y referencias a los valores «eternos». El radicalismo nihilista corre entonces el peligro de ser acusado de «arte degenerado».»El artista nihilista no acostumbra a tener conciencia de que, en realidad, se está entregando al mundo capitalista burgués, de que al condenarlo y negarlo todo absuelve este mundo como un marco adecuado para la perversidad universal. Para muchos de estos artistas, subjetivamente sinceros, no es fácil comprender las cosas que todavía no han germinado plenamente y trasladarlas al arte. Esto se explica por varias razones, entre ellas las siguientes: en primer lugar, la clase obrera no ha permanecido totalmente limpia de influencias imperialistas en el mundo capitalista: en segundo lugar, la superación del capitalismo, no sólo como sistema económico y social sino también como actitud espiritual, es un proceso largo y penoso y el nuevo mundo no surge gloriosamente perfecto sino marcado y desfigurado por el pasado. Para distinguir los estertores agónicos del viejo mundo de los dolores del parto del nuevo, el edificio ruinoso del edificio sin acabar, se necesita un alto grado de conciencia social. También se necesita un elevado grado de conciencia social para describir el nuevo mundo en su totalidad, sin ignorar o, peor aún, idealizando, sus rasgos repulsivos. Es mucho más fácil ver únicamente lo horrible y lo inhumano, la superficie devastada de la época y condenarla que penetrar en la esencia misma de la realidad futura, sobre todo si tenemos en cuenta que la decadencia tiene más color, resulta más llamativa, es más fascinante que la laboriosa construcción de un nuevo mundo. Y, finalmente, no hay que olvidar que el nihilismo no comporta ninguna obligación.»

 

Ernst Fischer, La necesidad del arte, Barcelona, Península, 2001 (1959), pp. 133-137.

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El templo /// José Ángel Valente

El Cristo miró el templo

que como un diamante recogía

la dura luz de su mirada.

 

Vio el templo construido

para que todo lo escrito se cumpliese

y no para durar más que el sueño de un hombre.

 

Detrás del velo estaba el rostro

ya usado del Dios.

 

Y el Cristo calculó suavemente sus palabras sabiendo

que formarían parte de su condenación.

 

Yo puedo -dijo- destruir este templo

y en tres días alzarlo.

 

El templo se vación de pronto en su mirada,

bogó como una nave loca en el crepúsculo,

cayó de sí mismo a un tiempo

que los sacrificadores ignoraban

y el ritual no había

contado en sus inútiles compases.

Quebrantado gimió en sus óseos cimientos

y se llenó de rosas de papel marchito,

de arañados lagartos,

de vengativas sombras.

 

La blasfemia amarilla

recorrió los oídos de los sordos de piedra.

Y el Cristo, hijo del hombre,

el destructor de templos

(pues ya no quedaría piedra

sobre piedra y sólo el tiempo

de destruir engendra)

levantó su morada en la palabra

que no puede morir.

Fuente: Hoyesarte

 

José Ángel Valente, Poesía completa, Madrid, Galaxia Gutenberg, 2014, pp. 300-301.